ESTA HISTORIA VA SOBRE ABORTOS

Viernes a mediodía. Suena el teléfono. Era el resultado de un estudio genético. Quince semanas. Podría no haber sabido jamás de qué se trataba, podría no ser sanitaria y no estar rodeada de magníficas amigas sanitarias y no me habría enterado hasta tiempo después. Pero esa no es mi historia. Yo soy de esas personas que ven el dolor y la enfermedad e, irremediablemente, será por deformación profesional, piensa en ellas.

Aunque nada estaba mal del todo, durante el proceso aparecieron algunos contratiempos, supongo que el más importante fue que no llegó el resultado del triple screening. Llevábamos tiempo esperando y dado que no llegaba y ante la desconfianza decidimos solicitar la prueba. Súper sencillo. Solo tienes que teclear en el buscador «test diagnóstico prenatal» y te saltan un montón de ofertas por el módico precio de 500-700 euros dependiendo de lo que desees. En estos momentos me doy cuenta de lo privilegiada que soy. Sí, mujer blanca heterosexual, con estudios y trabajo remunerado (no tiene por qué ir unido). Podía pagarlo.

Y justo ese viernes a mediodía, diez días después, llega el resultado. Enfermedad genética. Una de esas enfermedades que se manifiesta según la afección, totalmente imprevisible. No quería creerlo. Pregunté varias veces, pero la respuesta era clara: de 8 000 células analizadas, todas menos una tenían la enfermedad.

En cuatro días me hicieron la amniocentesis. Estaba al límite de las semanas permitidas para abortar y tenía que ser todo muy rápido. Tuve que pasar el trago durante el momento en que me iban a pinchar de escuchar cómo me cuestionaban, cómo te dicen con una aguja en la mano que conocen a gente con esta enfermedad y son normales. Como una y otra vez te enseñan a ese bebé diciéndote que todo es normal. Tiene pulmones, le late el corazón… y tú cada vez te haces más pequeña y más ruin porque sabes que ya no lo quieres.

Después de ese momento en que me sentí cuestionada y juzgada y, obviamente, sintiendo que podría estar equivocándome, busqué toda la información a la que tenía acceso. Encontré madres y padres revindicando estudios prenatales fiables que permitan saber la noticia con antelación. Encontré madres y padres destrozados por una enfermedad rara que no se diagnostica a tiempo y que por no tratarse a tiempo puede tener consecuencias graves, personas condenadas a la infelicidad y el dolor. Leí muchas historias, y todas tenían algo en común: querían morir. Siento que decir esto es duro, pero para mí era un alivio.

Transité por el sí y por el no. Tuve el apoyo de mi familia y de mis amigas. Amigas con mayúsculas que buscaron conmigo y que hablaron con genetistas y otros profesionales para tener más información. La información es poder. Y con el poder que puedo ejercer sobre mi cuerpo (no es así en otros lugares, ni para otras mujeres), decido parar. Con un diagnóstico confirmado de patología fetal grave antes de las veinte semanas está permitido abortar. Es nuestro derecho. Es uno de los supuestos permitidos para el aborto.

Entonces descubrimos otras partes interesantes de este proceso. No se practican abortos en la sanidad pública. Bueno, si el feto está muerto, sí. En ese momento te das cuenta de la realidad. Eres un trapo sucio que tiene que salir por la puerta de atrás. Los trapos sucios se lavan en otro sitio. Tienes que ir al centro de salud a pedir un papel de interrupción voluntaria del embarazo y entonces te derivan a las clínicas con quienes tienen concierto para ello.

Quien crea que abortar es fácil es un ignorante y no tiene la más mínima idea de lo que esto supone. Ese bebé, que ya tenía nombre, era mi hijo. Mi primer hijo, y yo decidí que lo redujeran a la nada. Es muy fuerte. Es así. Eso es lo que pasó y eso es lo que está en mi cabeza desde hace tres años.

Cuando pienso en ello recuerdo la última ecografía. Recuerdo cómo me dijeron que se había parado su crecimiento, y que seguramente hubiera ido mal igualmente. No sé si esto me lo estoy inventando o si se lo inventó ella, solo sé que es lo único a lo que me puedo aferrar para no odiarme más.

Odiarme por no querer sufrir y no querer ver sufrir a lo que más habría querido en el mundo. Odiarme por no soportar la enfermedad, las consultas, hospitalizaciones, el bullying, el dolor de cada día por vivir en un mundo que no está preparado para la imperfección. Yo no podía cambiar el mundo por él. No podía cambiarme yo, que soy parte de ese mundo.

En una semana estaba incorporada a la vida. Máscara de que todo va bien y a seguir. Cuando miraba a algunas personas recordaba sus lecciones de moral. Recordaba su juicio y no podía verlas igual.

¿Por qué nadie te cuenta esto? ¿Por qué no te dicen que las cosas pueden salir mal y que es normal? Que habrá que tomar decisiones que van a doler, porque no está en la luz, y como siempre, todas estas historias solo se cuentan en la oscuridad.

Vivo con ello, vivo con la culpa y el miedo, y con ese sentimiento de no merecer lo bueno que tengo. Es horrible darme cuenta de dónde viene esto, de dónde vino el juicio. Darme cuenta del papel en el que quedamos las mujeres y no poder hacer alarde de ese feminismo que proclamo. Y gritar a los cuatro vientos que soy mujer, que soy un animal que lucha con uñas y dientes. Gritar que decidí por una vida sin dolor porque tuve la oportunidad de hacerlo, que paré a tiempo un sufrimiento, que sirvo para algo más que para traer hijos al mundo y que no quiero ser sumisa y entregada. Que quiero vivir, disfrutar, y que si puedo elegir quiero hacerlo sin culpa, sin miedo al castigo ni a nada. Hoy, tres años después, decido escribir esto. Decido abrirme y soltar, porque después de esto ya llevo otros dos abortos, naturales, que, aunque duelen, no tienen nada que ver con el otro dolor. Tengo muchas amigas en proceso de ser madres, con tratamientos muy duros y con mucho desgaste y frustración detrás. Afortunadamente empezamos a hablar de ellos. Afortunadamente podemos llorar y reír y burlarnos juntas de El sueño de la maternidad, de la idealización del proceso. Podemos gritar que estamos cansadas.

La responsabilidad de que mi cuerpo sea mío

Han sido muchos los litros de tinta usados para reclamar la soberanía sobre los cuerpos y la sexualidad propios, y esta tarea es básica, aunque esté aún en proceso. El discurso se ha centrado en la libertad de vestir como se desea, de expresar el deseo, la importancia del consentimiento, del derecho a nombrar la identidad, de legitimar las diversas formas de existir… pero quisiera enmarcar este reclamo en el autocuidado.

Desde 2005, Richard Serra realiza, como exposición permanente en el Museo Guggenheim de Bilbao la instalación escultórica monumental La materia del Tiempo. Consta de ocho obras de gran tamaño construidas en acero que ocupan una sala entera y que impactan a la vista. La experiencia de pasear entre ellas hace comprender que es una obra donde quien experimenta, el sujeto, es fundamental, tan importante como la obra misma y que da lugar a tantas experiencias sensoriales como personas se entreguen al momento, hay tantas obras como sujetos, incluso tantas obras como momentos vitales. Una suerte de pasillos cuyas paredes, unas veces circulares, otras inclinadas, otras rectas, o asimétricas, o desiguales… vivas, en definitiva, te obligan a adaptarte al entorno hasta encontrar el equilibrio, la comodidad. De manera orgánica los pasillos son recorridos adaptando nuestro cuerpo y nuestros movimientos a la misma obra y llegando a formar, el público, parte de la obra misma, dando lugar a una danza inconsciente que busca la aceptación en ese contexto, evitar el rechazo, minimizar la incomodidad. Pero, llegar a esto, fuerza a generar acciones artificiales, adoptar posturas antinaturales y experimentar sensaciones sutilmente incómodas. La obra representa con grandiosidad lo que el marco estructural y cultural hace con cada persona, una herida que es al mismo tiempo herida y curación, adaptarse… doblegarse y, en el mismo acto, sentir las bondades de la aceptación.

Esta equilibrada postura en que nos coloca la escultura me hace reflexionar sobre el cómo adoptamos manierismos (en psicología se refiere a movimientos, gestos y posturas extrañas o desproporcionadas asimiladas en lo cotidiano) de supervivencia en la sociedad machista. ¿Qué deformidad hemos asumido? ¿Qué extrañas posturas necesitamos para adaptarnos? La cosificación y la sexualización como falso empoderamiento; el cuidado de otrxs por encima del propio; el vínculo íntimo con personas que no te tratan bien; soportar situaciones dañinas; permitir la invasión del espacio propio; dudar para defender los derechos propios o no hacerlo directamente; tener conductas perjudiciales para unx mismx; comportamientos autodestructivos; dietas insanas; ropas lejos del bienestar; no pedir lo que se necesita; altísima autoexigencia; no aceptar cumplidos; no hacer cosas placenteras; no pedir ayuda; dar demasiado; no cuidarse bien físicamente… La estructura sobre la que hemos construido la vida nos daña, lo sabemos, nos desconecta de sentirnos, de leernos y escucharnos, nos impide poner límites que nos protejan, desarrollamos temor de lo que sentimos porque eso nos pone en peligro… en definitiva, nos relegamos a otro plano porque lo prioritario es no ser rechazadx (por el sistema patriarcal).

Algunas investigaciones muestran cómo los ambientes abusivos impiden el desarrollo de patrones de autocuidado debido a la internalización de las miradas de las figuras abusivas. En el caso del machismo, hemos aprendido a sucumbir a estas violencias ante el vacío inhóspito de la falta de respuesta del entorno o ante el recrudecimiento de la situación cuando nos rebelamos. Esto nos aleja definitivamente del bienestar y de la satisfacción personal.

¿Qué es el bienestar o la satisfacción personal? Es la evaluación que hacemos de nuestra experiencia en relación a un estándar que está muy marcado por el entorno en que se vive. Está muy relacionado con el sentimiento de merecimiento, de derecho y de expectativas. De este modo, las condiciones sociales impactan sobre la idea de lo que creemos que merecemos y esto nos hace perseguir determinados objetivos porque nos lo merecemos, nos hace poner los límites de lo que creemos que tenemos derecho, como los tiempos de descanso, y nos determina lo que esperamos de cada situación: por encima o por debajo de tal umbral es o no suficientemente satisfactorio. En el plano sexual tenemos ejemplos muy claros de esto, lo que se ha venido en llamar «injusticia intima» (Sara McClellan habla de «justicia íntima» para visibilizar cómo impacta la desigualdad social y política sobre las experiencias de intimidad): las mujeres asumen que al menos sus primeras experiencias irán asociadas al dolor —la clitoridectomía simbólica—, es decir, muchas mujeres no tienen conciencia de su clítoris hasta que aparece el primer orgasmo. La evidente brecha orgásmica o la informal encuesta realizada en Twitter por McCleland, para su investigación sobre «justicia íntima», donde se revela que la satisfacción sexual en los hombres se relaciona con que todo vaya según lo previsto y que tengan orgasmos; y, sin embargo, las mujeres hablan de satisfacción cuando no hay dolor. Perseguir el bienestar sexual debería relacionarse con el disfrute de manera consensuada, responsable e igualitaria, no con amasar fortuna orgásmica; con autocuidado en el sentido de saber poner límites al dolor y buscar lo que te da placer. Por extensión, ampliando el foco para observar el bienestar vital, buscar una confortable posición vital sin manierismos, generar los límites protectores que nos dejen aire para respirar porque lo merecemos y tenemos derecho a ese aire, considerar que nuestro dolor es suficientemente grande para ser nombrado, entender que no nombrar ese dolor forma parte del enfermo contrato sexual entre hombres y mujeres que ha sido internalizado y encarnado.

El autocuidado, desde esta perspectiva, es generar una confortable burbuja dentro la cual hay bienestar por merecimiento —por derecho— y es justo esa la responsabilidad que tenemos para proclamar que mi cuerpo es mío.

Cansadas de estar cansadas

La precariedad nos atraviesa a todas, condiciona nuestro presente y nuestro futuro; tanto el individual como el colectivo. Nos aplasta. Y, sin embargo, seguimos en el engranaje capitalista que nos asfixia. ¿Es posible repensar el trabajo con otras lógicas? ¿Hasta cuándo vamos a estar así?

Cansadas (hasta la extenuación). Estresadas. Sobrepasadas. Sin tiempo pa na. No es una cuestión individual. Es un problema al que nos enfrentamos todas en mayor o menor medida. Es el sistema, amigo.

Frente al gran impulso y la manía que tenemos los seres que habitamos este planeta de alimentarnos, de tener un techo digno, luz y agua, nos pasamos el tiempo trabajando para cubrir necesidades básicas. En el mejor de los casos, conseguimos pagar nuestros gastos, mientras disponemos de un tiempo escaso para disfrutar del ocio y vacaciones pagadas.

Falta tiempo para pensar y repensar en las condiciones que tenemos de trabajo remunerado.

La precariedad nos condiciona a cada paso de nuestras vidas. Si queremos (o no) ser madres y, por supuesto, el cuándo, para después hacer negocio con nuestros cuerpos. Si podemos (o probablemente no) vivir solas, tener nuestra habitación propia, soñar al menos con un proyecto de futuro. Condiciona nuestra autoestima, nuestra salud mental. Y, lo que es más importante, nuestra capacidad de construir en colectivo.

A la precariedad se suma la incertidumbre laboral constante. Una incertidumbre sobre la que pesa la angustia, el estrés, la depresión, la ansiedad… Y aquí entra en juego el miedo de «si no acepto este trabajo no podré tener ingresos». Y ahí es cuando se cuela toda la autocensura, el demostrar que valgo. A no entender que el trabajo en sí es una forma de subsistencia, pero también de resistencia frente a lo que no queremos como injusticia. Entender cómo opera el capitalismo y la producción desmesurada, la explotación laboral, del cuerpo, el robo del tiempo… es fundamental para comprender que tenemos límites. Como personas que somos, manifestamos dudas, complejos, inseguridades que florecen cuando vivimos en un sistema que nos exige más y más, y más.

Enfrascadas en el día a día, presas de la cadena que nunca para y de la que solo somos una pieza prescindible, nos fallan las fuerzas para parar, mirar alrededor y ver a la vecina que necesitaría un poco de charla, a la amiga que no pasa por su mejor momento o a las compañeras que andan sacando tiempo de donde no lo tienen para sacar adelante lo común.

La precariedad nos roba la vida y nos roba el futuro. Es un monstruo invisible que devora todo a su paso y nos tritura y nos machaca. Basta con mirar las estadísticas: ¡en España hay más de diez suicidios al día! Y la solución no pasa solo, que también, por invertir más en salud mental: hay que ir al fondo, allí donde habitan los monstruos.

El monstruo de la precariedad y el de la incertidumbre, pero también el de la gente que confunde activismo con trabajo y cree que puede pedirte trabajar gratis porque sí. Nuestro síndrome de la impostora pegaíto a las entretelas, la falta de formación en derechos laborales… esa manera de socializarnos como mujeres que hace que nos cueste tanto exigir lo que es nuestro.

Es urgente seguir construyendo en colectivo, aunque nos fallen las fuerzas, y es urgente reflexionar sobre el valor del tiempo y cómo nos relacionamos con él. ¿A qué quiero —si puedo— dedicarlo? ¿Tengo que aceptar un trabajo donde no se me valore, donde se me invalide como profesional y, por tanto, como persona? ¿Estoy dispuesta a tragar porque me han dicho que tengo que tener una hipoteca, un coche, un seguro de vida?, ¿comprar cosas que no necesito, con dinero que no tengo para impresionar a gente a la que no le importo? ¿En necesario disfrutar del ocio sin gastarme todo el dinero que he trabajado durante un año para irme de vacaciones a Kuala Lumpur?

El modelo de vida que necesitamos no pasa por conseguir más dinero para gastar más y seguir la rueda capitalista. No disponer de tiempo para acompañar, cuidar, amar la vida y la naturaleza no tiene sentido. Tampoco lo tiene dejarnos explotar por una empresa, con estructura patriarcal, donde se establecen roles de poder que critico.

El tiempo que dedicamos al trabajo precario es también tiempo que soportamos estando estresadas y ansiosas y que nos imposibilita conectar con la vida. 

A veces la cuestión no pasa por evaluar si estamos o no dispuestas. Incluso, para evaluar y reflexionar qué queremos y cómo lo queremos, necesitamos un espacio politizado que no somos capaces de poner en marcha por distintos motivos, por falta de tiempo a veces, otras porque ese tiempo que se nos cede en forma de día libre lo invertimos en lamernos las heridas que nos permitan ser válidas de nuevo en interminables jornadas. Estar cansadas es funcional al capital. Estar sobrepasadas también, aunque tengamos derecho a no querer movernos del brasero y reivindiquemos el autocuidado. Pero aliquindoi con despolitizar conceptos: solo si ubicamos los significados en el lado correcto podemos continuar siendo peligrosas para un modelo de sociedad que nos hace repetir hasta la saciedad que «no me da la vida». La vida sí te da, lo que no te da es el capital. Y el autocuidado es político cuando su objetivo es proyectar en lo colectivo. Lo que no te da es la nostalgia —otro de los grandes caballos de Troya de nuestro tiempo—, algo que le da la mano a un momento donde el futuro es tan borroso que necesitamos asirnos a cualquier recuerdo donde parezca que en aquel momento todo parecía mejor. Cuando los medios hegemónicos echen mano de la nostalgia facilona del todo a veinte duros, ponte a temblar.

Ya tenemos bastantes frenos y un futuro cubierto con toda la gama de grises como para seguir poniendo palos a las ruedas. Con todos los resortes activados para que en el entorno laboral la falta de organización haga las delicias de jefes, patrones y responsables de medios, mirar hacia atrás debería servir para traer a este presente otro tipo de cuestiones, al margen del yo, desde una experiencia muy concreta y situada, pero con una dimensión colectiva que no nos ponga en el centro del universo, ni a nosotras como individuas ni al ser humano como medida de todas las cosas. Tenemos derecho a estar mal, a estar cansadas, a no querer ver a nadie; pero esto no es fruto de un día. Belén Gopegui dijo en una charla que se habla de salud mental como si la salud mental estuviera separada de todo lo que nos rodea, como si fuera algo con autonomía propia. Como si no tuviera que ver, en muchos casos, con la realidad material que te rodea.

Bisexualidad, en tierra de nadie

No soy una línea divisoria. No soy 70-30. No me gustan las personas. No tengo doble identidad. Soy 100% bisexual. Y eso significa que me siento atraída por gente de distintos géneros. Supone también tener que escuchar que soy una traidora porque me acuesto con el enemigo. Que estoy cayendo en el binarismo. O que le hago el juego a la heteronorma.

A todas estas críticas, las personas bisexuales tenemos que responder de forma periódica: ¿Por qué darle mayor importancia al vínculo sexoafectivo con un hombre cis que al familiar, el laboral, el de amistad? ¿No es tremendamente patriarcal afirmar que lo más importante es el amor romántico? Y además, ¿son también las compañeras heteros feministas con las que formamos colectivos el enemigo? ¿O solo las mujeres bisexuales? ¿No será eso un poco de bifobia que te ha caído en las pestañas?

¿Por qué es más binarista mi forma de ver el mundo que la del resto? ¿No lo es  relacionarse sexualmente solo con un género? ¿Y por qué entonces bisexualidad y no pansexualidad? nos dicen. Y yo escucho al cuñao de turno preguntar «¿y por qué entonces feminismo y no humanismo?» Y se me quitan las ganas de contestar. Y solo digo, lee Resistencia bisexual de Elisa Coll, que ahí está bien explicadito (un secreto: todo lo que digo aquí lo he aprendido de ella. Perdónenme el plagio, pero es que también nos faltan referentes y corpus teórico).

Sentir la desconfianza desde los propios colectivos feministas y lgtbq+ hace que nombrarse bisexual dé miedo. Asumes que no estás legitimadx y que formas parte de la mayoría opresora. Interiorizas el discurso bífobo y sientes que eres unx traidorx. Hay quienes prefieren dejar cerrada la puerta del armario por no hacer daño al resto del colectivo. No consideran que su sexualidad sea disidente o que sufran algún tipo de discriminación. Da tristeza y rabia ver cómo esas dudas hacen tanto daño. Y por eso repito: no, no somos una raya que separa lo hetero de lo homo. Nuestras relaciones no van de un lado a otro del espectro según nuestras prácticas y deseos.

La identidad bisexual, como las demás, no solo la conforma la orientación del deseo. La identidad abarca tu trayectoria vital y las violencias recibidas y las perpetradas hacia unx mismx. Es política, es memoria individual y colectiva. La identidad te permite un lugar en el mundo, entender que eres válidx, que no traicionas a nadie por ser, que tus experiencias y sentires son legítimos.

Y que el daño debe ser reparado. Que tu yo de la infancia y la adolescencia merece respuestas. Saber que no estaba equivocadx y que es posible ese otro lugar en el que sentía que estaba. Un lugar que no es negro, ni blanco, ni algún tipo de gris. No está en esta u otra acera.

DEL MONOSEXISMO TAMBIÉN SE SALE

Pero, entonces, ¿dónde estamos lxs bisexuales? Responder a esto es difícil porque, como el resto, tenemos que hacer un esfuerzo constante por sacarnos el monosexismo y el binarismo de la cabeza. Es muy complicado ubicar algo que no se concibe, casi como imaginar un color que nunca se ha visto. Quizás por eso, entre otras cosas, la edad de salida del armario de las personas bisexuales es mucho más tardía que la del resto.

A pesar de que nuestra sociedad sigue siendo tremendamente homófoba y tránsfoba, una parte de ella puede llegar a entender el que haya personas que se sientan atraídas por otras de igual género, siempre que el deseo vaya dirigido solo a uno de los dos géneros admitidos. Igual, pueden llegar a concebir sin que les de un jamacuco que haya quien transite de un género a otro. Pero algo les explota por dentro cuando hablamos de género no binario. Eso rompe todo sus esquemas. Destroza su mapa mental.

Creo que algo parecido ocurre con la bisexualidad: ¿atraídxs por más de un género? ¿Cómo ordeno eso en mi visión del mundo? No entramos en las categorías establecidas. Pero el error es pensar que solo existen dos lugares posibles. Y de ahí nace también uno de los más manidos estereotipos sobre nosotrxs: que somos traidorxs, que saltamos de un cajón estanco a otro a nuestro antojo. Somos tránsfugas por romper con la dicotomía hetero/homo y crear nuevos espacios. Eso es difícil de integrar. También para nosotrxs.

PRIVILEGIOS, VIOLENCIAS, SALUD MENTAL

Es de esta forma de entender el género y los vínculos sexoafectivos de donde nace el famoso passing del que se supone que nos beneficiamos lxs bisexuales. La idea es que cuando mantenemos una relación con alguien (leído como) del género opuesto al nuestro podemos hacernos pasar por heteros y vivir con los privilegios que ello conlleva.

En primer lugar, esta situación queda negada para las personas bi no binarias o trans o con parejas que lo son . Así que de entrada no podemos decir que sea algo de lo que disfruten todxs lxs bisexuales. Pero además supone otros conflictos.

No voy a negar que el que te lean como hetero (y cis) puede salvarte de peligros en momentos concretos, como de que te den una paliza en la calle (siempre que seas blancx, neurotípicx, sin discapacidad, etc.) Pero parecer hetero no significa sentirte así. Puede ser un refugio en ocasiones. Pero tú sigues sabiendo que eres bi y que mejor ocultárselo al que está enfrente con cara de nazi.

Ser leído como hetero supone una invisibilización de nuestra verdadera identidad y se convierte, así, en una violencia bífoba. Supone no parar de salir del armario todo el tiempo, porque con cada nueva relación intentarán encasillarte de nuevo en sus dos únicas realidades posibles. Y tú repitiendo una y otra vez a tu gente, o en el trabajo, o en clase, que no, que eres bisexual como lo eras hace un año. Estas situaciones en las que ni se tiene en cuenta la bisexualidad como posibilidad consiguen que te sientas aisladx, confundidx, sin saber quién eres. Y pueden producir angustia, ansiedad, conductas autodrestuctivas… Ninguna persona hetero pasaría nunca por este proceso de autocuestionamiento tan duro. Y no solo eso: siguen existiendo las violencias en espacios privados, la institucional, lxs profesionales sanitarios y de la psicología banalizando tus problemas de salud, etc. Y hay datos que demuestran sus efectos, como este del estudio The Bisexuality Report (Reino Unido, 2012): de entre todos los grupos de identidad sexual, las personas bi tienen el indice más alto de problemas de salud mental, incluyendo tasas altas de depresión, ansiedad, autolesión y suicidio. Y ello se relaciona estrechamente con las experiencias de bifobia e invisibilidad bisexual.

COMUNIDAD Y BI-SIBILIDAD

Afortunadamente, a pesar de todo, las cosas mejoran poco a poco gracias al activismo. En los últimos años se han creado colectivos bisexuales que ayudan a que estos temas se debatan y se visibilicen. Aparecen referentes, textos en los que buscar respuestas y compañerxs con lxs que crear comunidad. Esto es tremendamente necesario. Tenemos que seguir levantando la voz porque nos va en ello el bienestar, la salud mental, e incluso la vida.

CUANDO LO QUE DESEAS SE CUMPLE… PERO DE OTRA FORMA

Hay personas para las que la toma de decisiones es tarea sencilla, para otras es ardua labor. Hay veces que las decisiones son rotundas, otras lo son a medias, un dejarse llevar. Cada una te conduce por un camino hacia un lugar que esperas sea como imaginabas. Pero los caminos tienen atajos, senderos sin salida, ba-rrancos, abismos, praderas hermosas, un sin fin de paisajes y destinos que no siempre coinciden con lo deseado. En mi caso, me considero una persona que por regla general duda, sobre todo cuando se trata de tomar decisiones importantes. En cambio, mi compañero David es mucho más impulsivo, se deja arrastrar más fácilmente por lo que siente en el momento. Un tándem complementario y opuesto a la par.

DECISIÓN 1.

EMBARAZO

Día 31 de diciembre del 2013: sentada en el váter de casa de mi abuela, una meada y dos rayitas rosas. La cabeza aturdida, queriendo por un momento cerrar los ojos, para abrirlos y ver que una de ellas había desaparecido. En ese momento me resumo como abrumada, contenta, asustada, incrédula… en definitiva: ¿y ahora qué? Y es que después de un año de dejarnos llevar, manchando las bragas de sangre cada mes, casi habíamos olvidado el por qué lo hacíamos. Descolgué el teléfono y llamé a David: «Estamos embarazadas. Feliz año nuevo».

La maternidad y yo siempre hemos tonteado con el juego de deshojar margaritas, ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no. Y cuando el pétalo del sí se queda en tu mano, no sabes si comértelo y masticarlo hasta que se desintegre en tu boca o guardarlo en una cajita entre algodones. David y yo decidimos guardarlo con ilusión y miedo.

DECISIÓN 2.

HOSPITAL O CASA

Desde pequeña he tenido muy poca relación con los hospitales; ni roturas, ni puntos ni operaciones. David corría con los ojos cerrados pensando que los muros se desvanecerían y los traspasaría cual superhéroe. Pero, a pesar de puntos, grapas y enormes chichones, ninguno de los dos hemos tenido que recurrir a la medicina convencional con asiduidad.

Cuando nos planteamos dónde queríamos parir hubo algo dentro de nosotras que nos pedía cuevita, alejarnos de un mundo que se nos antojaba frío y lejano. Queríamos recibir a nuestro hijo en un lugar cálido, donde los olores y sonidos fueran reconocibles, acompañadas por las personas que nosotras hubiéramos decidido. A pesar de esa claridad interna, sabíamos que había algo de desobediencia en esta decisión.

DECISIÓN 3.

MI IGNORANCIA PODRÍA HABERTE MATADO

Mi barriga crecía cual luna o globo de fiesta de cumpleaños. Los vómitos brillaban por su ausencia. Era esa protuberancia creciente la que nos recordaba el camino que habíamos tomado. Todo fluía con normalidad, hasta que un día sonó el teléfono. David, Eva, acabáis de entrar en el mundo de las estadísticas: vuestro hijo puede tener síndrome de Down. ¿Queréis haceros la amniocentesis? Desconcierto. De pronto me había convertido en un número que gira dentro de un bombo. El riesgo de aborto espontáneo al hacer la amniocentesis es de 1 entre 200. La probabilidad de tener un hijo con síndrome de Down a mi edad era casi la misma. Cóctel molotov de emociones: si abortaba al hacerme la prueba habría desistido de ser madre. Si nos la hacíamos y el resultado era positivo, ¿qué hacer? La desinformación, la imagen anticuada, el miedo a lo desconocido, a no saberte capaz, los prejuicios… un mar de dudas que podrían haber desembocado en un aborto decidido.

Tomamos la senda de no querer saber. Ahora, todo hay que decirlo, durante un tiempo vi Down por todas partes.

DECISIÓN 4.

BRAGAS MOJADAS SOBRE RUEDAS

Quedaba poco más de un mes para que Teo naciera y nos fuimos a mi pueblo a pasar unos días con mi familia. No llegamos a estar ni 24 horas.

Recuerdo una conversación con mi padre que me decía «a ver si se te va adelantar como a tu hermana» y yo le dije «papá, no tenemos por qué repetir las historias familiares». Jaja, ese mismo día Teo decidió venir al mundo.

Rompí aguas durante la siesta, una fisura que manchó mis bragas levemente. Incredulidad. ¿Me habré meado? Estábamos a 365 kilómetros de Sevilla. Hablamos con nuestra matrona y nos recomendó ir al hospital por lo prematuro del nacimiento. Decidimos volver. El plan casa se había esfumado y el hospital se convertía en una realidad inminente. La cabeza a mil por hora y, de pronto, un nombre: Cristina. Una de nuestras matronas trabajaba de vez en cuando en el hospital y justo ese día estaba allí, de 24 h a 7 h. Teo nació a las 6:55 h entre canciones, colgando de un diminuto cordón umbilical.

DECISIÓN 5.

UN LLANTO DESTAPONA PEZONES

Volvimos a casa al día siguiente a disfrutar de la intimidad sin puertas que se abrieran intermitentemente. Habíamos apostado por la lactancia materna y nos sumimos en tres días de intentos fallidos. Teo no terminaba de engancharse a la teta, le costaba succionar. «¡Vamos, Teo!», le decíamos.

Lo que rompió este bucle fue un salto al bombo de lotería, al recordar que un día fui un número dentro de las estadísticas y que, posiblemente, nunca dejé de serlo.

Tres días de hormonas ciegas, hasta que una voz cercana y amorosa nos dijo: Teo tiene síndrome de Down.

«No, no puede ser, con lo guapo que es», pensé absurdamente, como si las personas con síndrome de Down no pudieran ser hermosas. Y esto sin entrar a valorar qué es la belleza. Primera fila en la montaña rusa y caída al vacío. Al principio no lo crees, pasan por delante todas esas decisiones que has tomado y te las cuestionas de arriba abajo. ¿Dónde cogimos el desvío?, ¿que he hecho mal, qué pastilla no me he tomado? Y sientes miedo, tristeza, enfado. Esto no es lo que esperábamos. Por el camino te ha dado tiempo de hacer el dibujo de un ideal, un boceto casi terminado. Y ahora el papel te muestra un garabato al que amas profundamente. Lloré mucho y esa noche Teo nos hizo un regalo, bebió de mi teta y se sació. Me destaponó la pena.

Y es que quizás sería más sabio no hacer dibujos acabados.

DECISIÓN 6.

PARTO AL AGUA

Todas estas vivencias y emociones han sido para nosotras una inmersión a pulmón, una transformación del plano familiar. De ser dos pasamos a ser tres, una triada o, mejor, una trisomía familiar. Nos ha faltado el aire en muchas ocasiones y cuando esto ha pasado hemos recurrido al lenguaje artístico como pulmón adicional. Ha sido la herramienta que nos ha ayudado a canalizar las dificultades. Por ello, nuestra última decisión, por el momento, ha sido la de sumergirnos en la creación de un espectáculo familiar al que hemos llamado Parto al agua, donde nuestros tres cuerpos, el de Teo, David y mío, se expresan física y emocionalmente. Una catarsis con la que exponer lo contado anteriormente a través de nuestro propio lenguaje.

MEDUSA EN LAS REBAJAS

En una calurosa tarde de rebajas, en cualquier tienda de moda, al fresco liberador del aire acondicionado y en busca de un nuevo bañador, mayor, para mi púber hija que ya está tan grande y tan guapa, que crece tan rápido; la música ligera, suave de la megafonía y las miradas amables, las sonrisas impersonales de las dependientas. No puedo evitarlo, tan contenta que venía y me doy de bruces con sus miradas, las de ellos, pero en mi ropa, en nuestra ropa, en las perchas: ese «inocente» vestido rosa con lentejuelas, ese bikini infantil con sujetador ¡y con relleno!, ese look que imita a mamá, el escote que resalta el pecho, el pantalón que estiliza las piernas, esconde estas carnes de aquí, enseña esas allá. El mensaje, si no alto, bien clarito: «hay que cambiar lo que eres.»

Oigo en mi interior voces de mujer, queridas, cercanas, que no me atrevo a rechazar: «es tan mono…»; «déjala, si le hace gracia»; «le hace tanta ilusión…»; «quiere ser como las demás»; «no pasa nada».

Eso queremos, que sea un nopasanada, no ver la relación con ese mirarse una misma con desprecio profundo y pena infinita por toda esa carne que me sobra, ese hueso más para allá y esa cadera heredada de la abuela de cuando la abuela por fin, privilegios de la edad y del agotamiento del abuelo, se liberó de la estrechez.

Nos cuenta Vallejo en su libro La mañana descalza: Medusa, la primera víctima de su imagen. Castigada por Atenea por desafiar su belleza, impedida de ser admirada con un castigo cruel, quien la mirase quedaría convertido en piedra. El mito desvela cómo necesitamos ser miradas y, de hecho, admiradas para sentir que existimos. Para sobrevivir. Ser fea, gorda o vieja o distinta, arriesga la satisfacción de nuestra necesidad de aceptación, común a todas, resulta sin embargo en un privilegio exclusivo para «elegidas». Aprendemos desde muy niñas a vivir en tensión crítica con el cuerpo propio y con el ajeno. Nos tensamos, incluso físicamente, en ese esfuerzo por ajustarnos y nos tensamos en el ensañamiento hacia la otra al ver que no se ajusta (¿cómo hacerlo?) al modelo, en un autoanálisis cruel proyectado. Aprendemos que nuestro cuerpo no es adecuado y que debe pasar por el filtro de la mirada de otras personas, ser juzgado, y que eso que somos, o eso que creemos o queremos ser, no será posible
si no soy lo que debo ser: atractiva, complaciente y buena. Solo si paso este primer filtro tendré derecho a pasar los siguientes.

Continúo transitando los pasillos mientras me abstraigo en mi pensamiento enfadado. Mi cuerpo no se parece a ningún maniquí. No veo el cuerpo de mi hermana, de mi amiga, de mi madre. El culto al cuerpo se ha convertido en algo central en nuestras vidas hasta el extremo de condicionar nuestra vida privada y pública. Se ha convertido en medida de nuestro valor; termina siendo un terreno donde cultivar privilegios y opresiones: juventud y belleza, los privilegios; el resto, la opresión y, por tanto, oculta, no se debe ver. Es a esto a lo que llamamos cosificación, a reducir a la mujer a su cuerpo olvidándonos
de su compleja totalidad. Cuando en el proceso de socialización la cosificación ocupa un lugar central, da lugar a una interiorización de la misma que conlleva un autoservicio de crítica en torno al cuerpo, el autocastigo. Cuántas odian su cuerpo, rechazan partes de él, se avergüenzan, se vigilan en tensión, se martirizan y aguijonean en su día a día para no entregarse al disfrute porque, el disfrute, el placer, puede traer como castigo la traición del cuerpo que responde rebelde expandiéndose, poniendo en peligro la satisfacción de algunas otras necesidades básicas: ser querida, ser «merecedora», ser aceptada.

