MATERIA OSCURA

Decidí que era mejor gritar.

El silencio es el verdadero crimen contra la humanidad.

Nadezhda Mandelstam

No hay nada más paradójico que poner palabras al silencio. Y no me refiero a un silencio de corchea, no me refiero al silencio metafórico que buscamos cuando nos alejamos del mundanal ruido; al vacuo silencio interior que obtenemos con la meditación, o al inalterable silencio administrativo, principalmente negativo, casi siempre muy a nuestro pesar. No, no me refiero a ninguna de estas acepciones menores del silencio con mayúsculas, ese silencio abismal, más antiguo que las palabras; inmenso e inabarcable con la simple mirada de quien quiere pasar página; destructivo y masivo, siempre a punto de explotar, si no fuera por nuestra incapacidad, nuestro miedo a parar y a parar de callar. Un miedo justificado, pues hablar tiene terribles consecuencias.                    

Me refiero al silencio anestésico de lo que se calla, en el que nos movemos como pez en el agua. Un silencio que va desde lo micro de nuestras almohadas, hasta lo macro de la inexplicable e inevitable humanidad. Un silencio cómplice que ocupa cada milímetro cuadrado de nuestra vida, cada rincón de nuestro pensamiento y que es directamente proporcional al subconsciente, que nada tiene que envidiar en tamaño y complejidad a la maldita realidad. Un silencio sinestésico y colmado, que sabe a fosa común, a desinformación y a manipulación mediática, que huele a periodistas y activistas asesinados, encarcelados, extraditados a lo largo del mundo. Un silencio por omisión, que ha sacado del relato oficial a tantas semillas que hoy nadie recuerda en todos los ámbitos de la vida; mientras, conmemoramos productos transgénicos cuya gloria existe gracias al silencio. Un silencio sideral que es como el manto negro que cubre el universo, cuyas estrellas parpadeantes no son más que poros supurantes de infección. Un silencio, el silencio, la piedra angular de nuestra historia, la materia oscura que nos impide vernos tal y como somos y mirar más allá.

Ni se dice, ni se comenta

Llevo un par de semanas dándole vueltas al tema de esta columnita. Se supone que debería tratar de algún asunto de candente actualidad que, resumido en una opinión de cola del médico, traiga a mi cabeza un par de reflexiones, con más o menos enjundia, para poderlas desarrollar en estos párrafos. Pero llega el día de la entrega y yo sigo con el documento en blanco. Y os juro que me he esforzado.

No debería ser tan difícil en un barrio tan animado como el mío. Debe de ser cuestión de bajar a la frutería o agarrar el metro y poner oído, me he dicho un par de veces. Pero, mi gozo en un pozo (maravillosa expresión que usamos mucho menos de lo que deberíamos): me he recorrido la línea roja arriba y abajo y solo escucho la voz metálica del altavoz avisando de la propera parada. Sé que lo que voy a decir está ya muy machacado, que no soy nada original, pero qué aburrimiento cuando a tu alrededor todo el mundo va mirando la pantalla del teléfono.

Siempre escucho decir a las escritoras de moda que para escribir hay que escuchar; que lo mejor es montarte en el autobús o sentarte con un café y poner oído a las conversaciones ajenas. Robar ideas, expresiones para tus diálogos, o rasgos que hagan más creíble a tu personaje. Pero qué queréis que os diga, yo salgo a la calle y solo escucho los coches, el grito de algún niñx (menos mal) y los aviones que pasan bajo. ¿Así cómo va a escribir una un artículo apañao? ¿Cómo se va a montar un buen cuento decimonónico? Si ya no hay a quién expropiarle las palabras. Qué desgracia.

Hablemos más, pero no para pedir fuego o preguntar por una farmacia. Digamos cosas nuevas, que no se hayan dicho todavía. Estrenemos conversaciones que nos hagan chiribitas en el oído y el cerebro. No nos quedemos en las cuatro palabras básicas de supervivencia: hola, adiós, vale, gracias. Os lo pido de corazón como proyecto frustrado de contadora de historias. Necesito oíros para tener material. Que dicen las escritoras que sin diálogo no hay literatura.

Invisibles

Ser o no ser invisible, esa es la cuestión. Nadie es objetivamente invisible en un sentido corpóreo y, en términos relativos, solo los seres con la capacidad de camuflarse —pero en un sentido metafórico y desde el punto de vista del receptor, su falta de miras o sus sesgos cognitivos, tanto objetos como seres vivos— pueden ser invisibles a los ojos de otrxs. En este sentido, ser invisible no es tanto una cuestión del ser, sino de quien no quiere ver, o de a quien no le interesa, no le conviene, de quien no puede o no sabe ver. Es evidente que, en términos estrictos, el acto de ver es aquel que se realiza con los ojos, pero, cuando hablamos del ser, la cuestión de ver trasciende a los sentidos. Ser invisible es más una cuestión de condición, no de la condición del ser, sino de las condiciones que le rodean, pudiendo aludir a cualquier persona, grupo, objeto del universo, en el tiempo y en el espacio, de forma que lo invisible puede dejar de serlo en un momento dado, en un lugar concreto.

