La comunicación ha muerto

Este editorial tiene algo de anécdota. Los editoriales de los medios en general, y de El Topo en particular (bueno, voy a poner la mano en el fuego solo por El Topo y por los medios que colaboraron en el número 50), siempre han de ser escritos por alguien: nunca serán relatados por una máquina o creados por un ente o un concepto. Hay una persona detrás, y hoy, soy yo; y este relato nace de una experiencia de carácter individual y a la vez general. ¿Pero qué es todo esto? Todo esto es un desastre. La anécdota: era mediodía, fin de semana. Gentío y camisetas de manga corta por la calle. Algo de viento, poca cosa para ser invierno. Sonido del tráfico y de aplicaciones de mensajería instantánea. Algunas comunicadoras no podemos evitar estar siempre de guardia, y aquel mediodía, la caja de registro automática captó la siguiente conversación entre un niño y una persona adulta:

—Papi, hace calor.

—Sí, lo que te dijo Alexa, ¿verdad?

No hace falta mirar por la ventana ni atender al pronóstico meteorológico: ahora hay un aparato en tu casa que te responde a todo. Ese aparato registra los sonidos que le llegan y, cuando oye su nombre, se activa y te satisface. El contenido al que tiene acceso está en internet, como si toda la sabiduría estuviera dentro de las pantallas. El aparato que todo lo sabe pertenece a la mayor plataforma de venta en línea del mundo, lo que te permite pedir, comprar y gastar con mucha más facilidad. Ese cacharro que te contesta a las cosas y que vive contigo y te escucha sin descanso, te manda mensajes publicitarios y también elabora tu perfil de consumidora para conocerte mejor, para que tardes menos en comprar. En esa pequeña conversación el papi concedía toda la autoridad y el sapere a un altavoz conectado a internet que compra cosas. Ese aparato presume de saberlo todo, de satisfacer las necesidades comunicativas de las personas, esos seres que nos relacionamos cada vez más mediante pedir y recibir con menos compromiso. Nuestro lenguaje, una herramienta en continuo cambio, adaptativa y con valor de utilidad, se está modificando para entablar conversaciones prácticas con máquinas que le solucionen alguna papeleta, como poner una serie y pedir una hamburguesa vegetariana mientras lees los últimos mensajes del grupo de Whatsapp de tu familia, el único lugar donde todos os queréis mucho.

Y todo esto, que no es más que la actualidad más contemporánea, me ha llevado a pensar en para quién escribimos los medios críticos y libres cuando la tónica es ser consumidora de contenidos en lugar de lectora con capacidad crítica; en quién entra al trapo del diálogo por medio de la información que se elabora gracias a la necesidad de contar lo que está pasando sin intereses ocultos. ¿A quién se llega con la información crítica y elaborada escrita en lenguaje inclusivo? ¿Quién la quiere leer? ¿Para qué sirve? ¿Aprecian el contenido solo personas afines, lxs de siempre, colegas y simpatizantes, o también se hacen entender por personas con otros pareceres? ¿Sería necesario abrir el campo de emisión e intentar llegar más lejos? ¿Es esa la función de los medios libres? ¿Cómo aparecer en otros ambientes y comunicar dentro del sistema para intentar abrir pequeñas grietas? ¿Es suficiente con estar solamente en círculos de lucha social y autogestión?

La que escribe solo tiene preguntas y, por ello, inauguramos un Cartas a El Topo. Puedes escribirnos a contacta@eltopo.org y decirnos cuál piensas que es la función de un medio de comunicación libre, qué es la comunicación, para qué sirve, qué es lo que funciona y qué no, o darnos algún consejo sobre cómo conseguir entablar una conversación con una persona fascista.

PROYECTO DECRECENTISTA, CRECE

Con este El Topo 49 cumplimos ocho años dando espacio —entre 2 000 y 12 000 caracteres, para ser más exactxs— a otras visiones políticas de esta vida nuestra. Cumplir ocho es una barbaridad, amigxs: son muchos consejos de redacción; muchos fuegos apagados porque se nos ha caído un tema y hay que buscar plan b; muchos contactos y muchos mensajitos para ver si te apetece colaborar; muchas horas en Tramallol y en el Márquez; muchas idas y venidas a la imprenta; ensobrados, envíos para que te llegue a casa; muchas peleítas, muchas alegrías, mucho ilustrado, mucho callejeado, muchas suscripciones y entidades colaboradoras. Aunque, si os somos sinceras, ahora muy pocas (se vendrá otra campaña de suscriptorxs pronto, cuántas habremos hecho). Y, pensando en que los números no salen, cuando de repente llega ese ingreso y hay oxígeno para otro año más: gracias.

En estas estábamos, preguntándonos como colectivo cómo teníamos la energía para celebrar esta octava vuelta al sol, cuando nos dio por pensar que mejor festejar el número que viene, el 50, que nos parecía más redondito. Así que prepárate para lo que se viene, pero no dejes de mimar este que tienes entre manos que, aunque no se va a llevar las felicitaciones, ahora ya sabes que con él cumplimos ocho años topiles y eso no se dice a la ligera.

Y con ocho primaveras hay veces que nos gustaría que el mundo fuera como nuestra sección de «Construyendo posibles», pero nos pasan por encima los doces de octubre, los sinsentidos del Día Internacional del Turismo, como si no hubiera alternativa a un modelo que nos empobrece; leyes que tardan, que no llegan, que se nos quedan a medias o que directamente no abordan los problemas y no ofrecen soluciones para las vidas más precarias; golpes en el pecho por migajas en este perverso sistema político de partidos, cuotas y egos; espejismos tecnológicos con inversiones disparatadas que siguen sin sostenernos, sin permitirnos vivir la vida con más tiempo de calidad; golpes virtuales pero también en la calle, miradas de odio, patadas y moratones que duelen demasiado; y siguen las asesinadas; siguen las casas vacías, los alquileres disparados, la presión turística en los barrios; la andaluzofobia, la negación a lxs otrxs, las fronteras como cementerios, las aulas atestadas; las listas de espera y una atención primaria a la que poco queda que recortar, y un mar que se asfixia, macrogranjas, macrovertidos, cuestionamientos a la identidad, al sentir y al ser. Haberte contado todo esto es lo que nos da sentido, aun cuando los números no salen y se vuelve cotidiana la incertidumbre del qué va a pasar, o aun cuando se viene arrastrando más de un año, en el orden del día de la asamblea, un punto que se llama sostenibilidad del proyecto. Y es que este proyecto es, y permitidnos reírnos de la situación, decrecentista en todos los sentidos. Bueno, en todos no, sumamos a un topito que recién olisquea la tierra mojada y que nos hace crecer e imaginar que quién sabe si seremos parte de sus lecturas en unos años. Hola, Roi.

VERANIPUF

En el momento en el que estamos preparando El Topo que ustedes tienen entre las manos, atravesamos la peor ola de calor que en esta madriguera se recuerda. Ojalá que ahora en septiembre (en ese futuro-presente que es el ahora vuestro y el dentro-de-unas-semanas para quien les está escribiendo) haya amainado por fin el calufo infernal que está convirtiendo a Andalucía en un secarral. No sé si se han fijado ustedes que este año los medios de comunicación de masas no han dado la murga con sus clásicos temas del verano, a saber: perros que muerden niñes, gente que se ahoga en la playa y okupas que hacen su agosto en agosto (es lo suyo, claro). Esta vez no ha dado tiempo entre una Eurocopa que nos trajo a la Cartuja sevillana un poquito de turismo centro-europeo (el favorito del amigo Guan Espada)  y las olimpiadas de la salud mental, la diversidad y el muchacho entrañable que hacía croché, hasta que nos enteramos de que también compraba bebés y dejó de ser entrañable. Luego los medios fliparon con la movida de Messi llorando (los hombres también lloran pero nunca llevan kleenex; menos mal que siempre hay una gran mujer detrás de un gran hombre para acercarle un pañuelito, en este caso, de nombre Antonella) y, por fin, con la puñetera ola de calor que nos está friendo ahora mismo (en este pasado para ustedes y presente para un servidor, ya saben).

Los medios de comunicación también andan entretenidos preguntándose por qué diablos hay tanto paro y tantos hosteleros que no consiguen currelas para sus bares. A estas alturas, da igual que sea su presente o el de quien escribe, todavía no habrán resuelto tal misterioso enigma. No voy a molestarme ni siquiera en ironizar sobre las condiciones de trabajo del sector terciario en españita; ustedes se merecen algo mucho mejor que tal obviedad. Solo quería alegrarme en colectivo de que haya explotadores de mierda (¿se puede insultar en una editorial? Me perdí las prácticas de la carrera en El País echando unos litros en los bancos de la Alameda) que las estén pasando canutas para sacar adelante sus bares y restaurantes y que haya gente que, aun en la más absoluta pobreza y precariedad, se está cansando ya de las condiciones laborales basura que este sistema tiene destinado para los y las parias de la Tierra.

La última noticia que hemos visto en medios y redes sociales, al término de la edición de este número, es el terror hecho realidad a unos cuantos miles de kilómetros de aquí. Aunque los conflictos en Afganistán llevan años, parece que no nos preocupamos hasta que todo revienta. No podemos hacer más, claro, demasiado tenemos con la supervivencia propia y las causas locales, pero se nos encoje el corazón de impotencia y tristeza al ver a tantas personas atrapadas y listas para morir (y ser violadas en el caso de las mujeres). En este número y en los próximos os hablaremos algo de Afganistán para que entre todes nos enteremos un poco mejor de lo que está pasando.                Entre el cambio climático, las guerras, las violencias estructurales, la precariedad absoluta y demás popurrí de desgracias, me parece razonable que la peña se encierre en sí misma y quiera desconectar de la vida centrándose en Messi, la Vuelta a España o la final de waterpolo femenino. Desde El Topo solo podemos denunciar las injusticias mayúsculas de nuestro mundo y tratar de transformarlo mientras convencemos a otres para que se sumen también a esta hercúlea tarea. Deseando estamos que baje el calor para vernos en las calles sin que nos de un soponcio.

MENSAJE SIN LEER

¿Te imaginas despertarte cada mañana con las luces de las farolas encendidas y con los semáforos parpadeando sus tonos anaranjados proyectando fijos los rojos los verdes y con el tráfico como banda sonora o quién sabe en primer plano o como sonido ambiental que acompaña al ruido del tortazo que le pegas al despertador para que se calle pero el despertador no emite su bello tono predeterminado de alarma pipipipi ni hay movimiento de tu brazo que pare el desastre que es madrugar si no se quiere si no que de repente una musiquilla elegida por ti que suena en un aparato un tanto frío un tanto rígido un tanto impersonal que alberga toda tu intimidad y la comparte con aplicaciones con jueguecitos y otras monadas como filtros de foto y mapas y contadores de pasos o de kilocalorías o de suspiros o yo qué sé y ese aparato es el que tienes que conseguir silenciar con una suave caricia y ya habiendo despertado seguir haciendo como que no te escucha y llevártelo al baño y leer mensajes que fueron enviados a cualquier hora y leerlos mientras cagas y poner los audios mientras te duchas y contestarlos mientras desayunas con la boca llena de pan y caen las migas y las migas recogidas por algún pajarillo si estás en la calle o abandonadas en el hule de la mesa de la cocina que tiene tacitas de café o flores da igual comprado en el chino de abajo y mientras pegas un sorbo al café y se hace tarde y lo dices en el audio que llegas tarde o lo contestas mientras haces otras cosas como leer o mientras vas en el coche y te sientes de alguna forma dependiente porque nunca te dejarías el aparato en casa nunca nunca y si te lo dejaras tendrías que volverte y buscarlo por todos los sitios en los que has estado porque ha estado contigo en todos los sitos de tu casa y de tu vida porque no lo sueltas y lo llevas en la mano y te guía te habla te informa te enseña te sugiere te sirve para todo y claro cómo dejarlo si es que te sirve y te mueve los ojos por sus píxeles y te mantiene los pulgares accionados el cuello doblado como una alcayata y el corazón algo coaccionado algo atento porque sabe que en cualquier momento piiii o chhhsss o crrrr depende de tu sonido favorito y entonces lo que haces con él a cada momento importa porque estás accionando el mecanismo humano que genera la respuesta de quien te lee o mira la foto o está de acuerdo o le importa una mierda o de quien se ríe o de quien le da igual y tú ahí enviando y recibiendo desde cualquier sitio incluso amor incluso besos y comprensión enredados que activan tu respiración y ah me quiere sin pétalos mientras estás delante del ordenador, detrás de la barra o en la cola del inem y todo es más bonito y es posible aguantar un poco más pegada la vida a esa luz azul que se agota y solo sobrevive gracias a ti y es como un perro al que hay que alimentar para que te dure para que te quiera te busque y satisfaga tu soledad cuando tú quieras y es tan importante y tan poca cosa ese mensaje que te deja como si nada pero te ha llegado lo importante de todo esto es que te llegue que te llegue significa que vives que te llegue lo que sea aunque sea un mensaje del Carrefour significa que vives para alguien para una máquina como en el trabajo o como enfrente de la máquina tragaperras vives delante de los estímulos y la pérdida de monedas que ganas haciendo otras cosas mientras a cada rato tienes un rato para mirar esa pantalla que suena y suena y suena y suena y acumula y acumula palabras mensajes palabras y es imposible pararlas incluso de noche porque te esperan y mañana llegarán y las recibirás cuando te despierte temprano el sonido de la alarma que has elegido? ¿Te lo imaginas?

ODIO

Avanza el año y los niveles de odio aumentan a la vez que los contagios y las restricciones. Una furia y una saña que, como suele ser habitual, siempre sufren las mismas. Que la extrema derecha se ha ido viniendo arriba en los últimos años no es nada nuevo. Que temíamos que los gritos y las provocaciones podían ir a más, tampoco. Y así ha sido. Los ataques a sedes de partidos o asociaciones y las amenazas, incluso de muerte, se han ido sucediendo en distintos puntos del país, también en Sevilla. Se sienten tan legitimados que hasta agreden a menores migrantes, como ocurrió en Guadalajara donde atacaron a un niño de 12 años al grito de «¡puto mena!», y esto antes de la publicación del infame cartel de la campaña para las elecciones de la comunidad de Madrid.

Están tan subidos que dan mítines en barrios obreros azuzando a sus seguidores a prender mechas. Mientras tanto, la represión policial e institucional se ceba con quien se atreve a resistir.

La pregunta es: ¿tienen realmente tanta representación en la sociedad o es una burbuja alimentada por su permanente presencia en redes y medios? ¿Estamos rodeadas de vecinas fascistas o es lo que nos hacen creer? ¿Están blanqueando el fascismo? ¿Están o estamos contribuyendo a la difusión de su discurso de odio cada vez que los nombramos?

Marta Peirano describe en su libro El enemigo conoce el sistema numerosos casos de campañas orquestadas para difundir mensajes de odio muy por encima de su respaldo
social real. Las redes sociales y sus algoritmos tienen mucha responsabilidad en esto, pero también los medios masivos convencionales que, además de representar los intereses de grandes conglomerados empresariales, se encuentran en una situación de tanta precariedad que han dejado de lado la rigurosidad y el contraste de la información. Sabemos que la máxima de las redes sociales es la polarización. Esto genera una idea de comunidad (ideal para vender) y potencia el nosotrxs contra ellxs. Y ahí la extrema derecha se mueve como pez en el agua, lanzando discursos xenófobos, machistas, lgtbfóbicos, etc., promoviendo el odio, normalizando las amenazas y haciendo creer que representan a más población de la que realmente compra ese discurso. Pero cala. Muchos medios les siguen el juego, por cercanía, por audiencia o por ambas cosas. Y otros, intentando poner en cuestión ese discurso fascista, no hacen más que darles voz ayudando a difundirlo. Mientras tanto, como decíamos al principio, los niveles de represión a la disidencia van aumentando.

La situación da miedo. Y nada de esto es nuevo, pero sí que ha crecido en el último año. Y en este punto nos planteamos ¿cuál es el papel de medios como El Topo? Precisamente nuestra independencia y nuestro periodismo reposado nos permiten acercarnos a estos fenómenos con reflexión. No nos quedaremos en la difusión de sus discursos, aunque sea para denunciarlos, sino que seguiremos dando voz a quienes luchan contra ellos o contra todo lo que ellos representan. En tiempos tan oscuros como estos, periódicos como este que lees tienen más sentido que nunca. Larga vida a El Topo.

Cultura de la cancelación: ¿problematizamos?

¿Has escuchado hablar de la cultura de la cancelación? Está habiendo mucha controversia con esta práctica y sus implicaciones, así que, como no puede ser de otra forma en El Topo, vamos a problematizar.

Empecemos por definirlo. Aunque la manera de definir, ya puede posicionarte. Se supone que se llama cultura de la cancelación al hábito o proceso por el cual se niega, juzga o se vilipendia moral, digital, social o financieramente a una persona, entidad u organización que ha dicho o realizado algún hecho que no cumple con las expectativas de quien lo recibe, que suele ser «la sociedad». Esta costumbre no es nueva. En la Roma Antigua y en Egipto ya se practicaba lo que se denimina damnatio memoriae, esto es, ‘condenar el recuerdo’, borrar la memoria de una persona tras su muerte. En este caso, esta especie de condena social se hace en vida y sobre todo en redes sociales, lo cual contribuye a hiperbolizar y descontextualizar a menudo el hecho juzgado, desconectando el juicio del problema. Pero también facilitando la generación de una opinión pública ante un hecho.

Para algunas personas, este fenómeno representa un peligro para la libertad de expresión. Así, por temor a la pérdida de estima social o al escarnio público, habría personas que potencialmente estarían autocensurando sus opiniones. Fuera del plano cotidiano, esta práctica reabre un debate, de nuevo, sobre los límites del humor, del arte y sobre posicionamientos políticos. Sobre transitar por lo incómodo. Sobre lo lícito o no, de hacer apología de lo inapropiado, de lo no incómodo, de lo obsceno, de lo políticamente incorrecto.

Sin embargo, la cancelación, el escarnio social, el boicot colectivo hacia determinadas prácticas y opiniones, ha sido y es una estrategia fundamental para denunciar privilegios. Para subvertir relaciones de poder. Para poner en jaque al statu quo. Y, en este sentido, parece también ser un termómetro social: demuestra la capacidad de agencia que tiene la sociedad sobre un hecho para denunciarlo; para vilipendiar o juzgar a quien lo comete. Black Lives Matter o Me Too son solo algunos ejemplos del poder de esta estrategia. Hay gente que dice que esto es una evolución del escrache. Me pregunto, pues, si no es contradictorio que quienes defienden de libertad de expresión no permitan a otras personas ejercer el derecho a expresar su malestar, a través de la negación, a través de la cancelación.

Por otro lado, cabría cuestionarse por qué anular ahora se asocia a una cultura, al parecer un rasgo de la generación milenial. El antropólogo Jonah S. Rubin (@js_rubin) analizaba esta cuestión hace poco en twitter. El uso del concepto cultura no es baladí. Porque una de las ideas de cultura que la Antropología profesó en sus inicios, es que esta es arbitraria. Es decir, que no hay una razón lógica por la cual en Andalucía una persona se vista de corto para montar a caballo o se coma un gazpacho en verano. De esta forma, si se etiquetan los «llamamientos a la responsabilidad», la crítica social, como cultura de la cancelación, quienes están contra esta práctica, están diciendo implícitamente que los compromisos de lxs activistas son, en última instancia, caprichosos y no racionales, guiados por una «cultura» generacional arbitraria.

Por último, me pregunto si en esto de la cultura de la cancelación se puede transitar el terreno de los grises, sin ánimo de ser equidistante. Me explico. Las relaciones de poder son multidimensionales y variantes. Podemos ser privilegiadas en algunos ámbitos y tener una posición de subalternidad en otros. La gestión de nuestros privilegios y, por tanto, la crítica ante quienes hacen «cultura de la cancelación» sobre nuestros actos, puede operar entre diferentes actores. La cancelación realizada es más o menos masiva en determinados temas que la sociedad tiene claros. Sin embargo, también opera en otros ámbitos más difusos. Y es en ese terreno donde la autocensura puede convertirse en una mala compañera de quienes quieren expresar matices a los grandes titulares.

Acabo con más preguntas que respuestas, pero de eso se trataba. De problematizar.

Letra impresa comprometida busca

Te sientas en la terraza de un bar, café en mano. Llega una amiga y, tras saludaros, comienza a contarte una historia que le ha sucedido recientemente. Al principio te cuesta coger el hilo, es una historia muy profunda, que tiene muchas aristas y recovecos, pero conforme avanza en la conversación te vas adentrando en ella.

La escuchas atentamente y vas remarcando frases en tu cabeza y, sin darte cuenta, vas distinguiendo la estructura de los hechos: un hilo rojo que te guía para no perderte en lo sucedido. No quieres interrumpirla, su historia la atraviesa, su narración es efusiva y la cuenta bien.

Cuando termina su relato, haces un repaso de todo lo que te ha contado para poder ofrecerle una opinión tan comprometida como se merece. Como con el café, coges sus palabras y te impregnas de su aroma. Les das un sorbo, las saboreas, las disfrutas, te las tragas y pasan a formar parte de ti.

De manera inconsciente, otro sorbo más y coges todo aquello que te ha contado y lo asimilas a tus vivencias, a lo que conoces y a lo que otras han contado. Imposible ya salir de la historia sin compartirte. Toda esa información pasa por el filtro de tu experiencia, tu prisma y, finalmente, le ofreces ese punto de vista que la ayuda en su proceso y le dejas algo más, un trocito de tu universo, en el relato.

Cuando ilustramos un artículo de El Topo ocurre algo similar: nos ponemos en relación respetuosa. Ofrecemos una puerta novedosa por la que asomarse y recorrer la madriguera de los muchos análisis, realidades y memorias escritas a través de nuestro prisma, de la imagen visual.

Tomamos lo que los articulistas dicen con palabras y como con ese café entre amigas que se cuentan, mordemos sus palabras, las masticamos, saboreamos, tragamos, pensamos y las confrontamos. Las procesamos, las interiorizamos y las sopesamos. Las hacemos nuestras, las acompañamos si es el caso, en un diálogo que ayuda a darle un cuartito de vuelta más a esa reflexión para, finalmente, representarla con un imaginario que apoye esa historia y hacerla más clara a ojos de quien la lee.

La imagen ni es gratuita ni es inocente. Compromete e interpela. Contenidas en nuestro querido El Topo, despliegan las muchas emociones que, como primeras lectoras, nos genera un artículo de tamaño calado y nos sirven para transformar: belleza, rabia y rebeldía; alegría, incomodidad y hasta fealdad en ocasiones; dudas y macarrismo que guían la línea, el claroscuro, el peso y, con ello, las decisiones sobre el trazo: nuestro lenguaje. Toda la carga comprometida y política de lo escrito, pasado por el cuerpo y vomitado en imágenes igual de políticas y comprometidas.

En muchas ocasiones (como esas buenas amigas que toman café juntas), ese filtrado produce variaciones, segundas lecturas donde el artículo y la ilustración van de la mano y se apoyan para completar un discurso común. Otras añaden un matiz que las ilustradoras percibimos y que solo se puede expresar con imágenes, porque apela directo a las vísceras. Leer imágenes es entretenido y lleva la responsabilidad del querer mirar: el impacto de la imagen, que es tan directa en un primer momento como el propio instante, para después descubrir sus matices: es la presentación que, tras la lectura del texto, se autoconcluye.

Construimos las ilustraciones a partir del artículo, pero también con el inconsciente colectivo, con la sabiduría popular y nuestra; atentas a lo que sabemos del mar de conceptos nos movemos en lenguajes que varían de unas a otras porque somos muchas.

Ilustrar es nuestra colaboración a una sinfonía potente, hasta chirriante, con todo su sentido y significado. Y nos gusta. Por eso nos encontramos a los lápices, reconociéndonos sin habernos visto las caras, con capacidad de organizarnos, algunas de nosotras, para escribir una editorial, con palabras y a manchas, donde seguir coexistiendo en una ¡larga vida a El Topo!

