Flygskam

¿Tiene la población mundial que soportar la huella de carbono de los viajeros privilegiados?

Flygskam es una palabra sueca que designa la vergüenza que se siente al montar en avión. En inglés, podría formarse uniendo los sustantivos flight y shame. Este neologismo, popularizado a partir de 2018, es la bandera de todo un movimiento social en el norte de Europa que se opone a las emisiones de CO2 causadas por la aviación. Los efectos de esta marea semi-individual, semi-organizada son muy reales y se han registrado bajadas cercanas al 10% en los vuelos interiores en los países escandinavos, donde el tren está, en cambio, en pleno auge.

Todxs recordaremos, sin duda, a Greta Thunberg surcando el Atlántico en velero para acudir a la Cumbre del Clima de Madrid de 2019… pero los suecos conocían ya de antes a Maja Rosen, una activista ambiental que en 2008 decidió dejar de volar. Desde aquel momento, empezó a concienciar a su entorno sobre el carácter insostenible del vacacionismo nórdico, adepto de destinos como España, Italia o Tailandia. Convencida que lo personal es político, Rosen viene argumentando en sus charlas y entrevistas que el deseo es gregario: si todas vemos a nuestros amigos viajar en avión, naturalizamos este hábito. Por el contrario, basta con que una amiga nos diga, cual vegana entre carnívoros, que ella no viaja, para incomodar y alterar nuestros automatismos.

En mi caso no fue un amigo quien provocó el cambio de costumbres, sino la pandemia. El confinamiento y sus prohibiciones me ayudaron a darme cuenta del despropósito que era volar cada tres meses. Ya fuera por trabajo o por vacaciones, algún viaje acababa apareciendo en el horizonte… hasta que, de repente, se detuvo todo y me invadieron unas náuseas al pensar en esa bulimia aeroportuaria. Fue justo en ese momento cuando mi compañero en el colectivo dos spotters, Ricardo Campo, me habló del flygskam. Y, aprovechando una convocatoria llamada «Desvío» impulsada por el espacio de residencias artísticas Planta Alta, decidimos transformar este sentimiento de vergüenza sobrevenido en un proyecto de investigación y acción y en un cambio de hábitos duradero. Parte del trabajo pudo verse en la muestra Spotting the tourist que llevamos a cabo en el marco del Festival FACBA 22 y para la cual contamos con el apoyo gráfico de Ricardo Barquín Molero.

Los primeros hallazgos fueron estadísticas que echaron nuestros privilegios por tierra. Frente al discurso de que «el low cost ha democratizado la aviación», averiguamos que cerca del 85% de la población mundial jamás ha cogido un avión; que, en un año estándar, solo vuela el 3% de la población mundial; e incluso que el 50% de los gases de efecto invernadero emitidos por la aviación son imputables a únicamente el uno 1% de terrícolas. De la jet set de los años 60 habremos perdido lo chic, pero a la vista está que seguimos bien inmersos en ella.

Lo que ha cambiado, ciertamente, respecto a esos glamurosos años, es la situación climática. Y es que la aviación contribuye en torno al 2-3% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. A esto hay que añadirle el efecto calorífero extra inducido por las estelas de condensación que los aviones dejan a su paso. Esta cifra puede parecer pequeña, pero es colosal. De hecho, cuando, en lugar de presentarla agregada, se individualiza esta cifra, los científicos llegan a una conclusión muy contundente: de entre las actividades que hacemos los humanos del capitaloceno, no hay nada más contaminante en términos de carbono que volar en avión. Un vuelo interoceánico equivale a todo el CO2 de que dispondríamos si se repartiera de forma proporcional por persona y año. No nos quedaría pues capacidad para desplazamientos cotidianos, para alimentarnos, calentarnos ni para juntarnos a bailar en una sala de conciertos.

Sobre todo, argumentan los ecologistas, es profundamente injusto que una actividad de élite tenga un impacto planetario tan tremendo. Cuando empezamos a preguntarnos ¿tiene la población mundial que soportar la huella de carbono de los viajeros privilegiados?, el asunto se pone interesante.
Es en ese momento cuando vemos de forma concreta que la (hiper)movilidad es un privilegio de clase, económico, de pasaporte, de género, etc., y empezamos a poder preguntarnos: ¿puede existir una justicia espacial? ¿Una justicia del movimiento? ¿Quiénes se hacen cargo de los impactos ecológicos, sociales, políticos de la acelerada movilidad de unos pocos? Sobre todo, se abre un camino para reevaluar el sentido del viaje. No es lo mismo un ejecutivo británico, que trabaja en la City y se va en avión cada fin de semana a teletrabajar a Málaga, que una estudiante española de clase media de Erasmus en París o que una trabajadora doméstica migrante afincada en Madrid que vuelve a su país cada 5 años. Los impactos climáticos de un vuelo podrán ser parecidos, pero el CO2 acumulado por persona a lo largo de la vida, y la razón de ser de esta quema de combustible, ciertamente no lo es.

Por ello, activistas de la red Stay Grounded —hoy por hoy la más avanzada en el campo de la aviación— proponen una tarificación adaptada: que cuanto más volemos, en distancia, y sobre todo, en frecuencia, más caro resulte el billete. Esta fiscalidad verde buscaría desincentivar y corregir hábitos de hiperconsumo turístico, además de recaudar fondos para financiar la transición ecológica de nuestras economías. Entre las medidas que defiende esta red también se encuentran, como era de esperar, la fiscalidad del queroseno, que, por razones históricas, es poco gravosa. También, imponer una moratoria sobre la ampliación de infraestructuras aeroportuarias y evitar que la flota de aeronaves se multiplique por dos de aquí a 2050, que es el escenario deseado y previsto por las aerolíneas. Por último, Stay Grounded no menosprecia la importancia de un cambio de mentalidad respecto a la aviación, acompañado de la promoción de otras formas de viaje, ocio y turismo. Mientras Rosalía y Tangana cruzan mensajes encriptados «con altura», nosotras tenemos que aprender a amar la bicicleta.

Y es que esta red no atiende solo a los efectos del CO2 sobre el clima, sino a las formas culturales del consumo de viajes o del trabajo internacional. Su lema nos quiere con los pies en la tierra, como los topos, y no desperdigados por un paisaje turístico que desfila a toda velocidad, cual decorado despojado de buen vivir a golpe de Airbnb, Starbucks y Ryanair. Puede que en castellano no tengamos todavía palabra, pero la sintomatología flygskam sí que parece haber llegado para quedarse.

EL JACINTO DE AGUA: HISTORIA DE UNA INVASIÓN

El jacinto de agua o camalote (Eichhornia crassipes) es una planta fascinante originaria de las grandes cuencas sudamericanas, en las que juega un importante papel ecológico. Fuera de su hábitat, en cambio, constituye un buen ejemplo de los catastróficos efectos que pueden llegar a generar las especies exóticas. Algunos de sus efectos negativos sobre los ecosistemas acuáticos son: la ocultación de la luz solar sobre la lámina de agua, paralizando así la base de la cadena trófica; la potente competencia sobre especies de plantas autóctonas acuáticas y de ribera, o el riesgo de que, en los meses fríos, la mayor parte de las plantas de camalote mueran y su materia orgánica pase a descomponerse bajo el agua. También ocasiona graves efectos económicos, al obstruir canales y colectores o al impedir actividades como la navegación o la pesca.

Cuando en 2004 se observaron las primeras manchas de camalote en el curso medio del Guadiana casi nadie sospechaba que se trataba del preludio de una catástrofe ambiental con pocos precedentes. Unos meses después, la planta crecía a lo largo de ochenta kilómetros de río. Diez años después, el Guadiana, desde Medellín hasta Portugal, se encontraba colapsado y totalmente cubierto de una exuberante y tupida capa de camalote. Se habían invertido más de cincuenta millones de euros públicos en los infructuosos intentos por atajar la plaga y brigadas de cientos de operarios, barcas, retroexcavadoras y patrullas de la UME se afanaban en controlar algo que ya era incontrolable.

Una de las causas de la vertiginosa expansión de esta planta en Extremadura la encontramos en sus propias características botánicas. Se trata de una especie que posee un prodigioso sistema de multiplicación mediante estolones, el cual da lugar una de las mayores tasas de crecimiento de plantas vasculares acuáticas: llega a duplicar la superficie que cubre cada cinco días si las condiciones son las óptimas. Y, para el jacinto de agua, condiciones óptimas son temperaturas de entre 18° C y 30° C y aguas cargadas de nutrientes. Respecto a las condiciones climáticas, se dan en circunstancias normales durante nueve meses en la provincia de Badajoz. El cambio climático y los inviernos cada vez más benignos no hacen sino agravar este factor favorable para la especie. Y, en cuanto a las aguas cargadas de nutrientes, la cuenca del Guadiana manifiesta una elevada carga de nitratos, debido principalmente al deficiente funcionamiento de algunas estaciones depuradoras de residuos líquidos urbanos, a los vertidos insuficientemente depurados de la industria conservera y a los efluentes de fertilizantes de las zonas de regadío de Vegas Altas y Vega Bajas. Todo ello hace posible un cóctel de nitratos y otros fertilizantes disueltos de absorción rápida que permiten el crecimiento explosivo del jacinto de agua. Precisamente, cuando los efluentes derivados de la agricultura intensiva se elevan, en los meses de primavera y verano, también lo hacen las temperaturas, por lo que los ingredientes para desencadenar la invasión descontrolada están servidos. La antes mencionada capacidad inaudita para multiplicarse de esta especie, hace que, al contrario de lo que ocurre en la lucha contra plagas habituales en agricultura, de nada sirve reducir la especie en un 99% pues, con las circunstancias adecuadas, esta podría volver a gozar de su contingente original en solo ocho días.

Todos los estudios serios señalan que la plaga del jacinto de agua en el Guadiana tiene su causa fundamental en la importante degradación de la calidad del agua del río. En efecto, además de ser consecuencia de muchas cosas, la invasión es sobre todo un indicador del lamentable estado en el que se encuentra el río: según la propia Confederación Hidrográfica del Guadiana —organismo encargado de velar por la calidad de las aguas del río—, en quince de las estaciones oficiales de medición se arrojan valores «inadmisibles» de contaminación.

Frente a este panorama, a falta de una actuación temprana que hubiese sido mucho más efectiva que los esfuerzos invertidos a destiempo, las administraciones competentes emprendieron una lucha sin cuartel, pero sin criterio, alejada de las recomendaciones que se hacían desde la comunidad científica. Así, se empleó una cantidad ingente de maquinaria pesada para extraer el camalote del río, destrozando las comunidades bentónicas y la vegetación ribereña; se cubrieron grandes extensiones con miles de toneladas de restos de la planta en descomposición que, con las crecidas, volvían al río; se llegó incluso a plantear la posibilidad del uso de glifosato. También se buscaron utilizaciones para el camalote (compost, biogás, etc.) obviando la advertencia de los expertos que recomiendan encarecidamente no convertir un problema de estas características en un recurso económico, pues se corre el riesgo de perpetuarlo.

Ante la aparición de manchas de camalote en la dársena del Guadalquivir, en Sevilla, se plantea un escenario delicado, ante la posibilidad de que la expansión de la planta llegue y se establezca en las marismas de Doñana. Las condiciones climáticas de la cuenca andaluza son más benignas para la especie que las de la extremeña, lo que agrava el peligro. Actuar como ya se hizo en el Guadiana es la garantía casi segura del fracaso total, por lo que la experiencia extremeña ha de servir como didáctico ejemplo de fracaso. Afortunadamente, la presencia del jacinto en el Guadalquivir se encuentra en una fase muy incipiente, lo que puede permitir la acción rápida. Un control basado en la extracción mecánica —nunca un control químico—, en el conocimiento de la especie y reduciendo el impacto sobre el ecosistema fluvial, debe de ser uno de los ejes para evitar que, lo que hoy es una anécdota en el Guadalquivir, pueda llegar a convertirse en un desastre. El otro eje y el más importante es impedir que las aguas del río sean un cóctel de nutrientes. Ello solo puede conseguirse mediante un compromiso serio de las administraciones para velar por la calidad del agua y atajar los focos de contaminación directos (vertidos) e indirectos (agricultura intensiva).

