nº60 | editorial

La caló y otros males estivales

Este número de El Topo se ha cocinado, como siempre, al fuego lento de dos meses. La diferencia es que estos dos meses han sido en verano. Se debería de haber cocinado rápido por las altas temperaturas de estas olas o tsunamis de calor que, especialmente, han azotado al sur y han creado récords históricos de altas temperaturas, tanto de la tierra como de la mar.

Es ese calor que nos deja lacixs, que hace peligrar la salud y que asesina más que el frío a las personas más vulnerables, como son personas sin hogar, personas mayores o niñxs. En verano también suelen aumentar los feminicidios, se sufren mucho más en el sur los cortes de luz que hay en barrios empobrecidos, como es el caso de las protestas de Barrios Hartos en Sevilla, sin más protección para el calor que bajar las persianas y un abanico. Este calor nos intenta recordar que nuestros cuerpos, al igual que la tierra, son finitos y frágiles. Llevamos ya años escuchando que este es el verano más caluroso que hemos vivido y el más fresco del resto de nuestras vidas como broma recurrentemente estacionaria que se sucede como las noticias de incendios y sequías estivales.

Sin embargo, no todo iba a ser malo. Este calor ha dejado vacía de guiris la ciudad donde se imprime este periódico, trasladándolos al lugar a donde pertenecen: las playas. Estos lugares que llevan viviendo la turistificación estacionaria (o no) desde hace décadas, duplicando o triplicando su población durante dos meses o más, subiendo los alquileres, creando horarios abusivos para el sector servicios y condiciones precarias, por no hablar de la explotación medioambiental que supone que haya tantísima gente de repente en un paraje natural. Toda esta masificación que ya no azota solo a los lugares de playa, sino también los de monte, creando, más que senderos, romerías de turistas. Estas, entre otras cosas, están dando lugar a muertes de personas que se despeñan por esos caminos masificados. Mientras, lxs autóctonxs se dicen entre ellxs que «solo dos semanas más»; o hay incluso quienes escapan de sus propios paraísos para no tener que soportar la masificación estival. Hay quienes también crean estrategias de resistencia, como falsos carteles de las playas mallorquinas, donde advierten en inglés de la peligrosidad de las playas, mientras que en mallorquín y en letra pequeña se puede leer que no se preocupe, que es mentira y para echar a los guiris de la playa.

El verano no es solo una época horrible porque afecta a nuestra salud física, a nuestro ecosistema y a nuestras condiciones de vida y laborales. También podemos hablar de salud mental. El verano nos recuerda que no todo el mundo tiene vacaciones, que no todo el mundo puede viajar o tiene un pueblo o casa familiar a donde volver. Que nos quedamos solxs en nuestros barrios mientras nuestrxs amigxs se van de vacaciones, o que las estaciones se van sucediendo unas a otras sin pena ni gloria porque nuestro paro de larga duración nos ha hecho olvidar qué son las vacaciones.

Los veranos son duros, son áridos, son preciosos, son divertidos, son de amores, son de muertes, son de playa, de montaña o de nada.

Parafraseando a Leon Tolstoi, podríamos decir que todos los veranos felices se parecen los unos a los otros, pero cada verano infeliz lo es a su manera. Desde la redacción de El Topo, recordamos los veranos infelices, pero esperamos que hayáis tenido un feliz verano.

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