La buena siesa y la mediocridad

A toda buena siesa que se precie jamás le ha importado la invisibilidad. Entiéndase esto como la manera en que es percibida por el entorno: si bien se inclina a dar el cante en determinadas situaciones, no es por protagonismo, sino por el simple placer de crear distorsión. Pero incluso este placer cumple una función social. La prestigiosa doctora de ascendencia africana Miss Tomisecualayatimen Smith, directora del Good Siensin Study, ya apostilló en su día sobre la importancia de la siesa como mantenedora del ecosistema del barrio. Su eliminación supondría la desaparición paulatina del resto de especies necesarias: la buena hija, la cultureta, la creyente, la funcionaria, la trabajadora social y la que vende droga aunque a veces invita.

Podríamos considerar a la buena siesa como una catalizadora de reacciones encontradas que empuja a las personas a no ser indiferentes a cierta cotidianidad zombi. A la siesa le acojonan los zombis desde que, siendo chiquita, presenció el estreno mundial de Thriller. La sola idea de la no vida, del movimiento absurdo de quien no se plantea salirse de la coreografía porque es inevitable, le producen tremendo pavor. A veces su impresión es que los zombis cagan y mean (algo inexplicable en el mundo zombi, porque si están muertos no tienen aparato digestivo), comen y discuten según lo marcado por el Benidorn Fest y se enredan en conversaciones sin salida con la administración pública. Pero la realidad es que la gente son las bailarinas de Miguel, el hijo del Jack, moviéndose como un enjambre sin vida y creyendo que tienen libre albedrío porque se visten como les da la gana y saben la verdad sobre el asunto de Alberto Garzón.

El modus operandi de la siesa en estos casos está perfectamente marcado por un resorte que se activa en una región del sistema nervioso, conectando el cerebro con la médula siesal. Algo no perceptible a la vista, que en nuestra protagonista se traduce como «uñas de gata en celo clavadas en la nuca que desencadenan pequeñas catarsis».

Como cuando al llegar a la plaza de abastos, por ejemplo, escucha en su mente los primeros compases de la musiquita de Thriller. Instantes después tiene lugar una reacción aleatoria (eructo de proporciones bíblicas, a veces peo con efectos de ayahuasca) en apariencia trivial, pero que constituye un paréntesis en las vidas de las personas de alrededor. Porque de pronto, como saliendo de la mediocridad, estas se plantean su lugar en el mundo, el devenir del tiempo, qué quieren dejar como huella a generaciones posteriores; y, durante unos minutos, son conscientes de que los pequeños actos cotidianos de amor constituyen la auténtica revolución invisible.

Cerrado el paréntesis, las bailarinas coordinan movimientos de nuevo mientras la siesa se escabulle y reconoce el miedo a brillar en algunos de los ojos que va dejando atrás.

Por lo tanto hay que valorar que la siesa sea una hijaeputa ocasional.

Extracto de De la siesa mona a la siesa contemporánea,
Ed. Metocaelco, 1999

Neolengua y fascismo

Neolengua es un término acuñado por George Orwell en su distopía 1984 (1949). En ella, un régimen totalitario ha conseguido transfigurar la semántica y hacer que las palabras signifiquen justo lo contrario de lo que originalmente significaban: «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza».

Este fenómeno es connatural al fascismo. La tergiversación y la mentira como arma política es parte de su estrategia. El fascismo se basa en el terror en dos de sus vertientes: el terror social irracional, el miedo que se intenta provocar en el «ciudadano de bien», el elector «ideal», con la amenaza que supone el otro, el «extranjero»; el terror político real, el miedo físico que impone a través de la violencia directa, sobre todo cuando llega a manejar los resortes del Estado.

La primera forma de terrorismo no puede imponerse sin potenciar un elemento cultural primordial: la ignorancia. Hitler defendía desarrollar la propaganda de forma que hasta el miembro más ignorante del auditorio pudiera entenderla. Pero la ignorancia en una sociedad tecnificada no se logra tanto por desconocimiento como por sobreinformación. Siguiendo la línea de pensamiento de Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, entre la verdad y la mentira política solo hay una diferencia: la repetición.

La reacción despliega cada vez con más facilidad su visión del mundo. Cada día más sectores sociales, incluso desde la izquierda, compran un discurso fundamentado en la validación por la reiteración. Sus anti-ideas acaban configurándose como ideas lícitas que debemos reconsiderar si queremos «ganar». La «libertad» pasa por endurecer el Código Penal, blindar aún más la violencia policial y reforzar fronteras con acero y fuego. «Acercarse al pueblo» pasa por coquetear con la xenofobia, la homofobia y la transfobia, por despreciar a sectores enteros de la clase trabajadora, por quitarle el polvo al chovinismo más rancio.

Todo el arco político se ha escorado a la derecha. Se nos pide que pensemos como el enemigo sin pararnos a reflexionar que eso nos convierte en el enemigo. Esta dinámica no se frenará con debates y retórica. Discutir con el fascismo lo legitima y convierte en un interlocutor válido. No se puede dialogar con un pelotón de fusilamiento. Para detener esta deriva es imperativo desarrollar medios comunicativos propios y reforzar nuestras ideas demostrando su validez en la práctica cotidiana, que es el terreno que la reacción rehuye. Vacunarse contra el fascismo requiere hacer un trabajo de barrio y proximidad. Construir en cada calle y pueblo un dique de solidaridad y apoyo mutuo contra el que rompan los prejuicios. No cederle al fascismo ni un átomo de oxígeno y recordar que si tienen las urnas es porque antes han tenido las calles. Ese es nuestro campo de batalla. Cruzarse de brazos no es una opción a no ser que estemos dispuestas a desaparecer bajo el peso de la ideología del horno crematorio y la cámara de gas.

¿MEJOR SOLA QUE ACOMPAÑADA?

Hay gente que piensa que los procesos colectivos no salen bien. ¿Soy yo una de ellas? Es difícil y a veces extenuante trabajar en grupo, confiar en él, generar un espacio lo suficientemente amplio para que dé cabida a diversidad de ideas y maneras de hacer, y también fuerte o compacto para que sostenga diferencias y discusiones. Y da miedo poner en manos colectivas aquello que amamos y de lo que dependemos: un hogar, un negocio, una lucha, un grupo de pertenencia. Y que pase algo y se desmorone el grupo, o nos cansemos, o se termine el colectivo, o desalojen la okupa, o se llegue a puntos irreconciliables…

Las asambleas, los consensos, los conflictos, crear comunidad, abordar los roles de poder, ceder, comunicar, confiar… Es mucho curro. Con lo facilito que es organizarse una sola, no sé porque nos enreamos tanto en colectivizar.

De hecho, está todo tan bien montao que unx mismx, o en pareja/familia (que en lo que nos ocupa es lo mismo, tomada la familia como unidad), funciona muy bien. Con tu casa, tu coche y tu perrx, tu alarma antiokupas, tu ocio y tu consumo, ¿qué necesidad tenemos de andar asambleándonos, debatiendo, mirando pa dentro, cuestionando y siendo cuestionadxs?

Me pregunto: ¿qué tienen de bueno? ¿De verdad siempre salen mal? ¿Es tan alto el coste que tiene? ¿O te dan más de lo que te quitan?

Quiero decir: ¿para qué necesito yo un colectivo con el que poder reflexionar sobre los feminismos y no sentirme tan sola cuando me doy de morros contra el patriarcado en cualquiera de sus formas?

¿Para qué el grupete de afinidad con el que consultar decisiones, dar puñetazos a un cojín y dar salida a la rabia en compañía, o disfrutar de una cena en compañía un miércoles cualquiera?

¿En qué momento se nos ocurre currarnos relaciones de amistad profundas y acogedoras como una familia elegida, o relaciones sexoafectivas abiertas a otras personas, afectos o proyectos?

¿Por qué un hogar, una cooperativa, un espacio autogestionado, una escuelita o un periódico en colectivo, horizontales y asamblearios?

Pues porque aunque dé miedo y sea difícil, y muchas veces la caguemos, y de algunos procesos colectivos salgamos quemadxs y renegando, quien lo probó lo sabe: en colectivo te sientes parte y comprometidx; surge la inteligencia colectiva como algo más poderoso que la suma de las partes; la red te sostiene o te guía si no sabes qué hacer para defenderte o compartirte; surge una energía mayor, un grito más fuerte, una risa más difícil de olvidar. Se alcanzan lugares y autonomías, se consiguen objetivos, se tienen más experiencias que actuando en soledad; en individualidad, no son posibles o, al menos, son mucho más difíciles.               

En fin, que sí, que a veces soy de esas personas que piensan que los procesos colectivos me tienen harta. Pero también hay días que pienso que me gustan. Y otros que incluso siento que no sé ni quiero hacer na que no sea junto a más cabecitas pensantes y cuerpos sintientes de personas afines.

¿LO HABLAMOS?

¿Para cuándo meterles tijera, aguja e hilo a nuestras relaciones sentimentales? La tela es la que hay, pero sacar nuevos patrones, unir piezas, probar a hacerlo de formas diferentes, haría que empezáramos a construir alternativas en este tema.

Dentro de nuestra disidencia, hay muchos aspectos que tratamos así, que nos cuestionamos, que sin tener una idea clara de cómo hacer las cosas, lo que sí que sabemos es que no queremos hacerlas como se han hecho siempre. Y, desde ese punto, construimos alternativas de diferentes formas, cada una con nuestro camino, compartiendo y discutiendo pareceres y opiniones, imitando a alguien cercano o aprendiendo de su tropiezo.

Entonces, ¿por qué cuando el tema es la relación sentimental todo cambia?

Se convierte en un tabú o, por lo menos, no es de buen gusto hablar de las relaciones; es complicado discutir, meternos un poquito y sacarle punta, cuestionarnos, cambiar lo establecido, lo normal.

Al principio de la relación, puede ser momento de jugar, experimentar, romper límites, pero, en el momento que llevamos un tiempo, cuando la relación se afianza y se vuelve más seria, los indicativos de que así está siendo son cumplir con cada vez más item de lo que sería una pareja convencional: cerramos nuestra relación —si alguna vez estuvo abierta—, nos vamos a vivir juntas —porque ya toca— o nos metemos en una hipoteca en pareja —porque yo no quería, pero aquí me veo—. Aunque me encantaría que fuesen decisiones reales, fundadas y elegidas, siento que es una elección cómoda y pasiva siguiendo las pautas de nuestra educación.

Y, por el contrario, si no nos amoldamos a lo que se espera que tiene que cumplir una pareja, se duda de que haya compromiso y sinceridad, de que se quieran o de que vaya a durar. Nos escandalizamos si alguien con pareja desde hace tiempo está liada con otra persona, si una pareja deja de serlo y sigue conviviendo —teniendo o no peques—, si por el contrario una pareja no desea vivir junta o tienen proyectos de vida que no incluyen a la otra como pilar fundamental.

Me hace pensar en varias cosas: ¿es real el posicionamiento que tomamos al principio de la relación, que cuando se afianza ya no nos vale? O, por el contrario, ¿es este posicionamiento lo que nos gustaría para siempre, pero nuestros temores hacen que nos dejemos llevar por lo que nos contaron que son las relaciones? ¿No es compatible tener una relación larga, en la que romper con lo establecido, a la vez que priman los cuidados, el respeto y la complicidad? ¿Por qué no damos valor a las personas que a nuestro alrededor están intentando construir de maneras alternativas?

Creo que es hora de que este tema tome un lugar prioritario dentro de nuestros grupos, de esos momentos de discusión política; es importante que creemos referencias, otros caminos válidos o, hasta llegar a ellos, otras puertas por las que pasar y experimentar.               

¡Al lío!

MI BARRIO

Hay gente que piensa que mi barrio no es bueno. Se suele decir —solemos decir— chungo. Un poco chungo. Usamos una palabra ambigua cuyo significado variará según los criterios de chunguez de quien la utilice: pobreza, suciedad, delincuencia o inseguridad… También hay gente que piensa que mi barrio es exótico. No lo dicen así. Se usan frases y expresiones que denotan una romantización de la pobreza y de la diversidad de orígenes o descendencia. Comentarios superficiales y sesgados sobre lo original o interesante de su gente, sus costumbres, su presencia; sobre la despreocupación o felicidad de sus habitantes, pese a lo chungo.

La verdad, yo sí pienso que hay algunos peligros en mi barrio. Por ejemplo, salir al desavío de la esquina y toparte con una redada policial racista: la policía local, la nacional y los de extranjería pidiendo identificación, cacheando y reteniendo a personas racializadas.

O también está la chunguez de la suciedad y las aceras rotas por la insuficiencia de ciertos servicios municipales. Por ejemplo: naranjas pudriéndose, cubriendo aceras y calzada, durante más de un mes. 

También hay ahora un peligro reciente, el de la desconexión en los transportes públicos con el resto de la ciudad: líneas y paradas de bus que Tussam pretende eliminar y que harán que nos sea más costosa la movilidad para salir y entrar al barrio.

Y hay peligros que me he encontrado tanto aquí como en cualquier otra zona: me han robado la bici aquí y en el centro; he sufrido acoso patriarcal callejero aquí y en cualquier parte; he tenido vecinxs ruidosxs y machistas y fachas aquí y en los otros sitios donde he vivido. Bueno, la verdad que fachas aquí no he tenido, pero los habrá, pa qué vamos a engañarnos. 

Hay otros peligros que mi barrio no tiene. Por ejemplo, es raro que de aquí nos expulse la turistificación, que nos eche la gentrificación, al menos de momento. Por impagos, por racismo, por el elevado precio generalizado de los alquileres, etc., por esos motivos sí nos echan, por eso sí es peligroso mi barrio y cualquier otro. Pero no por ser un barrio-escenario para los turistas, de carísimas tiendas de cartuchos de papas fritas o patitos de goma. 

Tampoco está el peligro de no conocernos, de convivir entre desconocidxs. Aquí, de verdad os digo, las vecinas se ayudan, se visitan, cuidan a lxs hijxs de otras mientras estas trabajan. Y lxs niñxs juegan en la calle de una manera que a mí me recuerda a mi pueblo en las noches de verano. La primera vez que me vine a vivir a este barrio fue también la primera vez que conocí a mis vecinos de escalera aparte de la cortesía del «hola qué tal». 

Mi barrio no es ni chungo ni exótico. Conserva la resistencia de la diversidad de identidades frente a la homogeneización cultural imperante, la resistencia de las sillas en la puerta al fresco, de la cercanía vecinal, y de la dignidad aun en las adversidades. Pese a la basura que se acumula en las esquinas, y al racismo y la aporofobia que reparte el fascismo en las calles.

¿Primera vez en el psicólogo?

Creo que no hay mucha información sobre cómo se desarrolla una intervención psicológica, por eso, a continuación, voy a contestar algunas cuestiones frecuentes con información básica que podría resultar interesante sobre todo para aquellas personas que se plantean iniciar una terapia:

¿Tengo que tener un diagnósticopara ir a psicoterapia?

No es necesario, cada profesional tiene que evaluar el caso desde cero. Incluso es frecuente que diferentes profesionales, cuando evalúan un mismo caso, saquen diagnósticos diferentes. Eso tampoco es malo, porque no existen causas biológicas de los trastornos mentales. Las «etiquetas» sirven para facilitar la comprensión entre profesionales y pueden orientar el tipo de intervención.

En la mayoría de los casos las etiquetas son contraproducentes ya que contribuyen a la estigmatización. También puede ocurrir que la persona adopte su diagnóstico y crea que poco o nada puede hacer para mejorar; se comporta así porque está «enferma» como en una especie de indefensión aprendida. En otras ocasiones se puede obtener algún beneficio de la «enfermedad», como por ejemplo conseguir más cuidado y atención del entorno cuando en realidad se están reforzando los síntomas y la posición de «enfermx».

Actualmente no se utiliza el término «enfermedad mental»; decimos trastorno si los síntomas encajan en una descripción clínica. Sin embargo, si existen síntomas que crean interferencias en la vida de la persona, pero que no encajan en ninguna categoría, se llamarían «problemas mentales/psicológicos».

¿Me va a decir qué tengo que hacer para solucionar mi problema?

No exactamente. Hay corrientes que son más directivas y otras menos, todas tienen sus pros y sus contras, pero no esperes que alguien te vaya a dar instrucciones o consejos o te dé su opinión sobre ciertos temas, porque lo que puede venir bien a tu vecino, quizás no te viene bien a ti y tú mejor que nadie sabes lo que te está pasando.

Las sesiones se orientan a descubrir y desarrollar capacidades para resolver conflictos o conseguir llevar mejor situaciones que nos generan malestar, ganando así calidad de vida. Al mismo tiempo, es un proceso de autoconocimiento.

¿Es mejor que me trate una persona de mi mismo género, o DE OTRO? ¿y una persona muy mayor, o joven?

