Ilustra Inma Serrano http://inmaserrano.es

Los tiempos que nos ha tocado vivir

La realidad es aquello que, cuando uno deja de creer en ello, no desaparece. Mi vecina del 2º

Vivimos tiempos cuanto menos extraños. A finales del mes de octubre pasado, el Panel Intergubernamental de la ONU sobre biodiversidad, el IPBES, certificó que las mismas agresiones ambientales que hay detrás de la emergencia climática son las que causan pandemias como la COVID-19. La «explotación insostenible» de recursos que lleva a la alteración del clima y las extinciones masivas son el origen del surgimiento de nuevas enfermedades planetarias. Sin embargo, frente a problemas que ponen en peligro la continuidad de la vida tal y como la conocemos, las soluciones se buscan en los estercoleros del circo mediático, entre vacunas milagrosas y cierres perimetrales que salven la campaña de Navidad. Pero no nos engañemos, las derechas han tomado nota, a su manera, del declive del turbocapitalismo, y se están preparando como élite ante lo que se avecina. La desigualdad social creciente, la exclusión de cada vez más personas de las condiciones que aseguran una vida digna y el desplazamiento del espectro político conservador hacia la ultraderecha son parte de su agenda. En Bruselas, por ejemplo, tras el toque de queda nocturno de este otoño, se ha decidido exigir a las personas sin casa un certificado de «sin techo» para poder seguir transitando por la calle sin que «la madera» les moleste. En Andalucía, la comisión sobre la recuperación económica y social por la COVID, presidida por los fascistas tras haberse opuesto a que se formase, ha acabado desembocando en un paripé que habla de toros, de caza, de un plan nacional de natalidad y otro de violencia intrafamiliar.

Pero ¿ha comprendido la izquierda institucional o los grupos de sensibilidad progresista la encrucijada civilizatoria en la que nos encontramos? Pues nada parece indicarlo. Sus discursos y programas siguen vendiendo esperanzas de crecimiento basadas en las ilusiones de un sueño injustificado y demostrado imposible; la abundancia de energías renovables, los coches eléctricos para todas y el transporte de mercancías y personas a golpe de amperios y voltios. Siguen alimentando un individualismo de smartphone cada vez más eficiente y vigilante. Abrazando el urbanismo de buldócer, pero eléctrico, y la revolución del 5G al estilo de los discursos más cínicos del neoliberalismo que defiende una realidad que solo será posible para una élite.

En definitiva, no se vislumbra en el horizonte de la política institucional ninguna maniobra alineada con criterios de igualdad y justicia social acorde con los tiempos que nos toca vivir. Ni un solo mensaje que hable de decrecimiento controlado, de una crisis sistémica imparable pero modulable, una crisis ecológica, económica y social que ninguna tecnología ni industria 4.0 va a poder atajar. Vamos a decrecer, nos guste o no, es más, ya lo estamos haciendo. Podíamos hacerlo por las buenas, asumiendo y conduciendo de manera justa y equitativa el declive, o por las malas mediante conflictos, fascismo, ecofascismo, exclusión y pobreza. De momento parecemos haber elegido las malas, pero está en nuestras manos frenar a las tendencias más reaccionarias. Garantizar la alimentación y aire sanos, el agua y la energía, los cuidados dignos, la salud y educación públicas, la vivienda, los besos, el poder caminar solas sin miedo, solo será posible construyendo de forma colectiva proyectos emancipadores y fortaleciendo los ya existentes. ¡De ahí la importancia de que proyectos como El Topo cumplan 7 años! Las transiciones ecosociales que nos guíen hacia una salida justa de esta pandemia mundial ligada a la emergencia climática provocada por un sistema socioeconómico moribundo a través de las sendas de un decrecimiento controlado, las contará El Topo o no serán. Feliz séptimo aniversario y ¡larga vida a El Topo!

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