Los tiempos que nos ha tocado vivir

La realidad es aquello que, cuando uno deja de creer en ello, no desaparece. Mi vecina del 2º

Vivimos tiempos cuanto menos extraños. A finales del mes de octubre pasado, el Panel Intergubernamental de la ONU sobre biodiversidad, el IPBES, certificó que las mismas agresiones ambientales que hay detrás de la emergencia climática son las que causan pandemias como la COVID-19. La «explotación insostenible» de recursos que lleva a la alteración del clima y las extinciones masivas son el origen del surgimiento de nuevas enfermedades planetarias. Sin embargo, frente a problemas que ponen en peligro la continuidad de la vida tal y como la conocemos, las soluciones se buscan en los estercoleros del circo mediático, entre vacunas milagrosas y cierres perimetrales que salven la campaña de Navidad. Pero no nos engañemos, las derechas han tomado nota, a su manera, del declive del turbocapitalismo, y se están preparando como élite ante lo que se avecina. La desigualdad social creciente, la exclusión de cada vez más personas de las condiciones que aseguran una vida digna y el desplazamiento del espectro político conservador hacia la ultraderecha son parte de su agenda. En Bruselas, por ejemplo, tras el toque de queda nocturno de este otoño, se ha decidido exigir a las personas sin casa un certificado de «sin techo» para poder seguir transitando por la calle sin que «la madera» les moleste. En Andalucía, la comisión sobre la recuperación económica y social por la COVID, presidida por los fascistas tras haberse opuesto a que se formase, ha acabado desembocando en un paripé que habla de toros, de caza, de un plan nacional de natalidad y otro de violencia intrafamiliar.

Pero ¿ha comprendido la izquierda institucional o los grupos de sensibilidad progresista la encrucijada civilizatoria en la que nos encontramos? Pues nada parece indicarlo. Sus discursos y programas siguen vendiendo esperanzas de crecimiento basadas en las ilusiones de un sueño injustificado y demostrado imposible; la abundancia de energías renovables, los coches eléctricos para todas y el transporte de mercancías y personas a golpe de amperios y voltios. Siguen alimentando un individualismo de smartphone cada vez más eficiente y vigilante. Abrazando el urbanismo de buldócer, pero eléctrico, y la revolución del 5G al estilo de los discursos más cínicos del neoliberalismo que defiende una realidad que solo será posible para una élite.

En definitiva, no se vislumbra en el horizonte de la política institucional ninguna maniobra alineada con criterios de igualdad y justicia social acorde con los tiempos que nos toca vivir. Ni un solo mensaje que hable de decrecimiento controlado, de una crisis sistémica imparable pero modulable, una crisis ecológica, económica y social que ninguna tecnología ni industria 4.0 va a poder atajar. Vamos a decrecer, nos guste o no, es más, ya lo estamos haciendo. Podíamos hacerlo por las buenas, asumiendo y conduciendo de manera justa y equitativa el declive, o por las malas mediante conflictos, fascismo, ecofascismo, exclusión y pobreza. De momento parecemos haber elegido las malas, pero está en nuestras manos frenar a las tendencias más reaccionarias. Garantizar la alimentación y aire sanos, el agua y la energía, los cuidados dignos, la salud y educación públicas, la vivienda, los besos, el poder caminar solas sin miedo, solo será posible construyendo de forma colectiva proyectos emancipadores y fortaleciendo los ya existentes. ¡De ahí la importancia de que proyectos como El Topo cumplan 7 años! Las transiciones ecosociales que nos guíen hacia una salida justa de esta pandemia mundial ligada a la emergencia climática provocada por un sistema socioeconómico moribundo a través de las sendas de un decrecimiento controlado, las contará El Topo o no serán. Feliz séptimo aniversario y ¡larga vida a El Topo!

Nazis y new age, juntos de la mano hacia la extinción

Tener fiebre no es de ahora, hace mucho tiempo que empezó. La Lupe

La deforestación y el calentamiento climático son tal vez los principales agentes responsables de los recientes brotes de enfermedades zoonóticas y de los que están por venir. Reducir la intensidad de ambos debe ser prioritario para las sociedades humanas si es que tenemos alguna noción de lo que realmente significa calidad de vida.

Entonces, ¿qué hacemos mirando el dedo en lugar de la Luna? ¿Por qué teorizamos sobre mil cuestiones tangenciales y evitamos mirar a los ojos a la causa del problema? ¿Por qué vemos manifestaciones donde se mezclan personas de discursos pacíficos, prendas coloreadas y rostros risueños, con los energúmenos violentos, mala cara, de la ultraderecha (UD)?

Newage y nazi comparten discurso pero no motivación. El discurso se alimenta de teorías conspirativas que aluden a una maquinación tan distópica que juntarse con nazis resulta aceptable. «En la nueva era de luz, caminaremos juntos como hermanos», te dice un amigo en el planeta Tierra, año 2020 e. c. La UD ha encontrado un filón para infiltrarse en el tejido social y blanquear su discurso y su imagen: el chip, 5G… bulos con que azuzar el miedo al control mental: como si esa no hubiese sido la praxis del capitalismo en las últimas décadas. Como diría la Lupe, eso «no es de ahora, hace mucho tiempo que empesó».

Todo en el contexto de los recientes fiascos de la economía ortodoxa y los intentos de los poderes fácticos de, lejos de entregar la bandera, evitar como sea que la gente vea que el emperador está desnudo. Así que da rienda suelta a sus horrísonos voceros del fascio, muy capaces de marear la perdiz.

En principio, esto no debería preocupar, porque una piensa «un discurso tan lóbrego, cenizo, intolerante, incoherente, ridículo, grosero, de mal gusto y, en definitiva, grotesco, no debería cuajar en una ciudadanía educada como la nuestra». Pero mira tú por dónde, el fascio no dice lo que piensa así de primeras. Primero te dice lo que tú quieres oír, para ganarse tu confianza. Es un canto de sirena.

Y puede cantar. Porque sus amos ponen la melodía de fondo en los grandes medios y el fascio se desgañita en las redes sociales, más influyentes en la actualidad que los medios tradicionales. La sobredosis de postverdades y la bazofia informativa a deglutir diariamente es abrumadora.

Por supuesto, en esta plaga de opinofilia no faltan les iluminades independientes, porque, como decía B. Russell, «El principal problema de este mundo es que los ignorantes y los fanáticos siempre estén tan seguros de sí mismos, y las personas sabias siempre tengan tantas dudas».

La forma en la que asimilamos información en la actualidad: inmediatez y levedad vs. reflexión y profundidad; el titular en RRSS vs. el libro, facilita que caigamos en disonancias cognitivas y así reneguemos de la mejor evidencia a favor de nuestros sentimientos o ideas preconcebidas. O, parafraseando a Asimov, ¿qué te ofrece la pseudociencia?, un manto de protección, un pulgar que chupar, unas faldas a las que agarrarte. ¿Qué ofrece la ciencia (sin encumbrarla)? Incertidumbre e inseguridad.

Todo este desastre sistémico anunciado, a la luz de la crisis de la covid19, está sirviendo para blanquear al fascismo y para apoyar tendencias reaccionarias. ¿Qué ingenue no apoyaría sus consignas rebozadas en «libertad y verdad»? Pero, lo que es más grave, está dejando en un segundo plano el tema que de verdad nos debe ocupar: la deforestación y el calentamiento climático.

Por suerte, para orientarnos en este popurrí caótico, para apartar la vista del dedo y llevarla a la Luna, disponemos de herramientas que pretenden una visión ecuánime y diversa de la realidad, y que son radicales en su análisis. El Salto, Ctxt, El Topo y un largo etcétera. Bravo por ellas.

Semillas de Ersilia

Escribo pensando en cómo armar el cuento. Cómo volver a El Topo, julio, 40 grados. En la radio, la incertidumbre de cada día. Busco un cuaderno. El que encuentro está cargado de palabras: por un lado subvenciones, nombres, países, cantidades, precios, sellos. Escribo en lo que ahora es hueco, vacío. Rescato palabras antiguas. Palabras de otra, de otras. Las traigo hoy aquí [tú, que lees; tu hoy; tú, hoy; tu aquí; tú, aquí].

El verano o el estío [gracias Carmen]. Tiempo nuevo. Tiempo otro. ¿Rutinas? otras. ¿Quién no tiene en la memoria un verano estupendo de pandilla del verano? Tiempo ¿vacío? Tiempo confinado. Otra vez, blup. Ya saben, Sevilla, sur, sures, cuarenta grados a la sombra durante al menos diez horas al día.

Hubo veranos para viajar lejos: cruzar fronteras. Este puede ser para viajar lejos: adentro. Al fondo. A ese lugar donde, escondido en un armario, se encuentran los hilos de Lala Lucía [gracias Esther, José Antonio, Antonio, gracias RedAma]. Este es otro verano para viajar cerca, a casa de la vecina de atrás, que te cuenta cuentos, que te escribe, que te empuja a la piscina, que te trae a Ventura. Ese momento justo en el que te estremeces.

Puedes haber cambiado de pueblo, de barrio, de casa, de ciudad. Y aun así, encontrarte hilos guardados al fondo del altillo que sirven, todavía, para vivir tejiendo un barrio otro. El barrio al que llegamos, juntos, quizá sin elegirlo, volvemos a hacerlo de a poquito. Como nuestras abuelas, bisabuelos, que llegaron sin querer a la Macarena y ahí se quedaron. Haciendo barrio mientras se lo permitió el cuerpo, la cabeza, su vida transplantada. Sembraron semillas de claveles, de geranios, de todo lo que les cupo en el balcón o en el alféizar de la cocina. En la ventana desde la que mirar a la nieta hacer gimnasia, salir al patio.

En el recreo, «Hay gente que piensa», en torno al ilusionismo social. En «A pie de tajo», entramos en el hotel Hesperia. Salimos del patio y nos metemos de lleno en «Mi cuerpo es mío», para darnos un baño bien fresquito o, al menos, sanador. Abrazadas por la «Sostenibiliqué», sabremos de qué va eso de rescatar aerolíneas. Aunque querríamos tomar un batido de fresa, parece mejor evitarlo: «Está pasando» que la vida de quienes las siembran, cuidan y recogen se ha vuelto aun más difícil de vivir.

En «Política local», paseamos para pensar la importancia del nomenclátor (la memoria, la memoria, la memoria; el mapa, el mapa, el mapa). En «Política andaluza»,el cambio de rumbo necesario para que la pandemia/crisis no nos suma en más y peor capitalismo, sino en economía social subversiva: la vacuna. En la estatal encontramos reflexiones sobre la renta básica. Ya casi a punto de tomar elglobo, la mirada sobre lawfare.

En «Economía» festejamos los 25 años de REAS y llegamos a «Construyendo posibles» para saber de la defensa del patrimonio gráfico. «Desmontando mitos» nos saca de lanevera un combinado de trap, juvenalia y política. De ahí salimos un ratito a lugares indecibles, con la «Lisergia» y lo que «La gente va diciendo por ahí».

De nuevo en las calles, en «Cultura» nos echamos unos swings y nos preguntamos, otra vez, si la gentrificación la llevamos entre los pies y qué pasa si sí. En «Historia» se abre el baúl de coplas y copleras para repensar, repensarnos, desde hace unas cuantas de décadas, gentes y canciones.

Para volver al patio, escucharemos la entrevista a Ferrán Aguiló. Completamos el plan de fuga con «brevas» y la «pildorita».

Entonces… ¿nos tiramos a la piscina? Si aún no han salido de casa, recuerden dejar la llave a alguna vecina, vecino, que riegue las plantas y se coma las fresas del huerto. Nos vamos, o no, con la casa llena de potos. Para los claveles de nuestras abuelas, abuelos, nuestras semillas. Para sus hilos, nuestras utopías. Que luego serán (de) otras. Hilos, semillas, todo es de color: balcones, abanicos. La alegría de sabernos semillas. Jardineras, tejedores. Genealogía. Familias. Cuerpos. El patio propio como el cuento propio: mejor si es común.

Salú y verano.

Viaje al centro de la madriguera

A quien además de estar cerquita de El Topo viene del mundo del periodismo le vamos a contar poco nuevo, pero para las demás que se pregunten cómo funciona este medio informativo capaz de descubrir los secretos más secretos y contarlos a susurros y a voces, cuánto tienen que fermentar las letras hasta que tengan vida propia, quién las pare y las cultiva, cómo se organiza el contenido y cómo es posible que llegue hasta tu casa, tu bar o tu librería, queremos mostrar cuál es el proceso de este periódico, a la par que estas dos nuevas coordinadoras van conociéndolo y haciéndolo un poquito suyo.

Todo empieza en el Consejo de Redacción (CdR), una reunión arreglá pero informal en la que además de las coordis, nos multiplicamos y somos muchas. Aquí se deciden los temas a tratar en cada sección, quién va a escribir y quién del CdR se hace persona responsable de cada uno de los artículos. Esto significa buscar a una persona experta que aborde el tema y nos presente una visión alternativa y profunda, pedirle que colabore con nosotras y estar pendiente de que su texto llegue a tiempo.

A partir de ahí hay un plazo de un mes para escribir y que lleguen los artículos a la madriguera. Conforme se recepcionan pasan por un proceso exhaustivo de revisión y corrección, donde un equipo de varias personas hace dos revisiones de los artículos, atentas a la gramática, las concordancias, que no sobre un punto y seguido ni falte una s que nos incluya a todas; y en un plazo de dos semanas llega a maquetación.

En paralelo a todo esto, los artículos que llegan se pasan también a la ilustradora de esta sección. Hay un equipo de ilustración que va creciendo y que se van redistribuyendo por diferentes secciones en cada El Topo, también hay colaboraciones puntuales. Y aunque las letras son importantes, las ilustraciones de los artículos son imprescindibles.

Nuestro maqueta, se encarga de la última parte, aunar artículos e ilustraciones y encajarlos en nuestro El Topo. ¡Ah! Al maqueta también se le revisa el currazo que hace en cada número y ¡listo para imprimir!

Se imprime con la presión y el cariño de las rotativas de la imprenta DITASA, en Dos Hermanas, y allí alguna de nosotras se acerca para recoger los números calentitos y pasar a su distribución a nivel local, nacional y, ¡ojo!, internacional.

En la distribución hay dos partes: por un lado se le hace llegar el periódico a nuestras suscriptoras por correo postal (se convoca el ensobrado, se mete topo por topo en un sobre y se lleva a correos) y, por otro, se da un paseo por Sevilla y se visitan a las entidades asociadas que nos brindan su apoyo y espacio donde poder estar. Gracias a esos lugares, esas familias, conseguimos tejer una red que ya conforma un mapa por toda la ciudad, haciendo más grande esta madriguera calentita donde guarecernos y sentir que no estamos solas.

Y tras todo este viaje, se hace posible que vayas pasando cada una de estas páginas.

Coordinación es también quien lee y contesta los mensajes que nos hacéis llegar, y escucha vuestras peticiones, críticas y aportaciones, cosa que nos encanta: saber que somos un medio de comunicación de verdad y que la información viaja también de la receptora a la emisora.

Además, nos encargamos de la gestión de vuestras suscripciones a través de bases de datos, movimientos bancarios, extracciones de segmentos cifrados alfanuméricos y nomenclaturados, y, esta es otra parte sin la que El Topo no tendría ningún sentido ni funcionaría, vuestro cálido apoyo que nos recuerda que la información desde cerquita, libre y de acceso para todas es necesaria en épocas de posverdad y de comunicación interesada basada en valores monetarios.

El Topo no podría tirar palante sin el colectivo. Nos necesitamos unas a las otras y por ello trabajamos juntas y tomamos las decisiones gracias a las experiencias y saberes que cada una aporta.

Romance Sonámbulas

El Topo está en duelo. Se bate contra sí mismo con el cuerpito roto. Hay pérdidas y también pierde. Y más vivo que nunca, bebe savia nueva con la cara recién lavá. Hay brotes y salen flores, aunque no toque. Por eso le quitamos el disfraz de carnavales al capitalismo verde y desmontamos la declaración de emergencia climática.

El Topo no se cuida. Se sobrepasa y se estrella sin poner límites. También fija perímetros de seguridad donde gastar los tenis bailando. En los diez años de La Fábrika de toda la vida se nos ha visto sandunguear por allí.

El Topo se pierde entre dimes y diretes que muerden en el cuello y no salen de las cabezas mientras busca la fuente de agua clara y se peina, mete los pies, recarga la botella, el vaso XXL de té, el vinito, el mate, la cantimplora, su petaca de licor café y el pacharán casero. El colectivo EPA también nos ayuda a calentar nuestras gargantas en andalûh.

El Topo no sabe, no dice, no habla, no quiere, no puede.El Topo no. No. Pero cuenta cuentos, alarga los desayunos y comparte recetas para media col del fondo de la nevera. Da paseos largos por Los Lances y se sacude el cuerpo invadido de arena y alga japonesa.

El Topo llega tarde porque en realidad no quiere ir. Y si aparece no está, porque no. Se mira en los espejos que se apoyan en contenedores, en las tapaderas de ollas que hacen pucheros grandes en cocinas de cárceles.

El Topo enmudece o grita, y va a clases lunes y miércoles de 19:30 a 21:30 donde acompaña a colectivos a encontrar la gama de grises. Los martes y jueves busca negros y blancos. En su walkman suena fuerte el romance sonámbulo, de un verde cogollo californiano, y así te llevamos al tajo.

El Topo se esconde y se descontrola, de la madriguera a los árboles, de los árboles a la madriguera. Olvida su ceguera, olvida que donde había árboles ahora hacen mudanzas las vecinas, sacando el fajo del sujetador para contar dinero de esquinas.

Y así vamos, con duquelas y alegrías.

Navidad blanca, agujero negro

Cabría pensar que la navidad no resuena en nuestras madrigueras: ¡acabamos estando tan ciegos ante las realidades que negamos! Pero al final la real-politik de la vida cotidiana siempre gana. El afecto vuelve a florecer en sus formas barrocas, convencionales, impecablemente envasadas. Los topos vuelven de los diferentes exilios a sus pueblos meridionales, cebados en calorías y drogas legales e ilegales exaltadas con familiares, colegas y amigas. Todo canalizado de manera inmediata a través de «unos y ceros»; una orgía de emojis; de ingeniosos stickers y brillantes gifs de ida y vuelta; una lluvia de localizaciones compartidas a través de mensajería instantánea; flujos y flujos de un enorme amazonas digital de compras y regalos. El amado capitalismo que tanto odiamos y su brillante superficie perfectamente diseñada por nosotras mismas.

Cabría pensar sobre los medios en los que canalizamos el «afecto». Hemos invisibilizado hasta tal punto su colonización tecnológica que a veces no vemos cómo esta sacia el hambre de la hidra de la sociedad de control. La enorme expropiación que el final de cada año supone para nuestras vidas, bajo las etiquetas de un beso digitalizado o las coordenadas de un selfie memorable, para recordar que estamos vivas juntas, otro caluroso diciembre de la era Thunberg. Creemos estar inmunizadas. Ya sabemos que el capitalismo siempre se engrasa con los sentimientos y sus fetiches; qué inocencia pensar lo contrario. Venga, hablemos del Corte Inglés, de su Día de la Madre y de su Día del Padre, de su San Valentín de mierda y de todo su wishful thinking prefabricado, enlatado, interiorizado. Sí, ya lo sabemos, y menos o más compramos eco de cercanía, artesano, bío y holístico. Pero todo es mucho más complicado cuando se araña la superficie —de la pantalla.

Nuestros sentimientos hilan relaciones a través de metadatos orquestando campañas que hacen tambalearse países. Permiten el perfilado (más o menos acertado) de quiénes somos, de dónde estamos y cuándo, y si estamos conspirando para no ser quiénes decimos ser o para no estar donde debemos estar cuando debemos estarlo. Incluso el amor mata en muchos sitios: formas de vivir el deseo, desviadas de la norma (que sea) pueden acabar con tu vida en más países de los que una imagina cuando son desveladas por cualquier dispositivo —por nosotros mismos.

La navidad blanca es un agujero negro de datos, un sumidero donde todo lo que se sabe de nosotras se acelera irremediablemente. En el todo gratis de la comunicación digital, tú eres el regalo. Aunque creamos que no nieva en nuestra oscura madriguera.

Pero vayamos más allá, cabría hacer una propuesta. Al igual que la navidad siempre fue un caballo de batalla en la lucha contra el consumo, ¿por qué no hacer de ella lo propio en la resistencia contra la sociedad de control? ¿Es posible —al igual que somos conscientes de cómo consumimos— el ser conscientes de cómo somos consumidos durante la navidad? ¿Es posible diseñar de alguna manera un movimiento de resistencia amplificado durante estas fechas pero pensado para ser tozudo y consciente en el día a día, capaz de embeberse en el ADN de los movimientos sociales hasta convertirse en un lugar común? (Como hizo exitosamente el anticonsumismo a finales de los 90 en el ciclo de luchas de la antiglobalización.) Es la pregunta de difícil respuesta, pero completamente pertinente, que queríamos compartir con vosotras.

Por último, es imposible no acabar esta editorial sobre «sentimientos» diciendo que os queremos. Sin vosotras este proyecto no existiría, otro año más, como este que ha acabado. Qué maravilla poder decirlo desde estas páginas de papel, sin alimentar todavía más la maquinaria digital de control y su oscuro futuro presente, donde los sentimientos pueden ser una trampa para toda resistencia en vez de ese combustible que necesitamos para luchar juntas.

Matar cabrones

Mansilla como inspiración una vez más. Directo, sencillo, lúcido, franco, violento. Matar cabrones. Así se titula su última novela, la que no pudo terminar pero que acaba de salir a la luz. Otro texto en el que viajar por la Sevilla invisible donde habitan lxs desheredadxs, lxs invisibles, lxs desgraciadxs. Y una se pregunta después de mirar alrededor si no sería esa una buena opción: matar cabrones. Dejar por un rato la conversación, la empatía y los filtros, y acabar con ellos, sean quienes sean. Llevamos semanas escuchando hablar de violencia legítima e ilegítima y ya sabemos en qué lado estamos, de qué lado nos ponen. Las compañeras juzgadas por el coño insumiso lo han sufrido en sus cuerpos, acusadas de incitar al odio a una religión que desprecia a las mujeres, enorme paradoja. Han sido absueltas, pero desde el paternalismo y llamando mamarrachada a la acción. El colectivo de mujeres prostitutas de Sevilla también lo ha vivido y en su caso, además, la legitimidad se la conceden otros colectivos feministas. Más doloroso si cabe. ¿Hemos entendido de verdad lo que es la sororidad?

El libro de Mansilla trata la aporofobia, el rechazo a las personas pobres. Es una ficción sobre asesinatos en serie de personas sin hogar en Sevilla. Poco antes de que aparezca la novela nos enteramos de que dos jóvenes sin hogar han muerto en la calle, solos, en poco más de una semana. La realidad compitiendo en crudeza con la ficción. Las víctimas reales no han sido asesinadas por una mafia, han muerto por la violencia estructural de un sistema que los excluye y los maltrata. Como hace con lxs migrantes, con esos niños y niñas que cruzan solas las fronteras y se encuentran con el desprecio y el prejuicio de una sociedad que los etiqueta bajo unas siglas. Violencia que también sufren quienes se atreven a cuestionar las formas de vida consideradas correctas, como lxs habitantes de las casas cuevas de Granada, perseguidxs y acosadxs permanentemente, o aquellas cuyos cuerpos son considerados incapaces de contribuir al sistema productivo, o lxs que se levantan contra las consecuencias del neoliberalismo salvaje en América Latina, o las mujeres kurdas atacadas en Siria. Todas violencias legitimadas. Violencia sexual, violencia laboral, violencia judicial, violencia institucional, violencia policial, violencia militar. Violencia patriarcal. Violencia que se multiplica contra lxs que se atreven a responder. Violencia.

A la vez, de fondo, en un cuento de nunca acabar, vuelven a convocarnos a elecciones. ¿Elegir qué? Los resultados, el día que sale este número, seguirán siendo motivo de debate, cábalas, análisis, llantos, miedos, incertidumbre, indiferencia, lejanía… Estamos tan cansadas que no hemos querido hablar de ello más allá de este párrafo. Ni de exhumaciones e inhumaciones de dictadores ni nada parecido.

Pero vamos a sacudirnos la tristeza por un rato y a celebrar que este número de El Topo que tienes en tus manos inaugura el séptimo año del proyecto. Seis años acaba de cumplir nuestro periódico a pesar de las dificultades, la precariedad, la incertidumbre, el conflicto inevitable, los altibajos, las ausencias. Quién lo iba a decir, ¿verdad, compas? A ritmo de topo tabernario seguimos cavando galerías y dando voz a quienes se oyen menos. Y todo gracias a vosotrxs, que seguís apoyando, suscribiendo, difundiendo y asistiendo a nuestros actos. Y no hemos cambiado un ápice nuestro modo de existir, ni pretendemos hacerlo si seguís ahí. Hoy empieza un nuevo año para El Topo y esperamos que no sea el último. Hoy volvemos a inspirarnos en Mansilla. Hoy elegimos matar cabrones.

¿Somos la generación perdida?