Todas son opciones que se deben regir por un criterio personal. Lo que sí es importante es que la alianza terapéutica, es decir el vínculo entre usuarix y psicoterapeuta sea positivo. El/la profesional no te va a juzgar, no se va a asustar si le cuentas cosas que piensas que no son morales; además, todo se queda bajo secreto profesional a no ser que vayas a hacerle daño a alguien o a ti mismo.

Para concluir este texto, quisiera comentar que todo el mundo debería tener acceso a una atención psicológica pública y de calidad, incluso para aquellas personas que no pueden costeárselo, sobre todo en estos tiempos que vivimos en el que los problemas psicológicos y consumo de psicofármacos se han disparado.

Tiempos extraños

No sé qué tiempo hará cuando salga publicado este número 45 de El Topo. Lo hermoso de este proyecto en el que me acabo de embarcar es precisamente eso: una lucha a contracorriente frente al vicio de la actualidad, frente a las prisas del internés, frente al deseo de saber más en apariencia aun sin enterarse unx de absolutamente nada. Empiezo hablando del tiempo como un vecino nuevo cuando se cruza casi por primera vez con las vecinas en el ascensor. Ya llegarán las burdas confianzas y charlarán de otras cosas, a saber: lxs niñxs, la cuesta de enero, las vacaciones, la familia política y otros dolores de cabeza. Pero empecemos por el tiempo, por esa necesidad de comentar lo obvio cuando apenas nos salen las palabras al comienzo.

El tiempo. La ola de frío tremenda que ha invadido la península en enero, los 20 grados que hemos alcanzado en Sevilla en enero. En el mismo enero. Esa curva climática con tirabuzones de película que va a acabar matándonos a todxs. No podemos obviar cómo afecta el clima a la gestación de una pandemia, entre otras muchísimas cosas que dan miedo. El tiempo, en general, se vuelve más cálido cada año que pasa, las respuestas para revertirlo escasean y yo me temo que voy a pasar de la fatiga pandémica a la fatiga climática. Y es que, ¿acaso puede unx vivir en paz cuando los fenómenos naturales son cada vez más destructivos y tenemos a la vida en una autopista dirección muerte con cada paso que damos? ¿No estamos siendo demasiado condescendientes con un problema que lo abarca todo y que necesita de respuestas radicales para ayer?

Por supuesto, hay decenas de colectivos y organizaciones con esto muy presente. Pero parece que resulta complicado acertar a la hora de colocar estas preocupaciones en los cafés de cada día. Que el CIS no muestre que el jaleo del cambio climático es de las cosas que preocupan a la gente me parece un asunto mayor, que diría el prolífico comediante Mariano Rajoy. ¿Cómo colocamos este conflicto en la prioridad política cuando aún tenemos que seguir discutiendo que evadir impuestos está regular tirando a mal? Qué pereza. Estos debates en bucle que no hemos superado aún no indican más que derrotas pasadas.

El tiempo claro, no es un problema cuando el veranito llega en abril o cuando de pronto algo de lluvia se cuela en junio y le da un respiro a nuestros embalses. El tiempo, que cambia los biorritmos de nuestras frutas de temporada y también el humor de lxs más proclives al asunto de la tristeza en otoño y la pasión en primavera. El tiempo nos puede arruinar un puente, una Semana Santa, una Feria o el Carnaval, pero sobre todo nos puede destrozar la vida. No seré yo quién lleve la campanilla del mal agüero sonando por las calles, pero al menos déjenme llamar la atención a la sevillanía desde este rinconcito tan humilde. Porque tal vez no toca darle a la campanilla pero sí emitir un gruñido. Porque lo que las multinacionales y gobiernos del mundo están haciendo con nuestra Gaia es como para enfadarse, por lo menos. Porque nos están tocando demasiado el tiempo.

Fentanilo 2020

El fentanilo es un narcótico sintético opioide utilizado en medicina por sus acciones de analgesia y anestesia. Tiene una potencia superior a la morfina.

Tratamiento paliativo que no cura, pero alivia la transición hacia el final. Lo conocí en agosto, pero quiero imaginarme, así a posteriori, las dosis que hubiera necesitado para digerir este 2020 que por fin se acabó… Inspira, ponte el parche, lee y expira.

Confinamiento de marzo: sorpresa, nervios, miedo, memes, llamadas, trabajo, trabajo, trabajo. 12,5 mg. Teorías distópicas, datos, China, economía, emergencia climática, te lo dije. Ciencia, ¿qué ciencia?, artículos, referencias y de fondo cifras, curvas, lugares comunes, carteles, balcones, aplausos, botellines, vecindario. Abril: teletrabajo, teleocio, telecharla. Cine en casa. Subimos a 25 mg.

Encerrada a 4 km de distancia de ella, de ellxs, de tanto… Subo la dosis a 50 y me sigue doliendo. ¿Zoom o Jitsi? Skype no me funciona, llámame por wasap… Yo estoy hablando por hangaouts… Google, Facebook, Amazon, Netflix y el resto nos agradecen contar con ellos, ya nos lo pagarán con más control, que parece que nos va molando eso de dar datos por nuestro bien. «Este virus lo paramos juntos», «de esta salimos mejores”, claro que sí, guapi. Súbeme esto a 75 que se está disparando.

Mayo, puedes salir pero no te pases. Nunca pensé que asumiríamos la obediencia con esa facilidad. Un perfil que se va extendiendo: vieja, sola y asustada. No te acerques, no la abraces, no la roces. Déjala sola que es por su bien… Dame veneno y dáselo a ella. 100 mg que nos hagan viajar. Las residencias, ese eufemismo para no decir asilos a las que hemos dado la espalda, se convierten en campos de exterminio. La centralidad del turismo, la centralidad del trabajo, la centralidad del consumo; el capitalismo en general en crisis. Ruina. ¡Oportunidad de transformación! Ah no, alimento del fascismo. Ponme un parche de 200 que no quiero ver más.

Verano. Vamos a mirar para otro lado con mascarilla. Ella enferma. Miedo, evasión, descanso, disfrute, playa. Todo es llevadero… Baja la dosis, anda… Déjala en 100. Septiembre, la pesadilla de vuelta, pero no pasa nada, es mejor eso que morirse. Ya no hay otra forma de morirse. No hay pobreza, no hay contaminación, no hay violencia, no hay guerra y no hay enfermedades galopantes que te quitan de en medio sin rastro de virus. Vuelvo a los 200.

Sigue el otoño. Más fascismo, más control. Conspiranoias, app, rastreos, fiebre, pruebas, hospital, confinamientos sí pero no. Trabajo sí, cultura no. Me ha dado tiempo a dos conciertos, tres espectáculos y un festival de cine a medias. Otoño demoledor, otoño de muerte, otoño de arenas movedizas. 300 mg que todavía queda diciembre.

Puente sin puente, trabajo, grietas, cambios, casa, orfandad, adultez. Navidad. Consume pero no te roces. Compra pero no te alejes. Toque de queda, cepa, vacuna, miedo, enfado, prohibido escaparse. Soledad. 400 para llegar al 31. Todavía me quedan gramos. Tranquila. Feliz año nuevo.

Descansar del presente

Entre mandao y mandao la mascarilla agobia más de la cuenta mi paso ligero. Es la hora a la que las tiendas cierran y las escuelas devuelven a lxs estudiantes al mundo. Me canso, me siento en un banco. A mi lado dos hermanos charlan, Lorca tiene 14 y Sol 8. Yo hago como si nada, pero no pierdo detalle:

—Me despierto más tarde porque han cambiado los horarios de mi grupo. Hay que ser más puntual, más que antes, cada grupo tiene una clase y vienen los profes. Hay que llevar la mascarilla todo el rato. El primer día me agobié mucho, pero mucho mucho, y en Educación Física se me carga el cuello de mirar hacia abajo. No se puede prestar material, pero si le pido el típex a mi compañero seguramente me lo preste. Lo bueno es que te tienen que dejar ir al baño todo el rato porque en el recreo no se puede. En el recreo estamos separados en canchitas pequeñas donde no puedes hablar con otra gente o correr… Todo el mundo está con el móvil.

—En el cole hay que mantener la distancia y hay que llevar la mascarilla siempre. Hoy lo que me ha pasado es que de echarme tanto gel se me ha puesto como roja la mano.

—¿Y compartís materiales?

—No, ni materiales ni desayuno.

—Pues yo el gel hidroalcólico me lo echo al volver del recreo, al venir de fuera.

—¿Pero te lo echas tú? Porque a mí me lo echan. ¿Y tú escuchas a los profes?

—No muy bien. Tengo una profesora que se ha traído un micrófono portátil, otra lleva tres mascarillas. Uno decía que si te veía sin mascarilla iba a llamar a la poli: «yo no voy a poner partes, yo llamo a la policía y os denuncio».

—Mis profesores no hablan de coronavirus casi.

—Otros dicen que hay que traer gel, mascarillas de repuesto…

—Yo la de repuesto la tenía en la otra mochila, que no sé dónde está. A mí me duelen las orejas.

—A mí no me molesta, pero si puedo me la bajo para respirar. En el recreo no hace falta llevarla.

—¿Ah sí? Yo tengo que llevarla.

—¿Y cómo comes?

—Para comer no, pero no estoy todo el rato comiendo.

—Pues yo intento que el desayuno dure. En mi instituto han confinado muchas clases, hay muchos positivos y los ponen en cuarentena. Algunos pensamos que mejor habría que cerrarlo, pero las clases online son un rollo.

—A mí me gustaría que el cole cerrara unos días, pero no sé cuándo se acabará esto. Dentro de… ¿un año?

—El otro día pensé: ¿y si aceptáramos la muerte y lo dejáramos ir? Pero es muy difícil.

—¿Y si ya lo has tenido no puedes tenerlo más? ¿Es como la varicela?

—No lo sé. A veces veo películas y me extraño que no lleven mascarilla. Echo de menos el contacto, estar con la gente sin cuidado.

—Yo lo que más echo de menos es no tener que llevar mascarilla.

Algo interrumpe la conversación. A Lorca le suena el teléfono: le llama su amigo Pau. Sol no se lo piensa, pega un salto y se acerca a la madriguera de un pequeño mamífero que acaba de descubrir. Yo me levanto y sigo mi camino. Es la hora de comer y por la calle me abraza un cariñoso olor a croquetas.

EN ESTOS DÍAS

¡Ay de estos días terribles!

¡Ay del nombre que lleven!

¡Ay de cuantos se marchen!

¡Ay de cuantos se queden!

¡Ay de todas las cosas,

que hinchan este segundo!

Ay de estos días terribles,

asesinos del mundo

Silvio Rodríguez,

«En estos días»

En estos días me siento, y seguramente lo estoy, en el medio de una crisis económica, social, filosófica, humana y por qué no, psicológica, una crisis crónica. Y aunque está en boca de muchxs y a la vista de todxs, no parece afectarles, será porque hay clases económicas, pero también filosóficas, sociales, psicológicas; humanos de muchas clases, conciencias y sensibilidades. En estos días me siento, y seguramente lo estoy, en el medio de un desierto, buscando sombra entre las calles, añorando los miles de árboles que el ayuntamiento decidió cortar, a falta de cabezas y de movimientos sociales. Toneladas de cemento y silencio, y cientos de miles de aparatos de aire acondicionado formando charcos en el suelo, un suelo que quema solo de pensarlo. Son días extraños, aunque en verdad muchas cosas no han cambiado, agosto siempre ha sido agosto, sobre todo en Sevilla, y siempre ha habido gente que no puede, que no quiere, que no sabe y todo lo contrario. Cuesta que cambien las cosas, sobre todo en el desierto, si no que se lo digan a lxs compañerxs del Sahara occidental o del Rif, siempre luchando milímetros contra el poder y sus avatares; como la monarquía y las instituciones que las avalan, marroquís, españolas o de cuento de hadas, están llenas de verdaderos criminales, que sí pueden, que sí saben, que sí quieren. Mientras, lxs raperxs y activistas que gritan sus atrocidades son llevados a prisión, imputados y/o roídos por el desgaste. Así es el desierto llamado Tierra, cada vez más árido, más acalorado, más temeroso, más fascistoide en general y, en concreto, más fascista; donde la alternativa es el oasis y los granos de arena luchan por ser uno más, aunque disfrazados. Érase otra vez el cuento de la verdad y la mentira descontextualizados, entre estados policiales noticias manipuladas, falsos positivos, asintomáticos y mascarillas en la boca de borregxs. Ya no sé dónde está el escenario y dónde las butacas, al final no soy más que un espectador y eso que me dedico al teatro.

Por qué no me gusta el rosa

La oscilación del ventilador va esparciendo el aire desde mis muslos hasta los dedos de los pies. Y vuelta. Con el paso del aire noto dónde y cómo están mis piernas. Pienso: es importante tener conciencia. Me cuestiono: ¿tengo yo suficiente conciencia? ¿Corporal, política, identitaria?

Y vuelvo a pensar, recordando: yo de chica tenía conciencia de cuerpo de niña, de cuerpo con vulva y vagina. Por ende, con el género femenino asignado. Es decir, de cuerpo acosable, susceptible de ser vulnerado, de ser visto como débil.

Sigo pensando y deduzco: las dos consecuencias más visibles fueron 1) que desterré de mi armario las faldas y vestidos. Solo usaba pantalones, me daban el poder de que los niños no me levantaran la falda y me vieran las bragas. Y 2) que rechazaba todo lo cursi/débil que, según esta lógica, eran el color rosa y las muñecas.

Me recuerdo en el recreo, de pie, apoyada en la pared junto a mis amigas, los días en que a los niños les daba por jugar a tocarnos el culo. La tranquilidad de saber que al menos a mí no me podían dejar las bragas al aire. También las burlas «¡la Marta es un niño!» por mis pantalones y mi corte de pelo. La satisfacción de correr, silbar y jugar con mi coche teledirigido.

Concluyo: creía que esas cosas, ilusa de mí, me protegían de la vulnerabilidad y la debilidad, y me daban el poder de no ser objeto de (más) acosos. ¿También me otorgaban el de asemejarme a aquellos que lo ostentaban?, me cuestiono. De aquellos que podían usar más parte del patio para jugar al fútbol, que eran más valientes y atrevidos y parecían divertirse un montón.

Pero sigo pensando: la imagen de niño se fue volviendo en mi contra. A los 18-20 años eso ya no me otorgaba ningún poder. Todo lo contrario. Claro, deduzco, ahí tuve que cambiar de estrategia: empecé a pintarme los ojos y usar más ropa mona, hasta tacones usaba. Si no puedo ser como el poderoso, al menos tengo que gustarle.

Me canso de pensar. Estoy harta de acabar siempre en los mismos lugares que nos otorga el patriarcado. Siempre el otro enfrente. Crecer, vivir sabiendo que hay un otro enfrente. Vivir, bien evitándolo, evitando sus humillaciones y su acoso de más fuerte, de más atrevido. O bien buscándolo, buscando su aprobación de más poderoso.

Ser a través del otro. Qué hartura.

Y qué aire tan calentorro mueve el ventilador. Mejor voy a darme una ducha, pienso.

Echar la mano a la disidencia

Invitar a las amigas a merendar, preparar un bizcocho con cariño, hacer infusiones y café. Ponernos a charlar charlar a charlar hasta acabar sacando la botella de anís, el pacharán y la ginebra. Levantarnos del sofá, poner música y bailar las canciones de cuando éramos chicas.

Plantar un perejil y unos tomates en tiestos y regar el huerto en el balcón. Ver crecer los frutos y que se pongan coloraos entre las flores de los geranios.

Pedirle a las hermanas de mi abuelo que me enseñen a hacer croché. Ver Juan y Medio con ellas, quedarme dormida entre las paredes de la historia de mi familia.

Ir a por bragas al mercadillo, elegir tallas y colores, estirarlas por la cinturilla y medirlas con mi cadera para ver si me quedan bien. No me hace falta espejo, nos aconsejamos entre las desconocidas que llenamos el puesto.

Sacar las sillas a la fresca de la noche y charlar de cualquier cosa, reinventar el pasado y crear presente al ritmo de los abanicos que iluminan como estrellas.

Entre mandao y mandao, con las bolsas pesadas haciéndonos señales en los dedos o tirando del carro con una sandía dentro, la lejía, los avíos del puchero y con to la caló encima, aprovechar la sombrita que da el quiosco y sentarme con el quiosquero a charlar antes de seguir el camino a casa y plantear la comida.

Preguntarle a quien pega su muslo con el mío en el autobús que cómo está.

Acaparar los sofás para ver el documental de después de comer en el salón y quedarnos dormidos mientras el ventilador mueve el tiempo.

Limpiar la casa con el desparpajo de una cantante de copla.

Decirle que tururú a quienes me sugerían ir a clases de dicción a quitarme el acento, porque una periodista no puede tener acento andalú.

Salir en zapatillas a por el pan y darle los buenos días a la gente que se cruza por el camino.

Hacer del día de playa un banquete con dos neveras llenas de bebidas frescas, picoteo, frutos secos, tortilla, gazpacho, el termo con el tinto y el termo del café, los dulces y el licor.