El aceite y sus residuos

La falta de agua por culpa de períodos de sequía cada vez más pronunciados, la tierra exhausta y desertizada, mal que avanza cual Nada destruyendo Fantasía, y un sinfín de fenómenos ajenos al hacer humano han sido, tradicionalmente, los culpables a los que señalar para explicar ese fenómeno al que se le ha puesto muchos nombres, pero que, en definitiva, significa la desaparición del olivar.

Hablar del olivar con una mirada crítica y una perspectiva de cuidados del medioambiente nos obliga a hablar de los fundamentos del sistema económico que nos gobierna. Pero esta sección no va de economía, sino de encontrarnos con nuestro entorno y hacernos las preguntas necesarias para relacionarnos con él (o ella, como ya apuntó Lovelock). Así que permitidme que os acompañe en esta aventura que empieza en el campo, pasa por nuestras propias casas y termina a miles de kilómetros de distancia, quizás a miles de años luz, perdido en ese fondo celeste que nos arropa al anochecer.

Las plantas son esos seres vivos que, a priori, tan solo necesitan luz y agua, como dicen nuestros más que trillados libros de textos. La verdad es que necesitan algunas cosillas más, no mucho, un poco de nitrógeno y fósforo, y un poquitín de sodio, potasio, hierro, magnesio, selenio, etc. Mucho cariño, paciencia y las condiciones de luz, humedad y temperatura adecuadas, y listo. Nuestro pequeño hueso de aceituna alza su tronco retorcido y altivo y se posa sobre la tierra, que espera callada al mes de septiembre para que el trabajo y el sudor de jornalerxs vareen sus ramas y lo despojen del fruto que durante más de seis meses ha cuidado y criado con ese dorado líquido que tantos suspiros nos ha provocado.

Entra la maquinaria en el campo, recogiendo el fruto del árbol y del trabajo de lxs aceitunerxs, y despreciando el esfuerzo de miles de olivos que limpian nuestra atmósfera de dióxido de carbono. Las aceitunas llegan a las almazaras y se lavan para quitar la debris campestre, dejando tras de sí unas aguas de color pardo y olor a tierra. No serán las únicas aguas que acaben contaminadas. Las propias aceitunas, por mucho que nuestro amado olivo se esfuerce, no tienen más que una quinta parte de aceite. Un aceite que tiene que lavarse para mostrarnos ese tono dorado y verdoso que nos encontramos en el pan que desayunamos cada día. Y si el aceite es solo una quinta parte de la aceituna, ¿qué es el resto? Una mezcolanza de agua y restos del tejido vegetal que se ha venido a llamar alperujo. Y no, no creo que por estas tierras haga falta señalar que estos residuos no huelen ya a tierra y campito.

Andalucía produce de media algo más de un millón de toneladas de aceite cada año, orgullo en titulares de periódicos y anuncios de la Junta. Lo que no vemos son esos más de cinco millones de toneladas de residuos. Además, al olivar le hemos quitado su fruto y todo lo que de él podría recuperar. Él y la tierra que lo mantiene. ¿Y qué hacen lxs dueñxs de nuestras tierras para contrarrestar este despropósito ambiental?

Los olivares son fertilizados con nutrientes de origen mineral y artificial (vayan y pregúntenle al Mar Menor si quieren saber qué efectos puede acarrear esto), y nuestros grandes terratenientes hacen poco más que rezar para que llueva y sus tierras puedan sobrevivir una temporada más. ¿Con los residuos?: las aguas rebosan en balsas interminables a la espera de que el sol las evapore, dejando tras su marcha un fango capaz de acabar con pantanos enteros, que poco a poco se va filtrando en la tierra, esa misma que se muere y que ya poco puede hacer por seguir produciendo. Y el alperujo, en el mejor de los casos, se deja para hacer un compost deficitario en nutrientes y cargado de sustancias fitotóxicas que se devuelve al olivar casi con saña, y, en el peor, se lleva a las plantas de cogeneración donde es secado y quemado para producir algo de calor, muy poca electricidad y llenar nuestra atmósfera de gases que en algún lugar del planeta acabarán convirtiéndose en ácido que caerá sobre el rostro de lxs olvidadxs.

Y esto ocurre porque, a día de hoy, es el método más económico. Pero ¿y si en vez de que la economía buscara un beneficio monetario buscara el cuidado de todxs y del medio ambiente? Me hago esta pregunta, aunque en realidad lo que me pregunto es si como sociedad estamos actuando como mejor sabemos, si el avance científico y el conocimiento actual no llegan a dar más soluciones, y, por ende, debemos asumir que para tomar aceite y sobrevivir hemos de destruir la tierra y el planeta.

Aunque hay muchas vías y el camino por mejorar, que pasa por el decrecimiento y un consumo más ajustado a las necesidades, no acaba nunca, quiero dejarles con una propuesta a modo de ejemplo para demostrar cómo lo que se hace y lo que se podría hacer no es cuestión de tecnología, sino que responde a un modelo antagónico con el cuidado de la vida.

El olivar es ya de por sí un fenómeno humano y como tal no es autosuficiente, aunque dejemos que sus frutos y hojas caídas rieguen la tierra, ya que estos están cargados de sustancias ácidas y tóxicas. ¿La solución? La misma que en todos los frentes sociales y ambientales que se nos presentan: cooperación y apoyo mutuo. El olivar debe cohabitar su entorno. Mi apuesta son unas nuevas compañeras, pequeñas algas que no tienen más cuerpo que su única célula y no necesitan tierra alguna. Estas microscópicas plantas no competirán con los recursos de los olivos, sino que crecerán en las mismas aguas contaminadas que producimos para extraer el aceite, descontaminándolas y, ahora ya sí, pudiendo ser usadas para regar el olivar.

¿Y qué hacemos con estas amigas que crecen y crecen sin parar? Habría que presentar a un tercer vecino, o más bien a una comunidad de vecinas, un grupo selecto de bacterias y arqueas que viven en la oscuridad, no consumen oxígeno y son capaces de digerir estos residuos para generar biogás y un lodo de alto valor nutritivo capaz de sustentar nuevas generaciones de alguitas y olivos.

¿Y el biogás? Esta mezcla de gases contiene metano suficiente para hacer que todo el tinglado sea sostenible energéticamente y algo más para cubrir las necesidades energéticas de algún pequeño poblado cercano (donde vivirían aquellxs jornalerxs). Pero en su combustión produce dióxido de carbono. No os preocupéis, nuestras pequeñas algas están encantadas de consumir todo el que se genere y más.

Así que, si os preguntan: «¿por qué se muere el olivar?», responded: «es el mercado, amigos».

La sostenibilidad no es solo verde

La sostenibilidad es solo verde, institucional y empresarial. Es la conclusión que puede sacarse de un estudio de una consultoría sobre la cobertura informativa de la Agenda 2030 en los medios de comunicación generalistas. Mientras, un 70% de la ciudadanía no sabe qué es esta agenda.

¿De qué hablan los medios cuando hablan de sostenibilidad? Yayo Herrero ya alertó en su día de que «justicia social y sostenibilidad deben ir juntas», para evitar que la transición ecológica se convierta en una excusa para el recorte de derechos sociales. Sin embargo, esa combinación no se da desde los medios de comunicación convencionales.

A esa pregunta venía a responder un estudio de la consultoría Canvas Estrategias Sostenibles lanzado en febrero de 2021 y que analiza de forma cuantitativa más de 11 800 noticias de 288 medios estatales y regionales publicadas en 2019 y 2020, además de un análisis cualitativo realizado por 31 personas expertas y periodistas. Las tres conclusiones que saca el informe son: el marcado tono político e institucional de las informaciones; la dimensión central que se aborda cuando se informa de sostenibilidad es la medioambiental, aunque con la covid-19 también ha cobrado peso la sanitaria; y el peso de las empresas, que, a través de notas de prensa o publirreportajes, tienen un espacio importante en los medios para vender sus políticas de sostenibilidad. Es decir, la información sobre sostenibilidad en los medios es verde, institucional y empresarial.

Eduardo Robaina, coordinador de «Climática», suplemento de La Marea especializado en crisis climática, cree que estas tres conclusiones del informe tienen en común una misma cosa «la poca especialización de las redacciones». «Esto provoca que queden fuera muchas variables de la sostenibilidad, porque el cambio climático es muy transversal, pero en el periodismo generalista tiran de lo más básico». Y lamenta que dentro de esa información que sí se da «hay mucho greenwashing (ecoimpostura)».

El análisis cuantitativo de las noticias explica qué temáticas son más tratadas. Clasifica las informaciones según hablen de uno de los 17 ODS, los objetivos de desarrollo sostenible marcados por la Agenda 2030. Esto provoca que algunas noticias caigan en varias categorías. El 41% de los artículos analizados hablan de la acción por el clima y el 26% sobre salud y bienestar. El reparto de noticias hace que las personas expertas que participan del estudio opinen que «hay retos muy relevantes para la sociedad que no se difunden con la suficiente fuerza desde los medios. Los ODS más cubiertos no son necesariamente los que más interesan al bienestar de la sociedad sino los más relevantes para las empresas, o los más fáciles de medir».

Este mayor peso de lo verde y lo económico provoca que las noticias acerca de reducción de las desigualdades y el fin de la pobreza sumen combinadas un 22%. La igualdad de género no llega al 12%. Antonia Ceballos, periodista de la revista feminista La Poderío, no se sorprende del poco peso de la igualdad de género en la cobertura sobre la Agenda 2030. «Siempre que revisamos las prioridades, la igualdad de genero no aparece en la Agenda». Una ausencia que no por esperada es comprendida. «No es una cuestión aislada (la igualdad de género), sino una mirada que tenemos que tener. Debe ser transversal, sino pierde el sentido». Por eso, la periodista feminista reclama que en la comunicación sobre sostenibilidad hay que mirar con las gafas violetas. Su ausencia se debe «a que implica cuestionarse muchas cosas, no solo la igualdad, sino todo el sistema, de cuyo engranaje forman parte los medios».

Tampoco sorprende esta escasa presencia de lo social a José Javier López, director de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES). «Los temas de pobreza no están en la agenda mediática ni política. No gusta escuchar estos temas porque se quieren tapar, por lo que significa, por el fracaso social que implica», asegura. En esta misma línea, Ceballos cree que «ponemos cosas en la agenda que podemos asimilar (como sociedad) porque no son verdaderamente transformadoras». «Olvidamos que en ese desarrollo sostenible hay una parte importante de inclusión. Que la sociedad tiene que ir unida. Para que haya desarrollo económico tiene que haber desarrollo social», reclama López.

El estudio, que se desarrolla en 2019 y 2020, permite comparar la etapa prepandémica y la pandémica. Los picos en el interés informativo en torno a la sostenibilidad —con escasa presencia de estos asuntos cuando arrecian las olas del covid-19— hacen que se concluya que «la sostenibilidad no parece percibirse, por ahora, como una cuestión sistémica per se, sino como un plus, un complemento que aporta valor al diálogo sobre temas políticos, empresariales, etc.», es decir, la sostenibilidad como una opción, no como una necesidad. Además, hay personas expertas en este estudio que manifiestan que «se sigue percibiendo un divorcio entre el bienestar y la sostenibilidad ambiental, mientras que los riesgos que tiene continuar con nuestro modo de vida, por ejemplo en materia climática, no se consideran suficientemente significativos como para producir un cambio material en las conductas de las personas».

