Sencillizar

Apenas Gertrude Stein. Pero luego vino la ley del padre y resolvió el problema de la objetividad con referentes siempre vacíos, con significados diferidos, con sujetos desdoblados y con el juego interminable de los significantes.

Donna Haraway. Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza.

—Tienes un acento bastante neutro, no pareces de Sevilla.

O más bien:

—¿No parezco de Sevilla?

—No tienes un acento sevillano fuerte.

—Pongamos que habré dicho miarma una media de una vez cada dos años en los últimos 37, o menos, y casi nunca me ha salido de manera espontánea.

Escuchar hablar de mi andaluz estándar, sin nombrarlo así, pero nos entendemos, siempre me pareció un cumplido.

Un cumplido, ajá. ¿Debería alegrarme?

—¿Hija de la mezcla? ¿Hija de la neutralidad?

20 años. Catalunya. No sé muy bien cómo, un par de compañeros de clase terminan por ponerme mote. La Maca. No estoy segura de si llegué a contarles que nací, efectivamente, con La Macarena en la calle, en plena Madrugá. Y que mi madre estuvo a punto de hacerlo. Llamarme Macarena. Pero no quiso, no supo, o no se atrevió. Probablemente prefirió la neutralidad, la mezcla, a darle una alegría a mi abuela. No les conté —de eso estoy segura, porque yo misma no lo sabía— que mi bisabuelo materno era el Macareno.

27 años. Montevideo. Cada vez que me preguntan de dónde soy, digo Sevilla. No necesito nombrar los países a los que pertenezco, ni dibujar sus banderas. Decir Sevilla me sencilliza* la vida. Pero cuando hablo, hay días que tengo que repetir las cosas tres veces, cuatro veces. No se desayunan tostás en Montevideo, pero si hubiese pedido una en la cantina, habrían escuchado tochá, habría sido imposible entendernos. En Montevideo, sin mi voluntad de neutralizar, de mezclar, no habrían escuchado este, tacto, acta, activa, sino eche, tacho, ancha, archiva.

*Gracias, Candela.

Por

Marta Solanas