Me parece, allí en la tienda, imposible ser mujer en este mundo sin quedar atrapada en el cuerpo y en la función de objeto sexual. Desde niñas iniciadas
en la sexualización de nuestros cuerpos a través de estas performances en las que se nos convierte en pequeñitas mujeres erotizadas. La sexualización nos informa desde temprano de que, además de ser objetos bellos, debemos ser objetos sexuales.

Pero ¡por favor! Si incluso los hombres cada vez aceptan menos sus cuerpos en una suerte de igualdad mala. Igualar por lo malo y no por lo bueno. El desastre de un mundo de cuerpos mercantilizados.

Sin embargo, esta visión devastadora puede ser no reconocida por muchas personas que disfrutan del supuesto empoderamiento que proporciona su cuerpo ajustado al canon.  Que personas que disfruten su belleza se sientan empoderadas desde ese lugar de privilegio no parece más que legitimar la estructura en la que cosificar y sexualizar son medidas del valor de una persona.  Se produce, en este sentido, un falso empoderamiento ya que el placer se obtiene por el hecho mismo de ajustarse a la norma. La liberación sexual de los cuerpos normativizados no es ningún logro, es más de lo mismo, creo. A esto lo llamamos sexismo benévolo, el disfrute del beneficio logrado a partir de la mirada omnisciente del hombre que, por guardar belleza, valora y protege, una mirada proyectada de arriba abajo, jerárquica. Del mismo modo que un mecanismo adaptativo es la autocrítica al cuerpo y la autocosificación, también se produce la autosexualización. Es cuando una misma se inmola para lograr la benevolencia de la mirada patriarcal. No parece que empodere, no parece una buena y sana gestión de las necesidades emocionales, sino una trampa más en la que caemos «voluntariamente»; como al tirarte tú misma a la piscina antes de ser empujada.

Desconsolada, me largo de ese escenario de cuerpos de plástico «perfectos» decidida a transformar mi enfado; un exorcismo de esas miradas interiorizadas a través de la propia aceptación como acto de rebeldía. Ser capaces de mirarnos sin interpretación, solo observarnos, como si fuera, desde la ribera, al agua correr; con la bella aceptación que provoca la naturaleza. Cuando asome el deseo de cambiar algo que no nos parece suficientemente bello, mirarlo y dejarlo pasar con un pensamiento activo de Yo no soy un cuerpo. Prestar atención al cuerpo, sí, disfrutar la belleza de nuestros cuerpos, sí, todos, y que el cuerpo no sea un impedimento para aceptarnos. Esto nos devolverá el disfrute del cuerpo sin condiciones, sin miradas ajenas, sin alienar nuestra mirada, solo el filtro que mis propias emociones me brindan y así, entregarnos a un placer más duradero y, por egoísta, a un placer más entregado.

CARNE HOMELESS: HABITARNOS EN LA SOCIEDAD DEL SHOCK

8:00 am. 3 nueces. Café solo. 1 vaso de yogur 00. Susana Griso. «El palacio de Hielo es una morgue».

Me ¿sorprendo? agarrando carne. Haciendo un arito con índice y pulgar, buscando el hueso de la muñeca mientras la tele escupe.

Hago y deshago la medición. Reajusto la restricción para la próxima ingesta. Prometo la siguiente compensación.

Desayunar es un barrizal.

Narrarse en el capitalismo de subjetividades.

Aprendí muy de pequeña que la presencia siempre está amenazada en esta sociedad del shock mediático y que hay dos mecanismos desde los que «darse lugar». El deseo y el miedo.

Ambos exigen un trabajo de producción subjetiva cansadísimo que garantice «hacerse presente» en una interfaz social cada vez más acelerada, donde nos hemos servido en bandeja/formato dispositivo móvil la precariedad del capitalismo de subjetividades.

Un cuerpo por sí mismo no parece ser suficiente, así que, desahuciadas de la habitabilidad de nuestras propias carnes, la opción que nos queda es movernos (Si lo registras/posteas o lo documentas mejor) para alimentar los ritos narrativos que nos determinan.

Con el colapso pandémico como guinda, es una proeza totalmente negligente seguirle el ritmo a la información de impactos. Pero como nos va la vida en ese «contarse luego ser», todas fracasamos lo mejor que podemos, desde bien temprano, intentando subirle la apuesta a la brutalidad informativa.

Producimos y reproducimos nuestra concatenación personal de ritos que aseguren, por lo menos, la continuidad de nuestro relato.

Y vamos con todo.

Puestas a elegir, a algunas se nos atragantó la lógica del deseo por gordas, por lesbianas, por locas… y encontramos en amenazar la estabilidad, aunque se trate de la nuestra propia, el único mecanismo narrativo de supervivencia viable para hacernos un cuerpo/una casa/un espacio desde el que ser. Desde el que estar.

Romper con el principio de autoconservación como estrategia vital es una paradoja muy de nuestro tiempo y se expresa en múltiples formatos. El mío lo diagnosticaron anorexia.

Firmando un contrato por mi infinita reducción he construido un sistema meticuloso de sumas, castigos, condiciones y reglas autoimpuestas. Algunas más conscientes que otras.

En definitiva, un entretenimiento activo y absorbente 24/7 para poder vivir en un presente que califica de carente a quien no produce.

La receta es la siguiente:

1. Desvirtúo la dimensión política y común que caracteriza a la práctica alimentaria para reducirla a método de subjetivación.

2. Diseño un paquete de acciones que afirman mi sensación de hiper-agencia (control de ingestas, percepción de comida-causa y cuerpo-consecuencia, clasificación de alimentos en clave moral bueno/malo y saludable/procesado…).

3. Me atribuyo, con la ayuda de la losa de la cultura de la dieta + los modelos occidentales de belleza, (poca cosa) la autoría de la información que desencadena mi vínculo con lo alimenticio.

To pa dentro.

Como bajarse del juego de la producción subjetiva no es una opción y la interacción es un bien precioso, al alcance del texto más bizarro, de la imagen más impactante, del titular más conmovedor… Me asedio a mí misma, carne homeless, utilizando la gravedad de los relatos/sensaciones y afectos generados por mi cuerpo muerto de hambre para intentar vivir en el mismo mundo que Susana Griso un lunes cualquiera.

La casa, la otra.

Estoy en el supermercado (se sabe, best place ever para personas que no se dejan comer).

Como el cuerpo aún no confía mucho en la capacidad de hacerme cargo de mí misma, me lleva como zombi hasta las secciones menos recomendadas por Carlos Ríos, para que haga acopio de comida energética por si se me vuelve a pasar por la cabeza atentar contra mis necesidades básicas.

Llama M.

Dice que está preocupada porque odia a todo el mundo. Nos reímos.

Muy segura de que estamos en el mismo punto de mierda, encendemos el modo confesionario y repasamos el top 10 de los corajes de la semana del rollo de «tengo veintitantos, no tengo trabajo, llevo una carrera y dos másteres, llevo la rica pandemia, mi madre dice que no sabe por qué estoy tan triste, mi amiga dice que si tengo claros mis objetivos y en realidad soy una privilegiada y en realidad qué pasa con Lesbos y qué pasa con el reparto de comida en la calle de atrás y cómo hacemos impacto y sácame de casa que no puedo más».

Nos prometemos otra vez que la primera que consiga vivir del cuento hará un estar para las dos.

Sin darme cuenta, cuelgo en el pasillo de los cereales (exartículo prohibido durante los peores meses de la enfermedad). Cojo de chocolate rellenos de chocolate y, a modo de mantra, me digo en silencio: por encontrarnos, somos.

Sigo hacia la línea de caja con dignidad sin precedentes.

La casa era el encuentro era la interlocución era la otra.

9:30. Café. Una tostada con jamón.

«Vox somete a votación en el Congreso la petición de penas de cárcel para ‘okupas’».

El fondo común de cualquier desplazamiento es la búsqueda de una casa. Un entorno de suficiencia y presencia donde deje de ser necesaria la producción de narraciones y podamos poner las carnes a conversar sin dejarlas atrapadas en los rituales de deseo y miedo.

Hay un rumor bajo el texto del shock. Un rumor de supermercado de estación de metro, de baños públicos.

Resonancia oral, que emerge del cuerpo y se reconoce en lo heterogéneo.

Entender que la condición habitable reside en la conversación, desplaza la búsqueda de hogar a la búsqueda de encuentros. A la búsqueda de la otra.

«Segregación por barrios en Madrid.»

Cojo los deditos de M mientras la tele escupe y nos preguntamos y vivimos en la pregunta.

Escribir desde la herida: hacia el cuerpo-casa

Un tío me dijo que* es un fanzine autogestionado que nace de las vivencias concretas de tres amigas de diferentes geografías y padeceres, que deciden compartirse y acompañarse en los dolores. Rosa, Raquel y Cristina escriben aquí sobre lo que ese proceso y el fanzine que resulta del mismo ha significado.

CUERPO VIOLENTADO

Ser asignada niña al nacer y que esa asignación coincida con crecer en una familia de clase obrera desestructurada, significa dejar de ser niña muy pronto. Por lo general, los grupos oprimidos siempre parecen madurar más rápido que el grupo de opresores, teniendo siempre en cuenta que estas categorías no son estancas ni excluyentes entre sí. Seguramente, la herida que genera el sobresfuerzo de adaptarse y de seguir adelante a pesar de todo sea una parte fundamental de este fenómeno. En definitiva, lo que nos decían nuestras madres, tías y abuelas cuando llegábamos a la preadolescencia siempre fue una verdad dolorosa: las niñas maduramos más rápido.

A algunas, la violencia sexual hacia nuestros cuerpos nos llega mucho antes de la adolescencia. A la mayoría, esta violencia les llega cuando su cuerpo comienza a desarrollarse. No hay donde esconderse. Sea como sea, tu cuerpo es violentado de una u otra manera. Los hombres adultos empiezan a señalar lo madura que eres para tu edad y, evidentemente, te lo crees, porque llevan toda la vida diciéndotelo y porque, seguramente, en el fondo sea verdad. Y, si no es verdad, lo intentas; intentas ser una mujer.

Lo curioso es que, después de pasarnos la primera veintena de nuestras vidas siendo aduladas por nuestra madurez, cuando realmente la alcanzamos, nos dicen que eso no les interesa; que tu pubis tiene que ser lampiño, que tienes que ser delgada, pequeñita, reírte mucho con todo… En definitiva, ser una niña.

Cuando somos adultas quieren devolvernos a esa etapa vital que nos robaron, así nos enfrentan al trauma una y otra vez. La herida nunca se cierra.

CUERPO RECHAZADO

La vivencia de mi cuerpo durante gran parte de mi vida ha sido la del cuerpo rechazado, la del cuerpo desmembrado, la del cuerpo proyectado hacia el futuro.

Hace un tiempo, encontré entre mis diarios del instituto una lista con las partes de mi cuerpo
que no me gustaban. Se titulaba «Partes de mi cuerpo que cambiaría si me concedieran un deseo o tuviese dinero». Allí aparecían desde mis dedos de los pies (por deformes), pasando por mis piernas (por combadas) y mi barriga (por existente), hasta llegar al pelo (por encrespado). Mis carnes eran algo que se interponía entre mi yo pensante y mi cuerpo.

En aquella época adolescente, el sistema cisheteronormativo decidió que tengo cara, espalda y pies de tío y que esto, a su vez, son rasgos poco deseables en tanto que a) los rasgos «masculinos» y «femeninos» no deben confluir en un mismo cuerpo; b) una mujer menos mujer es más hombre —es leída como traidora de la feminidad— y a los onvres no le gustan los hombres porque eso les haría menos hombres —y ya sabemos todes que no queremos mariconadas—; c) entender las identidades en términos binarios supone la hegemonía de la masculinidad y la feminidad como roles estáticos, predeterminados según qué cuerpos. Salirse de esos moldes conlleva el rechazo.

Aún hoy me cuesta verme en vídeo o reflejada en los espejos. Cuando controlo la mirada me siento menos ajena. De ahí, me digo, el selfie como mecanismo compensatorio, ya que se impone mi mirada a las suyas, pero también como refuerzo del cuerpo en sombra o las partes que oculto: «mi barriga no existe si no la toco mucho y no sale en mis fotos, tumbada bocarriba no tengo barriga, después de la regla y por la mañana no tengo barriga, no tendré barriga dentro de tres meses porque…».

CUERPO FRAGMENTADO

Hablo desde el cuerpo fragmentado y lo reconozco como tal porque son sus partes, por separado, las que han construido mi autoestima y mis complejos. Desde sus muchas miradas que nunca son la mía, mi cuerpo desmembrado de piezas no intercambiables
se ha ido edificando en el binarismo, sus exclusiones, aquello que «está bien» y aquello que «está mal»: mis ojos son bonitos pero mis cejas desagradan por peludas, mis dientes sonríen lindo pero mi labio superior es demasiado fino; mis tetas son bonitas o escasas, según quien las haya valorado. Mis caderas son prominentes y ante eso no hay discusión, aunque a veces eso es bueno porque con ellas soy una mujerona. Ante mis piernas las lecturas son varias: tengo piernazas, largas, sexis, o bien mis muslos rozantes son demasiado flácidos, demasiado carnosos. Mi cuerpo troceado según se ajuste a su mirada masculina cisheteronormativa. Cuerpo nunca perfecto, siempre atento a la exigencia:

No puedo asumir que mi barriga existe

que ocupa un lugar

que su tamaño su forma y su tacto

no responden a cuestiones coyunturales

Cuerpo que no se reconoce / cuerpo vulnerado. Las huellas, las marcas: aquello con lo que convivimos y que también forma parte de nuestra fragmentación. El cuerpo como soporte: aprender a cohabitarnos, reconstruirnos. Tomar mi barriga entre las manos, acariciar su redondez, decirle aquí eres y estás bien así. Mirarme yo y reconocerme siendo aquí, estando bien así.

CUERPO RECONCILIADO

En este fanzine se han recogido testimonios de las personas que siguen la cuenta de Instagram @untiomedijoquefanzine para dejar constancia de que las heridas son de todes. 

De estas verdades anónimas nace un cuerpo lleno de cicatrices y asimetrías, un cuerpo que a veces es cárcel porque recuerda a la violencia y al rechazo. Ante esta extensión de carne incomprensible por ajena, por desagradable, parece que lo sensato es fragmentar y huir; sin embargo, de este cuerpo-collage creamos el collage-del-cuerpo al que llamamos cuerpo reconciliao. Pongo los pedazos sobre el suelo (el cadáver diseccionado ante mí) y dibujo una silueta que quiero que sea de mi cuerpo entero. Voy ensamblando, de a poquito, las piezas que me soy. Mi lucha es la de habitar el cuerpo propio; la de vivir de cuerpo presente. Nuestra lucha es la de construir un cuerpo conjunto que sea casa para todes.

* Empleamos el concepto tío de forma satírica, queriendo englobar en él algunas de las categorías de opresión que habitualmente confluyen en los sujetos partícipes de ellas: la cisheteronormatividad, la blanquitud (entendida como sistema de dominación), la clase social, el género. No quiere decir esto que todas las opresiones provengan de los tíos ni que en este concepto quepan todas relaciones sociales de opresión o dominación.

¿I de invisible? No, de inmenso

Intersexualidad

En mi bloque al sur de Sevilla, la costumbre siempre ha sido que mi familia sea la encargada de guardar los envíos de Correos cuando el resto del vecindario está fuera. Sin embargo, jamás olvidaré lo ocurrido una mañana de agosto de 2014, cuando vino una carta urgente para mí de Citogenética del SAS. Llevaba años rebotando de médicos en especialistas porque veía que mi cuerpo no encajaba en lo normativo. Lo abrí y leí «Resultado: 47, XXY». Me enfadé porque no me podía creer que yo fuese uno de esos «casos raros» que había visto al estudiar biología en la facultad, pero, poco a poco, fui aprendiendo que no era una anomalía, sino una variación natural humana que se enmarcaba dentro de las «intersexualidades» junto a otras muchas variaciones corporales. Y aunque en un principio parecía estar solo, fui hallando datos como que igualamos al número de personas pelirrojas a nivel global, que hay más individuos intersex en Andalucía o que incluso existe una buena acogida desde los colectivos LGTBIQA+.

En resumen, solo buscaba un poco de contexto personal para la siguiente infografía que ojalá hubiese tenido aquellos días en los que me sentí abrumado por los resultados y en soledad por la falta de referentes a mi alrededor.

Deja que duela

Nuestra cultura nos hace ver el dolor como una maldición que debemos combatir, como un fallo que tenemos que arreglar o como un medio que nos permitirá lograr un fin mayor: la iluminación, la fortaleza. La mayoría de historias que leemos y que vemos en el cine y en las series, en los documentales, en los cuentos, están plagadas de personajes a los que el dolor convirtió en seres mucho mejores o mucho peores de lo que eran. O bien se redimieron, volviéndose poderosos y sabios, o bien se malograron convirtiéndose en villanos. Nos cuentan que el dolor debe transformarse en algo bueno y positivo. Nos dicen que el final feliz estará ahí si te esfuerzas. Pero en la vida real las cosas no siempre son así. Los finales felices no siempre existen. Seguir adelante es muy distinto a comer perdices. Y, sin duda, seguir adelante, llevando tu dolor en ti, no te convierte en un monstruo que deba ser silenciado.

Cuando mi compañero de vida murió prematuramente tuve que escuchar muchas frases que me incomodaban, me irritaban, me herían y me hacían sentir que no estaba llevando mi dolor como debía. Que mi duelo era un problema. Que mi tristeza molestaba.

Podría ser peor. A él no le gustaría verte así. Al menos lo conociste. ¡La vida sigue! Ahora vas a ser más fuerte. Ya verás cuánto aprendes de esto. ¿Todavía no has dado sus cosas? Tienes que evolucionar espiritualmente. Encontrarás a otro. Deberías trabajar el desapego. Tienes 36 años, ¡no vayas por ahí diciendo que eres viuda! Corta el hilo. Pasa página.

Poco a poco dejas de compartir lo que sientes porque la respuesta social tiende a desautorizar el dolor, la rabia, la tristeza, y te empuja a volver a la normalidad cuanto antes. Si no lo haces correrás el riesgo de que, en el mejor de los casos, se le quite importancia a lo que intentas compartir o se te ofrezcan demasiados consejos no solicitados. En el peor, se te invalidará o se te ridiculizará, tus sentimientos serán abiertamente corregidos, te dirán que exageras o que eres poco adaptativa. El resultado es bastante desastroso. Las personas en duelo acaban censurando y reprimiendo sus sentimientos, o enfureciéndose ante la falta de tacto que reciben por parte de los demás. Al mismo tiempo, quienes desean acompañar no saben qué hacer porque nadie les ha enseñado a responder correctamente y solo reciben furia o indiferencia por parte de las personas a las que intentan ayudar. Al final todo el mundo se siente ofendido y el dolor por la pérdida se convierte en tabú.

Hay que dejar claro que no es culpa de nadie. Simplemente nuestra educación sobre los cuidados que requiere el duelo (si es que la hay) parte de esta cultura de evitación del dolor, de enmendar lo que está roto, de intentar intervenir para hacer que las cosas parezcan mínimamente mejores. Nadie nos ha enseñado a hacerlo de otro modo. Nadie nos ha explicado cómo sostener el abismo de un corazón brutal e irremediablemente roto. Creemos que las personas en duelo necesitan separarse de su pena, dejar de sentirla y mirar hacia delante, aunque lo cierto es que eso las fuerza a ir contra la realidad. Ha habido un daño. Hay una herida que requiere cuidados. Cuando nos rompemos un brazo o tenemos apendicitis comprendemos que para sanar no basta con eliminar los síntomas. Sucede lo mismo con el dolor por la pérdida de alguien a quien amábamos profundamente. No debe silenciarse. No debe mirarse para otro lado. Se tiene que aprender a vivir con él y para hacerlo necesitamos nombrarlo. Necesitamos sentirlo. Necesitamos mucho tiempo y necesitamos que durante ese tiempo podamos elaborarlo, viviéndolo plenamente. Nuestro dolor será el hilo a partir del cual podremos seguir narrando nuestra historia, manteniendo vivo el vínculo con la persona que hemos perdido e incorporándolo a nuestra identidad. El objetivo de las historias de pérdida no debería ser quedar por encima del dolor o eliminarlo, sino mostrarnos cómo convivir con él. Cómo seguir viviendo cuando la lógica con la que ordenabas tu vida se ha reducido a pedazos. El duelo es un elemento más de nuestro paisaje emocional y debe encontrar su sitio junto al resto de experiencias que nos definen.

Si actuamos como si nada grave hubiese sucedido estaremos impidiendo que se trabajen aspectos muy importantes de lo que estamos sintiendo, deteniendo el proceso de sanación. Es un dolor muy difícil de mirar, pura devastación, pero si lo pasamos por alto estaremos apagando la posibilidad de integrar y de honrar una de las manifestaciones más salvajes del amor. La normalidad forzada, esa que nos obliga a estar bien en situaciones en las que no es natural estarlo, se vuelve tóxica cuando oculta una dificultad que necesita ser atendida. El pensamiento positivo y la medicación no pueden ser las únicas formas válidas de enfrentarse al sufrimiento. El dolor no expresado y no compartido se enquista. Negar y bloquear las emociones negativas no ayuda. Ignorar que esos sentimientos existen solo consigue que el malestar aumente.

Si mi duelo fuese un personaje de cuento estaría muy lejos de ser una iluminada. Sería Maléfica, mutilada y visceral, con el desconsuelo grabado en la cara, diciendo en voz muy alta que el horror y la devastación forman parte de la vida y que es atroz atravesarlos sola. Claro que estoy alterada. Claro que estoy rota. La solución pasa por dejar de ver este dolor como algo que debemos eliminar para dar paso a un entendimiento profundo de su función y su importancia. Tenemos que dejar de intentar combatirlo para empezar a atenderlo. Nadie debería sentir la obligación de convertir su tragedia en algo agradable para las demás, pero todas deberíamos poder expresar y compartir lo que supone vivir una experiencia de esta envergadura sin temor a ser rechazadas. El error de comportamiento no es ser vulnerable, sino desatender nuestra vulnerabilidad y la de quienes nos rodean.

Necesitamos aprender a acompañar de forma cercana y sencilla, confiando en la íntima lógica que guía cada proceso de pérdida. Las personas en duelo pueden aprender a vivir con su dolor, pueden volver a ser felices, pero los motivos que las hagan decidir seguir adelante deben provenir de ellas mismas, deben ser un acto de soberanía personal y autoconocimiento, no una imposición externa promovida por una cultura que convierte el dolor y la muerte en aberraciones incómodas. Por paradójico que resulte, la cura para el dolor se encuentra en el dolor. Por difícil que sea, el mejor apoyo que podemos ofrecer es atrevernos a permanecer junto a ellas en la oscuridad.

Maricas de pueblo

Si una se fija un poco en las narrativas que genera la lucha por los derechos sexuales y la visibilidad LGBTI, estas son principalmente urbanas. Los derechos se consiguen en las grandes capitales y los lugares de socialización y agregación para maricas se dan principalmente en las urbes. Muchas de nosotras hemos dejado el pueblo con una claridad: el pueblo es el atraso y la ciudad el sumun de la libertad. Y claro, si una rasca en la biografía de las maricas de mediana edad que nos hemos criado en los pueblos, hemos vivido una serie de violencias y control social por parte de nuestro entorno que ni por asomo lo han vivido nuestras compas de las grandes ciudades. ¿Alguna vez os habéis planteado lo que significa ir al médico del pueblo con alguna dolencia anal derivada de alguna práctica sexual, siendo la hija de María la frutera? ¡Qué escándalo, maricón! Y ¡qué vergüenza!

Hay varias cuestiones que aclarar. En primer lugar, todo depende mucho del tipo de pueblo que te toca vivir. La recepción de violencias ejercidas frente a la disidencia sexual va a ser distinta según el ordenamiento del sexo y el género, y la violencia a la que esté acostumbrada la población local. En muchas ocasiones el control social ejerce una presión constante a través de bromas, rechazos o burlas, mientras que en otras se puede realizar a través de agresiones físicas. Tampoco va a ser lo mismo si una tiene mucha pluma o si tiene una expresión más masculina. De pequeñas, las maricas con pluma reciben mucha violencia en el colegio y en las calles, algunas acaban recibiendo el ostracismo. Sin embargo, para las que nos criamos con una expresión de género más acorde con lo que se esperaba de nosotras, como es mi caso, lo más difícil es socializar nuestra sexualidad una vez que crecemos. Al final, de alguna manera, nuestras vidas suelen estar puestas en duda y, aunque hay muchas cosas que están cambiando en los pueblos, siempre hay fuerzas centrífugas que nos expulsan de nuestros lugares de origen.

Este control mayor se manifiesta en tanto las relaciones de afinidad, afecto y, por tanto, de poder son muchas más cercanas en el pueblo: salirse de la norma es más difícil. Si a la hora de jugar, te ibas con las niñas en vez de irte a jugar fútbol con los niños se hacía mucho más evidente que «tú no eras como los demás». El señalamiento y el control en los pueblos es mucho más fiscalizador, dado que muchas más personas vigilan tus expresiones y las regulan de forma violenta, puesto que todo el mundo te conoce. Sumado a ese control, la falta de referentes en la niñez y la adolescencia en nuestros entornos cercanos es fundamental en nuestras biografías. En el colegio te ves muy sola y distinta, hay algo que nunca encaja, sobre todo si estás en una clase con solo 10 o 12 criaturas. Y cuando existían algunos referentes adultos, sobre todo de mariquitas de pueblo1 de toda la vida, se producía un efecto perverso: lo último que una quería era asemejarte al «maricón ese», ya que éramos consciente desde pequeñas de la cantidad de burlas y violencias que podíamos recibir. En nuestra crianza ese referente es el arma arrojadiza que los demás niños nos lanzaban para insinuar que nosotros podíamos ser como ellos. Y claro, ¿quién quiere parecerse a alguien de quien se burlan los demás?

También se encuentran muchas diferencias a la hora de reconocer públicamente que somos maricas. Hay factores que nos igualan, como puede ser el tipo de núcleo de cuidados que hayamos vivido. Sin embargo, si una decide vivir con cierta libertad su orientación sexual, la principal diferencia que sentimos las de pueblo es que el control social se extiende a todo nuestro núcleo: nuestras familias se ven obligadas a salir del armario con nosotras. ¿Es el proceso adaptativo más largo?, ¿tiene mayor peso «el qué dirán» en los pueblos a la hora de salir del armario? No lo sé, pero si una madre o un padre se avergüenzan de su hija marica, en la ciudad puede pasar más desapercibido o vivirse de «puertas para adentro», mientras que en el pueblo cualquier movimiento tendrá un proceso de ida y vuelta con el resto de la vecindad. Además, las posibilidades de encontrar compañeras sexuales o afectivas se dificultan bastante, por la falta de posibilidades, incluso por la falta de reconocimiento mutuo.

Estas cuestiones son claves para entender por qué muchas de las maricas de pueblo no quieren volver a sus pueblos ni en pintura. La vivencia opresiva de las normas en muchos entornos rurales despierta un resentimiento que parece bastante lógico.

Sin embargo, hay muchas que nos empeñamos en volver, ya que percibimos que las relaciones más cercanas que se viven en los pueblos pequeños sirven a veces de colchón protector frente al acoso o las agresiones. Una vivencia más comunitaria del orden juega en nuestra contra (es más difícil ser visible y salirse de la norma), pero juega también a nuestro favor; nos sentimos más protegidas porque todo el mundo nos conoce y puede llegar a respetarnos, simplemente porque nos conocen y nos han visto crecer. Nuestra jaula puede ser a veces nuestro refugio. Alguna de nosotras hemos sentido que la vida en el pueblo es más significada en tanto eres alguien independientemente de nuestras características personales. El entorno en el que vas al colegio, te tomas las primeras copas o te fumas tus primeros petardos, incluso con quien socializas tus primeros deseos, cambió bastante poco en al menos las primeras dos décadas de vida. El sentido más comunitario del control social lo es a su vez de los cuidados y, dado que las relaciones son más cercanas y duraderas, surgen solidaridades internas que pueden proteger la disidencia, en torno a afinidades y vínculos de proximidad. Aunque sea desde una perspectiva excesivamente paternalista, el respeto de la persona más vulnerable puede estar garantizada gracias a estas cercanías. Además, ¿por qué siempre somos nosotras las que tenemos que abandonar los pueblos, si a muchas de nosotras nos gusta ese tipo de vida?

Y hay una cuestión poco reconocida, ¿no son las vidas de muchas maricas de pueblo las que han poblado las luchas por la disidencia sexual?, ¿no somos nosotras las que hemos poblado los bares, las calles y hemos alegrado también las fiestas en las ciudades? ¿Por qué los pueblos no aparecen nunca en las memorias colectivas, si nuestros cuerpos están marcados también por esas vivencias en callejas, verbenas y olivares? ¿Hubiera sido Barcelona la misma sin la presencia de tantas ocañas andaluzas? ¿Chueca o la Alameda, no nos debe nada o se lo debemos nosotros todo a las ciudades? Quizás es el momento de reconocer nuestros aportes a las luchas y memorias, sin vergüenzas ni idealismo, pero con mucha historia que contar.

1. Hay un interesante artículo sobre mariquitas de pueblo, donde los autores señalan que ese rechazo en nuestra generación, que comenzó a identificarse con la cultura gay, también es motivado por una cuestión de clase, ya que esa mariquita expresiva y con un papel reconocido en muchas de nuestras tradiciones, era vista como una cosa cateta o del pasado. En Globalización y diversidad sexual, gays y mariquitas en Andalucía de Rafael Cáceres y José María Valcuende. Gazeta de Antropología, 2014, 30 (3), artículo 07

A mí me cuidan mis amigas y no (sólo) el Diazepam

Llevamos años escuchando que la depresión y la ansiedad son las enfermedades de este siglo, pero no por ello están más naturalizadas o menos libres de su eterno tabú.

En general, tendemos a ocultar o disfrazar con eufemismos todo aquello que nos asusta y a veces nos desborda, y lo hacemos especialmente con la enfermedad, la vejez, la decadencia. En el caso de la depresión y la ansiedad, aun siendo tan comunes, no solo padecen de soledad y tabú, sino que también adolecen de una injerencia de la que la sociedad en su conjunto parece tener permiso para participar. Es decir, por un lado, corres el riesgo de quedarte a solas con tu tristeza y, por otro, la sociedad explícita o implícitamente va a opinar sobre qué es lo mejor para ti o qué cosa no estás haciendo todo lo bien que deberías.

Desde mi experiencia, la melancolía, la ansiedad o la depresión siguen arrastrando las cadenas de la incomprensión, el desconocimiento y la vergüenza, provocando que a quienes las sufrimos nos siga siendo difícil abordar la situación con seguridad, autonomía y compañía.

Yo tengo la suerte de haber vivido dos realidades diferentes que me ayudan a tener más clara mi postura. Por un lado, he sentido, y siento, esa dualidad de la soledad y la injerencia social. Y por otro, he tenido también la fortuna de contar con unos cuidados y un acompañamiento respetuoso que no tienen precio y que han formado parte de mi restablecimiento en la misma valiosa medida, o más, que la terapia psicológica y el tratamiento farmacológico.

La soledad

La gente se va, se aleja. Existe todo un poliédrico fenómeno de huida de las inmediaciones de alguien que sufre tristeza o depresión. Son múltiples sus manifestaciones: desde un alejamiento directo y radical de quienes no quieren ver contaminado su buenrollismo, hasta una pausa o distanciamiento en la relación debido a la dificultad que tenemos para tratar con el dolor y la vulnerabilidad. O, sencillamente, debido a no saber cómo enfrentar la situación o qué decir, pues a estas alturas aún no sabemos manejarnos en el campo de las emociones y el lenguaje del alma. En todos los casos, lo que parece haber detrás es miedo, tabúes, desconocimientos y prejuicios, con más o menos egoísmo, según el caso. Y todo ello provoca, o al menos en mí lo hace, un silencio cargado de dolor y vergüenza.

La injerencia

Eres objeto de opinión y cuestionamiento social. Desde muy diversas posturas: aquellas que abominan de los psicofármacos y de las contrarias; aquellas que creen que no te esfuerzas lo suficiente para «estar mejor»; las que te animan a continuar en actitud activa y, sobre todo, productiva, etc. La sociedad te quiere, y te lo hace saber, eternamente joven, enérgica y predispuesta al consumo y la productividad. Nostálgica, introvertida y cuidándote, ni consumes ni produces, y pareces más vieja. Este cuestionamiento social, que se añade a tu ya mermada capacidad de decisión, junto al tabú, dificulta enormemente asumir la enfermedad y vivirla como algo sobre lo que tú puedes tener control, algo que decir y algo que hacer. Elementos como la anhedonia o la fatiga física y mental, junto a esa omnipresente injerencia, te empujan hacia una desesperanza en la que, además, puedes llegar a cargar con mucha culpa, pareciendo que has elegido el sufrimiento por tu propia voluntad. No cumples con las expectativas del capital, sirves de poco o nada al sistema productivo y te acabas percibiendo como alguien inepta o desadaptada.

El acompañamiento respetuoso y recíproco

Escuchar un «¿qué necesitas?», aunque ni sepas contestar a esa pregunta, puede tener la capacidad de revertir esa soledad y esa desposesión que se vive. Y te empodera aún más si el acompañamiento es recíproco; si quien se queda y te cuida también te expresa sus necesidades. No solo se dispone a tu vera para apoyarte o cuidarte de un modo asimétrico, con todo el paternalismo y, otra vez, la expropiación de tu autonomía que eso puede suponer. Esas personas que, además de preguntarte qué necesitas, te cuentan qué necesitan ellas, qué les preocupa, qué les da miedo o qué les tranquiliza, descienden a tu nivel. Y desde ahí te acompañan y te sostienen. Y te legitiman como alguien capaz y autónoma, y eso es sanador.

Y este acompañamiento no puede tener otro punto de partida y desarrollo que el de los cuidados colectivos, las redes de amor y de amigas. Una persona con depresión o ansiedad probablemente vea reducida su red de apoyo, en parte por el proceso de huida antes mencionado, en parte porque no es capaz de socializar y participar en lo público. Y frente a la errónea figura, y de pésimas consecuencias, del salvador, sencillamente necesitamos cuidarnos entre todas. Nadie puede salvarte, ni únicamente una persona, de manera individual, puede gestionar todo lo que supone ese acompañamiento y sostén.

Las violencias diarias del sistema, la precariedad, la atomización de las vidas, la sibilina y normativa imposición de quiénes debemos ser, qué debemos desear, etc., nos hacen daño a todas. Por ello, el cuidado debe ser respetuoso, recíproco y en colectivo. Porque no solo nos ayuda a quienes somos más vulnerables debido a un proceso depresivo o de ansiedad; porque nos necesitamos unidas y organizadas ante tanta dificultad.

Ahora, mientras escribo este artículo, tengo la fortuna y la capacidad de mirar hacia atrás y apreciar la poderosa fuerza que tuvo y tiene la red que me acompañó y cuidó en mi afrontamiento de la depresión hasta conseguir un espacio mayor de bienestar y equilibrio personal y relacional. Evidentemente, la terapia individual y la medicación (a la que yo misma me opuse inicial y tercamente, por situarme en aquel entonces en el extremo antifármacos cargado de miedos e ideas ajenas) hicieron su parte en este proceso de recuperación. Pero es una parte que carecería de arraigo y durabilidad sin esa tercera pata imprescindible que suponen los cuidados y el apoyo mutuo. Porque no hay pastilla ni terapeuta que te recojan cuando estás en pedacitos, o que te haga la comida y te la lleve a la cama en los momentos más duros. Pero, sobre todo, porque esa red te ayuda a volver a confiar, a saberte capaz, a volverte a habitar. Y lo que es incalculablemente valioso, a que el proceso, con sus esfuerzos, vaivenes y dolores, merezca la pena.