Dejar la puerta abierta para que entren sin llamar las vecinas, los gatos y la corriente.

Irnos a desayunar después de dejar a lxs niñxs en el colegio y que nos lo pongan todo por delante. Charlar de mí, de mi casa, mis preocupaciones y mis sueños.

Ir por la calle cantando y tocando las palmas. Echarse un baile mientras se espera que cambie el semáforo si hace falta.

Arreglar las macetas y darle plantones a las vecinas.

Pegarle una voz a mi amiga la Rocío desde la calle y esperar a que se asome a la ventana de su casa, un tercero sin ascensor, para subir a darle un beso.

Hay una fuerza en lo cotidiano más potente que cualquier discurso. Hay tanta cultura e historia en la estantería del salón de mi abuela donde se mezclan fotos, jarrones, paños de croché y figuritas, como en un libro de historia contemporánea. Cuando escucho y miro a mi madre, siento la sabiduría y la valentía de quienes han tejido la resistencia desde lo más íntimo de sus casas y con su gente; desde lo común, la libertad y el disfrute.
Sin saberlo.

La máscara que no ves

«Mamá, ¡llévame contigo!». Temo ese momento en el que ya no puedo seguir sin derrumbarme. «No puede ser, cariño. Te prometo que cuando esto pase te voy a gastar a besos». Empiezo a sentir el nudo previo al quiebre de la voz, así que carraspeo, sonrío muchísimo y me despido con un beso enorme y la promesa de otra charla mañana. Cuelgo y dejo que las lágrimas salgan, sin prisas; a solas, me permito ser frágil y sentir miedo.

Sé que es lo correcto, que somos unas privilegiadas las que cada día salimos a luchar contra este maldito virus sin el temor de traérnoslo a casa, con nuestros seres queridos.

Me resulta difícil explicar por qué el temor al contagio, siendo enfermera, es el menor de mis temores; me da más miedo pensar qué mundo quedará tras este paréntesis de tactos y abrazos; que nos haga más individualistas, que no haya sido más que un paso más para encumbrar a esta policía del pensamiento que llevamos dentro a cotas de más y más poder; que se convierta en hábito este sinsentido, este pedir permiso para vivir, esta especie de experimento social tan bien organizado. Hay momentos del día que necesito vomitar mis temores, gritarlos, para que vuelen lejos.

Cada una elige su estrategia de supervivencia, la nuestra fue que A se fuese lejos de mí, al campo: saber que ella es feliz allí aprendiendo a sembrar, viendo la vida abrirse paso en esta primavera que está siendo más extraña que nunca desde que el miedo nos encerró en nuestras colmenas de cemento, y ella explota salvaje sin nadie que la observe.

Y en casa se hace el silencio, al que engaño con música o hablando sola; es escurridizo y se te cuela entre los pelos cuando menos lo esperas.

Este tiempo va de echar de menos: con A echo de menos su risa incontrolable, las cosquillas, el olor de su pelo, ver su cama deshecha, cocinar juntas… esas rutinas que por arte de confinamiento ahora son deseos que te aprietan el pecho.

Y echo de menos otros muchos momentos: una conversación mientras nos cogemos las manos, aquel viaje a la playa cantando, compartir un plato de aceitunas, confundir nuestras cervezas, un mate, pasear una mañana de mercadillo, las risas de les niñes en la plazuela.

También se echan de más las ausencias, el silencio, la soledad y el tiempo perdido sin besos.

Hoy voy a trabajar y voy contenta: es el momento de cruzar miradas con otre igual sin una pantalla delante, y aunque las mascarillas y los guantes no nos dejen olvidar esta pesadilla, procuro poner todo mi cariño en mis ojos y mi voz para compartirlos.

Le faltan abrazos a esta primavera, pienso recuperarlos en verano… y la sonrisa aparece ahí, bajo la mascarilla

Imposible entender el campo sin las mujeres

La noche antes de escribir este artículo soñé con mi abuela Ana. Me desperté con la sensación de haber estado con ella, de que me contaba algo, aunque en el sueño no apareció su cuerpo, no vi sus ojos ni su pelo blanco.
Mi abuela nació en el campo, creció en el campo, dio a luz en el campo. Vivió trabajando sin parar junto a mi abuelo, cuidando de los animales como si fueran parte de la familia, recolectando los frutos de la temporada, amasando pan y haciendo picón para las noches frías de invierno. Pero para mi abuela esas tareas nunca contaron como trabajo, era lo que había que hacer, y madrugaba tanto que a veces casi ni dormía. La figura de la mujer, como trabajadora y parte de la economía en los entornos rurales, se parece a esa sensación que tuve en el sueño: no aparecen, no existen, están invisibilizadas.
Conozco algunas familias que hoy en día siguen viviendo, con muchas dificultades, del campo. Por ejemplo, en la casa de un amigo pastor, su mujer es la que ayuda, colabora o acompaña, aunque su trabajo sea indispensable. La mujer del pastor no tiene descanso ni presta atención al día del almanaque. Las tareas se dilatan, desde que sale el sol y entra al corral a por huevos, hasta que cae la noche y descansa, mientras remienda alguna prenda rota por la faena, arropada por la mesa camilla, con el sonido de la tele de fondo y pensando lo que preparará al día siguiente para el almuerzo.
Esta preocupación es abordada por María Sánchez en Tierra de mujeres, un libro en el que a través de las historias de su tatarabuela, su abuela y su madre, visibiliza y cuestiona esta problemática
Todo lo que llegaba a casa, lo importante, las alegrías y las proezas, las buenas noticias, siempre venían de la misma voz. Nos contaron que solo trabajaba el hombre, que era él el que merecía descansar al llegar a casa. Silenciamos y pusimos a la sombra a aquellas que hacían las tareas domésticas, que se arremangaban las mangas y las faldas en nuestros pueblos, que ayudaban en las parideras, que trabajaban el huerto, cuidaban las gallinas, recogían aceitunas. (…) Teníamos como normal que nuestras madres y nuestras abuelas se encargaran de todo y pudieran con todo: la casa, los cuidados, los hijos, el campo, los animales. Les quitamos sus historias y no nos inmutamos.
Las mujeres siguen trabajando el campo sin cotizar, sin ser propietarias de las tierras, sin ser partícipes de la toma de decisiones, sin tener derechos ni ser valoradas. El pasado febrero se organizaron tractoradas de protesta en las provincias andaluzas más vinculadas con la agricultura y la ganadería. Se cortaron carreteras como demanda de mejoras en el sector agrario relacionadas con la producción, la economía, la política y la energía. Los representantes de las uniones y asociaciones de trabajadorxs del campo son hombres. Ellos deciden qué es lo importante, son quienes toman decisiones y establecen las dinámicas de trabajo, mientras las mujeres del campo siguen cuidando sin descanso y sin ser tenidas en cuenta.

Ciclo Elegidos

Mañana de domingo. Me dispongo entre tostadita y zumo a la revisión, entre legañas, de las novedades que la pantallita de colores se encarga de notificarme. Entre todo el manojo de retweets, stickers y correos, me llama la atención uno cuyo asunto reza «RocknRolla Producciones y la Fundación SGAE presentan el Ciclo Elegidos». Lo abro a desgana mientras le pego otro tiento a la crema de membrillo que he traído de Aracena aprovechando el bolo de anoche. Doscientos pavitos más gasolina para las cuatro personas que formamos la banda; eso sí, nos dieron de cenar. Comienzo a leer: « ¿Tienes una banda y te gustaría actuar como telonero de algún artista internacional en Sala X? ¡Esta es tu oportunidad, participa en el Ciclo Elegidos!».
¡Cómo! Mira tú que casualidad, hago clic en las bases del regalo que este domingo me ofrece. «La propuesta comprende la actuación de diez grupos (o solistas) en la Sala X de Sevilla con el fin de promocionar jóvenes promesas andaluzas, difundir su talento y sus creaciones en directo.» Bueno, salvo lo de «jóvenes», de momento todo bien, sigo leyendo:

Con el objetivo de dar visibilidad a nuevas bandas emergentes, difundir su talento y el trabajo de autores y músicos noveles, Rocknrolla Producciones (promotora de Sala X) y la SGAE han sellado un acuerdo de colaboración cultural por el que diez bandas emergentes andaluzas podrán actuar en directo, en diez opening shows, a lo largo de la temporada 2019-2020. Estos conciertos, que abrirán espectáculos de artistas internacionales de renombre, tendrán el objetivo de dar soporte y promoción (sic) a nuevos talentos andaluces, a los que se ofrece apoyo para darse a conocer en público y que puedan tocar sus propias obras en directo, dándoles así visibilidad en tours europeos.

Esto empieza a oler a becario de los Goya, tela. Ni una palabra sobre condiciones, caché, altas, seguros, gastos y otros detalles a los que el artisteo suele atender. Seguimos:

La propuesta tiene como destinatarios a creadores y artistas andaluces con repertorio propio, creatividad musical y posibilidades de trayectoria, dándoles la oportunidad de actuar en Sala X junto a artistas nacionales e internacionales de talla contrastada, con gran aceptación de público y repercusión en su trayectoria musical.

Se confirman los peores presagios —toca gratis de telonero de grupo chachi para beneficio de la sala, irresistible fomento del amasijo cultural de talentos incipientes—. Pero no queda ahí la cosa:

Además de servir de escaparate y ayudar al lanzamiento europeo de las jóvenes promesas andaluzas —¡guau!—, los objetivos del Ciclo Elegidos pretenden también concienciar a artistas, público y promotores sobre los derechos de autor y su gestión, reforzando las herramientas de promoción, formación y gestión cultural impulsadas por la Fundación SGAE.

Se cierra así el círculo de esta «oportunidad de oro» con la SGAE enseñando al personal cómo consumir cultura previo pago de canon sin mérito alguno y obligando, además, a que al menos un integrante de cada banda se inscriba como socio. ¿A qué estáis esperando para apuntaros?

HOMO OECONOMICUS

En ocasiones, desde El Topo intentaremos servir de altavoz para personas jóvenes. Tienen mucho que decir y es necesario que prestemos atención a sus reflexiones y propuestas. En esta ocasión toma la palabra Lucas, de 16 años. Pasen y lean.

Útil, según la RAE es ‘aquello que trae o produce provecho, comodidad o interés’. Pero, por regla general, el único beneficio esperado de nuestra acciones útiles es tangible. No importa que el provecho que se le pueda sacar a cada una de nuestras acciones sea inmediato o lejano.

Esta perspectiva utilitarista de las cosas que se ha trasladado a la realidad y ha penetrado en casi todos los aspectos de nuestra vida, es peligrosa. Especialmente para la educación ya que, por su duración indefinida, carece de un fin.

Es decir, los colegios públicos han dejado de ser un instrumento del saber. Y se han convertido en fábricas de trabajadores acostumbrados a renegar de su esencia, ignorar sus sentimientos y alinearse continuamente con un sistema que nos aísla a la mínima de cambio. Estas escuelas obligan a su alumnado a ceñirse a horarios insufribles y a asimilar cantidades ingentes de información que, en la mayoría de los casos, no sirve para nada más que para confundir. Y hace que los colegios estén más lejos que nunca de ser academias populares. 

Esta perspectiva utilitarista de las cosas creo que también nos ha alejado de nuestro cuerpo, haciendo que lo percibamos como una herramienta más a disposición del sistema, en vez de como el sustento material de nuestra vida.  

Se nos priva del tiempo necesario para cuidar nuestro cuerpo y acabamos tratando al cuerpo como a una máquina que nos permite ir a trabajar, dormir y emborracharnos. 

En fin, este artículo no puedo acabarlo yo solo. Necesito ayuda de toda persona que lo lea. Intentad responder a una pregunta que puede tener una apariencia un poco vana pero que creo es de vital importancia: ¿a quién estamos intentando satisfacer?

Negación

El calentamiento global es debido al exceso de almas pecadoras quemándose en el infierno, ya que al ser la tierra plana y el infierno estar debajo de la misma, se produce un efecto sartén. Pastora Soraya. @SoldadaDeCristo

Negación, ese concepto… Yo misma y mi miedo al conflicto la hemos practicado con más asiduidad de la que deberíamos, «eso no puede ser…», «no es para tanto…», «ya se arreglará…» La capacidad del ser humano para esconder la cabeza es tan fascinante como habitual. Parece ser que se trata de un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología que no tiene claro si considerar esta debilidad humana como defensa o error cognitivo. Si, además, la información de la que huyes tiene que ver con la destrucción del planeta, pues buscas un agujero bien hondo para dejar de oír. Cuando a eso le añades un discurso mediático absolutamente contradictorio al respecto, la negación pasiva se convierte en la opción más elegida, a no ser que tengas menos de 20 años y este escenario sea una realidad demasiado cercana. Pero hablamos de una reacción fruto del miedo y cierta desinformación. La cuestión es que yo quería aprovechar este espacio para hacer una incursión en los argumentos negacionistas del cambio climático en los medios, aquellos que consideran una patraña las interpretaciones consensuadas por la mayoría de la comunidad científica y aportan datos más o menos contrastables. Lo reconozco, me da morbo indagar en las posiciones opuestas.

Ni el tiempo ni el espacio de esta sección me daban para mucho, así que me limité a un barrido superficial en el que mis ganas de carnaza no se vieron debidamente recompensadas. A excepción de un documental, un libro de hace más de una década y algunos artículos de Libertad Digital (o medios similares), poco más sustancioso encontré. El negacionismo lo abanderan los sectores más ultraliberales de la más extrema derecha, sectores tan poderosos y peligrosos como ridiculizables. ¿Es ese el discurso hegemónico sobre la crisis climática? No, no lo es. El negacionismo explícito más difundido tiene que ver con tuits sarcásticos como el del inicio de este texto. El capitalismo, verdadero culpable de la situación, ha vuelto a hacerlo; como si la emergencia climática en la que nos encontramos no tuviera que ver con el modelo productivo, asume la crisis como propia y devuelve almibaradas las historias de lucha. Los medios están repletos de actrices y actores compungidos exigiendo salvar el Amazonas, celebrities pidiendo que se tome conciencia de la gravedad del asunto y Greta Thunberg —queremos tanto a Greta— viajando en velero a Nueva York y encontrándose con Alexandra Ocasio-Cortés, una de las principales impulsoras del Green New Deal e icono del activismo limpito y canalizado por la Institución. El hombre hecho a sí mismo, superando barreras y cuestionando al poder, ahora es mujer ecologista. Poco más ha cambiado en el discurso. Así que no, el problema no es la negación, el problema es cómo pretenden darle un meneo a esto sin cuestionar el problema de fondo. Cuidado con los iconos que nos pueden cegar. Salgamos a la calle. Sigue siendo la mejor opción.

Algas

Hay frases que de repente te las encuentras y se te enredan. Se enganchan de tu muñeca como un alga que cuando avanzas se va apretando en el lugar colonizado como un brazalete, como si siempre te hubiera acompañado.

Yo tiendo a coleccionarlas: de vez en cuando me palpo los brazos, los tobillos, el pelo… comprobando que las algas-frases me siguen acompañando. Trato de fijarlas con una estricta ausencia de metodología: en las notas del móvil, en un cuaderno, mandándole mensajes a mi yo del futuro, con fotos… por si las pierdo en el camino.

La última frase que me atrapó me cortó la circulación y me dejó instalada una angustia recostada sobre el esternón, pero también me hizo recordar todas las otras frases que aún seguían conmigo.

Leía un cómic sobre Tina Modotti paseándome con pereza por las viñetas y de repente llegó el alga-frase y me dio un latigazo helado y gelatinoso en la cara: «Otro tiempo vendrá distinto a este. Y alguien dirá: hablaste mal, debiste haber contado otras historias…». Me sonó a epitafio maldito. A la condena eterna que te diría tu peor enemigo en el lecho de muerte. ¿Puede haber algo peor que desperdiciar la vida contando las historias equivocadas? Implica no haber sabido elegir el bando, no distinguir lo importante, pelear las batallas que no eran. No haber sido capaz de crear una cama de historias que nos sirviera de colchón donde poder echarnos, desde el que poder saltar.

Tengo otra que me acompaña y me sirve de contrapeso. Supongo que en realidad puede tomarse por el lado negativo, pero a mí siempre me reluce con algo de glitter optimista. Me la encontré un día en una residencia de Zemos98, creo que en un taller con Marina Garcés: «lo que pasa no despasa», se repetía. Y a mí me dio mucha tranquilidad, porque nada era en balde aunque no hubiéramos ganado. Porque aunque las cosas se acaben (bien, mal, finito) no se acaban del todo, queda una huella que se autoreplica. Pero, sobre todo, porque aunque al final parezca que nada cambia, nosotras somos cambiadas. Somos cambiadas, me gusta así, en pasiva, como atravesadas por un rayo.