Y esa relatividad nos lleva de nuevo a la cuestión más relevante, que es la capacidad del o la receptora de ver o de no ver. En un mundo como el de hoy, desbordado de complejidad, encontramos numerosos casos de invisibilidad, y eso no quita que siempre los ha habido. Las personas invidentes, por muy irónico que parezca, pueden ser invisibles; las consideradas disfuncionales, las personas diferentes por cualquier razón. Y cuando digo disfuncional o diferente no quiero decir contrario necesariamente, sino simplemente desalineado con lo homogéneo. Ser homogéneo, no nos engañemos, es el requisito indispensable para que las demás personas puedan, quieran o sepan verte. Y que conste que ser invisible no tiene que ver con colores, creencias o ideologías, las personas invisibles existen dentro de sus grupos, entre amistades, dentro de una familia, en el arte o en la historia. La invisibilidad, al igual que otras cuestiones, son transversales, estructurales, son cuestiones de roles y no tanto del ser o no ser.

De Sevilla al mundo

Radiópolis es una emisora comunitaria que nace en 2006 de una propuesta ciudadana presentada en los Presupuestos Participativos Municipales de Sevilla. Funciona como asociación sin ánimo de lucro. También es un lugar de encuentro y diálogo de la ciudadanía y de los agentes sociales para debatir temas y construir una agenda plural que garantice el derecho de expresión, de opinión y de información, cuyo objetivo es facilitar la participación ciudadana.

Radiópolis dispone de una programación alternativa, que emite desde la frecuencia modulada de Sevilla 92.3, y www.radiopolis.org se dirige a los cuatro puntos cardinales gracias a la conexión a internet.

Sus programas, tanto de producción propia como externa, se interrelacionan: proyectos solidarios, mujer y género, sexualidad, migración, alfabetización, agroecología, comercio y consumo justo, banca ética, arte, cine, fotografía, música, teatro, literatura, danza, etc. En este último año, se ha puesto en marcha el informativo Sevilla para el mundo, de 8:00 a 8:30 y de 16:00 a 16:30, de martes a viernes.

Hablamos de una radio de, por y para la ciudadanía, siempre abierta, receptiva, asequible y comprometida, de modo plural y democrático, con las inquietudes, propuestas e iniciativas ciudadanas. Una comunicación que nos hace ser y sentirnos personas que escuchamos, conversamos, acordamos, compartimos, realizamos mejoras y propuestas, y que nos hace mejores personas.

La Torre Encendida también ha sido, y seguirá siendo, un lugar propicio y mágico para actividades culturales de pequeño formato gracias a su vista privilegiada sobre el río Guadalquivir. En la actualidad, seguimos abiertxs a nuevas propuestas de programas en nuestras ondas. Lxs socixs pagamos 8 € al mes y 18 € por hora de estudio, que sirve para financiar el trabajo del técnicx.

La voz de la ciudadanía.

Yo na te pedí

Durante el mes de octubre, en Cádiz pudieron escucharse los siguientes razonamientos y desahogos:

Un martes a las 10:30 de la mañana por la calle Ancha: «Voy a la carnicería y después me siento un ratito, porque estoy reventá.»

Dos muchachas charlan por el paseo marítimo: «Dicen que le afecta más a las mujeres.»

Suenan unos tangos de la Paquera: «Qué trabajito a mí me cuesta pa buscar mi bienestar, qué trabajito a mí me cuesta pa buscar mi bienestar…»

Se escucha a la vecina por el ojo patio: «¡Mamá!, ¡que como me ayudas es sentándote!»

Una muchacha habla por teléfono mientras camina ligera por El Palillero: «Nene que mi madre está mala, que le duele mucho la espalda, los tobillos y la rodilla.»

En la playa un libro de bell hooks reposa sobre la toalla: «Cuando te sientes profundamente atraído por alguien, inviertes sentimientos y emociones en esa persona. El proceso de inversión a través del cual el ser amado se vuelve importante para nosotros se denomina catexis. Muchos de nosotros confundimos la catexis con el amor.»

Dos compañeros de trabajo charlan: «Mis hermanas van mucho a ver a mi madre. Yo no, yo no soy muy madrero. Ahora que está mala voy más, voy cada dos semanas. Mis hermanas se quedan a dormir con ella, se turnan. Yo no, yo no soy muy madrero.»

Tres madres desayunan en un bar: «Si yo me doy cuenta de que alguien necesita algo se lo doy, yo no soy de pedir porque me gusta que me ayuden sin yo pedirlo, como yo hago. Luego vienen las decepciones.»

Dos amigas comparten revelaciones: «¡Claro! La palabra amor no significa lo mismo para todo el mundo.»

Leemos y teorizamos sobre los cuidados, indagamos en qué es el amor y cómo basarnos en el apoyo mutuo. ¿Otra vez vamos a hablar de lo mismo? ¡Sí! Porque, como muestran estos testimonios, es una necesidad social. Al abandonarse a lo que pasa de cerca, al prestar atención a las conversaciones desconocidas que nos rodean, podemos conocer mejor que está pasando fuera de los textos, y en lo real se repiten las cadencias de las coplas de antaño.

El beso que quita el peso

¡Me preocupa que la vida (post)moderna,

tenga más de (post)moderna, que de vida!

Mafalda

El colapso no es el fin, como muchas personas creen. Está de moda creer; y saber está infravalorado. No es que saber no esté al alcance, sino que es preferible no saber, es un esfuerzo ímprobo, lo reconozco, con consecuencias indeseables. Ser consciente de cosas que no te caben, darte cuenta de que no sabes, decrecer, dejar de ser standard, renunciar a las modas, como a la clásica práctica de creer «el beso que quita el peso». Creer que todo se va a solucionar sin empatía, sin cambios, sin procesos, sin afrontar ni colectivizar los conflictos, mientras tu vida se mantiene en el encefalograma plano, que tanto te ha costado alcanzar. Mientras, el tortazo, el despido o el desahucio, golpean a lxs de al lado, a los afganos les toca ser esclavos y a las afganas, ser aun más esclavas. Se montan minas de litio a cielo abierto para sostener energías renovables y aún es delito ser inmigrante. Las compañías eléctricas y farmacéuticas hacen lo que les da la gana, sin que nadie haga nada, salvo callarse la boca y pagar.

