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Escribir desde la herida: hacia el cuerpo-casa

Un tío me dijo que* es un fanzine autogestionado que nace de las vivencias concretas de tres amigas de diferentes geografías y padeceres, que deciden compartirse y acompañarse en los dolores. Rosa, Raquel y Cristina escriben aquí sobre lo que ese proceso y el fanzine que resulta del mismo ha significado.

CUERPO VIOLENTADO

Ser asignada niña al nacer y que esa asignación coincida con crecer en una familia de clase obrera desestructurada, significa dejar de ser niña muy pronto. Por lo general, los grupos oprimidos siempre parecen madurar más rápido que el grupo de opresores, teniendo siempre en cuenta que estas categorías no son estancas ni excluyentes entre sí. Seguramente, la herida que genera el sobresfuerzo de adaptarse y de seguir adelante a pesar de todo sea una parte fundamental de este fenómeno. En definitiva, lo que nos decían nuestras madres, tías y abuelas cuando llegábamos a la preadolescencia siempre fue una verdad dolorosa: las niñas maduramos más rápido.

A algunas, la violencia sexual hacia nuestros cuerpos nos llega mucho antes de la adolescencia. A la mayoría, esta violencia les llega cuando su cuerpo comienza a desarrollarse. No hay donde esconderse. Sea como sea, tu cuerpo es violentado de una u otra manera. Los hombres adultos empiezan a señalar lo madura que eres para tu edad y, evidentemente, te lo crees, porque llevan toda la vida diciéndotelo y porque, seguramente, en el fondo sea verdad. Y, si no es verdad, lo intentas; intentas ser una mujer.

Lo curioso es que, después de pasarnos la primera veintena de nuestras vidas siendo aduladas por nuestra madurez, cuando realmente la alcanzamos, nos dicen que eso no les interesa; que tu pubis tiene que ser lampiño, que tienes que ser delgada, pequeñita, reírte mucho con todo… En definitiva, ser una niña.

Cuando somos adultas quieren devolvernos a esa etapa vital que nos robaron, así nos enfrentan al trauma una y otra vez. La herida nunca se cierra.

CUERPO RECHAZADO

La vivencia de mi cuerpo durante gran parte de mi vida ha sido la del cuerpo rechazado, la del cuerpo desmembrado, la del cuerpo proyectado hacia el futuro.

Hace un tiempo, encontré entre mis diarios del instituto una lista con las partes de mi cuerpo
que no me gustaban. Se titulaba «Partes de mi cuerpo que cambiaría si me concedieran un deseo o tuviese dinero». Allí aparecían desde mis dedos de los pies (por deformes), pasando por mis piernas (por combadas) y mi barriga (por existente), hasta llegar al pelo (por encrespado). Mis carnes eran algo que se interponía entre mi yo pensante y mi cuerpo.

En aquella época adolescente, el sistema cisheteronormativo decidió que tengo cara, espalda y pies de tío y que esto, a su vez, son rasgos poco deseables en tanto que a) los rasgos «masculinos» y «femeninos» no deben confluir en un mismo cuerpo; b) una mujer menos mujer es más hombre —es leída como traidora de la feminidad— y a los onvres no le gustan los hombres porque eso les haría menos hombres —y ya sabemos todes que no queremos mariconadas—; c) entender las identidades en términos binarios supone la hegemonía de la masculinidad y la feminidad como roles estáticos, predeterminados según qué cuerpos. Salirse de esos moldes conlleva el rechazo.

Aún hoy me cuesta verme en vídeo o reflejada en los espejos. Cuando controlo la mirada me siento menos ajena. De ahí, me digo, el selfie como mecanismo compensatorio, ya que se impone mi mirada a las suyas, pero también como refuerzo del cuerpo en sombra o las partes que oculto: «mi barriga no existe si no la toco mucho y no sale en mis fotos, tumbada bocarriba no tengo barriga, después de la regla y por la mañana no tengo barriga, no tendré barriga dentro de tres meses porque…».

CUERPO FRAGMENTADO

Hablo desde el cuerpo fragmentado y lo reconozco como tal porque son sus partes, por separado, las que han construido mi autoestima y mis complejos. Desde sus muchas miradas que nunca son la mía, mi cuerpo desmembrado de piezas no intercambiables
se ha ido edificando en el binarismo, sus exclusiones, aquello que «está bien» y aquello que «está mal»: mis ojos son bonitos pero mis cejas desagradan por peludas, mis dientes sonríen lindo pero mi labio superior es demasiado fino; mis tetas son bonitas o escasas, según quien las haya valorado. Mis caderas son prominentes y ante eso no hay discusión, aunque a veces eso es bueno porque con ellas soy una mujerona. Ante mis piernas las lecturas son varias: tengo piernazas, largas, sexis, o bien mis muslos rozantes son demasiado flácidos, demasiado carnosos. Mi cuerpo troceado según se ajuste a su mirada masculina cisheteronormativa. Cuerpo nunca perfecto, siempre atento a la exigencia:

No puedo asumir que mi barriga existe

que ocupa un lugar

que su tamaño su forma y su tacto

no responden a cuestiones coyunturales

Cuerpo que no se reconoce / cuerpo vulnerado. Las huellas, las marcas: aquello con lo que convivimos y que también forma parte de nuestra fragmentación. El cuerpo como soporte: aprender a cohabitarnos, reconstruirnos. Tomar mi barriga entre las manos, acariciar su redondez, decirle aquí eres y estás bien así. Mirarme yo y reconocerme siendo aquí, estando bien así.

CUERPO RECONCILIADO

En este fanzine se han recogido testimonios de las personas que siguen la cuenta de Instagram @untiomedijoquefanzine para dejar constancia de que las heridas son de todes. 

De estas verdades anónimas nace un cuerpo lleno de cicatrices y asimetrías, un cuerpo que a veces es cárcel porque recuerda a la violencia y al rechazo. Ante esta extensión de carne incomprensible por ajena, por desagradable, parece que lo sensato es fragmentar y huir; sin embargo, de este cuerpo-collage creamos el collage-del-cuerpo al que llamamos cuerpo reconciliao. Pongo los pedazos sobre el suelo (el cadáver diseccionado ante mí) y dibujo una silueta que quiero que sea de mi cuerpo entero. Voy ensamblando, de a poquito, las piezas que me soy. Mi lucha es la de habitar el cuerpo propio; la de vivir de cuerpo presente. Nuestra lucha es la de construir un cuerpo conjunto que sea casa para todes.

* Empleamos el concepto tío de forma satírica, queriendo englobar en él algunas de las categorías de opresión que habitualmente confluyen en los sujetos partícipes de ellas: la cisheteronormatividad, la blanquitud (entendida como sistema de dominación), la clase social, el género. No quiere decir esto que todas las opresiones provengan de los tíos ni que en este concepto quepan todas relaciones sociales de opresión o dominación.

Por

Cristina Arrojo, Rosa Olagüe 
y Raquel Silva

Autoras del fanzine Un tío me dijo que