MI BARRIO

Hay gente que piensa que mi barrio no es bueno. Se suele decir —solemos decir— chungo. Un poco chungo. Usamos una palabra ambigua cuyo significado variará según los criterios de chunguez de quien la utilice: pobreza, suciedad, delincuencia o inseguridad… También hay gente que piensa que mi barrio es exótico. No lo dicen así. Se usan frases y expresiones que denotan una romantización de la pobreza y de la diversidad de orígenes o descendencia. Comentarios superficiales y sesgados sobre lo original o interesante de su gente, sus costumbres, su presencia; sobre la despreocupación o felicidad de sus habitantes, pese a lo chungo.

La verdad, yo sí pienso que hay algunos peligros en mi barrio. Por ejemplo, salir al desavío de la esquina y toparte con una redada policial racista: la policía local, la nacional y los de extranjería pidiendo identificación, cacheando y reteniendo a personas racializadas.

O también está la chunguez de la suciedad y las aceras rotas por la insuficiencia de ciertos servicios municipales. Por ejemplo: naranjas pudriéndose, cubriendo aceras y calzada, durante más de un mes. 

También hay ahora un peligro reciente, el de la desconexión en los transportes públicos con el resto de la ciudad: líneas y paradas de bus que Tussam pretende eliminar y que harán que nos sea más costosa la movilidad para salir y entrar al barrio.

Y hay peligros que me he encontrado tanto aquí como en cualquier otra zona: me han robado la bici aquí y en el centro; he sufrido acoso patriarcal callejero aquí y en cualquier parte; he tenido vecinxs ruidosxs y machistas y fachas aquí y en los otros sitios donde he vivido. Bueno, la verdad que fachas aquí no he tenido, pero los habrá, pa qué vamos a engañarnos. 

Hay otros peligros que mi barrio no tiene. Por ejemplo, es raro que de aquí nos expulse la turistificación, que nos eche la gentrificación, al menos de momento. Por impagos, por racismo, por el elevado precio generalizado de los alquileres, etc., por esos motivos sí nos echan, por eso sí es peligroso mi barrio y cualquier otro. Pero no por ser un barrio-escenario para los turistas, de carísimas tiendas de cartuchos de papas fritas o patitos de goma. 

Tampoco está el peligro de no conocernos, de convivir entre desconocidxs. Aquí, de verdad os digo, las vecinas se ayudan, se visitan, cuidan a lxs hijxs de otras mientras estas trabajan. Y lxs niñxs juegan en la calle de una manera que a mí me recuerda a mi pueblo en las noches de verano. La primera vez que me vine a vivir a este barrio fue también la primera vez que conocí a mis vecinos de escalera aparte de la cortesía del «hola qué tal». 

Mi barrio no es ni chungo ni exótico. Conserva la resistencia de la diversidad de identidades frente a la homogeneización cultural imperante, la resistencia de las sillas en la puerta al fresco, de la cercanía vecinal, y de la dignidad aun en las adversidades. Pese a la basura que se acumula en las esquinas, y al racismo y la aporofobia que reparte el fascismo en las calles.

Por

Marta Medmar

Equipo de El Topo