Tengo otra que viene conmigo desde hace mucho tiempo. De cuando Greil Marcus me daba patadas en la cabeza al compás de Rastros de carmín. Esta es una frase que quizás solo exista en mi cabeza porque en el libro del que la saqué nunca he vuelto a encontrarla. Al menos no tal cual. Pero en algún momento se agarró a mi nuca porque tengo un recopilatorio hecho por mí con una carátula donde perpetré uno de mis primeros acercamientos al Photoshop, sobre una foto en blanco y negro de Sid Vicious, escribí con una tipo horrible: «El punk hace que todo parezca posible». Marcus aseguraba que la potencia del punk está en crear situaciones en las que todo puede suceder. He tenido esa sensación varias veces, a menudo con el corazón retumbando al ritmo de una batería y un montón de gargantas berreando al unísono, pero también rozándonos los codos en las manifestaciones o acarreando escombros para robarle algún solar desolado a la especulación. Mirarnos y pensar: «somos capaces de todo».

Hasta siempre, Consuelo

El pasado 8 de marzo sobre las 16:00 h fallecía inesperadamente nuestra compañera Consuelo Saldaña, una luchadora social histórica de Cerro-Amate y referente barrial en la defensa de los derechos de la mujer trabajadora.

La conocí a mediados de los ochenta en el Bourbon Garage-bar. Entre el ruido de la gente y del alto volumen de la música hablábamos de la revolución, de la lucha. Nos subía la adrenalina con las letras combativas y libertarias de Joe Strumer, The Clash, Sex Pistols, Iggy Pop, Lou Red, David Bowie, The Velvet Underground, Kortatu, Escorbuto, Barricada, Polla Records, Reincidentes, Parálisis Permanente… Nos divertíamos y aportábamos nuestro granito de arena en la lucha contra la herencia del franquismo y la represión que seguía ejerciendo sobre las protestas y organizaciones que exigían justicia social.

En aquellos años, yo caí en la trampa que diseñaron desde las alturas del poder político y entré en fase oscura, que me llevó al nihilismo más destructivo. Pude salvarme, pero tenía que alejarme de todo y de todos. Coincidimos en la acampada de Las Setas, en mayo de 2011, como quien regresa de un largo viaje. Luego nos vimos en las asambleas de barrios, creando grupos con las vecinas, parando desahucios. Más tarde, en las Marchas de la Dignidad con su gran amigo Diego Cañamero; rodeando el Parlamento de Andalucía durante aquel movimiento de Rodea el Congreso. Formó parte del grupo Solidaridad con el Pueblo Saharaui en Sevilla, marchando a los campamentos en Tinduf, Argelia. 

Activista feminista, compañera inseparable de María José Barrera Márquez en el Colectivo de Prostitutas de Sevilla (CPS) donde se volcó con toda su fuerza en la lucha por los derechos de las personas trabajadoras del sexo.

En el centro social autogestionado y libertario L`Anónima le abrimos las puertas a ella y al CPS. Participaba activamente con el funcionamiento del centro y con grupo del que formaba parte.

Ella esperaba participar en la jornada de huelga y manifestaciones del pasado día 8 de marzo para la que trabajó en la organización y preparación, pero no pudo porque la tarde de ese mismo día, falleció.

Al día siguiente muchas personas junto con Manuel, su inseparable compañero, vimos su cuerpo inerte, rodeado de flores, detrás del cristal de una ventana de una habitación de un tanatorio. Por la tarde fue incinerado su cuerpo.

Zonas temporalmente reguladoras del turismo

Que el Casco Norte ya es terreno guiris-friendly lo sabe hasta Queipo de Llano, que sigue tan pancho macerándose con honores en fascismo y misoginia en una Basílica que ahora indica su paradero en el idioma universal: La Macarena Basílica, in pure sevillian english.

Sin embargo, aunque la calle San Luis tenga cada vez más pisos turísticos y menos tiendas de desavíos, hay rincones que resisten ahora y siempre al invasor. Al igual que el levante es un factor natural regulador del turismo en la costa gaditana, en nuestro barrio también tenemos elementos endógenos que ponen un poco de orden en el ecosistema, ejerciendo de filtro disipador ante las involuntarias especies invasoras.

Los turistas que empiezan su ración de vistas por el Arco de la Macarena, se quedan a menudo contemplando embobados la Casa del Pumarejo y señalan alborozados a las vecinas de cartón que saludan desde sus balcones. Muchos se ven tentados de sentarse en la terraza y coger fuerzas para seguir consumiendo ciudad. La encantadora chavalería que baila swing en una esquina puede ser un masuno pero los extraños personajes que piden cigarros en un carrusel sin fin mientras que otros empiezan una pelea coreografiada en slow-motion son un poco desconcertantes.

A veces, los aturdidos turistas quedan varados en la Moravia, derrengados ordenadamente en una fila de sillas, todas mirando al frente como en los cafeses de París, mientras el camarero advierte con saludables gritos que no piensa salir a atenderlos a la terraza. El Vizcaíno, por más que aparezca en guías y reportajes como obligada visita con solera, sigue teniendo una fauna autóctona y compacta que se resiste a ceder ni un milímetro de su barra, su puerta y su acera, dejando a los educados foráneos sin recursos para pedir su cerveza. Claro, los pobres no entienden por qué no se lo ponen un poco más fácil para ejercer su legítimo derecho al turismo.

Pero a ver, que no odiamos a lxs turistas. También recordamos que ellxs somos nosotras en otros sitios. Intentando no ser masa mientras buscamos dónde comer en TripAdvisor. No los odiamos, solo odiamos obstinadamente el sistema que convierte el mundo entero en mercancía. Solo queremos que nos visiten más desordenados, un poco más dispersos. Que renuncien a dormir bajo sábanas del Ikea en cualquier Airbnb. Insistir en que por mucho que lo diga el delegado de la cuestión, el turismo no es un derecho sino el privilegio de unxs pocxs. Así que nos perdonen si a veces nos falta una mijita de hospitalidad, al fin y al cabo, defendemos nuestros barrios para que tampoco se mueran los suyos.

Garbanzos en remojo

Cuando me vine a vivir a Sevilla tenía 17 años y mi madre me dio el cuaderno negro. Once años antes, se lo había dado a mi hermano Ignacio, el mayor de los cuatro, cuando se fue de Cádiz a Málaga a estudiar. El cuaderno negro, una libreta con el logo antiguo de Telefónica, contenía la base de la cocina de mi madre, que sería también la de mi abuela Paci, la de mi bisabuela Cándida, y así hasta un infinito de sabores, olores y maneras de hacer. Hace unos años se lo devolví a mi hermano convencida de que le encantaría tenerlo. El cuaderno negro tiene escrito al comienzo, entre otras cosas:

Cocinar siempre con poco fuego.

Mejor lo hervido que lo frito.

No olvidar verdura cruda y la fruta.

Muchas recetas están ahí escritas. Nada exótico, ninguna elaboración complicada, ningún ingrediente que no vayas a encontrar en cualquier sitio, comidas para el día a día. Potajes, brócoli, pollo en salsa, puchero o cremas. Ni hablar de espelta, quinoa, arroz integral, tahín o mil ingredientes que ahora son cotidianos pero que descubrí después de haberme ido de casa, como nos habrá pasado a muchas. En casa éramos seis, platos contundentes, siempre una ensalada o pimientos y zanahorias crudas cortadas. Habas, rábanos y cebolletas también en el centro. Agua y mucho pan, para mojar, para rebañar y para comer solo. Media barra caía antes de sentarnos a comer. No estoy segura de si era muy alcalino aquello. Lo del pan supongo que no y tampoco ese gusto por mezclar hidratos y proteínas (lo que viene siendo unas papas fritas con huevo), pero había un sano y delicioso equilibrio basado en el sentido común de mi madre.

Comíamos potaje dos veces en semana sin importar si era invierno o verano. Habichuelas y garbanzos metidos en remojo la noche antes. La espuma blanca a la mañana siguiente, tirar lo que no caía, lo que flotaba y el ritual de las lentejas, que se repasaban en la mesa por si había piedras. Cuando cocino, mi cuerpo repite movimientos grabados.

Hace unos días que me levanté con el frío metido en el cuerpo y muchas ganas del primer puchero de la temporada. Fui al mercado a por los avíos. Encontré de todo, menos garbanzos en remojo. Recorrí todos los puestos preguntando hasta que, en uno, me dijeron: «en este mercado ya solo los vende ella, y hoy no tiene. Ya todo el mundo los compra de bote cuando olvidan remojarlos el día antes». Acabé en el ultramarino de mi calle que sí que tenía. Garbanzos gordos, tiernos y cremosos. «Cada vez se venden menos, se usan los de tarro», me dijo mientras me cobraba.

Si no hay garbanzos en remojo, no es mi revolución. 

Vómito por colmatación

A pocos días de entregar el artículo he decidido borrarlo y empezar de nuevo, porque la rabia y la impotencia se me acumulan y me revuelven la úlcera y las entrañas. A estas alturas se habrá escrito y dicho todo sobre el tema, incluso se habrá olvidado como pasa siempre, pero o vomito o reviento por colmatación.

Y no puedo más porque es asqueroso y rastrero que entre nuestras muertas haya asesinadas de primera y asesinadas de segunda. Me duele la muerte de Laura Luelmo, como la de cualquiera de las casi mil asesinadas por el terrorismo machista que llevamos en s filas desde que se hacen «recuentos». Pero también me siento manipulada y estafada por este sistema patriarcal, por la justicia machista, por los políticos, por los miserables medios de desinformación y por tanto machunos que instrumentalizan a nuestras muertas. Aquellos que hace unos días celebraban que se archivara la denuncia por acoso sexual a las «moras de las fresas». Los que jalean a una justicia indecente que ni las ha escuchado, que se les llena la boca con las denuncias falsas. Son los mismos que hoy aprovechan para pedir la cadena perpetua para los locos pervertidos que secuestran y matan a una chica joven, mientras se regodean en el morbo del secuestro y la violación, como si fuera algo aislado, fruto de una mente enferma y no de un sistema que ha normalizado la violencia hacia las mujeres. Una violencia agravada en muchos casos por la raza o la clase, como si no pasara a diario. Invisibilizan una vez más que quienes nos asesinan, nos acosan, nos violan y nos ningunean son nuestras parejas, nuestros padres, tíos, vecinos o compañeros; y despolitizan una lucha que nos está costando tantas bajas, tanto dolor y tanta rabia que no nos deja respirar.

Nos duele el alma de gritar que no queremos tener miedo, que queremos ser libres y vivir tranquilas sin tener que estar alerta todo el tiempo; porque no todos los hombres serán violentos, pero, a estas alturas, nosotras de eso no podemos estar seguras.

¿Por qué se ríen cuando digo que me gusta veranear en Matalascañas?

—A mí donde más me gusta veranear es en Matalascañas.

—¡Venga ya! Jajaja. Pero hija, ¡qué horteridad de Matalascañas!

Cada vez que digo la frase, siempre hay alguien que suelta un chiste para decir que ir a Matalascañas está pasado de moda. Parece lo adecuado es decir que te gusta el Palmar, Conil o el Cabo de Gata. 

En Matalascañas no hay ni un solo guiri. Se fueron. En los años 60 lxs alemanxs descubrieron aquel paraje donde había poco más que las casitas de los pescadores y pensaron lo mismo que yo, que es el mejor sitio para veranear. Y se hicieron sus hoteles con vistas. A partir de los años 90, el boom de la agricultura intensiva elevó considerablemente el nivel de renta de la población del Condado de Huelva. Las familias de pequeños campesinxs e incluso de jornalerxs autóctonxs pudieron veranear. Se empezaron a reconvertir hoteles en pequeños apartamentos para su venta. Y aquellxs, a lxs que los invernaderos se lo permitían, se hicieron el chalet.

El Hotel del Fidalgo fue sufriendo un cambio paulatino a medida que la población autóctona adquiría los apartamentos en los que se iba reconvirtiendo. Donde lxs turistas alemanxs tenían el restaurante, ahora es el local social de la asociación de vecinxs; el gimnasio se convirtió en el cuarto de las calderas; la recepción en una pollería y en la piscina del hotel, ahora piscina comunitaria, se construyó un pozo con un azulejo de la Virgen del Rocío vestida de Pastora en señal del triunfo de la reconquista indígena. Conocí a la última alemana que vivió en uno de los apartamentos. Lxs alemanxs se fueron buscando seguramente una forma de turismo más parecida a sus formas de ser y estar.

Allí veranean principalmente la población autóctona del Condado de Huelva y las familias sevillanas que pudieron adquirir su segunda vivienda en los tiempos en que en diez años se terminaba de pagar una hipoteca. Esos pisos comprados entonces quitan mucho calor a hijxs y nietxs que en la vida tendrán una casa en la playa porque para cuando terminen de pagar la hipoteca de la vivienda principal tendrán setenta años.

Después de mucho chascarrillo sobre mi gusto por Matalascañas, he pensado que la broma encierra cierto clasismo y una idea del mito de la modernidad donde lo autóctono y lo de barrio se considera en un nivel inferior en la escala del desarrollo social. Quizás esté en nuestro inconsciente colectivo, pero las batas, las reuniones cantando fandangos y lxs dominguerxs no son el pasado subdesarrollado; más bien, son la única salida digna a un futuro anti-moderno.

Israel, presente y futuro del horror cotidiano

El Estado de Israel instaura en Palestina un sistema de apartheid. La injusticia hecha sistema judicial, en el que la ley (civil)  para los judíos no lo es para lxs palestinxs (militar). El estatus legal de la población palestina bajo el control fáctico de Israel evidencia que lxs palestinxs son el enemigo contra el que Israel está en guerra permanente. La única paz posible en el discurso del Estado sionista, hoy en día, es la desaparición del pueblo palestino. Paz-guerra-aniquilación a la que destina enormes cantidades de recursos económicos (70 000 M$ en 2016) y humanos (3/2 años para todxs lxs hombres o mujeres de servicio militar obligatorio entre los 18 y 21/20). Esta maquinaria bélica se encarga de hacer realidad el delirio del lema sionista: «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra»…forzando el desplazamiento de la población palestina. Este mantra original del VI congreso de la Organización Sionista Internacional de 1903, vigente hasta nuestros días, niega la existencia de los pobladores de Palestina.

La (i)lógica de la negación del otro normaliza las barbaridades que ordenan cometer a estxs chicxs, recién salidos del Instituto, atrocidades que son percibidas en la sociedad israelí como algo cotidiano. Ejemplo: el vídeo en Facebook compartido por soldados israelíes celebrando la puntería con la que acaban de asesinar a una persona desarmada a cientos de metros de distancia. Fue precisamente una filósofa de origen judío, Hanna Arendt, quien nos alertó de los peligros de hacer de lo horrible algo corriente, lo que llamó «banalidad del mal». Arendt, defendió en el proceso de Eichmann en Jerusalem —en contra de las críticas de muchos intelectuales israelíes que veían en el teniente coronel de las SS la encarnación del mal— que Eichmann no era un «pozo de maldad» ni un psicópata, sino un burócrata ejemplar inmerso en el aparato del Estado totalitario nazi.

Me aterra pensar que la violencia del estado de Israel no es una rareza histórica, sino un adelanto del horror que puede desatar el colapso del sistema capitalista. Veo en Israel el presente de la distopía de la postmodernidad neoliberal: una tecno-potencia militar en proceso de expansión. El ejército israelí prueba con lxs refugiadxs palestinxs el armamento «no letal» del futuro: balas de caucho, gases lacrimógenos, bombas de sonido, que exporta a un mundo de policía militarizada, que prepara la guerra contra la población civil. Intuyo que el nivel de violencia que desarrolla el sionismo por colonizar la «tierra prometida» puede ser alcanzado por las potencias del norte en un escenario de escasez (para el insaciable apetito de los mercados, no de las necesidades de la población), como de hecho ya ocurrió en Irak. Mientras que Israel lucha por ocupar el lugar de sus enemigos, la Europa-fortaleza se inspira en el Muro de la Vergüenza para dejar fuera a nuestros otros, las poblaciones empobrecidas a las que el recurrente discurso de odio está señalando como el origen de todos nuestros males.

Frente a este horror, queda defender la vida y la belleza, como podéis leer que hacen lxs palestinxs en la sección «Construyendo Posibles» de este número de El Topo.

Small data

Una de mis mejores amigas de la adolescencia repetía a menudo: «Yo no creo en las matemáticas». A mí se me helaba la sangre en el hemisferio racional y le decía: «será que no las entiendes», y ella insistía «que no, que no creo. Son cosas que se inventan y no tienen nada que ver con la vida real». Y yo penaba intentando, sin éxito, que abrazara la fe en la ciencia numérica.

Así que cuando últimamente me sorprendo a mí misma leyendo algún informe repleto de indicadores y pensando «yo no creo en las estadísticas» me entran ganas de abofetearme en estéreo y añado un misterio a mi rosario de contradicciones. Pero es que como dice la escritora que más te hace llorar bonito «la vida a veces, la vida casi siempre, es demasiado concreta, en especial las vidas de quienes no existen». Y a mí es que me pasa eso, que de verdad que yo entiendo la necesidad de subir de nivel para ver el bosque y no perdernos con cada árbol, pero mi cerebro funciona con los matices, con lo continuo.

