Ilustra Cynthia Veneno

Esas buenas madres

A las tres semanas de parir me miré al espejo y me dije: «Bien, mi culo sigue tan esplendoroso como siempre. En su sitio, soberbio y rotundo como siempre ha sido. No hay de qué preocuparse». Pero ese es tan solo uno de tantos espejismos por los que atraviesa una mujer parturienta. Aun pasado el año, un cuerpo que ha parido sufre los estragos de muchos meneos de todo tipo. Desde hemorroides hasta una piel que se ha multiplicado por diez y ha vuelto a un lugar nuevo tras meses y meses de estirarse. Tus órganos tratan de bajar a la ubicación que tenían antes porque, que una a los ocho meses cuando le suenan las tripas las escuche casi en la garganta es cosa seria. Y lo de volver a su lugar de origen se convierte en una utopía que supone que tu suelo pélvico ande medio loco confundiendo la vejiga con el útero.

Pero hay otros traumas y para esos sí que no hay talleres de pilates ni de recuperación postparto. Y en eso creo que radica el meollo del impacto negativo de la maternidad para una mujer feminista. Todo lo que viene antes y después de haber parido llena de amor, sangre, flujos, respiraciones y muchos dolores, a un trocito de carne que huele a borbotones de felicidad. Esa es la cuestión a digerir, analizar y tratar de acomodar dentro de la mujer que eras, antes de todo ese proceso de abrirte en canal literalmente.
Y la feminista que hay en ti se empieza a preguntar cosas tan básicas como por qué yo tengo que hacer y decidirlo absolutamente todo si mi cuerpo aún está lleno de líquidos y de hemorragias. Por qué tengo que ir al registro civil a los dos días de parir y con los puntos aún puestos y la contractura que me dejó coja el último mes y que aún persiste. Por qué el sistema te exige que a los tres días tramites la tarjeta sanitaria de tu niño para que puedan hacerle la prueba del talón, que es fundamental por si tiene no sé qué problema grave genético.

Por qué no vienen a tu casa y se la hacen, que yo estoy jodida, muy jodida tratando de acoplar el ritmo de succión de mi hijo con mi pecho derecho, que es el único que de momento parece que sintoniza con su posición más idónea de mamar. Por qué me tengo que adaptar al sistema sanitario y no es al contrario, y esa adaptación me provoca un retraso evidente en mi recuperación. Un sinsentido patriarcal que no pone a la madre en el centro. Ella es la diosa que ha alumbrado una vida nueva, y ella debe ser el sujeto político protagonista en ese momento. Y lo peor es que todo va a una velocidad que te deja indefensa para rebelarte y decir BASTA.
Está el chantaje hacia la mujer, y solo la mujer, de que si te saltas algún paso pones en riesgo a un feto que no es tuyo. ¿Cómo que no es mío? Es mi cuerpo y yo decido. Para abortar y para tenerlo, y para cuidarlo, y para hacer lo que me salga del coño. ¿No era eso lo que yo pensaba? Pues no, al final cual obediente alumna de un colegio de monjas sigo la fila porque tengo otra vida dentro y no quiero perjudicarla y, además, si he entrado en el circuito médico y administrativo establecido ya no hay vuelta atrás. Estás vendida. Como ese día, de mi segunda ecografía, en el que una doctora no solo no me preguntó si quería saber o no el sexo de mi bebe, sino que me lo zampó antes de tiempo y, a continuación no sé por qué cuestión, de repente, soltó un alegato contra las mujeres que abortan, que cómo pueden hacer semejante barbaridad. Estuve a punto de levantarme y mandarla al carajo, cosa que en otras circunstancias habría hecho pero que ahora suponía que el protocolo de la Seguridad Social me dejaría sin segunda ecografía.

Así que ya embarazada empiezas a digerir uno de los mayores traumas que luego tendrás que decodificar si no quieres perder toda dignidad feminista. Tú ya no eres tú sola y a partir de ahora tienes pegado a ti a otro ser que te asienta y te ancla en no se sabe qué prudencia. ¿Cómo? ¿Cuándo he comprado este discurso obsceno de que todo el mundo decide por mí menos yo en algo tan trascendente como tener un hijo? El sistema y sus mecanismos son muy hábiles para generarte un sentimiento de culpa y obligación permanente. Luego viene el consuelo de que cuando tengas a tu cachorro en tus brazos retomarás el control y volverás a ser tú misma y, no solo eso, sino con más poder, el de la vida. Ingenua de ti.

A estas alturas tu culo ha dejado de ser el mismo, tu conciencia está muy atribulada y empiezas a cargar fardos que no son tuyos porque ya eres madre y eres responsable de otra personita. Y aquí me paro para hablar de un tema tabú que casi ninguna mujer quiere mencionar porque es muy íntimo, y porque el sistema se ha encargado muy eficazmente de inculcarnos que tenemos que callarnos y no provocar incomodidad ni vergüenza a nadie, y menos a tu pareja. El tema sexual y el de la relación de pareja.
Hay un porcentaje considerable de parejas progresistas que acaban convertidas en compañeros de crianza y nada más, y en muchos casos mal avenidos. Las mujeres terminamos decepcionadas al tener que entrar en la senda de la desigualdad, una vez más por el bien de la criatura, y hacer y organizar prácticamente todo lo relacionado con esa crianza. Y aparte de miles de tareas nuevas más o menos compartidas, se trata de la organización mental de todo lo que te ocupa el noventa por cierto de tu cerebro, y es agotador. En esa vorágine empiezas a sentir que la vida sexual pasa a un cuarto plano. Si lo hablas con alguien te ventilan la cuestión, con un «ah, eso es muy normal, mujer».
Me parece preocupante pero, por otro lado, ando demasiado ocupada tratando de conciliar la vuelta a un mínimo de vida profesional. Si te esperas a volver cuando a ti te parece oportuno, se olvidan de tí.  Pero si vuelves antes no es compatible con mi ideario de criar a mi hijo como yo quiero, pasando mucho tiempo con él y no dejando sus primeros meses de vida aparcados en manos ajenas. Es complicadísimo.

Esos malabares también son cosa de las mujeres mayoritariamente. Y aquí viene otro gran trauma. La conciliación es una absoluta MENTIRA. Es una mentira muy cruel porque te deja desasistida en tu mayor necesidad, la de seguir siendo una mujer libre e independiente.

Hay tantísimo que contar. La maternidad en su lado más crudo sigue sin estar en el debate social. El imaginario de la madre perfecta y pura sigue siendo un relato perverso y muy conveniente. Pido a El Topo ya una segunda parte. Y una tercera.

A todo esto, mi hijo es la personita que huele mejor y que más quiero del mundo. Llevo enamorada once meses.

Por

María Limón

Comunicadora social, feminista y activista

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