Sostenernos y construir juntas conjuga lo personal y lo político, permitiéndonos situarnos como sujetas activas en búsqueda de un bien estar común.

Es la alquimia que hace que emerja no solo la recuperación, sino también la dignidad y el empoderamiento. Porque esa red eres tú. Indisolublemente, formas parte de esa red, tú también la creas y la sostienes. Por tanto, eres tú recuperándote, eres tú cuidando y cuidándote. Y eso es justamente lo opuesto de la soledad, la desposesión y el sentimiento de inutilidad.

Ecología de los Cuerpos

Sí, definitivamente me atrevo, en mi primera línea, a afirmar que el automaltrato está de moda. ¡Ea! Después de darle vueltas y más vueltas a cómo enfocar la idea, desde dónde, de dónde viene y cómo se sostiene, mejor lo suelto ya, me quedo tranquila y así brotan ideas, acuerdos y desacuerdos en vuestras cabezas. Sí, sí, eso he dicho: tratarse mal a una misma. Autoexplotarse, autoagredirse, traspasar los límites físicos, emocionales y mentales. Todo esto es socialmente guay.

Pero ¿cómo puede ser? No, no, me debo estar equivocando. Los libros de autoayuda no paran de venderse, ¡si a Coelho le va muy bien! Las redes sociales están llenas de frases bonitas con fondos maravillosos, mensajes de apoyo, videos inspiradores, influencers, youtubers. ¡Si hay de todo para el autocuidado! Comida sana, movimiento sano, salud espiritual, meditación… Y, además, ¡tienen miles de seguidores! Debo estar equivocada.

Contextualizo un poco de dónde vengo y a dónde voy. Estudié medicina, me interesaba mucho la salud, pensé que era la elección correcta. Ciencias de la Salud. Estudiamos anatomía, fisiología, un poco de física, biología, bioquímica. Y de ahí nos metimos de lleno en patologías: enfermedades, diagnósticos y tratamientos. Guantes, batas, mascarillas, agujas, fármacos, bisturíes, gasas, pacientes. Mucho tiempo sentada, estudiando. Seis años. Juramos a Hipócrates y por fin terminamos. ¿Y la salud?

Como no me di por satisfecha empecé a investigar. Qué es, qué significa y si podemos hacer algo para preservar la salud: ¿es solo física?, ¿mental?, ¿emocional?, ¿es individual o colectiva?, ¿es igual para todas según país, genero, clase social?, ¿es un valor en nuestra vida?, ¿es un valor social?

Casi todos mis pasos, además de a las definiciones y largas teorías de determinantes de salud de la OMS, me llevaron a las medicinas tradicionales. Hipócrates, Galeno, los denominados padres de nuestra medicina en occidente. La ayurveda y la medicina tradicional china, las importantes y antiguas medicinas de oriente. Las mal arrojadas al gran saco de las medicinas alternativas, colocando muchos años de observación, estudio y práctica, a la altura de la brujería.

Para mi sorpresa, y teniendo en cuenta las particularidades de cada una, todas coinciden en la base: alimentación, actividad física, fitoterapia, higiene e incluso emociones saludables. Equilibrio natural. «Que el alimento sea tu medicina», nos resume Hipócrates, no hay que ser muy lumbreras para saber por dónde iban los tiros. Recomendación impresa a modo de homenaje en infinidad de textos médicos. Impresa una y otra vez, hasta el aburrimiento, hasta el olvido. Y tuvieron que venir los de los yogures a recordarnos aquello de «mens sana in corpore sano», expresión satírica que usaban los romanos para reírse de los griegos. Pues yo no le veo la gracia, ¿de que se ríen?, ¿qué tiene que ver eso conmigo o con mi cuerpo?

Llegamos a casa después de un día difícil, necesitamos despresurizar, rebajar el estrés. Decidimos mimarnos un poco, relajarnos del mundo. Dejamos la sesión de deporte para otro momento, abrimos la nevera y nos regalamos todos los caprichos y guarradas que encontramos, nos servimos un vino, nos sentamos en el sofá y engullimos cualquier serie que nos ayude a evadirnos. Suspiro. Esto es vida. Cuánto esfuerzo invertido en la infancia para hacer entender lo bueno de los límites, enseñar los cuidados y, justo después, la recompensa en forma de huevo de chocolate, chucherías, kilos de azúcar. ¿No es contradictorio? No relacionamos los cumpleaños, ni las celebraciones con ningún tipo con comida sana, con espacios de cuidados, más bien con bacanales de excesos y de lo prohibido. Esta idea me persigue.

No pretendo, ni por asomo, hacer de esta reflexión un castigo hacia los descuidos puntuales, hacia los placeres de la vida o hacia las pequeñas transgresiones, tan necesarias en algunos momentos. Ser rígidas, pretender ser perfectas y vivir para cumplir expectativas no son para nada los objetivos de lo que intento expresar. Sí resaltar lo llamativo de que nuestras listas de autoregalos no estén a rebosar de autocuidados. Esos cuidados de los que tanto hablamos y revindicamos, los que están minusvalorados socialmente, ocultos y no remunerados. Los que sostienen la vida y, en lo que aquí me atañe, la salud.

Reímos los atracones, las borracheras, las resacas en las que el cuerpo grita los excesos. Protector de estómago, ibuprofeno. Las jornadas extenuantes nos alimentan el ego, café. Estar siempre disponibles socialmente, vitaminas/zumo verde, más café. No es por ser una radical defensora del autocuidado y sí, claro, «de algo hay que morir». «No te fíes de la gente que no bebe», «¡cómete un puchero!», «eso es lo que se ha hecho toda la vida». Pero ¿en algún momento vamos a dejar de idealizar el maltrato? Comida sana: aburrida; acostarse pronto: aburrido; cuidar el espacio y el descanso: muermo total. Creo que empiezo a entender de qué se reían los romanos. De los cuidados.

Y es que la medicina científica brilla. Avances astronómicos como los antibióticos, la analgesia, las cirugías o las vacunas, nos deslumbran, nos solucionan fácilmente lo complejo de nuestros cuerpos. Soluciones rápidas a lo que cultivamos lentamente. La punta del iceberg, en términos feministas. Cualquier cosa con tal de seguir consumiendo actividades, relaciones, de seguir los ritmos frenéticos incompatibles con la vida. Lo que sea con tal de no parar, descansar de verdad y dedicarnos cuidados. ¿Para qué parar si puedo poner un parche y seguir adelante? ¿Preferimos morir de hedonismo o simplemente nos sentimos inmortales y protegidos por el dispensario de la farmacia?

Colocar al médico más influyente de nuestra historia dentro del saco de las alternativas, ponerlo a la altura de Rappel (sin ánimo de ofender a sus seguidores) puede haber tenido sus consecuencias. Nos convencimos de que, hagamos lo que hagamos con nuestro cuerpo, con nuestro mundo, nada importa. Estamos seguras de poder encontrar una cura rápida, otro parche para seguir adelante. Nos sentimos todopoderosas. Y mira que estoy evitando hablar de la pandemia, pero todos los caminos llegan justo a Roma, donde ya reíamos los cuidados. O quizás siempre fue así y aprendimos a convivir con una mal tratadora interna con la que nos peleamos, nos reconciliamos y, a veces, la ponemos de moda y nos emborrachamos con ella.

Ansío aquelarres de buentrato. Propongo al autocuidado como arma de reivindicación masiva.

Sobre el omnipresente follar contemporáneo

Follamos por muchos motivos. Para encontrarnos, para demostrarnos, para probarnos o para romper monotonías, inseguridades o pactos. Incluso para buscar la intimidad o para dejar asomar nuestra vulnerabilidad.

El ser humano es un mono que crea significados y en ese sentido el sexo no podía ser menos; con la importancia que se le ha dado en nuestras sociedades, se ha convertido en uno de los grandes momentos simbólicos de la vida humana. Follamos por muchos motivos. Para encontrarnos, para demostrarnos, para probarnos o para romper monotonías, inseguridades o pactos. Incluso para buscar rápidamente la intimidad o para dejar asomar nuestra vulnerabilidad.

Raewyn Connell, la mayor autoridad de los estudios de masculinidades, a la hora de analizar las áreas sociales de (re)producción de la jerarquía de género, identifica tres: la división sexual del trabajo, las relaciones de poder (coerción, violencia y castigo), la simbolización (el mundo simbólico ligado a cada género) y la cathexis. Ésta última es el área donde se definen el deseo y las energías libidinales.

Cuando aterrizamos el deseo al mundo, éste se dirige a ciertos objetos, ciertos cuerpos y ciertas ideas. Y la forma en la que ese deseo aterriza, aunque sea muy compleja y dinámica, siempre está en diálogo con las estructuras sociales/culturales/políticas donde se sitúa.

Lógicamente, entre otros factores, la estructura concreta del género de cada sociedad moldea la codificación del deseo y la sexualidad. Así, es necesario analizar la sexualidad siempre en relación a los modelos de género. En concreto, en este artículo, lo ligaré a la forma en la que el sexo ocupa la centralidad de las masculinidades.

Masculinidades, en plural, porque hay muchas, pero para la mayoría el sexo es clave. Las distintas masculinidades desean y follan como sólo ellas saben. Y así, el sexo significa, pero muchas cosas.

Follar para ser hombres

Decía en otro artículo que el sexo para el hombre es un momento de validación. Tenemos sexo para adquirir la credencial que nos certifica (frente a uno mismo y frente a los demás) como hombres. Follar como un hombre es ser un buen amante, dejar satisfecha a la pareja sexual, rendir siempre, ser una máquina siempre disponible, siempre activa, siempre deseante. Follar compulsivamente, rápido y eficazmente. Como observaba sagazmente Analía en su último artículo, este tipo de sexualidad es muy útil a un capitalismo corporal que exige siempre disponibilidad y potencia.

El hombre vive como un mandato fundamental el sexo. Esta obligación, integrada desde los primeros momentos de la socialización masculina, pone lo sexual en el centro social. Y alrededor de este centro, se disponen multitud de discursos, prácticas y símbolos que lo justifican/reproducen: científicos hablando de la libido superior masculina, películas y series donde los hombres reconocen pensar con el cerebro del pene, la agresividad ligada a la territorialidad sexual, el fracaso sexual (el gatillazo) como la Gran Tragedia masculina, etc., etc., etc.

La hipersexualidad nos pesa como una losa. Pero no seamos simplistas. No es un follar cualquiera. Ya no son tan aceptadas esas tesis de los hombres como máquinas brutas y despreocupadas de follar. El sexo es importante para el hombre, y en muchísimos casos nos preocupamos (a veces neuróticamente) por cómo follar mejor (más y mejor, más bien). Entiéndase que, si follamos para validarnos, será la satisfacción de la pareja la que nos valida la tarjeta. Su satisfacción es el sello de “Aprobado” en el carnet de Hombre.

La trampa es que no nos preocupamos mucho por saber si de verdad está satisfecha la otra persona (sobre todo si es una mujer). Preguntamos alguna vez “¿te gusta?” durante el coito, y no incidimos demasiado en si el orgasmo que nos han dejado ver es verdadero o no.

En el genial documental De putas. Un ensayo sobre la masculinidad, de Nuria Güell, las trabajadoras sexuales cuentan cómo los clientes suelen preguntarles si les gusta cómo follan, si es el mejor polvo que les han echado nunca, si follan como nadie. Las chicas, lógicamente, les dicen que sí (a todos). Y ellos les creen, o hacen como que les creen.

El sexo se muestra en su realidad teatral: todas las personas implicadas representan un rol y, si alguien hace explícito que son actuaciones, rompe el espejismo.

Mi cuerpo
Ilustra La Alex

Follamos para crear intimidad

Sin embargo, puede que haya otra dimensión de la sexualidad masculina que se nos escapa. No todo es validar el género. En el fondo, el hombre también tiene corazoncito y puede que detrás de una hipersexualización compulsiva haya un intento desesperado por conseguir intimidad.

En una sociedad donde el tiempo se ha capitalizado al máximo, la intimidad es un problema. Tenemos todas grabado en la frente “el tiempo es oro” y, sin embargo, conectar y generar vínculos exige tiempo, energías y dedicación. No podemos comprar vínculos como se compran galletas en el supermercado, y eso frustra.

Yo lo viví en mi experiencia de la precariedad geográfica: te mueves de ciudad en ciudad y pierdes la red que te sostenía. De repente, te das cuenta de ello y empiezas a buscar gente que reemplace a Sergio, a Eduardo, a Natalí, a Eva y a Maialen. Buscas personas que rellenen los huecos creados y te topas con la realidad: el vínculo no se rellena. No son posiciones prefijadas que pueden intercambiarse. El vínculo necesita tiempo, mimo y ganas. Y eso, en una sociedad neoliberalizada, es complicado.

Por ello ponemos descripciones en las apps de citas: “Lionel, 29 años, sociólogo. Escribo en sitios, hablo mucho, soy majo, comprometido con la política y seguramente beba más cerveza que tú”. Yo-Marca deseando ser comprado. Pero también Yo-Comprador que ve descripciones imaginando quién puede encajar mejor en ese hueco libre.

Pero otra vez, el vínculo exige tiempo y no lo tenemos. Sin embargo, hay un camino secreto para alcanzar rápidamente intimidad sin esperar meses. ¿Adivinan cuál? Exacto. El sexo. El sexo aparece aquí como una forma rápida de conseguir una intimidad física que esperamos que se convierta en intimidad emocional. El sexo nos permite (o eso creemos) conectar en lo espiritual al poco tiempo de conocer a alguien. Aunque usar el sexo como fábrica de intimidad genera muchísimos problemas que ya explicaré en otro momento.

Antes de terminar, aún me queda una razón por la que creo que el sexo está tan presente en nuestra vida y, en concreto, en la codificación masculina.

Follamos para (poder) ser vulnerables

Las psicólogas de Indàgora suelen colaborar conmigo cuando ando preparando estos artículos. Sobre este tema, una de ellas me decía que quizás haya relación entre la prohibición masculina de mostrarse vulnerable a nivel social y la búsqueda compulsiva de intimidad sexual. Piénsenlo: si la vulnerabilidad está asociada a la debilidad, la intimidad emocional se ve limitada rápidamente. Así, la cama puede aparecer como uno de los pocos espacios donde un hombre puede vulnerarse sin ver fracturada su masculinidad. Eso sí, esa vulneración viene siempre después del sexo.

El momento posterior al coito siempre tiene un aire de fragilidad que un hombre no vive en ningún otro sitio: nos permitimos acurrucarnos, nos mostramos blandos, expuestos; las conversaciones de después de follar son siempre emocionales, afectivas. Los mimos se relajan, ya no tienen motivación sexual; la conexión es mayor, y se nota.

Desplazar el sexo del centro

En conclusión, la hipersexualización de nuestras sociedades no es porque hoy tengamos más libido o más necesidad de tener sexo que en otras épocas. La presencia absoluta del sexo en todas partes tampoco es sólo consecuencia de un capitalismo que ha comercializado lo sexual (aunque es evidente que lo ha hecho).

Quizás el sexo está en todas partes porque le hemos cargado de muchísimos significados sociales. El sexo significa muchas cosas: intimidad, validación, vulnerabilidad justificada. Puede estar relacionado con el poder, con la inseguridad, con el narcisismo o con la simple diversión. Lo hemos desbordado de significados, convirtiéndolo en una mancha de aceite que se expande y contamina muchísimos ámbitos sociales.

Quizás desplazar el sexo del centro de lo social sea un ejercicio rompedor. No sólo para los hombres (aunque sería sumamente enriquecedor para nosotros), sino para todas las sociedades que se preocupen por repensar los cuidados, las redes comunitarias y la intimidad.

Este artículo de Lionel S. Delgado fue publicado originalmente el asombrario.com 

Esas buenas madres

A las tres semanas de parir me miré al espejo y me dije: «Bien, mi culo sigue tan esplendoroso como siempre. En su sitio, soberbio y rotundo como siempre ha sido. No hay de qué preocuparse». Pero ese es tan solo uno de tantos espejismos por los que atraviesa una mujer parturienta. Aun pasado el año, un cuerpo que ha parido sufre los estragos de muchos meneos de todo tipo. Desde hemorroides hasta una piel que se ha multiplicado por diez y ha vuelto a un lugar nuevo tras meses y meses de estirarse. Tus órganos tratan de bajar a la ubicación que tenían antes porque, que una a los ocho meses cuando le suenan las tripas las escuche casi en la garganta es cosa seria. Y lo de volver a su lugar de origen se convierte en una utopía que supone que tu suelo pélvico ande medio loco confundiendo la vejiga con el útero.

Pero hay otros traumas y para esos sí que no hay talleres de pilates ni de recuperación postparto. Y en eso creo que radica el meollo del impacto negativo de la maternidad para una mujer feminista. Todo lo que viene antes y después de haber parido llena de amor, sangre, flujos, respiraciones y muchos dolores, a un trocito de carne que huele a borbotones de felicidad. Esa es la cuestión a digerir, analizar y tratar de acomodar dentro de la mujer que eras, antes de todo ese proceso de abrirte en canal literalmente.
Y la feminista que hay en ti se empieza a preguntar cosas tan básicas como por qué yo tengo que hacer y decidirlo absolutamente todo si mi cuerpo aún está lleno de líquidos y de hemorragias. Por qué tengo que ir al registro civil a los dos días de parir y con los puntos aún puestos y la contractura que me dejó coja el último mes y que aún persiste. Por qué el sistema te exige que a los tres días tramites la tarjeta sanitaria de tu niño para que puedan hacerle la prueba del talón, que es fundamental por si tiene no sé qué problema grave genético.

Por qué no vienen a tu casa y se la hacen, que yo estoy jodida, muy jodida tratando de acoplar el ritmo de succión de mi hijo con mi pecho derecho, que es el único que de momento parece que sintoniza con su posición más idónea de mamar. Por qué me tengo que adaptar al sistema sanitario y no es al contrario, y esa adaptación me provoca un retraso evidente en mi recuperación. Un sinsentido patriarcal que no pone a la madre en el centro. Ella es la diosa que ha alumbrado una vida nueva, y ella debe ser el sujeto político protagonista en ese momento. Y lo peor es que todo va a una velocidad que te deja indefensa para rebelarte y decir BASTA.
Está el chantaje hacia la mujer, y solo la mujer, de que si te saltas algún paso pones en riesgo a un feto que no es tuyo. ¿Cómo que no es mío? Es mi cuerpo y yo decido. Para abortar y para tenerlo, y para cuidarlo, y para hacer lo que me salga del coño. ¿No era eso lo que yo pensaba? Pues no, al final cual obediente alumna de un colegio de monjas sigo la fila porque tengo otra vida dentro y no quiero perjudicarla y, además, si he entrado en el circuito médico y administrativo establecido ya no hay vuelta atrás. Estás vendida. Como ese día, de mi segunda ecografía, en el que una doctora no solo no me preguntó si quería saber o no el sexo de mi bebe, sino que me lo zampó antes de tiempo y, a continuación no sé por qué cuestión, de repente, soltó un alegato contra las mujeres que abortan, que cómo pueden hacer semejante barbaridad. Estuve a punto de levantarme y mandarla al carajo, cosa que en otras circunstancias habría hecho pero que ahora suponía que el protocolo de la Seguridad Social me dejaría sin segunda ecografía.

Así que ya embarazada empiezas a digerir uno de los mayores traumas que luego tendrás que decodificar si no quieres perder toda dignidad feminista. Tú ya no eres tú sola y a partir de ahora tienes pegado a ti a otro ser que te asienta y te ancla en no se sabe qué prudencia. ¿Cómo? ¿Cuándo he comprado este discurso obsceno de que todo el mundo decide por mí menos yo en algo tan trascendente como tener un hijo? El sistema y sus mecanismos son muy hábiles para generarte un sentimiento de culpa y obligación permanente. Luego viene el consuelo de que cuando tengas a tu cachorro en tus brazos retomarás el control y volverás a ser tú misma y, no solo eso, sino con más poder, el de la vida. Ingenua de ti.

A estas alturas tu culo ha dejado de ser el mismo, tu conciencia está muy atribulada y empiezas a cargar fardos que no son tuyos porque ya eres madre y eres responsable de otra personita. Y aquí me paro para hablar de un tema tabú que casi ninguna mujer quiere mencionar porque es muy íntimo, y porque el sistema se ha encargado muy eficazmente de inculcarnos que tenemos que callarnos y no provocar incomodidad ni vergüenza a nadie, y menos a tu pareja. El tema sexual y el de la relación de pareja.
Hay un porcentaje considerable de parejas progresistas que acaban convertidas en compañeros de crianza y nada más, y en muchos casos mal avenidos. Las mujeres terminamos decepcionadas al tener que entrar en la senda de la desigualdad, una vez más por el bien de la criatura, y hacer y organizar prácticamente todo lo relacionado con esa crianza. Y aparte de miles de tareas nuevas más o menos compartidas, se trata de la organización mental de todo lo que te ocupa el noventa por cierto de tu cerebro, y es agotador. En esa vorágine empiezas a sentir que la vida sexual pasa a un cuarto plano. Si lo hablas con alguien te ventilan la cuestión, con un «ah, eso es muy normal, mujer».
Me parece preocupante pero, por otro lado, ando demasiado ocupada tratando de conciliar la vuelta a un mínimo de vida profesional. Si te esperas a volver cuando a ti te parece oportuno, se olvidan de tí.  Pero si vuelves antes no es compatible con mi ideario de criar a mi hijo como yo quiero, pasando mucho tiempo con él y no dejando sus primeros meses de vida aparcados en manos ajenas. Es complicadísimo.

Esos malabares también son cosa de las mujeres mayoritariamente. Y aquí viene otro gran trauma. La conciliación es una absoluta MENTIRA. Es una mentira muy cruel porque te deja desasistida en tu mayor necesidad, la de seguir siendo una mujer libre e independiente.

Hay tantísimo que contar. La maternidad en su lado más crudo sigue sin estar en el debate social. El imaginario de la madre perfecta y pura sigue siendo un relato perverso y muy conveniente. Pido a El Topo ya una segunda parte. Y una tercera.

A todo esto, mi hijo es la personita que huele mejor y que más quiero del mundo. Llevo enamorada once meses.

Diversidades. Opresión y rebeldía.

Las construcciones de las identidades colectivas pasan necesariamente por reconocerse entre semejantes. Personas con vivencias similares se ven reflejadas en sus iguales.

En el caso de la diversidad funcional ha prevalecido históricamente el afán de clasificarnos por tipos, según las manifestaciones más evidentes y medibles de «discapacidad» que la sociedad pueda detectarnos y pueda cuantificar.

Así, se nos ha venido agrupando a las personas con diversidad funcional física por un lado, por otro a las de las diversidades sensoriales y aparte a las personas con diversidad intelectual. Todas bajo el prisma de un modelo médico que mide hasta qué punto somos o no «capaces» de contribuir al entramado productivo y hasta qué punto representamos una «carga» para la sociedad.

Esta disgregación ha favorecido, sin duda, la falta de conciencia colectiva de un enorme grupo humano, personas que sí tienen algo en común: la discriminación soportada por presentar cuerpos no normativos, ajenos al modelo heteropatriarcal y, por tanto, sospechosas de ser inútiles al mismo.

Se trata de una visión alejada del enfoque de los Derechos Humanos, que nos sitúa en muchos casos en los márgenes de la sociedad y que alimenta al mismo tiempo la visión que sobre nosotras, las personas con diversidad funcional, tiene gran parte del resto de la población. Solo de esta forma se explican la naturalización de las exclusiones en los espacios de participación pública e incluso en el ámbito privado, o la normalizada imposibilidad de acceder a los servicios, algunos tan básicos como la educación o la sanidad, otros tan necesarios como el ocio y la cultura, por no hacer una lista detallada de todos y cada uno en los que las personas crecemos, nos cuidamos, socializamos y nos enriquecemos como tales.

Este enfoque propicia también la profusión de servicios asistencialistas y paternalistas que se han diseñado para nosotras: con la excusa de atender nuestras necesidades básicas, se mantiene un entramado de empresas y entidades que deciden, casi siempre, cómo, dónde y con quién debemos vivir. Muchas de ellas obteniendo importantes beneficios económicos.

Son las que nos llevan, nos traen, nos ofrecen formas de ocupar el tiempo y las que, finalmente, gestionan centros residenciales en los que se nos aparta de la sociedad.

Se trata de todo un sistema cosificador que señala, clasifica y segrega desde la infancia, en mayor o menor medida, dependiendo de factores como el grado o tipo de «discapacidad» o el lugar en el que vivas: no es lo mismo vivir en zona rural o en el extrarradio que en el centro de la ciudad, como no es lo mismo vivir en una planta baja que en un segundo sin ascensor, en caso de usar silla de ruedas, por ejemplo. Del mismo modo, influyen factores como la capacidad económica, aunque la media está muy por debajo de la población en general, o el género. En este último caso, todos los indicadores de exclusión están bastante por encima de los de nuestros iguales hombres.

Estamos hablando de personas que sobreviven con muchos de sus derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, cercenados. Derechos humanos universales que se pueden concretar en dos: a la vida independiente y a vivir incluidas en la comunidad, ambos reconocidos por la Convención de la ONU sobre los derechos de las personas con discapacidad en su artículo 19.

Obviamente, tanta y tan sistemática vulnerabilidad inducida consigue generalmente socavar el estado de ánimo de cualquiera que la soporte.

Es fácil entender que, cuando un grupo tan numeroso de personas se ve sometido a este trato degradante de forma habitual, impedidas de desarrollarse y convivir en plenitud en la comunidad, se merma su capacidad de reacción hacia la opresión. Lo más común es que transiten por la vida intentando sortear los escollos que se les presentan, en un ejercicio de pura supervivencia y agradeciendo, en muchos casos, los alivios puntuales y casi nunca emancipadores que se les ofrecen.

Pero la historia nos enseña que donde hay opresión también suelen surgir movimientos o corrientes en su contra. En este caso, tras siglos de ignominia, surge a finales de los años sesenta el movimiento de Vida Independiente. Nace como respuesta a los anteriores paradigmas sobre la discapacidad y se sustenta en el llamado Modelo social que señala al entorno como responsable de las limitaciones y barreras, no solo las físicas, que se nos imponen. Pone en primer plano la dignidad intrínseca de todas las personas y el derecho a controlar nuestras propias vidas.

De esta forma se ven superados modelos como el de prescindencia (nuestras vidas no tienen valor o tienen menos valor) o el médico-rehabilitador (tu vida tiene valor si consigues corregir «tu discapacidad» o mediante el esfuerzo personal, adaptarte al entorno). Estos tres modelos siguen conviviendo a día de hoy, de ahí las discriminaciones mencionadas. Eso no impide que los postulados de Vida Independiente sigan extendiéndose y se vayan implantando trabajosa y lentamente por todo el planeta.

En España lo introdujo el Foro de Vida Independiente en 2001. De ahí surge un grupo de activistas que, diseminados por todo el Estado, venimos difundiendo desde entonces este modelo, una filosofía asentada en las ideas de dignidad, libertad, igualdad, diversidad humana y derecho a vivir cada cual según sus preferencias. De este Foro surge también el concepto de persona con diversidad funcional, contrapuesto al enfoque capacitista, poniendo el acento en el valor de la diversidad y en las discriminaciones soportadas por funcionar diferente para algunos aspectos de la vida. Siendo conscientes al mismo tiempo de que nadie escapa a la diversidad funcional, sea esta más o menos evidente o catalogada.

En Andalucía, un grupo de personas pertenecientes a FVI, decidimos hace años unirnos para fundar la asociación Vida Independiente Andalucía (VIAndalucía), en un intento de conseguir la implantación del Modelo en nuestra comunidad.

El camino no está siendo fácil: las resistencias institucionales son tremendas a pesar de la profusión de leyes que nos avalan. Tampoco está siendo fácil enfrentar la inercia asistencialista, muchas veces impulsada y mantenida por entidades del sector. O la visión paternalista, la ignorancia o el desprecio a nuestros derechos. Pero ahí seguimos, con el convencimiento de que tiene que llegar el momento en que todas, personas con o sin diversidad funcional, vivamos libres y en pie de igualdad.

El cambio climático mata

Algunos datos sobre sus efectos en la salud[1]

Las consecuencias nefastas de la emergencia climática en nuestros cuerpos son ya una certeza. Esta afirmación, lejos de ser una arenga catastrofista, viene avalada por informes de instituciones poco sospechosas de ecologistas radicales como la Organización Mundial de la Salud (OMS). El último informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas animaba ya a los gobiernos a tomar medidas drásticas.

El cambio climático tiene como consecuencia el incremento de fenómenos meteorológicos catastróficos, la variabilidad de los climas, que afecta a los suministros de agua y alimentos, los cambios de la distribución de los brotes de enfermedades infecciosas o las enfermedades emergentes relacionadas con los cambios de los ecosistemas.

Según los datos oficiales, las repercusiones sanitarias del cambio climático ya se están haciendo sentir: aumento del número de personas fallecidas por olas de calor, aumento de los desastres naturales y cambios de la distribución de enfermedades potencialmente mortales como el paludismo.

Los informes de la OMS aseguran que el cambio climático continuado tendrá profundas consecuencias negativas en algunos de los determinantes sociales y ambientales de la salud, como los alimentos, el aire y el agua. Y, por supuesto, serán los países empobrecidos quienes más lo sufrirán, ya que no disponen de infraestructuras sanitarias para dar respuesta a estos problemas.

Durante los últimos 50 años, la actividad humana, en particular el consumo de combustibles fósiles, ha liberado cantidades de CO2 y de otros gases de efecto invernadero suficientes para retener más calor en las capas inferiores de la atmósfera y alterar el clima mundial.

En los últimos 130 años el mundo se ha calentado aproximadamente 0,85 ºC. Durante los últimos 30 años, cada década ha sido más cálida que cualquier década precedente desde 1850.

El nivel del mar está aumentando, los glaciares se están fundiendo y los regímenes de lluvias están cambiando. Los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más intensos y frecuentes.

¿Y cómo afecta esto a nuestra salud?

Empecemos por el calor extremo. Las temperaturas elevadas contribuyen directamente a las defunciones por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada.

Los niveles de polen y otros alérgenos también son mayores en caso de calor extremo. Pueden provocar asma, dolencia que afecta a unos 300 millones de personas en el mundo. Se prevé que el aumento de las temperaturas que se está produciendo aumentará esa carga.

Otra de las consecuencias es el incremento de desastres naturales, que se ha triplicado desde los años sesenta, y la variación de la pluviosidad. Cada año, esos desastres causan más de 60 000 muertes, sobre todo en países empobrecidos.

El aumento del nivel del mar y unos eventos meteorológicos cada vez más intensos destruirán hogares, servicios médicos y otros servicios esenciales, y más de la mitad de la población mundial vive a menos de 60 km del mar.

La creciente variabilidad de las precipitaciones afectará probablemente al suministro de agua dulce, y la escasez de esta puede poner en peligro la higiene y aumentar el riesgo de enfermedades diarreicas, que cada año provocan aproximadamente 760 000 defunciones de menores de cinco años. En los casos extremos, la escasez de agua causa sequía y hambruna. Se calcula que a finales del siglo XXI es probable que el cambio climático haya aumentado la frecuencia y la intensidad de las sequías a nivel regional y mundial.

También están aumentando la frecuencia y la intensidad de las inundaciones y se prevé que sigan aumentando a lo largo de este siglo. Estas contaminan las fuentes de agua dulce, incrementando el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua y dando lugar a criaderos de insectos portadores de enfermedades, como los mosquitos. Causan asimismo ahogamientos y lesiones físicas, daños en las viviendas y perturbaciones del suministro de servicios médicos y de salud.

El aumento de las temperaturas y la variabilidad de las lluvias reducirán probablemente la producción de alimentos básicos en muchas de las regiones más pobres. Ello aumentará la prevalencia de malnutrición y desnutrición, que actualmente causan 3,1 millones de defunciones cada año. Según este informe de la OMS, es probable que los cambios del clima prolonguen las estaciones de transmisión de enfermedades y alteren su distribución geográfica.

¿Podemos medir estos efectos?

La medición de los efectos sanitarios del cambio climático solo puede hacerse de forma aproximada. No obstante, según las previsiones de la OMS, el cambio climático causará anualmente unas 250 000 defunciones adicionales entre 2030 y 2050; 38 000 por exposición de personas ancianas al calor; 48.000 por diarrea; 60 000 por paludismo; y 95 000 por desnutrición infantil.

La infancia, en particular la de los países empobrecidos, es uno de esos grupos de edad más vulnerables a los riesgos sanitarios resultantes y se verán expuestos por más tiempo a las consecuencias sanitarias. Se prevé asimismo que los efectos en la salud serán más graves en las personas mayores y en las personas con dolencias preexistentes. Por otra parte, las zonas con infraestructuras sanitarias deficientes son las que tendrán más dificultades para prepararse y responder si no reciben asistencia.

La situación de emergencia climática es crítica y la propia Organización Mundial de la Salud pide la intervención de los países para reducir las emisiones de dióxido de carbono. La contaminación del aire en las viviendas y la contaminación atmosférica provocan cada año unos 4,3 millones y 3,7 millones de defunciones, respectivamente.

En 2015, la Asamblea Mundial de la Salud aprobó un nuevo plan de trabajo de la OMS en materia de cambio climático y salud que apuesta por la concienciación y la puesta en marcha de una agenda de investigación mundial. Además de interpelar a los Estados para que hagan «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad para frenar el calentamiento global». Queda ver si los Gobiernos pondrán en práctica medidas transformadoras o se quedarán, como nos tememos, en el Green New Deal. El tiempo apremia y es la vida la que está en juego.

[1] Estos datos están extraídos del informe sobre cambio climático y salud de la OMS. El texto íntegro está disponible en su web https://www.who.int/globalchange/environment/es/

Mi cuerpo queer

Cambiar mi cuerpo y transitar hacia un mundo sin género

Desde hace algunos años me defino como genderqueer, una identidad de género no binaria: ni hombre, ni mujer, ni —en mi caso— tampoco en algún punto entre ambos extremos. He llegado a definirme así después de un proceso de muchos años. Fui asignado hombre al nacer; fui criade y educade como chico. En este proceso me he beneficiado de los privilegios que el patriarcado asigna a los chicos, pero también he sufrido mucho y sigo viviendo con mis heridas y cicatrices. Tenía una relación bastante conflictiva con mi/la masculinidad, habiendo intentado encajar en varias masculinidades (hetero, gay…), cada vez con menos éxito. Llegué a un punto en el que dije «¡ya basta!», estaba cansade de ser definide como hombre, y de la presión de cumplir con (o resistir a) lo que significa ser hombre en nuestra sociedad.

Definirme como genderqueer es una forma de romper las normas del género. El binarismo es un sistema tan hegemónico que es difícil salir de él. No solo soy yo quien define mi identidad, sino que estoy definide en casi cualquier encuentro social. Me niegan cada día mi existencia, y la verdad es que estoy harte, harte de esta negación de mi identidad como persona genderqueer, harte de que la gente me ubique a la fuerza en sus cajas binarias sin que nadie me pregunte dónde me sitúo yo. No sé cuántas veces me ha ocurrido que, cuando una persona me saluda en el supermercado como caballero, me gustaría responder «¡Jódete!, no soy hombre, ¡no me niegues mi identidad!». Pero no lo hago. No tengo la fuerza para corregir a cada una de las personas que me lee (sin preguntarme).

Definirme como genderqueer también ha sido una liberación, un acto político, mi rechazo al patriarcado, a los privilegios masculinos que este me ofrece (y que algunos todavía me otorgan cuando me leen como hombre). Desde entonces, ya no estoy luchando contra mi/la masculinidad, ni intentando encajar en nada.