Sobre estos aspectos, a Robaina le preocupa esa dicotomía entre bienestar y sostenibilidad que pervive en los grandes medios y la dificultad para mover el discurso a otras posiciones. Es uno de los retos que afrontar en la comunicación de la sostenibilidad. Él ha observado que «la pandemia ha frenado la información climática» y achaca a un interés mercantilista el aumento de las noticias sobre medio ambiente y cambio climático por un incremento del interés social. «El “fenómeno Gretta” hizo que el cambio climático estuviera en boca de todos», asegura.

En septiembre de 2020, el CIS publicó una encuesta sobre la Agenda 2030. Un 70% de la ciudadanía encuestada la desconocía. Pero un 32% valoraba que el objetivo prioritario debería ser erradicar la pobreza y acabar con el hambre y la desnutrición. El ODS de «hambre cero» solo fue comentado en el 5% de las noticias sobre la Agenda 2030. También sobre sostenibilidad hay que diferenciar entre opinión pública y opinión publicada.

QUE VIENE EL LOBO

EL LOBO, ESPECIE PROTEGIDA

La luna llena, el aullido lejano, caperucita… La mitología en torno al lobo es tan rica como los sentimientos que despierta en la sociedad. Más que una especie es un imaginario de pasiones y miedos. Por eso es tan difícil alcanzar acuerdos en torno a cómo gestionar sus poblaciones: no se trata solo de una cuestión ecológica, sino de un estereotipo de la naturaleza salvaje, a la vez que la amenaza del sustento precario de ganaderas y ganaderos extensivos. 

La importancia ecológica del lobo como especie depredadora en una posición clave de la red trófica no la niega ya nadie. Ni siquiera la mayoría de los ganaderos y ganaderas. La gran mayoría. En un equilibrio ecológico  dinámico, los depredadores son clave en el control de la expansión de otras especies, pero compiten por las presas. La especie humana es depredadora y compite con el resto de las especies depredadoras, pero juega con la ventaja de la sofisticación. Por eso nos hemos reproducido sin apenas ser depredados y hemos empujado a la casi extinción a muchos otros depredadores, como lobos, osos o jaguares, lo que ha desequilibrado su hábitat. Por eso es importante fomentar la recuperación de sus poblaciones allá donde han desaparecido o flaquean. Este sería el acuerdo científico que ha ido calando en la sociedad y que el movimiento ecologista ha traducido en reivindicaciones de reintroducción de especies en determinadas zonas. Sin ir más lejos, hace pocos días hubo en Sevilla una manifestación por la reintroducción del lobo en Andalucía.

Pero cuando estas especies compiten con personas por recursos como el ganado, emergen los conflictos. La población de lobos en España y en otras zonas de Europa se vio mermada por su caza, especialmente en zonas donde la ganadería era la forma de vida y sustento. Aunque existen hoy en día zonas con poblaciones estables o incluso crecientes de lobos donde nunca han desaparecido y siempre han coexistido con la ganadería. Pastores y ganaderos han desarrollado multitud de estrategias de protección de los rebaños, como la cría de perros mastines, las carrancas (collares con pinchos para los perros), la mezcla con otros animales defensores como los burros, el vallado o la estabulación nocturna, la guardia o el pastoreo continuo. Tan diversas son las estrategias desarrolladas como las ganaderías o los paisajes que las sostienen, pero ninguna ha demostrado ser eficaz al cien por cien. La ganadería que coexiste con lobos antes
o después cuenta pérdidas por ataques. Incluso la más profesional, con todas las estrategias arriba mencionadas, en ocasiones es testigo de ataques. Y un ataque de lobo no es solo eso, un número de ovejas menos en el rebaño. Es rabia, impotencia, ansiedad y miedo porque se vuelva a repetir o por la pérdida económica. Tristeza por la pérdida de lo criado y cuidado día tras día. Esto debería ser también un conocimiento común en una sociedad como la nuestra, pero por desgracia pasa totalmente desapercibido.

Así mismo, la mayoría de la gente desconoce que la ganadería extensiva es clave para la generación de múltiples contribuciones para nuestra calidad de vida: producción de alimentos, prevención de incendios, patrimonio cultural pastoril, etc. Los paisajes que conocemos y valoramos, que hemos protegido por su importancia para la biodiversidad, no serían lo que son si no fuera por el manejo milenario agroganadero. Pero la ganadería se muere ahogada por la globalización y la industrialización del sistema agroalimentario que ofrece chuletas a diez euros el kilo o hamburguesas a euro en las súpers. Sus peores depredadores, los que exprimen hasta la última gota de la sostenibilidad ecológica y social de la ganadería, son la agroindustria y las políticas de libre comercio internacional, que se salen con la suya cada vez que consumimos productos de ganadería industrial. Pero la puntilla la puede dar la lucha cotidiana con un enemigo que sí se ve, que es de carne y hueso, y que desaparece puntualmente con un tiro de escopeta. Tanto nos han contado el cuento de los tres cerditos y su final feliz gracias a la valerosa y mortífera intervención de un cazador, que tenemos grabado a fuego que el lobo es siempre el malo. Qué pena que no nos cuenten cuentos más realistas donde el malo viste de traje y corbata.

La polarización está servida. La caricatura de estereotipos dibujaría de un lado del ring a los «ecologetas» de ciudad, descerebrados por tantas películas de Disney, turistas rurales de fin de semana con barbacoa del súper, sesteando frente a los documentales de La 2, afiliados a alguna asociación ecologista subvencionada por el gobierno. Del otro lado, pastores incultos con el ganado medio abandonado, tirados en el sofá todo el día quejándose de lo mal que está el campo pero viviendo bien gracias a las subvenciones públicas, de gatillo fácil en cuanto algún bicho les moleste. Entre medias podríamos encontrar otros personajillos como científicos y técnicos de aquí y allá, aportando datos y argumentos siempre legítimos cuando están de su lado, y siempre interesados cuando está del otro.

¿Cómo se va a entender esta gente? ¿Cómo se puede mitigar esta maraña de conflictos de valores e intereses tan arraigados en la razón, el subconsciente y los corazones? Con mucho trabajo de escucha y empatía; reconociendo el desconocimiento; confiando en la capacidad humana para el entendimiento y el trabajo colaborativo; con generosidad para quitarse la mochila y poder ver un horizonte más amplio. Con la ayuda de profesionales de la facilitación y la mediación. En los últimos años ha habido varios ejemplos de procesos de este tipo en Galicia, Ávila, Sanabria o incluso a escala estatal con el Grupo Campo Grande. Incluso Portugal trabaja hace años en el Grupo Lobo. No es tarea fácil ni rápida ni existe receta mágica, pero la experiencia demuestra que, si se quiere, se pueden acordar mínimos y reivindicar colectivamente políticas que apoyen la coexistencia, como la formación y ayuda a la protección de las ganaderías en zonas loberas o la mejora de los mecanismos de compensación por ataques.

Por desgracia abundan más las iniciativas que avivan los conflictos, no favorecen el desarrollo de las poblaciones de lobos a largo plazo ni contribuyen a la sostenibilidad de la ganadería extensiva. La reciente inclusión del lobo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial por parte del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, a petición de un beligerante grupo ecologista centrado solo en el lobo, con asesoría científica de dudoso rigor, y sin ningún tipo de información ni participación pública, es un magnífico ejemplo de cómo avivar el conflicto y enfrentar de nuevo campo y ciudad. O las manifestaciones convocadas por grupos ecologistas en ciudades, en la que se despliega todo el fetichismo por una especie pidiendo su reintroducción en un territorio como Andalucía donde hace décadas que no hay lobos y la población rural no está por tanto adaptada a la coexistencia. Tampoco son mejores los ataques públicos a las reivindicaciones ecologistas por parte de los grandes sindicatos agrarios, que guardan silencio en cambio frente a los abusos o incluso hacen lobbie en favor de la industria agroalimentaria y el libre comercio que ahoga al sector productor y avoca al mundo rural al despoblamiento. No puedo evitar pensar qué pasaría si en estos debates hubiera más empatía y menos testosterona. Si se dejara a caperucita o a los tres cerditos negociar con el lobo.

Camino a la Expo 2027

EL NEGOCIO DE LA SOSTENIBILIDAD DISFRAZADO DE LAVADO VERDE, BAJO EL LEMA «LA ERA URBANA: HACIA LA CIUDAD SOSTENIBLE»

El único hito sostenible en Málaga desde los tiempos preconstitucionales es sin duda nuestro alcalde, don Francisco Manuel de la Torre Prados.

Un auténtico tentetieso de la política al sostenerse en la vida pública desde que acabó su larga formación académica, a los veinticinco años de edad, a saber: presidente de la Diputación de Málaga a los veintiocho años; consejero de Economía y Turismo en la Junta preautonómica; diputado en las Cortes Generales; senador en las mismas Cortes; concejal responsable del Área de Movilidad del Ayuntamiento y, por fin, alcalde para culminar sus días de servidor público, (1976-…).

Pues bien, este señor, a sus 78 años de edad, pretende retirarse bajo la impronta de haber hecho a Málaga una ciudad sostenible y así ser recordado para los restos, como si del mejor alcalde del reino se tratara.

Sería muy loable esta intención si durante sus 25 años en el Ayuntamiento se hubiese atisbado algún viso de sostenibilidad en sus prácticas de gobierno; fomentar el uso y abuso del vehículo a motor privado, sustituir árboles autóctonos por palmeras o por nada, enajenar espacios públicos para inversiones especulativas de privados relacionadas con el ladrillo, etc.

En materia de movilidad, la OCU calificó a Málaga como la ciudad con las peores infraestructuras para moverse en bicicleta. No contentos con ello y careciendo de dichas infraestructuras, en una ciudad donde existen auténticas autovías urbanas que la fracturan, se sacan de la manga una ordenanza de movilidad con el supuesto propósito de regular el tránsito de patinetes y bicicletas, y obligan a estas a circular entre el trafico rodado a velocidades muy por encima de lo permitido. Este hecho provocó las protestas de ocho mil personas en febrero de este año, en lo que se recuerda como la protesta más numerosa en Málaga contra el equipo del gobierno municipal.

Desde la asociación llevamos reivindicando una red de carriles bici la friolera de 20 años y hemos contado con toda clase de ayudas y asesoramientos técnicos desde el ámbito universitario o institucional, pero todo han sido trabas para no fomentar la movilidad activa.

Buena muestra de ello es nombrar a un empresario de autoescuelas responsable del área de movilidad para que nada se mueva y estorbe al coche.

Es práctica habitual que los aparcamientos públicos, dependientes de esta área para más coña marinera, participados al 51% por capital privado, hagan ofertas para que la gente acuda en coche al centro. Las campañas de promoción del transporte público brillan por su ausencia a pesar que el grado de ocupación de la EMT es del 15%. Esta es una de las razones por las que el vehículo privado ocupa más del 50% de la movilidad, siendo la bicicleta un pírrico 1,5% de la misma. El resto se lo reparte el peatón, un 29% y un 4,5% el Metro.

Este consistorio se ha permitido cambiar el PGOU para construir rascacielos en diversas parte de la ciudad, incluyendo los antiguos terrenos de la petrolera CS, actual REPSOL, que al ser recuperados para la ciudad iban a ser destinados para un gran pulmón verde: el bosque urbano de Málaga, tal y como pidió el vecindario al conseguir el desmantelamiento de los depósitos de crudo en 1991.