El colapso no es el fin, es el principio de un fin. Entiendo que es difícil mirar para todos los lados, cuando mirar para otro lado es tan fácil. Entiendo que saber no es fácil en un momento en que nadie quiere saber, nadie quiere ser, con todo el sufrimiento, la soledad y la endogamia que eso implica. Y, si antes la apariencia era engañosa, ahora nada es lo que parece y el postmodernismo hace magia con las contradicciones y los oxímoron, convirtiéndolos en arquetipos. Incluso esa sensación de final, no es más que una excusa para no reaccionar. La alternativa, siempre tan marginal, pero aun así llena de dignidad, se alinea cada vez con el sistema, desesperada por existir en el nuevo paradigma. Lo auténtico y lo verdadero, si eso significó algo alguna vez, no desde una idea, sino desde lo que nace en el corazón de cada ser, es un lujo para todas las clases. Y del amor mejor ni hablo, pues temblarían los pilares de toda la maldita civilización en medio del colapso.

Habla como tu abuela

Yo no conocí a mi bisabuela, a la Moma. Sin embargo, me siento conectada a ella por un rosario de palabras que han viajado desde su boca a la de mi abuela, tías y madre, hasta llegar a mis labios y a mi lengua. No la conocí y sin embargo soy en parte por ella. Porque soy lo que pienso, lo que digo, y cómo lo digo. Me gusta descubrir entre mis expresiones señó del calvario, bendito sea el poder de dios que tan grandísimo es o, una de mis preferidísimas, lo que ve el que vive. Me gustan. Y no quiero que se me pierdan en los vericuetos de la uniformidad del habla o las muletillas mileniales.

Yo quiero hablar como mis viejas. Quiero seguir usando ese patrimonio familiar hecho de símbolos, y metáforas propias. Quiero decir amnistia y no amnistía, como aquella tía abuela asustada porque su fachada amaneció pintada con ese palabro tan raro el cual no sabía qué significaba. Y quiero decir que viene la fiscalía, como mi bisabuelo intentando asustar a la Moma porque era estraperlista —el único muerto de miedo era él, el pobre—.

Cuando escucho estas expresiones algo me conecta con mi familia de una forma íntima y apretá. La complicidad que nace de estas palabras es de las mejores herencias que me han dejado. Ver cómo en los labios de la otra asoma una sonrisa cuando una dice este melón está mercedes o pregúntale a la señorita perrojata. Somos los motes socarrones que inventaron, somos las perlitas de sabiduría que soltaban en medio de una charla de vecinas. Ese idioma propio y acogedor como una casita con sombra de parra.

Hace unos días me encontré por el barrio una pintada que dice «abla como tu aguela». Y apareció ante mí esa boquita piñonera de un rojo vino brillante de mi abuela Remeditos diciendo dispensa y mocita y amasco y fiesta de la Ermita. Y entendí todo esto que ahora cuento. Que el patrimonio oral de mi gente es tan rico y necesario como cualquier recopilación académica de vocabulario y modismos, porque me constituye, porque me da identidad. Porque me dibuja el camino del que vengo, esa historia chiquitita, de puertas pa dentro, que es la que más interesa.

Raíces

Las raíces no están en el paisaje, en un país o en el pueblo, la raíces están dentro de ti. Isabel Allende

Cuánta poesía hay en la palabra raíces, cuántos organismos y seres vivos, cuántos relatos, cuánto vacío, cuánto sufrimiento, cuántas expectativas llenas de bruma y exotismo. Qué palabra tan polisémica, tan versátil, que atraviesa a la vez cada uno de sus significados, de sus ámbitos, con ese denominador común que la convierte en algo único. Raíces cuadradas, números que se ven multiplicados por sí mismos. Raíces multiformes y variadas, que absorben el agua y las sales minerales de una planta. Raíces gramaticales, palabras de las que derivan otras palabras, como la raíz de raíces, que proviene del latín, significa origen o inicio, y se refiere a su actual sentido figurado. Raíces como sustantivo, pero también como adjetivo, como bienes raíces e incluso como metáfora viva, como aquel lugar donde llegas a vivir durante un tiempo, como si fueras un árbol que echa raíces. Cuántos grupos y estilos musicales, películas y argumentos no habrán utilizado este término para identificarse, nombrarse, agruparse y separarse del resto.

Aún estamos buscando la raíz de las raíces del tallo, como si hubiera una y no cientos, que se bifurcan y entrelazan en el origen de los tiempos. Y por si eso fuera poco, un tallo, un tronco, un trozo en común del camino de las preguntas y respuestas, se vuelve tarde o temprano a bifurcar en cientos de ramas, poniendo en evidencia nuestros orígenes, nuestro futuro, en una suerte de fractalidad, cuyo punto de inflexión único, común e indiscutible es el presente que ahora compartimos. El presente, ese momento vivo en el que siempre podemos tomar conciencia y parte, ser dentro, ser fuera, tratar de cambiar, de cambiarte, de cambiarlo, desde lo local a lo global, desde lo personal a lo colectivo, un todo inabarcable, donde vivir con tus propios ojos, es la única oportunidad de mirar a través de otros. El único momento en el que se escuchan los gritos de las raíces, antes de convertirse en un relato, en un indicio, en un eco su propio llanto. Gritan las raíces de Gaia, Las Raíces en Tenerife, las raíces de la poesía y de las palabras. Gritan y no es una metáfora.