En un curso sobre educación ambiental al que asistí hace años, nos preguntaron si pensábamos que nuestras madres y padres habían vivido mejor o peor que nosotrxs. Respondimos mayoritariamente que creíamos que habían vivido peor, claro. Vivieron muchos años de represión franquista, algunxs incluso la guerra y el hambre, muchxs migraron de sus pueblos a barrios del extrarradio donde no había ni colegios, ni parques ni ná de ná. Fueron años de duro trabajo salpicados con algunas vacaciones en Matalascañas o un dominguito comiendo en una venta. Nuestrxs madres y padres trabajaron duro para darnos una vida mejor que la que ellxs habían vivido, estaba claro.

Luego nos preguntaron cómo pensábamos en el futuro que  vivirían nuestrxs hijxs y, tras unos segundos de desconcierto, contestamos, mayoritariamente, que también creíamos que vivirían peor. De repente, la distopía que el cine tantas veces había dibujado parecía estar echándosenos en lo alto. «Nos enfrentábamos a la dura afirmación de que somos la primera generación que piensa que dejará un planeta mucho peor del que se encontró, y esto implica una gran responsabilidad histórica».

Estábamos asistiendo al derrumbamiento de los derechos sociales y a la depredación de los recursos en un proceso tan rápido que quizá dábamos por hecho que era irrefrenable…Y no es que no hubiera voces que alertaran y denunciaran lo que estaba ocurriendo —que había muchas y desde hacía décadas—, pero no se estaba consiguiendo hacer comprender a la sociedad la urgencia y gravedad de aquello a lo que nos enfrentamos.

Sin embargo, cuando parecía que el futuro estaba perdido, «nuestrxs hijxs» se han levantado para decirnos «¡basta!» Esa generación más joven se ha rebelado ante la sentencia condenatoria que les habíamos dictado y exigen especialmente a aquellos que ocupan el poder, asumir nuestra responsabilidad ante la crisis climática, ecológica y civilizatoria a la que nos enfrentamos.

De ahí surge este número de El Topo  que tienes entre manos, propuesto por Salmorejo Rebelde-Extinction Rebellion Sevilla. Como ellxs mismxs nos cuentan en las páginas que sostienes, mientras esta edición de El Topo sale a las calles,  se está gestando una ola de rebelión climática en Sevilla, en Andalucía, en la península ibérica, en Europa, y en el planeta. Prevista para la primavera de 2020. Una rebelión surgida de la desesperación de activistas por la justicia climática ante la comprensión de que lo hecho hasta ahora no ha sido suficiente… hay que ir un paso más allá.

Este número tratará de hacer su humilde contribución a esta necesaria acción de resistencia planteando cuestiones como si el Green New Deal es una respuesta adecuada al problema que tenemos; si hay suficientes materiales en la corteza terrestre para abastecer el crecimiento necesario de las renovables y frenar así el cambio climático; si la caída en la producción de petróleo en América Latina arrastrará antes al consumo y si con ello se desbarrancará todo el sistema; si «otro mueble es posible»; si hacemos lo suficiente o simplemente calmamos nuestra pequeña voluntad de cambio compartiendo mensajes en las RRSS; o cuáles son las luchas sociales concretas que acometer en el área metropolitana de Sevilla para afrontar los problemas concretos existentes, en sitios específicos y de manera urgente.

Nos acercamos peligrosamente a puntos de no retorno donde se prevé un colapso económico que no vendrá de la mano de la financiarización de la economía, sino de enfrentar los límites físicos del crecimiento. Como leí hace poco a Yayo Herrero:

En esta situación, con la economía globalizada estancada y teniendo problemas estructurales para que crezca de forma sostenida y permanente, generando puestos de trabajo, asistimos a un proceso de saqueo, desposesión, expulsión de personas de sus territorios, fragilización del derecho al trabajo y empobrecimiento acelerado.

 No se trata (o no solamente) de la supervivencia del planeta, o de la humanidad como especie, sino de cómo esa supervivencia va a afectar (o está ya afectando) a la vida de las personas según el territorio o el barrio donde les ha tocado nacer.

RÉQUIEM POR UN BARRIO

Ganarán los chinos, las grandes superficies, las ofertas de chope que no podemos rechazar… Mansilla y los espías. 

Una vez más, pecaré de «centro-céntrica» pero, ya que esto es un réquiem, me voy a permitir centrarme en «el barrio», el fragmento de territorio del casco histórico de Sevilla situado entre la Encarnación, la Alameda y San Julián. Quienes habitáis o habéis habitado o frecuentáis o habéis frecuentado esta zona de Sevilla, sabéis de sobra a qué zona me refiero. Quizás sobra decir que ya no queda nada de todo lo que hoy recuerdo en palabras. 

Antes de que la ciudad se transformara en una masa informe donde no se distinguen claramente los bordes, vivir en la periferia hacía que venir «al barrio» fuera el equivalente a «ir a Sevilla». Coger la maltrecha línea 13, entonces desde San Jerónimo, suponía una auténtica excursión. Y mis recuerdos de «Sevilla» a finales de los 70 y los primeros 80 transcurren principalmente por la zona «del barrio». Para mí no existía el polígono San Pablo o las letanías, ni Nervión, ni los Remedios, ni tan siquiera Triana. Para mí Sevilla se limitaba a las zonas alrededor de las últimas paradas de las líneas 10, 12 y 13. 

Recuerdo los raboneos del conservatorio que a los 9, 10, 11 años me permitían haraganear y deambular por una Alameda que nada tiene que ver con el boulevard de ahora. Me acuerdo de los cartuchos de papas fritas de la calle Jesús del Gran Poder, y recuerdo los paseos por la plaza, toda de albero, toda vallada. Recuerdo el Multicine que era moderno como el que más. Recuerdo a mi padre, llevándome al Mercaillo, que molaba mucho más que el Corte Inglés. 

Recuerdo el mercao de la calle Feria, jediendo a pescao semipodrido y lleno de gente comprando los «mandaos» básicos. Recuerdo la calle José Gestoso y la mercería que surtía a mi madre de todo tipo de prendas interiores con las que pasar los meses de frío. Camisetas, bragas, calcetines y pijamas.   

Recuerdo mis primeras incursiones ya de mocita sobre todo a las bodegas. Cincuenta de las antiguas pesetas y un cochinito y una cerveza en la taberna Peinao, La Bañera, el Góngora. Curtiéndonos los intestinos a golpe de inmundicias inmunizadoras. Y tentando la suerte y la rotura de huesos en el Roll Dancing de Calatrava. Recuerdo la Holli pintá como una puerta (yo) y oliendo a Brumel cosa mala (los demás). 

Recuerdo el Chispitas (y sus tapas entre pececitos de colores), el Brujas y el Europa. Recuerdo el Sirena, el Farándula y el Fun club. Recuerdo que se bebía, algunas veces se bailaba y muchas veces se pensaba la posibilidad de un mundo diferente. Y recuerdo que se comía: la Agustina y la Gallega alimentando a toda una cohorte del underground Sevillano. Recuerdo gente encalomá a los árboles protestando por un aparcamiento que pretendía robarnos la plaza de albero… resistencia que se transmitió a lo largo de los años, con la que se consiguió ¿evitar el parking? Pero lo que no hemos sido capaces de evitar es el cambio de paisaje urbano y humano que ha sufrido la plaza de albero. Hace ya años que en esa plaza no se piensa en un mundo diferente.   

Recuerdo que a medida que desapareció el albero, reapareció el Pumarejo en nuestro horizonte. Parecía que nos fueran acorralando expulsándonos del barrio por el corredor de San Julián. En esos tiempos fui consciente de las okupas, Casas Viejas, la Fábrica de Sombreros; más tarde Andanza y la Revo. Todas cayeron, ya solo quedan testimonios virtuales o pintadas donde estuvieron. Y seguimos perdiendo y perdemos los lugares, que aún teñían de «autenticidad» este protoescaparate. El Guadiana, la Hacienda, el Gonzalo, el Julián y hasta el Árbol que aunque estuvo poco fue mucho para muchas. 

Perdonadme la nostalgia de viejuna, pero se fueron esos lugares y no puedo evitar sentir que se está yendo demasiado deprisa el espíritu de un barrio que al menos para mí, es una zona especial, con mucha gente especial y que también se están yendo… 

Quien construye el relato, ¿controla el mundo?

«Espejito, espejito mágico»... (Fragmento célebre de un relato patriarcal)

La realidad es inasible e inabarcable.

Quien pretende narrar la realidad jamás podrá ofrecernos un reflejo fiel de la misma: una imagen especular. Todos los relatos están construidos a través de percepciones e intenciones; nuestras entendederas, nuestra psiquis, nuestras categorías mentales, están condicionadas por cientos de miles de relatos que nos van configurando el telencéfalo desde que nacemos. Esos relatos nos llegan en forma de película, de cuento, de leyenda, o de publicidad; nos llegan en forma de libro de texto, de imagen; nos llegan como noticia de un telediario o como artículo de un periódico; nos llegan en forma de conversación…

Nuestra manera de actuar está, en cierta forma, condicionada por una compleja recombinación de todos los relatos que nos atraviesan y que han sido a su vez filtrados por nuestra propia percepción; y estos realmente no son relatos de la realidad, son relatos construidos a través de una percepción subjetiva o a través de conveniencias o a través de miradas intencionadas o a través de falsas realidades que, al ser narradas, dejan de ser falsas o, más bien, dejan de considerarse falsas por las personas que las reciben a medida que se alejan del foco descrito.

El mundo real no es el mundo que se cuenta, pero el mundo que se cuenta afecta a las personas que terminamos interactuando e incidiendo en el mundo real.

El discurso no es la realidad (letanía que deberíamos repetirnos como un mantra), pero es fundamental  tener en cuenta quién construye el relato —en tanto en cuanto afecta a las personas—. Evidentemente, este no es un tema nuevo, incluso es un tema ya hablado en editoriales anteriores, pero observando el momento actual —desde mi percepción—me preocupa especialmente la construcción de relatos en los que hay una clara intención de manipulación: ya sea por desacreditar, ya sea por no querer asumir y dar la cara por errores cometidos, ya sea para engañar directamente al personal.

También es extremadamente importante considerar que ningún relato tiene la capacidad de mostrar la realidad de una manera completa.

Atendiendo a la realidad compleja, debemos buscar distintos relatos desde diferentes focos: relatos que amplíen y complementen al hegemónico, pero sin olvidar que hasta este es esencial para aproximarnos a los escenarios analizados. Y también tener en cuenta, que no todo el mundo tiene la posibilidad u oportunidad de construir relatos. Los relatos no los construye todo el mundo por igual y la capacidad de alcance no es la misma. La construcción de relatos es cuestión de género, de clase, de etnia, de origen, y esta es una de las razones por las que considero básico buscar esos relatos invisibilizados; facilitar que los relatos desfavorecidos sean construidos por las propias protagonistas, y no por nosotras: «personas bienintencionadas».

¿Quién ha construido los relatos acerca de los orígenes de la humanidad?, ¿quién nos mostró lo que debía ser nuestra sexualidad?, ¿quién relató y sigue relatando cómo funciona el mundo, la vida?, ¿qué hacer con el agua, con los cuerpos, con la tierra, con la energía?, ¿quién construye el relato de lo verdaderamente importante?

Ahora más que nunca, mantener la capacidad de construir relatos, y facilitar la construcción de relatos por los cuerpos más oprimidos, es resistencia. No podemos ni debemos renunciar a la construcción de relatos para poder seguir ofreciendo otra lectura del mundo y de las realidades inasibles, inabarcables. Y no podemos olvidar que en ese contar relatos no debemos, ni podemos, limitarnos a narrar lo que sucede, sino también cómo se vive, cómo se siente…

Ese gran invento

La primavera en Sevilla suele traernos actividades, eventos y novedades varias que nos dejan una agenda saturada. A veces nos contraprogramamos sin quererlo, otras nos apoyamos mutuamente o en muchas ni siquiera sabemos de la existencia de lances afines. Este año ha ocurrido algo digno de destacar: una serie de grupos sociales con distintas inquietudes se han puesto de acuerdo para organizar colectivamente el Encuentro social sobre turistización: alternativas y resistencias (ESTAR) ante una problemática que afecta a toda la ciudad en múltiples escalas y dimensiones. Y como nos gusta más un enredo autónomo que comer con las manos, hemos preparado un monográfico sobre el tema para generar debate y aumentar las capas de análisis (y también porque hay bastante presencia del equipo Topo en el ajo, todo sea dicho).

El acceso a una vivienda digna sigue siendo uno de los mayores problemas para las habitantes de esta ciudad y ahora afecta incluso a más capas de población. Esto se debe básicamente a su introducción en el mercado como si fuera cualquier otra mercancía y, ahora también, en el abonado mercado del turismo con el boom de las «viviendas con fines turísticos», siendo este el eufemismo de oro por el que se maquilla la conversión de usos residenciales en negocio. No cabe duda de que esta transformación supone un fuerte impacto social, espacial y económico a través de la presencia de esta población flotante de turistas que solo tiene que ver con una actividad extractiva de la vida urbana.

Pero no solo afecta al ámbito doméstico del vecindario, sino que amplias zonas del casco histórico se han convertido en lugares que desprecian la vida vecinal en todas sus dimensiones. La ocupación del espacio público, la desaparición del comercio de proximidad y el monocultivo de bares o restaurantes son otras de las caras de este proceso. La administración olvida al resto de barrios mientras se centra y promueve estrategias de marketing urbano en el centro, donde la turistización, la tematización, la especulación y el desplazamiento de población han terminado convirtiéndolo en un conjunto de lugares fragmentados, fotografiables, preparados para el consumo y cada vez más vacíos de significados. Una simplificación del relato y la memoria vecinal que ha ido penetrando también en nuestra propia concepción común de ciudad: la heterogénea, la diversa, la disconforme.

A lo largo de este El Topo hemos querido hacer un ejercicio de desmontaje del relato turístico impuesto, esa ideología del turismo según la que el crecimiento de un sector empresarial beneficia a toda la sociedad, concebido como proyecto común en nuestras ciudades, pero que no lo es, que no atiende a la huella ecológica, a la justicia socio-espacial o a la distribución de ingresos y rentas en ellas. El turismo, amigas, qué gran invento, y qué profundo ha penetrado su chantaje como única vía para esta región en una vergonzosa alianza público -privada.

Desde hace más de un año, en Sevilla se ha venido cuestionando este modelo de gestión neoliberal de la ciudad como mercancía enfocada casi exclusivamente al turismo. Desde el pasado ENTRA, de finales de 2017, hasta el nuevo ESTAR se han puesto sobre la mesa muchas de estas cuestiones en gran medida gracias a surgimiento de colectivos organizados como Cactus, que critican un modelo de ciudad que no es ambiental ni socialmente sostenible.

En este encuentro se nos invita a programar, debatir, actuar, y proponer un marco alternativo con una agenda propia organizada en torno a temas como el feminismo, la vivienda, la cultura o la juventud. Nuestro querido entrevistado de este número nos comentaba hace muy poco sobre el ESTAR: «de los enredos que se realizan en iniciativas amplias de este tipo, luego el jiperío se puede seguir aprovechando por lustros para nuevas maquinaciones y desafíos». Esperamos gustosamente que así sea.

¿Y ahora qué?

El Topo practica un periodismo lento. Vamos despacio, sin urgencias, buscamos reflexiones pausadas sobre lo que sucede a nuestro alrededor y nos afecta realmente. En dos meses suelen pasar muchas cosas, algunas relevantes, otras no. Pero en estas últimas semanas ha sido tanto lo ocurrido que ni siquiera nos ha dado tiempo a reflexionar suficiente.

Nos acostamos un 2 de diciembre con unos resultados electorales que amenazan con cambiar a mucho peor nuestro modo de vida; conocimos un nuevo asesinato machista monstruoso de los que alimentan la carroña mediática (ha habido otros, pero interesaban menos); asistimos al crecimiento de las protestas del ecléctico movimiento de los «chalecos amarillos» en Francia; nos enteramos de cuántas personas desaparecieron el último año en la frontera sur… Algunos son episodios con principio y fin, otros suponen el inicio de un camino cuyo recorrido es una incógnita y en algunos casos una amenaza, sobre todo (como no) para las mujeres.

La extrema derecha ha irrumpido en el Parlamento andaluz, la explícita, la del caballo y los machos cabríos y encabronados, la que no tiene complejos y enseña el aguilucho si hace falta, la que exige sin tapujos que se acabe con una ley contra la Violencia de Género que les molesta. Vox tiene la llave del gobierno en Andalucía. Vox, el partido liderado por un individuo que presume de ir siempre armado con una pistola, cuyo secretario general es un exmilitar defensor de la españolidad de Gibraltar con una mirada que hiela la sangre y su portavoz andaluz un juez famoso por ser azote del feminismo y prácticamente negar la violencia machista. La pregunta es hasta dónde van a llegar.

De momento, el PP y su ansia por gobernar cuanto antes propone como solución salomónica ampliar las ayudas de la ley a los hombres víctimas de la violencia «doméstica» (sí, eso han dicho), a ver si se conforman y les dejan gobernar la Junta de una vez, C’s solo piensa en su vicepresidencia, el PSOE se escandaliza y lo utiliza y Adelante Andalucía los acusa de cómplices de la violencia. Y mientras ellxs pelean por el poder, llega el primer asesinato machista del año añadiendo un nuevo nombre a la lista de casi mil mujeres a las que han matado sus parejas desde 2003. Mil mujeres asesinadas por serlo. Mil. La ley, conseguida después de muchas luchas y con muchas carencias, no la van a quitar, pero la amenaza ya ha llegado. El antifeminismo que representan ha salido del todo del armario. Han puesto cara, voz y partido a la reacción de cierta masculinidad ofendida ante el avance de la lucha feminista.

Y no van a parar porque somos el enemigo junto a migrantes y rompedorxs de la unidad de España. Da miedo, claro, pero no podemos amedrentarnos. Dice Rita Segato en una entrevista para Página12: «Ellos, por su reacción de alerta máxima, nos están diciendo la fuerza que tiene nuestro movimiento para hacer colapsar todos los tipos de asimetría de nuestra sociedad». La fuerza la tenemos y el impulso tomado por el feminismo en el último año debe servirnos de referencia, pero no será fácil.

En estos dos meses han pasado más cosas, de algunas hablamos en este número, de otras no hemos podido y más de una nos ha hecho pensar, como el anuncio de las compañeras de Píkara de parar un tiempo su proyecto antes de que «les arrase». Y justo en este tiempo también nosotras hemos evaluado nuestro proyecto y, aunque la ilusión y las ganas siguen intactas, compartimos con Píkara la dificultad para sacar adelante un periódico autogestionado. Las cuentas no nos salen y necesitamos mucho más apoyo para continuar.

Con estos mimbres y en un momento en el que nos envuelve la incertidumbre y el miedo, no tenemos la respuesta a la pregunta planteada en el título, ni siquiera en lo referido al propio Topo, pero creemos firmemente que hacen falta medios como el nuestro, sin miedo ni presiones por llamar a las cosas por su nombre. Tenemos muchos retos por delante, quizá demasiados, pero también tenemos la fuerza.

Cinco años, ¿aprendiendo?

Cinco años ya de El Topo siendo una realidad. A punto de comenzar el sexto año de vida del periódico tabernario y bimestral más leído de Sevilla. Cinco años de asambleas, horas pensando y haciendo; miles de cervezas artesanas servidas, decenas de baños fregados, cientos de platos de garbanzos o de papas aliñás; muchos bailes, muchas risas y algunas frustraciones…

Cientos de miles de palabras que, hiladas entre sí, nos han ido revelando cómo estamos desgarrando la tierra, las injusticias cometidas, los abusos de poder, las luchas ganadas y perdidas; y, por supuesto, los proyectos que de manera colectiva buscan generar mejores posibilidades y oportunidades para las personas presentes y futuras.

Cientos de miles de palabras revisadas por el equipo que se ocupa de la lengua, subsanando errores e intentando que el texto cumpla con más eficacia la intención expresiva de cada autora.

Cientos de ilustraciones que a través de sus trazos le ponen forma e imagen a las palabras reveladoras de la realidad invisibilizada.

Cientos de páginas maquetadas, organizadas conjugando palabra imagen y espacio en armonía.

Treinta y un eventos organizados para juntarnos, para pensarnos, para seguir construyendo colectivamente y, cómo no, para celebrarnos; porque por muy mala que esté la cosa, y por muy bajito que estén los ánimos, bailar y celebrar siempre sana, siempre.

Y tras todo este trabajo, ¿hemos aprendido realmente algo? Nos sale un sí rotundo como una casa; pero con la misma seguridad nos sale decir que los procesos colectivos duelen: sacar algo tan material como un periódico a través de un proceso colectivo es precioso y cansino.

El Topo nos enseña a acercarnos y alejarnos, y nos recuerda que la existencia cotidiana de los proyectos —lejos de los focos de atención— viene cargada de tareas ingratas, invisibles y «ni agradecidas ni reconocidas», como dicen nuestras madres.

Nos enseña que el trabajo colectivo no se da solo ni se presenta carente de retos: destacando la necesidad de ser generosas con las demás y estar preparadas a que las cosas no sean como deseamos.

Nos enseña a desperiodistizarnos y comprobar que no siempre hay que estar ahí para darle voz a otrxs sino echarte a un lado y dejar que lo cuenten ellxs. Y sobre todo que rigor y militancia no tienen por qué estar reñidos, y que hay muchísima gente encantada de ofrecer su trabajo político intelectual o artístico de manera altruista. También a reposar la actualidad y tomarnos tiempo para digerirla.

Nos enseña a desintoxicarnos del lenguaje académico para contar las cosas aunque no siempre lo consigamos, aunque sepamos que el lenguaje usado también es una herramienta de transformación —a veces olvidamos que para que se produzca la comunicación lo primero es entendernos—. 

Nos enseña a replantearnos nuestro papel en los colectivos, a identificar comportamientos nocivos en grupo y a recolocar nuestra relación entre los diferentes géneros desde cada yo (y todos sus perejiles); tanto en el seno del proyecto como fuera.

Y nos enseña la importancia de saber hacer bien, y con cariño, los relevos en los procesos colectivos, y de saber hacerles sentir bienvenidas e iguales a las nuevas incorporaciones; que los mecanismos de funcionamiento sean sencillos, transparentes, abiertos a cambios y muy cerca del sentido común: la sencillez de lo complejo.

El Topo no es un proyecto simple, pero sí sencillo. Sacar un periódico en papel cada dos meses durante ya cinco años, en estas condiciones de autogestión, colectivismo y también precariedad, no es simple. Conlleva ciertas complejidades que, sin embargo, parece que se consiguen vivir desde la sencillez. Porque en todos estos años hemos aprendido que una asamblea puede ser efectiva y eficaz sin tener por qué ser fría o de simple gestión; dándosele cabida también a lo emotivo, a los sentires y a los debates, y sobre todo, a los cuidados y a las relaciones.

Y, por supuesto, nos reafirmamos en la importancia del disfrute y la alegría y en que los cuidados y el cariño que ponen todas las personitas acogedoras son esenciales.

Como diría nuestra Emma: «si no puedo reír y disfrutar, tu enreo colectivo no me interesa».

Dudar es resistencia

¿Cuáles son tus retos este nuevo curso? Los nuestros, este año, siguen siendo prudentes: desafiar el imperio de la competitividad, la eficacia económica y la digitalización, sacando 1000 ejemplares gratuitos y en papel de El Topo Tabernario.

En época de posverdad, nos atrevemos a volver al sentido común y a la realidad, y lo hacemos de manera insensata, autogestionando un proyecto en papel que no se vende como el que tienes entre las manos.

No venimos a informar, venimos a contra-informar. Los mass-media ya se encargan de poner sobre la mesa la realidad y la opinión que la acompaña, la cierta, la que no se discute: la migración es un problema, el turismo trae prosperidad económica y la unidad de España es un estado natural.

Frente a esto, quedamos en la marginalidad las que nos ponemos en estado de duda y se nos indigesta el discurso hegemónico. La gente que sale a buscar la verdad sin manipulación y que se asoma a las redes sociales, a los medios digitales alternativos y que se suscribe a revistas y publicaciones con muchas esdrújulas… ¿y qué encontramos? ¡Un montón de sobreinformación! Debates polarizados, artículos que nos convencen de una postura hasta que el día siguiente leemos otro y matizamos, y lo vemos diferente, y leemos un tuit de los que tiene 1000 likes y nos convence de lo contrario. ¿Un sindicato de prostitutas es emancipador o esclavizante? ¿Va antes la lucha de clase o la antirracista? ¿Los chistes de gitanos son libertad de expresión o discurso de odio? ¡Qué lío! Pero decídete, toma posiciones y defiende tu verdad antes de que vengan los otros, los del discurso hegemónico y extienda su virus. ¿Es que las de este lado nunca nos vamos a poner de acuerdo? Decídete.