Paradójicamente, este ayuntamiento se ha dedicado a fomentar el monocultivo del turismo como única apuesta económica de la ciudad, nos quieren a todos camareros.

La gentrificación, el descontrol de los alquileres turísticos, la promoción de los cruceros o la cesión del centro histérico (y sí, así lo definen los pocos vecinos que quedan) al turismo de borrachera hacen de Málaga, con una tasa de paro juvenil del 47%, la ciudad más insostenible del planeta.

Pero claro, ¡ellos tienen la solución mágica!: una Expo que va a atraer 800 millones de euros, más de 4 millones de visitantes y tropecientas mil empresas tecnológicas que harán de Málaga la Silicon Valley de Europa. Para ello se han ido a la Junta para que su presidente y su vice les den el aval que ellos creen suficiente para certificar su nuevo negocio.

Hete ahí, nuestro querido alcalde se ha dado de bruces con la realidad: resulta que su proyecto carece de la necesaria consulta ciudadana a la que él está tan poco acostumbrado.¿Acaso sabrá la gente lo que es mejor para ella? Quienes entendemos de negocios, quiero decir, de sostenibilidad, somos nosotros, los gestores del desarrollismo, digo, ¡del verdadero progreso! (Se le escuchó decir desde su despacho en la Casona del Parque).

Mas nuestro hábil alcalde ya encontró la solución: culpar al Gobierno central si no apoya su candidatura; y si así lo hiciere y no resultase elegida, pues también, por no haber puesto todo el ímpetu que está poniendo él. Por cierto, detrás de los terrenos públicos que albergarían la Expo 2027 habrá una recalificación en el futuro.               

¡El gran negocio de la sostenibilidad disfrazado de «lavado verde»!

AVENTURA EN PROYECTOS DE PERMACULTURA Y BIOCONSTRUCCIÓN

Muchas de vosotras conoceréis por experiencia propia la cantidad de ofertas para voluntariado en proyectos privados de permacultura y obras de bioconstrucción que, a través de las redes sociales, se realizan hoy día. Muchas son las historias interesantes que acontecen en este fenómeno mundial de viajes y conocimiento. Sin entrar en las consideraciones que pudieran hacerse sobre qué es un voluntariado, oficial o no, en este artículo expondremos la historia de cuatro amigas que decidieron emprender un camino juntas. Experiencia que alumbra ese misterioso concepto que llamamos salud.

Esta historia es un ejemplo que nos permite aprender y valorar un proyecto donde varias personas se asociaron y emprendieron varios caminos para crear juntas un lugar donde vivir y divulgar los valores de la permacultura, la bioarquitectura y la bioconstrucción: Urraca, Filomena, Gertrudis y Bernarda, dejan la ciudad y se van al campo a disfrutar. Todas decidieron ponerse manos a la obra y encontrar un lugar donde construir un hogar; un centro de divulgación y formación; un negocio que produzca los medios necesarios para su vida, y también un ejemplo para el mundo de cómo disfrutar más y mejor de la existencia en armonía con el medio. ¡Toda una aventura! 

Todas juntas empezaron a reunirse con el propósito de compartir los mismos objetivos. Trazaron un camino y, tras crear un consenso que recogiera todas estas primeras impresiones, y con las aportaciones, consejos y experiencias de proyectos similares y de personas especialistas, decidieron dar el siguiente paso: buscar un lugar donde realizar el proyecto. 

Urraca se dedicó a visitar ayuntamientos para conocer si existían parcelas y edificaciones sin uso y cómo poder conseguir un contrato para su cesión temporal. Ciertamente se llevó un gran chasco, pues parecía que las administraciones no tenían habilitado procedimientos ni trabajadoras algunas para facilitar el uso de estos bienes públicos. Gran decepción y controversia pues a la vista saltaba la inmensa cantidad de espacios públicos que no son usados. 

Filomena tomó la tarea de visitar a personas y entidades privadas propietarias de los bienes necesarios para el proyecto de su pandilla, con el objetivo de poder explicarles el proyecto y obtener una cesión temporal o donación de por vida. Consiguió despertar el interés de varias personas, visitar decenas de fincas y tener innumerables asambleas con su equipo de proyecto, pero tras varios meses de trabajo no llegó a establecer ninguna relación formal con las personas propietarias de los terrenos, no acostumbradas a este tipo de propuestas. 

Gertrudis tuvo la misión de buscar fincas para comprar o alquilar. Surfeando por internet gastó innumerables horas buscando en portales inmobiliarios y webs de anuncios de compra-venta; creó un listado infinito y analizó las condiciones materiales, económicas y de clima y acceso de cada una de las fincas. De nuevo, ella se topó con uno de los más grandes monstruos de nuestro contexto social: el mercado y la especulación. «¡Oh, pero cuánto dinero hace falta para vivir en un lugar bonito!», decían todas.

Su equipo de proyecto había hecho cálculos de las necesidades económicas y creado métodos para financiar el proyecto. La traducción en moneda corriente superaba el medio millón de euros, pero su equipo no podía disponer ni de la décima parte de ese valor monetario. 

Bernarda se puso a la búsqueda de pueblos y fincas abandonadas pues ya había vivido y conocía otros proyectos de ocupación y recuperación de la vida autosuficiente en el campo. Su equipo sabía que esta era la opción más económica, pero también la más arriesgada por su ilegalidad, persecución, incertidumbre y riesgo. Sin embargo, ella estaba segura de la legitimidad del acto y llegó a encontrar cientos de lugares apropiados. Nadie sabe cómo encontraron el lugar, pero lo cierto es que el proyecto comenzó. 

Se trasladaron a vivir a la finca con furgonetas, yurtas y caravanas, y también improvisaron un huerto y el arreglo rápido de un pequeño chozo de pastores medio derruido que existía en la finca. Ya que para su idea de proyecto deseaban construir muchos edificios e infraestructuras, y cultivar huertas y bosques, sabían que necesitarían de la ayuda de otras muchas personas que debían ser incluidas en el proceso de creación. 

Como no disponían de los recursos económicos para pagar tan inmenso trabajo y cantidad de materiales, decidieron realizar diferentes estrategias que les permitieran conseguir sus objetivos. 

Urraca, que había recorrido como woofer o voluntaria a cambio de comida y alojamiento medio mundo formándose, captando ideas y apoyando proyectos de permacultura y bioconstrucción de carácter privado, decidió montar un voluntariado. Parecía que esta era la forma más económica y divertida para realizar y divulgar su proyecto a pesar de que conllevara mucha atención, tiempo y esfuerzo. 

Filomena, que había asistido a varias formaciones sobre el tema, vislumbró que una gran idea para financiar el proyecto y construir edificios, infraestructuras, huertas, bosques y lagos, sería la de ofrecer a profesionales y entidades expertas en estas materias el que pudieran realizar formaciones a buen precio para poder pagar a los formadores, por su trabajo y dedicación, con las matrículas del alumnado y, al mismo tiempo, tener cubiertas muchas de las necesidades del proyecto colectivo.  

Gertrudis, en su búsqueda de crear un modelo de apoyo mutuo, se afianzó en un lema: ayudar y ser ayudada. Su concepto de salud le llevó a proponer un banco del tiempo donde toda persona implicada en el proceso de desarrollo del proyecto comunal, pudiera ser también ayudada y de esta forma mejorar sus vidas. Creó una moneda corriente llamada Mano y estableció un sistema de registro para gestionar fácilmente la contabilidad. Llegó a equiparar en su sistema todos los trabajos con el mismo valor: el tiempo, la hora. Incluso Gertrudis, conocedora de que los seguros de accidentes y responsabilidad civil de voluntarios necesarios para la realización de voluntariados oficiales no iban a poder cubrir las necesidades de personas que sufrieran accidentes durante la realización de obras de construcción no declaradas, propuso un sistema interno de salud y caja de resistencia, además de poner todos los medios posibles para la prevención de accidentes. 

Bernarda, dudosa de la eficacia de las opciones que aparecían, propuso realizar acciones de expropiación, conseguir préstamos y donaciones dinerarias de personas y entidades allegadas, e incluso también propuso obtener dinero mediante trabajos externos que pudieran realizar las integrantes del proyecto para poder pagar de esta forma a las personas y empresas que les ayudaran y que necesitaban ser pagadas con dinero para sostener sus vidas.  Durante muchos años estas mujeres han disfrutado del éxito de su proyecto, estableciendo redes con iniciativas y personas afines. Un trabajo largo de autoconocimiento, paciencia y escucha. Un ejemplo que traemos hoy a El Topo y que esperamos os sirva de inspiración.

Cuando hablan los pueblos

Pueblos en Movimiento: una red entre personas, organizaciones y pueblos de Andalucía para visibilizar y promover un mundo rural vivo

Antes de que los focos colocaran a los pueblos en primera plana mediática con la pandemia, gracias (o por desgracia) a la que vimos cómo las ciudades eran espacios muchas veces inhabitables, en un pequeño pueblo del interior de la provincia de Málaga, Cuevas del Becerro, surgió una iniciativa que quería crear un espacio en el que discutir, compartir y construir qué ha sido, es y debería o podría ser la vida en los pueblos; si había algo que uniera a personas de diferentes localidades, si existía algo que pudiera denominarse «identidad rural» y si queríamos trabajar en común para darle la vuelta a tanto estereotipo negativo e infravaloración de una cultura rural (una y muchas diferentes) que durante tantos años han sido una losa para el futuro del medio rural.

Con el éxodo rural a las ciudades, que podríamos decir que continúa, no solo se perdió población, sino también cultura, y no porque no la llevaran consigo, sino porque, al llegar a estos espacios de asfalto y hormigón, todo lo que sonara a campo o a pueblos era visto como algo del pasado, como inferior a la modernidad urbana y cosmopolita. Hasta aquellas y aquellos que se quedaron se contagiaron de esta premisa que infravaloraba sus espacios, sus hablas, sus costumbres… En definitiva, se produjo todo un saqueo a mano de un sistema urbanocéntrico, extensible a la sociedad, que necesitaba mucha mano de obra barata y desarraigada. Al mismo tiempo, el sistema agroalimentario global fue creciendo cada vez más y además, en aquellas zonas rurales en las que aún había diversidad, aparecieron los monocultivos; donde había huertas familiares se empezaban a ver los frutos de las subvenciones. Y así, poco a poco, los pueblos iban y van perdiendo población y sustancia en esta herida abierta que no cura en la dualidad rural-urbano.

Por eso había que empezar desde el principio a cuestionarnos todo: ¿qué es ser de pueblo? Esta fue la pregunta que rondó sobre las cabezas de aquellos y aquellas que se dieron cita en el primer Foro de Pueblos en Movimiento en Cuevas del Becerro allá por el 2018. Allí se pusieron sobre la mesa muchos de los temas que, terminamos concluyendo, nos unían, afirmando la existencia de una identidad rural que nos mueve, y, con ella como bandera, queríamos seguir juntándonos, aprendiendo y mirando hacia el futuro con una perspectiva de pueblo. Una iniciativa que surge fruto de la necesidad de cohesión para hacer frente a una contemporaneidad en la que lo pequeño cada vez se invisibiliza más, y a la que hay que hacer frente uniendo puntos en común: en este caso ese sentir y ser de pueblo. Porque, como decía Galeano, «mucha gente pequeña, en sitios pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».

Así, en aquel primer Foro, preguntándonos sobre identidad rural, nos encontramos con más de 150 personas en las que nos reconocíamos mutuamente, con las que queríamos compartir también la visión que cada una tenía sobre qué era vivir en un pueblo, qué te aportaba y cuál era tu posición en él. Crear un espacio en el que repensar el mundo rural que los propios habitantes custodiemos, y así construir en conjunto otro futuro posible para estos territorios.

