nº55 | mi cuerpo es mío

Conversaciones transformadoras

Los seres humanos, ¿somos violentos por naturaleza y por lo tanto necesitamos de gobiernos que nos protejan a unos de otros? ¿O somos seres cooperativos que disfrutan de cuidar de todo ser vivo?

Imagínate que vas por la calle y alguien grita: ¿te paras o sigues caminando como si nada? O si una persona mayor se cae, ¿la ayudas o pasas de largo? El relato de que somos auténticas bestias las unas para las otras, es una de la posibles narrativas sobre las que podemos apoyar nuestra forma de ver el mundo. Aunque no es la única.

Ha habido todo tipo de discursos en torno a un punto de vista y el otro. Aunque, principalmente, han predominado o perdurado los discursos que defienden la primera opción. De hecho, toda nuestra sociedad se apoya en esa visión del ser humano, que defiende que necesitamos de estructuras que nos protejan a unes de otres. Vemos este argumento reflejado en los medios de comunicación masivos, en el sistema educativo y muchas otras instituciones que influyen en nuestra socialización. Y, de esta forma, se crea un círculo que se retroalimenta y que hace perdurar esta narrativa del mundo.

Os recomiendo leer el libro Dignos de ser humanos, escrito por Rutger Bregman, donde propone repensar la historia a partir de la evidencia de que el ser humano tiende más a cooperar que a competir, a confiar que a desconfiar.

El lenguaje, las palabras, nos ayudan a crear el relato sobre el que fundamentamos nuestras acciones como individuos y como sociedad. Este relato influye sobre la manera en que vivimos o nos relacionamos y en cómo construimos un mundo que puede ser inclusivo, respetuoso, colaborativo y, sobre todo, un lugar seguro. O, por el contrario, un lugar peligroso, excluyente, competitivo y, sobre todo, un lugar donde no sepamos por dónde nos va a caer la violencia, sea activa o pasiva (especialmente para determinados colectivos).

A lo largo de nuestra historia ha habido muchas experiencias que han dado valor a nuestra capacidad de convivir y resolver conflictos de forma creativa y colaborativa. También existen muchas estrategias y herramientas para ayudarnos a crear contextos de confianza. Y yo, hoy, os quiero hablar de una de ellas: la comunicación no-violenta (CNV).

No es necesario ir muy lejos, solo pararnos a recordar un día cualquiera de nuestra vida: aquella mirada que se cruzó con la panadera; el placer de ayudar a subir a alguien al autobús; cuidar de la hija de una amiga cuando lo necesita… muchas veces, a lo largo de nuestro día a día, estamos en un flujo de dar y recibir, que nos genera placer. Si hiciéramos balance de situaciones, es posible que sea positivo, con una mayoría de situaciones en las que disfrutamos de la conexión con otras personas. La CNV se apoya en esta visión: el placer que sentimos cuando podemos cooperar y conectar con otras personas.

En esencia estamos más cerca de la no violencia. Aunque también haya momentos en los que nos ponemos a hablar y las cosas no van nada fluidas. Decimos algo y la respuesta que recibimos es diferente a la que esperamos o deseamos.

Hemos interiorizado una forma de comunicarnos que reproduce el discurso dominante: con juicios, amenazas de castigo, comparaciones, exigencias hacia una misma o hacia las demás, culpabilizando y eludiendo la responsabilidad de nuestras acciones… Es una forma de comunicarnos que limita nuestra libertad y la posibilidad de mostrarnos, ya que nos encasilla o nos coloca por encima o por debajo del resto de personas. Y ninguna de estas opciones nos deja el espacio para poder hablar de nuestra experiencia interna, personal y subjetiva.

Quizás te suene alguna de estas fórmulas: «Tengo que […]», «Yo no tengo la culpa de […]», «Si no haces […] tendré que […]», «Eres una…», «Soy demasiado […]», «[…] lo hace mejor que yo», etcétera. Desde el enfoque de la CNV, aparte de si hablar así está bien o está mal, se trata de si este tipo de lenguaje nos permite vernos y expresarnos desde nuestra experiencia interna. Hablar sobre lo que estamos viviendo, dando la posibilidad a que se cree una comunicación que potencie la conexión y la comprensión mutua.

Pueden surgir dudas sobre la posibilidad de mostrar nuestra experiencia interna en entornos que transcienden el espacio íntimo, de confianza. Porque esta es otra de las creencias que hemos interiorizado en nuestra cultura: mostrarnos emocionales, hablar de nuestra experiencia interior, expresarnos a partir de nuestra humanidad, etc., son signos de debilidad, inestabilidad, de ser «demasiado emocionales». A veces tengo el pensamiento de que he interiorizado la creencia de que ser humana es poco fiable.

La CNV plantea hacer un cambio de paradigma, un cambio en la forma de mirarnos entre los seres vivos y un cambio de consciencia sobre nuestra comunicación. El paso desde una comunicación desconectada de la vida a una comunicación que pone el foco en lo que hay vivo en cada una de nosotras.

Para ello, Marshall Rosenberg, creador de la CNV, desarrolló una herramienta que puede ayudarnos a traer consciencia a nuestra forma de comunicación y a hacer los pasos para construir un lenguaje que ponga el foco en las personas. Poder abrir conversaciones significativas para todas las partes, donde todas estemos presentes, reconocidas.

Y tú ¿qué piensas?: ¿Es lo mismo decir a alguien «¿otra vez has perdido las llaves?, ¡eres un desastre!», a decir «has perdido las llaves de casa dos veces esta semana y me resulta difícil cubrir este gasto extra, necesito cuidar de nuestra economía mientras no encuentro un nuevo trabajo»? ¿Cuál de estas dos formas de expresarse crees que puede dar pie a una conversación donde las dos personas se tengan en cuenta y puedan expresar lo que les está ocurriendo? Y, a partir de ahí, buscar una estrategia que pueda tener en cuenta a las dos.

Como dijo Humberto Mataran, «cambiemos nuestras conversaciones y cambiará nuestra vida». Y yo añado: conversar puede llegar a ser revolucionario, puede cambiar el mundo.

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