La máscara que no ves

«Mamá, ¡llévame contigo!». Temo ese momento en el que ya no puedo seguir sin derrumbarme. «No puede ser, cariño. Te prometo que cuando esto pase te voy a gastar a besos». Empiezo a sentir el nudo previo al quiebre de la voz, así que carraspeo, sonrío muchísimo y me despido con un beso enorme y la promesa de otra charla mañana. Cuelgo y dejo que las lágrimas salgan, sin prisas; a solas, me permito ser frágil y sentir miedo.

Sé que es lo correcto, que somos unas privilegiadas las que cada día salimos a luchar contra este maldito virus sin el temor de traérnoslo a casa, con nuestros seres queridos.

Me resulta difícil explicar por qué el temor al contagio, siendo enfermera, es el menor de mis temores; me da más miedo pensar qué mundo quedará tras este paréntesis de tactos y abrazos; que nos haga más individualistas, que no haya sido más que un paso más para encumbrar a esta policía del pensamiento que llevamos dentro a cotas de más y más poder; que se convierta en hábito este sinsentido, este pedir permiso para vivir, esta especie de experimento social tan bien organizado. Hay momentos del día que necesito vomitar mis temores, gritarlos, para que vuelen lejos.

Cada una elige su estrategia de supervivencia, la nuestra fue que A se fuese lejos de mí, al campo: saber que ella es feliz allí aprendiendo a sembrar, viendo la vida abrirse paso en esta primavera que está siendo más extraña que nunca desde que el miedo nos encerró en nuestras colmenas de cemento, y ella explota salvaje sin nadie que la observe.

Y en casa se hace el silencio, al que engaño con música o hablando sola; es escurridizo y se te cuela entre los pelos cuando menos lo esperas.

Este tiempo va de echar de menos: con A echo de menos su risa incontrolable, las cosquillas, el olor de su pelo, ver su cama deshecha, cocinar juntas… esas rutinas que por arte de confinamiento ahora son deseos que te aprietan el pecho.

Y echo de menos otros muchos momentos: una conversación mientras nos cogemos las manos, aquel viaje a la playa cantando, compartir un plato de aceitunas, confundir nuestras cervezas, un mate, pasear una mañana de mercadillo, las risas de les niñes en la plazuela.

También se echan de más las ausencias, el silencio, la soledad y el tiempo perdido sin besos.

Hoy voy a trabajar y voy contenta: es el momento de cruzar miradas con otre igual sin una pantalla delante, y aunque las mascarillas y los guantes no nos dejen olvidar esta pesadilla, procuro poner todo mi cariño en mis ojos y mi voz para compartirlos.

Le faltan abrazos a esta primavera, pienso recuperarlos en verano… y la sonrisa aparece ahí, bajo la mascarilla

Por

Mónica Toledo Martín

Enfermera vocacional y madre sin cachorra.

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