Dime eso a la cara

Día miércoles

Dímelo. No te cortes.

Dime que miras por la ventana y no pasa nadie. Que pasa una moto. Que se ven cuatro coches quietos. Todos grises. Qué casualidad. Que pasa una bici. Que a esta hora no hay niños. Que las persianas están bajadas. Que no pasa el afilador. Que pasa un vecino atado a su perro. Atado a un cigarro con la ceniza dejándose crecer. Sin caerse. Ni la ceniza. Ni el perro. Ni el vecino. Ni la mascarilla.

Día dos

Di. Hay una niebla espesa.

Di que sí, dilo fuerte, dilo cerca. Hay niebla. Lo que me digas a la cara me va a llegar mojado.

Día viernes

Dilo, sí. Dímelo a la cara.

Dime que escuchas la radio y que puedes sostener tres frases seguidas. Hito histórico. Boletín. Extremismos. De momento no. No más mentiras. Platos rotos. Una norma diferente. Una pregunta. El promedio nacional. Las seis en Canarias. Ayer se murió algo. Poesía espejo, transparente, diáfana. La parte más oscura del camino. He bajado al jardín en mitad de la noche. Un zurró al verme se ha quedado inmóvil. Sus ojos y mis ojos son un enigma idéntico. Algo se busca. Por lo que yo sé, solo la dignidad.

Día antes

Di que sí. Donde dice Respiratorio podría decir Peligroso. O Apestada. O Quédate ahí bien quieto. O Ni te acerques.

Día domingo

Dinos. No digas.

Date la vuelta. Aprieta los ojos. Que no entre la luz. Piérdete en la última imagen del sueño. Ahí donde el elefante está a punto de entrar en una tienda llena de copas de cristal. Shhhh. No digas nada. No te muevas. No mires la hora. Sigue al elefante y dile algo a la cara. Díselo fuerte. Antes de que pase el afilador y nos despierte.

Día otro

Dime eso a la cara.

Dime que el corazón es un helicóptero y quédate tan pancha. Que los ojos son un destornillador y los dientes un frigorífico. Di que las manos no tocan sino que prohíben y detienen. Que los pies son fábricas y las pestañas quioscos. Que el hígado es un libro y entre los dientes pasean niñas filmando una película.

Dime. Dime lo que quieras. Dímelo a la cara.

Silencios

No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido

Siguiendo los pasos del olvido, con un detector de sonidos de baja frecuencia, doy vueltas en círculo y sigo las migas de pan que me llevan a un trágico final. Es una historia interminable, un planeta mal llamado Tierra, en la que ya solo queda una isla desierta donde se destierra a los que no quieren olvidar, ya no hay nadie a quien gritar, salvo al infinito horizonte, que se aleja cada vez más de la realidad tal y como la conocíamos antes. Las personas, convertidas en peces, surcan el inmenso y casi omnipresente mar, donde se puede sobrevivir en una aparente paz, aunque rodeada, salpimentada de depredación y autocanibalismo, y amparada por el silencio sin memoria. Y en medio de este estado policial, la posmodernidad nos engulle y nos legitima como masa y mayoría y lo que eres, lo que piensas y lo que aportas se va transformando poco a poco en una individualidad que atenta contra la diversidad y el librepensamiento, pero que te acerca de lleno a la felicidad, criminaliza la intensidad y parece ralentizar el tiempo, aunque en realidad vivimos a ritmo de semifusa.

Siguiendo los pasos del olvido, cada vivencia, cada acontecimiento, cada sensación se convierten en una hipnosis regresiva, que te desgarra el «alma» en dos, una horribilis tesitura. Por un lado, el complejo presente del aquí y el ahora, que bordea la superficie de la realidad y sacrifica cápsulas del tiempo y sueños multifruta; y, por el otro, el pasado y el futuro, que viajan al centro de la Tierra o a los confines del universo, abrazando a muertos vivientes y a humanos aún inexistentes.

Siguiendo los pasos del silencio, aumentan las horas de terapia y las realidades consteladas, biodescodificadas, psicoanalizadas. Pero el mundo no para ni para dejarse observar, hasta tengo que escribir mientras camino para poder ir al unísono, porque parar significa escuchar, pero también sufrir; significa recordar, pero también morir en algún rincón de ti; significa gritar, pero también estallar y salpicar metralla. Levanto la mirada y salgo de mí mismo y de lo primero que me acuerdo es del Sáhara, y empiezo a aterrizar rodeado de luces que no iluminan y de ruidos que no dicen nada, parece que la oscuridad y el silencio lucen y hablan más que nada en estos tiempos.

Diario de máscaras

Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario. Clarice Lispector

Día lunes

Una ciudad por la mañana no es una ciudad por la tarde. Tengo los columpios para mí. Hay niños encerrados aprendiendo a ser adultos encerrados. Hay una adulta aprendida escupiendo rejas persianas paredes filas tarjetas horarios. Certezas que duran una hora hasta que entra otra por la puerta. Lávate las manos. No toques nada.

Día sábado

Escribo un verano roto. Como quien escribe un abril perdido. Como quien escribe cuanto (¿cuánto?) queda por deshacerse. Detrás de la ventana cerrada, una tarde ganada a la piscina. Al verano. Anticipo de abril sin paredes.

Día lunes

En el paso de cebra hay una niña que sabe. Sale del parque y sabe. De la mano de abuelo. Sabe. Le sonrío como si el mundo dependiera de ese instante. Me olvido de que no me ve la boca.

La niña sabe.

