Echar la mano a la disidencia

Invitar a las amigas a merendar, preparar un bizcocho con cariño, hacer infusiones y café. Ponernos a charlar charlar a charlar hasta acabar sacando la botella de anís, el pacharán y la ginebra. Levantarnos del sofá, poner música y bailar las canciones de cuando éramos chicas.

Plantar un perejil y unos tomates en tiestos y regar el huerto en el balcón. Ver crecer los frutos y que se pongan coloraos entre las flores de los geranios.

Pedirle a las hermanas de mi abuelo que me enseñen a hacer croché. Ver Juan y Medio con ellas, quedarme dormida entre las paredes de la historia de mi familia.

Ir a por bragas al mercadillo, elegir tallas y colores, estirarlas por la cinturilla y medirlas con mi cadera para ver si me quedan bien. No me hace falta espejo, nos aconsejamos entre las desconocidas que llenamos el puesto.

Sacar las sillas a la fresca de la noche y charlar de cualquier cosa, reinventar el pasado y crear presente al ritmo de los abanicos que iluminan como estrellas.

Entre mandao y mandao, con las bolsas pesadas haciéndonos señales en los dedos o tirando del carro con una sandía dentro, la lejía, los avíos del puchero y con to la caló encima, aprovechar la sombrita que da el quiosco y sentarme con el quiosquero a charlar antes de seguir el camino a casa y plantear la comida.

Preguntarle a quien pega su muslo con el mío en el autobús que cómo está.

Acaparar los sofás para ver el documental de después de comer en el salón y quedarnos dormidos mientras el ventilador mueve el tiempo.

Limpiar la casa con el desparpajo de una cantante de copla.

Decirle que tururú a quienes me sugerían ir a clases de dicción a quitarme el acento, porque una periodista no puede tener acento andalú.

Salir en zapatillas a por el pan y darle los buenos días a la gente que se cruza por el camino.

Hacer del día de playa un banquete con dos neveras llenas de bebidas frescas, picoteo, frutos secos, tortilla, gazpacho, el termo con el tinto y el termo del café, los dulces y el licor.

Dejar la puerta abierta para que entren sin llamar las vecinas, los gatos y la corriente.

Irnos a desayunar después de dejar a lxs niñxs en el colegio y que nos lo pongan todo por delante. Charlar de mí, de mi casa, mis preocupaciones y mis sueños.

Ir por la calle cantando y tocando las palmas. Echarse un baile mientras se espera que cambie el semáforo si hace falta.

Arreglar las macetas y darle plantones a las vecinas.

Pegarle una voz a mi amiga la Rocío desde la calle y esperar a que se asome a la ventana de su casa, un tercero sin ascensor, para subir a darle un beso.

Hay una fuerza en lo cotidiano más potente que cualquier discurso. Hay tanta cultura e historia en la estantería del salón de mi abuela donde se mezclan fotos, jarrones, paños de croché y figuritas, como en un libro de historia contemporánea. Cuando escucho y miro a mi madre, siento la sabiduría y la valentía de quienes han tejido la resistencia desde lo más íntimo de sus casas y con su gente; desde lo común, la libertad y el disfrute.
Sin saberlo.

Por

Colección de experiencias verídicas recolectadas por Topa Vulgar