La buena siesa y la mediocridad

A toda buena siesa que se precie jamás le ha importado la invisibilidad. Entiéndase esto como la manera en que es percibida por el entorno: si bien se inclina a dar el cante en determinadas situaciones, no es por protagonismo, sino por el simple placer de crear distorsión. Pero incluso este placer cumple una función social. La prestigiosa doctora de ascendencia africana Miss Tomisecualayatimen Smith, directora del Good Siensin Study, ya apostilló en su día sobre la importancia de la siesa como mantenedora del ecosistema del barrio. Su eliminación supondría la desaparición paulatina del resto de especies necesarias: la buena hija, la cultureta, la creyente, la funcionaria, la trabajadora social y la que vende droga aunque a veces invita.

Podríamos considerar a la buena siesa como una catalizadora de reacciones encontradas que empuja a las personas a no ser indiferentes a cierta cotidianidad zombi. A la siesa le acojonan los zombis desde que, siendo chiquita, presenció el estreno mundial de Thriller. La sola idea de la no vida, del movimiento absurdo de quien no se plantea salirse de la coreografía porque es inevitable, le producen tremendo pavor. A veces su impresión es que los zombis cagan y mean (algo inexplicable en el mundo zombi, porque si están muertos no tienen aparato digestivo), comen y discuten según lo marcado por el Benidorn Fest y se enredan en conversaciones sin salida con la administración pública. Pero la realidad es que la gente son las bailarinas de Miguel, el hijo del Jack, moviéndose como un enjambre sin vida y creyendo que tienen libre albedrío porque se visten como les da la gana y saben la verdad sobre el asunto de Alberto Garzón.

El modus operandi de la siesa en estos casos está perfectamente marcado por un resorte que se activa en una región del sistema nervioso, conectando el cerebro con la médula siesal. Algo no perceptible a la vista, que en nuestra protagonista se traduce como «uñas de gata en celo clavadas en la nuca que desencadenan pequeñas catarsis».

Como cuando al llegar a la plaza de abastos, por ejemplo, escucha en su mente los primeros compases de la musiquita de Thriller. Instantes después tiene lugar una reacción aleatoria (eructo de proporciones bíblicas, a veces peo con efectos de ayahuasca) en apariencia trivial, pero que constituye un paréntesis en las vidas de las personas de alrededor. Porque de pronto, como saliendo de la mediocridad, estas se plantean su lugar en el mundo, el devenir del tiempo, qué quieren dejar como huella a generaciones posteriores; y, durante unos minutos, son conscientes de que los pequeños actos cotidianos de amor constituyen la auténtica revolución invisible.

Cerrado el paréntesis, las bailarinas coordinan movimientos de nuevo mientras la siesa se escabulle y reconoce el miedo a brillar en algunos de los ojos que va dejando atrás.

Por lo tanto hay que valorar que la siesa sea una hijaeputa ocasional.

Extracto de De la siesa mona a la siesa contemporánea,
Ed. Metocaelco, 1999

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