Queerear mi cuerpo

Pese a ello, la invisibilidad continúa, y esto me ha llevado a plantearme cambiar mi cuerpo, empezando un tratamiento hormonal para demasculinizarlo, siempre con la idea de transitar hacia ningún lugar específico, sobre todo no hacia un género opuesto (¿opuesto a qué?). Mi objetivo es quizás un cuerpo más raro, más queer; es decir, salir de lo normal y con esto hacer más difícil ser leíde socialmente como hombre.

En un principio no ha sido fácil conseguir el tratamiento. El sistema de salud de Andalucía se queda en el binarismo y solo encontré incomprensión en la Unidad de Atención a Personas Transexuales (!) en el hospital Virgen de Rocío en Sevilla. La guía de buenas prácticas del Servicio Andaluz de Salud se limita a recomendaciones para la transición de hombre a mujer o viceversa. Lo queer, lo no binario, no está previsto. Finalmente he conseguido tratamiento con el apoyo de Transit, en Barcelona, donde respondieron a todas mis preguntas y dudas, y me ayudaron a conseguir las hormonas a través de mi centro de salud en Sevilla.

Un cuerpo en transición

He optado por tomar solo estrógenos y no tomar antiandrógenos, algo que normalmente también se toman en un proceso de transición de hombre a mujer para bloquear la testosterona. Los estrógenos, pese a que también bloqueen un poco la producción de testosterona, inician principalmente el desarrollo de aspectos sexuales secundarios femeninos. Finalmente, después de casi un año de tratamiento, puedo contar algunos cambios:

  • Los pechos están creciendo, también noto un aumento de los pezones y más sensibilidad tanto en los pezones como de los pechos en general.
  • Una disminución de la libido y también de la respuesta sexual. La respuesta sexual me había preocupado bastante antes del inicio del tratamiento, pero ahora me da realmente igual. Eran los restos de un miedo masculino que se ha evaporado. También la producción de semen ha disminuido. Me da igual, pues no quiero reproducirme: ¿infertilidad?, ¿y qué? No hay cosa menos relevante en mi vida que mi fertilidad.
  • Las primeras dos analíticas de seguimiento muestran un nivel de testosterona muy bajo, dentro de los niveles típicos femeninos. Esta bajada sorprendió tanto a Transit como a mí, ya que no estoy tomando antiandrógenos. Por otro lado, los niveles de estrógeno están ahora dentro los niveles típicos femeninos.

Más allá de los cambios físicos, es difícil atribuir los cambios emocionales directamente al tratamiento hormonal, pues el inicio del tratamiento coincidió con otros cambios en mi vida. Me siento más equilibrade, más cómode dentro de mi cuerpo cambiante, llene de curiosidad en relación al proceso de cambio.

Más allá de esto, con un cuerpo cada vez más queer vienen otros problemas. Para comprar ropa hay tiendas y secciones masculinas o femeninas (la ropa es ropa, ¡la ropa masculina o femenina no existe!) y, además, ¿a dónde voy?, ¿a un baño público? Hombre o mujer, no hay otras opciones. Si voy al baño de mujeres y me leen como hombre podría tener problemas. En el baño de hombres es peor, ya que las personas trans o queer no son bien vistes y el riesgo de acoso es alto, especialmente en bares. Prefiero evadir los baños públicos siempre que puedo. ¿Qué pasa con los vestuarios en la piscina pública?, ¿O qué pasaría en caso de una detención en una acción directa no violenta?

Hacia un mundo sin género

¿Podría haberme planteado cambiar mi cuerpo en otro contexto, en una sociedad post-género, es decir, sin género? Es poco probable. La decisión de hormonarme tiene mucho que ver con cómo esta sociedad cisheteropatriarcal niega mi existencia y me impone su sistema binario. Un cuerpo —mi cuerpo— es tan socialmente construido como el género. En cada encuentro se lee a mi cuerpo dentro de un marco binario, y aunque los cambios resultantes de la hormonación no pueden evitarlo por completo, al menos lo hacen más difícil.

A veces sueño con un mundo sin género. ¿Qué significaría un mundo sin género? Para mí, si el género no importara, nos permitiría más diversidad; la no necesidad de adaptarnos a normas (escritas o no), y la no necesidad de cambiar el cuerpo. En un mundo sin género las personas podrían elegir una profesión, el modo de vestirse (solo habría secciones de ropa para todes) y comportarse libremente. Además, podrían expresar, sentir, amar y desear a quien quisieran y como quisieran y, en definitiva, elegir de manera propia todo lo que el género construye y atribuye. Y, por último, lo más importante: un mundo sin género sería un mundo que no asume la dominación masculina sobre lo femenino. Un mundo sin género sería un mundo sin privilegios masculinos.

Huéspedes y anfitriones, esbozo de una idea

Ciudades dignas de ser vividas

Recientemente se ha celebrado en Sevilla el Encuentro Social sobre Turistificación: Alternativas y Resistencias (EST.AR), dedicado a analizar el modelo de turismo que empieza a asfixiar a las ciudades. Un encuentro motivado por las inquietudes y malestares ante el secuestro de nuestro entorno y, con ello, la invasión a las convivencias y el deterioro de las relaciones o, como escribía Bauman, la modernidad líquida ávida de novedades y fabricante de trampas que hacen de la comunidad un ejército de «hombres grises».

Este modelo de turismo, coherente con el paradigma de consumo que lo sostiene, está traspasando las fronteras, no solo las geográficas, también las de nuestras relaciones. Sevilla es una ciudad monumental, con espectaculares emplazamientos, mágicos rincones, pero… ¿qué sería de todos estos lugares sin las gentes que los habitan, que los llenan de vida? Las ciudades, los barrios, no son una sucesión de edificios y calles más o menos bonitas. Las ciudades y los barrios los hacen sus gentes. Lo mismo ocurre con la erótica. Por mucho que añadamos juguetería, velas, cremas o lo que cada cual prefiera, lo realmente importante, aquello que no puede faltar en un encuentro erótico, son sus amantes. Igual que sabemos que el mayor patrimonio de las ciudades no se encuentra en los monumentos sino en sus gentes, también sabemos que el mayor patrimonio de la erótica no se encuentra en escaparates, sino en sus amantes.

Eróticas dignas de ser cultivadas

Hay muchos modelos de turismo, unos más sostenibles y respetuosos y otros menos. Con frecuencia, los más sostenibles son aquellos en los que huéspedes y anfitriones tienen una relación más cercana, más amable, aquellos que se centran en el cuidado y en el bientrato mutuo.

En la actualidad, lo frecuente son modelos que convierten la relación de hospedaje en una mera transacción comercial que no tienen en cuenta al barrio, al vecindario; que venden los espacios, es decir, que anteponen los grandes titulares de la ciudad a la letra pequeña del barrio (sus gentes, sus historias, sus vidas). Son los hegemónicos, los que están transformando nuestros espacios en parques temáticos para turistas.

La sociedad consumista en la que vivimos trata de hacer algo parecido con nuestras relaciones, intentando convertir la erótica en un parque temático en el que el consumo es la base de la relación. Consumo de juguetes, de lencerías, de cremas y, sobre todo, de recetas milagrosas: tienes que probar esto o lo otro, tienes que hacer tal o cual cosa, tienes que comprar, tienes que sentir, tienes, tienes, tienes… Como buen reflejo de la sociedad capitalista: cuanto más tienes, mejor.

Pero… ¿y si no tengo? ¿Si no siento eso que se supone que tengo que sentir? ¿Si no me gusta lo que dicen que me tiene que gustar? A nuestra consulta nos llegan cada vez más personas a las que no les vale eso que tiene que valer para todos o todas, que no les funciona o no les gusta lo que se supone son fórmulas mágicas para el placer.

Estos paralelismos nos recuerdan a la invitación que hace nuestro amigo Marcos Sanz para convertirnos en huéspedes y anfitriones de nuestros encuentros eróticos, traspasando, y resistiendo, las normas externas que intentan regular nuestros deseos, que nos sitúan de forma binaria en nuestras relaciones, placeres, convivencias…

Los mandatos sobre qué hacer y qué no en los encuentros eróticos (sexuales) proliferan por doquier, casi todos, pensados para la estimulación genital y el coleccionismo de orgasmos: «trucos (comprobados) para ser mejor en la cama», «saca partido a tu cuerpo, sucumbe al placer, haz realidad tus fantasías», «cómo ser la pareja ideal», «descubre todas sus zonas erógenas», etc. Desde estos titulares se estandarizan y normativizan las vivencias sexuadas. Se nos dice qué debemos ser, qué nos debe gustar, cómo, cuánto y con quién, y se convierten en parafilias y trastornos lo que, por regla general, no son más que dificultades comunes o expresiones de diversidad.

El sexo como materia prima

Si la gentrificación supone un claro deterioro de las convivencias en las ciudades, el genitocentrismo desplaza a la periferia lo realmente importante: el sexo. El sexo es un valor, el valor de ser sexuado, sexual, deseable y deseante, convivencial. Desde esta idea de sexo, los encuentros sexuales (eróticos) no son una performance de usos genitales con los complementos de moda. Son encuentros, no lo olvidemos, entre amantes, es decir, entre personas que se gustan, se atraen y quieren estar y hacer juntas, según sus peculiares gustos, sinergias y biografías. Encuentros que se rigen por los deseos, no por los deberes. Los «tienes que», los «deberías», constriñen los deseos.

Cada encuentro es distinto no solo porque las personas lo somos, sino porque, además, vamos cambiando, como lo hacen también nuestros gustos y apetencias, en encuentros que siempre suceden en plural y se viven en gerundio. Como dice Efigenio Amezúa, «no se trata tanto de amar, en su infinitivo, ni del amor, en su sustantivo, sino del gerundio del ars amandi que dice y expresa lo que se está haciendo y se hace».

Sabemos que no es fácil trasladar un gerundio cuando hay tanto infinitivo y tanto sustantivo. El ars amandi se ha traducido por el arte de amar o arte del amor o, en sus fórmulas más modernas, como tener sexo, hacer el amor, (man)tener relaciones sexuales, follar, etc.

Estos infinitivos (tener, hacer, follar, etc.) nos llevan a pensar en acciones concretas, cuantificables, temporales, consumibles. Un gerundio es una forma no personal de un verbo que demuestra una acción que se está desarrollando; aun sin encontrar una expresión con la que sustituir ese ars amandi y hacerlo más accesible, pensándolo así, como algo que se va haciendo, creando, no puede ser sino propio y particular de amantes, en una entidad que no es la suma de quienes participan, es algo nuevo y distinto.

Para hacer el amor o follar se han diseñado y divulgado diversas técnicas sexuales, trucos que convierten lo que debería ser un encuentro deseado, en el que se hace lo que apetece, en un encuentro en el que prima lo que se debe hacer y lo que se debe sentir.

Terminando de escribir este texto nos hemos quedado pensando (en gerundio) que quizá estas trampas para amantes son posibles con los infinitivos, los gerundios abren otros horizontes…

¿LA CIUDAD PARA QUIEN LA HABITA?

El capitalismo esculpe nuestros cuerpos y condiciona nuestras maneras de ser, estar y habitar. Lo más doloroso es cuando descubres como sus efectos se transmiten a través del tiempo. De manera muy sutil, pero más precisa que el propio ADN.

Yo nací en Sevilla. Mi bisabuela Antonia Sánchez era de Fuentes de Andalucía, pueblo de la campiña sevillana. Mi bisabuelo era pastor trashumante y Antonia completaba el salario ejerciendo de droguera clandestina: vendía colonias y brillantinas de la capital. Era la madre de María León Sánchez, mi abuela, que a principio de los años 30 migró a Sevilla. La versión oficial cuenta que fue por el éxodo rural. En el campo sobraba mano de obra con la incipiente tecnificación y las ciudades, focos industriales, suponían la promesa de empleo para la gente joven. Aterrizaron en la zona de la calle de la Feria. Allí nació mi madre, en una casa de vecinxs, y allí se crió y vivió hasta que se casó y se fue a San Jerónimo, barrio en el que se había criado mi padre que era la puerta de entrada a Sevilla de la gente que venía de Extremadura, entre otros sitios.

Mi abuela vivió en la zona de la «calle de la Feria» hasta mediado de los 70. Fue la última de su edificio porque el propietario ya no renovaba alquileres y ya no arreglaba sus propiedades. Terminó yéndose al barrio de Alcosa, en la zona este de Sevilla, donde no había ni línea de autobuses. Será que por aquel entonces comenzó el proceso de expulsión de las clases humildes del centro, aún no se llamaba gentrificación porque no estaba inventao el término, pero las características del proceso tenían mucho en común con el término posteriormente acuñado. Al llegar los años noventa, la zona estaba habitada por una población envejecida, con muchos de sus patios y casas de vecinxs deteriorados, una gran proporción del parque de viviendas abandonado por sus propietarios y un alto porcentaje de población marginal y marginada. Esta situación sirvió como caldo de cultivo perfecto para el lavado de cara que le dieron a la zona en los años previos y posteriores a la Expo 92.

Fue en ese momento cuando llegué yo al barrio, procedente de los barrios periféricos donde me crie.

Recuerdo por aquellos años escuchar hablar del Plan Urban a los Trillo (padre e hijo) muy preocupados por lo que estaba pasando. Yo reconozco que no me enteraba de nada. Con los años comprendí lo que el plan Urban supuso. Lejos de favorecer el fortalecimiento del tejido urbano existente y apoyar a las clases desfavorecidas se realizaron remodelaciones y construcciones que atrajeron principalmente al sector privado y provocaron un aumento loco de los alquileres. Esto potenció aún más que fueran sustituidas las clases más humildes por gente con mayores ingresos o por jóvenes atraídxs por las posibilidades de ocio, culturales y políticas que la zona procuraba. Y en ese barrio y alrededores llevo viviendo los últimos 25 años. Así que he sido gentrificadora y ahora estoy siendo turistificada camino de transformarme en resistencia.

¿Qué sucede ahora?

El turismo es una de las actividades capitalistas que ha sufrido mayor expansión en las últimas décadas y en la que la crisis se notó más bien poco. Incluso se habla de un boom turístico mundial. Es el cuarto sector económico del mundo y subiendo, genera más del 10% del PIB planetario…

Claro que esto tiene muchas lecturas y a nosotras nos interesa ver como se materializa en el territorio y en nuestros cuerpos y sus posibilidades. Ni siquiera para las mentes más convencionales puede o más bien debería ser un indicador de bonanza.

El turismo «mueve mucho dinero y crea mucho empleo», pero el movimiento de dinero no repercute en la ciudad y el empleo tiende a ser estacional, temporal y precario.

Empresas multinacionales compran viviendas para transformarlas en apartamentos turísticos.

Una gran parte de las viviendas en alquiler son de unas pocas familias que mantienen el oligopodio, casatenientes que acumulan gran cantidad de los supuestos beneficios.

Existen muchas personas con una o dos propiedades que participan de este modelo especulativo expulsando a sus inquilinxs para transformarlos en apartamentos turísticos o con subidas infames del alquiler de la vivienda para sacar más beneficio de sus propiedades sin atender a las consecuencias.

¿En qué se traduce?

A las arrendadas nos están expulsando del barrio. Para las propietarias el barrio está cambiando de paisaje humano. Al desaparecer las vecinas, desaparece la confianza creada que no se tiene con quien está de paso.

Y detrás de todo esto, cuerpos con nombres y apellidos que tienen que abandonar sus hogares porque no se pueden permitir vivir en el barrio que llevan décadas habitando.

Esto va acompañado de un cambio de uso de los barrios, ya que lxs turistas no necesitan escuelas, centros sociales, talleres… Ellxs utilizan el espacio público y la propia vivienda de forma diferente. Están de vacaciones y tienen otros ritmos, lo que complica la vida de lxs residentes de los edificios mixtos, que necesitan dormir y deben madrugar para ir al trabajo. Y, por supuesto, sin entender ni atender a la ecología cotidiana para hacer un uso eficiente de la energía, del agua, etc.

Los intereses divergentes dificultan la convivencia también en el exterior. La mayor disponibilidad económica de lxs turistas supone un incentivo para el recambio de la estructura urbana. Aparecen nuevos establecimientos, bares y comercios más caros, dirigidos a ellxs.

No, el turismo no mejora la calidad de vida de lxs vecinxs.

Buscando indicadores legítimos que permitan analizar las repercusiones del proceso, veo como ha disminuido drásticamente el número de tiendas pequeñas destinadas a satisfacer los bienes precisos para desarrollar las necesidades básicas y han sido sustituidos por bares u otro tipo de negocio que responden a las demandas de lxs visitantes. También veo como va disminuyendo drásticamente el número de personas que me dan los buenos días o me preguntan como estoy y se preocupan por mi bienestar, siendo sustituidos por personas de paso que vienen a consumir experiencias… las mismas experiencias que generamos las gentes que habitamos los barrios y que estamos teniéndolos que abandonar.

Y al final me veo como mis antecesoras. Por motivos ajenos a mi voluntad, y que responden a los intereses económicos de unos pocos, tengo que abandonar el territorio donde he desarrollado mis lazos de comunidad y apoyo mutuo. Habrá que seguir resistiendo.

Los hombres y el consentimiento:

un desencuentro

Cuando estudio las masculinidades tengo una regla: si no es un tema importante, no se hacen memes. Y si uno escarba un poco en blogs, páginas o foros misóginos, se topa rápidamente con memes sobre el consentimiento, como si eso de tener en cuenta la voluntad y el deseo de la otra persona fuese marciano.

Una indignante lista pasa por chistes como: «¿No has firmado el formulario de consentimiento? Entonces te cae denuncia por violación; ¿La has mirado sin su consentimiento? Has cometido violación telepática…» Trivializar la violación, sobredimensionar eso de las denuncias falsas (el 0,01% según cifras oficiales), victimizar al hombre pueden ser para el lector casos puntuales, cosas de cuatro enfermos y algo para nada representativo. Pero si una pregunta a cualquier amiga, escuchará casi seguramente historias de hombres que nos preocupamos menos e hicimos más de lo que deberíamos.

¿Qué nos pasa a los hombres con el consentimiento?

Fundamentalmente, existe un problema de fondo en el peso que le damos a la palabra de la mujer. Hemos aprendido a ligar a través de un Hollywood que nos contaba historias de hombres que luchaban por demostrar su valía y terminaban conquistando a una mujer que al principio nunca quiere, pero a la que convencemos. La típica película romántica plantea siempre la misma situación: el hombre, tras conocer a la mujer de su vida, vive algún conflicto que la hace alejar (posiblemente para siempre) comenzando un viaje de redención (al estilo de Ulises de Homero) donde habrá de ganar el perdón demostrándole a la mujer que lo que siente es un error y que él vale la pena. Finalmente, el hombre siempre termina convenciendo a la mujer, la cual agradece el esfuerzo. Colorín colorado…

Eso en cuanto al plano romántico. En el plano sexual, hemos aprendido que, cuando se trata de mantener relaciones, los hombres tenemos una especie de animalidad por la que llega un punto en el que ya no piensas. Es gracioso ver cómo gran parte de los hombres nos referimos a nuestro órgano reproductor como si de un ser aparte se tratase. Incluso llegamos a veces a quejarnos de cómo nos hace estar pensando en el sexo más de la cuenta. Esto es lo que llama la profesora Susan Bordo en su genial obra, El cuerpo masculino, el «argumento biologofílico»: un argumento basado en una mirada parcial sobre lo biológico que permite, en última instancia, justificar actitudes cuestionables (no parar cuando deberíamos parar, insistir cuando deberíamos renunciar, intentar follar cuando deberíamos escuchar y entender).

No se trata de que reemplacemos la opresión por un pensamiento moralista en la cama, pero sí se trata de reconocer que los hombres aprendemos sobre sexualidad, consentimiento y respeto desde una coyuntura misógina y machista. Y eso afecta a la forma en la que entendemos, entre otras cosas, la voluntad y el deseo femeninos.

El no femenino

Para muchos hombres, si no hay un «no» explícito, se entiende que pueden seguir. Y esto, que a muchos les puede parecer algo trivial, fundamenta muchas de las vivencias traumáticas de muchas amigas mías: lo que para nosotros es un malentendido, para ellas puede suponer una sensación de vulnerabilidad grande o pequeña, pero que está ahí. Para este hombre (en el que todos nos reflejamos alguna vez), el «no» que corta en seco es el único verdadero. Cualquier otra forma de negar es tomada por el hombre como un potencial «sí», y muchas veces, como una negativa superable, un reto.

Y el reto es el juego masculino por excelencia. Para Susan Bordo, esta cuestión del reto se basa en la mitología masculina de que la mujer se conquista poco a poco y que depende de la habilidad masculina el descubrirle a la propia mujer que, detrás de su no, hay un deseo latente.

La cultura misógina da por sentada la debilidad del «no» femenino: «preguntar e insistir funciona». Nos lo dice el estereotipo de la mujer que se hace de rogar, nos lo enseña el coach del cortejo que dice que «la mujer no sabe lo que quiere, tú debes mostrárselo». El hombre educado en valores patriarcales lo tiene claro: la mujer dice que no porque no quiere ser considerada una facilona. La negativa es para la masculinidad hegemónica un reto de una mujer que se hace la dura en lugar de ser una barrera que tenemos que respetar.

¿Malas personas o privilegios masculinos?

La gran pregunta es, ¿se hace todo esto por mala voluntad? No soy fan de plantear los temas de una manera moral entre malos y buenos ya que no creo que solucione nada. Prefiero pensar que se trata un problema de atribuciones mentales erróneas en contextos de desigualdad de género. Hay un privilegio claro (consciente o inconsciente, depende del caso) por el cual podemos proyectar erróneamente pensamientos, sentimientos o ideas a las mujeres y actuar en consecuencia sin grandes problemas ya que podemos ignorar el precio que paga la mujer por nuestra actitud.

Básicamente, los hombres no nos preocupamos por el precio que paga la mujer por comportamientos que tenemos: sea el precio alto o bajo, nos suele importar más bien poco. Basta con hablar con nuestras amigas, hermanas o madres para escuchar los estragos de la falta de consentimiento. Pero podemos no preguntar, podemos no implicarnos, podemos seguir actuando en el mundo sin comprometernos con el malestar de la gente que nos rodea.

Con dejar de des-implicarnos en el malestar que podemos estar generando abrimos una puerta a una forma nueva de pensarnos a nosotros mismos y a los demás. Y basta con hablar con las mujeres que nos rodean, y con hablar entre nosotros sobre estos temas. Hablar y sincerarnos es la mayor parte de las veces un ariete contra modelos de masculinidad tóxica, basada en el hermetismo, en el sufrimiento solitario y en el sacrificio.

Cuestionar la masculinidad supone que veamos una fractura en nuestro autoconcepto: implica un momento de crisis en el que nos sentimos mal pero ante el cual decidimos actuar para intentar sentirnos mejor, pero por otro camino. Pero el machismo nos pesa y muchas veces preferimos hacer memes: reírse de la idea del contrato de consentimiento es mucho más cómodo que pensar si he insistido o coaccionado para mantener relaciones. Nadie quiere sentirse mala persona, y es más sencillo echar trastos fuera que entender que puedo haber sido un cabrón.

La sonrisa tras una impresora 3D

Silencio. Esos segundos de silencio, esa primera prueba, esa mirada, esa sorpresa ante algo extraño, esa sonrisa. Hoy Alex se ha probado su primera prótesis de brazo. En la sala, todos contienen la respiración hasta comprobar que funciona. Sobre todo su madre, hasta que recibe el abrazo victorioso de haber conseguido algo tan soñado y dibujado. Verifican detalles ergonómicos y técnicos: por suerte, esta primera prueba es válida. Alex se la puede llevar esta tarde al cole que, además, tienen una fiesta especial.

Esta historia empezó por casualidad, como casi todo. Julio, un trabajador de Medialab Prado (Madrid), estaba en el veterinario y allí coincidió con la familia de Alex. Tras observarles y hablar con ellos, les contó el proyecto Autofabricantes, una comunidad de creación de prótesis. Pronto contactaron con ellos y, tras varias sesiones de trabajo, entre todas decidieron el modelo concreto para Alex. Él dibujó cómo debía ser, incluido sus colores favoritos. Después, entre Luís, Paola, Lidia y Óscar, parte de esta comunidad, la modificaron, imprimieron en 3D y montaron. Poco a poco y aprendiendo a cada paso.

Esta no es una prótesis cualquiera, es una prótesis en código abierto. Porque este modelo no es solo de la comunidad Autofabricantes, sino de una red mundial llamada Enabling the Future. Son un nodo más, en este caso en Madrid, y tiene muchos modelos accesibles para todo el mundo. Cualquiera puede conocer toda la información, descargar e imprimir en 3D. Cualquiera puede modificar, mejorar y volver a compartirlo para que le sirva a otra persona. Es una red de conocimiento abierto y apoyo muy grande y extendida en todos los países y de la que han surgido decenas de adaptaciones locales.

Autofabricantes es un grupo de trabajo localizado en Madrid dentro del laboratorio ciudadano público Medialab Prado, del Ayuntamiento de la ciudad. Desde hace unos tres años han creado una comunidad de unos veinte colaboradores que poco a poco van desarrollando los diferentes retos y proyectos que van proponiendo las familias que forman parte de la comunidad (actualmente son unas veinte). Desde el inicio llevan investigando y creando todo el diseño 3D, electrónica y programación para conseguir una prótesis mioeléctrica de brazo para niñas y niños. Todo código abierto para que cualquiera pueda acceder esta información, con bajo coste, con tecnología accesible y pensada con las familias que la van a utilizar. Utilizan impresoras 3D, microfresadoras para los circuitos electrónicos y placas como Arduino o Raspberry Pi para procesar las señales musculares. Un reto técnico enorme construido con la aportación semana a semana de más de sesenta colaboradores que han ido participando en este grupo de trabajo desde el inicio. 

En estos diálogos con las familias y en colaboración con otros agentes surgió el proyecto SuperGiz, un concepto diferente de prótesis de mano en el que no se imita la forma ni función de una mano, sino se ayuda las niñas y niños en una actividad diaria concreta. Este sistema consiste en un guante especial sujeto a su extremidad que contiene unos enganches a los que se acoplan unos gadgets que sirven para ayudar a las actividades concretas y son las propias niñas y niños quienes los diseñan. Actualmente hay más de quince gadgets para multitud de aficiones como nadar, remar, jugar a la pelota o montar en bicicleta. Como los modelos están hechos para ser impresos en 3D, son personalizables para su crecimiento, gustos y se pueden mojar y golpear sin problemas. Todo el proyecto está disponible en su perfil de Thingiverse para descargar e imprimir en 3D en cualquier lugar y también adaptar online a cada tamaño y forma. Este proceso ha sido posible en colaboración con la empresa social Nación Pirata y la Fundación Rafa Pueden con los que han realizado talleres de creación de gadgets en los que participan hasta ocho niños y niñas en cada sesión con más de treinta diseñadores colaboradores. Entre todas y todos diseñan y fabrican sus gadgets favoritos.

Una manera diferente de pensar las prótesis, de crearlas y compartirlas, que pone en el centro a las usuarias, descomplejiza su diversidad y colectiviza los problemas que las acompañan. Este tipo de ideas y proyectos son posibles cuando se rompen las barreras entre el desarrollo de proyectos y las familias, entre las necesidades personales y el acceso a los medios de producción, cuando el conocimiento colectivo se activa para mejorar el entorno más cercano. Este es el motor que guía a Autofabricantes y que comenzó en Sevilla con la comunidad EXando una Mano. Generar una alternativa ética y política al sistema ortoprotésico actual con unos sobrecostes y conocimiento cerrado que acabamos sufragando desde la sanidad pública, sin cuestionarnos los intereses que olvidan las necesidades reales y a las destinatarias finales.

Esta tarde, Alex tendrá seguramente una entrada triunfal en su cole, al igual que hizo Alicia una mañana al llegar al suyo, otra de las pequeñas de esta comunidad. Alicia llegó a su cole sonriente y orgullosa, enseñando a todo el mundo su nueva prótesis de colores y que ella misma había ayudado a diseñar y montar.

Este es el verdadero valor de proyectos de autogestión comunitaria, estos son los detalles que dan sentido al trabajo en equipo, las largas horas de desarrollo y decenas de dificultades y frustraciones. Generar un cambio positivo que permita entender la diversidad de los cuerpos con una perspectiva sin estigma y empoderada. Producir nuevas subjetividades y realidades. Más allá de las tecnologías y los objetos, consideran que es más importante pensar, construir y experimentar ecosistemas que permitan otras alternativas, más accesibles. Donde el bien común tenga cabida, la ciencia sea ciudadana, la autonomía personal y colectiva sean el centro, los procesos sean más importantes que los resultados… donde sea posible seguir creando entre todas… esos segundos de magia.

*Los nombres que aparecen son ficticios para preservar la privacidad de las niñas y niños.

Gay no, ¡maricón de origen!

Nunca pensé que pudiera, que de verdad yo pudiera escribirme y escribir maricón, con tanta tranquilidad, de una forma pensada. Maricón es una palabra cobradora de frac, una perseguidora durante tu vida.

Cuando te asignan un género y tú vas y te saltas algunas de las cosas que están hechas con mucho tesón para ti (los clásicos y los típicos: no juegas a fútbol, te relacionas mejor con las niñas, te gustan las muñecas, eres fan de las Spice, te tocas con tu primo, el de tu edad, te haces del club de la barbie o te da por cocinar pasteles con plastilina en un set de repostería). Cuando haces esas cosas, no se ve demasiado bien. Verás, no es que la gente sea homófoba así de forma innata (¿o sí?), es que la sociedad, y sobre todo los barrios chicos y los pueblos, son bastante apretados respecto a que las cosas se mantengan como están, intactas.

Pues bien, ante este pasarte los límites cuando eres niño, la adolescencia se convierte en un campeonato que suele durar aproximadamente todos los años de instituto y algunos más. No es una etapa tan condescendiente como la infancia: en ella todxs temen pero mantienen la esperanza de que en algún momento, válgame dios, vuelvas al camino de lo que sí se debe. En la adolescencia, la policía del género se duplica. ¿Sabes cuando vas a una mani y las lecheras se agolpan en líneas de dos en dos? Pues así te sientes cuando entras en esta etapa y eres maricón. Las lecheras van siempre contigo a todas partes para acorralarte. Sueles tener bastantes policías del género siempre pululándote al rededor.

Entonces, resulta que en momentos cuando crees que has hechos amigOs, un día sin querer te enteras que, no en tu presencia, en otros espacios, proclaman a los cuatro vientos que tú eres un poco eso; un poco así como «maricón de mierda». Y ahí empiezas a entender cuánto bloquea esa palabra prohibida, que en tu cocreación de la vida solo representa tu no posibilidad de acceso a lugares simbólicos y físicos, tu marginación y el comodín perfecto para bloquearte, desactivarte, invisibilizarte y, sobre todo, sin querer poner mucho drama, para humillarte cuando así se precise.

La realidad es que la palabra y todo el odio y lo denigrante que ella encierra es un arma perfecta que se le concede al resto de las personas que conviven a tu alrededor (especialmente a los hombres cisgénero) para poder escupirte en cualquier momento lo que les parezca y arruinarte el día. Uno no suele querer formar parte de las minorías en la adolescencia, en esos momentos tan críticos donde tus iguales se convierten en referentes y grupos de apoyo; por eso, se hace el gran esfuerzo de castrar y modificar conductas, deseos, placeres y gustos para formar parte de la mayoría.

En un cuaderno, un maricón durante su adolescencia es capaz de armarse una especie de guía de todas aquellas cosas de las que debe prescindir y modificar para poder entrar en el gran grupo. Nunca sabes lo nefasto, hiriente y destructivo que esto va a ser y cuánto te va a costar poder volver a conectarte a una esencia de la que cada vez te vas alejando más, tan solo por la mirada externa que se te hinca en la nuca.

Pero ahí, lo que te jode un poco es que, a pesar del esfuerzo y a pesar de acumular otros valores, alguien puede venir y, sin que te lo esperes, decir al de al lado «mira el maricón de mierda»; y te eche por tierra el día y te destroce la semana y sientas que por más que escribas manuales de instrucciones de machisto de barrio, ellOs ya tienen ese poder, y va ser difícil poder arrebatárselo.

En una adultez militante, crítica, donde uno, de un salto con voltereta y doble pirueta consigue, a través de la mierda, construir y edificar con compañerxs. Donde el feminismo te permite una barca salvavidas para no irte al carajo, entiendes lo que en un momento te confirmó el presagio de los otros: ser gay. Y decirlo: «gay». Y no negaremos que puede que en algún momento fuera (como dice La Mala, «ser gay está de moda») una cosa actual, moderna. Esa época de 2010 donde tanta gente tenía amgixs gay; donde el matrimonio y, de repente, la normalidad nos dieron un respiro. Más tarde se volvería a convertir en un lastre, en un no reconocerte. Y aquí llego a la esencia de este artículo y me pongo serio para hablar de lo más estructural de esto: la identidad.

¿Por qué no soy gay? Mi identidad define mi vida y me define a mí. Desde que oí a Mar Gallego, confirmé las trabas de nuestra identidad andaluza; desde que me encontré con otros maricones andaluces, entendí las dificultades en manada y por tanto la mella en nuestras vidas. Llamarme y autodefinirme maricón fue un proceso largo. Cuando la primera compañera dijo «en Andalucía nunca nos dijeron marikas, siempre nos dijeron mariconas de mierda», me hirió oírlo. Esa herida mía de la adolescencia que se descubrió ahí, siendo pura sinceridad, entendió que ojalá algún día pudiera decir maricón sin que eso evocara mis miedos y los de los otros. Soñé con poder arrebatarle de verdad ese maricón a las bromas machistas, a las coletillas de heteros que se apropian de algo que, a muchas, aún nos ha costado decir y decirnos.

Transformar maricón en un elemento político potente, verlo en pegatinas, en amenazas a los que nos agreden; reunirnos y encontrarnos a través de esa palabra ha sido el bálsamo y el hito que pone fin a la dictadura de los límites que nos impusieron. Posible cuando conseguimos apropiarnos de eso que tanto nos hirió, que nos exilió. Entonces hay algo que se libera, de verdad. Hay algo del enemigo, si el enemigo existe, que queda desactivado. Hay una herramienta que siempre fue tuya y ahora, por fin, está en tus manos.

Ahora, cuando me dicen ¿eres gay? Contesto «no, soy maricón»; ahora le devuelvo a mi yo adolescente la tranquilidad y la alegría de todos aquellos momentos en los que, con solo poner ese concepto sobre la mesa, me arruinaban el día.

La raíz sex- siempre son dos

Las redes sociales son un caldo de cultivo de polémicas y debates más o menos fructíferos y más o menos efímeros. Este artículo de Ciro Morod publicado en La Directa surge de uno de ellos. El pasado mes de mayo una periodista y activista feminista, La Magdaleno, publicó un tuit en el que afirmaba que «follar sin empatía no es follar, es violar». Las reacciones de crítica y apoyo no se hicieron esperar y hasta el día de hoy se han publicado decenas de artículos reflexionando sobre qué es eso de la empatía cuando practicamos sexo. Esta es la reflexión de Ciro MoRod.

La palabra erógeno hace referencia a aquellas partes del cuerpo donde sentimos placer, sensibilidad carnal… excitación; siempre y cuando sean estimuladas, claro, por una grata caricia, un gustoso lamido o incluso un aliento inesperado. Existen particularidades individuales, y graduación en su sentir, como todo lo que tiene que ver con el Sexo —en mayúscula porque nos adentramos en el terreno del Yo a través del Otro—. Si hacemos arqueología de la lengua, veremos que la raíz de erógeno o erótico nace del dios griego del amor, Eros; así como afrodisíaco nace de Afrodita, la diosa. Por lo tanto, el lenguaje nos desvela que el cuerpo, el goce, el calor tiene que ver con uno de los sentimientos supremos del humano: el amor; y este, por definición, se construye a través del Otro.