Y aunque las cifras rotundas me sirven para lanzarlas durante las discusiones y las uso a menudo como muletas para argumentos e intentos de zascas, de vez en cuando entro en crisis. Y cuando leo que el 25% de las viviendas de San Luis y calle Feria se destinan a uso turístico me impresiono educadamente, pero son las historias de las vecinas las que me dan una patada en el marco mental y me atan un nudo en todo el centro del esternón.

La madre joven a la que echan junto al resto de vecinas de su bloque porque lo ha comprado una inmobiliaria que va a convertir sus hogares en viviendas temporales y neutras para otros y otras que vienen a ver cómo huele el azahar. El dueño del bar que ha tenido que cerrar por el mismo motivo, el otro al que han triplicado el alquiler y despide a su clientela de años regalándole los últimos botellines y vermús. La tienda de barrio que desaparece con tanto Carrefour Express…

Pero me reconcilio pensando que el camino de la abstracción a lo concreto siempre es necesario y de ida y vuelta. Las historias van construyendo un mosaico y recopilamos datos como armas para que no puedan borrar la realidad que vemos.

Hace poco andaba por Cádiz —de verdad que no es chovinismo caletero, pero mis chispazos de lucidez se dan siempre en mi ciudad, igual debería plantearme mudarme de vuelta— de la playita de las Mujeres a La Viña y, al pasar por el Campo del Sur, contemplé un espectáculo habitual cuando empiezan las tardes buenas. Varios vecinos y vecinas de un bloque bajaban cargados con la mesa plegable, las sillas, las neveras con cervecita y refrescos, táperes llenos de tortillas y cosas bienolientes, y empezaban a colocar los avíos del bingo. Como mi abuela hacía con sus vecinas en Chiclana, como se hacía en mi barrio antes (y ahora, pero menos). Y las miraba colocar los cartones y llamar a gritos a las que faltaban por bajar y pensaba «esto es un indicador»; de buen vivir, de comunidad, de procomunes intangibles.

Y me imaginaba que molaría tela que en el próximo censo hubiera una casilla que preguntara: ¿te sabes el nombre de tus vecinos/as? ¿Cuándo fue la última vez que organizasteis algo juntas?

Libertad interior

Junto a no ser una chivata, no mentir fue de las pocas normas éticas que asimilé desde chica de manera consciente. Mentir me parecía horrible en cualquier circunstancia. Y aunque con el tiempo esto se ha ido flexibilizando, la mentira me es aún indeseable.

Y es que encuentro en la mentira una barrera hacia la libertad. A riesgo de plagiar con la siguiente afirmación a cierto mesías, la verdad nos hace libres.

Líbrenme las diosas de aplicar un listón moral a quien hace uso de enredos o mentiras de andar por casa. Yo me refiero aquí a la mentira como impedimento a la verdad, y a la verdad como ingrediente indispensable de nuestras historias, nuestra identidad. A esa verdad que nos permite comprender, tener la certeza de qué fue lo que ocurrió; de quién y cómo fuimos y somos.

Porque hay mentiras que son mucho más que mentiras. Las hay cuyas consecuencias modifican vidas. No tener acceso a la verdad destroza historias, horada huecos en líneas temporales y no deja que jamás se reconstruyan. Convivir con lo falso aleja, separa; amuralla hacia fuera y hacia dentro. Y todo eso nos deja presas de aquello que pasó, presas de la versión oficial, de quien nos mintió, de quien no se hizo cargo de la verdad.

En este país sabemos de lo que hablamos, por ejemplo, con su segundo puesto a nivel mundial en número de desaparecidos durante el franquismo. Podemos ver las consecuencias en un presente aún atado a heridas de guerra y gris represión, que nunca se cierran a base de obstruir la verdad durante ya más de 80 años. Y (esta es la parte que más me interesa de esta breve reflexión) lo mismo ocurre a nivel personal, pues lo que es pa’ fuera también lo es de carnes pa’ dentro. La mentira también nos puede dejar presas de nosotras mismas, del auto engaño, de nuestra incapacidad para reconocer ante nosotras cuál es la verdad, quiénes somos. Por ejemplo, cuando la herida es emocional y no la queremos ver y tiramos pa’lante, sin pensarla y, a ser posible, sin sentirla. O cuando somos nosotras quienes causamos daño a alguien, ¿le damos esa verdad?, ¿o más bien nos refugiamos en un silencio que le obstruye el camino a la sanación y la libertad? Lo no dicho, los secretos, nos pesan. Y cuentan, aunque no se digan.

La verdad, en cambio, trae libertad. Deja pasar el aire a los pulmones y abre la garganta; deja caer la coraza de falsedad que nos aplasta y nos separa de la otra, y de nosotras mismas. Incluso cuando todo está perdido, saber qué pasó y quiénes fueron y fuimos puede, al menos, traernos reposo y calma. Las heridas pueden empezar a sanar cuando llega la verdad y podemos desengancharnos del pasado.

Señoras

Un par de semanas antes del 25N se celebró en Cádiz una mani de los colectivos feministas de la provincia. Me hizo ilusión porque desde hace años, la mayoría de mi vida protestante transcurre en Sevilla y también porque, sentimiento caletero mediante, reivindicar a la verita del mar me pone tela.

La mani entró a Cádiz cortando un carril de la autovía y estaba repleta de mujeres de todas las edades, pero muchas dejando un reguero invisible de carpetas de instituto tras de sí. Esto lo cuento para que os hagáis una idea del subidubi feminista con el que llegué al final de la mani en el Hotel Playa. Allí me esperaban mi madre, mi abuela y su hermana.

Me fui con mi abuela (79 años, traje de leopardo y chupa de cuero) y su hermana (82 años, capaz de quitarse el pijama a las 11 de la noche si la llaman las amigas para dar una vuelta) a tomarnos una cerveza. Mientras hablábamos de una cosa y otra salió un tema que quema. Que sí procés parriba, Puchdemón pabajo. Y mi abuela: “La Ada Colau esa es que no la aguanto”. Y su hermana: “Desde luego la que está liando”. Y me miran: “Y tú ¿que piensas?”. Yo he visto terceras guerras mundiales de sobremesa empezar por menos de esto, así que dije de corrido “Yocreoenelederechodelospueblosadecidirsobresufuturo – y cogí aire para añadir –  Pero igual es mejor que cambiemos de tema”.

Se miraron las dos y riéndose dijeron que sí, que claro. Y me preguntaron que si me hablaba con alguien, que si encontraba trabajo de lo mío… Y a mí de repente me entró como una alegría con un regusto muy amargo, una pena casi bonita, una confusión en el pecho que fue la culpable de  que las tortillitas de camarones se me hicieran un poco de bola agridulce. Y seguimos comiendo y pedimos dobladillos (que se están perdiendo y es una pena) y yo no paraba de pensar y de mirarlas y de quererlas y de tener unas ganas muy grandes de llorar sin ruido.

Por un lado, estoy segura de que si en lugar de haber sido dos mujeres (y dos mujeres de esa generación) hubieran sido dos tíos, o cualquier otro pariente hombre y adulto, nunca jamás hubieran consentido en cambiar de tema sin decir la última palabra. O la penúltima y unas cuantas más. Y me parece bonito, políticamente bonito, que ellas no quieran corregirme, ni convencerme de su opinión, que antepongan el bienestar común a su ego, que prefieran que nos bebamos otra cerveza riendo a tener razón. Pero las miro y me empieza a temblar algo muy adentro, porque en su renuncia a discutir también hay un peso antiguo de sumisión, una losa de cienes de “cállate que tú de política no entiendes”. Una conciencia de que corresponde a ellas la tarea de pacificar las sobremesas acaloradas, de restar importancia a los comentarios garrulos que avivan el fuego cuando ya arde media Troya. Y me agita una rabia blanda que resuena mucho rato.

Mientras nos bebemos el café, me pasan pensamientos-nube que no me esfuerzo en atrapar. Pienso que cuando los lemas pasan de la pancarta a la carne, nos atraviesan. Y me repito: “porque fueron, somos”. Y que también me hubiera gustado ser juntas. Que qué de victorias incompletas y cuántas derrotas exitosas. Que aquí seguimos, riendo.

Reflexiones temporales

¿El tiempo pesa? ¿El tiempo pasa? ¿Tiene el tiempo materia? ¿Tiene entidad? ¿Tiene valor? O ¿da valor? De hecho, si esta pregunta la respondieran las interpretadoras marxianas de la realidad dirán que sí, que absolutamente, que es el tiempo lo que da y genera valor. ¿Pero el tiempo de qué? ¿El tiempo de quién?

Si una mercancía es un bien con el que se comercia, ¿podríamos atribuirle esta identidad al tiempo? ¿De qué? ¿Acaso una mercancía atemporal?

¿Qué tiempo estamos considerando? ¿El tiempo que se vende junto a una olla exprés?, ¿el que se vende con un aspirador? ¿En un concesionario de coches?

¿Y qué tiempo es ese? ¿El que se asocia al tiempo de vida que el obrero consume en la fábrica? ¿El tiempo que ahorras moviéndote en coche de un punto A a un punto B? ¿Y el tiempo que usaste de tu vida trabajando para pagar el automóvil que te llevaba del punto A al punto B, para pagar la gasolina, para generar los impuestos con los que se pagan las infraestructuras?

Cuanto más pienso, más me sorprende que algo tan absoluto como pudiera parecer el tiempo, es en realidad una dimensión relativa: ¡ya lo decía Einstein! Pero mucho me temo que no se refería al mismo tipo de relatividad.

¿Y el tiempo dedicado al soporte de la vida? El tiempo que utilizaron nuestras madres para cuidarnos en la infancia; el tiempo que utiliza la que cuida en cuidar a todo ser susceptible de ser cuidado. ¿No vale? ¿No da valor?

El tiempo, una dimensión-paranoia, una medida inmedible, algo totalmente confuso pero al final tan preciado: ¿será por escaso? Dicen que la economía es la gestión de lo escaso. Quizás lo han hecho escaso para convertirlo en mercancía.

¿Cuánto pagarías por tener más horas al día? ¿Cuánto por tener más días al año?

Tiempo de tu vida, tiempo de otras vidas. Negociamos con el tiempo. Traficamos con el tiempo. ¿Le ganamos tiempo al tiempo comprando? ¿Vendiendo?

Y mientras tanto, mi tiempo se esfuma, no existe, solo figura… Así ando todo el día añorando y negociando; esperando que en algún momento todo pueda ir más lento.

La estrategia del francotirador

Cuando me desperté, el toro bravo de la corrupción seguía allí. A ese no lo torea nadie, pero marearlo y hacerlo sudar desgastándole los cuernos para que no embista a los pilares del Sistema, eso sí. A cambio obtenemos el efecto de plasma de la opinión mediática que no se resigna a dejar de conmover nuestros sentidos con la amplificación de sus sermones, fomentando la conformidad de la grey ciudadana ante las soberanas cornadas que seguirá recibiendo. La corrupción misma espera ser resuelta. La estrategia empresarial de los Medios crea la ficción de que el coso de la democracia formal se barre todos los días y, entretanto, se arrogan el derecho a sumergir toda consecuencia política en un juego de tauromaquia verbal. En la enunciación lógica de sus planteamientos se abusa del argumento de la mayoría de tal modo, que todo ciudadano español sea necesariamente plurinacional, europeo y global, es decir, capaz de validar automáticamente la corrupción como fenómeno generalizado, históricamente irremediable y connatural al ejercicio del Poder. Silogismo falso que pone un techo de acero a la utopía democrática.

En este desentendimiento entre lo que pensamos y lo que quieren que pensemos, la civilizada Europa se está inclinando otra vez hacia la violencia civil que predican los partidos de la extrema derecha; los sesudos opinantes (sin distinción de género) están siendo informados de que la ciudadanía ha descartado seguir escuchándolos, han deducido —según parece— que este diálogo de poder a poder no informa de sus problemas reales para sobrevivir a una gestión del dinero público que reserva decimales a las partidas de recursos sociales. Europa ya estuvo en esta encrucijada hace casi un siglo. No podemos volver a empastar el derecho a la información con la propaganda oficial. Sería pues saludable que en sus dictámenes diarios se decantaran reflexiones comprometidas con el impacto de la Opinión mediática en una compleja trama social globalizada, cuya supervivencia no debería medirse en acciones de la Bolsa para ser sostenible.

Pensamiento situado. Esa cosa invisible

Últimamente sigo pensando… no me corrijo la costumbre por más que medite. Pero hace poco aprendí un nuevo concepto, el “pensamiento situado”, y eso me está ayudando a observar mi pensamiento con más desapego.

El paradigma ideológico imperante nos cuenta que somos seres individuales, que nuestra razón y voluntad todo lo pueden y que somos las únicas responsables de lo que pensamos y sentimos. Pero la realidad es que no somos solas. Somos con todo lo demás que nos rodea, existe una comunidad de la que formamos parte con sus creencias y sus formas de hacer. Además, no somos las primeras en nacer, antes ha habido una historia que se ha sucedido día a día hasta nosotras.

La Historia y la comunidad forma y condiciona nuestros pensamientos. Esto es el pensamiento situado.

Nos pasa a todas las personas del mundo pero, a las personas que nacemos a este lado, en el “occidente rico”, nos han contado que nuestros pensamientos y las formas en que lo construimos es la correcta, la superior, a la que el mundo entero debe llegar. Por eso, quizás, a nosotras nos cueste más ser conscientes de nuestro pensamiento situado, porque precisamente está situado donde debería estar el de todo el mundo.

Ser musulmana y llevar velo es antifeminista. Cecear en la academia es de catetas. Las cantaoras gitanas no se esfuerzan igual porque con el apellido lo tienen todo hecho. La democracia es el modelo al que el mundo debe aspirar.

Y todo esto es evidente, hemos alcanzado estas convicciones nosotras solitas, solo hay que mirar el mundo y pensar un poco. Es de cajón.

¿Seguro? ¿Cómo librepensadoras hemos alcanzado estas convicciones?  Ser conscientes del cómo y el qué pensamos requiere un gran esfuerzo de cuestionarse a una misma, trascender el individualismo y entenderse como parte de conjunto del que formamos parte. Y requiere un plus de heroísmo cuando para colmo gozamos de privilegios respecto a las otras que piensan diferentes, esas pobres que aún no han visto la luz de la razón.

Cuantos más privilegios se gocen más heroísmo se necesita para cuestionarse. Por eso desde estas líneas mandamos ánimo a todos esos varones, blancos, estudiados, sanos y heteros que cada día luchan por deconstruir sus privilegios y tomar consciencia de sus miradas situadas. Mucho ánimo e inscríbanse al Topo, les esperamos con los brazos abiertos.

¿Hay gente que piensa en África?

Cuando las preguntas se plantean desde un contexto determinado, las respuestas no tienen por qué seguir sus sendas, sino replantearlas o responder según las circunstancias del contexto (o de los contextos) del (de los) que parte(n) unx de lxs interlocutorxs. ¿Será eso relativismo cultural? No, se trata del relativismo relacional (Herrera Flores, 2005).

En ese sentido, creo que es necesario, ante todo, desmitificar la idea de África como un país. Es un continente formado por 55 países (si contemplamos al Sahara Occidental como Estado-nación) de los que se desprenden diversidades y complejidades de índole racial, étnica, política, económica, social, de género, generacional, religiosa, etc.

En segundo lugar, considero que no se puede «pensar a lo africano» debido, entre otras cuestiones, a las influencias y presiones de la modernidad en doblegar al subordinado, animal y atrasado africano/a; a la colonización que siempre insistió en enseñar buenos modales al hombre y a la mujer africana o a la globalización cultural que considera subdesarrollados los países que no siguen el desarrollo lineal economicista.

Todo ello no significa pasividad (como casi siempre fue interpretado por agentes implicadxs y observadorxs) sino denuncia de algo evidente. Ha habido resistencias tanto a la esclavitud, al colonialismo, como a la globalización. Hechos como la historia de Zé Cangolo en Santo Tomé y Príncipe que se resistió a recibir órdenes del amo; luchas y guerras anticoloniales en Angola, Guinea Bissau, entre otros; o algún pueblo del continente que se resiste a consumir Coca-Cola, o llevar zapatos Nike como señal de resistencia, son algunas muestras de ello.

Resistencias que también se reflejan en las enseñanzas de Cheikh Anta Diop que desmontó las narrativas sobre la pertenencia racial de los sabios egipcios; en los libros de Chimamanda Ngozi Adichie que muestra la cara mestiza y compleja del feminismo, así como de la literatura en Nigeria y en África Central; de Mbembe, que al igual que Fanon, evidencia los relatos racistas de grandes figuras e intelectuales occidentales; y de Paulina Chiziane que pone en diálogo los relatos orales del sur africano con las letras escritas.