Pueblos en Movimiento se presenta, en un principio, como un espacio de encuentro, con la organización de varios foros, el primero de ellos en 2018, como hemos comentado anteriormente, y el siguiente en 2019 en Benalauría, una localidad del malagueño valle del Genal. Y, desde este punto de partida, el proyecto se ha ido organizando con diferentes grupos de trabajo con los que se han ido llevando a cabo acciones tanto de divulgación del propio proyecto —como fueron los Encuentros Ambulantes, pequeños espacios de discusión marinados con eventos culturales—, como el apoyo a otras iniciativas que coincidían con la filosofía del proyecto. Este fue el caso de la Ruta Romántica guiada por Isidro G. Cigüenza, que se hizo junto a la Plataforma Tren Público y Digno para la Serranía y con la participación de la Asociación por los Caminos Públicos de la Serranía de Ronda, que reivindicaba la mejora de estos servicios públicos en el territorio de la serranía tras el desmantelamiento previo del servicio en muchas estaciones pequeñas.

Poco a poco y con buena letra hemos ido trabajando en esta dirección, no sin dificultades por lo que implica construir una organización de estas características desde cero, sobre todo en cuanto a la complejidad espacial, ya que participan personas afincadas en la mayoría de provincias de la comunidad andaluza: desde un nutrido grupo de la Alpujarra almeriense de Almócita, hasta muchos pueblos del interior de la provincia de Cádiz, Málaga y Sevilla, principalmente.

Si en primer lugar se planteaba la necesidad de poner voz a las personas que viven, casi como un acto de resistencia, en el medio rural, desde el II Foro en 2019 se decidió que esta perspectiva era lo suficientemente compartida como para empezar a tomar cartas en el asunto y empezar a actuar desde los pueblos. En esta dirección seguimos remando, a pesar de la pandemia, reconvirtiéndonos al virtual e incluso trasladando el espacio de discusión y debate insigne del proyecto a un III Foro muy amplio y enriquecedor con jornadas virtuales que se están desarrollando desde el pasado mes de febrero y que terminarán el próximo verano, en las que se están tratando temáticas como educación, agroecología, cuidados, vivienda, entorno natural, etc. Muchas de las que ya han pasado las podéis ver en el canal de Youtube de Pueblos en Movimiento. Sobre las que están por venir y otras comunicaciones, os animamos a acercaros a través de nuestro canal de difusión principal que es Facebook.

El futuro será «en pequeño» y por eso los pueblos tienen tanto que decir. Ahora que salen a la palestra conceptos como la «despoblación», «la España vacía» o «vaciada», nos damos cuenta de todo lo que quedó atrás en ese camino hacia la supuesta modernidad, más aun ahora en un momento en el que están en riesgo de extinguirse tantos saberes que han promovido el entorno natural y humano de los territorios rurales. Seguiremos tejiendo redes y trabajando para que nuestra voz pueda ser escuchada y los territorios rurales no se conviertan en una zona de ocio vacacional ni en caldo de cultivo para nichos de negocio que aprovechan la situación de fragilidad de muchos pueblos para instalarse. Y, lo que es más importante, estamos orgullosas de ser de pueblo y esta es nuestra única bandera.

Conversaciones animales

La ganadería extensiva a debate

El auge del movimiento antiespecista (en defensa de los animales no humanos) plantea debates nuevos para toda una generación que se politiza al calor de nuevas luchas. Este artículo de El Topo es una conversación con Marta Tafalla (doctora en filosofía y profe en la Universidad Autónoma de Barcelona), una de las voces más potentes del antiespecismo en el Estado español.

Cada vez que un movimiento da un par de pasitos pa’lante, tendemos a pensar que se está construyendo Roma por primera vez, especialmente cuando no hay memoria de las luchas ni de las victorias conseguidas. Esto sucede en el antiespecismo aunque, como Marta Tafalla nos cuenta, viene desde Pitágoras y mucho antes. También existe antitauromaquia desde que los toros empezaron a ser toreados, aunque algunxs (como el que escribe) se pensaba que estar en contra de la sangre en el albero era algo muy de los noventa. De la historia del movimiento hablaremos en otra ocasión, aunque está bien dejar por escrito que a este movimiento le queda mucho hilo del que tirar.

De lo que sí hemos profundizado con la doctora Tafalla es sobre uno de los debates actuales en el seno del movimiento. ¿Es la ganadería extensiva un parche suficiente ante el cambio climático y todo lo que la industria ejecuta sobre la tierra? ¿Soluciona el problema del maltrato animal? Tafalla nos explica que la ganadería extensiva, al igual que la industrial, es un verdadero desastre. Los animales son modificados y criados pensando en la producción, sus vidas siguen siendo mucho más cortas de lo que podrían haber sido y, en realidad, nada garantiza una muerte no violenta. Lo cierto es que la ganadería extensiva en España se dedica a cargar sus animales vivos en barcos que son enviados a morir a Arabia Saudí, Egipto o Argelia, donde las leyes de proyección animal son inexistentes.

«La ganadería extensiva tiene otro inconveniente además del maltrato al animal que crías para comerlo: fomenta también la pérdida de biodiverdidad, uno de los problemas más grandes que tenemos ahora». Tafalla nos explica cómo la extensiva necesita grandes cantidades de territorio. «Le estamos quitando el espacio a la fauna salvaje que en el planeta representa ya solo el 4% de los mamíferos». Y es que no solo le quitamos espacio con el terreno que ocupa el ganado, hay que sumar también los grandes monocultivos de cereal para engordar a estos animales. Frente al 4% del territorio total que ocupan los mamíferos salvajes, la ganadería se encuentra en un 60%. Los seres humanos, por supuesto, ocupamos el 36% restante». Una especie —la nuestra— empeñada en seguir con dietas cárnicas al tiempo que no deja de crecer y se aproxima a los 8 mil millones de humanitxs.

¿Es esto viable en un ecosistema? Marta Tafalla nos explica por qué no: «En los ecosistemas naturales siempre hay más herbívoros que carnívoros, por eso la cadena trófica
es una pirámide. En la base de la cadena están los vegetales, que existen en mayor cantidad. Luego los herbívoros, en una cantidad menor y, por último, los depredadores que son poblaciones más pequeñas». Este sistema es razonable porque consumir carne es, en términos energéticos, más caro.
«Es por esto que los depredadores nunca son una plaga, porque necesitan a muchos herbívoros. De forma natural, los depredadores se mantienen en poblaciones pequeñas. En el caso de los seres humanos, tenemos una dieta cárnica incongruente con una población tan elevada».

Y es que para producir un kilo de pollo necesitamos tres veces más tierra que para obtener un kilo de legumbres. En el caso del cerdo, se necesita 9 veces más tierra y con la ternera nos vamos hasta las 32 veces más de extensión de terreno. ¿Tienen sentido entonces las propuestas de ganadería extensiva para cuidar del medio?

«Los ecosistemas se están agotando y con una dieta vegetal los liberaríamos para que se recuperaran y evitar así el proceso de desertificación que están sufriendo». Y es que no podemos tenerlo todo. Una población de 8 mil millones de personas bien alimentadas no es compatible con una biodiversidad que se conserve a la vez que cuidas al planeta y, con todo ello, seguir comiendo carne. Es imposible. Si quisiéramos una dieta basada en la ganadería extensiva necesitaríamos bajar la población de forma radical.

Con la ganadería extensiva no podemos alimentar a toda la población mundial. Defenderla es una solución local que no aborda un problema mundial. «Precisamente la ganadería intensiva nace para dar carne a toda la población que estaba creciendo a un ritmo elevadísimo. Por eso la ganadería extensiva ocupa una proporción muy pequeña al lado de la industrial, porque en términos relativos está alimentando a muy poca gente». No parece que sea una solución.

Desde el feminismo este debate también se afronta. Movimientos como el de Ganaderas en Red defienden una ganadería extensiva sostenible frente a quienes promueven dietas basadas en vegetales por un lado y a la industria cárnica por otro. La doctora Tafalla se muestra firme al respecto, reivindicando un feminismo que no explote a ningún ser ni ejerza ningún tipo de violencia: «La tentación en el feminismo de reclamar su lugar imitando la forma de dominación de los varones siempre ha estado ahí. Creo que es un error porque entiendo que el feminismo debe renunciar a las prácticas de violencia y crueldad y vivir de otra manera. ¿Qué necesidad hay de imitar esto?» Tafalla nos recuerda también la moda de hace años de las mujeres torero, que originó un gran debate dentro del feminismo. Bajo la premisa de que las mujeres pueden hacer cualquier cosa que hagan los hombres, se justificaba la incorporación de ellas a estos espectáculos basados en la sangre y la crueldad. Otros sectores del feminismo declaraban entonces que no se trata de imitar todo lo que los varones hagan, sino de reinventar la manera de vivir y estar en el mundo, en cambiar los valores. Al igual que sucede con las mujeres que son altos cargos militares y dirigen auténticas cacerías contra poblaciones civiles o con las mujeres CEOs de grandes multinacionales que explotan a mujeres que están en el suelo de sus cadenas de producción.

«Para estas ganaderas hay también una alternativa: la agricultura. Las ganaderas provienen en realidad de familias que son ganaderas pero también agricultoras, y esa alternativa laboral está por desarrollar. Hay mucho margen para innovar, para recuperar variedades olvidadas de frutas y hortalizas, para apostar por lo ecológico y de cercanía y bucear en nuevas técnicas».

En este camino sostenible y antiespecista seguro que nos encontramos.

Entrevistada (aunque no es una entrevista): Marta Tafalla @TafallaMarta

Reconstruir los comunales

Espacios naturales

Cuando la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) habla de la buena gobernanza de espacios naturales, refiere a comunidades locales. Esto evoca a comunidades indígenas defendiendo territorios como la Amazonía, pero resulta que, en el Estado español, se conserva aún el mayor número en Europa de territorios y recursos naturales asociados que se gobiernan bajo fórmulas comunales. Ahora bien, ¿cómo se encuentran en la actualidad estos tesoros que podrían suponer islas para la resiliencia ante el colapso?; ¿resistirán a las presiones extractivistas?; y, sobre todo, ¿dónde están y cómo los ven las mujeres, sus comuneras? ¿Se pueden reencantar sin ellas?

El neoliberalismo, haciendo uso de la globalización, ha arrasado el planeta y las vidas para maximizar los beneficios de unos pocos; las consecuencias de ello las empezamos ya a sentir de manera global (clima, pandemias, etc.). Un proceso de varios siglos que actualmente despierta una nueva ola de comunitarismo bajo diversas fórmulas como respuesta.

Parece obvio que nos tenemos que preparar para la resiliencia y que el decrecimiento es el camino. Es imprescindible empezar a relacionarnos de otra manera, entre nosotras y con el territorio que habitamos. Volvernos acogedoras, reproductoras todas de vidas, vivir lento y bien. Hay esperanzas: cocinas, huertas y espacios de cuidados comunitarios, mercados solidarios, viviendas colaborativas, comunidades energéticas…Comunidades que se organizan horizontalmente, para el Bien Vivir de todas.

Desde la fundación Entretantos trabajamos impulsando e investigando la participación social como estrategia para la conservación, y en los últimos años hemos podido aproximarnos y enamorarnos de unas peculiares fórmulas de gobernanza de los territorios y sus recursos naturales asociados: los comunales. Desde las cofradías de marisqueo, hasta las galerías de agua de las Islas Canarias, pasando por las dehesas, carbón, suertes de pastos y leñas, o comunidades de regantes, etc.

