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Ecología de los Cuerpos

Sí, definitivamente me atrevo, en mi primera línea, a afirmar que el automaltrato está de moda. ¡Ea! Después de darle vueltas y más vueltas a cómo enfocar la idea, desde dónde, de dónde viene y cómo se sostiene, mejor lo suelto ya, me quedo tranquila y así brotan ideas, acuerdos y desacuerdos en vuestras cabezas. Sí, sí, eso he dicho: tratarse mal a una misma. Autoexplotarse, autoagredirse, traspasar los límites físicos, emocionales y mentales. Todo esto es socialmente guay.

Pero ¿cómo puede ser? No, no, me debo estar equivocando. Los libros de autoayuda no paran de venderse, ¡si a Coelho le va muy bien! Las redes sociales están llenas de frases bonitas con fondos maravillosos, mensajes de apoyo, videos inspiradores, influencers, youtubers. ¡Si hay de todo para el autocuidado! Comida sana, movimiento sano, salud espiritual, meditación… Y, además, ¡tienen miles de seguidores! Debo estar equivocada.

Contextualizo un poco de dónde vengo y a dónde voy. Estudié medicina, me interesaba mucho la salud, pensé que era la elección correcta. Ciencias de la Salud. Estudiamos anatomía, fisiología, un poco de física, biología, bioquímica. Y de ahí nos metimos de lleno en patologías: enfermedades, diagnósticos y tratamientos. Guantes, batas, mascarillas, agujas, fármacos, bisturíes, gasas, pacientes. Mucho tiempo sentada, estudiando. Seis años. Juramos a Hipócrates y por fin terminamos. ¿Y la salud?

Como no me di por satisfecha empecé a investigar. Qué es, qué significa y si podemos hacer algo para preservar la salud: ¿es solo física?, ¿mental?, ¿emocional?, ¿es individual o colectiva?, ¿es igual para todas según país, genero, clase social?, ¿es un valor en nuestra vida?, ¿es un valor social?

Casi todos mis pasos, además de a las definiciones y largas teorías de determinantes de salud de la OMS, me llevaron a las medicinas tradicionales. Hipócrates, Galeno, los denominados padres de nuestra medicina en occidente. La ayurveda y la medicina tradicional china, las importantes y antiguas medicinas de oriente. Las mal arrojadas al gran saco de las medicinas alternativas, colocando muchos años de observación, estudio y práctica, a la altura de la brujería.

Para mi sorpresa, y teniendo en cuenta las particularidades de cada una, todas coinciden en la base: alimentación, actividad física, fitoterapia, higiene e incluso emociones saludables. Equilibrio natural. «Que el alimento sea tu medicina», nos resume Hipócrates, no hay que ser muy lumbreras para saber por dónde iban los tiros. Recomendación impresa a modo de homenaje en infinidad de textos médicos. Impresa una y otra vez, hasta el aburrimiento, hasta el olvido. Y tuvieron que venir los de los yogures a recordarnos aquello de «mens sana in corpore sano», expresión satírica que usaban los romanos para reírse de los griegos. Pues yo no le veo la gracia, ¿de que se ríen?, ¿qué tiene que ver eso conmigo o con mi cuerpo?

Llegamos a casa después de un día difícil, necesitamos despresurizar, rebajar el estrés. Decidimos mimarnos un poco, relajarnos del mundo. Dejamos la sesión de deporte para otro momento, abrimos la nevera y nos regalamos todos los caprichos y guarradas que encontramos, nos servimos un vino, nos sentamos en el sofá y engullimos cualquier serie que nos ayude a evadirnos. Suspiro. Esto es vida. Cuánto esfuerzo invertido en la infancia para hacer entender lo bueno de los límites, enseñar los cuidados y, justo después, la recompensa en forma de huevo de chocolate, chucherías, kilos de azúcar. ¿No es contradictorio? No relacionamos los cumpleaños, ni las celebraciones con ningún tipo con comida sana, con espacios de cuidados, más bien con bacanales de excesos y de lo prohibido. Esta idea me persigue.

No pretendo, ni por asomo, hacer de esta reflexión un castigo hacia los descuidos puntuales, hacia los placeres de la vida o hacia las pequeñas transgresiones, tan necesarias en algunos momentos. Ser rígidas, pretender ser perfectas y vivir para cumplir expectativas no son para nada los objetivos de lo que intento expresar. Sí resaltar lo llamativo de que nuestras listas de autoregalos no estén a rebosar de autocuidados. Esos cuidados de los que tanto hablamos y revindicamos, los que están minusvalorados socialmente, ocultos y no remunerados. Los que sostienen la vida y, en lo que aquí me atañe, la salud.

Reímos los atracones, las borracheras, las resacas en las que el cuerpo grita los excesos. Protector de estómago, ibuprofeno. Las jornadas extenuantes nos alimentan el ego, café. Estar siempre disponibles socialmente, vitaminas/zumo verde, más café. No es por ser una radical defensora del autocuidado y sí, claro, «de algo hay que morir». «No te fíes de la gente que no bebe», «¡cómete un puchero!», «eso es lo que se ha hecho toda la vida». Pero ¿en algún momento vamos a dejar de idealizar el maltrato? Comida sana: aburrida; acostarse pronto: aburrido; cuidar el espacio y el descanso: muermo total. Creo que empiezo a entender de qué se reían los romanos. De los cuidados.

Y es que la medicina científica brilla. Avances astronómicos como los antibióticos, la analgesia, las cirugías o las vacunas, nos deslumbran, nos solucionan fácilmente lo complejo de nuestros cuerpos. Soluciones rápidas a lo que cultivamos lentamente. La punta del iceberg, en términos feministas. Cualquier cosa con tal de seguir consumiendo actividades, relaciones, de seguir los ritmos frenéticos incompatibles con la vida. Lo que sea con tal de no parar, descansar de verdad y dedicarnos cuidados. ¿Para qué parar si puedo poner un parche y seguir adelante? ¿Preferimos morir de hedonismo o simplemente nos sentimos inmortales y protegidos por el dispensario de la farmacia?

Colocar al médico más influyente de nuestra historia dentro del saco de las alternativas, ponerlo a la altura de Rappel (sin ánimo de ofender a sus seguidores) puede haber tenido sus consecuencias. Nos convencimos de que, hagamos lo que hagamos con nuestro cuerpo, con nuestro mundo, nada importa. Estamos seguras de poder encontrar una cura rápida, otro parche para seguir adelante. Nos sentimos todopoderosas. Y mira que estoy evitando hablar de la pandemia, pero todos los caminos llegan justo a Roma, donde ya reíamos los cuidados. O quizás siempre fue así y aprendimos a convivir con una mal tratadora interna con la que nos peleamos, nos reconciliamos y, a veces, la ponemos de moda y nos emborrachamos con ella.

Ansío aquelarres de buentrato. Propongo al autocuidado como arma de reivindicación masiva.

Por

Paloma Rodríguez Baleato

Médica y feminista en constante búsqueda, también salubrista vocacional

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