Primera piedra que nos encontramos en el camino: estar escribiendo sobre la exaltación sexual, sobre los deleites de lo corporal y lo libidinoso, relacionándolo con el amor y no con el término pornografía, que es donde muchos acaban en estos días (y este masculino no lo entendáis como genérico). Zonas erógenas son el cuello, los labios, las ingles y los pezones… aunque en nuestro imaginario colectivo (y en nuestras cotidianeidades coitales) no pasemos de los genitales: los protagonistas de esa industria cinematográfica. El latín también nos chivata que coito viene de coire, ir con, acompañar, reunirse, encontrarse, y hasta donde yo sé no tiene nada que ver con penetrar, que es un verbo individual y nos conduce a una mera cópula, a lo reproductivo.

Por cierto, y ya termino con mis ínfulas de lingüista, si seguimos indagando en las catacumbas etimológicas, la pornografía era el «tratado o ilustración de la prostitución» (porneia = prostituta); y en las volteretas históricas de la palabra aparecen referencias a esclavitud, traficar, producto, negociador y precio. Nada que ver con lo amoroso.

¿Dónde quiero llegar con todo este prólogo? A que los encuentros sexuales, cualesquiera, se construyen con erotismo, con pieles lubricadas, con ternura recíproca: virtudes que, desgraciadamente, han quedado relegadas u olvidadas en la construcción social del género masculino. Hablo de estructura, de generalidad y poder, no de biografías personales ni de subjetividades excepcionales… aunque pocas veces estas se puedan escapar del todo de las imposiciones civilizatorias. El deseo erótico es caprichoso, vivo y se viste de claroscuros, no es lineal ni tiene ninguna meta a la que llegar; aunque el orgasmo sea una de sus estancias, de las preferidas, no tiene por qué ser siempre su finalidad. Hay sexualidad en un susurro, en un guiño y en una fusión de abrazos; también en un mordisco: detalles, humores, sabores, y nada de mores. Íntimas lujurias e ínfimas desviaciones. Hay excitación en dos egoísmos que se nutren y se comprenden, que juegan para divertirse. Voluptuosidad enriquecedora para ambos, en el caso de que sean dos.

No presupongáis que abogo por relaciones pastelosas, o que solo veo apetitos a medio gas con tintes puritanos, cautos o desangelados. Ni que haya que firmar acuerdos antes de seducirnos. La pasión calurosa, el sudor y los gemidos casan a la perfección con los afectos, el cuidado y lo meticuloso. La ferocidad no es brutalidad, ni la suavidad es vacuidad. El sexo duro, como se dice por ahí, nos pone a mil entre sábanas de libertad. Un eterno equilibrio dialéctico entre lo desenfrenado y lo delicado; entre el desorden y la atención.

Tampoco nos llevemos a engaño: el encuentro lúbrico no es siempre satisfactorio o pleno. Como en cualquier otro terreno humano, la mediocridad puede estar presente, la torpeza, el aburrimiento y la incomprensión comunicativa. Estaría bien ir sacándolo del imaginario de los cielos para bajarlo a lo terrenal, a lo profano, donde las expectativas no juegan ningún papel. Lo que sí debería estar siempre ausente en este compartir es la sequedad y la frialdad; el calor es un síntoma de bienestar.

Nos han vendido —y hemos comprado— que existen roles estáticos en lo sexual, que el hombre no solo es sujeto en la calle sino también en la cama, sin contemplar que si uno nunca se coloca de objeto difícilmente puede sentirse deseado por otro sujeto; o que un sujeto que sufre de ensimismamiento es un ególatra. Incluso si se pacta esa falta de dinamismo y flexibilidad entre roles —por gustos y preferencias—, el sujeto pregunta, indaga, se preocupa, percibe, lee e interpreta el cuerpo acompañante… si no, corre el riesgo de convertirse en déspota. Y las relaciones sexuales tiránicas salen del campo de la sexualidad entrando en el de la violencia y la dominación. Dos cuerpos, ambos deseantes y deseados, dos hablas que crean un idiolecto común, donde el silencio también muestra sus mandíbulas sonrientes.

El hechizo está en que ninguna posición eclipse a la otra, en saber que la rigidez y el encasillamiento no son cómplices de lo sexual. En cualquier interacción humana, el enconamiento no nos deja ver ni sentir al Otro. Ya va siendo hora de que el código masculino se amplíe, se dilate… dando lugar a mapas erógenos extensos, superando el falo, descubriendo la satisfacción de ser seducido y objetualizado.

Permitidme una última curiosidad etimológica, para ir pillando pistas y cerrando ideas: follar viene de dar fuelle, soplar aire. Follicare es el acto de soplar con el fuelle y que da también el significado de jadear. Tenemos dos opciones ante este hallazgo: quedarnos en el acto mecánico y nada creativo del chaca-chaca donde es el sujeto protagonista el que lo lleva a cabo o bien dar un paso más y ver que si soplamos aire es para avivar fuegos y así calentar(nos) en relación, mutuamente, sin que quepan secundarios.

El machismo sale de fiesta:

violencias sexuales y ocio nocturno

La periodista Susan Brownmiller, pionera en teorizar sobre la «cultura de la violación», ya nos guiaba la mirada hacia las violencias sexuales desde una perspectiva feminista: entender que el miedo a ser violadas constituye una amenaza sobre la que se articula un mecanismo de control de todas las mujeres es crucial para darle sentido al rompecabezas de la violencia sexual.

No se trata de casos aislados, sino de estructuras de poder generizadas que crean las condiciones para que se den estas expresiones básicas de la dominación patriarcal. La violación, los tocamientos no consentidos o las insistencias ante negativas, responden a una misma lógica de dominio de unos cuerpos sobre otros.

Estas violencias se producen en todos los espacios, pero el espacio público y los contextos festivos y de consumo de sustancias destacan por ser territorios de especial tolerancia, impunidad y permisividad social, e incluso de promoción de estas violencias. Estas graves particularidades llevaron en 2013 a la Fundación Salud y Comunidad a crear un observatorio, Noctámbul@s, que fuera más allá del análisis tradicional de los riesgos de la noche: la violencia sexual era (es) uno de los mayores riesgos para las mujeres cuando salen de fiesta y se estaba invisibilizando y silenciando.

El pasado mes de febrero presentó su cuarto informe anual, que propone radiografiar la noche desde una perspectiva de género, promoviendo la libertad y la autonomía de las mujeres, resistiéndose a la común culpabilización de estas y girando el foco a la responsabilización de los posibles agresores, así como de la ciudadanía en general como agentes clave de identificación y rechazo de estas violencias.

Algunas ideas clave de este informe, realizado a través de un trabajo de campo cuali- y cuantitativo con jóvenes de entre 16 y 35 años, residentes en el Estado español y usuarias/os de ocio nocturno, son:

–  Se da una sobredimensión mediática de la sumisión química. Muchas de las violencias se dan en contextos de consumo de alcohol y otras drogas de manera voluntaria por parte de las jóvenes, hecho que juega un papel importante en la culpabilización de estas cuando sufren violencia sexual. Este hecho responde a un imaginario machista que relaciona el consumo de sustancias con la masculinidad y que penaliza a las mujeres que transgreden esta norma social, haciéndolas responsables de las violencias que reciben, precisamente por haber desobedecido este mandato. De este modo, el consumo de sustancia funciona, a nivel social pero también penal, como atenuante a la hora de juzgar la conducta de los agresores pero como agravante cuando dirigimos nuestra mirada a las víctimas / supervivientes de la violencia sexual (el manido «estaba borracho, no sabía lo que hacía» frente al «iba borracha, ella se lo buscó»).

Asimismo, en los relatos mediáticos prevalecen ciertos mitos: la violación como un acto premeditado ajeno a la naturalización de las violencias sexuales; el agresor como un monstruo ajeno a la normalidad de la desigualdad de género, o las sustancias como detonantes de las violencias y no el contexto e ideología sexista de quien las ejerce. El alarmismo que estas narraciones generan contribuye a construir el terror sexual que, lejos de prevenir con gafas violetas, perpetúan el miedo de las mujeres a ocupar los espacios públicos.

–  Más allá del no es no: este es uno de los lemas más difundidos para sensibilizar y combatir las violencias sexuales. Sin embargo, esta consigna responsabiliza a las mujeres a manifestar su oposición frente al deseo del otro y las pone en el lugar de receptoras ante el emisor del mensaje, quien toma una vez más la iniciativa. Hay que analizar, además, las limitaciones que dificultan el decir no: los estigmas de «puta», «estrecha» o «calientapollas» que siguen estando vigentes al juzgar la sexualidad de las mujeres, o el miedo a la integridad personal y otras cuestiones relacionadas con la inseguridad. Frente a esto, desde el Observatorio se apuesta por el deseo y el consentimiento afirmativo y entusiasta, que afirma que todo lo que no sea un activo y en libertad por ambas partes es violencia sexual.

–  Más de la mitad de las mujeres encuestadas ha vivido alguna vez situaciones de violencia normalizada: Un 57% de las jóvenes que contestaron el cuestionario online ha sufrido al menos algunas veces algún comentario incómodo, insistencias ante una negativa por su parte o tocamientos indeseados, frente al 4% de los chicos. Estas cifras ponen de manifiesto la alta frecuencia con la que las mujeres sufren el amplio espectro de violencias sexuales más normalizadas y legitimadas en la sociedad patriarcal. Parece ser que hay una penalización a través de la violencia sexual intrínseca hacia toda mujer que materializa su pleno derecho a ocupar los espacios de ocio.

–  Los chicos tienen más dificultades que las chicas para percibir e identificar las violencias sexuales que ocurren en su entorno, tienen mucho más naturalizados los comportamientos más sutiles, no visualizándolos como acciones del orden de la violencia sexual. Asimismo, aunque las chicas manifiestan haber sufrido multitud de violencias sexuales, pocos chicos se identifican como agresores. Estos agresores fantasma deben ser especialmente tenidos en cuenta en las campañas preventivas: idear estrategias para desnormalizar estas violencias, por una parte, y promover el reconocimiento del ejercicio de las mismas, por otra, es fundamental si no queremos que la responsabilidad de la prevención recaiga en las mujeres.

–  La configuración urbanística del ocio nocturno genera miedo e inseguridad en las mujeres. Tanto los horarios como la configuración social y física de los espacios de ocio, los recorridos a pie que conectan la casa con el ocio o el transporte público en la noche, no son vividos como seguros por las mujeres, quienes planean más sus itinerarios y cambian en muchas ocasiones sus recorridos, condicionadas por esta percepción de miedo, particularmente en horarios nocturnos. Este hecho limita su libertad de movimiento y su derecho a la ciudad. En el informe se ofrecen diferentes recomendaciones desde el feminismo interseccional para incorporar elementos en el espacio urbano que favorezcan el uso libre de la ciudad por parte de todo el mundo.

Frente a todo ello, en este informe se destaca la importancia de generar estrategias preventivas con perspectiva feminista orientadas al empoderamiento comunitario. Es fundamental que las acciones no se limiten a un cartel o a una acción puntual, sino que constituyan estrategias a largo plazo, continuadas y consolidadas; así como participativas, coordinadas entre diferentes agentes sociales y destinadas al empoderamiento de toda la comunidad, y en concreto de las mujeres, frente a las violencias sexuales.

Un feminismo más allá de lo punitivo

Hace escasas semanas se generó una gran polémica a raíz del #Metoo. Intentaré poner en palabras lo que considero un escollo o contradicción en el surgimiento de este movimiento, que se nombra como nueva ola dentro del feminismo.

Una lectura mayoritaria, precipitada e incluso hegemónica, nos hablaba de un gran despertar, un cambio de época en el que las mujeres han tomado la voz para denunciar de forma masiva la violencia masculina. Este «para todas lo mismo», que exige de la Mujer en mayúsculas como sujeto de la enunciación, se ha revelado pronto como problemático. La oposición paradójica al movimiento, por parte de mujeres que no se sienten representadas, ha exigido en la historia del feminismo una invitación a pararse y reflexionar. Este antagonismo es negado sistemáticamente porque pone de manifiesto las consecuencias coercitivas y reguladoras de esa construcción, aunque se haya construido con el mejor de los fines emancipatorios.

María Jesús Izquierdo, doctora en Economía, profesora jubilada de teoría sociológica de la Universidad de Barcelona, aúna en su pensamiento feminismo, marxismo y psicoanálisis, y se me antoja una combinación interesante desde la que pensar la cuestión. He tenido el placer de conversar con ella y me lo contaba así:

«Cosas que estaban muy claras hace treinta años en el movimiento feminista como eran las condiciones económicas, el acceso a ingresos, la exigencia de servicios públicos, etc., han desaparecido de las reivindicaciones feministas. Ahora todo se centra en una cuestión que favorece que se conciba el problema en términos de comportamientos de los hombres y no de la estructura de la sociedad. Y es alucinante que el movimiento feminista, al menos en este país, en otros no, que ha sido tradicionalmente de izquierdas, esté diciendo en el fondo lo mismo que la derecha cuando se está refiriendo a cuestiones relativas a la violencia de género: señores muy malos y desviados a los que hay que reprimir etc.. Es liberalismo puro y duro.»

Coincido en que se ha hecho evidente un: «o estás con nosotras o contra nosotras». Donde la divergencia es tomada como traición y donde la palabra de unas toma forma de puñal para las otras: «Cuando hablamos de violencia hacia las mujeres, los términos que se utilizan tienen un valor signo, es decir, activan conductas de manera irreflexiva, y anulan la capacidad de juicio. Se asocia mecánicamente a un estado emocional que conlleva la necesidad de castigar y de agredir.»

Hay una llamada a no romper filas y también censura en nombre de lo bueno que pareciera anunciar el advenimiento de una nueva contra-sociedad. ¿Quién, tras ser haber sido excluida históricamente del pacto social no hallaría esperanza en un movimiento que promete una suerte de asilo, reposo y resurrección? ¿Quién no compraría un respiradero para posponer las dudas y dar rienda suelta a sus certezas? Todo muy evocador, si no fuera porque no es posible ninguna acción transformadora de la desigualdad que no acepte la ruptura, la divergencia, la fragmentación y la división como parte del proceso.

La introducción de una hiancia donde pretendía articularse una totalidad discursiva, desvela la imagen previa de una unidad ideal. La división toma la forma de una herida, tan profunda, que incapacita la posibilidad de aceptación de la diferencia y supura mucha violencia. Como bien argumentaba la psicoanalista Julia Kristeva, no hay manera de contrarrestar esa violencia sin entender que la creencia en una sustancia buena y sana, propia de las utopías, no es más que la creencia en la omnipotencia de una madre arcaica, plena, total, englobadora, sin frustración, sin separación, sin corte productor del simbolismo.

Contra un contrato socio-simbólico patriarcal, sacrificial y frustrante para las mujeres, la contra-sociedad feminista parece imaginarse sin prohibiciones, ni agresiones; libre y gozosa. Algo así como el retorno a un paraíso perdido. Como dice MJ Izquierdo, «nos cuesta mucho aceptar lo más terrible de nosotros: que la violencia y la agresión son intrínsecas al ser humano, y por tanto a cualquier sistema de relaciones. Así pues, puede haber sociedades que potencien la violencia en los sujetos, y sociedades que, partiendo del principio de que las personas arrasaríamos si no nos pusieran límites, crean las condiciones para ponernos unos límites que potencien la vida en común.»

No, no se trata de exculpar a los opresores, sino de retomar el análisis estructural del patriarcado; lo cual supone prever qué acciones es probable que se produzcan en función de la posición social que se ocupa, y el modo en que estamos estructurados y estructuradas psíquicamente. En cambio, si se analiza el problema en términos morales: sexualidad masculina depredadora / sexualidad femenina pasiva; hombre sujeto / mujer objeto; buenos y malos; culpables e inocentes; la violencia machista es un error, un fallo en el sistema, algo que no habría de producirse. Algo así como decir: el problema existe porque hay hombres malos. La solución pasa por eliminarlos o esperar a que cambien. Más allá de la omnipotencia narcisista que deja entrever esta posición, resulta cuanto menos paradójico «que el malo y el ángel salvador de nuestros males sea el mismo sujeto. Si se toma desde la perspectiva estructural, quien está en la posición hombre, está en la posición de ejercer violencia. Sea o no sea un hombre quien ocupa la posición social hombre. No está asociado ni a la genética, ni a las hormonas, sino a cómo determinadas posiciones sociales comportan ciertas conductas.

Es más, aun no queriendo examinar el tema en términos morales, en los hombres se constata un sujeto moral. Es decir, si las condiciones estructurales favorecen la explotación de las mujeres por parte de los hombres, muchos hombres se resisten a las condiciones sociales que ponen a las mujeres bajo su bota. Es decir, los hombres no son tan machistas como podrían. La violencia, no es tanta como podría ser. De donde no se sigue, e invito a que nadie lo tome así, que esté suponiendo: ¡qué bien, qué contenta estoy! Que haya poca violencia de género indica, por un lado, que los hombres no se dejan subyugar por el machismo en la medida en que lo favorecen las condiciones estructurales, y que en las mujeres hay menos resistencia de la que cabría esperar por ocupar la posición que ocupan.»

Tomar esto en consideración, quizás nos permita separarnos de lo mesiánico y devolver el problema al ámbito de la acción política. Más allá de la denuncia, del castigo y de lo punitivo, sigue siendo necesaria una acción feminista que pueda, en palabras de mi interlocutora, «luchar contra la desigualdad no porque sea mala, sino porque nos hace hostiles a la vida y amenaza con destruirnos a todos».

Tenemos faena.

El Gobierno y las farmacéuticas juegan con nuestra salud

El Gobierno ha llegado a un acuerdo, en la línea de los firmados en años anteriores, con la patronal Farmaindustria que representa a las principales industrias farmacéuticas. En este acuerdo, mientras el Gobierno se compromete a un consumo mínimo de medicamentos de estos laboratorios, las empresas farmacéuticas ofrecen algunas compensaciones si el porcentaje de crecimiento de los costes en sus medicamentos supera el del producto interior bruto, es decir, se acepta un techo de gasto. Tanto el Gobierno, que justifica el trato en base a la estabilidad presupuestaria, como los industriales, que dicen que es el fruto de su espíritu de colaboración en tiempo de crisis, se han felicitado por lo firmado ya que «favorece a ambas partes». Además, el Gobierno ha dado un paso más para respaldar ese acuerdo condicionando el apoyo financiero a las autonomías a la aceptación del pacto en sus adquisiciones de medicinas.

Hasta aquí las noticias difundidas por todos los medios de comunicación que abren numerosas consideraciones sobre el consumo de medicamentos en el Estado español y la actuación de la poderosa industria farmacéutica. Estas empresas han financiado a los profesionales médicos y a sus organizaciones con 500 millones de euros destinados fundamentalmente a asistencia y organización de congresos y ensayos clínicos con medicamentos, que se justifican en base a actividades de formación de los profesionales e I+D. Muchos expertos señalan que hay que luchar para que la formación continuada de los médicos sea independiente y no la financien los laboratorios, como ocurre aquí, donde el 95% depende de la industria, porque la colaboración de esta no es desinteresada e incide en la prescripción de sus medicamentos.

Puesto que desde el Gobierno se asume la estabilidad de las cifras de gasto farmacéutico, cabe preguntarse si esta es adecuada dentro de una correcta práctica médica. El Estado español está, a nivel mundial, en el grupo de cabeza de gasto en medicamentos por habitante, alcanzando en los primeros once meses de 2016 la cifra de 13 742 millones de euros en medicamentos financiados (parcialmente por la existencia de copago) por la sanidad pública, y 5712 millones en los que no cubre la Seguridad Social. Estos últimos han experimentado una gran subida porque las multinacionales han aprovechado el cese de la cobertura para incrementar los precios. Es importante tener en cuenta que la sobremedicación es un importante riesgo para la salud. Según Peter Gøtzsche, profesor de Medicina y Farmacología Clínica de la Universidad de Copenhague, el consumo inadecuado de medicamentos es la tercera causa de muerte. Según expone este científico en su libro Medicamentos que matan y crimen organizado, las empresas que fabrican los fármacos corrompen los sistemas de salud y esconden que los fármacos son la tercera causa de muerte del mundo, tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. Según el farmacólogo Joan Ramón Laporte, que introduce la edición española, en Europa fallecen al menos 197 000 personas anualmente por esta causa. Varias son las causas del excesivo consumo de medicamentos en el Estado español. Capitalismo y salud casan mal porque las multinacionales farmacéuticas no trabajan para mejorar la salud, sino para obtener los máximos beneficios. El fármaco se convierte así en un objeto más de consumo sujeto a las leyes de mercado. Esta mercadotecnia, apoyada por los inmensos recursos de estas empresas, que son el tercer sector de la economía tras el armamento y el narcotráfico, se ve favorecida por la falta de una educación sanitaria que nunca se ha promocionado desde la administración sanitaria. El creciente uso de las redes sociales e internet para paliar esta carencia no hace, en la mayoría de los casos, sino fomentar el consumo. La receta es, además, un arma defensiva en manos de algunos malos profesionales que recurren a ella bajo presión cuando no pueden hacer bien su trabajo por falta de medios y de tiempo para atender correctamente al paciente. También el recurso a la medicación es consecuencia, con frecuencia, de las penosas condiciones de vida fruto del desempleo, la pobreza y la explotación laboral. Un ejemplo es el elevado consumo de fármacos para combatir la ansiedad y la depresión mediante opioides (como el Orfidal, Trankimazin o Valium), sedantes y estimulantes, en los que el Estado español está a la cabeza de la UE.

Así pues, podemos concluir que el acuerdo asegura los beneficios de un lobby industrial muy poderoso a la vez que perpetua un mal uso de los medicamentos y las carencias de una sanidad pública que suple la falta de una medicina preventiva, de un programa de educación sanitaria y de suficientes recursos, con un uso iatrogénico de la receta.

Si el acuerdo evidencia la connivencia del poder económico con el poder político a su servicio, la exigencia a las comunidades autónomas es la mejor demostración del poder de las multinacionales. Este chantaje tiene por objetivo acabar con la competencia de los fármacos genéricos, que tienen el mismo principio activo pero una vez caducada la patente pueden dispensarse sin marca y son, por ley, al menos un 40% más baratos. Estos medicamentos genéricos, que están teniendo en la práctica un efecto regulador de los precios, cubren ya un 40% del mercado, y su consumo se ha duplicado en ocho años, y representa un ahorro de más de mil millones de euros. Los medicamentos genéricos tienen muy mala prensa y se ha generado en la opinión pública cierta oposición a su uso tras la que se encuentra el poder de las multinacionales, los intereses creados y el fetichismo consumista de la marca. No hay ensayos clínicos, a pesar de la poderosa financiación de estas industrias, que muestren diferencias a favor de los medicamentos con marca. Existen numerosos bulos que intentan desprestigiar a los fármacos genéricos, entre ellos que su consumo es «tercermundista» y que en los países más avanzados se recurre a las marcas. En realidad, su consumo en el Estado español es todavía muy inferior a la media europea que está por encima del 55%. También se afirma que estos medicamentos se fabrican en países sin garantías de calidad pero la realidad es que de cada diez genéricos consumidos siete se han fabricado aquí. Por otra parte, la fabricación de los principios activos en industrias químicas radicadas en países donde los salarios son muy bajos es una práctica habitual de la economía capitalista globalizada que practican las multinacionales farmacéuticas.

El chantaje financiero a las comunidades autónomas compromete, al desviar más recursos para la adquisición de fármacos, a la sanidad pública ya muy deteriorada por los recortes. Con ello, el Gobierno no solo favorece a la industria farmacéutica, sino que además profundiza la crisis de la sanidad pública favoreciendo, una vez más, a la privada.

Decálogo argumentativo para librarte de los defensores de los vientres de alquiler

Los contratos de gestación subrogada están prohibidos en el Estado español según la ley de Reproducción Asistida de 2006. Sin embargo, según algunas asociaciones, se estima que casi mil niñxs llegan cada año al país a través de esta práctica, que ha puesto sobre la mesa un complejo debate entre quienes defienden la necesidad de regular la situación y quienes se oponen frontalmente a ella. En El Topo, queremos profundizar en el debate dentro y fuera de nuestras páginas mostrando los argumentos de las diferentes posiciones. Aquí tenéis este decálogo del periodista Raúl Solís en el que establece sus razones en contra de los vientres de alquiler

Sirva este decálogo en forma de argumentario (y también como homosexual) para desmontar la retórica tramposa de quienes defienden la libertad (sin corazón) a costa de las mujeres más pobres entre las pobres, que serán las que alquilen sus úteros para gestar bebés que serán comprados por quienes puedan pagarlos:

  1. Las mujeres tienen derecho a decidir sobre su cuerpo

Lxs defensores de la gestación subrogada o vientres de alquiler no defienden la libertad de las mujeres. La mujer gestante firma un contrato mercantil nada más quedarse embarazada y no cabe el arrepentimiento en el momento del parto. Lo llaman «seguridad jurídica» —la de lxs compradorxs del útero de la mujer, evidentemente—.

  1. Hay mujeres que lo quieren hacer por altruismo

La gestación subrogada por altruismo en España ya existe: se llama adopción. Una mujer puede quedarse embarazada en España y cuando nazca el bebé lo puede dar en acogida a un amigo o familiar, posteriormente renunciar a la custodia del menor, entonces se abre un proceso de acogimiento familiar que finalmente terminará en adopción.

  1. La adopción es muy lenta

Cierto, lo es porque la adopción es un derecho de los niños y niñas y no de los adultos. El proceso es lento porque es garantista (para proteger al menor). En cualquier caso, el proceso podría ser más dinámico; pero los defensores de vientres de alquiler no han organizado un grupo de presión para reclamar que sea más ágil el proceso de adopción, sino para que sea legal la compra y venta de los úteros de las mujeres pobres.

  1. Tenemos derecho a ser padres y madres

El derecho a ser padres no está consagrado en ninguna Constitución ni en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Existe el derecho a crear una familia, y el de las mujeres a su libertad y dignidad, pero no el derecho a ser padres.Ser padre o madre es un deseo y, cuando a los deseos se les pone precio, y solo los disfrutan quienes más dinero tienen a costa de las mujeres más empobrecidas, se llama privilegio. Nadie dice que una pareja sin hijos no sea una familia. Y por otra parte, la obligación de los sistemas democráticos es evitar que haya ciudadanos que puedan vivir con privilegios a costa de la explotación de las capas más humildes de la población.

  1. Si la gente vende su cuerpo para trabajar, ¿por qué una mujer no puede sacar dinero de su útero?

Quienes estamos en contra de la explotación, queremos ir sacando sectores de ella, y no introducir un nuevo nicho de mercado, en este caso, el útero de las mujeres. Dudo mucho que quienes argumentan este eslogan sean capaces de defender la creación de un grado universitario en el que las mujeres aprendan los códigos profesionales para ser unas óptimas madres gestantes por vientres de alquiler. Tampoco creo que nadie de quienes defienden la gestación subrogada o los vientres de alquiler esté pensando en mandar a su hija a estudiar dicho grado universitario de Madre de Alquiler que parece ser la profesión del futuro para salir de la crisis. O sí, vete tú a saber.

  1. Mi coño es mío y hago con él lo que me da la gana

Este argumento también es usado por algunas mujeres para defender la regulación de los vientres de alquiler, mujeres como Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid; Begoña Villacís, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid o Inés Arrimadas, líder del partido naranja en Cataluña. Igual que hay gente que estaría dispuesta a trabajar 15 horas al día por sueldos de 400 euros (y esta práctica está prohibida), es obligación de un Estado comprometido con los Derechos Humanos prohibir que una mujer esté dispuesta a vender su útero ¿Por qué? Porque no se le puede llamar libertad a la necesidad y porque si un trabajador acepta trabajar 15 horas al día por 400 euros de salario estará legitimando el empobrecimiento del resto de lxs trabajadorxs. Mañana el empresario te llamará al despacho, a ti que tienes un salario digno, y una jornada laboral de ocho horas, y te dirá: «Mire usted, que su compañera trabaja por menos. Le voy a despedir porque me sale muy caro, estoy en el ejercicio de mi libertad. Lo siento mucho majete». Fácil de entender, ¿verdad?

  1. Si dono sangre, por qué no puedo donar mi útero para gestar un bebé

La donación de sangre es altruista: el donante y el receptor no se conocen, no hay un contrato mercantil en medio, y el donante tiene oportunidad de arrepentirse en el último momento en el ejercicio de su libertad. En la gestación subrogada, la mujer no tiene ningún derecho sobre su cuerpo durante los nueves meses de embarazo. Reglados por un contrato mercantil con cláusulas bien definidas, ésta es propiedad de un padre y/o madre compradores hasta que dé a luz al bebé y le sea arrancado para nunca más verlo.

  1. El feminismo es que cada mujer haga lo que le dé la gana

El feminismo busca que ninguna mujer sea explotada, vejada, humillada, violada o ultrajada por su condición de mujer. Es cierto que el feminismo defiende la libertad pero no a costa de denigrar a otros seres humanos. En las sociedades democráticas la libertad confronta con otros derechos fundamentales, y preñar los cuerpos de las mujeres mediante empresas de gestación subrogada (que se hacen de oro a costa de ello) es explotación y no libertad.

  1. La gestación subrogada es una reivindicación de las personas homosexuales y transexuales

La reivindicación histórica del movimiento LGTB es la adopción, no la compra y venta de mujeres. Somos muchos los gais que nos posicionamos en contra de los vientres de alquiler, porque no creemos que nuestro deseo de ser padres tenga que ser a costa de pagar entre 90 000 y 150 000 euros a una empresa para tener un hijo rubio de ojos azules (de ese dinero, a la mujer gestante solo le llegarán 10 000 euros a lo sumo).

  1. Los partidos políticos que defienden la gestación subrogada son modernos y están a favor de los derechos de las personas homosexuales

Cabe recordar que la gestación subrogada en España solo la apoyan Ciudadanos y sectores del Partido Popular. Ambos partidos, por si alguien sufre de amnesia, se posicionaron en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo cuando éste se aprobó en nuestro país. No defienden la igualdad de las personas LGTB, sino a las empresas que hacen negocio mercadeando con los úteros de las mujeres.

La generación susurro

Nuestras madres y padres y tutores convivieron en Andalucía con hambre, hacinamiento, violencias machistas, sexuales, abusos y pobreza. Nuestras historias familiares se parecen demasiado: alcohol, abandonos, muches hijes, cuidados insostenibles, reveses económicos, enfermedades… ¿Quién dice que aquella historia no era la nuestra? Tuvimos un pase para estudiar, hacer una carrera y olvidarlo pero en nuestras infancias tenemos aún los susurros de las noches en las que se ideaba un plan para comer al siguiente día, los gritos ahogados de nuestras madres y la desesperación de nuestros padres porque no había, el miedo a la cartas certificadas que venían de cualquier organismo del estado. Los rezos a la Virgen del Carmen que gobernaba solemne el cabecero de la cama… las crisis de quienes siempre han estado en crisis. Y, aunque tuvimos un “pase a la otra vida” no teníamos la seguridad del vecino cuyo abuelo tenía grandes tierras o una empresa de muebles. Ni la aplastante confianza en sí misme de quien llevaba al colegio el último modelo de estuche.

Crecimos con el complejo heredado de la pobreza. “Siempre me he sentido inferior a los demás”, me dijo mi Antonia un día. “Yo creo que era porque era pobre”. Nuestras casas eran sólo un rincón para vivir. ¿De dónde sacarían las casas les otres niñes? ¡Reconocedlo, reconocedlo! Hemos sentido vergüenza de nuestras casas. Porque la pobreza -y qué bien amarrado lo tenéis- genera vergüenza. ¡ENCIMA! Una amiga tenía una casa con patio de mármol y con columnas. ¡Con columnas! ¿Cómo pensar que éramos iguales?

“No hemos sido ambiciosos”, decía mi madre. “No hemos aspirado a nada”. Nuestra generación, la que ya era otra generación, la que tuvo el pase para estudiar… sí aspiró a mucho. Toda la casa lloró con orgullo la llegada del primer título a la familia, la llegada del primer trabajo… En nada nos dimos cuenta de que trabajando nadie se hacía de oro. ¿De dónde sacarían las tierras los señores de las tierras? ¿Por qué mi familia no tuvo? Se cuentan en tu casa historias de aquel tío rico que lo perdió todo. Aquella tía que tenía educación de señorita. Todo el mundo parece haber tenido un pasado glorioso que perdió en alguna parte. La bebida… Lo perdió todo por la bebida. Nadie se pregunta por qué se bebía. La conclusión es clara y concisa: la culpa es nuestra. No hicimos lo suficiente. Pudimos haber tenido pero no tuvimos. A mi tío lo pudo haber criado una duquesa que se antojó de él, pero su madre no lo quería dar. ¡Hubiera podido tener tantas cosas!

Nuestra generación, la otra perdida que tiene títulos y carreras pero que es prima-hermana de la pobreza porque tiene roce con ella, en su mente nunca cree que tenga derecho a nada. Cuando vamos a una casa con muchos más recursos que los nuestros, nos sentimos más cómodas charlando con las geniales “señoras de la limpieza”. Queremos abrazarlas, nos sentimos a gusto. Estamos en casa… Ése es nuestro sitio. Nunca nos sentimos más que nadie. ¿Es que hay que sentirse más que nadie para poder lograr algo en la vida? Sí, mamá, hay que sentirse más que nadie. Todo el mundo nos empuja –a esta generación perdida- a que ocupemos el lugar que nos pertenece. Mi padre me lo recordaba todos los días: “mira a Fulano que se ha metido en esto en el Ayuntamiento”. ¡Hay que espabilar, hay que espabilar! Tienes demasiada vergüenza.

La Juani, la trabajadora del hogar de Médico de Familia, era andaluza. Nuestra Generación Susurro creció viendo esta serie. Hubiera sido genial que se pusiera en contexto la situación de La Juani. Serie aparte para ella…

Nosotres sabemos que ocupar ese lugar es traicionar nuestras raíces porque hemos podido usar esa educación para darle la vuelta al sistema, para denunciar nuestras propias miserias… Porque hemos usado nuestra educación para dar voz a nuestros pasados y nuestras memorias. Porque hemos usado la educación para lo que hay que usarla: no para hacernos de oro, ¡para exigir contextualización y justicia! Así, hemos hecho investigaciones para averiguar de qué material exacto estaban hechas las lágrimas de nuestras madres, las voces perdidas de nuestras abuelas… Hemos querido vengar los susurros que espantadas escuchábamos en la noche, el terror que no venía de la tele. Ese “¿Qué vamos a hacer Manolo?” que tu madre nunca quiso que escucharas. Pero tú lo escuchaste.

Queremos vengar a esa niña perdida y sola. Y hemos llegado a una conclusión esta generación perdida: la poca clase media que una vez existió en Andalucía, esa poca clase media a la que representábamos las primas hermanas –por el roce- de la pobreza, era el enlace necesario para dar voz a todo lo que nos ocurría y nos ocurre. Vamos a empezar por el derecho al conocimiento situado. Por el derecho a no hacer de nuestra historia una excepción dentro de La Historia.

Mi otra generación perdida: la andaluza que era pobre pero decimos “humilde” para que nadie se espante, no es una excepción. Han sido y son la rutina de todos nuestros puñeteros días. La soledad de una generación que, aunque formalmente formada, no tiene acompañamiento en sus altos vuelos, ni tutores que le ayuden en la burocracia, ni papis que les mande al abogado de la familia. Esta otra generación andaluza y extraña vive entre su casa (la de las raíces) y en la que nunca saben a qué te dedicas exactamente y la vida fabricada en la que todo el mundo te reconoce pero nadie sabe cómo eres por dentro. Quién eres… Tenemos nombres distintos. Estamos partides en dos, en tres, en cuatro… Nadie sabe todo lo que hemos tenido que hacer para levantar un proyecto. Nadie sabe de nuestras soledades, de lo que se cuece en nuestra casa. Hemos vivido en una apariencia de igualdad tirana en la que éramos iguales sólo porque no hacíamos referencia a nuestros orígenes. Pero es en cada sueño emprendido, en cada iniciativa que ejecutamos, cuando más nos sentimos en desamparo, sin ayudas, llevades por la sola luz del foco que –con mucho trabajo- hemos construido; mientras nos preguntamos todos los días “¿cuándo acabará este sobreesfuerzo?”.