Mira adelante. Se gira para volver a mirarme.

Sonríe con toda la cara. Sabe, sabía, supo que sonrío, sin verme la boca.

Día martes

Me lo he saltado todo. He bajado la cuesta en bici y pasando frío. He bajado la cuesta pensando. Imposible escribir en el septiembre más aburrido.

El septiembre más aburrido de la historia de los septiembres.

Septiembre es otra cosa como abril era otra cosa. Pero se puede escribir el abril más triste de todos los abriles. El abril más perdido.

Hasta que no lo pierdes, no sabes que es más fácil perder un septiembre casi normal que perder un abril que se hacía el perdido. Al menos en abril había silencio. Y números que te clavaban un puñal en la ducha. De la ducha no salía agua, salían micropuñales, uno por muerto, siete de la mañana. Mentira, nueve de la mañana. No hay manera de escribir septiembre, octubre, noviembre sin ganas.

Día uno

Pincelada en negro. Brocha cargada choca contra pared: salpica. Un gesto violento, imaginado, un gesto mentira, nunca tiene forma. Nunca es cierto, imposible imaginar al bofetón cuando la cara sí es. Cuando la cara la tienes delante y podrías tocarla. No puedes. Prohibido tocar. Bastaría con quitar las mascarillas.

Dime eso a la cara.

Sencillizar

Apenas Gertrude Stein. Pero luego vino la ley del padre y resolvió el problema de la objetividad con referentes siempre vacíos, con significados diferidos, con sujetos desdoblados y con el juego interminable de los significantes.

Donna Haraway. Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza.

—Tienes un acento bastante neutro, no pareces de Sevilla.

O más bien:

—¿No parezco de Sevilla?

—No tienes un acento sevillano fuerte.

—Pongamos que habré dicho miarma una media de una vez cada dos años en los últimos 37, o menos, y casi nunca me ha salido de manera espontánea.

Escuchar hablar de mi andaluz estándar, sin nombrarlo así, pero nos entendemos, siempre me pareció un cumplido.

Un cumplido, ajá. ¿Debería alegrarme?

—¿Hija de la mezcla? ¿Hija de la neutralidad?

20 años. Catalunya. No sé muy bien cómo, un par de compañeros de clase terminan por ponerme mote. La Maca. No estoy segura de si llegué a contarles que nací, efectivamente, con La Macarena en la calle, en plena Madrugá. Y que mi madre estuvo a punto de hacerlo. Llamarme Macarena. Pero no quiso, no supo, o no se atrevió. Probablemente prefirió la neutralidad, la mezcla, a darle una alegría a mi abuela. No les conté —de eso estoy segura, porque yo misma no lo sabía— que mi bisabuelo materno era el Macareno.

27 años. Montevideo. Cada vez que me preguntan de dónde soy, digo Sevilla. No necesito nombrar los países a los que pertenezco, ni dibujar sus banderas. Decir Sevilla me sencilliza* la vida. Pero cuando hablo, hay días que tengo que repetir las cosas tres veces, cuatro veces. No se desayunan tostás en Montevideo, pero si hubiese pedido una en la cantina, habrían escuchado tochá, habría sido imposible entendernos. En Montevideo, sin mi voluntad de neutralizar, de mezclar, no habrían escuchado este, tacto, acta, activa, sino eche, tacho, ancha, archiva.

*Gracias, Candela.

A ferri corti

Sinceramente, aunque la sinceridad sea también solo una parte de la verdad, no tengo idea de lo que la gente va diciendo por ahí, a lo mejor sí por aquí y no estoy seguro, pero tengo la certeza de que en lo que allí respecta, tengo un desconocimiento absoluto. Quería escribir algo fresquito, sin el temor al frío helado en el que siento al corazón humano. Y entonces se rompió el ordenador y, aun así, no me faltó una tecla en la que golpear mis letras. Hay tantos allí, tantos aquí, tantos ahí, como gente hay. Por ejemplo, aquí el zoom es el efecto de acercamiento o alejamiento de la imagen; sin embargo, allí, Zoom es una empresa moderna líder en videocomunicaciones. Y eso no es todo, pues por ahí, la gente dice que zoom es expresión de la contundente y global forma de entender el mundo desde el control, la represión y el autoaislamiento. Y sí, se me rompió el ordenador, y empecé a acordarme de toda la gente que no tiene casa o agua o luz o trabajo y, por qué no, que no tiene ordenador o wifi o Instagram. De la gente que lo perdió o se lo quitaron, pues lo que tenía no era lo pensado.

Me he empezado a acordar de personas en las que ya pensaba antes y también en otras en las que no pensaba tanto. Me he acordado de quienes sufren entre paredes lo que ya sufrían antes y también otras cosas que no se sufrían tanto, aunque igualmente existían. De la gente que muere en el silencio más absoluto, que antes solamente era un silencio doloroso y agudo, y ahora es una nada sorda. Y todo lo que se calla, se maquilla y se embota como salsa de tomate al vacío. Mientras la gente más privilegiada, que siempre ha habido y siempre habrá, se regocija en su despertar espiritual y la clave es, y siempre fue, hacer lo que te mandan. Colaborar más o menos con la filosofía y la estética que impera, para no sentirse locxs, victimas o reprimidos en el mantillo de la nueva era. El silencio se calla, porque es el grito que ya antes también callaba. Allí la gente va con mascarilla y aquí las mascarillas son mordazas.