Hiroshima, Fukushima y otros malos agüeros

Noche en Eurasia:

Despegas de Helsinki para, poco después, dejar atrás Petersburgo. Repites para ti, a modo de letanía, aquella premonición-promesa que aún espera su cumplimiento: La hierba en las calles de Petersburgo. Los primeros brotes de un bosque virgen que cubrirá las ciudades modernas. […] En verdad Petersburgo es la ciudad más avanzada del mundo. La carrera de la modernidad no se mide por metropolitanos o rascacielos, sino por el alegre hierbajo que se abre paso entre los adoquines de la ciudad (Osip Mandelstam. Gozo y misterio de la poesía [El Cobre Ed.]).

A bordo, las pantallas muestran la ruta que sigues. Se suceden los topónimos impronunciables: Syktyvkar, Khanty Mansiysk, Irkutsk… Recuerdas ahora otro vuelo, aquel que, con otro derrotero, llevó al filósofo Günther Anders al mismo destino: Japón. Su relato está contenido en el Diario de Hiroshima y Nagasaki, bitácora de un viaje a las dos ciudades aniquiladas incluido en Hiroshima ist überall (Hiroshima ubicua [Ed. C.  H.  Beck]), recopilatorio de sus textos sobre «la bomba». ¿Qué diría él, preclaro crítico de la técnica y su infierno, si supiera que el permafrost (suelo congelado) siberiano, es decir, la tierra que sobrevuelas, está empezando a derretirse a causa del calentamiento climático liberando con ello enormes cantidades de gases de efecto invernadero? [Sí, lo recuerdas, fue exactamente en ese punto en el que, superado por la enormidad de la catástrofe en curso, abandonaste la lectura del segundo volumen de En la espiral de la energía, de Ramón Fdez. Durán y Luís Glez. Reyes [Ed. Ecologistas en Acción]. ¿Qué diría él, insistes, si supiera que Japón ha sufrido recientemente un tercer desastre nuclear, en este caso civil, en Fukushima?

Su respuesta podríamos encontrarla en un breve texto de intervención cuyo título es ya bastante elocuente: Estado de necesidad y legítima defensa. Violencia sí o no [Ed. Centro de documentación crítica]. En él, una vez comprobada la inutilidad de manifestaciones pacíficas y performances, justificaba el uso de la violencia contra les responsables de un posible holocausto nuclear (emblema aquí de toda catástrofe de carácter antrópico).

Fuera de contexto

Últimamente estoy que no me aguanto con los contextos. Me ha dado, lo reconozco. Contextos para arriba y para abajo, contextos todo el día en la boca, los saco en discusiones, los llevo a porrillos en los bolsillos, los arrojo cuando lo necesito, los echo en falta demasiado. No es que sea nuevo, que una siempre ha sido muy de contextualizar, muy vygostskyana, pero como esta alianza estratégica que he construido estos días, nunca.

No te enteras de nada. Contextualiza. No me entero de nada. Te falta información, que diga, contexto. ¿Te contextualizo que te noto perdido? Más contexto y menos atomización de ideas. Ideas, esas, inconexas. ¡¿Cómo has interpretado eso?! Venimos de contextos tan distintos. Lo soltaste en el contexto menos indicado…

Recurro al contexto como agüita de mayo. La mayoría de las veces por necesidad, saber de dónde viene eso que hablamos, que leo, que cuentan, eso que me oprime o libera. El contexto es memoria, es reconocer las trayectorias de nuestras teorías y, con ellas, nuestras prácticas. Pero a veces, simplemente, el contexto no basta.

Es como una hartura de entendimiento, un hastío de comprender y respetar puntos de vista y unas ganas crecientes de patalear, de soltar, qué te digo yo, un no hay contexto que me haga hoy entender esto. Y descubro, entonces, que están en desuso unas acepciones de contexto que tienen que ver con enredos y marañas, trabazones y cuestiones que se enlazan y entretejen, y me voy sintiendo un poco mejor otra vez. No porque la RAE lo diga, que anda cubiertita de gloria, sino porque en ocasiones nuestros entornos políticos, históricos o familiares no le dan sentido per se a lo que nos ocurre, que los desborda.

Y en estas andaba, transitando —que ahora se dice— por los contextos, cuando me levanto el otro día y escribo la siguiente frase chorra en el feisbuc: Autónoma (casi) siempre, de alta un mes al año. Jugando con la idea de la autonomía, la de sabernos capaces, metiéndole un casi más que necesario, donde entra el apoyo mutuo y nuestra vulnerabilidad, ya que estamos. Jugaba también con la referencia a los movimientos autónomos y sí, también me refería al alta de diciembre de periodista precaria autónoma. Y, en cualquiera de sus sentidos, fuera de contexto.

La naturaleza… ¿no existe?

Reflexiones a partir de un artículo de Erik Swyngedouw[1]

Siempre que salgo de la ciudad hago la misma pregunta: ¿dónde empieza la naturaleza? Se lo pregunto a mis acompañantes: ¿ya hemos llegado a la naturaleza? No sin cierta desesperación, mis colegas me contestan: bueno… estamos en el campo. El campo será algo así como la naturaleza, pero… ¿un poco menos natural? Aunque mucho más que la ciudad, claro. La ciudad no es natural. ¿O sí?

El concepto de naturaleza puede que sea uno de los más difíciles de definir. Algunos elementos que la forman están muy claros para la mayoría de las personas: montañas, bosques o ríos son naturaleza. Otros elementos, no tanto: ¿un tomate transgénico?, ¿el ébola?, ¿las aguas fecales?, ¿las ciudades? El Huerto del Rey Moro… ¿es naturaleza?… ¿es más naturaleza que el parque de María Luisa?

Pero, ¿por qué es tan complejo? En primer lugar, porque es un concepto flotante al que se le adhieren otra multitud de términos: Sierra Nevada, un olivo, un atún de Barbate, una acampada con colegas… El concepto queda pues tan lleno de otras ideas que se vuelve vacío y depende de estos elementos ordinarios para definirlo. Según qué elementos elijamos, obtendremos una idea u otra de la naturaleza.

En segundo lugar, porque la naturaleza tiene poder político y de control social, hasta el punto de ser considerada como ley. Lo «natural» es presentado como lo que debe ser; lo que se desvíe de eso es considerado «contranatural». Este carácter normativo y moralizante ha sido y es utilizado como fuente de legitimación tanto en ámbitos reaccionarios y carcas, como alternativos y contraculturales.  Ya sea en un manual franquista de la sección femenina o en un huerto urbano, la naturaleza aparece como argumento clave para fijar la norma.

En tercer lugar, porque a la naturaleza también se le adhieren emociones, deseos y fantasías que, si bien son constructos sociales, ejercen un papel fundamental en la construcción de identidades colectivas. Desde «sentimientos de pertenencia» asociados a determinados elementos físicos de un lugar, hasta nuevas espiritualidades que hacen de la armonía entre seres vivos una nueva religión.

El amigo Erik tiene claro que la naturaleza no existe.  Y tú, ¿qué opinas?


[1] SWYNGEDOUW, Erik. ¡La naturaleza no existe! La sostenibilidad como síntoma de una planificación despolitizada. Urban, [S.l.], n. 01, p. 41-66, mayo 2011.

Diario de una opositora novata

Andalucía, 2016. Oposiciones a Secundaria. Leo en la página web de la Consejería de Educación: «Se convocan pruebas selectivas para cubrir 1987 plazas de los cuerpos de Profesores de Enseñanza Secundaria, Profesores Técnicos de Formación Profesional y Profesores de Escuelas Oficiales de Idiomas». Como italiana residente en Sevilla desde 2010 y licenciada en filología árabe, decido presentarme para profesora de inglés de Secundaria. Una ciudadana de la Comunidad Europea puede acceder a un proceso de oposiciones, en este caso de enseñanza secundaria, si dispone de: 1) NIE (un número impreso en un papel verde para identificar a lxs europexs residentes en el Estado español, que si no es acompañado del pasaporte o DNI del país de origen deja de cumplir su función; 2) un título homologado (cuyo tiempo estimado para su obtención es de 3-4 años, si eres afortunada); 3) el llamado —dentro del gremio— MasterCap, el máster de un año que ha sustituido el antiguo Certificado de Aptitud Pedagógica; 4) un título de nivel avanzado de español.

¡Bien! Poseo todos los papeles, cumplo el perfil para participar en el proceso de selección, para ser una posible candidata, que encima cree firmemente en la enseñanza pública. Recopilo la documentación, durante unos días desarrollo la labor una mijita extenuante de rellenar la instancia online, y pago la tasa: mi solicitud y mi suerte están echadas. Tras la publicación del listado de admitidxs doy oficialmente comienzo a mi primera aventura de opositora, con mi dosis de ilusión, desenfreno y osadía. Desde marzo hasta el 19 de junio, fecha de la primera prueba, emprendo una nueva rutina, 7 horas de estudio al día y un poco de deporte. Finalmente, los esfuerzos de 4 meses, meticulosamente disciplinados, se convierten en resultados reales: en mi primer intento logro aprobar y entrar en bolsa. Hecho que me enorgullece y emociona a la vez. ¿Qué me llevo de esta experiencia? Aparte de otra connotación del término encerrona, el apoyo de mi gente: mi única academia en todo el proceso. Ya al menos puedo cambiar en el WhatsApp mi estado: de precaria a futura interina.

¡¿La papeleta mágica?!

Hay mucha gente que piensa que echando una papeleta en una urna va a arreglar el mundo. Como si esa papeleta —la unión de millones de papeletas con los mismos logos impresos— fuera a desatar un huracán que arrancara de cuajo los paraísos fiscales de la Castellana, la corrupción del corazón del sistema político, los gases de efecto invernadero de la atmósfera…

Una lluvia de papeletas mágicas que, gracias al conjuro de la democracia burguesa, nos solucionaría la vida sin tener que mover un dedo más allá de los dos que agarran la todopoderosa papeleta: la pliegan, la meten en el sobre y la dejan caer en la urna sagrada, el DNI dando fe. Ahí va nuestro ingrediente democrático, como los huevos de sapo azul y el ala de murciélago en la marmita de la bruja… ¡La magia! «¡La fiesta de la democracia!».

Sin embargo, esta magia de Parlamento barato se desvanece antes incluso que la de la Cenicienta, cuando se sientan en un hemiciclo diseñado para servir a un sistema mafioso y explotador por naturaleza. Un mordor escoltado por dos leones orgullosos, presumiendo de democracia al tiempo que la secuestran.

Allí, dentro del Hemiciclo, se respira democracia representativa. Eso sí, representativa de grandes banqueros que se bañan en semen de mono extinto por el cambio climático, de grandes empresarios cuyas flatulencias contaminan la atmósfera como si fuera solo suya… Una democracia representativa y amordazada por los periodistas del Régimen que escriben baboseando ira y mentiras.

Y la legislatura de sepultura se desarrolla mientras las papeletas se pudren, quién sabe dónde, y si te dijeron digo, ahora dicen Diego… ¿y todas tan contentas?

Pero cada vez más gente se da cuenta de que la magia de la papeleta es fuego artificial que nos ciega en colores y, la cojan o no, saben que la magia para cambiar sus mundos, sus calles, sus barrios, sus curres, nunca vendrá de una democracia de cartón piedra. Dicen, quienes las han visto, que las manos y los corazones están repletos de esperanza y utopía en esta marea de gente descreída con el mundo de la papeleta mágica.

Desmontando al homo eurocentricus

En Occidente hemos tomado por costumbre el mirarnos el ombligo y considerar nuestras barrigas el centro del universo. Desde ahí interpretamos el mundo e intentamos «iluminar» al resto del planeta. Es una técnica compleja que hemos ido perfeccionando y que se ha convertido en una especialización evolutiva del homo eurocentricus: la colonización.

Este sujeto, representado por su mandamás, el BBVA (Burgués, Blanco, Varón, Adulto y heterosexual), ha utilizado todo tipo de estrategias violentas, más o menos sutiles, para dominar, no solo otros cuerpos y territorios, sino también lugares más simbólicos como es el campo del saber.

Logró crear LA VERDAD objetiva, empírica y neutral, y por tanto indiscutible e irrefutable. Un saber universal made in the west que nos atraviesa hasta las entrañas. Uno de sus mayores éxitos ha sido el de enseñarnos a pensar de forma dual estableciendo pares de conceptos opuestos. Partió y repartió los pares y se puso mocho. Se apropió de cultura, intelecto, solidaridad, civilización y modernidad; y al resto del mundo (incluidas nosotras) le endosó naturaleza, folclore, tradición y salvajismo. Un relato que ha ido alimentando a lo largo de los siglos con un fin muy concreto: legitimar la violencia, explotación, expolio y colonización de la otra y el otro.

En las últimas décadas, la máxima otredad es representada por las que llevan hiyab o chilaba y rezan mirando a La Meca. O que sean sospechosxs de hacerlo. El homo eurocentricus ha armado un sistema de discursos sobre terror, odio y fundamentalismo para dibujarlos a ellos; y sumisión, silencio y victimización para retratarlas a ellas; y lo ha hecho utilizando todo un arsenal de mítines, tertulias televisivas, noticias en prime time y pelis de acción, al que acompañan misiles, bombas de racimo, armas tested on combat1, vallas con concertinas o leyes antiterroristas.

No resulta difícil renegar de este depredador destructivo. Nos queda gritar para descubrir el pastel y que se amasen otros nuevos con la diversidad de sabores y saberes que la realidad y la justicia por la que luchamos se merecen.

1 El ejército de ocupación israelí vende sus armas con su sello de calidad tested on combat (probado en combate) tras bombardear a la población de Gaza.

Elogio a la tangente silente

No me refiero a ese sutil don que condenamos al detectar, con el que se evita la mentira o el castigo al sentirnos acosados y nos salimos por la tangente. Esa sería una tangente ruidosa. Se me ocurre que agarro el camino mostrado por esa recta que corta la curva de mi vida en un punto y que me ofrece… pues eso, un misterio, quizá una posibilidad de… aunque parezca que está todo bien y digan que más vale bueno conocido que malo por conocer yo insistiría en que más vale bueno por conocer que malo conocido. En fin, que me voy por la tangente y aprovecho el Etimológico abreviado de Corominas y la encuentro a los pies del tango y me sorprendo hasta que veo que es en lo tocante al toqueteo, lo tangible; lo que me devuelve a su acepción geométrica y doy con el punto en que me toca y, en silencio, acepto la propuesta. Esa línea quizá me muestre otras curvas a cortar o a tocar también tangencialmente (un punto, el mínimo roce, lo erótico, espacio cero, tiempo sin memoria ni expectativa) otra curva de otra vida que mis condiciones de salida no me hubieran mostrado nunca. Ni que sea por la curiosidad o el amor a saber, que conocer siempre tiende a lo bueno por malo que sea lo conocido. Así, la tangente silente, la de la ironía, la sonrisa o la mirada traviesa. ¿Cómo la diferenciamos? Bueno, tampoco hay que ser ningún lumbreras Martínez, que una rosa es una rosa y cogedlas mientras podáis ¡y debáis! La moral está ahí aunque, a veces, salirse por la tangente y sacar la lengua para ver de lejos que… Pues eso, un misterio, quizá una posibilidad de… en fin, de nuevo por la tangente y son pilas de significado, que diría la semiótica; dispersión, que nos dice el maestro, distracción… Y yo, por la pendiente de mi tangente tomo cierta perspectiva de la curva de mi vida y planteándome que quizá otras formas de… Pues eso, lo que sea, desde ese punto. Luego lo desecho o se convierte en la mandorla del resto de mi vida. Ahí acosa la lógica de nuevo, y A es igual a A y la vida está siendo al límite en ese punto sin espacio, tiempo cero del que tomo conciencia gracias a la tangente silente. Por eso la elogio, agradeciendo que me muestre, por ejemplo, el valor de un plato caliente.