Enamorarnos por muchos motivos. Porque hemos encontrado algunos que resisten fieros a los intereses del mercado y nutren sus comunidades, cuidan su procomún y el de todas; pequeñas, amenazadas por un aparato burocrático que las atenaza y la tentación que se cuela de ceder al beneficio que se les ofrece sin mirar al bien común. Porque vemos cómo se organizan para crear redes de apoyo mutuo. Porque las valoramos como potencial acogedor de nuevas y nuevos pobladores, y células de conservación territorial, de freno a los acaparamientos, de relocalización de las economías.

Pero el enamoramiento dura lo que dura y luego viene el ajuste de expectativas. Y eso es bueno, porque para que fragüe necesita un poco de aterrizaje, análisis, diálogo, comprensión y compromiso. Empezamos a mirar con otros ojos y vemos algunas cositas que nos chirrían. Aunque en sus estatutos fruto de aquel primer acuerdo, ponga x, luego las dinámicas de funcionamiento y gestión son otras. Para empezar, el contexto en el que se ubican ha cambiado sustancialmente en los últimos años: pérdida de población, envejecimiento, masculinización… Las comunidades son otras, algunas con poquísimas familias, en muchos casos incluso existen comuneras de derecho que no saben que lo son, y en otras se han reducido a asambleas puntuales donde se reparten beneficios de recursos que alguna empresa gestiona. Al mirar veíamos pocas mujeres en los espacios de decisión o socialización con otras entidades y, claro, para nosotras, si en estos espacios tan importantes no están las mujeres, nos salta una alarma que invita a aproximarnos e indagar para tratar de conocer las causas de este desequilibrio y su relación con el estado actual.

Así, nos sumergimos en lecturas e indagaciones, y decidimos buscar a comuneras que quisieran contarnos su experiencia. Pudimos escuchar a doce comuneras de Teruel, Navarra, A Coruña, Pontevedra, Zamora, León y Tenerife, que están gestionando o haciendo uso en sus territorios de comunales tales como el marisco, pastos, leñas, monte, agua, cultivos, huertas… La mayoría son mujeres protagonistas en la gestión del comunal dentro de un contexto bastante masculinizado, con una presencia en la gobernanza vinculada a fuertes lazos con personas (hombres) de sus familias como gestores o mediadores dentro de la comunidad, o a cierta aceptación social bajo el argumento de ser ellas mujeres «pero diferentes», o pertenecientes a «otro modelo de mujer». Algunas, que están al frente de la gestión, expresan la necesidad de mucho más esfuerzo para lograr la misma autoridad que ellos y siempre sufriendo más obstáculos.

El trabajo, además de ser apasionante y permitirnos conocer a todas estas maravillosas mujeres, nos ha permitido profundizar desde sus miradas sobre algunas cuestiones como el estado actual de los comunales,
la relación que esto puede tener con la falta de presencia de las mujeres en los espacios de toma de decisiones, lo que aportaban, cómo estaban las mujeres en el comunal y las dificultades a las que hoy se enfrentan estos sistemas de gobernanza territorial, y las mujeres dentro de ellos, y escuchar algunas propuestas sobre qué caminos andar para tratar de fortalecerlos.

Ahora que todo aboca a una vuelta al rural, a un reequilibrio territorial, a otro modo de relacionarnos con la vida, es el momento de procurar recuperar, defender y fortalecer estos comunales. Esto no puede hacerse sin las mujeres, sin garantizar la participación de toda la comunidad en la gestión de los mismos, porque solo con la mirada de todas se encuentra el camino para el bien común. Escuchar su voz ahora para revisar cómo mejorarlos, se vuelve imprescindible. Os invitamos a asomaros al cuaderno «Género, gobernanza y comunales a través de la mirada de las mujeres», para escuchar, descubrir y compartir. Para que llegue a más comuneras, para que llegue a mujeres que puedan descubrir que lo eran de derecho y no lo ejercían, y que quieran empezar a hacerlo… para reencantar los comunes, reconstruirlos y hacer de la reapropiación el camino.

El mal futuro de los parques metropolitanos

A finales del siglo pasado la Junta de Andalucía puso en marcha un ambicioso proyecto para dotar de grandes parques a todas las áreas metropolitanas de Andalucía. El plan se quedó en dos parques metropolitanos, El Alamillo, en Sevilla, y el Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida en la Bahía de Cádiz. Y el éxito ha sido rotundo. Espacios degradados, como las marismas de la bahía de Cádiz, o restaurados y reforestados, como el parque del Alamillo, se convirtieron en zonas de ocio para cientos de miles de personas que viven en entornos muy urbanizados. Y no se quedaron en simples parques para pasear: en estos parques se han desarrollado una enorme cantidad de actividades deportivas, culturales, medioambientales, educativas, científicas, etc… Sirviendo, además, de marco para el desarrollo de experiencias como los huertos urbanos de autoabastecimiento.

El Parque Metropolitano Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida ocupa una extensión de algo más de 1000 hectáreas en pleno corazón de la Bahía de Cádiz, superficie que pertenece a los términos municipales de Puerto Real y El Puerto de Santa María, y que se encuentra integrado en el Parque Natural Bahía de Cádiz, siendo zona RAMSAR, ZEC y ZEPA, figuras internacionales de conservación. El Parque Metropolitano del Alamillo, que forma parte del área metropolitana de Sevilla, está ubicado en los términos municipales de Sevilla y Santiponce, configurado en torno al cortijo que le da nombre y en la ribera oeste del Guadalquivir. Se construye en el marco de la reforma urbana acometida para la Expo 92, dispone de 120 hectáreas, tras su ampliación en 2014, y destaca por su diseño en el que la vegetación implantada es de tipo autóctono recreando ecosistemas mediterráneos que van desde los sotos de ribera a zonas adehesadas, pasando por zonas densas de matorral de buen porte.

Pero, con total opacidad, la Consejería de Fomento, Infraestructuras y Ordenación del Territorio ha decidido privatizar estos parques metropolitanos. El pasado mes de septiembre nos sorprendía la convocatoria de una licitación para empresas de la gestión integral de estos dos parques metropolitanos y, para más inri, con carácter de urgencia. El de Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida por una cuantía de 2.4 millones de euros; el del Alamillo por 3 570 373.10 euros. Con esta licitación se encargaría a una empresa privada los servicios forestales, mantenimiento del parque, vigilancia,
eventos, limpiezas de edificios y entretenimiento; lo que demuestra que se trata de una apuesta clara y decidida por la privatización de estos espacios públicos.

Hasta la fecha, la gestión realizada por el personal de la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía (AVRA), que ha tenido una encomienda de gestión de estos parques, ha sido una labor de dedicación absoluta donde se ha trabajado por dinamizar y proteger unos espacios que han sido, y son, referencia en esas dos áreas metropolitanas. Las actividades y programas, los talleres de diversa índole, campamentos y las relaciones en general con todos los colectivos sociales, culturales y medioambientales han sido impecables y participativas. Estos parques metropolitanos han estado bien gestionados: se ha sabido compatibilizar su importante uso público con la conservación de sus valores naturales. Por tanto, es injustificable e inadmisible esta privatización encubierta. Asegurar que no se privatiza nada cuando se pretende contratar a unas empresas privadas para que se hagan cargo de la gestión de unos parques públicos, es no saber distinguir entre lo público y lo privado.

Las responsables de la Consejería de Fomento vienen argumentando que la Junta «carece de jardineros, seguridad y monitores de actividades en su plantilla, y por eso se hacen concesiones administrativas». Estas responsables olvidan que la Junta tiene empresas instrumentales precisamente para gestionar directamente asuntos de su competencia. Por ejemplo, la Empresa de Medio Ambiente y Aguas (Amaya), que gestiona el Infoca con personal propio, y que tiene una amplia experiencia en encomiendas de gestión en espacios naturales.

La reacción social e institucional contra la privatización de estos parques metropolitanos ha sido muy potente en la Bahía de Cádiz. El 20 de septiembre unas 1 000 personas participaron en una cadena humana frente al Parque Metropolitano Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida para manifestar su rechazo a su privatización. La Diputación provincial de Cádiz y los Ayuntamientos de El Puerto y Puerto Real ya han aprobado sendas mociones contra esta privatización. La movilización estuvo convocada por una treintena de entidades sociales de muy variado signo: ecologistas, derechos humanos, vecinales, deportivas, feministas sindicales, consumidores de productos ecológicos, culturales, de huertos urbanos, juveniles, etc.

A la licitación del Parque Metropolitano Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida han acudido once empresas, entre ellas cuatro conocidas multinacionales: UTE. FCC Medio Ambiente, SAU / FCC EQUAL CEE Andalucía, SL (Carlos Slim); Talher, SA (Florentino Pérez); Acciona Medio Ambiente, SAU (familia Entrecanales y Eulen, SA (familia Álvarez).

A la licitación del Parque Metropolitano del Alamillo: Eulen SA (familia Álvarez) y Clece SA (Florentino Pérez).

Casi todas vienen del mundo de la construcción, la obra civil, la limpieza, la seguridad y la externalización de todo tipo de servicios de las administraciones públicas. Los temores de las consecuencias que pueda tener la privatización de estos parques públicos aumentan ante la posibilidad de que terminen siendo gestionados por empresas multinacionales que nada tienen que ver con la conservación de la naturaleza, ni con la gestión de parques públicos. Era lo esperado. Aparecen al olor del dinero, en este caso de 5 millones de euros.

Es sorprendente la falta de respuesta de la Consejería de Fomento, Infraestructuras y Ordenación del Territorio a la demanda ciudadana e institucional para que se paralicen estos procedimientos de privatización. A la Junta no le queda otra que suspender el concurso y garantizar la gestión de estos parques metropolitanos por empresas públicas, como se ha hecho hasta ahora con notable éxito, opción completamente viable, para lo cual solo hay que garantizar que la empresa pública a la que se le haga la encomienda de gestión realice con medios propios más del 50 % de los servicios a prestar, de forma que apostar por la gestión pública no suponga, en la práctica, la subcontratación de la mayoría de las actuaciones que se han de realizar, como venía ocurriendo ya en estos parques y que ha servido de coartada para presentar como irrelevante la privatización de estos espacios.

La aviación que (no) queremos

La pandemia de la covid-19 ha puesto de manifiesto los límites del sistema de movilidad actual, basado en la hipermovilidad global y la insostenibilidad. Resulta necesario construir un sistema más resiliente, más justo y con menor impacto ambiental. Sin embargo, las recetas aplicadas para la recuperación van justo en sentido contrario. La aviación es un claro ejemplo de ello.

Según el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, en el marco de la crisis de la covid-19 las aerolíneas españolas han recibido unos 1 700 millones de euros en ayudas. Por su parte, AENA ha obtenido aproximadamente 2 000 millones para reforzar su posición y sanear su situación financiera. Y ahí no acaban los rescates a la industria de la aviación: el Gobierno acaba de ofrecer ayudas y pedidos militares a Airbus para que este reduzca el número de despidos previstos en los próximos meses. Y el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, ya ha anunciado nuevos paquetes de apoyo porque los anteriores eran «insuficientes».

Sin embargo, esto no es algo exclusivo del Estado español: en la Unión Europea las aerolíneas han recibido más de 30 000 millones de euros en rescates. Y en EE UU la cifra supera los 50 000 millones. El discurso es siempre el mismo: hay que salvar un sector estratégico para la economía que, además, genera miles de puestos de trabajo. No obstante, lo que se pretende salvar son las cuentas de resultados de las empresas, porque la inmensa mayoría de las compañías rescatadas ya han anunciado importantes recortes de plantilla para poder ser más competitivas en el futuro. Eso sí, después de haberse asegurado miles de millones de euros en ayudas con dinero del contribuyente.