Felices años veinte

Cuando a Emma Goldman un camarada
la reprendió por bailar, contestó:
«exijo libertad para expresarme y que todos tengan derecho a cosas bellas y radiantes.
Eso es para mí el anarquismo»

Mírenlos, ¿no los ven? Ya van a venir a etiquetarnos. Seguro que alguien, mañana en la prensa, se despacha con un manojo de adjetivos (de los que matan, por aburrimiento). Dirán indecente, brutal, vertiginoso, locas, ruidoso. Dirán que chirridos estridentes nos empujan a no pensar, no pensar, no pensar. Como si ellos. Dirán que es el vestido el que nos incita, dirán infierno, frenesí, brujas, diablos. Inmoralidad ladrante, sí. Eso dirán mañana los que madruguen para insultar.
¿Y saben qué? Que nos da igual. Que tenemos pensado volver a París, que pensamos pintar, escribir, dejarnos filmar por la industria del cine que acaba de nacer en Hollywood. Que pensamos hacer deporte, cortarnos el pelo, seguir rompiendo todos los gustos burgueses. Que sí. Que volveremos a París. Habrá pintoras, escritores, escultoras, escucharemos jazz, bailaremos tango, foxtrot, charlestón. Seguiremos sin corsé.
¿Dentro de cien años, dicen? ¿La guerra? Ah, la guerra. La guerra habrá terminado. Otra vez. Sí. La guerra recién muerta. ¿De qué si no esta vida? ¿A qué vienen si no estos pasos, estas letras, estas pinturas? Tendremos que explicar a los siguientes jóvenes que hagan otra guerra. Y que la terminen. No hay otra manera más eficiente de progresar. De hacer el cambio. De aquellos vestidos incómodos a estos. De aquellos bailes pasados a este trote, este salto. Esta cosa de brujas que los viejos critican, ya verán mañana. O una crisis. Si no es una guerra que sea una crisis. No hay otra manera más eficiente de progresar. De hacer el cambio. Solo así el arte se pondrá al servicio de las causas sociales, de la protesta. ¿No lo ven? Solo así el arte abandonará a las élites ¿Es que no lo ven?
Bailemos, sí. Un paso por aquí. Un salto por allá. Ahora juntas, ahora lejos. Mézclense. Es importante. No teman. ¿Qué pasará en cien años? ¿Bailarán más lejos? ¿Pintarán los pobres? ¿Qué pobres? No quedarán. Ni una, ni uno. Todas libres. Serán felices, bailarán más rápido, más loco. Si no puedo bailar no es mi revolución.
¿Es que no lo ven?

ACALLAR

«Miradas silenciadas. Roces ajenos al tacto. Voces que no llegamos a conocer». Las calles se han plagado de vacíos, Beatriz Viol

Cuando se acerca la fecha, me salta una alarma en el móvil. Es temprano. «Escribe, vas tarde. Escucha, vas tarde». Desayuno pensando quién será esta vez quien me regale seis o siete palabras. La frase puede sonar en cualquier momento. Camino hacia el metro sin cruzarme con casi nadie. El vecino en pijama, con abrigo, pasea al perro. No le habla. Ni siquiera al levantar la tapa del contenedor se le escapa un guiño, un «Tobi, ¿te has dado cuenta de que hoy…?». Paso la tarjeta corriendo porque en el panel dice que el tren «entra». Salto al vagón con el último bip.

Abro bien los ojos. Busco señoras con conversación animada. Busco niñas camino del cole que anticipen lo primero que les dirá hoy la maestra. Busco joven hablando solo, al pinganillo, que deje caer un secreto sacado de contexto. Lo que veo son caras de nada, o de sueño, dedos que deslizan izquierda, derecha, derecha, derecha, arriba, abajo, arriba, arriba, arriba, expurgando, desde antes de que termine de amanecer, las vidas de los otros. Me aburro. Desisto. Me olvido.

Por la tarde recorro emocionada la avenida. Esta es la mía: gente por todas partes. Para ver las luces, para comprar, para aprovechar el sol de diciembre. Camino despacio, orejas abiertas, oídos disponibles. Todo el mundo pasa deprisa. Cazo sonidos al vuelo. «Mamá, ¿sabes lo que nos dijo…? Como te lo cuento, Lola, no te puedes imaginar…»
Sin darme cuenta he llegado a la plaza. No tengo ni una sola frase completa. Me siento en uno de los escalones. Me rindo. No hay nada. Me fijo en unos zapatos marrones. Los veo pasar hasta tres veces. Izquierda. Derecha. Izquierda. Hasta donde se acaba el sol. Luego vuelve a girar. Observo la figura completa y me encuentro con un señor de unos setenta años. Con boina de lana, pantalones abrigados, chaqueta de pana. Camina. Se para. Observa. La gente que le pasa alrededor parece que llega tarde a alguna parte. Corren. Respiran como si estuvieran a punto de desmayarse. El hombre se para. Observa. Silencio. Me hipnotiza durante más de media hora. Silencio. Me doy cuenta de que no ha mirado la hora, de que no ha sacado un teléfono. Que solo camina hasta la sombra. Se para. Vuelve. Mira. No habla. Silencio.

Bien mal

«No hay bien que por mal no venga»*

¿Te gusta viajar? ¿Quieres conocer Estambul, Lisboa, Granada, Toledo, New York?

¿Te gustan los barrios auténticos? ¿Los mercados, el bar con la cerveza a buen precio, la ferretería de toda la vida?

¿Quieres viajar mucho pero tu presupuesto es corto?, ¿te encantaría quedarte en casa de alguien, hacer como que vives cuatro o cinco días como si fueras local?

¿Te vendría bien un ingreso extra y alquilas un cuarto de tu casa de vez en cuando?