Comida casera

Devorar libros sería una metáfora indicada para hablar de cierto tipo de alimentación, tan necesaria como la del garbanzo, las papas o el arroz; que ya dijo el estagirita que toda la humanidad, por naturaleza, desea saber, y de ahí toda la filosofía y, por extensión, el placer por la comida. Que aun sabiendo que se trata de quitarse el hambre, ese gusanillo, cuando no es gusanazo que mata, esa alerta para no desfallecer; hemos desarrollado un gusto y una sofisticación en la cocina que trasciende las necesidades biológicas para atender a las poéticas en el susto del eneldo, el horneado tras la cochura, las hojitas de hierbabuena, el flambeado, un piquito más de sal o el ahumado con laurel. Y a pesar de ese prurito tan de todos de desnudarnos el alma y que se nos aplauda, y a ver si hay algo ahí fuera mi capitán, yo le encuentro, cada vez más, el gusto al mero hecho de hacer de cuenco y recibir, de alimentarme poemas embutidos, canciones en lata. Que leía hace poco en una entrevista a una artista que decía que pocos placeres mayores que el de meterse en la cama con un libro y yo lo suscribo; porque ahí te quiero ver ante el espejo, sin nadie a quien justificar nada, eligiendo, conociéndote, recibiendo estos alimentos, las palabras, los colores, los sonidos. Y de este banquete, sus placeres corolarios como reservarse un trago del café para cuando acabe el párrafo y ¡ay! Que solo de pensarlo se me fue el hilo y de tomar conciencia de esto lo recojo con una risita porque ha sido el tiempo mismo el que me ha hecho cosquillas; o evitar rascarse mientras el pianísimo del violín, no vaya a ser que suenes más y el picorcillo conviviendo con la melodía y otra vez las cosquillas. Y hacer un alto en la comida y el mundo como que más amplio, ¿no? Aunque todo esto si cuidamos la alimentación, que no es lo mismo con tranchetes. De hecho, para ser honesto recomiendo dejar de leer esto ahora mismo y agarrar el Quijote más cercano, que aún no conozco al harto de buen jamón. Pero claro, siempre un poco de arrogancia y de traición, porque si no, no estaría escribiendo esto. Si me permites, un mojón en el camino: este lo puse en la vida hace unos años, intentando aquello de vomitar piedras preciosas, que es como llama Ory a la poesía, esa manía de contar sílabas para ordenar el mundo, o no.

No esperes saber la verdad de la historia

pues solo palabras puedo ofrecerte

que aun ofreciendo alternativas a la muerte

sustentan su vivir en la pobre memoria

de los hombres límite y los dioses tristes

que por el velo que la vida les impone

encuentran unos con otros mil razones

huyendo de la piel frontera que fuisteis

mas, es inevitable emitir cantos

aduanas de tiempos venideros

pretextos de ulteriores secundarios

clamando a los cielos celeste gloria

mendigando en palabras asidero

No

no esperes saber la verdad de la historia.

Madera de kinki

Va por Félix, a quien el jaco dejó en el camino

Nacer en Vallekas allá por el 74 era, sin duda, un seguro de éxito. Este territorio rebelde vivió ajeno a la capital hasta que fue ocupado masivamente por la inmigración de gentes del campo. Corrían los 50 cuando, huyendo del hambre y la miseria, empezaron a llegar nuestras abuelas y abuelos, y fue entonces cuando la capital se anexionó el pueblo. Antiguo «campo de la ciudad» musulmán; municipio de la escuela de pintores vanguardistas; icono de la lucha vecinal; barrio de Poli Díaz, Ramoncín y Azúcar Moreno; cuna de la «rumba vallekana» creada por los Chichos y los Chunguitos, a golpe de pico, sin pala; puerto de mar sin playa pero con cofradía marinera y batalla naval; equipo de barrio de primera, el Rayo Vallekano, con ese Hugo Maradona que hizo las delicias de quienes estudiamos la EGB y de todos los camellos de la ciudad y alrededores.

Estas condiciones de contorno a uno algo le marcan. Ya desde chiquito mis raíces veratas y calabresas por igual, extremeñas ambas, me endosaron la losa de la inferioridad, de la pleitesía. «Estudia, niño, estudia, que no te pase como a nosotros». Y mientras los 80 decidían que sobraban jóvenes, los chavales nos dedicábamos a limpiar el campo de fútbol de jeringuillas usadas antes de echar la pachanguita, mientras veíamos a una generación entera de mayores consumirse, sin entender muy bien porqué.

La Vallekas de los 80 era un territorio perfecto para las fechorías del Opus Dei. El miedo, la delincuencia y la droga entregaban a «la obra» hordas de imberbes cuyos progenitores buscaban proteger. Allí probé el bromuro del rancho de las convivencias, aguanté la inquisición del preceptor, las misas de los lunes y la misoginia entró en mi vida sin conocerla. Eso sí, me entrenaron para ingeniero, de los del taco, y como los 90 decidieron que a los pobres había que dejarles estudiar porque «la máquina» los necesitaba, ¡se acabó la heroína! ¡A la Universidad!

La Escuela Superior de Ingenieros Aeronáuticos de la Universidad Politécnica de Madrid me brindó una calurosa acogida. No sé, quizás Cobi y Curro tuvieron algo que ver. «Buscáis la fama, pero la fama cuesta…». Un ruedo de gladiadores, vamos. Y tras casi 8 años de sudar y sudar, llegó la fama. Construcciones Aeronáuticas (CASA) me da una beca en condiciones que hoy no se pueden ni soñar y, ¡ya está! Con mis 26 años estaba dentro del Club de la Clase Media. Ahora solo me faltaba casarme, procrear y la hipoteca, claro. ¿Cómo había conseguido llegar hasta allí viviéndolo todo en tercera persona? ¡Ahí está el tío! He cumplido ya los cuarenta palos y aún no me he caído del guindo, pero sospecho que habiendo sido el protagonista de mi propia historia, el guión lo han escrito otros.

Abajo los muros

Cuando el sonido se encuentra con un obstáculo, las frecuencias bajas se propagan más fácilmente. Por eso, cuando escuchamos conversaciones a través de una pared, podemos distinguir las vocales —son frecuencias bajas— pero no las consonantes —son frecuencias altas—.

El problema es que son las consonantes las que permiten que la conversación sea inteligible. Si yo digo «odio el mundo» y tú escuchas «Ohio es chulo», nuestras posibilidades de tener un intercambio oral productivo empiezan a acercarse a menos mil. Que sí, que podemos citar a Eco y reivindicar los diálogos como una obra abierta, pero seguro que Umberto no esperaba que la gente leyera sus libros a través de una pared.

Yo, últimamente, creo que andamos rodeados de paredes, y así nos va como nos va. Bambino ya lo vio claro y esa maldita pared no solo separa tu vida y la mía, sino que hace que nos comuniquemos como si tú fueras de Los Palacios y yo de Helsinki norte.

Estás tranquilamente con tu pareja superando toda la hostia del amor romántico y, tras una discusión, una tonelada de silencio me hunde la espalda. Cojo aire y digo «me siento mejor cuando podemos hablar», pero de repente al otro le llega un eco como de «eres lo peor, ¿te puedes largar?». Y claro, ahí me quedo yo con un atasco en la garganta mientras tú te alejas todo dolido.

Este fenómeno no se limita solo al ámbito íntimo y, así, podemos afirmar que de tabiques está el mundo lleno. Es fácil comprobarlo en los espacios de discusión política o en los bares (a veces no diferencio bien entre uno y otro, cosas mías). De repente, con toda la murga del municipalismo y de asaltar los cielos, la mitad de los que antes eran amigos o compañeras (de codo-en-barra y de lo otro), ahora son, además, aspirantes a concejalas, alcaldes, presidentas y jefes de todo esto. Claro, aquí los tabiques empiezan a aflorar como si regalaran pladur en las esquinas.

Tenemos la típica situación en la que tú estás explicando por enésima vez en el fragor preelectoral que las instituciones no son neutras, que conforman haceres y que por tanto lo de cambiar el sistema desde dentro como que no. Ahí estás tú, languideciendo en vida ante tanto furor democrático, y finalmente dices con hastío «muy bien, no te desilusiones, ¡qué aburrimiento!», y el otro escucha con claridad meridiana «fetén, ¡tomad las instituciones! ¡A por el Ayuntamiento!».

Creo que estamos infravalorando los problemas que provocan las paredes. Podríamos acabar con las guerras, con el amor patriarcal, con las tediosas discusiones de barra de bar, con los desencuentros y las confluencias mal avenidas… Reivindiquémoslo. ¡No estamos todas, faltan las consonantes! ¡Abajo los muros de las orejas!

Reflexiones en checkbox

*marca la/s casillas que veas conveniente y personaliza tu ejemplar

– Las grandes corporaciones de ayuda humanitaria contratan trabajadores con pinta de cooperantes para captar socios en la calle.

☐ Falsos voluntarios

☐ Cooperación versus Capitalismo

– Se descubre que Jordi Hurtado cobra a los concursantes mordidas del 3% por darles un empujoncito en su legendario espacio televisivo.

☐ Esconde el Botín en Suiza

☐ Paga al dentista en cash

– El presidente de mi comunidad contrata a la constructora de su cuñao para el mantenimiento del edificio. Cuando se cruzan en la escalera…

☐ Esconden su relación

☐ Aprovechan para repartir

– Paco Lobatón se convierte en el principal sospechoso de uno de los casos de asesinato que él mismo trata en su programa.

☐ Inocente

☐ Culpable

– La mayoría de las asociaciones de consumidores son chiringuitos donde acaban los primeros despojos políticos, los viejos líderes de las antiguas juventudes de los partidos de toda la vida.

☐ Todas

☐ Casi todas

– Las gafas más baratas de General Óptica son las que llevan los colores corporativos. ¿Estamos vendiendo nuestra mirada?

☐ Sí

☐ Los pobres, sí

– En el Antiquarium de Sevilla cayeron dos puertas macizas de cristal sobre tres ancianas. Iban a visitar la exposición del momento «Las puertas de Sevilla».

☐ Increíble

☐ Pero cierto

– En la ventanita del entresuelo de un barrio de Sevilla se vende coca. De tapadera usan un negocio de tabaco ilegal.

☐ La pena es la misma

☐ La pena no es la misma

– Pagué con un billete de cinco euros un paquete de tabaco ilegal en una tienda de comestibles legal. La tendera lo pasó por la máquina detectora de billetes falsos.

☐ Me dio la vuelta en gomitas

☐ La máquina es solo disuasoria

– El Estado aporta 2500 € por coche con el Plan Renove. Si intento comprar uno financiado me cuesta 12 000 €. Si es a tocateja, 18 000 €.

☐ Los concesionarios hacen de tapadera de las financieras

☐ El Estado regala nuestro dinero a las financieras

– Dicen que el caradura del rey Juan Carlos jugó un gran papel en la transición. Si en vez del Borbón, el rey del momento hubiera sido Pichardo, el dueño de la tienda de bromas y disfraces, ¿tendría las mismas posibilidades de haberlo hecho tan bien como él?

☐ Sí, Pichardo también tiene sangre azul

☐ No, pero hubiera animado mucho la fiesta

– Una cuestión cultural me provoca no sentir dolor cuando matan a un toro en la plaza, pero mi mente me ayuda a ser antitaurino.

☐ ¿España es Laica?

☐ Laica es la perrita

Cada hombre tiene una manera de traicionar a la revolución

Cada hombre

tiene una manera de traicionar

a la revolución.

Esta es la mía.

Leonard Cohen

Uno: finales de 2014. Mientras en la calle hay una manifestación contra la Ley Mordaza, D intenta escribir un texto para una revista. En el cuaderno, como casi siempre, varios principios interrumpidos. Uno dice: «Cada hombre, cada mujer, tiene una manera de traicionar la revolución». Hay un tachón y luego: «…estas infidelidades y traiciones de andar por casa; este sueño de que, algún día, las cosas cambiarán para mejor…». Otro principio abandonado: «…Hacer tu tarea como uno de los justos del poema de Borges, confiando en que hacerla sostenga el mundo, ayude a cambiarlo…». Una cita en el margen del cuaderno: «Yo no puedo decirte en qué influye el arte ni mucho menos cómo influye, pero sí sé que a menudo el arte ha servido para juzgar a los jueces, para vengar a los inocentes, para mostrar al futuro lo que fue un pasado de sufrimiento, algo que no puede ser olvidado. Sé también que el poder teme al arte…».

Dos: años 50 del siglo XX. Al abrigo del macarthysmo, el director de cine Cecil B. De Mille convoca una reunión de la Liga de Directores para desacreditar a Joseph L. Mankiewickz por sus supuestas simpatías comunistas. La jornada se desarrolla entre larguísimos discursos que John Ford escucha en silencio. Tras ellos, Ford dice: «Me llamo John Ford y hago películas del Oeste». Prosigue: «No creo haya nadie en esta sala que sepa mejor lo que el público quiere que Cecil B. De Mille y, desde luego, sabe dárselo. Pero no me gustas, De Mille, y no me gusta lo que has estado haciendo aquí hoy. Propongo que le demos a Joe (Mankiewickz) un voto de confianza y luego nos vayamos a casa a dormir un poco». Y eso fue lo que hicieron.

Tres: 1927. Un hombre que odia viajar, viaja en tren de Sevilla a Barcelona. Le acompaña su hermana. Mientras anochece, piensa quizá en el dinero que le pagarán al llegar o en la absurda manía moderna de registrar las voces y los rostros. Allí graba unas placas en las que se oye su voz cantando mientras su hermana le jalea con frases como: «ole los hombres ahí, con alma y ánimo ahí» (sic). Una de las coplas que canta dice: «Te tienes que quedar / con el deo señalando / como se quedó San Juan».

Cuatro: el 16 de marzo de 1930 Vladimir Maiakovski estrena su obra teatral El baño, una crítica de la burocracia estalinista. La obra es la culminación del enfrentamiento del poeta con el sistema soviético que lo acusa de traidor y antirrevolucionario. Un mes más tarde, Maiakovski se quita la vida. Este es el final de su carta de despedida: «Como se dice / el incidente está zanjado, / la barca del amor / se rompió contra la vida cotidiana. / Estoy en paz con la vida. / Inútil recordar / dolores / desgracias / y ofensas mutuas. / Sed felices».

¿Dónde están lxs canis?

Sevilla, junio de 2011. Miles de personas se concentran en la Encarnación en plena efervescencia del 15M. Alguien comenta con entusiasmo: «¡Está todo el mundo!». Y otra persona responde: «No estamos todos, faltan los canis».

Y así era. El movimiento 15M aglutinó a personas de procedencia diversa en relación a muchas variables: edad, sexo, profesión, barrios… pero canis, lo que se dice canis, prácticamente no había. En luchas relacionadas con la vivienda sí están, me recordaréis. Es cierto, a veces coincidimos, pero, reconozcámoslo, no hay muchas canis entre nosotras.

Lo cierto es que no conozco las causas de esta ausencia ni tengo datos ni espacio para llegar a una conclusión relevante, pero quiero compartir algunas reflexiones que me han surgido al respecto últimamente.

Ese mismo año en el que las plazas de este país lucían llenas de gente, el escritor británico Owen Jones, publicaba Chavs, la demonización de la clase obrera. Una obra en la que desgrana el organizado proceso de desprestigio de la clase trabajadora en el Reino Unido llevado a cabo por los gobiernos de Margaret Thatcher y posteriores. Un proceso que ha logrado extender el estereotipo del chav (Council Housed and Violent o habitante violento de viviendas protegidas) como el último reducto de la clase trabajadora, afianzando de paso la falaz idea de que todo el mundo (que no quiere identificarse con esa caricatura) es clase media. A lo largo del libro, Jones desmonta con rigurosidad este cliché, evidenciando el clasismo de la sociedad británica y denunciando la falta de representación política de la clase trabajadora.

Pero además del análisis histórico, llama la atención la anécdota contada por el autor para ilustrar el éxito de ese proceso de demonización. Cuenta Jones que fue consciente del desprecio a lo chav en una cena en Londres en la que todas las presentes eran personas concienciadas y comprometidas y en la que, sin embargo, todas acabaron riéndose de una broma relacionada con los chavs. Algo impensable en ese mismo entorno si el chiste hubiera tenido connotaciones racistas, machistas u homófobas.

¿Os suena? Cambiad «chavs» por «canis» y decidme con la mano en el corazón y la mirada puesta en la tele (o en Facebook, si no la veis) que no os habéis reído nunca ni un poquito de algún personaje cani. Habrá quien nunca lo haya hecho (enhorabuena), pero estoy segura de que la mayoría (como yo) ha caído en algún momento.

¿Significa esto que despreciamos a lxs canis y por eso no forman parte de nuestro entorno político? No tiene por qué. De hecho, pienso que es evidente la similitud con el Reino Unido en relación al proceso de destrucción de la clase trabajadora por parte del poder. Lo que sí denota, quizá, es una falta de interés hacia ellos en muchos casos. Eso es lo que podríamos evitar mirando de vez en cuando alrededor y preguntándonos: «¿dónde están los canis?».

La ira organizada contra el dragón de mil cabezas

Muy a menudo me siento delante de un juez y me peleo con el abogado de un banco. Algunas veces, soy la parte denunciada por ocupación de vivienda, otras soy la parte demandada por no pagar la hipoteca y, las menos malas, soy yo la que demando al banco por engañar a mis representadas. No me impone mucho pelearme con un señor abogado de la banca porque, aunque os parezca increíble, también se les olvida citar sentencias como a mí, tienen la regla y les duele como a mí, o tienen ganas de que llegue agosto como yo.

Eso de ejercer el derecho para defender a los que viven a costa de los demás no está bonito, y disfruto viéndolos perder; pero no son el enemigo.