Mamá, pero todo me va bien. Yo soy una privilegiada. Yo no puedo quejarme. Éstos son sólo susurros. Y tú no debes saber de ellos. Ni escucharlos.

«Nio far, ay diambar lagnou. Estamos unidas, somos fuertes.»

Sistema sanitario y mujeres inmigrantes

«Nuestros hijos son nuestras mejores semillas y nuestros campos más queridos.»[1]

Esta pequeña investigación surge a partir de mi trabajo final en el grado de antropología. En él trato de ahondar en las necesidades de las mujeres inmigrantes que provienen del África negra, y de sus experiencias con el sistema sanitario público. Decidí centrarme en los procesos de embarazo y maternidad, en los aspectos sociales y culturales que los rodean.

Me resultó indispensable investigar sobre la concepción de la maternidad y el rol de las mujeres en África, cómo las mujeres gestionan sus procesos de embarazo y parto. Pero no solo en sus países de origen, también aquí, en Andalucía, con el sistema de asistencia sanitaria pública.

Durante el proceso de construcción de mi objeto de estudio, no tuve en mente una cuestión que llegó a mí, cuando planteé las primeras preguntas a mujeres de origen senegalés en Sevilla: «¿Quejas del sistema sanitario? Nosotras vamos al centro que nos corresponde y siempre nos atienden de forma gratuita, y siempre que sea necesario…»

En ese primer momento caí en la cuenta de que quizás estaba buscando un problema que no existía, que mis propios prejuicios me habían llevado a una investigación sin sentido. Entonces, encontré bibliografía (que proporciona la administración pública) dedicada a la atención específica con población inmigrante. Bibliografía también  dedicada a los casos de embarazo y asistencia al parto dependiendo del lugar de origen de las mujeres. Eso significaba que sí que habían surgido problemas y que se están redirigiendo algunas pautas de atención.

Es en este punto cuando ha sido necesario volver a hablar con las mujeres, pero teniendo en cuenta un aspecto importante: sus primeras afirmaciones sobre el sistema sanitario surgen debido a la comparación con el sistema sanitario de su país de origen. En este momento, comprendí la importancia de conocer la realidad de estas mujeres cuando acuden a los centros sanitarios en sus países y así poder ver más allá.

Experiencias en Senegal

Para llevar esto a cabo tuve la oportunidad de viajar a Senegal, a las ciudades de Dakar y Saint Louis, lo que ha sido muy enriquecedor para mi proyecto, ya que conocer las realidades en los países de origen nos ayuda a acercarnos más a las comunidades con las que convivimos. Durante dos semanas, tuve oportunidad de observar y mantener algunas conversaciones con mujeres. Al mismo tiempo pude apreciar cómo se distinguen los roles entre mujeres y hombres.

«Nosotras trabajamos, los hombres duermen»

Las mujeres son el sector más organizado. En la ciudad de Dakar acudí a un centro de formación en el que Oully Seck nos guió por el microjardín del que era la encargada de gestión y mantenimiento. Ella fue la primera mujer que nos afirmó la cita que da nombre a este epígrafe, pero no fue la última.

Aunque los hombres ostentan la mayor parte de los cargos, y se encargan de los aspectos burocráticos de los servicios públicos, o de las asociaciones, eran las mujeres los motores de participación. Como en el caso de Magat, ya jubilada y residente en Saint Louis. La conocimos durante una larga reunión con hombres representantes de distintos distritos: presidentes, concejales, secretarios, etc. Cuando Magat se presentó, comenzó contándonos cuántas mujeres participaban junto a ella, y qué era exactamente lo que hacían. En torno a 48 grupos de distintos barrios, que constaban de 25 a 35 mujeres, realizaban actividades de costura, cultivos, comedores, etc. Todo ello para abastecer a sus familias y ofrecer apoyo y ayuda a su comunidad. Cuando los recursos son escasos son ellas las que se organizan para poder compartir lo que producen.

La participación de las mujeres y su organización se da en muchos ámbitos de la vida social; en lo económico, a través de las tontines (sistemas de crédito colectivo); en el autoabastecimiento de alimentos, ya que muchas cultivan de manera conjunta, como en el distrito de Malika, junto a Dakar. En esta localidad un grupo de mujeres pertenecientes a un centro cívico cultivaban sus propios cereales para consumo y venta. En el caso de la gestión de los procesos de maternidad no se hacía excepción.

«Las mayores enseñan a las madres jóvenes»

De nuevo en la ciudad de Saint Louis, durante la visita a un centro de salud autogestionado, nos encontramos con estas pautas. Las cuestiones burocráticas y sobre financiación recaían en su mayoría sobre los hombres, en cuanto a las actividades y gestión, a las mujeres. Este centro estaba organizado de manera que, a través del pago de una mensualidad, se podía acceder a asistencia primaria y atención durante el embarazo y el postparto. Al mismo tiempo, las mujeres mayores, de manera voluntaria, organizan una vez a la semana un desayuno para lxs niñxs más pequeños. En estas reuniones les enseñan a las más jóvenes, que acaban de tener a sus hijxs, cómo alimentarlxs de manera equilibrada cuando tienen pocos recursos, a través del consumo local. Estas actividades son una respuesta clara ante la falta de financiación y gestión de la sanidad por parte del gobierno.

Como conclusión, a raíz de mi experiencia en Senegal y en conexión con el proyecto que aún estoy llevando a cabo en Sevilla, planteo varias cuestiones. En primer lugar, aunque contemos con un sistema sanitario público y, en teoría, universal, no debemos olvidar y dejar de defender una asistencia sanitaria que respete los aspectos culturales de la población inmigrante, porque forman parte de nuestra sociedad. Por otro lado, la importancia de conocer los aspectos socioculturales que surgen en torno a los procesos de embarazo y parto, ya que en el último siglo se ha visto modificado por el sistema biomédico occidental. No podemos negar lo que ha supuesto para la mortalidad materno infantil el desarrollo de la medicina, tampoco debemos dejar que esto provoque que la maternidad, y todo lo que la rodea, se aleje de los saberes y prácticas ligadas a las comunidades. Por eso las mujeres son piezas clave en estos procesos, ya que cuando el sistema no funciona son ellas las que gestionan y organizan sus necesidades.


[1]Pons-Föllmi, D. y Föllmi O. eds. (2005) Orígenes. 365 pensamientos de maestros africanos. Milan: Lunwerg

Ciclos biológicos:

violencia sanitaria

De nuevo el colapso, la hoja en blanco, como mi mente, mi tiempo, mi espacio… en blanco. Un sonido me distrae, salvada por las redes, ¿en serio?, ¿salvada o atrapada? El tema aún me remueve, casi treinta años viviéndolo, trabajándolo —enfermera disidente, y aún duele—. Desde que tengo conciencia de mi ser mujer he vivido múltiples y muy diversas formas de violencia, la más difícil de gestionar para mí: la que se ejerce cada día contra nosotras desde un sistema que, supuestamente, vela por nuestra salud.

En EEUU mueren 15.000 personas al mes como consecuencia de la atención sanitaria farmacológica. En el atentado de las Torres Gemelas murieron 3.500 y como resultado hubo una guerra, ahí es nada. En España, las muertes causadas por medicamentos triplican a las muertes por accidentes de tráfico. ¿Qué sucede? ¿Cómo no se toman medidas drásticas para subsanarlo?

La respuesta es bien sencilla: la salud es poder; y este poder le ha sido otorgado —como si de un dios se tratase—, al sistema farmacéutico-sanitario, bastión irreductible de un sistema social, político, económico y cultural que lo envuelve y lo abarca todo: el patriarcado. Este sistema persigue fundamentalmente una función: mantenernos sometidas, en inferioridad de condiciones, exentas de poder, y dependientes de algo externo, ajeno a nosotras y a la vez inherente a todo lo que nos rodea. Difícil librarse, ¿no?

Y es que nuestra salud depende de múltiples factores, unos externos claramente determinados por nuestra cultura: el trabajo, la sociedad, la economía, la política, el medio ambiente, etc., y otros que solo dependen de mí, y de cómo yo gestiono todo lo anterior. Es decir, la salud depende de un poder externo político, y uno interno personal.

Como ya citaba anteriormente, ese poder externo lo detenta casi por completo el sistema médico sanitario, que lejos de cuidar de nuestra salud responde primordialmente a intereses farmacoeconómicos y políticos (además del propio), por perpetuar su poder y el de los que lo ejecutan.

Lo decía hace ya cuarenta años Iván Illich:

La práctica de una medicina industrializada, como bien de consumo en la sociedad capitalista rebasa los límites permisibles, produce más daños que beneficios, todo esto sucede cuando se ocultan las condiciones sociales, políticas y ambientales que minan nuestra salud y se expropia a las personas de su poder para  autocurarse y para cambiar su medio.

¿Y a nosotras las mujeres? ¿Cómo nos afecta esta expropiación?

Contaba diez añitos y mi vida transcurría en juegos de corro, policías y ladrones, cuerda, matar o piola…dulce inconsciencia —mi generación subraya sus carencias pero disfrutó de la libertad del juego en la calle—. Yo, nacida después de cuatro hermanos, vivía ajena a las diferencias hasta que una mancha oscura en las inmaculadas braguitas, tejidas por mi abuela, marcaba mi destino. No solo mi cuerpo empezó a transformarse: cómo me miraban, cómo me asaltaban, cómo debía comportarme y de qué debía cuidarme, mi mundo cambió

Nacer mujer es peligroso para la salud

Más de cien millones de mujeres no han nacido en los últimos veinte años gracias al aborto selectivo, otras muchas mueren durante la infancia —ya que se las cuida peor dado su bajo valor social—.

En nombre de nuestra salud, se patologiza nuestra vida. Ante los primeros síntomas de molestias menstruales, se somete a la supresión hormonal a un cuerpo en pleno desarrollo —la sacrosanta píldora que nos vendieron además como liberación sexual sin tener en cuenta las consecuencias—, se nos extirpan órganos de manera injustificada, se operan el doble de apendicitis en mujeres y niñas siendo más frecuente en hombres, el 98% de las histerectomías son innecesarias, se nos realizan episiotomías y cesáreas en número y formas contrarias a la evidencia científica, etc.

Si hablamos de la maternidad, el tema se complica: no solo «se usa a las mujeres, sus óvulos, y sus órganos para desarrollar un inmenso laboratorio mundial de técnicas de reproducción asistida, investigación genética, experimentación sobre embriones, etc.» (Taboada, 1987). Se estigmatiza cualquier opción de vida femenina que no se subyugue a ella. Además, para salvarnos de la maldición del parto primero se nos convence de nuestra incapacidad para gestar bebés sanos sin necesidad de fármacos y tecnologías, para luego, colocarnos en una posición antinatural para parirlos, que acaba irremediablemente en corte de tejido clitoridiano (luego nos escandalizamos ante la ablación); extracción de bebés por fórceps ventosa, y toda una cascada de intervenciones contraria a la evidencia científica. Claro que todo está perfectamente justificado si no por nuestro bien, por el del bebé.

Una de las más peligrosas formas de violencia es la «violencia obstétrica». Numerosas mujeres en todo el mundo sufren un trato irrespetuoso, ofensivo o negligente a la hora del parto, muchas lo describen como una violación. En España se ha estado tratando como un problema de calidad de atención, limitándolo así al plano subjetivo, cuando realmente es la suma de dos tipos de violencia: la violencia de género y la violencia institucional, consecuencias ambas del sistema patriarcal.

El momento del parto es único. Es de contacto con tu sexualidad, con tu ser mujer, con información y conciencia corporal, no dependes tanto de lo que te digan o te vengan a hacer, de esta manera, prescindes del sistema, ese es el peligro, que no dependas, que tengas más poder. Una mujer controlada acepta todas las intervenciones que le hagan.

Las mujeres, a lo largo de la historia han sido desposeídas de casi todo su cuerpo, el deseo, las sensaciones. La expresión de sí mismas a través del cuerpo y la sexualidad. El conocimiento directo a través de la experiencia propia, sin intermediarios. El reconocimiento de su propia potencialidad, del poder personal, a través del descubrimiento de la capacidad de sentir, explorar, ¡gozar! Demasiado peligroso, sobre todo para un sistema basado en la ignorancia, el miedo y el sometimiento (Fuentes, 2001).

Una mujer libre sabe de su poder

Bibliografía:

Némesis médica, Ivan Illich. ED. Seix Barral.

Nacimiento en casa, S. Kitzinger. ED. Icaria.

Le Nouvel Observateur, Octubre 1974, Bosquet.

Nacida de mujer, A. Rich. ED. Martínez Roca.

Revista Spray, María Fuentes. Barcelona, 1986.

Lo nuestro no tiene nombre

Somos un colectivo-grupo de afinidad-reunión de amigas que llevamos varios años ocupándonos y pre-ocupándonos en re-pensarnos para intentar entender cómo nos construye el sistema capitalista y patriarcal como mujeres ante el mundo; claro, para intentar deconstruir o redidirigir, o desesperar en función del momento que nos toque.

Resulta muy significativo que no tengamos nombre, quizás no lo necesitamos, o no lo identificamos, o qué sé yo… vete tú a saber.

Vamos por temporás, unas veces anuales, mayores o menores, y en cada temporá elegimos un tema que nos inquieta para trabajarlo. Hasta ahora hemos trabajado «la violencia en nuestros cuerpos», «el amor romántico» y comenzaremos en breve con «el poder», ahí es na…

No buscamos identificar discursos afines de las sabias y expertas en las diferentes materias. Aunque debe quedar claro que nos resulta imprescindible que existan. Lo que pretendemos es analizarnos y construirnos en colectivo y desde nosotras mismas. Vivimos procesos basados en metodologías de construcción colectiva, creativas y experienciales que nos alejan de nuestros esquemas mentales pre-establecidos para mirarnos desde diferentes ópticas. Es un espacio seguro y de confianza, porque no nos interesa partir de certezas absolutas sino cuestionarnos partiendo de la duda, legitimando la duda como punto de partida. Asumiendo que por muy alternativas que nos sintamos o creamos, no dejamos de intentar «ser no siendo» con la esquizofrenia que supone…

Eso sí, nos reímos, y mucho.

MICRORELATOS

Alicia tiene dos posesiones: ella misma y una frase. Alicia escribió temblando «SOY MÍA» en el trozo de papel que metió en el sobre para enviarlo a la dirección de la casa a la que acababa de decidir que se mudaría a la mañana siguiente, pero no lo llevó al buzón, prefirió dejarlo en la mesilla de él, realmente ella no necesitaba volver a leer esa frase, ya la había hecho suya.

——–

El autotribunal ha dictado sentencia y me declaro culpable. De querer ser perfecta y de no conseguirlo.

——–

—Yo para mi cumple me voy a pedir una auto… esto…

—Caravana.

—No, ¿cómo era?…

—Móvil.

—Algo de una…

—Estima.

—Eso, eso era.


Nuestros cuerpos también son el lugar para el placer

Han pasado ya algunos lustros desde que Nancy Friday escandalizara a algunas mentes biempensantes con Mi jardín secreto (1973), una recopilación de fantasías sexuales femeninas narradas por sus protagonistas. Tres años más tarde, en 1976, vio la luz el Informe Hite: más de 3000 mujeres, entre los catorce y los setenta y ocho años, describieron, con sus propias palabras, sus placeres, frustraciones, y sus más íntimas sensaciones sexuales. Betty Dodson, educadora sexual norteamericana, enseñó a masturbarse a cientos de mujeres. En 1987 publicó Sex for One, un canto de amor al arte del autoerotismo y una invitación al conocimiento de nuestra propia genitalidad. En la sexualidad de las mujeres, como diría Carol Vance algunos años más tarde, en Placer y Ppeligro (1989), existe una tensión muy poderosa: de un lado, está atada al riesgo, el temor y la amenaza, del otro, es un terreno para la exploración, el placer y la actuación.

Muchas de las cuestiones que ellas plantearon entonces siguen teniendo plena vigencia hoy día. Y es que, sin ánimo de hacerle la cama al pesimismo, no sé si hemos retrocedido, pero tampoco es que hayamos avanzado mucho, porque cuando se trata de sexualidad las heridas vuelven a abrirse, las discusiones se tornan encarnadas y no hay manera de llegar a conclusiones certeras. Pareciera que aún no hemos entendido que cada una ha trenzado lo que acontece en su vida de forma singular, y de ello se deriva una manera propia de hacer con su cuerpo y su deseo. Por tanto, si lo que está en juego no es baladí y la pregunta es inmensa: ¿qué desean las mujeres? ¿de qué gozan las mujeres?… La respuesta nunca puede ser universal; y como no es fácil atravesar semejante incertidumbre, sentimos malestar. De ahí el tono aguerrido de los debates sobre temas tan espinosos como la prostitución, el porno, las fantasías sexuales, etc.

Una de las cuestiones mejor planteadas por las feministas prosex durante las llamadas «guerras feministas del sexo» de los años 80 y que, quizás, nos de alguna clave para poder dialogar, es que la lucha feminista ha de estar enfocada a mejorar las condiciones materiales necesarias para que las mujeres puedan vivir su sexualidad libre de coacciones y violencias. Sin embargo, cualquier intento de establecer una «sexualidad feminista» corre el riesgo de homogeneizar experiencias e imponer diagnósticos, de anular la subjetividad de cada una. Y es que el sexo es político, claro, pero la sexualidad humana no puede ser atendida únicamente desde lo político. Es bien sabido: contra los deseos, de nada valen unos sublimes discursos.

La sexualidad se puede reprimir e incluso sublimar, pero nunca se puede suprimir. El sexo no es lo que hacemos con los genitales para conseguir orgasmos, ni lo que tenemos en la entrepierna; es lo que somos. Somos sexo, y la sexualidad nos acompaña desde que nacemos hasta que nos morimos. Y es porque somos sujetos sexuados y sexuales que desarrollamos una erótica, que como dice Valérie Tasso en su libro Confesiones sin vergüenza (2015), es la manera que tenemos los seres humanos de vincularnos con los demás, y que incluye el amor, la ternura, el follar y facetas muchos más oscuras y siniestras de asociarnos con lo otro.

Cuando junto a Kim Jordan —bailarina, coreógrafa y movement coach de Seattle, residente en Barcelona— nos planteamos diseñar un workshop de sexualidad para mujeres, queríamos generar un espacio donde poner a dialogar disciplinas tan diferentes como son la sexología y el twerk o booty dance. Crear un espacio de educación sexual y trabajo corporal donde, además de tener en cuenta la estructura patriarcal en la que todas y todos actuamos, pudiésemos sacudir algunos prejuicios y, al mismo tiempo, aumentar el placer y la alegría. Así nació [Viaje al Centro del Placer] un taller donde hablamos de feminismos, del hecho sexual humano, de orgasmos, eyaculación femenina, autoerotismo y erótica compartida, de deseos y fantasías; dando recursos para que cada una pueda seguir investigando por su cuenta. También practicamos y enseñamos ejercicios para reconocer tensiones en el suelo pélvico, moviendo y fortaleciendo la musculatura pélvica y los glúteos a través del twerk.

Sobre este baile, igual que pasa con otros como el reguetón, pesa una mirada etnocéntrica y perversa. Por un lado, no hay manera de bailar libremente en el espacio de lo público sin que se entienda como una invitación a que el primer desalmado de turno te restriegue su cebolleta. Otra respuesta clásica, aunque esta vez del lado progre, es el intento de disfrazar actitudes racistas y clasistas en nombre del feminismo: ¡es un baile que cosifica a las mujeres!, ¡las letras son muy machistas! A lo que pregunto: ¿alguien puede decirnos qué género musical está exento de machismo? Es increíble ver la reacción que nos provoca ver a personas moviendo partes de su cuerpo que en nuestra cultura están consideradas como impúdicas o incluso vulgares. La Europa blanca del privilegio y la razón, de pelvis estática y culo rígido, ha reducido la sexualidad a lo que contamina, reprime u oprime y detesta las pasiones bajas características del sur periférico.

La palabra twerk se popularizó con Miley Cirus en los premios MTV de 2013. Desgraciadamente, hizo falta que una estrella blanca popularizara un baile íntimamente relacionado con la diáspora africana, al que además la cultura trans de EE. UU. ha hecho grandes aportaciones. Lo que tiene su origen en un baile de celebración de la sexualidad femenina, aquí se considera una provocación al incontrolable deseo masculino. Una vez más, se invita a las mujeres a recoger el cuerpo para no despertar al hombre del saco. Así, sobre la sexualidad masculina seguirá pesando una idea de animalidad que justifique perfectamente la violencia sexual hacia las mujeres. En fin, parece increíble, pero nunca huelga decir que no somos organismos instintivos, sino sujetos pulsionales con capacidad para tomar decisiones sobre nuestra sexualidad. Así pues no es una cuestión de animalidad sino de responsabilidad.

Kim, en esta entrevista[1], habla del privilegio masculino, del capitalismo y la religión —por nombrar solo algunos— como causantes de la mirada misógina que pesa sobre este baile. Añadiría, además, que la misoginia no solo está ahí fuera, sino que se ha hecho carne en nosotras y de muchas maneras llevamos alojada en el cuerpo la vergüenza de la que han querido hacernos responsable.

Quizá ha llegado la hora de autorizarse y hacer las paces con la vulgar, la calientapollas, la guarrilla, la zorra y la buscona que sacrificamos para ser tenidas en cuenta de forma seria, léase una buena mujer, y poder sobrevivir en un mundo gobernado por hombres. Quizá tengamos que zarandear la misoginia interiorizada, desactivar la dicotomía puta/santa y señalar que la causa del problema no está en nuestros cuerpos. La apropiación de nuestra sexualidad se torna pues indispensable y toma forma de resistencia. Queremos vivirnos desde el placer y ya lo estamos haciendo.


[1] http://www.gentnormal.com/2016/03/els-origens-del-twerk-entrevista-kim.html

La educación sexual no es hablar de sexo

«¿Qué es lo primero que piensas al hablar de educación sexual?». Yo lo he preguntado y me he encontrado con dos bloques de respuestas según si quien responde es joven o adulto.

En el grupo de lxs jóvenes predominan risas, dudas, curiosidad y respuestas relacionadas con el placer, la diversión, los cuerpos, el deseo, el cuidado, los primeros amores… Entre lxs adultos, sin embargo, los términos que más se repiten son inconsciencia, miedo, embarazo no deseado, reproducción, condones, infecciones, pérdida de control, meteduras de pata, algo que hacen otras personas y, al fin, al menos, un poco de añoranza.

Parece así que el primero se acerca de forma más saludable a lo que realmente es, o debería ser, la educación sexual. Desde luego suena mucho más apetecible, pero, por desgracia, la mirada joven no está suficientemente valorada y solo señalamos a lxs jóvenes para alarmarnos sobre su sexismo. No nos preguntamos por las causas de que esto suceda, si es que sucede, y no sabemos en qué grado quienes se ocupan de su educación (familiares, profesorado o medios) son sexistas.

La juventud adolescente contemporánea —generalizando, claro está— tiene mucha información obtenida de fuentes diversas. Es, sin embargo, una información vaga, solo datos: saben muchas palabras y posturas inusuales, información mitificada, pero desconocen lo básico o lo real, por lo que la estructura de su conocimiento es débil. Es frecuente que estos aprendizajes que provienen de fuentes inimaginables no se ajusten a sus experiencias; tampoco lo hace la información que se les ofrece en la mayoría de aulas, que es meramente reproductiva.

Nos encontramos con una sociedad que tiene miedo a educar sobre sexualidad por dos razones fundamentales: teme la precocidad en el sexo asociada a paternidades, y sobre todo, a maternidades demasiado tempranas (en relación al comúnmente entendido desarrollo personal y social adecuado). Y teme decir más de lo que debería, dar a conocer demasiado, demasiado temprano, manchar la inmaculada mente infantil, manteniendo una especie de misterio que solo podemos alcanzar a descubrir las personas adultas, como si la sexualidad adulta fuese sana, plena, llena de conocimiento… Mientras tanto, les ofrecemos dulces píldoras televisivas cargadas de sexismo y les alimentamos de comida enlatada y restos: sexo enlatado en vídeos pseudoclandestinos que circulan de teléfono en teléfono con restos, recortes, no aptos para el consumo, bien alejados de lo que debería ser una relación sexual sana. Tenemos miedo del sexo, como del diablo, sin pensar que lo que logramos es limitarles el conocimiento y su responsabilidad, limitar su ética y, desde luego, hacer todo lo posible para que se perpetúe la queja sobre su triste educación sexual. Esta queja es un patio de recreo en mi generación.

Algunos principios para una buena educación sexual
En la educación sexual se habla de sexo, sí, pero sobre todo de sexualidades. La educación sexual tiene que ver con aprender una ética relacional y una ética del amor propio. Libre de prejuicios, tabúes y estereotipos sexistas, ideológicos y religiosos, libre de violencia. Tiene que ver con actitudes, con respeto, con informar libremente sobre nuestros cuerpos diversos, identidades, prácticas y orientaciones; tiene que ver con el aprecio al propio cuerpo y su imagen, con ser conscientes de nuestros deseos y expresarlos, con tomar decisiones, y con ser responsables de nuestros actos; tiene que ver con desenmascarar las actitudes violentas para ser libres; tiene que ver con responsabilizar a quien ejerce la violencia y no a quien la sufre.

Es una enseñanza transversal, que se inicia en el momento del nacimiento con cosas tan básicas como acariciar, con mirar con amor, con oler el aroma personal, ajustar los tiempos, enseñar a querer aprendiendo a quererse. También con nombrar adecuadamente cada parte del cuerpo: vulva, vagina, clítoris, pene, glande, testículos. Se le pueden enseñar los sinónimos coloquiales: tete, pito, chocho… del mismo modo que les enseñamos que la napia es la nariz o el tarro, la cabeza, etc., y pueden usarlo de forma coloquial aun sabiendo su nombre correcto. Para ellxs, para la infancia, es sencillo. Reciben cada día contenido nuevo y el aprendizaje de palabras forma parte de su día a día: lo importante es no obviar ninguna parte del cuerpo, no invisibilizarlas.

Es importante, además, mostrarles cómo nuestros cinco sentidos están siempre preparados para recibir estímulos agradables, bonitos, gustosos, placenteros. Hablar de placer y que forme parte de nuestras vidas desde el inicio y sin vergüenza, hablarles de nuestros placeres. No quiero decir con ello que les hablemos de nuestra intimidad sexual.

Debemos enseñar que los cuerpos son cuerpos y que la identidad no está definida por ninguna parte de este sino que tiene que ver con lo psicológico. La identidad sexual también se ajusta a esta propiedad, no está en un pene ni en una vagina, sino en las emociones y en la certeza de ser unx mismx. De esta forma tendrán una mirada abierta, inclusiva y ajustada a la realidad.

Fomentemos el autoconocimiento, que se miren, que se toquen, que se conozcan. Que sea algo posible.

Vamos a hablarles de lo reproductivo, claro, teniendo en cuenta que el abanico de posibilidades se ha abierto y lo seguirá haciendo. No diremos «un hombre y una mujer que se quieren, bla, bla, bla…», sino que nos remitiremos a lo estrictamente biológico, a hablar de las células necesarias: un óvulo y un espermatozoide.

Es importante no limitarse a las parejas heterosexuales, eso no es real, es heterocentrista. Existen tantas combinaciones como nuestra imaginación nos lleve, no olvidemos que el amor es una creación cultural tan válida para unas identidades sexuales como para otras.

Ante sus múltiples preguntas y curiosidades, usar la lógica para ajustarse a la edad y decir siempre la verdad.

Por último, y muy importante, mostrar alegría, felicidad, buen rollo… No es incompatible con la actitud madura que buscamos.

A medida que se van haciendo mayores el trabajo difícil ya estará hecho, simplemente tendremos que ir añadiendo detalles a la información a medida que crecen, dando satisfacción a su curiosidad.

Para que esto suceda, lo importante es la actitud, es ahí donde reside el secreto. El discurso no es tan importante —aunque lo es—, como lo que decimos y hacemos cuando no estamos hablando del tema. Esas miradas extrañadas a otros cuerpos… ese querer modificar y ocultar el nuestro. Para ello, lo mejor es el autoconocimiento: permitirnos sentir el placer del que les hablamos, respetar nuestro cuerpo como les contamos. Ser consecuentes y honestxs.

El varón demediado

Desde El Topo propusimos a Juan —quien ya nos invitó a reflexionar sobre masculinidad y cuidados en otra ocasión— un análisis sobre el concepto «hombre queer». ¿Tiene sentido esa categorización? ¿Puede ser realmente queer un hombre? Estas son algunas de sus conclusiones.

Comencemos por situarnos corpórea y socialmente. Quien escribe nació con órganos sexuales masculinos, fue educado como niño dentro de los cánones aceptables entre los progres de la España de los 70 y se siente aceptablemente a gusto en el cuerpo con el que nació. Soy lo que se denomina un cishombre u hombre cis (cis, «de este lado», en latín, por contraposición a trans, «del otro lado»).

Este lugar que ocupo me impone ciertas cargas, pero sobre todo me dota de una multitud de privilegios, posiciones de partida en las que el contexto social me pone, por las que no he tenido que luchar y desde las que se interpretan mis acciones. Hay otros atributos que arropan a este lugar, y que funcionan como «el de hombre» en otros ejes de relación social: caucásico, con un trabajo remunerado relativamente estable y un historial de relaciones caracterizado por la heterosexualidad. Estos atributos dan un lustre especial a lo que se lee desde fuera de mi cuerpo en relación a mi género: hombre. Algo que ha sido desarrollado con el pretexto de un sustrato corpóreo —el cuerpo y la diferencia sexual—, y que al materializarse como tarjeta de presentación pasa a ser un concepto cultural y político en torno al cual se ha construido una forma de describir y entender el mundo; la forma en la que desde hace mucho tiempo, y en la que aún en nuestros días, con algunos retoques superficiales, hemos sido educadas y criadas la gran mayoría de las personas.

Desde este lado escribo y a este sitio creo que se refiere el consejo de redacción de El Topo cuando ha mencionado el vocablo hombre.

La fabricación y asignación de las tarjetas de presentación han estado históricamente gestionadas por el grupo de personas con más privilegios en los distintos ejes de relación social. Y como los privilegios implican derechos sobre otras personas, las tarjetas propias van escritas en tablas de piedra, custodiadas en algún lugar sagrado del imaginario, y las que se dan a los otros grupos van teniendo peor calidad de impresión cuantos menos privilegios tienen. Hasta el punto de que se fabrican por omisión. Es decir, dando atributos que podrían figurar en sus tarjetas, pero sin proveer ni siquiera un trozo de papel, de manera que no puedan presentarse por su cuenta, que no puedan visibilizarse, que no sean sujeto.

Cuando las personas afectadas se apropian de esas tarjetas de presentación (en papel de calidad o distribuidas por omisión), pero sobre todo cuando las usan como bastión para la lucha por mayores libertades y derechos de un colectivo, o para la defensa férrea de los que se les tienen concedidos a priori sobre otras personas (los privilegios y la pertenencia a clubes privilegiados), se crean lo que conocemos como identidades.

Las identidades son importantes, te permiten re-conocerte en el colectivo de personas con tarjetas iguales a la tuya. Sobre todo, cuando tu tarjeta de presentación (materializada o no) no te pone en una magnífica posición de salida con respecto a las personas portadoras de otras tarjetas. Pero además y sobre todo, lo son si eran de las emitidas por omisión, porque entonces, esto te convierte en fabricante de tu propia tarjeta. Realiza y visibiliza tu identidad. Y te permite convertirte en sujeto de lucha por una mayor justicia social con respecto a tu grupo, así como realizar alianzas con otros grupos para aunar luchas. El reverso tenebroso de lo identitario es que, si no se ponen las alianzas al mismo nivel que las identidades, pueden conllevar fácilmente la aparición de nuevos privilegios de unos grupos sobre otros.

Sobre lo queer, simplificando mucho, canaliza la lucha contra las categorías normativas, entendida esta lucha no como postura sino como acción y desempeño real en las formas de relacionarse con las otras personas; en lo relativo al sexo-género, pero también a la raza, religiones y otros ejes sobre los que se articulan relaciones de poder y opresión para dinamitar dichos ejes. Lo queer reivindica lo raro como subversión de los límites y de los códigos binarios impuestos en cada eje por el sistema heteropatriarcal, pero como forma de lucha.

¿Hombre queer?

La tarjeta de presentación hombre, cuando se enarbola como identidad por los cis hombres —habiendo sido fabricada por ellos mismos—, casi siempre suele ser para defender sus privilegios. Pocas, muy pocas veces, se usa como base de examen de dichos privilegios para rechazarlos en favor de una mayor justicia social hacia otros grupos en el eje género. En esos pocos casos suele acompañarse de complementos calificativos como feminista, por la igualdad, contra el patriarcado, que vienen a indicar distintos enfoques del proceso que se quiere emprender. ¿Pero enarbolar lo queer como calificador? ¿Y junto a hombre?

Es verdad que yo preferiría no equiparar en estos procesos la tarjeta a identidad, ya que no es el bastión de defensa, sino un punto de partida para lo contrario, para destruir las relaciones de poder que genera. Creo que una profunda revisión y rechazo de los privilegios conlleva intentar romper la tarjeta en trocitos: reconocerse como portador de la misma (los llevas en el fondo de los bolsillos por muy pequeños que los consigas partir) pero trabajar contra su ejecución como identidad. No quiero decir que haya que tomar una actitud postidentitaria, sino que, en tanto que autorreconocida como portadora de privilegios que no consideran justos y se quieren rechazar, debe emprenderse un proceso de autodestrucción de dicha identidad específica. Y en ese sentido sí, ejercer una queeridad silenciosa, no enarbolada como flamante anticategoría. Que sean por una vez el proceso y las acciones las que formen, o no, una nueva tarjeta, y que sea acuñada por las personas que pertenecen a otros grupos que parten de una posición menos privilegiada. Por una vez, no autodenominarse, no nombrarse a sí mismos con nuevas formas cool más justas de ser hombre cis (¡ay!, las nuevas masculinidades) y mucho menos como hombre queer, sino simplemente actuar y dejarse contar por las otras personas.

Citando a Braidotti: «No será autodenominación deliberada lo que nos permita encontrar la salida, sino los cambios en las estructuras profundas de la identidad a través de intervenciones que trascienden esta autodenominación y que exigen la acción».

Lecturas recomendadas

Aspiazu, J. Hombres y feminismo: del privilegio… Papeles del CEIC Vol. 2015/2 [P. nº 127]. En https://goo.gl/21PeIB

Gil, S. L. y Orozco, A. P. Transfeminismo: ¿sujetos o vida en común? Diagonal, 19/07/2010. En https://goo.gl/nHie2m

Braidotti, R. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Ed. Gedisa, S.A. (2004)

Nxu Zänä. Contra la teoría Queer. Ciudad de mujeres, 27/10/2010. En http://goo.gl/mXmhqi

Suarez, B. (ed.) Feminismos lesbianos y queer. Representación… Plaza y Valdés Ed. (2014)

Reacciones psicológicas ante el colapso ecológico, energético, económico y social

Con la información actual disponible, y a pesar de la enorme incertidumbre, sabemos que vamos directos hacia el colapso ecológico, energético, económico y social. Hay, sin embargo, muchos escenarios de colapso posibles: repentino o gradual, extremadamente violento o menos violento, con menor o mayor capacidad de mantener viva a una parte de la población actual y venidera, fuertemente injusto o menos injusto. Por lo tanto, no da igual cómo reaccionemos a nivel individual, colectivo y estructural, ya que unas respuestas serán más deseables que otras.

