La buena siesa y la maternidad

Toda buena siesa que se precie está vacía de deseo maternal. No existe en el universo siesil ninguna referencia a posibles frutos, ni natos ni nonatos. La ovulación, por ejemplo, no se traduce en atracción sexual; no hay fin reproductivo; no se busca perpetuar la información genética. No. La siesa considera la ovulación como un momento de expansión cósmica, donde baila dominada por una gran energía, y la prioridad es el disfrute propio. Autocuidado y alegría siesil, que traducido resulta: hago lo que me sale de los ovarios sin ataduras. La célebre antropóloga Sita Regato lanzó la teoría de que la buena siesa no quiere ser madre para evitar sentir la contradicción entre el deseo de independencia y el de cuidar a la otra. Argumenta que no quiere experimentar la muerte propia ni la supuesta transformación. Descarta compartirse física o emocionalmente. Y, sobre todo, la Regato dice que la siesa «odiaría ser consciente de que rechaza una vida que hubiera parido ella, con la posterior inundación de culpa».

La buena siesa considera que la maternidad debe ser una elección. Por eso está en contra de la mística maternal y de las obligaciones y controles que establece el patriarcado en su concepción del mundo, a través de los mandatos de género. Aunque, hablando en serio, en realidad ella no tiene ni puñetera idea de qué narices es un mandato de género.

Así que su postura siempre ha sido la del pasito atrás, observadora externa de la vida de las demás. Adoptando el papel de una insecta que permanece horas camuflada en la hoja, no vaya a ser que alguien la descubra y no pueda dedicarse a observar el comportamiento natural. Porque lo que mayor placer le da es la contemplación.

Una mañana cualquiera, mientras la siesa observaba inmóvil a la gente que iba y venía por la plaza de abastos, su mirada se cruzó con unos ojos y quedó atrapada. Esos ojos hicieron que se levantase del cómodo lugar de espectadora, y se acercara despacio, sin querer.

—Hola—, dijo ella.

—Hola—, respondieron los ojos.

—¿Cómo estás?—, preguntó la siesa.

—Yo bien, ¿y tú?—, replicaron las pupilas.

— Bien. ¿A dónde vas?—, volvió a preguntar, sabiendo que ya había preguntado demasiado y que lo mismo la espantaba antes de tiempo.

—A vivir—, guiñó uno de los ojos y sonrió el otro mientras abrazaban a la siesa con cariño. Luego, la mirada que la había atrapado se perdió en una esquina junto con el cuerpo que la acompañaba. Danzando en otra dirección. Alejándose con plena conciencia de la vida, como si cada paso fuera la primera respiración en el mundo.

Entonces la siesa volvió a quedarse inmóvil, insecta palo convertida en farola de plaza, y contempló aquel cuerpo, ajeno a un dolor que no fuera propio.

Adiós, mamá, susurró mientras la dejaba marchar. Luego lloró al darse cuenta de que no sabía cuándo volvería a verla.

Pero no os preocupéis, que lloró poco. Ya hacía tiempo que la había perdonado.

Sita Regato, La maternidad disidente
Hill Valley: Ed. Episiotomía, 2007, pág. 14.

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