O quizás no. Quizás lo contrahegemónico sea ese dudar, ver los matices, problematizar y escuchar para buscar soluciones y. tomar conciencia de que nuestras convicciones tienen mucho que ver con el lugar que tenemos en el sistema-mundo, el territorio que habitamos, el género, los gustos, las facilidades económicas que haya o no tenido nuestra familia, nuestro estado de salud o el fenotipo que nos acompañe. Y sobre todo, ver que las creencias de quien tenemos en frente y con quien nos tenemos que poner de acuerdo en el discurso contrahegemónico nacen de sus vivencias, que no son las nuestras.

No es relativizar, marcamos nuestras líneas rojas, buscamos la vida digna de todas y el fin de las opresiones, pero hasta llegar allí vamos a tener que escucharnos y ponernos de acuerdo.

Aquí os dejamos info para darle vueltas a las convenciones, ver una realidad poliédrica y construir estrategias de discursos a la altura de las circunstancias que enfrentamos. ¿Es la salida a la monarquía una república estatal? ¿Podemos soñar algo más? ¿El discurso sobre la migración debe ir más allá de la compasión y del buenismo y hablar de derechos y autonomía? ¿Los programas políticos verdes son suficientes para afrontar el cambio climático?

Dudad, porque dudar es el primer paso para escuchar y dialogar.

Frente a la indiferencia que nos intenta contagiar el sistema para que seamos sumisas productoras y consumidoras, nos plantamos. Somos responsables del territorio y del momento que habitamos, no nos creemos sus cuentos. Construimos nuestro relato colectivo escuchándonos. Y, un curso más, nos proponemos el reto no de vencernos, sino de convencernos.

Los ejes de mi carreta

Porque no engraso los ejes, me llaman abandoná, si a mí me gusta que suenen, pa qué los quiero engrasar. Atahualpa Yupanqui

Mujer, blanca, europea, licenciada, de barrio, mayor de cuarenta, no madre, feminista, crítica, sin tacón, de cuna humilde, habiendo tenido acceso a la cultura, gamberra, andaluza…

Son tantos los ejes que me atraviesan que me siento un acerico.

Rara es la vez que me asome al balcón del editorial de El Topo y no desvele asuntos relacionados con mi identidad, con quién soy (más o menos), con las mimbres que han ido configurando mi existencia y la manera (acertada o no) que tengo de mirar al mundo.

Así, que yo sepa, me atraviesan al menos los ejes propios de mi condición como mujer en el mundo, criada en barrio periférico, feminista y mayor de cuarenta años. También me atraviesan los ejes de licenciada, de mujer blanca europea heterosexual y clarita de piel, de haber tenido acceso a cierto «nivel cultural» bien visto y reconocido en el pensamiento hegemónico. Me atraviesa el eje de ser andaluza (muy grasiosa para el resto del Estado), el eje de participar activamente en colectivos sociales que buscan (o al menos eso pienso yo) la vida buena para todas las personas presentes y futuras y, por supuesto, el de haber decidido de manera consciente no querer ser madre…

Sí, podría sonar (y de hecho algo de esto creo que tiene) un pelín ombliguista. Pero me parece fundamental ofrecer una pista, al menos, que me sitúe como punto emisor de cualquier tipo de información. Ofrecer estas pistas es un ejercicio de honestidad-presunción-aumento de vulnerabilidad que provoca la legitimación-deslegitimación de mi discurso en función de la situación relativa de las personas receptoras en estos ejes de identidad que me cruzan.

Y todo esto me lleva a pensar en una suerte de disputa por los privilegios.

Tengo claro que frente a un hombre blanco burgués europeo de mediana edad (y encima medio leío o medio estudiao) poco tengo que hacer, al menos en la mayoría de los contextos. De manera sistemática se permitirá la licencia de ningunear mi discurso siempre que no vaya en línea con el suyo. En esos momentos me siento como si vivieran en mí todas las formas de opresión. Me deslegitiman por «radical», por «histérica», por «intolerante»… Me frustra profundamente la imposición de la mirada hegemónica, ya sea mediante actitudes autoritarias o, no sé si peor, con actitudes paternalistas que me confunden y exasperan cuando me dicen que sí, que piensan igual que yo, pero que la estrategia tiene que ser otra y que los discursos radicales mejor para otros contextos donde se conozcan y compartan…No puedo evitar que me re-suene a Aznar diciendo que él también habla catalán en la intimidad. El caso es que siempre (y creo que no es por casualidad) los ejes ideológicos que colocan la vida en el centro quedan relegados, supeditados a lo que se considera «importante».

Pero la cosa cambia cuando el contexto me favorece, cuando los privilegios me arropan.  Cuando los ejes se inclinan situándome en lo alto del balancín. Donde me coloco cuando estoy frente a personas que aun siendo exterminadas y desposeídas de sus territorios de origen siguen celebrando la vida, existiendo y resistiendo. Donde estoy frente a personas que están siendo sancionadas o directamente masacradas por reivindicar un mundo mejor. Donde soy cuando en mi anhelo por un mundo feminista, lo más profundo de mis entrañas expulsa a mis compañeros hombres cis-; cuando ejerzo violencia aunque no sea verbal o física…

Así me veo continuamente, con la necesidad de revisar a quien me oprime y de mirarme lo mío para ver a quién oprimo yo. Ofú, qué tensión…

Total, que me coloco y me siento como una equilibrista desestabilizada por los privilegios propios y ajenos, con vértigo de caerme sin saber si hay red. Y, en caso de que la haya, ¿qué representa?: ¿apoyo?, ¿protección?, ¿tela de araña?…

De momento, mejor no engrasarme los ejes para que sigan «sonando», a ver si así me sigo manteniendo alerta…

El azahar es anticapitalista.

La primavera no llega hasta que no huelo el primer azahar. De repente. ¡Bimba! Un sopapo de olor en toa la cara. Ya es primavera; y en la calle, nada de centros comerciales. El equinoccio aquí no pinta nada. La primavera es variable. Variable porque hay veces que pasa en febrero. Escuchando carnavales, en mangas cortas y oliendo a azahar. Otros años no llega hasta que empieza la rave de dios. Variable porque no llega hasta que no se siente. La primavera no es una estación. Es una actitud.

Las personas que saben de esto de la temposensitividad, como Alberto del Campo y Ana Corpas en su libro “El Mayo Festero”, dicen que las culturas agro-ganaderas tenían una concepción cíclica del tiempo. Esto es, que ajustaban sus actividades productivas y de divertimento a los cambios de tiempo y otros ciclos de la naturaleza. Lo hacían puesto que dependían de ella. Así, la longitud de los días, las diferencias de temperatura, la ausencia o presencia de precipitaciones, la predominancia de los vientos o los ciclos lunares, condicionaban las actividades agrarias o ganaderas pero también los rituales festivos que se distribuían a lo largo del ciclo anual y en relación con las actividades productivas.

Esto de la concepción del tiempo parece ser que cambia, como tantas otras cosas, a medida que el capitalismo comienza a instaurarse como ideología y modo de (re)producción. La industrialización, las tecnologías y la concentración de población en zonas urbanas, serán algunos de los factores que inicien la brecha entre lo que conocemos como el mundo rural y el mundo urbano; entre las culturas que seguían arraigadas al tiempo que marcaba la naturaleza, y las que pretendían dominarla para adaptarla a los procesos productivos, ¡qué ilusxs!

Sin embargo, este proceso no se dio del mismo modo en todas las ciudades y pueblos de Europa. La temposenstividad popular fue eliminada con anterioridad y eficacia en lugares con influencia de la ascética protestante y la razón ilustrada. Perduró sin embargo, en aquellos lugares en los que la iglesia católica optó por la estrategia, probablemente inconsciente, de jugar con los símbolos que ya existían, adaptando sus rituales litúrgicos a la temposensitividad agrofestiva pagana inspirada en los ciclos de la naturaleza. De esta forma, la iglesia consiguió naturalizar el hecho cristiano pasando a ser el orden natural de las cosas. Aunque también es cierto que, este sincretismo pagano-cristiano será una fuente de conflictos histórica entre aquellos sectores que convienen que hay que erradicar todo rastro de prácticas paganas y los que consideraban imprescindible acercarse a las comunidades usando sus tradiciones y símbolos.

Pero volvamos a la bofetá primaveral del azahar. La experiencia sensorial urbana del azahar es, desde la perspectiva de la temposensitividad, un acto que me re-engancha por un instante con los ciclos naturales, y por tanto, que me saca de la concepción lineal del tiempo impuesta a partir del advenimiento del puñetero capitalismo. Fijar la entrada de la primavera a su floración es, además de una sevillanía que me da urticaria, una formar de marcar el inicio del fin. La primavera marca el colapso de nuestras agendas con eventos, relíos y ebullición antes de que el azahar muera achicharrado. Antes del estío, de la huida a la playa, antes de emboscarse en las sombras de las persianas. Todo coincide en primavera, porque la primavera simboliza el tiempo de fertilidad activista. Todo coincide en primavera porque el verano es la muerte social de la ciudad.

El azahar es anticapitalista. Disfrutar de él, pararse a olerlo, se convierte para mí en un acto de resistencia íntima, mínima y quizás insignificante, pero la mar de agradable.

Si paramos se para el mundo


En el editorial del pasado número 8, ¡ojú, hace ya tres años de eso!, la topa Tabernaria nos hablaba de «esa cosa escandalosa», término que utiliza Amaia Pérez Orozco parafraseando a Donna Haraway, para describir al sistema que regula nuestra existencia —capitalista, heteropatriarcal y fagocitador de vida. Ese bicho que nos inocula virus normalizadores de hechos tan repudiables como que, por ejemplo, el gasto militar del pasado 2017 fuera de 22 758 millones de euros, de los cuales más de 15 100 millones son ocultos, mientras que en Sanidad y Educación se perdieron, respectivamente, 4093 y 2525 millones de euros. Y para apuntalar esa normalización, pues nada mejor que un buen acuerdo de colaboración entre los ministerios de Defensa y Educación para adoctrinar a las estudiantes de Educación Primaria y Secundaria en los símbolos nacionales y en la defensa de España. Sí, amigas, todo parece indicar que «esa cosa escandalosa» sigue estando muy viva y esta consiguiendo proezas notables a nivel planetario. ¿Sabéis que el Ártico devendrá, con un alto grado de certeza, completamente navegable en el verano de 2020? ¿Qué os parece? Y aún hay gente que se pregunta si esto tendrá algo que ver con la «Bestia del Este» que nos ha azotado climáticamente las últimas semanas. Pero miremos el lado bueno del calentamiento global, y es que también se llevará por delante a ricos y fascistas. ¿Dije fascistas?, otra perla que nos llega estos días es el cierre, con toda normalidad democrática, de la campaña electoral de los neofascistas de CasaPound frente al Panteón de Roma. Este movimiento de ultraderecha debe su nombre al poeta norteamericano Ezra Pound, simpatizante fascista. El fascismo vuelve a campar a sus anchas en Europa atizado por los discursos xenófobos, racistas y nacionalistas de la praxis partidista, cuyo caldo de cultivo es la crisis que vive el continente, con millones de personas desempleadas, precariedad laboral y caída del nivel de vida de la población, gracias otra vez a los méritos de la «cosa escandalosa». Antifascismo, ecologismo y antimilitarismo, son luchas necesarias e históricas que de forma sectorial vienen trabajando por la justicia ecosocial desde sus diferentes ámbitos. Es un hecho que en la actualidad estas luchas son bastante minoritarias, están a menudo muy fragmentadas y son demasiado débiles en comparación a lo colosal de las problemáticas que intentan abordar. ¿Tiene sentido seguir trabajando de manera sectorial? ¿Son las luchas tantas y variadas que desbordan la capacidad de acción de los movimientos sociales? ¿Existen movimientos que estén consiguiendo una base social amplia abordando las problemáticas de manera multidimensional y compleja? El pasado 8M tuvo lugar una huelga general de cuidados, consumo, laboral y estudiantil: La huelga feminista. Esta segunda huelga de mujeres, la primera fue en 2017, alza un grito global, transfronterizo y transcultural. Es este un movimiento internacional diverso que planta cara al orden patriarcal, racista, capitalista y depredador con el medio ambiente, y que propone otras vidas y otro mundo radicalmente distinto. Además de las luchas contra las violencias machistas y por el derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida, están en la brecha por la justicia social, la vivienda, la salud, la educación, la soberanía alimentaria y el laicismo; contra el extractivismo y los tratados de libre comercio, la explotación y muchas otras luchas colectivas. Porque también son antimilitaristas y están contra las guerras y las fronteras; contra los Estados autoritarios y represores que imponen leyes mordaza y criminalizan la protesta y la resistencia feminista. Sí, amigas, la revolución social kurda de Rojava también es feminista. ¿Conocéis algún otro movimiento con ejes de lucha y propuestas tan transversales y sistémicas? El movimiento global feminista, a pesar de todos sus debates y disonancias internas, es el único que parece estar golpeando donde le duele al orden establecido. Ellas han situado a «esa cosa escandalosa» en el epicentro del seísmo civilizatorio que nos azota. Golpeemos con ellas.

Aquí, ahora

Este 2017 fue especialmente hipócrita, al punto que por momentos me hizo pensar: “esto es una joda (una broma), no puede ser que la gente ‘realmente crea’ que esto es de verdad… o lo considere serio” (la náusea se hizo permanente cuando noté que era cierto. La gente lo cree). Empezó con los medios de comunicación hegemónicos demonizando al millonario y presidente de EEUU Donald Trump por sus promesas de alargar el muro (ya existente) en la frontera con México, al tiempo en que esos mismos medios naturalizan o cuentan “a modo de anécdota” el horror de lxs miles de migrantes en el mundo, que son detenidos por cercos, muros, policías, militares, detenidos por las ideas reaccionarias distribuidas por esos medios. Nos “taladraron la cabeza” con Venezuela la primera parte del año (¿qué pasará ahora en Venezuela?) para saltar luego a la “cuestión Catalana” que batió todos los récords de hipocresía y cinismo al criminalizar al pueblo catalán en nombre de la “España unida”, que tuvo como resultado, entre otras miserias, las banderas españolas (made in China) colgando de los balcones (¡¿de qué España me estás hablando?!). El colmo de la amnesia colectiva. El absurdo de la negación de un pasado reciente, de una “España” en guerra, que corre por las venas de la gente, pero que la derecha y lxs muchxs cuerpos, corazones y mentes fagocitadxs por los (aparentes) beneficios del sistema, pretenden olvidar. “Hay que mirar al futuro, el pasado no tiene nada que decirnos” (mantra muy exitoso del marketing político con el que viene arrasando la derecha neoliberal en América Latina, de la mano de empresarios millonarios como Macri en Argentina o Piñera en Chile).

El escenario es desalentador (pienso): “mejor me borro de las redes sociales, no leo nada, no veo nada, basta, qué basura”. Y justo en el transcurrir de esos pensamientos inútiles, me asalta la sensación (bien adentro, entre rabia, pasión, furia y amor) de que no puedo “hacer de cuenta que no pasa nada”. Este cuerpo, este pensamiento, este corazón late por eso. Porque mi memoria no tiene tecla “suprimir”. No me hace falta leer el diario o ver la TV para recordar, pensar ahora, ya, cómo estarán librando la lucha cotidiana las mujeres en Siria, en el “paisaje” de guerra/posguerra que les dejó “la comunidad internacional”… o cómo estarán en Irak, con tanta “asistencia internacional” que ha llegado después de la tierra arrasada por luchas imperiales de décadas (y de paso pienso… ¿cuánto habrán facturados las principales empresas de armas este año? ¿Quiénes habrán sido sus principales clientes?¿Qué dice la ONU de esto? Seguro, nada). Y sigo: ¿qué hacen las mujeres en Guatemala, en las zonas rurales, donde la malnutrición es “la tortilla de cada día” (que no está)? ¿Qué pasa con las mujeres en México, con familias y comunidades desgarradas por el narcotráfico y la migración, en un narco-Estado represor? ¿Y las mujeres en Andalucía, cuando experimentan cotidianamente el “espejismo” del pertenecer a una Unión Europea que condenó a algunos espacios (“más atrasados”) a especializarse en “servir” a lxs otrxs? (lxs que vienen de los lugares “exitosos”, donde la gente tiene más tiempo y dinero para el ocio (en las playas o sierras de la periferia).

¿Qué hacen las mujeres… qué hacemos? (pienso): Le ponemos el pecho a las balas. Siempre. No importa dónde, cómo, ni cuándo. Pero, ojo. No esperen leer sobre estas hazañas permanentes, estas heroínas de la vida, en el diario, o verlas en la tele… ahí prefieren hablar/reproducir en serie a chicas “famosas”. Las que no hacen ruido. Las que se acomodaron y fueron lobotomizadas por el “éxito”-capitalista-machista. No importa. Aquí en La Topo, en este número ¡AQUÍ, AHORA! le ponemos palabras, vida, sensaciones, emociones, cuerpo, mente y corazón a nosotras ¡Disfrútalo y compártelo!

4 años

Hoy, o ayer o hace unos días, depende de cuando leas esto, El Topo ha cumplido cuatro años de vida. Cuatro años cavando galerías para hablar de acontecimientos, propuestas, luchas, denuncias, reflexiones y análisis de un modo diferente al de otros medios. Hemos intentado conocer lo que ocurre más allá de los titulares y dar voz a diferentes versiones de las historias.

Pero más allá de la retórica, parémonos un poco y, como si fuéramos un medio convencional convencido de que la ciudadanía solo entiende de datos, pensemos en lo que significan estos cuatro años en números. Las cifras son relativas, de eso no cabe duda. Para una vida humana cumplir cuatro años es prácticamente empezar a vivir, en cuatro años haces una carrera, una relación de cuatro años puede ser eterna o un suspiro, cuatro años en guerra son el horror, cuatro años en la cárcel una locura, cuatro años de enfermedad son terribles o aceptables según como acaben; una hipoteca de cuatro años es inimaginable y cuatro años sin hogar son una tortura. Cuatro años para un medio local, autogestionado y en papel, es prácticamente un milagro.

Desde aquel noviembre de 2013 en que este periódico asomó su hocico por primera vez en Tramallol, hemos publicado 25 números, mil ejemplares de cada uno, que han salido llueva, truene o haga un calor de 45º cada dos meses exactos. Ni una vez ha fallado. Siempre ha estado ahí, a vuestro alcance, aunque haya tardado en llegar o alguno se haya perdido por el camino.

Durante todo este tiempo hemos lanzado más de 560 artículos escritos por personas, expertas de una u otra forma, que han colaborado con el único interés de compartir su conocimiento. Hemos contado con alrededor de 400 ilustraciones —uno de los marcadores de identidad del periódico— cedidas por sus autorxs para acompañar los textos. Sin la colaboración de todxs ellxs, El Topo no existiría. Como tampoco existiría sin el trabajo, a veces invisible, de todas las personas que han estado y están detrás de este proyecto ideando, debatiendo, proponiendo, coordinando, escribiendo, traduciendo, revisando, maquetando, cocinando, limpiando, escuchando o cuidando. Es nuestro cumpleaños y queremos regalar a todo el equipo este reconocimiento. Gracias compañerxs, somos un equipazo.

El Topo no hubiera sido posible sin el esfuerzo y las ganas de todas ellas, pero, si hay algo que de verdad ha posibilitado el milagro de los cuatro años, son lxs suscriptorxs y las entidades asociadas. Sin el apoyo de ambxs el proyecto no podría sobrevivir. Somos un medio pequeño —aunque con más repercusión de lo que a veces pensamos a juzgar por el seguimiento en esas redes sociales que nos controlan tanto— y queremos seguir siendo independientes; queremos seguir publicando artículos como los que publicamos con absoluta libertad. Llevamos cuatro años rozando las 300 suscripciones, pero necesitamos superar ese número para garantizar la supervivencia del periódico. Durante este mes de noviembre hemos lanzado una campaña para buscar más apoyos y alcanzar esos 300 antes de llegar a este día, el del aniversario, y podemos decir que eso lo hemos conseguido. Gracias a quienes habéis empezado a colaborar con nosotras y gracias a quienes habéis contribuido en la difusión de la campaña. Gracias también a los compañeros de Editorial Barrett por cedernos sus libros para regalar a las nuevas incorporaciones. Gracias, de corazón, por creer en nosotrxs, pero no podemos quedarnos ahí. Nuestra intención es seguir muchos años más cavando galerías y contando lo que queréis que contemos; y para eso seguimos necesitando vuestro apoyo y el de más gente. Queremos seguir con el milagro, y hoy, en nuestro cumpleaños, nos atrevemos a decir que ahora vamos a por las 400 ¿nos ayudas? #SuscribeteAlTopo

AGENDADEPENDIENTE

Que esto no es un editorial te lo decimos desde ya, que luego nos conocemos. Así que no esperes leer «un artículo no firmado que expresa la opinión de la dirección del periódico». Aquí escribe y firma una topa. Por no haber, no hay ni dirección —últimamente andamos roneándole al triunvirato— y, sin ella, tenemos el norte muy claro (y el sur ni te cuento). Pero, eso sí, sé que hablo por muchas y eso me envalentona a soltarlo: soy agendadependiente.

Ya está encargada: portada personalizada con un dibujo de LaMari, calendario menstrual, hojas en blanco atrás para que haga las veces de cuaderno de reuniones, con anillas para que no se rompa del tute de todo el año, pequeña, que ha de entrar en la riñonera, y, eso sí, que me permita en un golpe de vista ver cómo tengo la semana y el mes, eso es indispensable.

La agenda es la vuelta al ritmazo mientras aún se nos cae el salitre del cuerpo.

Toca sincronizar calendarios y hacerle huecos a todas las agendas: la política, la amorosa, la profesional, a lxs amigxs, los amores y a una misma. Por si esto fuera poco, todavía nos caben también actividades extraescolares, que somos topas e inquietas.

De papel o digitales, volver a las agendas en septiembre es como si el reloj volviera a la muñeca. ¿Recuerdas cuándo te lo sacaste? Yo sí. Quiero pensar que decidí que el tiempo no debía imponerse, que lo urgente devora lo importante y que no quería esa condena. A ratos creo que el reloj salió cuando entró el móvil, sin más.

En septiembre vuelven los plazos y de nuevo todo es para ayer. Vamos tarde. Entregas. Cronogramas. Y aunque a ratos es verdad que las galerías se llenan de topxs saturadxs, cada vez más andamos con la mosca detrás de la oreja y se impone cierto sentido común que nos dice que el ritmo puede ser otro, pensado y respirado.

Y es por esto, por el poder parar a pensar en los cuándos y en los cómos, que yo soy una agendadependiente. En ella veo si la semana ya está sobraíta y toca decir que no se puede con más, que no se quiere, que para la semana que viene, y ponerse una por delante, por mí primera y por todas mis compañeras, justo eso. En ella ves también esos huequitos que se saborean meses antes, huecos en blanco, para nada y para todo. Algún aniversario importante que celebrar, juicios que vienen, presentaciones a las que asistir, conciertos ricos, encuentros, escapadas… Lo que está por venir, un otoño en el que seguir agendando excavando juntas.

Llegadas a este punto, dependiente emocional de mi agenda, sí, pero esto no pienso mirármelo.

TODO ESTO ANTES ERA VERANO

Número de julio del Topo. Pichilín. Playa. Sol. Verano. La cadena de asociaciones va saltando de una imagen a otra. Saltando como un gato que se despereza. Imágenes cálidas con bordes de salitre. Verano.

El verano es el territorio donde expandes los límites cuando eres pequeña. El lugar donde puedes amasar horas de chicle y beberte el tiempo un rato a sorbitos y otros a buches ansiosos. Lo que no es de recibo es que sea sólo una tierra de nostalgia, algo que se nos escurre entre las manos y tenemos que meter en fotos para poder mirarlo con penita chica cuando ya no es. No me parece justo. Ni saludable. Yo lo que quiero es vivir en un constante verano.

Eso no significa que quiera vivir abrasándome día sí, día también a los 45º de nuestra querida Hellvilla, ni que quiera pasar la pre-siesta viendo incendios en televisión (besos a Moguer, Doñana y los que quedan por caer). No significa que quiera pasarme días y meses tirada a la bartola. Vamos te lo digo yo que cuando veía los anuncios de la vuelta al cole me daban cosquillitas de inconfesable felicidad. Que me daba subidón forrar los libros y cuando empezaba el curso me había leído un cuarto del temario. Que no es de eso, en serio. Lo que pasa es que a mí, llamadme loquer, cuando escucho eso de la vida en el centro, en lo que pienso es en el verano.