El actual sistema organizativo dominante (económico, energético, urbanístico, tecnológico, cultural e informativo, etc.) no solo no está preparado para el colapso, sino que nos conduce a más velocidad hacia él. Una respuesta adaptativa requeriría una información adecuada, un sistema económico con capacidad de detectar el colapso y unas medidas orientadas a afrontarlo de la manera menos traumática posible y más digna para la humanidad. Una respuesta extremadamente inteligente, aunque poco probable, además afrontaría el colapso como una oportunidad para reconvertirnos en una sociedad sostenible, justa y en paz con el planeta.

Dificultades psicológicas para una respuesta adaptativa al colapso

Aparte de las dificultades derivadas de la propia naturaleza del colapso, tales como la incertidumbre, la complejidad, los fenómenos de retroalimentación, la impredecibilidad de los procesos y de los ritmos, se añaden otras relacionadas con la psicología de las personas y de los grupos que se mencionan a continuación.

El primer gran problema es la falta de información de la mayor parte de la población. Si bien el cambio climático es conocido superficialmente por una parte importante de esta, la gran mayoría desconoce el declive energético, la magnitud y las implicaciones de la pérdida de biodiversidad, el pico de los materiales y las interacciones que tienen entre sí estos factores. Cuando no se dispone de información, la posibilidad de reaccionar de forma adecuada es bastante reducida.

El segundo problema es la información errónea, principalmente la proporcionada por el filtro de la economía convencional, que suma en vez de restar (producción de materiales en lugar de extracción de los mismos), que enfoca en el lugar equivocado (en los números de la Bolsa de Nueva York en lugar de mirar la biodiversidad o los factores de equilibrio de la biosfera) o que mantiene una teoría de los ciclos que permite ver reversibilidad donde no la hay. También proporcionan información errónea los grupos con intereses concretos (lobby del petróleo, fundaciones negacionistas, etc.). La consecuencia de la información errónea es que provoca respuestas en la dirección equivocada e incluso en la opuesta.

El tercer problema es que cuando se dispone de una información parcial, incompleta, confusa y contradictoria que además produce un fuerte malestar, la información se rechazará o distorsionará con más facilidad. Si la información sobre el futuro es incierta, preferimos proyectar el presente para predecir el futuro: «se lleva hablando de catástrofes desde siempre, en todos los cambios de milenio», «las terrazas están llenas», «algo se inventará»…

Cuando las ideas generan malestar, pero son útiles, se tiende a actuar para resolver el problema que las causa, y así reducir el malestar. Sin embargo, cuando las ideas que producen malestar no llevan a una actuación relevante o eficaz para resolver la situación, lo que se cambia es la idea o el peso de la misma. Por eso el ser humano se cuenta cuentos con facilidad. Este tema fue estudiado experimentalmente por Leo Festinguer en los años cincuenta con su teoría de la reducción de la disonancia cognoscitiva. Si dos ideas o una idea y una conducta no encajan y producen malestar, una de ellas se transforma hasta que encajen. Es el caso del cuento de la zorra y las uvas: como la zorra no alcanzaba a coger las uvas, se dijo que estaban verdes.

Si la información es dolorosa, nos agarraremos a cualquier pequeña rendija que disminuya el dolor: atacar al mensajero, calificar de exageración, acusar de que no está totalmente demostrado o pensar que no me va a tocar a mí (o a mi clase social o a mi país). También aumenta la facilidad para adherirse a creencias mágicas si son esperanzadoras («la tecnología lo resolverá», «dios o el destino no lo permitirán», etc.). Cuando una información produce terror y no hay nada claro que hacer, es probable que se minimice o incluso que se niegue.

Hay más rasgos de nuestra psicología que dejan entrever que no está bien preparada para responder ante el colapso. Al igual que las ranas en una cacerola que se calienta pueden morir al ser incapaces de percibir pequeños incrementos de temperatura, pero saltarían si el cambio fuera brusco, los seres humanos tenemos dificultades para procesar los cambios lentos y graduales. Además, el sistema emocional está configurado preferentemente para actuaciones rápidas (miedo-defensa, ira-ataque, susto-alerta) pero es mucho más torpe para actuaciones lentas o de largo plazo. Un futuro doloroso invita también a posiciones nihilistas, vivir al día o «irse de cubatas hoy, que mañana no sabemos».

A las dificultades de la psique individual se le añaden las del comportamiento colectivo. Como muestran los experimentos basados en la teoría de los juegos, una conducta costosa pero beneficiosa a largo plazo se asumirá mejor si el resto del grupo la asume también. A su vez, cuando todas las partes asumen una conducta costosa e interdependiente, pero el grupo tiene poca cohesión social, la posibilidad de traicionar es grande y por lo tanto la de romper el consenso necesario para mantener la conducta costosa. Además, es preciso asumir el coste a la vez (o de forma coordinada). Si unas partes empiezan primero y las demás tardan en seguirlas, las primeras se desanimarán y abandonarán sus posiciones costosas. Es fácil que cada grupo, colectividad o país espere a que sean otros los que empiecen. Unos por otros y la casa sin barrer. Cuando un grupo se beneficia del sacrificio de otro sin coste alguno, tenderá a mantener la situación.

Posibilidades de una respuesta adaptativa al colapso

En situaciones extremas, el ser humano es capaz de lo peor pero también de lo mejor. Puede mostrar conductas de empatía, de solidaridad, de dignidad e incluso de heroísmo. Reacciones, todas ellas, que permanecen más invisibilizadas en periodos de normalidad. En la actualidad se sabe que la supervivencia del ser humano ha dependido fuertemente de comportamientos cooperativos y que contamos con un equipaje emocional y neurológico adaptado a ello. Las investigaciones sobre la empatía, la resonancia corporal, el contagio emocional y las neuronas espejo avalan esta idea.

Los seres humanos se sienten mejor en relaciones cooperativas. La felicidad se consigue más con relaciones de utilidad social y de cooperación que ocupándose solo de uno mismo, o de una misma, o en competición con el resto. La psicología social ha estudiado cómo la presencia de fuerzas negativas exteriores a un grupo o colectividad tiende a favorecer la cohesión interna. El concepto de resiliencia nos recuerda que los sistemas y colectividades pueden salir fortalecidos a partir de fuertes tensiones negativas. La voluntad de asumir un riesgo o un esfuerzo (incluso alto) aumenta si se percibe que pueden dar beneficios significativos (rescataríamos a nuestra hija de una casa ardiendo). Cuando se sabe lo que se puede hacer para superar una dificultad y se confía en su posibilidad de éxito, el ser humano puede predisponerse a asumir los costes y esfuerzos necesarios. También hay que señalar que es más fácil asumir trabajos y esfuerzos si se tiene la idea de un compromiso colectivo.

El neocórtex posibilita al ser humano para aplazar sus satisfacciones inmediatas y obtener satisfacciones futuras. El ser humano es capaz de visualizar escenarios futuros y actuar para conseguir los deseables o escapar de los menos deseables. La naturaleza, las sociedades humanas y las personas también han dado muestras de optimismo realizando operaciones que a priori tenían baja probabilidad de éxito pero que finalmente han resultado acertadas al insertarse en sistemas complejos. Empezando por el propio proceso de formación de la vida, como las diferentes soluciones para expandir los hábitats a territorios hostiles, las luchas sindicales y feministas o las revoluciones mismas. Lemas como «Otro mundo es posible» o «Sí se puede» permiten implicar a las personas en causas difíciles y a la vez pueden actuar como profecías autocumplidas. La mera creencia puede aumentar las probabilidades de éxito.

 

 

 

 

 

Los hombres ante la prostitución

En los últimos cuarenta años, el consumo de prostitución ha evolucionado de la forma menos previsible. Lo que bajo la dictadura fue un rito de iniciación y una válvula de escape (que se explicaba por la represión y la censura franquistas de la sexualidad en general, y de toda práctica sexual fuera del matrimonio que no fuera encaminada a la reproducción), ha pasado ahora a verse como la posibilidad de vivir una experiencia placentera que, además, reporta una plusvalía de género.

Durante el franquismo se pronosticaba que con la llegada de las libertades, la legalización de los anticonceptivos y la liberación de las costumbres sexuales, el consumo masculino de prostitución acabaría siendo una práctica muy minoritaria. Pero la cobardía de unos y la oposición de otros han frustrado los esfuerzos del movimiento por la liberación sexual (feministas, gais, lesbianas, sociedades de sexología…) en pro de una educación sexual democrática, en la escuela y en las familias, que pusiera la libertad y la búsqueda mutua del placer en el centro de los encuentros afectivo-sexuales.

Este vacío educativo lo llenó el mercado, que asumió la función de proveedor de información sexual sustituyendo a los amigos de antaño. Con la conquista y consolidación de las libertades democráticas, el mercado se encargó, con la pornografía como mascarón de proa, de dar respuesta a las ganas de explorar y conocer todas las posibilidades de lo sexual; la búsqueda y la obtención del placer se convirtieron así en un variado catálogo al alcance de todos, que incluye productos tan diferentes como la moda, el culto al cuerpo, la cirugía estética y genital o la Viagra. Y también, claro, la prostitución.

Hoy todavía va de putas la generación educada en el nacionalcatolicismo (que asistió a la llegada del destape, la pornografía y los vídeos comunitarios), para quienes este era el único contacto sexual a que se podía aspirar sin pasar por los altares, o el único modo de experimentar aquellas prácticas que no osaban sugerir a sus esposas; también va la generación que creció con el feminismo, los hombres que vieron cuestionada su habilidad cuando las mujeres comenzaron a reivindicar su propio placer en el encuentro heterosexual; e incluso la juventud consumista que ha crecido con internet, se ha educado sexualmente frente a la pantalla del ordenador y se descarga sin problemas aplicaciones para el teléfono móvil. Van de putas todos aquellos hombres a quienes no compensa la incertidumbre ni el esfuerzo del ligue, los que ven más cómodo y asequible pagar por los servicios de jóvenes de distintas razas y nacionalidades, que les prometen satisfacer todas sus fantasías sexuales sin que ellos tengan que asumir responsabilidades ni sentirse examinados por unas mujeres cada vez más autoafirmadas.

Es cierto que ahora los jóvenes tienen mucho más fácil relacionarse sexualmente con gente de su edad, pero para ellos, al igual que para sus mayores, la iniciación en el consumo de la prostitución tiene mucho de rito homosocial. Aunque ir de putas haya dejado de ser la ceremonia de paso a la sexualidad adulta, ahora se suele entrar por primera vez a un puticlub para acabar una fiesta o una juerga entre amigos; sin la premeditación de antaño de quien va a pagar a cambio de sexo, pero con unos colegas que les animan a probar, a cambio de reconocerles como los heterosexuales activos y trasgresores que se supone que son.

Hay cierta coincidencia entre los hombres en ver su sexualidad como una necesidad que transciende el autoerotismo y debe ser satisfecha; esta supuesta necesidad se percibe entonces como un derecho individual que algunos convierten en exigencia social, lo que les lleva a sostener que la prostitución cumple un fin social de innegable importancia que debe ser regulado por el Estado. Los consumidores habituales son pocos; los ocasionales, muchos. Lo que garantiza el futuro de la prostitución es que, en realidad, son muy pocos los hombres heterosexuales que no se ven a sí mismos pagando a cambio de sexo en ninguna circunstancia. La inmensa mayoría defiende la necesidad de perseguir la trata de personas y la prostitución de menores, y estima que una regulación garantizaría el control sanitario y fiscal, al tiempo que protegería los derechos de las mujeres que supuestamente la ejercen voluntariamente. Pero en un mundo en el que todo tiene un precio, pocos clientes se preguntan, cuando van de putas, si la mujer con la que negocian está siendo objeto de trata o afirmando la libertad de toda mujer para decidir sobre sus cuerpos, porque preguntárselo les baja la libido y arruina el deseo.

Mujeres y hombres homosexuales consumen mucho menos sexo de pago. En el caso de las mujeres, esto quizás indique que el mercado no es capaz de suministrar el sexo que respondiera a sus expectativas, por el que quizás estuvieran dispuestas a pagar. Por su lado, la experiencia del colectivo homosexual sugiere que el consumo de prostitución disminuye entre quienes acceden con facilidad al tipo de sexo que desean: por qué habría de pagarse por algo que, entre hombres con las mismas expectativas, se encuentra gratis con facilidad. Cabe suponer por tanto que el consumo heterosexual solo disminuirá si la deconstrucción de los roles de género, y por tanto sexuales, propicia una aproximación en las expectativas de los hombres y mujeres predominantemente heterosexuales, y coloca en el centro de las relaciones sexuales (para ellos y ellas, en igualdad) la búsqueda de la gratificación mutua.

Eliminaré las causas, no los síntomas

Durante los últimos meses hemos vivido en España una movilización ciudadana de personas afectadas por el virus de la Hepatitis C. Seguramente avivada por la situación política actual, esta movilización logró una presencia en los medios de comunicación que no suele ser frecuente en temas relacionados con la salud. El activismo de las personas afectadas, la presencia continua en los medios y algunos partidos políticos en la oposición, consiguieron colocar la urgencia en el acceso al tratamiento en la agenda de las sociedades médicas. Esta situación forzó al gobierno del PP y a las comunidades autónomas a crear un marco de actuación: el «Plan estratégico para el abordaje de la hepatitis C en el sistema nacional de salud». Este plan vio la luz esta primavera y, de una manera ambiciosa, establece el marco general de actuación en prevención, diagnóstico y tratamiento de la Hepatitis C en nuestro país.

La hepatitis C es una enfermedad hepática originada por un virus que produce infección tanto aguda como crónica y cuyas manifestaciones pueden variar entre una dolencia leve a una enfermedad grave de por vida que puede desembocar en sus últimos estadios en muerte por fallo hepático. Las vías de transmisión de este virus son fundamentalmente por sangre, incisión con material no correctamente desinfectado que haya tenido contacto con sangre contaminada, vía sexual y vía maternofilial en el parto.

La infección aguda es generalmente asintomática y frecuentemente pasa desapercibida, lo que dificulta el diagnóstico precoz y el conocimiento exacto de su incidencia. En las personas que desarrollan la infección crónica esta puede permanecer sin diagnóstico hasta que se ha producido un grave daño hepático y se acude al médico por motivos relacionados con este.

La infección por el virus de la Hepatitis C es un problema de salud global que afecta a más de 185 millones de personas en el mundo, según los datos más actualizados de la Organización Mundial de la Salud. Es más prevalente en Asia, África del Norte y Oriente Medio. Cada año se producen de 3 a 4 millones de nuevos casos y la mortalidad anual por enfermedades hepáticas relacionadas se estima en 350 000 personas al año.

En España, según publicaciones recientes, se cree que puede haber alrededor de medio millón de personas con Hepatitis C crónica. Pero estas cifras deben tomarse con cautela y podría ser mayor, pues aunque se trata de una enfermedad de declaración obligatoria desde hace años, en nuestro país sigue siendo una asignatura pendiente la vigilancia epidemiológica adecuada, moderna y basada en la salud pública.

La enfermedad ha vivido en el último año una revolución gracias a la aparición de nuevos fármacos que consiguen tasas de curación en unas pocas semanas cercanas al 100%, con pocos efectos secundarios y que definitivamente dejan en el olvido antiguas formas de tratar este virus que además de ser poco efectivas eran altamente tóxicas.

La movilización de la ciudadanía ha sido clave para visibilizar la desesperación y angustia que viven miles de personas en España y millones en el mundo por no poder acceder a medicaciones y/o tecnologías sanitarias que pueden salvarles la vida. Sin embargo, la avaricia desmedida de las compañías farmacéuticas propietarias de las patentes y los sistemas de salud cómplices, convierten la vida en un bien preciado de lujo.

El sistema actual de investigación, de patentes y de fijación de precios a la innovación en materia de salud se muestra claramente insostenible y profundamente deshumanizado. El documental de la ONG Salud por Derecho Investigación médica, Houston tenemos un problema nos presenta un claro análisis de la aberrante situación actual: enfermedades olvidadas porque inciden en poblaciones sin recursos económicos, investigaciones focalizadas solo en la ganancia y que desdeñan la cooperación y la transferencia de conocimientos, acuerdos internacionales de comercio que se convierten en verdaderos atracos a mano armada para muchas naciones y un sistema de patentes que claramente responde solo a los intereses capitalistas de unos pocos y que empobrece y esclaviza a la población mundial. Pero también propone interesantes nuevos modelos de investigación, colaboración internacional y un sistema de ganancias ajustadas acordadas por organismos internacionales para poder hacer accesible y sostenible en el futuro algo tan básico y humano como es la salud.

En nuestro país miles de personas salieron a la calle a denunciar que la vida se les escapaba de las manos y que el precio por su vida lo dictaba una farmacéutica situada a miles de kilómetros de distancia, lo dictaban ejecutivos de Wall Street, la City londinense y accionistas de Hong Kong, Singapur y de fondos buitres que también operan en salud. Afortunadamente, la presión popular en España ha conseguido en el caso de la hepatitis C que se hayan conseguido importantes rebajas en el precio de los fármacos y que éstos se hayan empezado a dispensar a los enfermos.

Pero, ¿cuál será la nueva situación de falta de acceso que nos tocará vivir? ¿La viviremos en la soledad de nuestro entorno? ¿Habrá movilización social? ¿Captará la atención de los medios? ¿Será la nueva innovación para el cáncer, la diabetes, el VIH…? ¿Me tocará a mí o a alguno de los míos para movilizarme y luchar?

Como decía mi admirado Frank n’ Furter en Rocky Horror Picture Show en la canción Sweet Transvestite: «I’ll remove the cause but not the symptom » [eliminaré la causa, pero no el síntoma].

Ojalá lo consigamos y aunque, en este caso, en un plano diferente al sexual… logremos cambiar, travestir y dotar de color lo que ahora se nos presenta en blanco y negro.

No estás sol@

Si hay una discapacidad «invisible», esa es la de las personas con problemas de salud mental, la de los psiquiatrizadxs. Invisible por muchos factores, como el desconocimiento general y de la sociedad en particular de lo que se ha venido a llamar Trastorno Mental Grave. Por los prejuicios, estereotipos y el estigma que sobre la «enfermedad mental» campan por doquier pese a las tibias campañas de sensibilización que han venido enunciando el problema, pero no sus raíces. Campan, esos prejuicios, desde los medios de des-información a las conversaciones en la panadería de la esquina, pasando por el miedo de los propios usuarios de la salud mental a ser discriminados, minusvalorados o excluidos, y no con falta de razón.

La «enfermedad mental» a simple vista no es visible en la mayoría de los casos debido al miedo y a la tutela ejercida por las familias o por encontrarse los psiquiatrizados aislados en guetos tutelares, aparcados en recursos del sistema de salud mental o de los servicios sociales.

La salud mental es algo de lo que no se suele hablar abiertamente, la gente se avergüenza, se siente culpable por sentirse deprimida, padecer ansiedad, experimentar trauma, un ingreso psiquiátrico o simplemente por no ser como los «otros».

El derecho a la locura, la extravagancia, a la diferencia en la percepción de la realidad, a salirse de la autopista por donde va todo el mundo y navegar por otros caminos, no se ejerce o es condenado por la sociedad de los «normales». En un mundo en el que un 2% de la población padece un trastorno mental grave o, como diría el Plan Integral de Salud Mental de Andalucía, una de cada cuatro personas experimenta algún problema de salud mental, lo que equivale al 25% de la población; en un mundo donde el 98% de neuróticos, como diría Freud, diseñan las costumbres y normas sociales, no resulta sencillo no sentirse aislado y salir del armario, si perteneces al otro 2%, participando en la vida pública, en la comunidad, en la sociedad.

Ante esta situación, el discurso de la gran mayoría de quienes trabajan en la salud mental es el de la integración, entendida esta como aceptación y adaptación a las normas generales. Para ello se recurre primero a la farmacología, poderosa industria esta, a fin de controlar los comportamientos no deseados, la extravagancia, la locura, la disidencia. Después del diagnóstico y de emplear esos grilletes mentales farmacológicos —como si los de control social no bastaran— que anulan en gran medida las capacidades de expresión, agilidad mental, coordinación de movimientos y sexualidad, se pasa a la psicoeducacion. Mediante ella se pretende que la persona tome conciencia de lo que los profesionales piensan que es la enfermedad, con su lenguaje de términos alienígenas como eutimia, paranoia, esquizofrenia, pródromo, etc. El mensaje se podría resumir en «eres distinto, tienes un hándicap, estás enfermo de forma crónica, no tiene cura, has de controlarlo, controlarte, adaptarte, tómate siempre la medicación o serás un inconsciente descerebrado, sabemos lo que te conviene, lo hemos estudiado y medido y nos avala la ciencia, haz una vida sencillita, sin esfuerzos intelectuales, tal vez algún día puedas trabajar si sigues las instrucciones, dependes de nosotros, los profesionales, para no acabar en el psiquiátrico…».

Esas serían las dos primeras fases en el proceso de recuperación de una persona, que son las de moratoria y, en parte, la de concienciación, de las que cuesta mucho salir y avanzar simplemente porque el modelo clínico y el social imperantes no abren más posibilidades, en pos de las fases de preparación, reconstrucción y crecimiento en la recuperación.

Pero hay esperanza, otros lo han conseguido, otros se recuperan, trabajan, tienen su propio hogar, familia, amigos, sexualidad e incluso, después de dotarse de recursos, reducen la medicación y acaban dejando de tomarla con el consenso de los médicos, de forma negociada. Sí, la esperanza, motor de la recuperación, pasa por conocer el ejemplo de otros usuarios de salud mental, de los supervivientes de la psiquiatría y de los muchos que están en ese camino, no siempre lineal, con recaídas. Pero de recuperación de una calidad de vida razonable y digna, de ganar en autonomía, de tomar —desde la responsabilidad y no desde la dependencia— las riendas de tu propia existencia, pues lo contrario es simplemente imposible.

La recuperación pasa por darte cuenta de que no estás solo, de que tienes tu tribu, de que en ella hay mucha sabiduría colectiva, forjada en el sufrimiento, la alegría y la experiencia. Hay en ella muchos recursos para recuperarte y para la transformación social. Para educar a los profesionales de la salud, amigos, familiares y a la comunidad en general. Recursos para crear comunidades más habitables, no tan inhóspitas como las que los «normales», los «cuerdos» nos imponen. No basadas en la competitividad, en la ley del más fuerte, la insolidaridad o el mercantilismo.

No, nuestro antídoto a la enfermedad social e individual es el apoyo mutuo, ese factor de la evolución que el naturalista ruso Piotr Kropotkin describiera tan bien frente al darwinismo social que rige nuestra cultura. No porque seamos más listos que nadie, sino porque poseemos sensibilidades distintas, porque hacemos saltar las sirenas de alarma social cuando un medio no es humano, rompiéndonos, entrando en crisis, acabando en el psiquiátrico, marginados, encerrados, acallados… Porque esta sociedad no es amable para nadie, porque necesitamos sobrevivir en ella, porque la narrativa propia sobre la enfermedad, sobre las experiencias de trauma, se transforman en narrativas de experiencia, de resiliencia, esperanza y recuperación de forma colectiva. Porque somos animales sociales, nos juntamos en nuestros Grupos de Apoyo Mutuo de usuarios1 y en los Clubhouses2. Sobre estos temas podríamos llenar las páginas de varias revistas como esta, tantas como las experiencias de todos y cada uno de nosotros, todas son válidas y reflejo de eso que los «normales» llamáis realidad, solo que no siempre la foto está tomada desde la autopista general por la que circuláis, sino que también por esos otros caminos que exploramos legítimamente «l@s loc@s» y que son simplemente una cartografía diferente.

Si eres un@ de l@s nuestr@s, no estás sol@, has encontrado tu tribu. Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones, inspirado por la locura creativa y no por la locura impulsada por el miedo que nos infunde el poder, miedo a estar sol@s, a pasar hambre, a no tener un techo, a no cumplir lo que se supone que se espera de nosotros.

Amor loco en este mundo loco.

1 ram-a.net

2 clubhouseandalucia.wordpress.com

04 Mi cuerpo es mío

Masculinidad y cuidados

Hace poco escribí un texto sobre un viaje personal, un viaje lento que me ha llevado una vida, la que llevo caminada hasta ahora. El texto tenía que ver con la adquisición de la capacidad de ir comprendiendo y verbalizando cómo son las cosas, más que con la transformación de mi realidad. Comprender y verbalizar te facilita la toma de elecciones. Y he aquí que El Topo saca la nariz de la madriguera por casualidad, olisquea el texto —leo en National Geographic que los topos huelen en estéreo— y me hace una seña de esas del mus, así, levantando las dos cejas. Como invitando a que me cuestione algo. Y en cada ceja, una palabra. Masculinidad. Cuidados.

Yo no tengo ni pajolera idea de cómo jugar al mus. Pero intento salvar la situación y en vez de hacer un gesto raro y parecer un estúpido, me pongo las gafas de topo cegato, la nariz de olisquear —lo del estéreo dudo que lo consiga— y los guantes con garras de desbrozar la tierra. A ver si mimetizándome de topo…

¿Masculiniqué?

Lo de la masculinidad es algo que oigo desde siempre. Parece importante, una cualidad abstracta que no me acabo de enterar muy bien de lo que va.

Empecemos leyendo con las gafas de topo. Dice la RAE[i] que masculinidad es la cualidad de masculino. Masculino parece ser un ser que está dotado de órganos para fecundar y lo perteneciente a ese ser (una rosa es una rosa es una rosa[ii]; estos de la RAE son unos poetas). También pone que masculino es varonil y enérgico. Y de esas dos palabras, la primera se refiere a una cualidad que pertenece al varón, que a su vez es: un ser humano de sexo masculino y un hombre que ha llegado a la edad viril y por el que se muestra respeto, y que tiene autoridad u otras prendas. Además, nos dice que varonil significa esforzadovaleroso y firme. Del hombre cuenta que es un ser animado racional, varón o mujer; pero luego aclara que mejor varón.

Por curiosidad miro lo de mujer, e indagando leo que hay temas de sexo femenino, que lo femenino es propio de mujeres, rasgos de feminidad, que me lleva de nuevo a femenino, más cosas de órganos de esos… y dos palabras, débil y endeble.

No me voy a meter con temas de órganos y cuerpos, que eso tiene mucha tela que cortar y no puedo alargarme aquí más allá de mil palabras. Usaré, simplificando mucho, el concepto aspecto físico para englobar esa «materialidad». Con las mismas, tampoco me meto con lo de animado ni racional.

Y paro de leer. Si sigo leyendo a la RAE con estas gafas entro en un bucle recursivo. Así que pasemos a la nariz, que es más sensible en los topos y quizás dé mejor resultado. Olisqueemos las palabras. Snif, snif. Inspirando a ver si me inspiro… Y, ¡pof!, inspirando se doblan algunas palabras de arriba y se ponen en cursiva.

¡Ajá!, así que todo esto de la masculinidad y ser masculino tiene que ver con el poder, el respeto y la autoridad ejercidos con firmeza por un grupo de personas sobre otro grupo al que se le atribuye debilidad. Y los poderosos son además esforzados, valerosos y tienen «otras prendas». Claro, lo que pasa es que la realidad es usualmente narrada desde el punto de vista de los poderosos. Y aquí, se han retratado.

Es decir, que me da en la nariz sensible que la masculinidad es, hablando en plata, la expresión del poder y los privilegios de un grupo con cierto aspecto físico. Punto, nada más.

De la materialidad de los cuerpos, órganos, hormonas y todo eso, ya digo, otro día. Que si se hace en serio, de verdad que es muy complicado. Haría falta una nariz cuadrafónica por lo menos. Ni mil palabras ni el estéreo nos bastarían.

¿Quién nos limpia el culo?

Con los cuidados no voy a usar la RAE. La nariz sí, pero la mía; no me hace falta la postiza hipersensible. Porque la mía en modo mono ya basta para oler el tufillo que me llega. A mierda y profundidades de la tierra [iii] [iv] [v]. Así que a partir de ahora, solo los guantes de topo, con garras de desbrozar.

Y la primera pregunta que sale escarbando es: ¿quién nos limpia el culo? Porque esto de los cuidados tiene su connotación afectiva y su faceta obvia de asistencia a aquellos que más lo necesitan por ser aún menos autónomos que la mayoría (menores, personas ancianas y/o dependientes), pero va mucho más allá. Va de limpiar todos los culos, también los de los que ejercen la masculinidad. Nadie, ni el más masculini-mucho, es autónomo. La sensación de individualidad autónoma es una fantasía [vi]. Y si nos quitan a quienes nos limpian el culo, nos desmoronamos. Nuestra brillante individualidad se viene abajo si nos quitan a las personas que nos lo limpian ya sea por opresión o a cambio de dinero, dejando entonces de poder limpiar ellas culos más queridos y cercanos.

Ya sé que la mayoría diréis que el culo os lo limpiáis vosotros mismos. Pero tomad vosotros los guantes de topo e intentad desbrozar un poco más. Me refiero a todas las clases de culo: culo-limpiar-la-casa, culo-hacer-la-compra, hacer la comida —aquí no pongo el culo pegado que me da repelús—, culo-lavar-tender-la-ropa, culo-oírte-y-hablarte cuando te hace falta, culo-dejarte-espacio-y-tiempo-para-hacer-lo-que-te-apetece y te hace sentirte persona-individual y no solo persona-limpia-culos. Me refiero al acto de limpiar-culos-y-crear-las-condiciones-para-que-el-colectivo-y-cada-persona-que-lo conforma-viva-una-vida-digna-de-ser-vivida.

Masculinidad y cuidados

Ahora sin disfraz de topo, respondiendo al envite del tálpido tabernario, en vez de un cuestionamiento filosófico sobre masculinidades, nuevas o viejas, los cuidados y estas cosas que están tan de moda, solo me sale una frase exigente a las personas del grupo de los masculini-esos: depongan su posición opresora, entreguen sus privilegios y pónganse a trabajar limpiando culos con las demás por el sostenimiento de una vida digna de ser vivida para todas. Como hacen el resto de las personas. Ni más, ni menos.

[i] Diccionario de la lengua española (22.ª edición), Real Academia Española, 2001, consultado el 14 de octubre de 2014.
Nota: En las últimas horas, la RAE ha hecho públicos ciertos cambios en la vigésimo tercera edición de su diccionario. Cambios que, en lo que respecta a esta entrada del blog, hay que celebrar. Sin embargo, mantendré el post tal y como fue originalmente escrito hace unos días. Desgraciadamente, las personas a las que va dirigido, y que componen una mayoría de la población masculina y un número importante de la femenina, siguen manejando en sus cabezas conceptos que siguen ediciones del diccionario anteriores incluso a la vigésimo segunda.

[ii] Sacred Emily, poema del libro Geography and Plays de Gertrud Stein, disponible en http://www.gutenberg.org/files/33403/33403-h/33403-h.htm#SACRED_EMILY

[iii] Pérez Orozco, Amaia (2014). Subversión feminista de la economía: apuntes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Ed. Traficantes de Sueños. Colección: Mapas. Disponible gratuitamente en PDF pero, si podéis, compradlo o, al menos, donad.

[iv] Nos ocupamos del mar, JuanLara. Disponible en: http://brandneweyes.wordpress.com/2014/07/19/nos-ocupamos-del-mar-carta-a-los-hombres-sobre-icebergs-montanas-e-igualdad/

[v] Un iceberg en mi asamblea, Carolina León, disponible en: http://blogs.zemos98.org/carolinkfingers/2014/09/23/un-iceberg-en-mi-asamblea/

[vi] Hernando, Almudena (2012). La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Ed.: Katz Conocimiento.

EXando una mano

«EXando una mano» es un colectivo que se dedica a investigar, experimentar, difundir y promover la autofabricación y el desarrollo de prótesis personales. El proyecto nace para dar soluciones al caso concreto de Paula y busca que se pueda replicar en casos similares. El hardware libre, el aprendizaje colaborativo, la elaboración conjunta y la unión entre colectivos permiten saltarse presupuestos y patentes para luchar desde la base con máquinas de fabricación doméstica que hacen posible la autofabricación en código abierto de una prótesis.

Paula es un bebé feliz, una guerrera que sonríe a todas horas. Según sus padres, más de lo que lo hacía su hermano a su edad. Paula, hija de Natalia y Juan, ya ha generado un proceso de lucha a su alrededor con tan solo 6 meses de edad.

Cuando Natalia estaba embarazada de 20 semanas le diagnosticaron que su futuro bebé podría padecer agenesia, un tipo de malformación en todo o parte de un órgano que se produce durante el crecimiento embrionario. Paula nació con una parte de su extremidad superior izquierda sin desarrollar.

Un número incontable de dudas empezaron a generarse alrededor de la familia. En estas situaciones, el sistema sanitario es demasiado lento y frío, más aún para unos padres llenos de necesidades de conocer la situación y de planificar los meses venideros. Pronto dieron con AFANIP, la Asociación de Familias de Niños con Prótesis, un organismo no institucional en el que recibieron algunas respuestas y apoyo mutuo.

Supieron que a Paula le podría favorecer el uso de varias prótesis a lo largo de su vida.

Algunas prótesis pueden llegar a un coste de unos 15 000 € y la familia debe adelantar este dinero, que luego debería ser reembolsado por la Seguridad Social. Estos procesos, según las informaciones que reciben de otras familias, pueden llegar a tardar años.

Las atribuciones para una atención temprana de apoyo psicomotriz también forman parte de un sistema burocrático difícil de creer. A día de hoy, Paula no tiene cuantificado el grado de minusvalía ni determinadas las ayudas que le corresponden por derecho. La suma de todos estos factores convierte este periodo en una lucha de obstáculos financieros y anímicos difíciles de superar para cualquier familia trabajadora.

Podría sorprender, incluso a personas de la Administración, estos costes y silencios en un Estado, sobre el papel, proteccionista con su sistema de salud. Pero se explica con facilidad. El entorno sanitario posee un aura de amparo necesaria en muchos sentidos, pero que se puede llegar a convertir en un arma muy peligrosa cuando se permiten determinadas demagogias. Dentro del sacrosanto cosmos de la medicina, existen pequeñas rendijas, grietas muy lucrativas. Y como «con la salud no se juega», cuando lo hace en el campo del capital se mueve sobre conceptos de necesidad, lo que es muy útil para los grandes especuladores. La industria que gravita en torno a la ortopedia —junto a la evidente privatización de los hospitales, pasando por las reglas del mercado farmacéutico— se encuentra en uno de esos huecos y les va muy bien.

Es difícil juzgar las decisiones administrativas en este contexto, aunque, sin duda, la situación actual muestra una completa inoperancia a partir de una oferta insuficiente que permite el crecimiento de un gran sector que se enriquece de la soledad de las familias. Es frustrante que los tiempos, baremos y ayudas no estén unificados a nivel estatal, convirtiendo en ridículas las comparaciones entre la administración andaluza y la de otras regiones. Tampoco existen alternativas ni apoyos para la investigación independiente por lo que, además, se entregan estos servicios básicos al juego de las patentes y los sobrecostes de los monopolios de fabricación.

Pero Natalia y Juan nunca han entendido la vida en solitario, por eso regentan el Obrador de Pasta de Tramallol, un espacio de trabajo compartido en el que conviven diferentes profesionales en la zona de los corralones de Sevilla. Este será el embrión de «EXando una mano». Alberto, miembro del colectivo de arquitectos «cerojugadores», forma parte también de Tramallol. Las reflexiones que giran alrededor del mundo de la arquitectura que les interesa les hicieron centrar algunas de sus miradas en el trabajo sobre el hardware y el software libre, y en concreto sobre la impresión 3D.

Casi como en un guión inevitable, las amistades que unían a los personajes que aparecen en esta historia desembocaron en un proyecto de conocimiento común con unas pretensiones de fabricación muy concisas: imprimir una prótesis de mano para Paula, autofabricada, libre y abierta. El propio nombre del proyecto, «EXando una mano», juega con los subconscientes y se coloca en una posición más allá de los prejuicios, en una colaboración sin tabúes, sin mitos.