Entonces, me acuerdo de la película Las uvas de la ira, justo de esa escena en la que el tipo de la «compañía» viene a desahuciar a una familia de campesinos. Los campesinos cogen el rifle y preguntan a quién tienen que matar para defender sus tierras. Se desconciertan al saber que nadie es el malo, que todos cumplen órdenes, que la «compañía» no es nadie en concreto, y ellos tienen que irse de sus tierras obligados por una ley natural.

Me pasa mucho, cojo el rifle y no sé dónde apuntar. Esos empresarios que despiden me dan los buenos días y me pregunto si apuntándoles con el rifle se acabarían todos los problemas de las trabajadoras. Me pregunto si borrando al policía que miente delante de un juez y que acusa de atentado a algún antisistema se acabaría la represión. Y la fantasía no me sacia.

El enemigo no parece ser nadie, aunque yo diga en las asambleas de trabajadoras que no hay ninguna mano invisible, que hay una voluntad detrás de las injusticias que sufrimos, que las cosas se pueden cambiar y que si nos juntamos se cambian antes y a mejor.

Otras veces, nos dicen que el enemigo está dentro de nosotras y que hay que empezar el cambio por una misma. Como tenemos tantas sombras autoritarias dentro, una ya no sabe si ponerse el rifle en la sien y disparar contra el enemigo.

Pensar es un lío. Entonces, meditación. Desapegarme de mis emociones y pensamientos. Ya empiezo a ver más claro. Juntarme con las demás que son afines, pensar entre todas, organizar qué parte nos toca a cada una, leer lo que hicieron las que vinieron antes, escucharnos, poner los límites por los que no pasamos, ser generosas hasta estos límites, juntarnos más, organizarnos mejor, salir a la calle, hablar con otras, una acción, equivocarnos, evaluar, otra acción, acertar, ver claro al monstruo que se esconde detrás de tantas caras, ya lo veo, ¡ahora! ¡¡ Fuego!!

Receta para supervivir al estilo baladí

Ábrase en caso de colapso, hecatombe a escala enorme o mortal aburrimiento. Sea prudente y lea con detenimiento lo siguiente: Manual para superar el estado de bienestar. Ponga especial atención: apague la televisión. El partido será retransmitido en diferido y dada la situación, canta el amigo Gil Scott, no será televisada la revolución. Si es Vd. varón, esté preparado, sea precavido y desaprenda lo hasta ahora aprendido. Si es Vd. Mujer, haga lo mismo, pero en femenino. El Estado NO es su amigo.

Prepare las maletas. Introduzca solo lo imprescindible. Deshaga las maletas. Solo lo imprescindible. Lo realmente imprescindible. Más aún. Aún más. Ahora. Cierre la maleta y déjela donde la encontró. Compre un billete de ida a la cueva de Altamira. Parta con valentía y coraje y lea durante el viaje. A veces marea, pero entretiene. Reflexione sobre su pasado, lo más antiguo que recuerde, cuando empezaba a caminar con los pies sobre la tierra. Lea sobre el Paleolítico.

«El Paleolítico fue la etapa más larga de la historia del ser humano. Durante este período, nuestros escasos ancestros vivían poco tiempo y duramente inmersos en intuitivos procesos vitales, en la actualidad en franca regresión, cuando sus vastos descendientes viven largo tiempo y cómodamente inmersos en intuitivos procesos letales».

Toque algún instrumento de viento. Aprenda a respirar. A respirar bien. Aprenda también a hacer fuego. A hacerlo bien. Haga un fuego. Respire. Reúna a sus seres queridos, animales y plantas. Arrime un puchero al fuego y cocine un caldo bien colorido. Tómese un respiro y disfrute del caldo junto al fuego con sus seres queridos.

Cuenten historias, toquen instrumentos de viento y respiren. Canten, rían, cuenten y respiren. Es importante que lo hagan, no necesariamente por este orden, pero cuenten Vds. historias, sus propias historias. Vd. no está solo; Vd. no está sola. Déjese de cuentos y escuche también las demás historias. Utilice cualquier fermento de trigo, cebada, uva o centeno que le permita disfrutar de este momento placentero y tocar su instrumento de viento. Deje fluir junto a la hoguera fermentos, notas, ideas, imágenes y colores, en su historia y en la historia de sus interlocutores. La historia y el arte son subjetivos: dependen de quién los interprete y de los motivos.

Comparta especialmente con esas personas que le hacen a Vd. disfrutar. Dejen fluir junto a la hoguera las notas, las ideas y los fermentos. Canten, rían, cuenten y respiren. Existan, no más. Porque Vd. existe en este estado del ser humano alejado del estado de bienestar. Y porque el arte debe curar. Y si lo comparte, reprodúzcase Vd. copiosa y generosamente. Si no lo comparte, haga solo la primera parte. Cuando acabe de existir continuará existiendo en el arte y en las historias de los y las demás. El ser humano basa su percepción de la realidad en la reproducción copiosa y el origen mítico. Viene ocurriendo desde el Paleolítico. Y si no lo cree, pregunte, por Dios; está bastante mejor. Gracias.

Desde la frontera

«¿Eres de Melilla? ¡Menuda tenéis allí liada!, ¿no?». Como melillense que vive en la Península, escucho esta frase cada vez con más frecuencia. Hay violencia soterrada en la pregunta, violencia soterrada en la respuesta. Hay violencia en la propia existencia de Melilla. La Valla de Melilla. El Muro de Berlín. Para intentar explicar la Valla, tengo que contar mi versión de la historia de mi pueblo.

La historia oficial mantiene que Melilla es española desde 1497. Físicamente, el territorio es una bahía en la que pueden resguardarse las embarcaciones. Durante 400 años, Melilla ha sido una plaza fuerte, un reducto minúsculo amurallado entre acantilados. Pero Melilla no existe como tal hasta principios del siglo XX, tras el Tratado de Algeciras de 1906 en el que las potencias europeas se reparten Marruecos. Se convierte entonces en la capital del Protectorado Español en Marruecos. Poco antes se habían trazado las actuales fronteras.

La ciudad crece entonces porque llega población a raudales: unos forzados por sus obligaciones militares, otros huyendo de la miseria de sus pueblos. Nace una ciudad llena de militares que tienen que comer, vestirse, divertirse. Hacen falta pescadores, sastres, camareros. La población civil llega junto a la militar desde la Península. Todos pobres, muy pobres, con y sin uniforme. Llegan también los mandos militares, los administradores del Estado, los representantes de los grandes empresarios. Estos se repartirán el botín de las minas del Rif, la verdadera razón por la que España desembarca aquí en masa. El Rif árido y pedregoso escondía minerales. Lo sabían el conde de Romanones y Alfonso XIII, el abuelísimo. No solo luchan por el honor de la patria. Usan los recursos del Estado para llenar sus bolsillos. Juegan con el pueblo rifeño y el español, causan miles de muertos para extraer minerales y agrandar sus fortunas personales.

El Rif se pacifica, las minas se van secando. Con la independencia de Marruecos en 1956, Melilla vuelve a ser un mero pueblo que mira a la Península para subsistir. No hay grandes intereses, las distintas culturas y religiones aprenden a convivir en paz. La frontera física, aunque existe, es anecdótica, permeable.

La Valla no llegará hasta los años 80 e irá ampliándose con la generación de los que nacimos en la segunda mitad de los 70, separando un territorio que siempre había estado unido. La metáfora de nuestra generación creciendo al ritmo de la Valla —la de quienes vivimos en la supuesta Europa democrática mientras a nuestras espaldas crecía una valla diabólica que separaba a quienes nacimos, por azar, a uno y otro lado de la frontera— ilustra bien las miserias del capitalismo y de su progreso.

Con la entrada en la UE, el equilibrio vuelve a alterarse. España se va convirtiendo en un país rico. Los poderosos tienen que defender sus intereses. Melilla toma valor geopolítico. Europa invierte ingentes cantidades de dinero con motivo de la celebración del 500 aniversario de su españolidad en 1997. Queda claro entonces que Europa sabe ya qué hacer con Melilla. La ciudad se llena de flores y rotondas, se abren playas, se consigue un alcalde que sabe manejar el cotarro, llegan Zara y Burguer King. En el proceso, van levantando la Valla. Los melillenses apenas nos percatamos, todo va pasando poco a poco. Ahora hacemos nuestras barbacoas frente a una valla maldita y pensamos que siempre ha estado ahí.

Levantan las vallas. Ahora vienen otros buscando una vida mejor. Lo mismo que hizo mi bisabuela. Levantan las vallas. Son los herederos del conde de Romanones y de Alfonso XIII. La Valla defiende la riqueza de la nueva aristocracia. Defienden a los poderosos, separan a los trabajadores.

La comunidad… que viernes

¿Qué le dice el eucalipto al pino? Yo, no pino.

Quien escribe, entiende El Topo como una caja de herramientas para la lucha por una vida mejor, un espacio donde se visibilice la existencia de una comunidad. El estilo telegramático surge de querer transmitir mucho con pocas palabras. Un listado de ideas claves. Esperamos que se disculpe la carencia narrativa por priorizar la transmisión de dichas ideas.

[1] Estamos en tiempos de lucha. Es primordial sentir la urgencia de que nuestras vidas están amenazadas (los derechos sociales, la subsistencia, la salud, el trabajo, el tiempo libre, la libertad misma… la alegría).

[2] De esta urgencia debería surgir una energía que nos empujara a la acción. Estamos en guerra. Es un hecho. Esta guerra no es armada (al menos, no aún) ni territorial (al menos, no solo). El escenario de batalla cruza el cuerpo. El enemigo está dentro de nosotras. Hay que tomar conciencia de que la dominación a desarmar implica transformarnos a nosotras mismas.

[3] Hay que desprogramarse, dejar de asumir los modos de conducta imperantes. Prestar atención a todo lo que nos cruza en el día a día. El orden dominante ha desarrollado complejos dispositivos para hacer, de cada persona, la vigilante de ese mismo orden. Cada una de nosotras lleva en su interior un juez, un fiscal, un policía, un inspector, un chivato. Lo llevamos grabado en la piel.

 [4] Desmontar al capital implica aprender. No somos libres, a pesar de que todo discurso dominante trate de seguir manteniendo tal ilusión para perpetuar su dominio. No somos libres, pero tenemos algo que quieren y que necesitan de nosotras, constantemente, en todo momento. En el cómo gestionamos eso nuestro (nuestra vida, trabajo, consumo, relaciones, tiempo y lugares donde desarrollarnos) con respecto a lo que nos oprime, está nuestra fuerza, promesa de nuestra libertad.

[5] Hay que pasar a una dimensión de un yo ampliado. Hay que apostar por la organización colectiva y romper el aislamiento al que nos hemos sometido. Vivimos en sociedades fragmentadas en vidas aisladas. A lo largo de la historia, la opresión y las fuerzas que la ejercen han desarrollado la consigna de guerra «divide y vencerás». Una de las armas de su triunfo.

El apoyo mutuo, la colectivización de recursos (tiempos, saberes, herramientas), los cuidados compartidos, la co-responsabilidad de decidir nuestras vidas… son los modos más eficaces de amparo frente a las fauces del sistema dominante que te reduce a tu ego-itsmo. Compartir es una experiencia transformadora. Esta experiencia te cambia por dentro y a su vez te exige dar a cambio.

[6] Aprender a convivir en colectividad es un camino difícil y lleno de sinsabores. En las dificultades, en el desentendimiento de unas personas con las otras, encontramos las situaciones que más nos hacen crecer. La razón es bien sencilla: aprender algo implica errar.

[7] Para su mayor expansión y contagio, hay que estudiar algunas claves para hacer la vida colectiva más llevadera. Este trabajo está por hacer. Avanzo un pequeño listado de recursos para sobrevivir a la autogestión colectiva. (1) Asertividad. (2) Negociación/Comunicación consciente. (3) Saber disculpar. (4) Paciencia mucha paciencia. (5) Equilibrio cualitativo y no tanto cuantitativo (el trueque). (6) Hacer habitable el mundo, pensando la casa, el ambiente (construir espacios amables y acogedores a la vida) y, por supuesto, (7) la alegría de vivir (celebración continua y diaria del hecho de estar vivas).

 La comunidad es lo porvenir… todo lo indica… lo que viene es la comunidad.

De momento, vivimos este pseudointento de fin de semana donde lo colectivo espera tras los cinco días de vida laboral. Nos toca hacer de esta «comunidad… que viernes»… esa comunidad que ya esté aquí… y siempre ahora.

Sin noticias

Sin noticias las 24 horas. Unas cabras fuera de control se han saltado una valla y se han comido los cultivos de una huerta. Se buscan responsables con forma humana. Las lagartijas del muro han sido interrogadas sin obtener pistas concretas. Alguien ha visto a una niña llorar. La comunidad internacional ha emitido una nota en la que expresa su profundo malestar y rechazo ante cualquier acción.  

Nada que noticiar. Es posible ponerse de acuerdo, lo han demostrado recientemente entre varias personas. No había nadie mirando, ni escuchando, ni mucho menos prestando atención. Pero un satélite que pasaba lo grabó accidentalmente. La soldadura imperfecta de un microchip perfecto ha sido la responsable en última instancia. Se están tomando medidas en alguna parte para que no vuelva a suceder ni por azar.

Seguimos sin noticias destacables. Acabamos de extinguir otra especie única en el universo conocido. Una olla a presión cargada de legumbres y grasas inunda con su olor a puchero y su sonido de locomotora de vapor el ojo de patio comunitario. Quizás mañana suceda exactamente lo mismo. El tiempo ya no es predecible.

Sin noticias importantes. Una persona se ha puesto triste de repente al contemplar la inevitable caída de una hoja. Sus vecinas, grandes y poderosas, hablan entre ellas a gritos sin rencores ni odios. La fuerza de la costumbre es casi tan poderosa como la que ejerce el Sol sobre la Tierra. La sección de deportes apesta a colonia y desodorante hormonado.  

No tenemos noticias relevantes. Un barco lleno de juguetes se ha hundido en algún lugar indeterminado del océano Pacífico. Las corrientes marinas, cargadas de sorpresas manufacturadas a bajo coste económico y alto sufrimiento humano, han realizado una entrega estocástica por las playas del mundo. Cangrejos y gaviotas adornan sus casas entre risas y abrazos.

No-noticias balbuceantes. Nada importante está pasando a cada momento. Mejor no mirar para otro lado porque seguro que allí la cosa estará peor, así que mejor sigue mirando hacia aquí. Hacia este rectángulo concreto de proporciones áureas que forma parte de tu vida desde que tienes recuerdos. Con sus letras tan bien puestas y sus colores tan sensuales. Los cuellos se llenan de pies ajenos.  

La mala noticia de cada día. Está en ti, metida en tu cerebro a base de titulares, imágenes, sonidos, profesionales de la incomunicación que te miran directamente a los ojos de tu parte de reptil. Nada que decir, nada que añadir. Trabaja, consume y muere. Tu vida no vale nada en los mercados financieros. De sabiduría materna, que les den por tanto.

Autocensura

Poco o nada me gustan las personas que al hablar, en su manera de pronunciar, dejan colgado en el aire el sonido de la última letra pronunciada. Sonido que evoca el sabor calambrítico que provocan los kiwis en un punto intermedio entre el paladar y las fosas nasales. Kiwis, que lejos de ser locales, viajan largas distancias, consumiendo seres vivos, ya no vivos, pero que vivieron hace miles de años. Y al consumir a estos seres —testigos de un pasado orgánico en la tierra— liberan gases alteradores del clima que están quitando vida a los seres que viven ahora. Aunque cabe cuestionarse, ¿la culpa es de los seres testigos, de los kiwis, o de las personas que en su última letra pronunciada evocan sabores calambríticos? Los seres testigos mirarían al cielo en busca de respuestas. Respuestas buscadas en reflejos del pasado. Mirar a las estrellas es mirar al pasado. Mucho me gusta pensar que las luces que miro de noche, colgadas del cielo, son antiguas, muy antiguas. Más me gusta imaginar que dentro de miles de años, quizás, algún ser en otro planeta, me podrá estar viendo mientras escribo estas palabras. Es preciso cuestionarse: ¿me verán dentro de miles de años?, o ¿me ven ahora, en este justo instante? Según mis esquemas mentales, dentro de miles de años de mí no quedará más que materia diseminada por el cosmos. Según los esquemas que me han prestado, la energía que desprendo podrá ser observada constituyendo mi forma dentro de miles de años. Mis esquemas mentales, determinan y definen mi toma de decisiones. O pretenden definir mi toma de decisiones, tratan de definir mi toma de decisiones. Decido no tomar kiwis que viajan largas distancias, consumiendo seres testigos de entonces y de ahora. Decido no escuchar a las personas que al hablar evocan sabores calambríticos. Decido no esperar a que mi forma se revele dentro de miles de años. Y ahora me cuestiono, creyéndome dueña de mis esquemas mentales, aun sabiendo la fuerza de los esquemas prestados. Sin saber si estoy siendo, o seré dentro de miles de años, o si yo misma al hablar evoco sabores calambríticos. Yo ahora me cuestiono, y las estrellas mientras tanto siguen contando su historia.