Verano como un espaciotiempo fluidito donde las horas no van asignadas por lotes a tareas impuestas (o autoimpuestas que lo de autoexplotarnos se nos da fetén). En verano el tiempo puede parcelarse, reagruparse y dividirse en tantas porciones como decidamos. Cada mañana podemos agendarnos sabiendo que hay espacio para sorpresas, caprichos o desganas.

Yo quiero ser la jefa suprema de mis días. Hacer asambleas con todas mis yos para ver cómo nos organizamos la jornada. Celebrar conferencias internacionales con el mundo exterior y elegir dónde quedamos para establecer alianzas e intercambiar altos secretos. Poder decidir cuándo y con qué quiero ser productiva y en qué momento emular a Lafargue y exigir mi derecho a la pereza. Poder hacer la compra cada día y no tener que aprovechar la única tarde libre de la semana para limpiarcomprarcocinarcongelar. No tener que arrastrar a niñxs de la mano diciéndoles: “no te entretengas”,  “anda más rápido”, “venga que llegamos tarde”.

Yo no quiero que vivir sea un kit kat excepcional que sucede una vez cada once meses. Yo quiero venir al Pichilín un martes por la tarde, regalarme un día de playa aunque el sistema que nos aguijonea me diga que no toca. Pasarme la mañana del miércoles preparando  batidos porque los plátanos estaban de oferta en la frutería de abajo. Poder decir: “¿A qué quieres jugar esta tarde?

Una día de verano estaba paseando por la playa de Cádiz cuando empieza a atardecer. A esa hora en que la gente empieza a irse y es justo cuando se está tan agustito que tú dices: “Si, vale debería de irme, pero estoy  en el summum de la felicidad croquetera”. No recuerdo quién iba conmigo pero me contó que su madre a eso le llamaba ‘la hora de los ricos’ porque era la hora a la que la gente con dinero antiguamente bajaba a la playa para no coger todo el solano y porque no tenían que salir corriendo a preparar la cena y quitarte el salitre y la arena a lxs niñxs. Claro, dices tú, a eso debe saber lo de ser rico, a disponer de tu tiempo. A verano.

Los cuentos del África misteriosa

Yo soy aquel negrito del África tropical (letrilla de un anuncio de alguna multinacional)

Mi padre ha supuesto en mi existir una presencia muy controvertida. Mucho de lo que soy tiene que ver con nuestro entrecruce de existencias. La misma persona que me hizo aborrecer un sistema patriarcal que maltrata e impone, también despertó en mí el interés por la lectura, la política, otros mundos y otras gentes. Fruto posterior de esta interacción multipolar, también fue la necesidad adherida de cuestionar la información recibida por mucho que la persona transmisora de esa información simbolice y corporice una figura de poder.

Mi padre, fue mi padre y fue paraca en el Aaiún —capital de la república árabe Saharaui Democrática hoy ocupada por Marruecos—. Quizás por esa razón cuando en las noches de verano nos hacinábamos todos en mi cuarto, único en el que corría un poco de fresco, nos contaba los cuentos del África misteriosa. Siempre había selvas, o desiertos, una princesa que sospechosamente se llamaba Ana María y un padre fuerte y valiente que la salvaba de todos los peligros. Nada nuevo bajo el sol. El caso es que esos son los primeros recuerdos que tengo del continente que se extiende al sur del Sur, y del que hoy por hoy sigo teniendo casi el mismo des-conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo son las imágenes de niñxs con los vientres hinchados que mostraban los telediarios estatales de los 80. Y desde entonces hambre, guerra, «subdesarrollo», muerte y destrucción, o por el contrario exotismo y ornamentación. Estas han sido las etiquetas que han acompañado a la información que desde los medios de comunicación me han llegado sobre África. Haciendo memoria también recuerdo un listado de países y capitales, único aprendizaje que me ofertaron en el colegio sobre el continente africano.

Este año participé en una mesa redonda dentro de unas jornadas tituladas «Repensando África» que organizaba Alianza por la Solidaridad. Mi misión era compartir mi experiencia y visión entorno a los movimientos sociales en Andalucía. Puedo asegurar que me sentí más Topa que nunca, pero Topa por infiltrada, o más bien gazapa, en definitiva que me sentía una intrusa. Al menos me dio para asomar un poco el hociquillo y descubrir, escuchando y conversando con mis compas, que por un lado no tengo-tenemos ni idea de lo que realmente sucede, y que por otro están pasando muchas cosas y muy interesantes que no trascienden a este lado del estrecho y de las que tenemos mucho que aprender.

La incorporación de otras voces, miradas y sentires inevitablemente cuestionan y rompen con las visiones hegemónicas que han configurado (y siguen configurando) mi-nuestro imaginario sobre África.

Escuchar estas otras voces revela que África desafía (no sé si de manera consciente o inherente) y que quizás esta es una de las razones por las que se hace el esfuerzo por parte del establishment (patriarcal y capitalista) de volverla invisible, maltrecha o meramente ornamental. Surgen otras dimensiones de la imagen plana recibida, que muestran una África subversiva que recupera el poder sobre los cuerpos (o quizás no lo perdieron del todo), que subordina la economía a las relaciones humanas, que se organiza para recuperar las tierras arrebatadas por parte de las transnacionales bajo el beneplácito de gobiernos cómplices…

Sé que mi análisis vuelve a ser plano, vuelve a hablar de África como una sola, sin atender a que es un continente que triplica el tamaño de Europa con 54 países y 1000 millones de personas en su haber. Y que tampoco se trata ahora de recrear el mito del buen africano, porque el capitalismo lo ha copado todo y atraviesa mentes, cuerpos y deseos en cualquier área del planeta al que hayan llegado pantallitas de luz y color. Pero lo innegable es que de pronto se revela como un lugar hacia el que mirar y no desde la compasión, sino desde la admiración que en su momento generaba América Latina (y que sigue generando), así que esperemos que la cosa se siga poniendo bastante negra[1]


[1]     Sabemos también que en África la tonalidad de las pieles es multicolor…

Manos a tierra

(…) levantándolo de abajo hacia arriba y después moviéndolo de arriba para abajo, levantándolo por las piernas, inclinándolo para atrás, y de nuevo levantándolo. En todas las posiciones el niño conserva sus ojos bien abiertos. Secos como el pañal nuevo.

Clarice Lispector

Deja que te mire fija bocabajo.

Carmen Camacho

Cuando le digo que hay dos posibilidades, su respuesta es una idea más: cita a ciegas. Son cosas de los tiempos, me digo. Los tiempos, sí. Los tiempos, primero, por aquello de que vamos tarde. Tan tarde vamos que terminamos por insinuarle a la ilustradora un par de palabras, sin más contexto que el blanco que las rodea en la pantalla. Los tiempos, segundo, qué tiempos estos para citas a ciegas, oiga. En fin, le di dos opciones y escogió la segunda.

Bocabajo, dijo.

Bocabajo. Y aquí estoy, preguntándome cuál de las superficies de mi casa me ayudaría a estar con la cabeza colgando, las manos libres y el cuaderno a una distancia prudente para poder seguir, escribir. Y aquí estoy, preguntándome si a esta altura alguna lectora estará buscándole la vuelta a la silla –o al banco del parque, o al columpio de turno– para saber cómo es eso de leer bocabajo.

Y así comienza la lectura. «A pie de tajo»nos lleva a «la lucha de la Marea Blanca en Andalucía» y Guntero Alter pasa una noche en Eurasia; un manojo de preguntas viajan a su lado camino de Japón.

«Ciclos biológicos: violencia sanitaria» nos invita a ponernos bocabajo para ver qué se encuentra una cuando levanta la alfombra del sistema sanitario, si de fármacos se trata.

En «Sostenibili-qué»aprendemos de Paco Volante, el protagonista del documental Vidas suspendidas, quien consigue hacer frente a las amenazas que sufren las dehesas –por supuesto, a mí no se me ocurre nada más entretenido que colgarse un buen rato, con sol, de la rama de una encina–.

Pero es pasar la página y es un retorcerse el cuerpo, incómodo, doliendo, en la silla. Por lo que «Está pasando» –escrito en Argentina, aunque «todo es cerca en este tema porque vivas nos queremos, y cuánto nos queremos»–. Y porque también en la Universidad –la nuestra– se suceden, una y otra vez, las situaciones de abuso.

En «SOS sanidad pública» volvemos a las movilizaciones de la marea blanca en nuestro sur. Mientras tanto, «Los señores de la guerra eligen Madrid para su feria de armas»: la industria de armas es parte de la estrategia militar de los estados y aquí han decidido montar su fiesta. En política internacional viajamos a México: tras varias subidas del precio de la gasolina y una crisis económica y social que dura años, «la tormenta se agrava,» dicen los zapatistas, y abajo los pueblos se organizan para enfrentarla.

En «La banca pierde, las personas ganan», aprendemos de cláusulas suelo, de por qué son nulas y si los bancos españoles devolverán el dinero cobrado de más. Por otro lado, «Malla» es una red de soporte y denuncia con la que afrontar de manera colectiva la represión y la criminalización de la protesta. Contra la banca y contra la represión, la gente organizada se empeña en poner patas arriba, al menos para empezar, a los enemigos.

Con ese ánimo vuelvo a mi rollo del bocabajismo: «¿Viva el barrio o vive el barrio?»Con el debate que se abre, recupero el tono juguetón y lo que veo es una asamblea del revés, los pies arriba, las bocas hablando cerca del suelo. Lo que sigue es la página más literaria, y así nos escabullimos de la asamblea y andamos, a ver qué nos encontramos… «miedo, solo, gente que juega». De fondo, sonaría un jazz, la música que impulsa Assejazz, desde 2012, en Sevilla.

Y nos damos un paseo por Granada y recordamos la lucha de La Casa del Aire. Y el jazz sigue mientras charlamos sobre «La cara oscura del capital erótico», que nos trae otra vez al cuerpo, a su carga simbólica, a la obsesión por controlarlo, modelarlo.

Y aquí termina este viaje. Un poquito mareada, me quedo pensando que está la mar de bien tener los pies en la tierra y pisar con certeza. Pero que nunca está de más pararse un ratito del revés, y mirar el mundo con el cielo abajo. Con el suelo cerca de los ojos. Darse la vuelta y mirar el otro lado, desde el otro lado, tocando el suelo con las manos –o incluso, por qué no, con la cabeza–.

Por ahora vamos ganando

Todavía somos más listas que los malos, por ahora vamos ganando. ¿Qué cree, que peco de optimista? Quiero decirle que tiene ante usted una publicación autogestionada, cargada de tiempo y energías militantes de muchas personitas que ven las falacias que nos imponen los malos e intuyen dónde están las salidas. Usted también es más lista que los malos, y si siente una cosquilla en la barriga que le impulsa a leer esta publicación es que el mundo nuevo se está abriendo paso desde su píloro.

Pero con los pies en la tierra. Nos sabemos atravesadas por la precariedad, hemos escuchado muchas veces la venenosa frase de «si tú no haces este trabajo en estas condiciones, vendrá otrx y lo hará». Pero, como nos cuentan las compas de la plantilla de Ikea, sabemos que el antídoto es la solidaridad y la movilización. Y es que somos gente que pensamos y no nos engañan sus contextos.

Los malos son muy malos. Siempre andan intentando enmascarar sus vergüenzas. Nos han mentido tanto que hasta se inventaron nuestros cuerpos, nos dijeron cómo debían comportarse y cómo debían ser, pero sabemos desmontar mitos, reapropiarnos de nuestros cuerpos y reivindicar el orgullo menstrual. Y después van de buenos, y nos cuentan que su progreso nos salvará de todo, sus ibuprofenos nos salvarán de nuestras reglas y sus macroinstalaciones de servidores de internet nos traerán un futuro próspero y sostenible. No contaron con la astucia de nuestras hackers, que saben tirar de la manta y contarnos que internet consume materias primas a raudales y que no es tal la magia sostenible que nos venden, se creerán que somos tontas.

La cosa está muy mala. Dice la tele que un excéntrico multimillonario yanqui gobierna el mundo, pero usted y yo, las listas, sabemos que el tal Trump no es más que un conserje de los malos, no hace falta más que indagar un poco en política internacional.

Y ante este panorama, plantamos cara. No es fácil, su represión es casi omnipresente, y cuando no pueden encerrarnos nos multan y persiguen nuestros proyectos, como le pasó al compañero Carrique. No saben que con su represión, las listas nos hacemos tirabuzones y que montamos redes de apoyo y cajas de resistencia y duramos más.

Nos sabemos muchos trucos, somos conscientes de nuestro tiempo y nuestro territorio. Conocemos nuestra historia más reciente, la que nos atraviesa, somos las hijas de las punkis que nunca pudieron domesticar, como nos cuenta Kikol Grau. Construimos desde lo que somos, habitantes de la colonia llamada Andalucía, hijas de la periferia que tiene un escalón más que subir para alcanzar la meta.

Eso, la meta. Sabemos lo que queremos. Queremos ser dueñas de nuestro aquí y nuestro ahora, queremos autogestionar nuestras vidas para que merezca la pena vivirlas. Autogestión, ya sabe, eso de «a mí no me dé, a mí déjeme donde haiga que ya lo cojo yo». Esto va de que la tierra, el agua y la materias primas son para quien las vive. Que sí que se puede, lea la experiencia de Montenoso mancomunando montes o la de la Fundación Nueva Cultura del Agua luchando por una gestión pública del agua.

Y vamos a seguir incansables hasta que lo consigamos, como la asamblea del 15M de Montequinto, que pasa de la moda y sigue reuniéndose en su nuevo centro social Otro Mundo Posible. Y si nos cansamos hay relevo, como la organización juvenil libertaria, andalucista y feminista Nazarí (suspiro de amor). La juventud, divino tesoro, confiamos en su desobediencia aún no domesticada y sabemos que saltando una valla de un colegio tristemente cerrado para jugar al futbol también se lucha contra la privatización del deporte.

Aquí las topas, desde abajo y tirando por la izquierda, somos retaguardia. Por debajo se ven los hilos de este tinglao de los malos y visualizamos las vías de Fuga con nuestro Luis a la cabeza de su librería, epicentro neurálgico para enlazar praxis y teorías.

Qué de cosas sabemos… más de lo que querrían. Usted y las topas tabernarias somos errores de socialización, no entramos en sus planes, pero aquí estamos, dispuestas a cortar sus hilos y, otro bi-mes más, ir creando una vida digna de ser vivida por todas.

Tabernero, hay una intrusa en mi topo

A veces estoy escribiendo y pienso que todo lo que digo son tonterías, que alguien seguro que ya ha dicho lo mismo antes y mucho mejor. No es cosa mía exclusivamente, no soy tan original con mis neuras, más quisiera yo. Tiene nombre y todo, se llama síndrome de la impostora. Podéis leer más sobre él en internet (Silvia Nanclares tiene un artículo estremecedor titulado Las niñas de la primera fila) o si miráis fijamente el centro exacto de las inseguridades de muchas mujeres que expresan sus ideas en público. Llámale inseguridades, llámale puta modestia inducida con sangre patriarcal, lo mismo es.

Total, que imaginad las fatiguitas que está pasando esta topa para escribir un editorial y no dejarme llevar por un ataque de pánico primerpaginístico. Proclive a procrastinar que es una, me pongo a ojear y hojear los artículos del próximo número. Y no puedo evitarlo, mi mente deriva fácilmente hacia el pantano de lo obsesivo, veo impostores por todas partes.

«A pie de tajo» nos da la primera en la frente con el desmantelamiento del campo andaluz. Luis Berraquero se pregunta en «¿Hay gente que piensa?» sobre la definición y los límites de la naturaleza y me deja en modo intrusa natural, rascándome la barbilla cual emoticono del Telegram (qué le hago, soy hija de mis tecnologías).

De repente, me topo con el twerking de María Cabral en «Mi cuerpo es mío», reivindicando la apropiación de nuestra sexualidad desde una óptica feminista, me paseo por sus párrafos sintiéndome un poquito menos fuera de lugar, más perra que verde. Empiezo a leer «Sostenibiliqué» y mi efímero acople con el entorno se evapora, más centros comerciales (esos impostores que pretenden ocupar un vacío cuando ellos mismos son el vacío) en Sevilla, y mi rabia explota como una burbuja (inmobiliaria). Ecologistas en Acción nos descubre también el plan de AENA para secar la laguna del Parque del Tamarguillo y evitar la proliferación de aves, esas forasteras en el cielo de los aviones.

Salto al «Está pasando» y Spideralex consigue lo imposible, dibujar un futuro idílico hablando de nuevas tecnologías, datos y control. Entran ganas de revolcarse por sus palabras e impregnarse de ese mundo que no quiero que esté lejos. Juana Vázquez se suma al grito de «Salvemos Doñana» y los impostores me saltan a la cara.

Me centro con el clarificador artículo sobre municipalismo y la ley Montoro de Jarsia, esos que se fingen abogados de bien y en realidad son virus letales en el código del sistema. «Política global» analiza el no acuerdo de paz en Colombia y el proceso lleno de pasos en falso y falsas preguntas. En «Construyendo posibles» Carmen Yuste nos lleva de la mano por el proyecto Schools for Refugees en el que trabajan con refugiados sirios en Grecia. «Desmontando mitos» me pone tierna reivindicando la vulnerabilidad y se lo brindo mentalmente a todos los falsos autosuficientes que se pasean por ahí. Juano nos abre los ojos en «Arte y Cultura» desvelando que la Bienal de Flamenco no nace de políticos impostores por más que se empeñen, sino de los propios aficionados. Santi Barber recuerda los 10 años que cumple El Gran Pollo de la Alameda, ese libro que recorre los caminos y paisajes de un montón de colectivos intrusos y acciones impostoras.

Voy acariciando el final del número con la entrevista a Miguel Ángel Rosales que nos habla de Gurumbé, un documental sobre todos los esclavos y esclavas negras que vivieron en Sevilla y Cádiz aunque nunca existieron. Paso de puntillas por las brevas mientras mi cerebro colapsa en decisiones contradictorias. Entregar el editorial. Darle al delete sin piedad. Entregar. Delete. Hola, bipolar.

A lo mejor decido no decidir nada. Lo dejo abandonado en un cajón de la redacción de El Topo, leída y no leída a la vez, publicada y sin publicar, como el gato de Schrödinger. Ese gato, ni vivo ni muerto. Otro impostor.

Lisboa

«Yo de mayor quiero ser portugués» Manuel Pérez Valero

El sábado pasado, algunas integrantes de El Topo participamos en una mesa redonda sobre medios críticos de comunicación en Lisboa. Nos invitaron lxs compas de la Feira Anarquista do Libro. La experiencia y la comida, riquísima; y riquísimo el paseo por el barrio de la Mouraria con la elegante decadencia que siempre ha tenido Lisboa y que está perdiendo aceleradamente por los procesos de gentrificación —o, más bien, de «turistificación»— que están sufriendo todas las ciudades bonitas que gustaban de ser paseadas.

Como suele pasar, prácticamente todas las personas que integraban la Asamblea da Feira hablaban un castellano digno mientras nosotras solo dimos para obrigada, guardanapos o bolinhas. O algún que otro chascarrillete mal imitando la cadencia portuguesa al hablar y usando palabras de las etiquetas de los productos de higiene que inundan nuestros baños.

De primeras, cabría pensar que el sistema educativo portugués se ocupa de que lxs jóvenes aprendan la lengua del país vecino. Sin embargo, nos contaron cómo su interés por el castellano venía por la cultura anarko-punk, que habían aprendido la lengua de Cervantes (y del Fari, y de la Pantoja) con las canciones de Sin Dios, banda que entre los ochenta y los dosmiles andaba usando la música como vía de transmisión ideológica.

Esto me lleva a pensar en qué nos educa. Pensar en Educación y pensar en el «sistema educativo» es todo uno, pero está claro que es una preconcepción errónea. Cierto es que el sistema educativo es el «ente educador» que aparentemente sigue un proceso «organizado» de transmisión de conocimientos, procedimientos, valores… Pero también nos educan la familia, lxs amigxs y el resto de personas que nos rodean, los medios de comunicación, las expresiones artísticas… Nos educa la manera en la que está organizado el entorno, ya sea urbano, rural, natural. Nos educan los colectivos sociales de los que formamos partes, las leyes…

Visto así, parece que el proceso educativo es bastante aleatorio, que todo va a depender del grupo humano que te toque en suerte, de la música que casualmente caiga en tus «orejas» o del lugar en el que se desarrolle tu existencia. Esta idea en sí tiene su parte de realidad, pero considero que —desgraciadamente— otorga un mayor «libre albedrío» a la configuración humana del que se da u ocurre realmente. La subsunción a la que el sistema capitalista ha sometido a la realidad hace que los medios de comunicación solo transmitan los conocimientos necesarios para que la maquinaria de producción se perpetúe en el tiempo; que las leyes velen por los privilegios que precisan los poderosos para que el crecimiento ilimitado sea eso, ilimitado; que el imaginario colectivo que enhebra las percepciones y la interpretación de la realidad de las personas no conciba otra lógica para organizar y gestionar los recursos de los que depende, o para organizarse entre sí; que el sistema educativo cada vez esté más enfocado a la construcción de entes productivo-consumidores sin capacidad ni posibilidad de desarrollar un pensamiento crítico, que cuestione y construya alternativas. ¿Nos hemos parado a pensar que en las mesas que se decide el currículo oficial se sientan el ejército o el mismísimo Wert? Y sobre los proyectos de enseñanza alternativa, ¿tenemos algo que decir? Diferentes metodologías y contenidos, pero ¿quién puede acceder a escuelas de estos modelos? ¿Son escuelas para todas?

Pero hoy permitámonos imaginar que seremos capaces de revertir la situación. Que nos educaremos en y desde el placer y no desde el miedo. Que aprenderemos el funcionamiento de la Vida, para relacionarnos en y con ella; que aprenderemos a construir colectivamente y a tomar decisiones que velen por un bienestar propio y ajeno en equilibrio…

Porque si bien la Educación no es la única solución, es clave en la construcción de un mundo humano mejor… Que el patio —y no el de recreo— está fatal.

Pero menos mal que nos queda Portugal.

El Topo:

Zona Temporalmente Autónoma

Hago TAZ y aparezco a tu lado Alex y Cristina

Recientemente me ha tocado frecuentar el hospital Macarena más de lo que hubiera deseado, cubriendo la cuota de cuidados que me corresponde para con la mujer que me dio la vida. Durante la última estancia en urgencias, andaba releyendo el libro de Hakim Bey T.A.Z. (Zona Temporalmente Autónoma) durante las largas, larguísimas horas de espera, para escribir, precisamente, el editorial de este El Topo que pretende revisar y revisitar el anarquismo poniendo el foco en diferentes lugares. La mezcla de contextos y estímulos (unos escritos y otros vividos) me dio mucho que pensar, que sentir y presentir.

El «pensamiento automático», configurado en gran medida por el «pensamiento hegemónico», me lleva a pensar que es precisamente la gestión estatal la que «permite» que mi madre pueda acudir a un hospital y alargar su vida. Este es un hecho incuestionablemente deseable para mí. Pero en el momento que me alejo del pensamiento automático y busco un análisis que supere la capa superficial con la que interpreto la realidad, surgen otras cuestiones. ¿Acaso esa gestión estatal no está llevada a cabo por el mismo equipo de gobierno que, entre otras infinitas perlas, recorta continuamente en sanidad mientras solo en el año pasado gastó el 40% más de lo presupuestado en gasto militar? ¿No habría otras maneras de gestionar la sanidad que no dependiera de la decisión de gobiernos que superponen la muerte a la vida? ¿Realmente no podría haber sistemas de salud autogestionados por y para la gente? De hecho, sabemos que sí, que han existido y que siguen existiendo. La cuestión es que, históricamente, los intentos de organización de grupos sociales que propusieron una gestión horizontal de los recursos necesarios para la vida y que cuestionaron realmente al Poder, han sido brutalmente reprimidos, aniquilados o borrados de la faz de la historia como si nunca hubiesen existido; o demonizados y transmutado a «diablxs comeniñxs» o «a locxs quemafábricas». O, y no sé qué es peor, fagocitados sibilinamente por las estrategias de los poderosos que imponen las reglas y como mucho permiten llegar a «amabilizarlas» temporalmente.