El movimiento por el hardware y el software libre aparece aquí como un elemento de soberanía sobre el conocimiento técnico y permite, con una atención sobre las transparencias, un aprendizaje horizontal realmente potente, liberando las herramientas y sus controladores de la jerarquía y la propiedad tecnocrática.

Esa misma empatía que genera en el barrio un espacio compartido como Tramallol, aparece como característica esencial en el hardware libre a través de una dinámica de investigaciones colaborativas, casi siempre con el único objeto de un aprendizaje común. En este marco se explica E-Nable, que aparece ya en las primeras búsquedas sobre soluciones y que se compone como una red de trabajo interconectada en todo el mundo para el desarrollo y la fabricación de prótesis con impresión 3D. Dentro de esta comunidad aparecen distintos agentes involucrados: productores, usuarios, laboratorios, etc. Nosotros, en la medida en que podemos, nos incorporamos a esta caminar.

Desde ese interés por la creación del objeto, surgen los dos grupos de trabajo iniciales: Prototipo y Desarrollo. El primero trata de estudiar la fabricación de los distintos modelos de mano a través de sus materiales, su evolución y de las máquinas necesarias. El segundo está centrado en la mejora de estos prototipos ya impresos, con la incorporación de sensores y servomotores que permitan a Paula una capacidad de movimiento a través de distintos impulsos nerviosos.

Pronto, estos grupos se ven desbordados y el proyecto comienza a crecer incorporando nuevos saberes que suplen las carencias iniciales: psicología, comunicación, financiación… Todo lo que el proyecto está aprendiendo a ser solo es posible gracias a las personas y colectivos que se encuentran involucradas. «EXando una mano» son: La Residencia CC, Ehcofab, FabLab Sevilla, Álex, Miguel, Álvaro, José Antonio, Martín, Óscar, Sergio, Lucas, Juan, Gloria, Raquel, Jesús, Pablo, Paula, Anabel, Marianna, Ricardo, Mónica, Pedro, Miryam y muchas más.

Como grupo, seguimos organizándonos con los tiempos de Paula. Esto ha permitido un proceso de trabajo cómodo pues sus exigencias, respecto a la incorporación de las distintas prótesis, van de la mano de nuestros aprendizajes. Los cuidados y las aperturas han conseguido el objetivo del proyecto, que no es el objeto, no es la tecnología: es compartir con la familia las preocupaciones, las luchas y, sobre todo, las posibilidades.

NOTA: Actualmente, disponemos de una plataforma web que unifica la difusión y una asociación como forma legal de organizarnos. Además, se están preparando diversas campañas para la autogestión económica. Si quieres informarte sobre el proyecto o colaborar con nosotros, visita exandounamano.com o escríbenos a info@exandounamano.com

Viaje corporal

Un reciente viaje a Tánger me despierta algo más que el interés por este fascinante lugar.

Un trayecto en barco con mujeres que cubren sus cuerpos por un caftán. Veo hombres que cuidan de sus bebés. Desembarco y en un desorden maravilloso me recibe un pueblo con sus aromas, su idioma, sus caras sonrientes. Al entrar al hotel me titulan «la jefa» porque he hecho yo la reserva y no mi compañero de aventuras. «No, no soy jefa, ja, ja, ja».

Seguimos felices paseando por una ciudad ruidosa, llena, rebosante de vida, alimentos, gallinas, gritos, olores a comida, paseos por calles maravillosamente descuidadas… bonitos adornos los pasos de cebra de la calzada. Nos sentamos a descansar en un café: delicioso olor a té y hierbabuena, hombres, hombres, hombres, hombres, mujeres, hombres, hombres, parchís, hombres, mujeres… El té está delicioso, esto es una maravilla… Paseamos por la ciudad, caftanes modernos, alegres, a juego con los pañuelos de la cabeza, algunos muy serios, sin adornos, espartanos… ¿De qué dependerá? ¿Del estado de ánimo de ese día para vestir uno u otro? Me encantaría saber por qué unas van vestidas de una manera y otras de otra. ¿Es azaroso? ¿Tiene significado? ¿Es pura ortodoxia? ¿Es por comodidad? ¿Es más simple que todo esto?

Al día siguiente, decidimos ir a la playa, esa gigante playa de Tánger. El desorden de la ciudad se repite en la playa. Grupos de mujeres esperando bajo sus sombrillas, nada de ropa de baño, caftanes, caftanes, caftanes, mujeres vestidas con ropa de la que yo uso pero para bañarse, mujeres bañándose en caftán. Niñas y niños en bañador. ¿Cuántos adultos habrá en esta playa ahora? Cinco mil personas, supongamos que la mitad mujeres: de dos mil quinientas mujeres, he visto a dos con trajes de baños; a unas ciento cincuenta con ropas de las que yo uso —falda y camiseta, vestido, pantalón y camiseta—; el resto, caftanes incluso para bañarse. Los hombres visten en bañador, bañador y camiseta, pantalón corto y camiseta… Me llaman la atención sus cuerpos delgados, está claro que no van al gimnasio.

¿Qué pasaría si yo me pusiera en biquini? Ahora. En esta playa. ¿Nada? ¿Miradas? ¿Me dirían algo? ¿Qué pensarían de mí? ¿Y de mi compañero?

No puedo parar de preguntarme: ¿Cómo viven su cuerpo estás mujeres? ¿Se miran? ¿Se miran desnudas? ¿Se investigan? ¿Por qué iban a mirarse menos que yo? No hay razón para pensar lo contrario, en realidad. ¿Hablan? ¿Preguntan? ¿Se cuentan experiencias? ¿Somos todas iguales en la intimidad? ¿Es diferente su sexualidad? ¿Qué les da temor o vergüenza del sexo? ¿Qué habrá que desmontar?

¿Cómo experimentan su cuerpo? Tal vez se sientan más libres para aceptar sus cuerpos. ¿No necesitan mostrarse como un maniquí? ¿Tal vez el tapar sus cuerpos las invisibilice totalmente? ¿Las acentúa? ¿Destacan por ello? ¿Se sienten más libres de vivir su cuerpo tal cual es sin el yugo de la estética? ¿La presión es similar, simplemente cambia el canon? ¿Qué significa mostrarse en público en biquini?

¿Y para los hombres? ¿Cómo viven su cuerpo? ¿Su masculinidad? ¿Ven absurdo ese modelo tan occidental de hombres metidos en gimnasios corriendo sin moverse como hamsters, tomando el sol de mentira y depilados? Estos son cuerpos reales.

Una cosa sí está clara: no solo no rige el mismo canon de belleza, sino que la presión sobre el cuerpo no es similar. Esos cuerpos de mujeres no están famélicos, ni operados; esos cuerpos de hombres son naturales, no están musculados por el gimnasio sino por la vida, no están depilados.

Decido indagar relajadamente en internet, que nunca se sabe. Encuentro varias páginas, no sé su rigor, que hablan de que la mujer «respetable» no enseña su cuerpo y otras páginas que dicen que en Tánger se puede ir vestida como una quiera. Las dos posturas pueden convivir. Me encuentro al preguntar/curiosear que algunos movimientos feministas en Marruecos han optado por cubrir su cuerpo como una forma de reafirmar su libertad y de no vivir condicionadas por su apariencia. Bueno, tal y como plantea uno de los axiomas básicos de la teoría de la comunicación humana de la cibernética «es imposible no comunicar» luego no mostrar mi apariencia comunica mucho sobre mí, es una declaración de intenciones llevada a la práctica. Y, desde luego, es una forma de vivir más libremente mi propio cuerpo. ¿Es también una forma de vivir diferente el género? ¿Es súper queer? ¿Tiene esto algo que ver con la forma en que me relaciono con mi sexualidad? ¿Es más o menos sano? Veo también liberador el vestir con esas otras ropas prohibidas, el enseñar el cuerpo como una muestra de rebeldía alegre y sana, de oposición vital, la resistencia a aceptar lo que te dan, la resistencia. La vida. Todo tiene una doble cara.

Esta también es una sociedad patriarcal, no se escapa, donde el hombre claramente vive una situación de privilegio sobre la mujer y por encima —o sutilmente por debajo, no lo sé— encontramos los detalles, los casos particulares, el trato amable de las personas, el contacto sonriente, los abrazos cercanos entre hombres, parejas heterosexuales que se cogen de la mano. Como sociedad patriarcal, seguro que queda mucho por desmontar, muchas quejas por gritar, mucho que desmantelar.

Hace solo unos días, en esta misma ciudad, una mujer española, Helena Maleno, ha sido atacada por un grupo de hombres con el insulto de «puta española, cristiana de mierda» por ayudar a los subsaharianos. A ella la insultaban por mujer, por puta, por española y por cristiana, a las mujeres negras les metían el dedo en sus vaginas buscando dinero… Misma mierda racista y patriarcal.

Aquí, como allí, hay muchas lecturas y muchas realidades. Aquí ya tenemos un camino andado de lucha por la igualdad, podemos tomar cafés solas en los bares, viajar solas, usar biquini y mostrar el cuerpo, y andamos en el camino de vivir más libremente nuestra sexualidad; allí, no sé cómo es la cosa. Aquí nos quedan luchas tipo «soy libre de vestir como quiera y eso no te da derecho a decidir nada sobre mi cuerpo».

Quisiera llevar esta misma frase a Tánger. Saber qué significa esto aquí.

Sé que los ojos con los que llegué se dejaron llevar por lo evidente, por lo llamativo, pero no soy capaz de responder a todas mis preguntas. Sé que estamos hablando de sitios diferentes, de contextos y culturas diferentes y de diferentes grados de igualdad/desigualdad, pero es en estas preguntas donde he quedado atrapada. Cómo influye esta diferencia estética en las experiencias personales de los cuerpos y de la sexualidad. Cómo se enuncia aquí al derecho a decidir sobre mi cuerpo y las ropas sobre él.

Quede este artículo como una gran duda en mi cabeza que quisiera responder.

Cárcel y Salud

Una de las características intrínsecas de la cárcel es su opacidad, el desconocimiento por parte de quienes (de momento) estamos fuera sobre lo que ocurre dentro y la manera en que transcurre la vida de las más de 70 000 personas que permanecen entre rejas en el Estado español, sin contar los Centros de Internamiento de Extranjeros y los Centros Cerrados de Menores.

La cuestión de la salud pone en evidencia la función meramente punitiva de las prisiones —«ciencia de la administración del sufrimiento»1— y muestra cómo el control y la desposesión de nuestros cuerpos es el grado último de enajenación que el Estado ejerce sobre el individuo.

Trataremos el tema mediante tres conceptos: la prisionización, la medicación forzosa y la desasistencia médica como tortura y pena capital.

Llamamos prisionización al proceso por el cual lxs presxs pasan de vivir en la cárcel a «vivir la cárcel». Algunas de las secuelas psicológicas son:

  • Desproporción reactiva: todo tiene una relevancia emocional y cognitiva desmesurada.
  • Dualidad adaptativa entre la sumisión constante como vía adaptativa o la respuesta agresiva como afirmación del yo.
  • Presentismo: la falta de perspectiva de futuro (todos los días son iguales durante muchos años) lleva al fatalismo y a la ausencia de planificación y análisis de consecuencias de los actos.
  • Síndrome amotivacional: aparente dureza como coraza frente a todo lo anterior.
  • Baja autoestima, impotencia canalizada violentamente hacia «los pringaos».

«Si me preguntara: ¿Qué podría hacerse para mejorar el régimen penitenciario? ¡Nada! —respondería—, porque no es posible mejorar la prisión. Salvo algunas mejoras sin importancia, no hay absolutamente nada que hacer, salvo demolerlas» Piotr Kropotkin.

Además, la estructura de las macrocárceles —áridas, deshumanizadoras y falsamente asépticas, con temperaturas extremas tanto en verano como en invierno— provoca un empeoramiento generalizado de la salud física. A nivel sensorial, los efectos sobre el oído, los sabores y —sobre todo— la vista, pasan factura a todxs.

En el caso de los módulos de castigo —23 horas solxs en celdas minúsculas,— el aislamiento sensorial lleva a alucinaciones, formación de fantasías y respuestas emocionales primitivas de autodefensa como la agresividad.

En la cárcel, los médicos son carceleros: no son funcionarios del SAS sino de Instituciones Penitenciarias, aunque la Junta esté obligada a asumir esa competencia desde 2004 y no lo haya hecho aún. Esto se traduce en prácticas de control y no de cuidados, como veremos.

La medicación forzosa de psicofármacos de forma permanente afecta a un tercio de la población reclusa, aunque su uso puntual como «medida de contención» es mucho mayor. En el caso de los centros de menores cerrados, la cifra se dispara en el momento en que pasan a la gestión privada. Es más económico gastar en pastillas que en educadores o talleres.

Neurolépticos, antidepresivos, ansiolíticos o tranquilizantes son prescritos con criterios bastante inquietantes. Los diagnósticos son realizados, con suerte, en apenas 5 minutos por alguien que no te volverá a ver en semanas. Esta precariedad y desdén de la Administración provoca que un incidente violento pueda tener como consecuencia para una persona reclusa un diagnóstico de esquizofrenia (u otro tipo de trastorno) para el resto de la condena. Esta persona queda así estigmatizada con tal «enfermedad» y es dependiente de la medicación correspondiente.

Además, una interpretación interesada de la antipsiquiatría llevó hace años a cerrar manicomios sin dar ningún tipo de apoyo a familiares o amigxs de las personas con trastornos graves. La consecuencia es que muchas de estas personas acabaron encerradas de nuevo por acumulación de delitos de desórdenes y similares, pero esta vez en la cárcel y finalmente en los módulos de castigo. Esta situación es denunciada reiteradamente por otrxs presxs que cuentan con mejores condiciones para escribir.

La desasistencia sanitaria es un mal endémico de las prisiones que agrava la situación de la gran cantidad de presxs que padecen, por ejemplo, enfermedades derivadas de portar el VIH (10% de la población reclusa total) o hepatitis C (40%), aumentando además los riesgos de contagio. En general, cualquier deficiencia de salud que unx padezca en la cárcel empeorará rápidamente. En los casos más graves, como las enfermedades hepáticas o el cáncer, propiciará una muerte prematura. Varios colectivos y asociaciones vienen denunciando estas muertes como «penas capitales» encubiertas. Además, se denuncia el abandono sanitario en general como una doble condena, más allá de la dictada en los juzgados. Es aún más sangrante cuando esta desasistencia es intencionada y persigue el objetivo de doblegar a lxs presxs con las voluntades más fuertes.

La denuncia por tortura y prevaricación presentada por el preso Honorio Gómez Alfaro «Pope» es un caso que habla por sí mismo. Esta denuncia fue asistida jurídicamente por la APDHA (Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía) y realizada contra los subdirectores generales de Tratamiento, Gestión y Sanidad Penitenciaria junto a los directores y subdirectores médicos de 7 cárceles. Fue admitida a trámite por un juzgado de Madrid y avalada por numerosos informes médicos y de prisión. Relata cómo Pope fue trasladado durante años (hasta en 8 ocasiones) cada vez que se acercaba el momento de la operación de alguna de las dolencias que padece: litiasis renal y enfermedad de Dupuytren en la mano derecha (agarrotamiento progresivo de los tendones). Este proceder vulnera la legislación penitenciaria vigente.

Como consecuencia directa, sufrió innecesariamente terribles dolores renales e infecciones durante más de una década, que estuvieron a punto de costarle la vida. Además, perdió dos dedos de la mano cuando fue finalmente operado después de años de espera.

La causa de su doble castigo ha sido su inquebrantable voluntad de denuncia de las injusticias que ha visto y padece en su encierro. Preso desde su adolescencia en reformatorios (más de la mitad de su vida), y con un perfil que corresponde al del 80% de lxs presxs (pobres y encarceladxs por robos, drogas y delitos contra la autoridad), durante todo este tiempo se ha fugado cuando ha podido y, sobre todo, no ha dejado de denunciar abusos. Se ha coordinado con otrxs presxs para realizar campañas de protesta desde dentro. Todo esto le ha valido, además del grave perjuicio de su salud, la calificación especial en el régimen FIES (Ficheros de Internos de Especial Seguimiento) y la intervención de sus comunicaciones orales y escritas por relacionarse con el exterior con «grupos de ideología anarquista y antisistema», según la propia Secretaría General de Instituciones Penitenciarias.

1 Iñaki Riera, profesor y responsable del Observatorio Penal y de Derechos Humanos de la Universidad de Barcelona.

Fuentes: puntodefuga.org y apdha.org (denuncia y entrevista a Pope)

Regreso al pasado

Mirando la historia

Pensábamos que no volverían esos tiempos grises en los que la voluntad de la mujer era una suerte de azar sujeto a la casualidad, al infortunio, a los buenos y malos contactos… Pensábamos…, pero el anteproyecto de ley de aborto que prepara el Ejecutivo nos ha recordado que el pretérito no es un tiempo lejano. Quisiera hacerles mirar atrás para que retengan en sus pupilas el camino que hemos construido, para que reconozcan lo que estamos a punto de perder.

La Unión Soviética fue el primer país del mundo que legalizó el aborto. Se reconoció el derecho de la mujer por distintas razones, entre ellas por salud de la gestante. Posteriormente, los países escandinavos liberalizaron el aborto en el decenio de 1930. Iniciativas legales que tendrían su traslación a Europa en la década de los 60; primero en Inglaterra y luego en la Europa Occidental.

Tal y como ocurre en estos momentos, el derecho al aborto en nuestro país ha estado siempre vinculado a las fluctuaciones ideológicas de los gobiernos y no a los avances científicos o al reconocimiento de los derechos de las mujeres, como ocurre en nuestro entorno. Así las cosas, el primer avance «ideológico» que se produjo en nuestro país data del 9 de enero de 1937, cuando en Cataluña se aprueba una de las normas más avanzadas de Europa al permitir el aborto libre hasta las doce semanas. En paralelo, la ministra de Sanidad —Federica Montseny, del gobierno republicano de Francisco Largo Caballero— idea un proyecto para regular la interrupción voluntaria del embarazo (IVE); sin embargo, su iniciativa quedó en suspenso por la oposición de la mayoría del Ejecutivo. Aun así, Montseny buscó la forma de aplicar el decreto catalán en las zonas republicanas, lo que demuestra la fuerte carga ideológica que siempre ha estado vinculada al aborto. El advenimiento de la dictadura franquista supone el fin de este derecho para las españolas, pasando a estar prohibido en toda circunstancia.

Durante la primera etapa de la dictadura, los abortos se practicaron en domicilios por personal no médico, en malas condiciones y sin medios. Estas penosas circunstancias trajeron consigo problemas de salud para las mujeres y muertes evitables. Situaciones que nunca enfrentaron las mujeres con recursos, ya que siempre pudieron viajar al extranjero o conseguir que algunos médicos las ingresaran con otro diagnóstico para realizarles unos abortos que negaban a mujeres menos pudientes.

Caminando hacia la democracia

A principios de los 70, la iniciativa de algunos sanitarios consigue relajar las costumbres morales de la dictadura. Los anticonceptivos, ilegales en España, atraviesan la frontera de la mano de profesionales que además empiezan a recetar la píldora por «supuestos» problemas hormonales. En esta línea, algunos médicos y sanitarios comenzaron a practicar abortos en sus consultas con la técnica que se venía usando en todo el mundo, el método Karman o aspiración. Una técnica que practicada por manos expertas y en condiciones higiénicas presentaba pocas complicaciones. Como contrapartida, estos «aventureros» tuvieron que soportar la inseguridad jurídica que ha perseguido a mujeres y profesionales; tal y como ocurrió en el caso de Los Naranjos en Sevilla en 1980[1].

En 1985, de la mano del PSOE, se aprobó la ley de despenalización parcial del aborto. Esta ley suscitó una enorme controversia porque era la apuesta ideológica de un partido presionado por una parte relevante de la sociedad española, pero no de toda ella. Y es que el peso ideológico del conservadurismo moral ha ralentizado cualquier avance en los derechos de las mujeres. Algunas de las mentes de nuestro país aún no habían transitado democráticamente en valores y en derechos, algunas siguen sin transitar, y esta realidad se hizo palpable no solo en las dificultades del trámite parlamentario, sino en el recurso de inconstitucionalidad del PP contra una norma que se aprobó disminuida en sus pretensiones.

El aborto quedó despenalizado en tres supuestos: violación, patología fetal y salud física y psíquica. Una despenalización insuficiente, pero que pudo ser un instrumento «útil» gracias a la generosa interpretación que los/as profesionales hicieron del concepto de «salud», entendida por la OMS no solo como la ausencia de enfermedades, sino como el bienestar físico, psíquico y social.

No obstante, el hecho de tener que delegar en un tercero la pertinencia del aborto, implicaba una gran inseguridad jurídica para el/la profesional y para la mujer. De hecho, se mantuvieron las persecuciones jurídicas, las inspecciones políticas… Hasta el punto de que fueron esas persecuciones las que precipitaron el cambio de la norma en el año 2010.

La situación actual

La actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo reconoce por primera vez en nuestro país el aborto como un derecho de la mujer, sujeto a su voluntariedad, en las 14 primeras semanas. De manera clara, se establece la dimensión sanitaria de este derecho y por vez primera se aporta seguridad jurídica. La mujer accede a este recurso de manera gratuita y no se olvida la norma de facilitar una salida a la patología fetal y materna, así como a la incompatibilidad vital o enfermedad muy grave e incurable más allá de la semana 22.

Cuando la mayoría de la sociedad española ha transitado por valores democráticos con respecto al aborto —el 80% de la población rechaza la ley Gallardón y el 68% de los votantes del PP cree que la mujer debe decidir—, el Ejecutivo se aferra a los valores más reaccionarios.

El anteproyecto despenaliza el aborto tan solo en dos supuestos: patología materna y violación, marginando incluso la patología fetal. Al tiempo, establece un periplo médico y legal de tal magnitud que en la práctica hace inviable el aborto ni tan siquiera por esas causas legales, quedando en ese periplo la intimidad de la mujer al descubierto, estigmatizándola frente a los otros.

Ese Gobierno construye esta norma al margen de una sociedad que, por el contrario, si consideran sus homólogos conservadores europeos quienes no cambian sus leyes de aborto por principios ideológicos.

Esta realidad con la que convivimos y que se esconde desde el Ejecutivo evidencia que el número de abortos ha descendido durante el año 2012 en un 5,1%, situando nuestra tasa en la media de la Europa Occidental (12 por mil) muy alejada de la tasa internacional (28 por mil).

La evidencia que niegan los populares muestra que la tasa de mortalidad por cada 100 000 abortos es del 0,6% cuando este se realiza de forma segura, si bien se eleva al 13% cuando el aborto es inseguro. Algo que podría ocurrir si el proyecto Gallardón es aprobado ya que las leyes restrictivas no disminuyen los abortos sino que aumentan las interrupciones inseguras y el éxodo abortivo.

También silencia el Ejecutivo que 3 de cada 4 menores de 16 y 17 años acuden al centro acompañadas de sus progenitores. La cuarta, la que acude sola, o está emancipada de hecho… o no puede contar con ellos por razones ideológicas, morales o por su integridad física.

Además de situarse de espaldas a todas esas «realidades», el PP apuesta con este proyecto de ley por la derogación de una normativa relativa a la contracepción y a la educación afectivo-sexual: únicas políticas eficaces para disminuir los embarazos no deseados.

A la vista de esta contraposición entre la realidad y la ideología, entre la historia y los valores políticos, nos resulta difícil creer que el PP quiera defender la libertad y la intimidad de la mujer. Difícil porque desde los presupuestos ideológicos que sustentan el proyecto nunca fue tan arriesgado defender a una mujer libre. Nunca tan fácil volver de la mano de una ley a los tiempos grises del principio.


[1] http://www.andalucesdiario.es/ciudadanxs/clinica-los-naranjos-heroicidad-abortada-nueve-meses/

Salud ambiental: ¿cómo nos afectan las sustancias químicas cotidianas?

La salud ambiental es una disciplina que comprende aquellos aspectos de la salud humana —incluida la calidad de vida y el bienestar social— que son determinados por factores ambientales físicos, químicos, biológicos, sociales y psicosociales. También se refiere a la teoría y práctica de evaluar, corregir, controlar y prevenir aquellos factores que afectan al medio ambiente y que suponen un riesgo para la salud de las personas. Cuando perdemos la salud ambiental, desarrollamos enfermedades ambientales que pueden ir desde alergias o asma hasta los Síndromes de Sensibilización Central, diabetes, infertilidad o incluso cáncer.

El riesgo químico cotidiano

En las últimas décadas, la producción de sustancias químicas aumenta vertiginosamente, llevándonos a convivir con más de 140000 compuestos tóxicos. Estos compuestos están presentes en casi todo lo que nos rodea, como los pesticidas usados en la agricultura, los aditivos y conservantes de la alimentación industrial, los productos cosméticos, los detergentes, el plástico, la ropa o los artículos de cocina, entre muchos otros. La producción industrial, junto con la cultura del consumo en masa, requiere que nos pongamos a pensar sobre cómo estas sustancias afectan a nuestra salud y si necesitamos afrontar ciertos riesgos.

Se trata de sustancias pensadas por la industria para hacernos la vida más cómoda, pero la comodidad no suele ser amiga de la salud y la prevención. Un dato importante es que, del total de la producción, se calcula que apenas el 1% ha pasado un control que evalúe el riesgo que supone para la salud humana, y aún así, son comercializados con escasa información.

¿Cómo afectan los productos químicos a nuestra salud?

Principalmente, nos contaminamos a través de la dieta, el aire, el agua y los tóxicos que se acumulan en los suelos. La mayoría de estas sustancias se almacenan en la grasa animal (en nuestros tejidos) y siguen siendo tóxicas durante décadas. Otras actúan como hormonas sintéticas (disruptores endocrinos) provocando graves problemas de salud, muy difusos en algunos casos, porque los resultados surgen al cabo del tiempo, incluso muchos años después. Afectan principalmente al sistema nervioso central (SNC) y al sistema inmunológico (nuestras defensas). El SNC queda sensibilizado y muestra diferentes problemas para funcionar y en diferente grado: por ejemplo, se siente más dolor, se notan mucho más los olores o los ruidos. La hiperactividad, el Parkinson o el Alzheimer también se han relacionado con la exposición a sustancias tóxicas, principalmente con los biocidas (que significa «matar la vida»).

Nuestro sistema inmunológico se ve afectado mediante la alteración de nuestras defensas y dejándonos, por tanto, más vulnerables a cualquier problema de salud. Mientras tanto, se calcula que el 98% de los cánceres tienen su origen en el uso y abuso de estas sustancias, tal vez, por cómo sortean nuestras defensas.

En España, entre un 0,5% y un 12% de personas han dejado de tolerar las sustancias tóxicas cotidianas, desarrollando graves problemas de salud que, además, en su mayoría no están reconocidos. La forma más habitual de intoxicación es en pequeñas dosis de mezclas que, de manera inadvertida, respiramos, comemos y bebemos. Recordemos que respiramos por toda la piel, no solo por la nariz, por lo que todos nuestros poros están continuamente absorbiendo el aire que nos rodea. Los compuestos tóxicos se acumulan formando lo que llamamos «carga tóxica»; cuando esta sobrepasa el límite aceptable para un ser vivo, empiezan a agravarse las enfermedades ambientales.

Se destaca el aumento de casos de Síndromes de Sensibilización Central (SSC): Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple, Electrohipersensibilidad, Fibromialgia o Síndrome de Fatiga Crónica/ Encefalomielitis Miálgica. Constituyen un problema de salud pública descrito como «epidemias desatendidas» ya que los síntomas son altamente invalidantes, muy diferentes en cada persona, y el diagnóstico es muy complejo. Requieren un gran conocimiento en salud ambiental que no está aún extendido en la salud pública española. Las personas afectadas sufren un gran impacto en sus vidas porque estos síndromes provocan no solo dolor físico sino también exclusión social al ser enfermedades muy incómodas para las industrias. Los casos más extremos de sensibilización electroquímica se conocen como «personas burbuja.

¿Cómo conservar la salud ambiental?

Las personas afectadas por el Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM) nos aportan una valiosa información para la prevención y la atención sanitaria. Sus experiencias nos demuestran que no necesitamos tantos productos químicos y, por eso, se recomienda la revisión y sustitución de los productos de limpieza, higiene, cosmética, etc., que utilizamos en nuestra vida cotidiana.

El tratamiento esencial que necesitan consiste en lo que llamamos «control o higiene ambiental». Se trata de sustituir los productos de consumo habituales por los que dan más garantías de salud, siguiendo un proceso de aprendizaje hacia una forma de consumo consciente. Principalmente, el paso a una dieta a base de productos ecológicos puede reducir nuestras cargas tóxicas hasta un 80% (somos lo que comemos).

En salud ambiental tratamos de aplicar el Principio de Precaución que consiste en que, ante una duda razonable sobre el riesgo de un producto, busquemos otro que nos dé más garantías. Este principio promueve la producción de artículos sustitutos innovadores, proporcionando igual comodidad con mayor protección y seguridad de las personas y el medio ambiente. Este cambio motiva la aparición de nuevos yacimientos de empleo que fomentan más justicia e igualdad social. Comprando a pequeños/as productores en lugar de financiar a multinacionales que no respetan la salud ambiental, facilitamos un cambio económico y social que favorece nuestra salud y la de nuestros/as vecinos/as.

Por ejemplo, en lugar de usar lejía (que es altamente tóxica e irritante), podemos fabricar nuestro propio jabón desinfectante con zumo de limón y una cucharada de bicarbonato. En los últimos años, además, se ha hecho mucho más asequible la compra de artículos ecológicos que protegen la salud ambiental.

Para facilitar el conocimiento y la prevención en salud ambiental y ecología práctica, la Red EcoSalud coopera para ofrecer conocimiento y formación. Visita nuestra web.

+ INFO en www.red.ecosalud.es

Nuevas soluciones frente al VIH: nuevos retos

En los treinta y dos años que llevamos conviviendo con el virus de la inmunodeficiencia humana o VIH, virus causante del sida en la etapa final del proceso infeccioso, la atención médica y el desarrollo de fármacos son los aspectos que más han evolucionado. Esto ha permitido que hoy en día pocas personas seropositivas en seguimiento médico especializado y tratamiento mueran a causa de la infección por VIH, así como que su esperanza de vida aumente y sea muy cercana a la de la población general. Sin embargo, la realidad es diferente para aquellas personas en situación de exclusión social (personas sin techo, personas indocumentadas, personas con problemas de adicciones sin supervisión) en las que las cifras de muertes anuales se sitúan en un número no desdeñable, lo que nos debería hacer sonrojar como sociedad por nuestro fracaso. Muy pronto, después de los primeros casos de sida a inicios de la década de los ochenta, los médicos y epidemiólogos dejaron claras las vías de transmisión del VIH y, por tanto, las medidas preventivas para evitar la transmisión de la infección. Sin embargo, en España —al igual que en el resto del mundo occidental— los nuevos diagnósticos de infección por VIH se han mantenido estables año tras año en la última década, afectando especialmente a ciertos grupos de población considerados más vulnerables (hombres que tienen sexo con hombres, jóvenes y personas inmigrantes, entre otros).   Actualmente, la comunidad científica tiene claro que la combinación de estrategias es la mejor apuesta para reducir el número de nuevas infecciones. Entre ellas destacan la educación en salud sexual y en prevención, el uso del preservativo y el diagnóstico precoz, el seguimiento médico y el tratamiento de las personas afectadas. A pesar de que las vías de transmisión de la infección por VIH están bien definidas, esta información no llega de manera efectiva a todos los sectores de la población. Nuestra experiencia resolviendo las dudas y preguntas de los/las usuarios/as en un centro comunitario nos recuerda enormemente a los interrogantes de hace treinta años. La evaluación del riesgo de transmisión del VIH en cada una de las prácticas sexuales no es habitual, simplemente porque es una información desconocida para la mayoría. Si no se puede evaluar el riesgo de una práctica sexual tampoco se pueden asumir los riesgos que esta conlleva, ni las responsabilidades derivadas. Por otro lado, la promoción del uso del preservativo como apuesta única frente a la epidemia del VIH ha demostrado no ser totalmente efectiva, o al menos en la medida en que se esperaba. Eso sí, los investigadores tienen claro que si no se utilizara el preservativo con la frecuencia con la que se ha hecho hasta ahora, las consecuencias en el número de nuevas infecciones y en la magnitud del problema sanitario serían nefastas. Si bien las campañas de información —desde el «Si da. No da» de 1989, pasando por el «Póntelo, pónselo» de 1990, o el más reciente «Yo pongo condón» de 2008— no han conseguido disminuir como sería deseable el número de nuevas transmisiones, nuevos y mayores esfuerzos han de realizarse para hacer llegar la información de manera efectiva a la ciudadanía. La actual ausencia de educación en salud sexual en los itinerarios educativos limita la correcta información de los jóvenes al inicio de su edad sexual activa. Además, los recortes económicos también han llegado a las entidades no gubernamentales, quienes —en ausencia de servicios de la administración— llevan asumiendo desde hace años la atención e información a personas en situación de mayor vulnerabilidad frente a la infección por VIH. En 2012, los presupuestos estatales redujeron en un 75 % las ayudas destinadas a entidades sin ánimo de lucro en su convocatoria del Plan Nacional del Sida. Pero además de continuar en este entorno hostil con el desarrollo de ideas e iniciativas que hagan llegar la información y convenzan de los beneficios del uso del preservativo, también hemos de incorporar nuevas estrategias, entre ellas el diagnóstico precoz, el seguimiento médico y el tratamiento de las personas afectadas. Se cree que una de cada tres personas que vive con VIH no sabe que lo tiene. Este desconocimiento no solo tiene consecuencias para la salud de la persona afectada, sino que además facilita y perpetúa las nuevas transmisiones. Recientemente se ha demostrado que personas con VIH en seguimiento médico y tratamiento tienen muchas menos posibilidades de trasmitir la infección. Esto es así porque la medicación reduce las cantidades del virus en los fluidos infectivos de la persona afectada, a niveles prácticamente indetectables, manteniendo al VIH en un estado de letargo en el que tiene muy difícil generar una nueva infección. Pero todo diagnóstico pasa previamente por una prueba. En España, la prueba del VIH es gratuita y confidencial en el sistema público de salud, y además rápida y anónima en centros comunitarios y ONG. Pese a ello, la prueba del VIH no es una práctica tan habitual como aconsejan investigadores y expertos en salud pública. ¿Quién sabe dónde y cómo hacerse una prueba de VIH? ¿Qué médico o ginecólogo en nuestra visita nos ha propuesto hacernos la prueba? ¿Por qué es bueno que me haga una prueba de VIH? Para aquellas personas con resultado positivo, es decir, que tienen VIH, el seguimiento médico y la medicación antirretroviral está incluida en la cartera básica de servicios del sistema de salud español. Medidas tomadas en la época de crisis actual, como es el caso del Real Decreto 16/2012 que excluye de la asistencia sanitaria a personas inmigrantes en situación irregular, hacen flaco favor a la salud pública y a las estrategias de tratamiento como prevención, sin olvidar la vulneración de los derechos humanos que suponen. Pero, independientemente de las decisiones políticas que hacen oídos sordos a las opiniones e informes de científicos expertos, hay una causa que fundamenta, al menos en parte, el fracaso de todas las medidas aplicadas hasta ahora, y que asimismo pone en juego el potencial de las nuevas estrategias. El VIH/sida y las personas afectadas por él siguen siendo víctimas de un estigma y discriminación que poco ha variado desde los primeros casos en los años ochenta. Este fenómeno nos impide acercarnos a una información fiable y de utilidad, así como superar las barreras infranqueables que nos separan de tratar el tema con naturalidad en familia, en pareja o con amigos, con nuestro médico habitual, o incluso nos aleja de hacernos la prueba. Todo ello por no hablar de las consecuencias que genera en las personas seropositivas y su entorno social. Y este cambio de mentalidad sí que está en nuestra mano, o mejor dicho, esperemos que ocurra en nuestra cabeza. www.adharasevilla.orgwww.porunageneracionsinvih.com

Ecología de los Cuerpos