¿Empiezas a despertarte con ruido de ruedas sobre los adoquines?

¿Te gustaría vivir en un hotel?, ¿quieres cambiar de vecinas cada tres días?

¿No es interesante escuchar pasar por tu calle inglés, francés, ruso, chino?

¿Quieres vivir en un hotel, sin recepción?

¿Envidias las reuniones de trabajo que ocurren debajo de tu balcón, en plena calle, bajo el quicio del portal?

¿No es curioso ese ruido de aspiradoras, esas mujeres que entran y salen con bolsones azules de Ikea cargados de sábanas?

¿Te gusta viajar?, ¿quieres conocer los lugares auténticos de los sitios a los que vas?, ¿no mola eso de la economía colaborativa?, ¿quieres seguir comprando en el mercado?, ¿te gustaría seguir teniendo vecinas?, ¿estás harta de que crezcan carrefures and go por todas las esquinas?

¿Tiemblas cada vez que anuncia el «cierre por jubilación» una tienda de toda la vida?

¿Estás harto de que nazcan mesas como setas sobre las aceras de la calle Feria?

¿Recuerdas dónde había una mercería, una tienda de ultramarinos, una perfumería; que Regina era un reino de zapaterías?

¿Estás apostando qué será más barato que en El Mato? ¿De precios de alquileres mejor ni hablamos?

* D. suele venir a clase con la mirada perdida. A veces hablamos. A veces me escucha y trabaja. Muchas veces me enfado porque no lo hace. El otro día iba diciendo un refrán. «No hay bien que por mal no venga». M. se rió. «No hay bien que por mal no venga.»

Disparar al aire

Juegan a ser gris. Me olvido de ellos en una de mis fugas premeditadas. Me acuerdo de ellos en un patio. Grande. Simétrico. Con el suelo a cuadros. Con el cielo entero —aquí, primavera, sur—.

Ella cuenta los años. Si pudiera, nos haría ver a aquellos hombres mercadeando en las escalinatas que rodean la Catedral. Si pudiera, nos haría ver que mientras los señores gritaban, molestando la santa misa, este patio que nos rodea no era un patio —el cielo entero sí, supongamos—, que no había losetas, blanco y negro.

Ella suma años. Adelanta en cinco palabras un puñado de décadas. Ahora sí hay patio. Ahora los señores ya no molestan la misa, santa. El rey de turno mandó construir. El rey de turno dio órdenes precisas y hubo patio. Y dos galerías. Y puertas abiertas. Y otra planta. Y encima, un techo como ningún otro techo en el universo entero. Y para llegar al techo, una escalera como ninguna otra escalera en aquel mismo siglo. En aquel mismo universo. Aquel. Entonces. Sevilla.

Aquella. Fugaz. Narrada.

En cuanto se mueve le veo los pies grises. Las medias grises. Trato de seguir su carrerón que va de una década a la siguiente, de un siglo a otro. El gris me distrae, me recuerda que soy una fugada, que esto es una excepción. Casi no me entero del fin de la embajada, del borbón que llega, del escudo, de la (nueva) escalera inmensa, de las estanterías de caoba. Y sin embargo escucho clarito

—Hoy no. Subimos siempre, sí. Pero hoy no. Es que tenemos francotiradores en la azotea.

Esta Sevilla. Hoy. Precisamente hoy. Cuando.

Escudo. Borbón. Escalera inmensa.

Bajan señora y señor, mochila botella de agua sandalia calcetín verde. Borbón. Escalera inmensa. Escudo. Quiero que ella no haya dicho francotiradores. Quiero no estar imaginándolos detrás del pretil, diez metros encima de mi cabeza. Borbón. Escudo. Escalera inmensa. Bajan tres. Armados. Tres. Escalón a escalón. Azul oscuro, muy. Cincuenta centímetros separan mi barriga de los tres fusiles de precisión. Escalera inmensa. Escudo. Borbón. Quiero que ella no haya dicho francotiradores. Aquí. Sevilla. Esta. Hoy. 

Aprender a ruidos

Mañana. Luz. Sevilla. Hora de ir al cole. Bicicleta con Lucía — cuatro años —en sillita de atrás. Juego a ser tía — aprendo a montar en bici con niña a cuestas, nada de contramanos, nada de

auriculares, apenas nada de prisas, ni por asomo se me ocurre retar a cochesagresivos ni girarme

con cara de asco y el grito a punto de salir—.

— En mi cole hay mucho ruido.

— ¿Ruido de la calle? ¿Hay obras?

— ¡No! ¡Ruido de aprender!

Me quedo sin respuesta, dudo si preguntarle a qué se parece ese ruido, detalles, tra-duc-ción-por-

fa-vor. Demasiado tarde, llegamos al cole y a Lucía la engulle el pasillo, mochila en mano, sonrisa

puesta.

Salgo al asfalto, me olvido de los auriculares: ya imagino niñas corriendo por pasillos, abriendo la

puerta de una clase para mirar adentro y salir otra vez, con más niñas para más pasillos. Ruido de

moverse, ruido de espiar, ruido de llamarse. Niñas saliendo al patio, subiendo a un árbol, abriendo

el grifo de una manguera, haciendo barro con cubos de arena en medio de la pista de fútbol. Ruido

de lluvia de verano, ruido de sumar, ruido de deshacer. Niñas haciendo un boquete en la tapia

— mientras niñas distrayendo a quien vigila —, niñas saliendo a calle de atrás, de la calle a otra calle, de la calle a una plaza, niñas cambiando la hora de la-ciudad-por-la-mañana. Ruido de salir, ruido de escaparse, ruido de fugas.