Pero aun así se empeñan, en el mejor de los casos, en situar las propuestas libertarias en lugares «utópicos» aun y cuando nunca se ha permitido que fueran posibles. Mientras, en esta sociedad del simulacro, se afanan en querernos hacer pensar que el «asalto al palacio de invierno», que «la toma del Poder», nos va a conducir al mundo deseado. Parece que se olvida que de esto sí que ha habido numerosas experiencias que una y otra vez han mostrado lo que tiene de falacia la propuesta.

Y en esas diatribas la cabeza me lleva a pensar en El Topo, una pequeña experiencia autogestionada. Reconozco la tranquilidad que me genera sentir que El Topo no pretende «durar para siempre», solo mientras el proyecto resulte satisfactorio. Que nos reconocemos como un laboratorio, una experiencia que, aunque sea Temporalmente, se mantendrá como Zona Autónoma. Que nuestro objetivo no es crecer, ni lo será nunca; y que quiere existir en este mundo, no en la idea de otro mundo, un mundo visionario nacido de una totalización falsa que no es sino pura fantasía. Demostrando con su hacer lo que de posible tiene lo que nos imponen como imposible.

PD: El Topo no se vende.

El que paga manda…callar

“Los Papeles de la Castellana” y el veto vigilado de los grandes medios

Hace unos días llegó a la redacción de El Topo una nota proveniente de NODO50– proveedor de servicios de Internet sin ánimo de lucro orientado a movimientos sociales- informando del aumento de visitas que se había producido en las páginas de La Marea y Diagonal (alojadas en dicho servidor) en días anteriores. Este incremento coincidía con la publicación de los llamados “Papeles de La Castellana”, una serie de reportajes, fruto de la investigación llevada a cabo por ambos medios junto a eldiario.es, sobre la amnistía fiscal en España y las formas en que las grandes fortunas del país se las han ingeniado durante décadas para escapar de Hacienda.

Hasta ahí todo normal, si no fuera porque la mayoría de estos clics procedían de grandes empresas de consultoría (algo que ocurre con relativa frecuencia, según cuenta NODO50, aunque no al nivel de estos días), así como de VOCENTO, S.A. (ABC, El Correo Vasco, la COPE) o PRISA (El País, la Cadena Ser). Medios que, curiosamente, no han dado ninguna repercusión a los “Papeles de La Castellana”.  

Es por ello que El Topo, interrumpe sus excavaciones en las profundidades del capitalismo para airear esta información que, a pesar de su interés, está siendo ninguneada por los grandes lobbies de la comunicación de masas.

¿Pero qué son los Papeles de la Castellana?

Son 38.598 documentos procedentes de una fuente anónima, recibidos a través de la Plataforma independiente de denuncia ciudadana filtrala.org y que contienen información sobre varios despachos de asesoría fiscal con sede en el Paseo de la Castellana, en Madrid. Incluyen declaraciones fiscales, correos y otros datos de grandes fortunas, empresas y funcionarios públicos. Si bien muchos de estos datos no aportan información sobre hechos ilegales, sí que dan testimonio de las prácticas poco éticas de las élites económicas del Estado. Hablamos de información que puede contribuir a comprender los sistemas y entramados que son utilizados para reducir la carga fiscal o esconder su dinero a hacienda. Hablamos de familiares del Rey o familias de grandes empresarios que se acogieron a la amnistía fiscal promovida por el gobierno de Rajoy, o de sociedades opacas para evadir el IVA como la usada por el expresidente del banco Santander Central Hispano y Unión Fenosa, José María Amusátegui. Los implicados están repartidos por todo el Estado, aunque sus asesores estuvieran situados en el paseo madrileño.

¿Por qué se interesa El Topo en difundir esta información?

El Topo es un periódico que pretende favorecer y participar en los procesos que desde diferentes contextos buscan hacer visible lo invisibilizado. Este caso parece ser uno de esos en los que, los principales poderes económicos y mediáticos están intentando acallar datos que les comprometen, que pueden hacer tambalear su estatus quo.

Es por ello que nos animamos a generar ruido en la red, sumándonos a la acción de vociferar por los cuatro costados las argucias que tiene el poder para driblar la justicia y llevarse los cuartos.

ANEXO 1. Información sobre “Los Papeles de La Castellana”

http://info.nodo50.org/Los-Papeles-de-la-Castellana.html
https://www.diagonalperiodico.net/panorama/30598-papeles-la-castellana.html
http://www.eldiario.es/papeles-castellana/

Anexo 2. Los que pagan y mandan

Principales accionistas de PRISA (fuente Wikipedia)
https://es.wikipedia.org/wiki/Grupo_PRISA

A marzo de 2015 los principales accionistas de PRISA eran los siguientes:

– Familia Polanco. 19,5%
– Ghanim Al Hodaifi Al Kuwari, empresario de Catar. 10%
– HSBC. 9,6%
– Roberto Alcántara, presidente del Grupo IAMSA. 9,3%
– Caixabank. 9%
– Banco Santander. 4,6%
– Telefónica. 4,5%
– Fondos de capital riesgo

El accionariado de PRISA ha evolucionado significativamente entre 2009 y 2015 debido a las dificultades económicas del grupo. La familia Polanco, que en 2009 controlaba el 71% de las acciones, vio su participación disminuir por debajo del 20%. En las sucesivas ampliaciones de capital entraron en el accionariado empresarios acaudalados, fondos de capital riesgo y también bancos españoles que canjearon por acciones las deudas que PRISA había contraído con ellos.

Principales accionistas de VOCENTO (fuente Wikipedia y el libro de Pascual Serrano «Traficantes de información») https://es.wikipedia.org/wiki/Vocento   http://www.akal.com/libros/Traficantes-de-informaciOn/9788496797505

– Familia Ybarra 11,077%
– Víctor Urrutia Vallejo 10,137%
– Familia Luca de Tena 10,090%
– Familia Bergareche 7,982%
– Enrique Ybarra Ybarra 6,536%
– Mª del Carmen Careaga Salazar 5,471%
– Familia Aguirre 5,016%
– Familia Castellanos 4,427%
– Eolo Media S.L. 2,000%

Bandidos, bufones, pícaras y otras formas de lucha

La clave está en que los movimientos estén vacunados y teniendo el colapso muy en mente, asuman que la vía institucional o estatal no nos va a salvar, y que por tanto sería trágicamente estúpido dejarse cooptar para ceder protagonismo a un Estado muy debilitado, casi moribundo. Manuel Casal Lodeiro

Que la revolución no será televisada[1] es algo que las topas hemos asumido hace mucho tiempo. No informarán de la lucha de los trabajadores de una fábrica de Dos Hermanas contra un ERE inhumano, ni hablarán de proyectos educativos para mujeres en el medio rural, ni de espacios sin gente recuperados para la ciudad. No. No nos lo contarán, al menos, los grandes bloques mediáticos, los cuales, hace décadas que dejaron de ser un cuarto poder.

A veces da la sensación de estar dentro de un cuarto lleno de espejos deformes que nos devuelven una realidad distorsionada. De esos de la feria que te dejan el cuerpo chiquito y las piernas muy largas.

Cuando observamos el modo en el que los narradores transmedia le bailan el agua a políticos, banqueros y dictadores (seguimos hablando de aquí, de casa, de eso que llaman primer mundo) recordamos a esos graciosos bufones haciendo pantomimas frente a un rey distraído. Que salen los papeles de Panamá, pues le sacamos papeles al «coletas»; que una mujer es asesinada por su expareja, habrá «fallecido» presuntamente. Y así con todo. Las redes, ondas y platós han sido invadidos por cuentistas que en vez de lucir cascabeles y entretener con sátiras ingeniosas, salen con tablets de las que sacan capturas retocadas.

Incluso periodistas de afamado renombre por su defensa de lo social, se ven a veces tentadas por arañar las cumbres de las cuotas de audiencia. Así lo hizo El objetivo el pasado 15M al  plantar un plató en mitad de la Puerta del Sol. Y al percatarse de que aquello no era una feria, algunxs se sintieron molestxs entre pancartas y lemas. Es que a qué loca radical se le ocurre protestar en la protesta.

Y a esta ópera bufa se suman sus señorías de juzgados de primera y última instancia con condenas que parecen sacadas de El Mundo Today: mossos d´esquadra que quedan en libertad tras matar a un hombre mientras intentaban «reducirlo» [2], una mujer condenada a un año y medio de cárcel por robar una tarjeta para comprar pañales [3] o la negativa a indemnizar por negligencia a la madre de una niña asesinada por su padre maltratador (aunque la propia ONU diga lo contrario)[4]. Todo esto es mucho más que una broma pesada de comedieta burlona. Es simple y llanamente ser cómplice de delito. Es elegir ponerse del lado de delincuentes y bandidos de traje, escaño o stock option.

En estas confluencias que nos traemos, en estos días de miscelánea y entusiasmo revuelto, nosotras las topas nos preguntamos para qué asaltar los cielos.

Con nuestros ojillos miopes miramos parriba ilusionadas, pero con un cosquilleo en el lomo. No vaya a ser que pasemos de barones de vieja casta a «varones demediados». Y se sienten de nuevo en el hemiciclo y en vez de luchar por repartir los privilegios, luchen por mantenerlos.

Se dice, por aquí en el subsuelo, que seguiremos UNIDAS luchando. Desde nuestros barrios, nuestras fábricas, asociaciones y cuerpos. Desde las casas vacías y las vidas sin dueño. Preguntándonos si eso de tener el gobierno es realmente lo que queremos. Pícaras de eterno precario que preferimos robar al hidalgo que sentarnos en su caballo.

Y si al final la revolución estalla y no consiguen acallarnos, salga o no salga en la tele, fijo que a nosotras nos pilla currando: en la plaza, o en el tajo.


[1] Kim Bartley y Donnacha Ó Briain, Chávez: Inside the Coup (La revolución no será transmitida), 2003, Documental, https://youtu.be/jRNo5hJXt8E

[2] http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/05/08/catalunya/1462731224_079073.html

[3] http://m.20minutos.es/noticia/1718104/0/emilia-soria/carcel/requena/

[4] http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/audiencia-desoye-onu-exculpa-estado-por-muerte-una-nina-manos-padre-5125839)

De galerías y fronteras

Fui piedra y perdí mi centro y me arrojaron al mar (La Niña de los Peines, soleá)

Este topo nos ha salido transfronterizo. Normal, las topas no entendemos mucho de fronteras. Cavamos nuestros túneles y pasamos de un territorio a otro sin más burocracia que la de excavar con nuestras apátridas patitas.

Este topo de taberna cross border nace de una grieta. Una grieta por la que la calle se cuela en la academia. O al revés. Desde el subsuelo, las cosas a veces no se ven tan claras. Los animalitos de UNIA arteypensamiento decidieron llamar a estas topas para una propuesta indecente: incorporarnos a la investigación «Atravesando fronteras» y formar un grupo de estudio sobre la representación en los medios de este fenómeno. Los resultados de este proceso se han colado en este número, asomándose por algunas secciones.

A veces, los topos en su deambular se encuentran frente a frente en un pasadizo con otro topo. Y recelan. Y lo miran de reojo. No se fían del todo. Es también un topo, pero los topos lo ven como otra cosa, como destopados. El discurso del miedo les paraliza y les hace ver a los otros como otros. Como OTROS, quería decir. La otredad, ese palabro.

A los académicos les gustan mucho los palabros, aunque sean académicos de calle como los que pululan por el brazo libremente armado de la UNIA, el clan arteypensamiento. Así que ni topas ni perezosas decidimos darle vueltas a cómo decimos lo que decimos de las otras. O lo que no decimos. O lo que decimos como queriendo no decirlo. Nos juntamos con mucha gente seria que se va a sitios donde los otros habitan y cuentan luego lo que ven.

Empezamos reflexionando sobre periodismo y humanidad (palabro entre palabros) con Carla Fibla, una de esas viajeras contadoras de historias. Nos acompañó en un viaje por las tácticas de los grandes medios a la hora de informarnos y las estrategias para sortearlas de quienes prefieren ver con sus propios ojos para luego contarnos lo que pasa en esos lugares no tan remotos como quieren hacernos creer.

Conocimos y hablamos con algunas de esas gentes que resultaron no ser tan serias como valientes y comprometidas, y nos explicaron algo más sobre refugiadxs, fronteras e intereses mediáticos.

Confirmamos nuestras sospechas de topas espabiladas sobre esos OTROS, al descubrir a través de Leila Nachawati la existencia de Kafranbel, un lugar que podría ser una ciudad invisible de Calvino, como la describe Rubén Díaz en su artículo; un espacio de resistencia en una Siria en guerra, una comunidad en lucha. Si Kafranbel son los OTROS, nosotras también queremos serlo.

Y también con Rubén Díaz volvimos a las galerías, esta vez a las audiovisuales, para viajar entre imágenes por la representación contemporánea de la otredad (¡cuánto nos enseña Mars Attacks!).

Miramos hacia delante y hacia atrás, a la televisión, al cine y a la calle, y con otro equipo de topas aprendimos algo más sobre otros palabros a los que también nos gusta dar vueltas: colonialidad, poder, resistencia, globalización… «Epistemologías del Sur», escucharon fascinadas nuestras orejas de topa. Todo en el marco de este Mediterráneo con el que nos identificamos (identidad, otra palabra…). Cuántas experiencias de resistencia en diferentes lugares, incluyendo uno que nos duele históricamente: el Sáhara.

Aprendimos, compartimos, analizamos y, por supuesto, no llegamos a ninguna conclusión definitiva. Aunque sí nos han quedado claras algunas cosas: es necesario seguir atravesando fronteras desde la academia, la calle, los medios o las galerías; debemos escuchar las voces olvidadas de Siria o de otros lugares cotidianos; y muchas topas juntas, en red, pueden crear veredas para deconstruir las fronteras y el miedo. Lo humano sería que no existieran, pero mientras logramos encontrar la humanidad, una cosa está clara, nuestro olfato de topa no dudará en denunciarlas.

Los sabores después del colapso

¡Saborrrrr! (Arenga salsera)

Voy socializar una reflexión que llevo años planteando. Tengo la «casi certeza» de que somos la cohorte social que ha experimentado la transformación más radical en los sabores de los alimentos que ingerimos. Por un lado, hemos pasado de disfrutar de tomates que saben a tomates, a tomates que saben igual que un lametón a una cortina de ducha. Por otro lado, se han inventado infinitos sabores pretendiendo emular a otros «naturales».

Todos los sabores de mi vida han sufrido una transmutación: papitas con sabor a sándwich mixto, vinagreta o wasabi; picos que saben a pizza; pasta con sabor a y color de tinta de chipirón; pepinillos con sabor a anchoas; ¡cerveza con sabor a jamón!; chicles con sabor a sandía y sandías con sabor a… ¿nada? Vamos, que estamos volviendo locas a nuestras pobres papilas en este empeño capitalista de que nada sea lo que parece y todo parezca lo que no es. Pero, ¿en base a qué?

Tengo muchas dudas. ¿Para qué papas que no sepan a papas? ¿Cómo se consiguen esos sabores? ¿Son naturales? ¿Qué le estamos arrebatando a las entrañas de la Tierra para que nuestras papilas sean sometidas a esta cuanto menos curiosa combinación de sabores? Intento recordar en qué momento esta «gama de sabores» se incorporó a nuestros «sabores cotidianos» y, aunque no recuerdo el momento exacto, sí que puedo asegurar que durante mis primeros veinte años de existencia no existían.

Casualmente, este auge de «sabores impostores» coincide con el auge del capitalismo globalizado y con cuando este alcanza su máxima expresión como sistema fagocitador y destructor de todo lo que nos permite vivir y sobre-vivir: el agua limpia, el aire, los suelos fértiles y sanos, (imprescindibles para producir alimentos) y, por supuesto, todos los materiales de la corteza terrestre, entre los que destaca el petróleo que… ¿quién nos asegura que no tiene nada que ver con estos sabores, y no solo como fuente de energía, sino como propio componente de los elementos saboreadores?

Si tiramos de historia, es innegable que el uso de la energía siempre ha estado asociado a los cambios de sabores. La energía humana y animal nos permitió pasar de sabores «silvestres» a sabores «domesticados». El fuego (con leña o con boñigas) nos permitió incorporar los sabores cocinados. Cuando fuimos capaces de usar la energía del viento y las corrientes oceánicas para mover barcos que nos llevaran a otras zonas del planeta (a expoliar y aniquilar civilizaciones enteras, aunque eso es otra historia), pudimos disfrutar en estas latitudes de los sabores del tomate o la patata. Y con las fósiles vinieron los ultra congelados, los pre-cocinados, los des-saboridos, las transmutaciones imposibles y la perdida de sabor en pro del rendimiento económico. Y de ahí una pregunta bastante inquietante: ¿cómo serán los sabores después del colapso?

La película de 1973 Soylent Green muestra una sociedad distópica en la que, en un escenario de cambio climático radical, un grupúsculo de poderosos concentran el poder político y económico y tienen acceso a ciertos lujos como carne, verduras, frutas, refrigeradores o aires acondicionados, mientras el populacho vive hacinado en pequeños edificios y se alimenta de soylent verde y rojo, un producto sin sabor y aparentemente procedente del plancton oceánico. (¡En el año 73! Y en 2015 se reúnen los «gobernantes del mundo» en la Cumbre del Clima y solo emiten brindis al sol propios de quien no piensa hacer nada por evitar la catástrofe). La historia (con asesinato incluido) al final tiene que ver con un informe que pretendían «hacer desaparecer» denunciando la muerte total de la vida en los océanos. Entonces, ¿de dónde salía el soylent? Para no pecar de spoiler (o revientaglobos), lo dejo a la imaginación de quien ande leyendo estas palabras.

Total, que ya me contareis qué sabores nos esperan como sigamos yéndonos por la tangente y no reaccionemos a tiempo. Y de los olores, ya hablamos otro día si eso.

¡Que aproveche!

¿Tránsitos legítimos?

Nómadas que buscan los ángulos de la tranquilidad... (Franco Battiato)

Pensar en relatos posibles que intenten de alguna manera esclarecer cómo comenzó y se aposentó la vida humana en el mundo, me parece un ejercicio de lo más entretenío.

Intento imaginar cómo fue que grupos de semi-monas forrajeras llegaran a organizarse para coexistir y súper-vivir en un entorno sin esmartfones, ni interneles, ni semáforos, ni visas. Intento conjeturar sobre la manera en que comprenderían que todas las semi-monas dependían de la fuerza de la manada para garantizar su existencia en un entorno que no podían controlar: ¿inspiración divina, revelación genética, aprendizaje social?

Sigo pensando y me siguen surgiendo preguntas. ¿De qué hablarían las semi-monas? ¿Hablarían? ¿Qué caminos seguirían? ¿Por qué unos caminos y no otros? ¿Se perderían? ¿Se encontrarían?

Sé, de leer a personas sabias y expertas, que en algún momento dejaron de ser semi-monas para ser humanas. Y también leí que anduvieron vagando, transitando por el mundo durante miles de años. Así se garantizaban el alimento necesario para procurarse la energía que les permitía mantener sus cuerpos. «La movilidad surgía de la necesidad de cambiar de lugar una vez que los recursos devenían escasos, pero no cuando se habían agotado, sino cuando habían disminuido lo suficiente para compensar moverse»i. Los desplazamientos eran cíclicos, por un territorio concreto, por esto no se les considera nómadas. Pero en ese transitar, se expandieron por el mundo…

Tardaron mucho en dejar de vagar, de transitar hasta establecerse en un territorio fijo. Y no todas, porque muchas siguieron nomadeando y lo siguen haciendo hoy en día con muchísimas más dificultades. De hecho, las humanas hemos pasado más tiempo vagando, en tránsito, que establecidas en un territorio definido. ¿Y sería que al establecernos surgieron los problemas?

Primero, las murallas; unas delimitadoras, otras… ¿defensivas? Después, considerablemente después, las fronteras; muchas de ellas a golpe de escuadra y cartabón.

Y atendiendo a esto, me siguen surgiendo preguntas: ¿está en nuestro ADN la necesidad de movernos buscando contextos y entornos que nos permitan existir y coexistir?

¿Y qué sucede ahora, cuando los recursos no solo se vuelven escasos, sino que desparecen? ¿Qué sucede si hasta el recurso «posibilidad de existencia» se desvanece? ¿Qué hacemos con las murallas, con las fronteras? ¿Qué hacemos con la movilidad que surge ante la necesidad de cambiar para aumentar la posibilidad de supervivencia?

Fronteras de múltiples filos, y ninguno bueno. Vallas alambradas desgarravidas.

Yayo Herrero, activista ecofeminista, nos propuso hace poco una pregunta que al menos a mí me dio mucho que pensar: ¿qué sucedería si prolongáramos la valla de Melilla por todo el perímetro del reino de España, sin dejar entrar los materiales ni la energía que nos abastecen, ni dejar salir los residuos que generamos, sin dejar entrar a las mujeres que están absorbiendo nuestras tareas de cuidados…? ¿Cómo se sustentaría la vida en España o en cualquiera de los Estados que cierran sus fronteras a las personas que «migran» buscando una vida mejor o huyen de sus territorios de procedencia por hambre o miedo a la muerte?

Otra cuestión que me ronda, me inquieta y me incomoda, es la diferencia que hacemos con «el que viene de fuera». Si trae cámara al hombro y/o aspecto de gamba, y/o sonrisa puesta y/o sandalias con calcetines y /o billetera abultada y/o visa vigente, ¡os recibimos con alegría!

Por lo que se ve, nos cabe bastante que la movilidad surja cuando «la necesidad de cambiar de lugar responda a una escasez de los recursos “buen tiempo”, “torres bonitas” o “contextos de ocio alejados de las obligaciones cotidianas”». Hasta el punto en que el diseño y la planificación de nuestras ciudades-mercancía queda totalmente sometido al bien-estar de l*s turistas.

Y es que las personas se mueven de un lugar a otro, siempre lo han hecho, perdiendo el alma por los caminos, o dejándosela en daguerrotipos digitalizados e inmediatos junto a la estatua de cualquier prócer de la tierra…

Y yo… me siento en continuo tránsito, transito de mujer construida a mujer liberada.

Soy nómada de mí misma, moviéndome o transitando, ya veré a qué otro lugar, a otro yo por necesidad de ir buscando un contexto en el que me sienta más conforme respecto a la vida que merece ser vivida…

i He cogido prestadas ideas y trozos de frases del libro En la Espiral de la Energía. Historia de la humanidad desde el papel de la energía (pero no solo) de Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes; Libros en Acción / Baladre; 2014.

¿Debemos hasta «de callarnos»?

Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada… (Cancionero populá)

«¡Debo hasta de callarme». Esta era una expresión muy de mi madre —y de las madres de otras muchas— cada vez que consultaba sus cuentas en las tiendas del barrio donde se abastecía de lo necesario para que nuestra existencia se desarrollara amablemente. Mi madre —y las madres de otras muchas— compraba la comida, la ropa, los muebles y electrodomésticos y hasta los libros del colegio en tiendecitas que practicaban la dita como mecanismo de «crédito».

La dita funcionaba como un sistema de financiación a escala humana. Las personas podían adquirir los bienes necesarios, contemplando y asumiendo sus posibilidades y límites monetarios, y negociando con la ditera el modo de pago. Recuerdo como mi madre llevaba unos meses 500 pesetas y otros meses menos, dependiendo de las posibilidades que el escaso sueldo de mi padre procurara en ese momento. También recuerdo como la persona acreedora apuntaba —unas en un papel de estraza y otras en un cuaderno— las cantidades recibidas para ir poco a poco liquidando la deuda. Siempre cumplía y nunca fue amenazada ni atosigada. El sistema se basaba en la confianza mutua; y funcionar, puedo asegurar que funcionaba.

Y estas eran las deudas, al menos las que yo recuerdo. Deudas de las que sabías perfectamente el origen, el porqué y el para qué. Deudas que se iban solventando, de manera que se consideraban y satisfacían las necesidades y posibilidades de las partes implicadas.

No tengo conciencia precisa del momento en que l*s diter*s fueron sustituíd*s por cajer*s de carne o electrónicos, y el papel de estraza y los cuadernos por ordenadores y algoritmos. Lo que sí puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, es que coincide con el momento en que los sistemas de financiación comenzaron el proceso de deshumanización absoluta.

Y en esta sustitución hemos llegado al punto en que cada españolit* de a pie tenemos una deuda de 23 445 euros (si es una familia, hagan cálculos). Una deuda que no llegamos a entender y de la que no hemos sido conscientes hasta que nos ha caído encima como una bomba. Una deuda que no hemos generado de manera negociada, pudiendo ser conscientes de nuestros límites y posibilidades, ni adquiriendo los bienes y servicios que nos procuraran una existencia amable.

