nº56 | se dice, se comenta

Silencio blanco

Recuerdo que en la carrera un profesor nos habló de un estudio antropológico: decía que la estructura burocrática del Estado se le metía a las funcionarias en el cerebro y ya no podían ver nunca jamás el mundo tal y como lo veían antes de trabajar para la Administración. Bueno, no sé si decía exactamente eso el estudio. Pero es con lo que yo me quedé. También recuerdo que no me lo creí. Que pensé que era una exageración académica, como tantas hay. Yo no podía creer que aquellos humanos se transformasen al entrar en sus despachos y comenzasen a ver el mundo dividido en nosotras y las que vienen. Cómo podía ser que esas personas, que a su vez eran hermana, amiga o nieta, vieran en las otras una hojita numerada. Que se pudieran quitar de encima los vínculos y las costumbres más propias, la de saludar a la vecina, o la de pasar la pelota a las niñas por encima de la verja. Cómo podía ser que esa misma gente, al sentarse en su mesa, solo viera el mundo en dos dimensiones: formularios y silencios administrativos.

Pues que sí, que me he hecho adulta y resulta que es verdad. No todas, pero sí demasiadas te miran y te dicen «no puedo hacer nada», «no es error nuestro», y pasan a la siguiente. Es cierto. La Administración es un monstruo blanco con el que te chocas una y otra vez pidiendo respuestas y solo suelta migajas en forma de cartas que llegan tarde o avisos de que no quedan citas disponibles. Suelta migajas y se chupa el tiempo. Te va arreando de oficina en oficina para que pase el tiempo. Y, por eso, mi amigo lleva tres meses sin poder empadronarse y nunca va a alcanzar el permiso de residencia. Y ve los días cayendo como caen las cejas canas de la tecnócrata de la mesa dos. Y mi vecina intenta avisar a su médica de que tiene que renovar la medicación por mail, porque no quedan citas presenciales. Y, a mí, la eléctrica me cobra 600 pavos y no hay forma de hablar con un ser humano que me explique por qué merezco yo tamaño robo.                    

Temo mucho la burocratización de la vida. Temo acabar sentada frente a un televisor que pase turnos. Que nos indique si ya nos toca la vida un ratito. O si todo lo que nos queda es un silencio blanco.

Nos apoya

Las comadres somos la comadre Vanesa y la comadre Begoña, dos amigas que nos conocemos desde hace ya varios años y que hemos tenido la suerte y oportunidad de emprender este camino juntas. Contando con que las dos tenemos una capacidad innata para relacionarnos con todo aquello que se mueve, sabíamos que teníamos que trabajar de cara al público y si estábamos sintiendo el proyecto como algo nuestro, mejor que mejor. Un proyecto que fuera una forma de vida y una apuesta por un futuro saludable y responsable. Para llevarlo a cabo y sentirlo aún más nuestro decidimos quedarnos en el barrio y así ha sido. Gracias al apoyo de familiares y amigos hemos podido “poner en pie” nuestra frutería – verdulería, un espacio que nos gustaría que lo sintierais como vuestro y que lo disfrutarais cada vez que os acerquéis. En Las Comadres no sólo queremos ofreceros productos de gran calidad, a buen precio; sino que nos gustaría aprender, intercambiar saberes y convertir nuestro local en un espacio de encuentro en el barrio.