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ODIO

Avanza el año y los niveles de odio aumentan a la vez que los contagios y las restricciones. Una furia y una saña que, como suele ser habitual, siempre sufren las mismas. Que la extrema derecha se ha ido viniendo arriba en los últimos años no es nada nuevo. Que temíamos que los gritos y las provocaciones podían ir a más, tampoco. Y así ha sido. Los ataques a sedes de partidos o asociaciones y las amenazas, incluso de muerte, se han ido sucediendo en distintos puntos del país, también en Sevilla. Se sienten tan legitimados que hasta agreden a menores migrantes, como ocurrió en Guadalajara donde atacaron a un niño de 12 años al grito de «¡puto mena!», y esto antes de la publicación del infame cartel de la campaña para las elecciones de la comunidad de Madrid.

Están tan subidos que dan mítines en barrios obreros azuzando a sus seguidores a prender mechas. Mientras tanto, la represión policial e institucional se ceba con quien se atreve a resistir.

La pregunta es: ¿tienen realmente tanta representación en la sociedad o es una burbuja alimentada por su permanente presencia en redes y medios? ¿Estamos rodeadas de vecinas fascistas o es lo que nos hacen creer? ¿Están blanqueando el fascismo? ¿Están o estamos contribuyendo a la difusión de su discurso de odio cada vez que los nombramos?

Marta Peirano describe en su libro El enemigo conoce el sistema numerosos casos de campañas orquestadas para difundir mensajes de odio muy por encima de su respaldo
social real. Las redes sociales y sus algoritmos tienen mucha responsabilidad en esto, pero también los medios masivos convencionales que, además de representar los intereses de grandes conglomerados empresariales, se encuentran en una situación de tanta precariedad que han dejado de lado la rigurosidad y el contraste de la información. Sabemos que la máxima de las redes sociales es la polarización. Esto genera una idea de comunidad (ideal para vender) y potencia el nosotrxs contra ellxs. Y ahí la extrema derecha se mueve como pez en el agua, lanzando discursos xenófobos, machistas, lgtbfóbicos, etc., promoviendo el odio, normalizando las amenazas y haciendo creer que representan a más población de la que realmente compra ese discurso. Pero cala. Muchos medios les siguen el juego, por cercanía, por audiencia o por ambas cosas. Y otros, intentando poner en cuestión ese discurso fascista, no hacen más que darles voz ayudando a difundirlo. Mientras tanto, como decíamos al principio, los niveles de represión a la disidencia van aumentando.

La situación da miedo. Y nada de esto es nuevo, pero sí que ha crecido en el último año. Y en este punto nos planteamos ¿cuál es el papel de medios como El Topo? Precisamente nuestra independencia y nuestro periodismo reposado nos permiten acercarnos a estos fenómenos con reflexión. No nos quedaremos en la difusión de sus discursos, aunque sea para denunciarlos, sino que seguiremos dando voz a quienes luchan contra ellos o contra todo lo que ellos representan. En tiempos tan oscuros como estos, periódicos como este que lees tienen más sentido que nunca. Larga vida a El Topo.

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