Una deuda que no está regulada legalmente y que no nos corresponde moralmente. Y ahora qué, ¿debemos hasta de callarnos?

Pero esto no es todo. Una vez más, la economía convencional es la brújula que define la toma de decisiones —que evidentemente no responde a la búsqueda del bienestar de las personas— e incluso define el imaginario, el ideario colectivo. En medios de comunicación convencionales —periódicos, televisión, radio y barras de bares— escucho hablar de la DEUDA, pero solo reducida a la deuda financiera que está acabando con la felicidad de las gentes. Pero nada oigo de otros tipos de deuda y que para mí son infinitamente más reales y urgentes de enfrentar y solucionar.

Yo me siento acreedora del tiempo robado. ¿Quién me repondrá el tiempo trabajado generando dinero que ha ido a las arcas del Estado, supuestamente a la caja común, y que finalmente ha servido para «rescatar» a los bancos que se han endeudado inventándose un dinero que no tenían, o para financiar macroinfraestructuras que solo benefician a unos pocos?

¿Y la deuda que tenemos con l*s creador*s de historias, de sensaciones, de belleza…? ¿Y la música? ¡Ay, la música!

¿Qué sucede con la deuda contraída con los países empobrecidos que han sufrido siglos y siglos de expolio sobre sus cuerpos y sus recursos, condenándolos a situaciones de empobrecimiento perpetuo, de renuncia a sus maneras de entender cómo ha de gestionarse su territorio, de desarrollarse como sociedades sanas y satisfechas?

¿Qué sucede con la deuda contraída con las personas dedicadas a cuidarnos y a cuidar la vida, las que han otorgado un poco de sensatez al devenir de este sistema inhumano? ¿Qué hubiera sido de nosotr*s si no hubieran estado ahí? ¿Cuánto les debemos?

Y la que me parece lamentablemente, la peor de todas, es la deuda generada con todas las personas que aún están por nacer. Con quien aún queda por venir… ¿Cómo se va a devolver la deuda contraída tras siglos de devorar los recursos de las entrañas de la Tierra y para los que no existe posibilidad de reposición?

Como siempre, la única esperanza que nos queda es la gente que se organiza para intentar frenar la deuda estafadora generada por los bancos, los Estados y otras organizaciones igualmente perversas. Y otras muchas personas que trabajan día a día por visibilizar y frenar o solventar las otras deudas invisibilizadas.

Está claro que no debemos hasta de callarnos, que habrá que resistir, pensar, presionar, revertir, gritar, organizar la rabia… Preguntándonos en todo momento: ¿quién le debe a quién?

Salú.

Ciudades en contradicción

Las distancias apartan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres. (Chavela lo cantó) (Las “autoridades” sanitarias recomiendan encarecidamente coger aire antes de comenzar a leer este editorial)

Me levanto por la mañana, las sábanas están sudadas (sin ser yo persona de sudar), desayuno, sudo, salgo a la calle, sudo, saludo al hombre que siempre desayuna en el bar que hay frente a mi casa, sudo, esquivo la caca de perro de la calle que me encarrucha al trabajo, sudo, camino sorteando los coches —tanto los aparcados como los que van circulando— porque en las aceras apenas hay sitio para que quepa un ser de mi especie (de momento, la humana), sudo, sigo caminando al trote cochinero para no llegar tarde, sudo, llego a la oficina y… frío polar. Bueno, a lo mejor exagero un poco, porque depende de la hora que sea o de quien haya llegado antes que yo, y de si ha conectado o no el aire acondicionado. Hace poco leía un chiste de estos que circulan por guasa denunciando el lamentable error que supone que su inventor no tuviera una calle en Sevilla. Pero, volviendo al tema, el caso es que llevamos unas semanitas que mi sistema endorfinolinfaticotérmicoemocional anda en continua contradicción. ¡Se suponía que salimos a la calle a tomar el fresco! Pero, claro, ¿qué fresco vamos a tomar en un mazacote de hormigón, hierros y asfalto, invadido por los coches y sus tubos de escape —que no es frescor, precisamente, lo que emiten—, aun y cuando se nota y mucho el descenso de densidad de personas por metro cuadrado urbano? La estampida es notable, sí, bien por la huida hacia lugares de mayor dignidad climática, bien por el atrincheramiento en nuestros cubiles, huyendo del señor bajito con bigote que sale a la calle con el secador gigante zumbando impíamente aire caliente que abrasa cuerpos y ánimos por igual. Y es que Sevilla tiene un calor especial.

Esta contradicción me lleva a analizar las contradicciones que implican el propio modelo de ciudad expandido y extendido por lo ancho y largo del planeta. Una de ellas, que me inquieta especialmente, es que con tanta gente junta de tantas calañas diferentes, saberes y procederes, ¿cómo no constituye el contexto ideal para dar soluciones colectivas y diversas que respondan a las características del territorio, a las costumbres y culturas de la gente, a sus necesidades reales…? Quizá sea una pregunta retórica, no lo sé.

El caso es que las ciudades son cada vez más iguales en aspecto y estructura, independientemente del meridiano en que se encuentren, cada vez responden menos a las necesidades de la propia gente que las habita. Las ciudades, además, maltratan especialmente a aquellas personas que le son más indispensables.

El devenir de las ciudades —entre otras cuestiones— con sus ritmos frenéticos, con sus distancias, con sus calles-pasillos tan poco apetecibles, con su necesidad de dinero para disfrutar de los espacios públicos, con sus trabajos esclavos para ganar dinero con el que poder disfrutar de los espacios públicos y de otros aspectos monetarizados de la vida… ha provocado que abandonemos la sana costumbre de ir a buscar a su casa a las otras personas con las que queremos comunicarnos y llamarlas al porterillo y que bajen y que nos demos un paseo, tranquilamente. Ahora, dependemos por completo para comunicarnos de unos artefactos que cada vez sirven menos para hablar y más para cualquier otra cosa, pero que a su vez dependen de una serie de infraestructuras que son mantenidas por unas personas que echan muchas horas en condiciones lamentables, por sueldos lamentables.

Las mismas cuestiones, ritmos frenéticos, trabajos esclavos para poder pagar la vida monetarizada, grandes distancias a recorrer diariamente… hacen que las mujeres que trabajan aquí tengan que contratar (en condiciones lamentables, nuevamente) a otras mujeres para que cuiden de sus hij*s, habiendo dejado a l*s hij*s propi*s en otro país al cargo de su madre, es decir, la abuela, que lógicamente está cansada.

Y es que, claro, ahí está la mayor de las contradicciones: ¿Cómo es que las ciudades, albergadoras de personas, no están pensadas para estas? ¿Cómo es que, hoy en día, están pensadas más para el beneficio de los poderosos —mercado, Iglesia, banqueros— que para que la gente respire, cree, se ría, se relacione y desarrolle una existencia que le permita ser personas con todas sus necesidades cubiertas? ¿Cómo es posible que, cada vez más, la propia ciudad, su estructura y las leyes que las regulan, inhiban la posibilidad de que la gente colectivice su energía, su creatividad, su existencia?

Sin ir más lejos, esta mañana me ha despertado una querida amiga a las siete de la mañana. «¡Buenos días, amiga!», le he dicho con los ojos aun pegados, sin darme demasiada cuenta de que esas no son horas para dar noticias normales. «Buenos días amiga —me ha respondido—, están desalojando Andanza».

Hoy, viernes 17 de julio, la Policía Nacional ha desalojado el Centro Social Autogestionado Andanza. Esta «casa del barrio» ha albergado reuniones, talleres, conciertos, debates, charlas, cursos, procesos de creación colectiva, una biblioteca, cine de verano y de invierno… Todo gestionado por gentes del barrio, para las gentes del barrio. Hasta el momento, ninguno de los edificios públicos ocupados por la Iglesia ha recibido orden alguna de desalojo. Al menos que se sepa.

¿Contradicciones?

Debemos celebrar, o el momento de los peros…

Hemos ganao, la copa del meao… (Coplilla populá)

Las efímeras son unos pequeños y frágiles seres con dos o tres colas. Quizás sea el orden de insectos alados más antiguo en la Tierra. Ya de adultas, las efímeras son preciosas, muy bonitas, una materialización más de lo bello que la naturaleza puede llegar a generar mediante la organización de materia y energía que en algún otro momento constituyeron polvo de estrellas por organizar. Pero estos bonitos seres alados duran poco, solo unas pocas horas…

Así siento nuestras victorias, las de la gente, bonitas pero pequeñas, frágiles y efímeras…

Hay momentos en el continuo tiempo en el que parece que los astros se alinean o desalinean, y desde diferentes contextos se proponen y exponen ideas comunes. La última que me viene acompañando en varios de los espacios en los que intentamos ocuparnos de «cambiar el mundo» es la necesidad de celebrar nuestras victorias, de sentir que de vez en cuando ganamos.

Y sí, es cierto, de vez en cuando ganamos, pero…

No puedo, o creo que no quiero remediar, la sensación de que tras cualquier victoria conseguida por la gente, siempre nos salga un pero, o varios…

No es que quiera ser más agorera que Casandra, tampoco que me haya vuelto especialmente cínica, simplemente que me cuesta reconocer victorias definitivas en esos pequeños triunfitos —que nada tienen que ver, válgame, con ninguna de esas personas que se famosearon enseñando sus miserias mientras aprendían a canturrear—.

Queremos sentir que ganamos, necesitamos sentir que ganamos, pero ¿y si en esa búsqueda del triunfo hasta la victoria final nos estamos dejando temas por el camino? ¿Y si esos temas dejados de lado son aún más importantes que los éxitos obtenidos? ¿Y si lo que es un triunfo ahora se convierte en un marronazo mañana? O, ¿y si el triunfo de un*s poc*s perjudica a otr*s much*s?

Como siempre, tengo más preguntas que respuestas, pero haciendo caso de mis amig*s querid*s me dedico a celebrar.

Celebrar que hay muchas personas que se cuestionan los haceres hegemónicos respecto a la gestión de la salud o las relaciones laborales; que se revelan frente a modelos de ciudad al servicio del capital, vertebrados por el automóvil privado; que defienden con uñas y dientes los pocos espacios públicos que quedan; que reivindican que las calles deben ser algo más que pasillos por los que transitar sin compartir, sin socializar, de un lado a otro.

Celebrar que se denuncia la mercantilización de la generación del conocimiento, y que la gente se revela contra el Orden establecido y busca organizarse y construir de manera colectiva otras «reglas del juego» que no respondan simplemente a los intereses económicos de unos cuantos.

Y desde nuestra pequeña victoria, desde este «periódico-proyecto chiquetito» y que genera tantas alegrías, celebrar que llevamos 10 números, celebrar que más de 300 personas y entidades comprenden que El Topo es necesario y que debe seguir existiendo aportando unas su dinero, otras sus palabras, otras su arte, su tiempo o sus cuerpos si fuera necesario.

Todo esto merece ser celebrado, claro, aunque sinceramente, me cuesta ver victorias absolutas detrás de todo esto. Se frenan proyectos de macrococherones en una plaza, sí, pero en un barrio que ya ha sufrido un proceso de gentrificación de libro; la gente se organiza para defender una universidad desprivatizada, pero es que se está privatizando a marchas forzadas; nos organizamos en busca de relaciones laborales justas, de modelos de salud que tengan en cuenta la diversidad humana, pero desde lo oficialista no se hace. Y no quiero seguir poniendo peros, que ya sé que toca celebrar nuestras pequeñas victorias…

Quizás el debate no está en si debemos considerar las victorias absolutas o parciales. Quizás la cosa será cuestionarnos si debemos permitir que nos arrebaten la alegría, o si nos lo podemos permitir siquiera; aunque ganar, lo que se dice ganar, ganamos muy pocas veces.

Porque como ya dije antes, serán males menores, pero nosotras queremos bienes mayores. Y como dice una amiga muy querida que dijeron otras: ¡que no nos roben la alegría, nuestra mejor venganza es ser felices!

Salú y alegría

PD: Estostaganao.

¿TÚ QUE PREFIERES: LA ENVOLVENTE WILSON O LA TÉCNICA DE LA CUCAMONA?

De deberes y elegires entre Guatemala y Guatepeor.

¿Y tú de quién eres? (Los Chanclas)

En los años de mi primera juventud pasaba muchas tardes jugando con algunos amigos al Risk (un juego fundamentalmente de varón). Recuerdo el malestar que me generaba tener que fastidiar a los contrarios. Normalmente no oponía ninguna resistencia, no desarrollaba ninguna estrategia. Mis amigos, desplegando sus ejércitos por los países limítrofes (envolvente Wilson) o así por lo bajini (también conocida como técnica de la Cucamona), causaban auténticas escabechinas entre los ejércitos «enemigos» de colorinchis. También recuerdo la ofuscación extrema de alguno de ellos que me arengaba a que usara alguna de las estrategias; que qué era eso de dejarse ganar. La verdad es que me resbalaba bastante, pero reconozco cierta incomodidad al recordar cómo:

  1. Me obligaban a jugar (porque a ellos les convenía, si no, no eran suficientes).
  2. Pretendían imponerme las reglas que ellos consideraban irrefutables y que, además, no estaban ni consensuadas ni escritas en ningún lado (ni siquiera en las instrucciones del propio juego). Últimamente recuerdo con frecuencia aquellas tardes. Y es que… ¿Qué pasa con las opciones que no se encuadran en lo «oficialmente» establecido? ¿Quién ha definido esas opciones? A mí no me han preguntado mi opinión, lo puedo asegurar.

Se ha ido componiendo e imponiendo una manera dicotómica y maniquea de comprender y categorizar el mundo: blanco-negro, bueno-malo, hombre-mujer, legal-ilegal, o conmigo o contra mí, normal o…

Lo sorprendente es que esta suerte de daltonismo social, que no reconoce la escala de grises existente entre el blanco y el negro —de otros colores, ni hablamos—, está perfectamente incorporada en nuestras estrategias mentales para clasificar e interpretar el mundo… y así nos va. Además, te obliga a elegir en qué etiqueta situarte o, peor incluso, a asumir las etiquetas que te colocan otros.

Y es que pareciera que se elaboran moldes con unas formas preestablecidas en los que aparentemente tenemos que encajar todas. Y si salimos «defectuosas» lo mejor es «amputar» hasta que encajes, como se amputaban los pies las hermanastras de cenicienta para caber en el moldecito que les otorgaría el dudoso honor de ser la elegida para compartir vida con el hijo de un monarca que solo se dedicaba a organizar fiestecikas a fin de encontrar «parienta», que se ve que el hombre andaba faltusco de habilidades sociales.

El problema es que estos moldes se construyen de manera artificial y son definidos (entre otros) por personas —o más bien personos— que dictan leyes, órdenes y reglamentos, que pretenden categorizar un mundo al que observan desde la mesa de un despacho, en el mejor de los casos, obviando la diversidad y los matices que la realidad presenta.

Si no, cómo se explica que en la Ordenanza Municipal de una ciudad como Sevilla se encuadre a las peñas flamencas dentro del epígrafe de bares con música y karaoke. Hombres, por Dios Bendito, que esto pase en Helsinki…

Y así vamos, meneándonos como podemos en un puzzle en el que una importante fracción de la población (me atrevería a decir que la mayoría, por unas razones o por otras) no encontramos el hueco en el que encajar, y encima por eso te conviertes en maldita, en cuestionada, en censurada, en a-normal.

No me cabe la menor duda de que hay más opciones que las convencionales y las establecidas. En todo: en la manera de pensar e imaginar el mundo, en la manera de mostrar tu identidad sexual o de género, en la manera de producir o re-producir la vida, en la manera de participar activamente en la política en su sentido más amplio…

Y todo esto asumiendo que «la cosa» es muy compleja, que dentro de los moldes establecidos hay muchas personas convencidas de que se deben conseguir «males menores». Y yo me alegro, de verdad de la buena. Pero creo que también —y quiero hacer hincapié en la palabra «TAMBIÉN»— tiene que haber quien se revele a esto, quien no se conforme con el mal menor, sino que siga buscando un ¿bien mayor?

Así que vayamos rompiendo moldes, incorporando matices y colores, asumiendo que cada una es de su mare y/o de su pare, o de sus mares, o de sus pares…

Y sobre todo abriendo opciones, flexibilizando límites (¡pero no en los despidos!) y buscando que se nos reconozca a todas como posibilidades reales dentro del mundo. Porque como decía mi abuela, que de estas cosas sabía mucho, ¡hay gente pa to!

¡Salud y feliz primavera!

Esa cosa escandalosa

Escándalo, es un escándalo. (Raphael)

Aquí estoy, sentada delante de una pantallita de colores intentando escribir este editorial con varias décimas de fiebre. En mi garganta inflamada pareciera que se ha alojado una jauría de gatos en celo con la peor de las intenciones. Según el médico que me atiende —aún y afortunadamente— en la Seguridad Social, es una faringoamigdalitis provocada por virus o por bacterias. Aunque no lo sabe a ciencia cierta, me ha recetado antibióticos: si fuera una infección vírica, no serviría para nada; si fuera una infección bacteriana, debería remitir en poco tiempo. Según mis amigas sanadoras y curanderas, lo que en realidad me pasa es que llevo demasiado tiempo callando lo que no quiero callar. Por esta razón, mi garganta se ha transformado en cuchillas que van abriendo paso a todo lo que quiero decir, a todo lo que necesito gritar, a todo lo que debería contar y no cuento: unas veces por miedo, otras por vergüenza, otras porque no sé cómo o a quién y, otras, porque no me dejan. Y como yo, hay tantas…

Coincide justo con estos días en los que la libertad de expresión provoca tantos golpes de pecho. Lamentos mediáticos que emiten muchas personas que solo defienden la libertad de expresión de quienes, al expresarse, dicen lo que ellos quieren oír. Y que con su poder, con su dinero o con su posición en la vida —normalmente, sin mérito alguno— pretenden impedir a través del miedo que las personas hablemos, nos manifestemos, reivindiquemos, acusemos o, simplemente, contemos que las cosas pueden ser de otra manera, que deben ser de otra manera.

Amaia Pérez Orozco aludía hace poco1 al sistema que regula nuestra existencia —capitalista, heteropatriarcal y fagocitador de vida— como «esa cosa escandalosa». Y es que es un escándalo todo lo que sucede a nuestro alrededor y en nosotras mismas. Pero, lo peor, es que es un escándalo frente al que a veces pienso que nos hemos colocado tapones en los oídos. A menudo tengo la sensación de jugar continuamente al cucú-tras, de que pensamos que simplemente con taparnos los ojos —o los oídos— todo desaparece.

Los sindicatos mayoritarios, que «aparentemente» debían velar por los derechos de las trabajadoras, pactan expedientes de regulación de empleo, condenando a quienes habían creído en ellos al desempleo o a condiciones laborales totalmente indignas. Aun así, siguen siendo mayoritarios. Se da carta blanca al uso de organismos modificados genéticamente, de cuyas consecuencias sobre nuestra salud y la salud de nuestro entorno aún no tenemos toda la información y que terminan en nuestros platos envenenando nuestros cuerpos. Hemos perdido la posibilidad de alimentarnos con comida de verdad y no de pichiglás. Y hemos perdido la capacidad de asegurar justicia para quien realmente la produce. Nos están arrebatando el derecho al agua, un secreto a voces, otro escándalo soterrado amortiguado por los zumbidos del televisor. No nos dejan decidir cómo queremos que sea el espacio supuestamente público en el que desarrollar nuestra existencia en compañía de otras personas. Los cuidados han quedado relegados o monetarizados, pero siempre en manos de ellas; eso sí, precarizando su existencia.

Sí que es escandalosa esa cosa, sí. Aunque no sé si será producto de la fiebre, que sigue subiendo, pero me llegan murmullos de otros lugares donde las gentes se organizan en comunidades que apuestan por la autogestión, por el apoyo mutuo y por el respeto entre diferentes por cuestiones de género, religión… Me llegan noticias de personas que se autoorganizan para procurarse los bienes necesarios con criterios de justicia ecológica y social. Escucho de luchas vecinales que finalmente logran frenar los intereses de los lobbys mercaderes. Y de personas que, aun siendo privadas de su libertad, siguen queriendo ser escuchadas, siguen queriendo expresarse y que su voz traspase los muros.

Pero he de reconocer que, en días como hoy, el optimismo no me acompaña. Cuando la gente se autorganiza es capaz de cambiar las cosas, pero es difícil, muy difícil. Siempre hay estructuras supracomunitarias que frenan, dificultan o impiden el bienestar de las personas; o incluso favorecen aquello que nos perjudica. Y por esto me pregunto: ¿para qué sirve el Estado? Sé que es una de esas preguntas incómodas que no queremos oír, que preferimos ampararnos en la anestesia de lo que debería ser y no de lo que es. También sé firmemente que no quiero el mercado como alternativa al Estado. Mientras tanto, esa cosa escandalosa sigue su rumbo sin apenas freno.

Y es que —vuelvo a repetir, será fruto de la fiebre—, como dice mi admiradísima Martirio:

¡Ay qué jartura, Dios mío, mira que me voy a la calle a pegá chillíos!

1 En una charla que pudimos disfrutar en uno de los eventos de celebración de los aniversarios compartidos de El Topo y La Fuga.

Cerdas y gallinas

La que nace lechona, muere cochina… (Proverbio populá) En primer lugar, pedir disculpas a vegetarianas, veganas, crudívoras y otras maneras políticas de alimentarse por la metáfora utilizada. Hacemos uso de ella porque, en este momento, nos viene a huevo (nunca mejor dicho).

Hace unos días, en uno de los colectivos en los que ando enredando, iniciamos un proceso de revisión. Apostamos por la colectivización, la socialización de haberes y deberes, el cooperativismo, el apoyo mutuo. Pero, aun teniendo una larga trayectoria —más de 14 años— hay muchos aspectos que analizar y mejorar, y evidentemente, tenemos que hacerlo en colectivo, pese a que la cotidiana existencia nos pase por encima en nuestra tarea de cuidadoras, apagafuegos, gestoras de traumas personales y ajenos…

En este proceso de revisión, uno de los temas centrales está siendo la necesidad de definir la difusa frontera entre el yo y el nosotras. ¿Dónde ubicar la frontera entre lo personal y lo grupal? ¿Cómo hacerlo de manera que las decisiones personales no perjudiquen al grupo? ¿Cómo reequilibrar ausencias que, por otro lado, están totalmente legitimadas? ¿Cuál debe ser el nivel de implicación para que un proyecto colectivo sea viable, cómo gestionarlo, cómo proponerlo?

Antonio Moreno, gran amigo y conocedor de los procesos grupales, usó la metáfora que inspira este editorial: «Cuando hablamos de «implicación», es importante diferenciar. Es como si hablamos de los huevos fritos con beicon: la gallina colabora, la cerda se implica».

Desde entonces, ando pensando y observando, y me surgen muchas dudas. ¿Qué debo ser: cerda o gallina? ¿Es posible su coexistencia? ¿Mutamos de una animal a otra en función del momento, la disponibilidad, la motivación? Estas preguntas me aparecen cuando miro el micromundo que me rodea y que ha optado, al menos en intención, por el desarrollo en colectivo.

Pero cuando disminuyo el zoom y me alejo de mi realidad cotidiana, la metáfora trasciende a otras situaciones que me resultan —si cabe— más inquietantes.

¿Tenemos la posibilidad de elegir entre ser cerda o gallina? ¿Tenemos el acceso a la información o la posibilidad de acción que nos permitiría elegir entre ser una u otra de manera decidida y consciente?

Entonces, me preocupo al conocer de compañeras con un papel doblemente porcino. Por un lado, se «dejan el pellejo y la salud» a cambio de un miserable salario que solo permite la subsistencia, en empresas que deberían ser públicas y que han ido privatizándose « por lo bajini», aunque sean las principales empresas de telecomunicaciones. Pero, por otro lado, están implicadas «hasta las trancas» en pelear contra la patronal para evitar que esto suceda.

Me angustia descubrir que los gobiernos de la UE y EE. UU. están negociando en secreto el Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión, que arremete duramente contra los derechos sociales y laborales de la gente y contra cualquier aspiración de justicia ecosocial. No puedo evitar vernos como cerdos irremediablemente transportados hacia el matadero para ofrecer nuestras carnes y vísceras al servicio del Sistema.

Y Gaza, qué sucede en Gaza, la comunidad internacional no se implica, pero sí colabora, al fin y al cabo, en el genocidio al que está siendo sometido la población civil. Y, yo misma, ¿estaré siendo gallina?

Y esta imagen duele, y desgarra, y resta esperanza.