Por el contrario, casi nadie habla de las condiciones —laborales, ambientales, sociales, fiscales— a las que deberían subordinarse las ayudas. Y aún menos se habla de la necesidad y la urgencia de construir un sistema de transporte y movilidad más resiliente y más acorde con las necesidades económicas, sociales y ambientales del conjunto de la población. Un cambio de sistema que, en el contexto de la emergencia climática, empiece por reducir dramáticamente el peso y privilegios de los que disfruta actualmente la aviación, probablemente el medio de transporte más nocivo para el interés general, dado su impacto social, ambiental y económico.

En efecto, desde el punto de vista ambiental, la aviación es, de largo, el medio de transporte más contaminante. Más allá de las emisiones de CO2 que producen, los aviones generan otros elementos como nubosidad inducida, ozono, estelas, vapor de agua y hollín, que podrían llegar a duplicar o triplicar los efectos del CO2. A día de hoy, se calcula que la aviación comercial —porque de la militar apenas hay datos— es responsable de entre el 5% y el 8% del calentamiento global.

Además, la aviación es el único sector que sigue aumentando considerablemente sus emisiones: desde 2013, solo en la UE estas han aumentado un 27,6%. En 2019, Ryanair fue la séptima compañía europea que más CO2 emitió a la atmósfera, por lo que entró en un top 10 hasta ahora monopolizado por plantas de producción de energía. Según un estudio de la UE, la contribución de la aviación al cambio climático podría cuadruplicarse de aquí a 2050 si no se aplican medidas.

Por otro lado, la industria de la aviación disfruta de enormes privilegios económicos y fiscales que la sitúan en ventaja frente a otros medios de transporte más limpios como el tren. Sin duda, uno de sus principales beneficios es la exención de impuestos al combustible (queroseno) en la UE. Mientras cada ciudadano de la Unión paga de media 0,48 € de impuestos por litro de combustible, las aerolíneas no pagan un solo céntimo por el queroseno que repostan en los aeropuertos de la UE. Según un estudio de la Comisión Europea, la introducción de un impuesto al queroseno permitiría la recaudación de 27 000 millones de € al año, además de la reducción de 11 millones de toneladas de CO2. Y todo ello, dice el estudio, sin perturbar la economía comunitaria por la creación de un nuevo impuesto.

Pero la exención del impuesto al carburante no es el único privilegio del que gozan las aerolíneas. Tipos reducidos de IVA en los billetes de avión (en España, 10% para los vuelos domésticos y exención para los internacionales) o subvenciones encubiertas a aerolíneas y aeropuertos secundarios para mantener rutas deficitarias son otras de las formas de dopar artificialmente la industria de la aviación en el Estado español.

Habida cuenta de todo lo anterior, y tomando en consideración el actual contexto de emergencia climática y de limitaciones presupuestarias fruto de la pandemia, no cabe sino reclamar de nuestras Administraciones que cualquier ayuda pública se destine a favorecer los modos de movilidad más sostenibles como el ferrocarril, el transporte público y la movilidad activa.

En lo que se refiere a la industria de la aviación, resulta imprescindible reestructurar y redimensionar su funcionamiento, mediante tres vías fundamentales. En primer lugar, mediante el establecimiento de una hoja de ruta para la descarbonización completa del sector antes de 2040, con hitos intermedios al menos cada cinco años y sin posibilidad de recurrir a compensaciones. De forma complementaria, resulta fundamental incluir las emisiones de la aviación en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030.

En segundo lugar, AENA debe trazar un plan de redimensionamiento que contemple los siguientes aspectos: reducción de vuelos para asegurar la contribución de la aviación al cumplimiento de los Acuerdos de París; eliminación de vuelos en trayectos cortos con alternativa de ferrocarril; y suspensión definitiva de cualquier ampliación de capacidad, sea en los aeropuertos existentes o en nuevos.

Por último, resulta imprescindible el establecimiento de un sistema de gravamen a la aviación que elimine los actuales privilegios fiscales del sector y que incorpore las externalidades negativas que genera. Especialmente trascendente por su potencial de desincentivación de los vuelos sería el establecimiento de una tasa al queroseno, tanto a través de un impuesto de ámbito europeo (posible gracias a la revisión de la Directiva Europea sobre Fiscalidad de la Energía), como en el marco de acuerdos bilaterales entre Estados miembros.

Hoy más que nunca, resulta imprescindible repensar nuestro sistema y hábitos de movilidad. Empezando por el uso abusivo e inconsciente del avión como medio de transporte. Los enormes descensos de los niveles de contaminación registrados a nivel global durante los últimos meses han puesto de manifiesto la insostenibilidad del actual sistema de movilidad. Y demuestran que volver al modelo previo a la crisis ya no es una opción viable en un contexto de emergencia climática.

Un balón de CO2 para la atmósfera

El Plan de Automoción

El plan para proteger a la industria de la automoción va contra toda lógica de lucha contra el cambio climático y de los deseos de la transformación de las ciudades de la población. Pedimos aire limpio y espacio para las personas y el gobierno responde con más coches.

Mauna Loa es un volcán hawaiano, que es considerado como el más grande de la Tierra en términos de volumen y superficie. Pero para las personas que seguimos las noticias sobre la emergencia climática, es más conocido por ser la ubicación del observatorio que recoge datos sobre cambios atmosféricos desde los años cincuenta. El observatorio tiene una ubicación privilegiada: está situado a 3 397 metros en lugar remoto, donde la influencia humana o de la vegetación son mínimas.

Pero los datos que nos llegan desde este paraíso volcánico son siempre demoledores. Un máximo histórico de concentración de CO2 que siempre es superado por el siguiente. El último fue el del pasado mes de mayo. Nuevo récord de concentración de CO2 en la atmósfera de 417,1 partes por millón (ppm). La concentración de CO2 previa a la revolución industrial era de 280 ppm. La primera medida de Mauna Loa fue de 315 ppm en 1958. En 1986 se superaron las 350 ppm y en 2013 se alcanzaron las 400 ppm.

Los datos del aumento de CO2 son tan transcendentes para nuestras vidas que deberían abrir los telediarios, ser trending topic en Twitter y ocupar los grandes titulares, tal como pasó con las cifras de contagios y pérdidas en los días más duros de la pandemia de la covid-19. Y como para aplanar la curva de la covid, las medidas para impedir un nuevo máximo histórico deberían tomarse poniendo la salud y la supervivencia por encima de todo.

La realidad es bien diferente. En los primeros días de junio, solo unos pocos medios recogían la nueva superación de concentración de CO2 recogida en Hawái. Sucedía en el momento en el que Europa empieza a trabajar para salir de la crisis económica, con poca atención a la emergencia climática. Y pocos días después el Gobierno de España anuncia su plan para la automoción. Un plan que supone un total de 3 750 millones, de los cuales 515 serán de inversión directa de fondos públicos.

El Plan de la Automoción pretende, básicamente, dar continuidad al mismo modelo de transporte. Esto a pesar de que se trata del sector con más emisiones en el Estado español, donde supone un 27% del total de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Del total de emisiones del transporte, el 60 % las producen los automóviles. Está claro que para reducir estas emisiones hay que reducir dramáticamente el número de coches. Pero por el momento, se anuncia a bombo y platillo el plan para salvar al automóvil. Incluidos los coches de combustión interna, que si necesitan una política de incentivo es una que acelere su desaparición.

El plan, no obstante, hace un guiño a la transición ecológica. Pero a base de apoyos al automóvil eléctrico. Bien es cierto que el automóvil eléctrico reduce significativamente las emisiones de GEI. Y es previsible que en los próximos años disminuyan aún más, con la introducción de más energía renovable. Pero la sustitución de la flota de vehículos de combustión por vehículos eléctricos no es la respuesta.

Hay de hecho un impacto que comparten el coche eléctrico y el de combustión interna que ha sido particularmente visible en las últimas semanas: la ocupación del espacio. El coche ocupa más de un 60% del espacio urbano y deja a viandantes, bicicletas, patinetes y toda persona que se aventure a salir de casa sin conducir un automóvil relegada a pelear por los escasos centímetros cuadrados que quedan libres. Y no hay que olvidar el constante peligro de accidentes y atropellos a los que nos expone el tráfico.

Una encuesta reciente encontró que más del 70% de la ciudadanía no quiere volver a los niveles de contaminación previos al confinamiento. Y más del 80% de las personas a las que encuestaron afirmaron estar dispuestas a asumir sacrificios como que se restructure el espacio urbano, dando más peso a viandantes y bicicletas o se implanten medidas de restricción de los automóviles como zonas de cero emisiones. Los datos son muy contundentes y hablan de un deseo de un cambio profundo.

Este cambio profundo debe comenzar por las inversiones que se realicen en la recuperación. Si la prioridad debe ser ir caminando, en bicicleta o en transporte público, se debería traducir en una mayor inversión en este campo. Todo lo contrario a lo que propone el Plan de Automoción. Este plan es a la vez una apuesta por seguir con el mismo modelo: una industria que concentra importantes cantidades de empleos en torno a fábricas que más pronto que tarde dejarán de ser importantes y cuya toma de decisiones se realiza en otros países y sobre las que no hay mucha capacidad de influencia. Solo hay que recordar lo sucedido con Nissan para ver por qué deberíamos pensar en transformar completamente esa industria.

Si incluye el plan propuestas para la transformación de la industria. Pero esta transformación se limita a cambiar una tecnología por otra: de los coches de combustión a los eléctricos. Es deseable que en el futuro existan solo automóviles eléctricos, pero deberán ser muchos menos de los actuales. Es además lo que vaticinan en muchos foros, y la industria debería prepararse para este previsible decrecimiento.

El IPCC lo dice, para afrontar la crisis climática se necesitan cambios sin precedentes. Estos cambios no son sencillos, por eso no se han realizado hasta ahora. Pero tampoco era sencillo aceptar que teníamos que quedarnos en nuestra casa durante semanas y lo hemos hecho porque se nos iba la vida en ello. Lo mismo sucede con la transición ecológica. No hay una opción B porque no hay planeta B. Pero, cuanto antes se tomen las medidas, menos drásticas tendrán que ser y mejores serán los resultados. Y como en la covid-19, no asumimos lo que se nos viene encima y todo apunta a que actuaremos demasiado tarde.

Soberanía alimentaria

Tejiendo red desde la agricultura familiar

¿Sostenibili…qué? Eso mismo nos preguntamos. ¿De qué hablamos, qué queremos sostener? Muchas estamos un poco hartas de conceptos económicos y discursos vacíos. Y si algo está quedando claro en esta crisis, en su inicio sanitaria y ahora sistémica, es que no es ni en los ricos ni en la economía financiera, con todo su poder y sus privilegios, en quienes podemos confiar para seguir adelante. Sí, en cambio, en lxs que nos cuidan y curan, entre quienes se encuentran los productorxs de alimentos. Así que, continuando con las preguntas, ¿sabemos quién y cómo nos alimentan?

Parece que esta situación, originada por la covid-19 y amplificada por el capitalismo neoliberal y patriarcal, ha dejado claro de qué trata el sostén de la vida. Ha quedado, pues, patente que aquellas tareas más invisibilizadas y denostadas (como los cuidados, la limpieza o el trabajo en el campo) han resultado ser las más esenciales.

De todo el engranaje económico, financiero, industrial y político construido para mantener un ritmo de crecimiento y expansión feroz; queremos centrarnos en este artículo el sistema agroalimentario. Y de todos aquellos elementos que consideramos imprescindibles para sostener una vida digna de ser vivida por y para todas, queremos visibilizar la soberanía alimentaria como una realidad, una práctica posible de acción y resistencia.