Semáforo rojo. Pitido. Semáforo verde. Pitido más largo. Insiste. Vale, pedaleo, tran-qui-

no-ses-tre-se, tran-qui-no-es-pa-ra-tan-to. El termómetro del cruce dice ocho grados, dice ocho cincuenta y siete. Las niñas —los niños— que veo casi llegan tarde, corren, caminan rápido de la mano de alguien que tira de ellas. Como yo, que ya no me distraigo cuando se pone verde y pedaleo sin respirar.

Bajo la rampa y escucho el penúltimo ruido de la mañana — baja la puerta del garaje, como si me

dijera que sí, que no queda nadie más por entrar —. El último, la voz del ascensor: ter-ce-ra-plan-ta.

Ruido de oficina. Juego a ser gris.

La llamada del señor Lobo

«Señor presidente, reciba en primer lugar mi más sincera felicitación por su reciente victoria electoral, así como la del resto de los miembros del colectivo al que represento. Le llamamos porque nos gustaría comentar con usted algunos aspectos que nos han causado cierta preocupación. Nos gustaría asegurarnos de que, llegado el momento de poner en marcha su programa electoral, ustedes tienen toda la información necesaria para tomar las mejores decisiones. Quizás haya aspectos de la política bancaria, industrial y empresarial que necesitan una explicación detallada, y que no siempre son bien entendidos. Sepa, por ejemplo, que cada año las empresas de la construcción que forman parte de este colectivo facturan alrededor de unos tres mil millones de euros, dinero que permite a medio millón de familias pagar sus hipotecas, disfrutar de unas merecidas vacaciones, pagar el colegio de sus hijos y todas sus facturas. No le voy a negar que nos preocupa el impacto que pueda tener su programa en nuestra cuenta de resultados, pero como comprenderá, la gente a la que represento podría vivir durante muchas generaciones aunque cesasen mañana todas sus actividades económicas. En definitiva, nos gustaría hablar de estos y otros asuntos antes de que tome ninguna decisión precipitada que pueda tener unas consecuencias indeseables por todos, difíciles de corregir llegado el caso. Quedamos a su entera disposición para reunirnos con ustedes cuando lo estimen oportuno, si bien creemos que esta reunión debería producirse más pronto que tarde».
Cuando el soborno no funciona, siempre queda el chantaje.

La cárcel invisible

No recuerdo casi nada de mi primer trabajo, pero sí el consejo que me dio un vecino: «tú calla y obedece, y así no tendrás problemas». Era la versión de andar por casa del famoso «no te signifiques». No significarse, negarse voluntariamente un significado, vaciarse de sentido.

Decía un profesor que tuve que «todo lo que nos roban, nos lo roban en el lenguaje». Hace unos años, el novelista Isaac Rosa publicó El vano ayer. En la novela, un editor franquista se dirige al protagonista —un escritor— en estos términos: «lo que yo espero de usted es lo que el público demanda: aventuras, solo eso, pura evasión. Cuanto más simple, mejor». Rosa sostiene, de alguna manera, que el pensamiento franquista perdura en la medida en que perdura su lenguaje. Nos roban el lenguaje valioso y a cambio nos ofrecen la seguridad de un lenguaje empobrecido, silencioso, inofensivo.

La cultura no solo es pintura, cine, literatura; la cultura es una forma de hacer las cosas, un hábito, una costumbre. Hemos crecido en la cultura del silencio, de la evasión, de la mirada oblicua. En ella estamos, y en ella quieren que sigamos: en una cultura convertida en una cárcel invisible. Esperan que seamos nuestro propio policía, nuestro propio censor. Y ese censor, ese policía invisible, es el ventrílocuo que habla cuando decimos cosas como «eso está politizado», o «eso debería despolitizarse».

Normal que tengan miedo: politizar, repolitizar, es recuperar la voz, es preguntarse acerca del sentido, es significar y significarse, es, en definitiva, recuperar lo que nos han robado: el instrumento que necesitamos para pensar en un futuro distinto: la palabra.

El tiempo en Florida

Para la generación de mi abuela, el telediario —«el parte»— se parecía a esa media hora de cháchara con la que las televisiones ocupan el tiempo previo a la emisión de un partido de fútbol: un ruido de fondo que anticipa lo importante —para ella, el pronóstico del tiempo—. Las noticias no tenían ninguna importancia. En sus manos, eran una narración que sería convenientemente malinterpretada y deformada hasta convertirla en un disparatado relato con el que entretenerse alrededor de la lumbre. Pero el pronóstico del tiempo no era cosa de broma. Cuando aparecían las isobaras, la abuela mandaba callar, repartía algún pescozón al desobediente y se acercaba al aparato para saber con precisión lo que sucedería mañana.

Me pregunto qué pensaría ella —que vivió prácticamente toda su vida en un radio de apenas cinco kilómetros— si viese lo que veo yo: a un «chico del tiempo» de una cadena generalista contando el tiempo que hará mañana en Florida. Puedo imaginarlo. Para ella el pronóstico del tiempo «daba agua», o «daba sol», o «daba viento», y esa era la verdadera noticia: la que hablaba de lo que sucedería con el cielo sobre su cabeza y la tierra bajo sus pies. Lo que le permitía saber si podría sembrar o recoger, si podría segar la hierba y secar las judías, o si debería esperar.

Un pronóstico del tiempo que anuncia el tiempo en Florida muestra que la desvinculación que había entre la vida y las noticias se ha extendido a la relación entre nuestro ritmo de vida y los ritmos de la vida. Para nosotros, el cielo y la tierra están tan lejos como la península de Florida.