Pero, afortunadamente, aparece el mundo porcino decidido y elegido. Personas que se comportan como auténticas cerdas —en el sentido topístico de la palabra—, dejándose el pellejo para combatir e incluso sustituir a los bancos. Cerdas y cerdos que dejan todo su tiempo e ingenio en crear «dinero» diferente a «los dineros capitalistas», creados por y para las personas y no por algoritmos irracionales al servicio de las grandes corporaciones.

Las asaduras de un gran grupo de cerdas y cerdos que inventan otros sistemas de telecomunicaciones, para que podamos contactarnos sin dejarnos el pellejo al servicio de los malos. Que se implican luchando por conseguir leyes que reconozcan a las personas como tales, independientemente del órgano sexual que portaran al nacer. Cerdas y cerdos que han dejado sus carnes, tripas y cerebros en denunciar y construir otras maneras de gestionarnos como grupos humanos, otras maneras de construir realidad, en las que verdaderamente tengas posibilidad de elegir si ser cerda o ser gallina…

Posibilidad de elección, sí. Aunque en los tiempos que corren, y si de verdad vamos buscando la transformación social, ser cerda no es una opción, más bien una necesidad. Es ahora cuando más sentido le veo al dicho de nuestra tierra que afirma que «del cerdo, hasta los andares».

PD: Recuperamos la foto que usamos para el editorial número 1 porque era indispensable.

La invasión de los ladrones de cuerpos

Tu cuerpo se menea como una palmera, suave, suave, su su suave. (Coplilla populá)

A finales de la década de los 50 del pasado siglo XX —qué fuerte me parece hablar del siglo pasado con conocimiento de causa— se estrenó una película estadounidense con el título Invasion of the Body Snatchers o —como la llamaron en el territorio comprendido entre Andorra, los Pirineos, Marruecos y Portugal— La invasión de los ladrones de cuerpos. Fue la primera película que me permitieron ver en el programa Mis terrores favoritos, de la que tengo vívidos recuerdos, sobre todo por las malas noches que se sucedieron después.

En la cinta —yanqui, por otro lado—, unas esporas procedentes del espacio exterior, en su afán de dispersión y supervivencia, arribaban a una pequeña localidad estadounidense. Allí, germinaban dando lugar a vainas gigantes que albergaban copias idénticas de las parroquianas, aunque carentes de cualquier tipo de sentimiento. El «tema» se complicaba cuando sustituían a las personas originarias y la gente comenzaba a detectar comportamientos extraños en las gentes cercanas. Las copias «envainadas» repetían una y otra vez: «todo está bien, no hay nada por lo que preocuparse». La re-producción se producía mientras la víctima dormía…

Simplemente recordarlo hace que se me ericen casi todos los pelos de mi cuerpo (que, afortunadamente, mantengo aunque sea verano).

Siempre tuve una mente lineal, no pillo muy bien las metáforas, por lo que pasé muchas noches en vela, esperando no ser mutada a vaina gigante, al menos más vaina de lo que ya era. No pillé la «línea b», lo que la película quiere contar aunque en la visión superficial no cuente… o algo así.

Pero mira tú por donde, hace poco, ante la inminente aprobación de la reforma de la ley del aborto gallardoniana, no paro de recordar esa película.

La verdad, no sé si será por lo de ladrones de cuerpos, o por lo de los «vainas gigantes». El caso es que comienzo a percibir cierto paralelismo entre la película aquella y la película en la que ahora mismo estamos inmersas. Y me inquieta.

Pareciera que la estrategia es la misma, re-construir cuerpos de morfología humana, pero carente de sentimientos. Constituir un batallón de cuerpos, sacos de vísceras y huesos, en los que la máxima consagrada sea «ni siento, ni padezco, ni me manifiesto». Hoy, mientras perfilo esta reflexión por compartir, seguramente será aprobada la maldita «ley mordaza».

El ardid es el mismo; con las mujeres en general, al no tener en cuenta sus deseos, posibilidades o necesidades. Tu cuerpo es una vasija y estás en el mundo porque te ha sido otorgada la sagrada posibilidad de perpetuar la especie. No sientas, no materialices tus anhelos y no expreses tus sentimientos, principalmente si son de rabia y de rebelión contra las esporas «robacuerpos».

Con las personas presas, transformarlas en cuerpos delictivos, a los que controlar y desproveer de cualquier cualidad humana. Sin olvidar que puedes acabar presa por ser feminista, por incitar a la huelga, o por reivindicar la justicia social. Ahora eso sí, asegurándose de que no ingresen en prisión «los mayores vainas del reino».

Cuerpos desprovistos de emociones, reprimiendo cualquier posibilidad de reivindicaciones colectivas —no sentir, no pensar, no sentir, no pensar— repetido veladamente como un mantra. Y países enteros que parecieran marcianos, de los que no entendemos sus conflictos, pero de los que, aun sin descifrar, depende en gran medida nuestra existencia cotidiana, al menos como hoy en día la desarrollamos.

Por todo esto, comienzo a pensar que de metáfora nada, que realmente era una reproducción fiel de la realidad que se ha agravado con el tiempo. Los principales ingredientes se cumplen, pretenden robarnos los cuerpos. Y existen «vainas gigantes».

Ahora, que si de películas de invasiones extraterrestres se trata, prefiero The Rocky Horror Picture Show, con su invasión de extraterrestres procedentes de la Transilvania transexual. O ET, que al menos usaba la bicicleta, medio de transporte antisistema donde los haya. Porque habremos de hacer la revolución desde cada uno de nuestros actos, movernos, alimentarnos, relacionarnos entre nosotras, porque lo cotidiano es político. Y mejor que esporas procedentes del espacio exterior, semillas y del terreno; albergadoras de la información necesaria para sobrevivir y desarrollarse en su propio contexto. Que parece mentira que seamos tan brutos de desperdiciar toda la información almacenada y organizada por la naturaleza durante tanto tiempo.

No tengo nada claro que haya vida en otros planetas, tampoco es que dedique demasiado tiempo a estos menesteres, porque ya me ocupa bastante entender la vida en este. Pero de lo que no me cabe ni la menor duda es de que, lo que sí que hay, son muchos vainas, demasiados…

El mapa no es el territorio

El mapa, el mapa, el mapa… (Dora la Exploradora)

El mapa no es el territorio, la estadística no es la carne, el deseo no es la realidad, la ley no es su aplicación, un despacho no es estar en la calle coexistiendo con las personas que están en situación de desamparo.

La primera vez que escuché esta frase no la pillé. Soy lenta pillando significados no demasiado explícitos. A día de hoy, esta sentencia se repite como un mantra en mis intentos banales, a veces, de comprender el micro-macro mundo que habitamos.

Mapa y territorio, realidad y representación, estadísticas y personas, existencia de leyes y aplicación de estas, deseo y circunstancias. Todos conceptos que, desgraciadamente, confundimos más de lo que deberíamos. Y lo peor de todo, que marcan algunas de las directrices en base a las que se gestiona la vida, o en base a las que nos «cuentan» que se gestiona la vida.

La primera aproximación que tuve hacia la comprensión de esta sentencia fue en el año 2000 al descubrir que el salario medio de los españolitos era de 1400 euros (más de 230 000 de las antiguas pejetas) mientras mi sueldo jamás pasó de las 120 000, pejetas, claro, y eso en épocas de magníficas bonanzas. Estaba claro, la estadística era un poco estafa. Para que nos entendamos: si tú te comes un pollo y yo ninguno, cada una de nosotras se ha comido medio pollo.

Un fenómeno (paranormal) de similares características sucede con las ideas implantadas en el imaginario colectivo. Me duelen hasta las orejas de escuchar que las mujeres tenemos ya los mismos derechos y posibilidades que los hombres (lo que, además, recoge la Constitución). Respecto a estas ideas tan generalizadas, pareciera que con aparecer en documentos oficiales —Constitución, leyes, decretos— fuera suficiente. Que el papel y la tinta aseguraran su materialización.

O pareciera que, por el simple hecho de aparecer en las pantallitas de colores, su legitimidad, existencia y veracidad estuviera asegurada.

Los primates no tienen la capacidad de discernir entre la realidad y lo que perciben sus ojos, de manera que si ven un plátano en una televisión harán todo lo posible por conseguirlo.

¿Nos diferenciamos…?

Las personas, al igual que otros animales, para sobrevivir debían estar alertas a los estímulos que el entorno les ofrecía. Ya fuera para alimentarse, para cobijarse, o para defenderse de posibles agresiones. Antonio Helizalde —en su artículo Las adicciones civilizatorias—nos propone la siguiente reflexión:

«Sólo cuando con los sentidos impregnados por los estímulos del animal al cual la jauría humana persigue, sus olores, su visión, el ruido que produce al escapar, etc., un homo habilis se distrae y descubre así la presencia del animal en las huellas que observa o en las fecas que ha dejado, es cuando se hace posible distanciarse de la tiranía del estímulo y aparece el signo, y de ahí la palabra y la cultura». Y de ahí, la realidad interpretada.

El inconveniente surge cuando el signo, la palabra y la cultura —que no dejan de ser más que vehículos transmisores de representaciones subjetivas o intersubjetivas de la realidad— se han alejado tanto de esta que terminan transmitiendo mitos, fantasías o falsedades… y lo peor es que terminamos creyendo que son la realidad misma.

De manera que seguimos llorando, sintiendo como propias, las penas ajenas de las películas. Con tanto espectáculo, se nos ha olvidado distinguir, se nos ha olvidado cómo distinguir. Si en un documento de papel, llamémosle por ejemplo Constitución, nos dicen que «los españoles —y digo españoles porque es lo que dice— somos iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social», nos lo creemos y punto.

Si nos cuentan que la construcción de una descomunal torre fálica, en Sevilla, va a generar gran cantidad de puestos de trabajo y riqueza para la economía local, nos lo creemos y punto.

Si nos aseguran que no existen ficheros en la policía en los que hagan un seguimiento estrecho a las personas que se movilizan por procurar un mundo más justo para todas, nos lo creemos y punto.

Si nos dicen que los recortes afectan a todos los ámbitos, y que los presupuestos se planifican en función de los intereses del pueblo, nos lo creemos y punto.

Pero en cuanto abandonamos la distracción y recuperamos la capacidad de analizar el territorio —y no intentar conocer la realidad a través de los mapas que dibujan «otros» —, descubrimos que la realidad no responde a esas «interpretaciones».

Quizás es hora de volver a despertar nuestros sentidos durmientes, de desgraduarnos las gafas que tras tantos años nos han graduado para sufrir hipermetropías sociales, ambientales… y de estar alerta a los estímulos reales, a las huellas, a las fecas y a los olores y a los movimientos, porque solo así podremos reaccionar a tiempo…

Confiemos que el desarrollo del telencéfalo y la oponibilidad del pulgar nos sirvan para algo más que para conducir un coche o combinar colores… Y que re-creemos, de manera colectiva a ser posible, la capacidad de distinguir entre realidad y representación.

¡Al fuego con ella!

De apropiaciones y otros hechizos

«Eres una bruja de oro, eres un pequeño gángster…» (Radio Futura)

La última víctima mortal de la inquisición en el estado español fue María de los Dolores López, también conocida como «la beata ciega». Esta mujer sevillana murió en la hoguera en 1781, acusada de brujería. Le atribuían la extraordinaria «capacidad» de  poner huevos.  Desde luego, manda ídem que este tipo de sucesos no estén denunciados, que no se muestren en las escuelas y que, a día de hoy, lo único que parece que haya cambiado sea el combustible que usan para «quemar» al personal que se revela. Si antes las rebeladas ardían en la hoguera, ahora somos quemadas a golpe de multas y denuncias, en muchos casos falsas, y en otros criminalizando reivindicaciones más que legítimas. El fuego moderno se alimenta también de precariedad laboral, censura, pérdida de derechos y libertades.

Resulta sorprendente que del terrible feminicidio acontencido durante la transición del feudalismo al capitalismo solo queden fábulas. En ellas muestran a las «brujas» como unos seres despreciables que se alimentan de infantes, que blasfeman y hechizan, sobre todo a los hombres…

Hoy en día, la palabra bruja se suele utilizar para hacer referencia a alguna mujer acusada de ser «más mala que un doló». Sin embargo, se desconoce que todas aquellas señoras asesinadas cometieron el único delito de ser conocedoras de los saberes asociados al conocimiento del cuerpo y la procreación, y rebelarse ante la iglesia y el estado.

Y así se apropiaron de nuestros cuerpos.

El estado tenía que saber y controlar la capacidad de dar vida, ya que era la única manera de «crear» fuerza de trabajo (trabajadores y trabajadoras) que generaran plusvalía sin poner demasiados problemas.

Se apropiaron de nuestros cuerpos y se apropiaron de nuestras mentes. La apropiación de los cuerpos mediante la violencia, la apropiación de las mentes…

¿Qué está pasando con nuestras mentes? ¿Quién marca nuestra agenda intelectual? En la televisión nos aturden con vidas ajenas que nada deberían importar pero que adquieren relevancia por el simple hecho de tener detrás una serie de corporaciones financiando una programación aletargamentes.

Y en las escuelas y universidades, pretenden que esas mismas corporaciones sean las que marquen los contenidos con los que adiestrar a las futuras generaciones de series de seres manodeobrabarata-consumidores.

Se han apropiado del territorio, subordinando su ordenación a los intereses del mercado. Se han apropiado de la posibilidad de existir de manera saludable, emponzoñando todo lo que nos rodea con sustancias de las que muchas veces desconocemos sus verdaderos efectos. No sé, no me imagino yo con el tercer ojo visible.

Se apropian del lenguaje de la gente, se lo apropian, lo vacían de contenido y lo devuelven con  efecto de marca registrada, participativo, sostenible, democrático. Se apropian de la ilusión y la esperanza, engañándonos, confundiéndonos con espectáculo barato y con discursos y procederes engañosos. Y se apropian del amor, hasta de eso se apropian. Programándonos como sufrientes y sumisas damiselas (a ellas), como negadores de emociones y salvavidas (a ellos). Por supuesto, atendiendo a que solo haya ellas y ellos, dicotomizando nuestra existencia, no nos vayamos a liar.

En fin, por apropiarse, se han apropiado hasta de «la roja», que además seguro que también hubiera acabado calcinada en una hoguera.

Poco a poco deberemos ir reapropiándonos, o vamos reapropiándonos, de los comunes saqueados. Hay personas que lo consideran pequeños logros, insignificantes. Otras lo consideran fechorías propias de gentes de mal vivir. Pero, aquí entre nosotras, no puedo evitar sentir cierta alegría, consuelo o paz,  cuando veo que el vecindario de un barrio es capaz de recuperar el territorio pretendidamente arrebatado para construir una carretera cuya única finalidad es facilitar que lleguen más personas a consumir muebles de usar y tirar. Reconozco que me reconforta un poquito la conciencia ver como espacios destinados a la especulación más atroz han sido rescatados como espacios públicos, verdaderamente públicos, que no estatales. Espacios gestionados por y para la gente. Y no puedo evitar que se me escape una sonrisilla al ver que un edificio y un enorme solar vacío, «propiedad» del banco malo, situado en uno de los centros históricos con menos metros cuadrado de espacios verdes de Europa, se haya «liberado» y se quiera abrir al barrio para que la gente disfrute, conviva, produzca…

¿Será que soy mala? ¿Será que yo misma soy más mala que un doló? ¿Será que soy una bruja? Será que somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar. Y, por supuesto, lo que no vamos a hacer es dejar de echar «palitos en candela»; pero ahora, que en el fuego ardan otros.

Hacer la cama…

«Echo de menos la cama revuelta», Kiko Veneno

«Hacer la cama» ofrece el anticipo de una situación de placer. El placer cotidiano que sientes justo en el momento en que te introduces en ella, toda ordenadita, normalmente para ponerle fin a un día que puede haber estado, o no, lleno de marrones, de alegrías o de momentos simples, unos tras otros.

«Hacer la cama» evita que, justo en el instante en que llegas más o menos perjudicada al lecho, tengas que organizar todos los elementos que la componen: bajera, altera, edredones… Sobre todo en invierno, ¡qué aparatoso es el invierno!

«Hacer la cama» dignifica, al menos en apariencia, el habitáculo donde, de manera solitaria o compartida, transcurren tus horas de descanso, durante las horas que no estás descansando, claro.

Y «hacer la cama» también es una expresión coloquial que significa «engañar a alguien para obtener algún provecho». Curiosa metáfora referida al trasto en el que se duerme.

El primer acto político que alcanzo a recordar fue el hecho de negarme a hacer la cama de mis hermanos mientras ellos jugaban alegremente en las calles.

Muchas camas hechas y deshechas se han sucedido desde entonces.

Después de haberme negado durante años a hacer camas propias y ajenas, no puedo evitar una certeza intranquila sobre  la existencia e insistencia de una serie de individuos que llevan mucho tiempo haciéndose, o haciéndonos, la cama; pero no precisamente para facilitarnos el momento de placentera introducción al catre.  

En este hacer deshaciendo, nos encontramos que después de 56 reformas laborales desde el estatuto de «los trabajadores», cada vez cobramos menos, trabajamos más, cotizamos menos, peligramos más, descansamos menos y nos tragamos más.

Los almohadones han ido acomodándose mientras aumentaban el presupuesto destinado a las unidades antidisturbios, los hombres de azul, las fuerzas del des-orden; mientras veíamos cómo desaparecían los recursos destinados al bienestar de las personas, a la educación, a la salud, a la libertad.

La Ley Mordaza, pretende penalizar los escraches, las pancartas colgadas desde los edificios y las acampadas en la vía pública. Pero ando preocupá, porque en Sevilla van a tener serios problemas a la hora de delimitar exactamente el delito. ¿Habrá de tener cuidado la Macarena, o más bien sus adoradores y adoratrices, a su paso por San Gil? ¿Se considerará un escrache? Desde luego, una multitud clama a la puerta de su casa. ¿Se supondrán pancartas los telajes que cuelgan de los balcones? Y lo que sucede en el Duque en la Madrugá, ¿lo interpretarán como un intento de acampada? ¿Somos todas iguales ante la ley?

Nos han vendido la moto, sí; y el coche, utilitario primero, todoterreno después; y el chalete en la playa; y la tele de plasma. A cambio, nos queda cemento por dehesas, la atmósfera podrida y el agua embotellada.

Y el agua, que cae del cielo, como dijo una sabia mujer. ¿Cómo nos están privatizando el agua? El agua, ¿no debería ser de todas y para todas? ¿Es un negocio o es un derecho?

Se les podría reconocer —si cayéramos en la trampa— que al menos han tenido el detalle de lavar de vez en cuando la ropa de cama, aunque usando suavizante de la marca «Santa Eufemia», que suaviza un poco y oculta (que no elimina) el olor a podrido.

Ponen nombres de instrumentos musicales a las terminaciones desgarrapersonas de las vallas que separan Europa del Sur del otro Sur.

Niegan la censura, cuando la censura existe e insiste.

Se han apropiado de nuestras mentes, de nuestros deseos y de nuestros cuerpos. Pero mi cuerpo es mío, o por lo menos nuestro, pero no de ellos.

En fin, que meticulosamente han ido haciendo la cama, una cama aparentemente mullida, pero llena de migajas —o de cristales, si me apuras— y en la que muchas veces parece que estemos dormidas.

Menos mal que, de la misma manera que estos individuos existen e insisten, otras personas deshacen la cama.

Ahí andan, alborotando las sábanas, quitando las mantas, tirando los edredones al suelo y dándole la vuelta al colchón. Las Corraleras, liberando edificios que estaban sin gentes, para llenarlos de gentes que estaban sin casas. Los Descentrados, que pretenden recuperar espacios públicos, disfrazados de privados. Los Mercaos Sociales, que están sensatizando y facilitando una toma de decisiones más justa, ecológica y social a la hora de adquirir los bienes que nos hacen falta para la más feliz de las subsistencias.

Habrá que ponerse y asumir que quizás no sea tan placentero que otros nos preparen el nido. Que más bien deberemos ser nosotras las que decidamos si sí o si no; cuándo, dónde y de qué manera organizar y gestionar el lugar donde descansen nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros espíritus.

¡Ah!, hace poco leí un artículo que anunciaba que hacer la cama es malo para la salú. Para que luego digan.

«El topo que cava galerías sin que se noten en la superficie hasta que esta se desploma»

La palabra escrita tiene, entre otras utilidades, la de transmitir información de un momento y un contexto determinado a otro contexto y momento. Es prácticamente imposible captar con palabras todo lo que sucede en un instante, sobre todo si no queremos quedarnos en la superficie y anhelamos profundizar en sus entresijos. De ahí que sean tan frecuentes las versiones, incluso opuestas, que describen un mismo momento. Sin tener que recurrir a la acusación de falsedad, la información expuesta por diferentes personas puede ser totalmente desigual. Varía en función de donde se ponga el foco, del nivel de profundidad con que se trate, de los conocimientos y de las vivencias previas, o incluso —y desgraciadamente—, del origen de la nómina que mes a mes sustenta a quien escribe. Por otro lado, un periódico puede tener diferentes utilidades: puede servir como elemento dignificador de cristales y espejos; se puede usar como suplente del papel de estraza o cualquier otro material similar para envolver pescado, huevos o verduras; puede convertirse en un sugestivo sustituto emergente del papel higiénico; constituye una indudable aportación a la anhelada apariencia de persona leída que pretendemos muchas; es un perfecto elemento ocultador para las espías; o una cobertura extra para el pecho en las frías mañanas de invierno. Pero lo que nos interesa aquí y ahora es que puede ser una interesante manera de usar y difundir la palabra escrita. De manera que un periódico nos puede servir para transmitir información de un contexto a otro. Sin lugar a dudas, a día de hoy, muchas palabras escritas transmiten información. Nos cuentan de la Familia I-real, del Euríbor, del Betis; nos hablan de Bruselas, del Supremo y de que el «necesario crecimiento económico» vendrá en 2014; nos dicen que ETA está en todas partes, como otro personaje histórico que ahora no recuerdo; y también nos enseñan que las mujeres se acaban de incorporar —como aquel que dice— al «trabajo» y que no está nada mal que adquieran carguitos de poder, siempre y cuando sean buenas madres y amas de casa y vayan siempre monísimas. Hemos aprendido que la única manera de gestionar el dinero es a manos de malhechores, como ese fulano con apellido de calzado deportivo o cualquiera de sus secuaces; o que lo lógico es invertir en armamento y recortar en educación y salud. Sabemos más de Messi que de Rosa de Luxemburgo. Y somos incitadas a consumir para alcanzar nuestra «extrema satisfacción» como personas, teniendo como único criterio de castración el límite que te imponga la Visa. Que no es por criticar, que es por referir. Que seguro que esta información será necesaria para alguien. Pero no podemos evitar la continua sensación de que nos falta algo más para que podamos retomar el poder sobre la toma de decisiones que rigen nuestra existencia, y la capacidad y la posibilidad de ser felices. Así que no nos ha quedado otra: nos hemos juntado un montón de personas para usar la palabra escrita acompañada de imágenes e intentar compartir información que no suele ofrecerse de manera generalizada. Recuperar «los olvidos» (que de verdad que no les atribuimos mala intención). Y es que estarán ocultos en el subsuelo, de ahí que nuestro tótem cave galerías, para sacarlos a la superficie. De manera que hemos decidido ver qué tienen de cierto los mitos, o intentar traducir la economía, ya que «tan importante» es en nuestra vida. Queremos saber qué sucede en el tajo, realmente. Queremos saber qué recursos ofrece la Tierra y cómo gestionarlos, de manera que las siguientes generaciones puedan seguir teniendo una existencia feliz. Nos da curiosidad bucear en la historia porque seguro que habrán tenido lugar mas acontecimientos aparte de las insignes batallas, los tratados firmados o los varones pudientes de los que nos han hablado y que siempre eran los que firmaban tratados y «protagonizaban las batallas». Queremos saber de política, pero a ser posible, de la política que a nosotras nos interesa: qué sucede en la calle, cómo nos estamos organizando, cuáles son las necesidades y reivindicaciones reales. Y queremos reírnos y divertirnos y contribuir a la creación de redes. Mujer, ¡ya que estamos! Todo esto teniendo en cuenta que no estamos solas, que tenemos grandes aliadas en esta tarea como el periódico Diagonal, la revista Noton, la revista Papeles, El viejo topo, o rebelión.org, por nombrar a algunas. Y que estamos ilusionadas y entusiasmadas y acojonadas, hay que reconocerlo. Pero la tranquilidad que da la manada nos envalentona, y aquí estamos. Esperemos disfrutarlo y generar disfrute, solo nos queda desear: ¡larga vida a el topo! NB: Hablamos en femenino porque todas somos personas independientemente de lo que nos penda entre las piernas.