Desde una mirada interna (con esto nos referimos a tener el privilegio de haber nacido en el medio rural, a haber vivido en una familia de origen campesino) se percibe como el sector primario ya no sustenta el tejido social y local, como sí lo hacía en épocas pasadas. Ahora, en cambio, sobrevive a expensas del mercado y no de las necesidades de las regiones donde se produce. Producimos para exportar, importamos para comer o engordar nuestro ganado, o incluso para cubrir nuestras modas alimenticias a través de, por ejemplo, proteína vegetal deforestadora, como la soja o la palma.

Pero, afortunadamente, también experimentamos cómo se abren paso nuevas generaciones para revitalizar el medio rural y la agricultura de una manera más digna, socioeconómicamente hablando, y más sostenible, ambientalmente hablando.

Y, para la supervivencia de estos proyectos, con suerte algunos aún estamos a tiempo de recuperar la memoria biocultural de nuestras regiones, custodiada por nuestrxs abuelxs. En sus memorias, que se van apagando poco a poco, se conserva la sabiduría, transmitida de generación en generación, que nos permite leer la naturaleza y garantizar la manutención alimentaria a sus gentes y pueblos. Aunque aquí nos encontramos con otro obstáculo: parte de ese conocimiento, el referido al clima, ya no es válido. Ahora es difícil que sean la luna y los proverbios quienes nos guíen en las labores culturales de la agricultura o ganadería debido a cómo hemos acelerado el cambio global (cambio climático, acidificación de los océanos, etc.).

En mi caso (en el de una de las dos patas de este artículo), cierto es que he bebido de diferentes visiones o paradigmas (permacultura, agricultura regenerativa, agroecología, etc.); pero mi principal mentor a la hora de la praxis es mi abuelo de 88 años, que nació de familia campesina, y que ha vivido toda la vida de la huerta y los animales. Sus conocimientos sobre la naturaleza y el cultivo de la tierra y sus ciclos han resultado insustituibles por cualquier teoría cuando se trata de echar mano a la azada.

Los proyectos locales de agroecología tienen además la virtud de poder generar una red, un espacio habitado y vivo con mayor capacidad de crear las condiciones para el encuentro, el apoyo mutuo y, en definitiva, la comunidad que tanto nos falta en esta sociedad atomizada. Y curiosamente es ahora, cuando falta harina y levadura en las estanterías de los súper, cuando nos damos cuenta de todo lo que perdimos; de la enorme erosión en nuestros ritmos y costumbres; de pueblos donde no faltaban molinos ni molinerxs, donde había hornos y masa madre, que además de nutrirnos nos cuidaban. Es ahora, que nos hemos visto abocados a la soledad y al aislamiento, cuando recordamos que solxs no podemos y nos cercioramos de lo importante que es la comunidad, la red que soporta la vida, aquella que nos cuida y cuidamos, la que nos hace ser animales sociales y dependientes tanto de los afectos como de la naturaleza.

Es cierto que para poder generar transformaciones capaces de permanecer en el tiempo con solidez y trascender más allá del entorno más inmediato, hacen falta sinergias entre proyectos locales, de defensa de la tierra y el territorio, de agroecología, etc. Y, al mismo tiempo, que dichos proyectos puedan soportarse por sí mismos sin tanta dependencia de las ciudades. Para crear esa comunidad mencionada más arriba, podemos comenzar por apostar por la soberanía alimentaria, la autogestión y el apoyo mutuo entre habitantes del mundo rural, revitalizando el medio y ofreciendo/nos servicios o productos, ocio y cultura, bienestar y cuidados.

Aunque ya hace décadas que desde diferentes colectivos ecologistas, movimientos sociales y demás agentes de cambio se viene trabajado para visibilizar la importancia de la agroecología y la autogestión alimentaria, ha sido esta situación, la de la crisis por el coronavirus, la que ha dejado entrever para muchas personas la importancia de la producción de alimentos. Ahora son diversas las iniciativas que han surgido en defensa de la agricultura familiar y el campesinado, apoyo que desde aquí abrazamos y agradecemos como agua de mayo.

Regresando a la pregunta de quién y cómo nos alimentan, apostemos por unas prácticas de consumo a través de las cuales podamos responder a esas preguntas con una postura activa, responsable, solidaria y lo más autogestionadora posible. Unas prácticas que nos ayuden a ponerle cara a ese quién y conocimiento a ese cómo, confiando en que se trata de productos que cuiden la tierra y sus habitantes. Apostemos por diferentes formas de hacer, que construyan una sociedad más justa y respetuosa donde cuidemos cada uno de los nexos de la única red que nos puede sostener: aquella que creamos entre todas; sobre la que tenemos capacidad de acción y decisión; que nos nutre y nos proporciona mucho del conocimiento que necesitamos para vivir de otra forma. Tal vez esto sea algo de lo más valioso que hemos ganado viviendo en el pueblo y trabajando la tierra: amigos viejitos que nos transmiten no solo saberes imprescindibles, sino también unos vínculos comunitarios férreos, una curiosidad y unas ganas de aprender infinitas, y una manera de vivir más y mejor con menos.

EL CORONAVIRUS DEL MEDITERRÁNEO

Un alga asiática llega en un barco coreano. Otro barco marroquí transporta fosfatos expoliados saharauis. Un puerto español no cumple una normativa internacional. El resultado: un ecosistema invadido y especies protegidas en riesgo. La historia de la Rugulopterix okamurae en el Estrecho bien podría ser un ejemplo perfecto de la teoría del caos.

Procede del continente asiático y se extiende a gran velocidad. No es el coronavirus, pero amenaza la salud de nuestros mares y, sin embargo, no ha recibido las atenciones y recursos de medios y administraciones. «El tema ya no es el Estrecho, es el Medi­terráneo el que esta siendo invadido» asegura Antonio Vergara, profesor en Tarifa del plan educativo Algas del Estrecho. Barbate, Conil, Estepona, Marbella, Almuñecar, Roquetas de Mar o Adra, son algunos de los puntos donde la plaga ya ha llegado desde el epicentro del Estrecho.

El Estrecho es la zona donde la afec­ción de la plaga se ha cronificado des­de su primer avistamiento en Ceuta en 2015 hasta los primeros arriba­zones de algas a Tarifa en 2016. Pero fue en 2017 cuando la bióloga marina y profesora de la Universidad de Má­laga María Altamirano daba la voz de alarma sobre el origen exótico y el comportamiento agresivo de la espe­cie, dando la alerta a la Junta de An­dalucía. Hasta la fecha, no ha recibido respuesta. Sin intervención institu­cional ni depredadores naturales, y con unas condiciones propicias para su expansión, la Rugulopterix okamurae se ha extendido sin control por todo el Estrecho, desde Ceuta hasta Tánger y desde Trafalgar hasta Sotogrande.

En verano de 2019 el asunto estallaba en Tarifa, la zona más afectada de esta plaga. Arribazones masivos en las cos­tas, putrefacción en las playas, reduc­ción de capturas y desplazamiento de especies autóctonas. El turismo y la pesca, principales motores económi­cos del pequeño municipio gaditano de algo más de 18 000 habitantes, se veían duramente afectados. «Es una cadena: el turismo vive de las playas. Pescamos para los chiringuitos, para las mesas del turismo» asegura Ma­nuel Suárez, patrón mayor de la co­fradía de pescadores tarifeños, que aglutina a 300 miembros. Con esta cadena averiada, ecologistas, empre­sariado, pescadores, partidos, clubes acuáticos y Ayuntamiento, se han agrupado en la «Mesa ciudadana con­tra el alga invasora» para reclamar actuaciones a las administraciones. Vergara denuncia que solicitaron reu­nirse con la consejera andaluza de De­sarrollo Sostenible y Pesca, la popular Carmen Crespo, en tres ocasiones y no han obtenido respuesta.

Las consecuencias de la plaga son cla­ras, pero como en toda enfermedad, se necesita conocer el origen para encon­trar la cura. La causa de la explosiva ex­pansión de la okamurae podría estar en una combinación fatal de geopolítica y comercio internacional, según la hipó­tesis de Antonio Vergara, que ha sido avalada por estudios científicos.

La primera incógnita es cómo llega la especie desde su ecosistema ori­ginario en el Pacífico Noroccidental hasta el Estrecho de Gibraltar. María Altamirano se muestra prudente, no obstante, señala que estudios de la UMA determinan que esta especie tiene resistencia para sobrevivir va­rias semanas en las aguas de lastre de los buques y cree que el tráfico marí­timo ha podido influir: «Sí que sabe­mos que el Estrecho soporta una pre­sión de tráfico marítimo de grandes mercantes con grandes volúmenes de aguas de lastre de manera frecuente y grandísima, y también es cierto que hay poca regulación en los vertidos de las aguas de lastre». Para el profesor tarifeño, sin embargo, resulta «irrefu­table», y apunta al inicio de una ruta marítima entre el puerto de Algeciras y Corea del Sur a través de su naviera Hanjin. Los primeros mercantes de la zona llegaron en mayo de 2010. Ade­lante Andalucía, al denunciar la pro­blemática en el Parlamento andaluz, aportaba el dato que de los 26 000 bu­ques al año que operan en la bahía de Algeciras, solo se inspeccionan 220.

Esto ocurre a pesar de la existencia de un convenio internacional para el control y gestión de las aguas de las­tre (convenio BWM) impulsado por la Organización Marítima Interna­cional (OMI) en 2004 y firmado por el Estado español, en el que el objeto principal era la protección ambien­tal. «La propagación de las especies invasoras se reconoce actualmente como una de las mayores amenazas al bienestar ecológico y económico del planeta» asegura la OMI y añadían que ante el aumento del comercio in­ternacional vía marítima «es posible que el problema no haya llegado aún a su momento más grave. Los efectos en numerosas zonas del mundo han sido devastadores».

La segunda incógnita es cómo la oka­murae ha invadido tan rápido el Estre­cho. Hasta ahora se achacaba a su capa­cidad reproductiva. Cada espécimen, una vez arrancado, es capaz de liberar varios cientos de nuevos especímenes. Esto hacía que la actividad humana (pesca, submarinismo o transporte marítimo de pasajeros) propagase la plaga. Sin embargo, un reciente estu­dio incorpora una nueva razón: los in­vestigadores Félix López y José Carlos García sostienen en un estudio junto con el Instituto de Estudios Oceano­gráficos que el fósforo potenciaría la fotosíntesis y crecimiento de la espe­cie. De este modo, Vergara señala que se da un doble vector, de nutrición y de dispersión. Y he aquí que Vergara introduce su hipótesis: las influencia de las rutas de tráfico de los fosfatos. Marruecos es el segundo productor del mundo de estos fertilizantes gracias al expolio de las minas en territorio saha­raui. La agencia EFE informa en una nota de marzo de 2018 que la compa­ñía estatal marroquí Oficina Jerifiana de Fosfatos se habría visto obligada a modificar sus rutas habituales por Sudáfrica y Panamá. Sendas victorias judiciales del Frente Polisario habrían dificultado estas vías. Vergara plantea que esto habría obligado a Marruecos a abrir nuevas rutas de exportación desde Tanger Med, pasando por el Es­trecho, con consiguientes episodios de contaminación.

Ante este panorama, la organización comarcal Verdemar-Ecologistas en Acción denunció ante la fiscalía de Algeciras a la Autoridad Portuaria Ba­hía de Algeciras (APBA) y a la Junta de Andalucía bajo la acusación de estar incumpliendo diversos artículos del Código Penal relativos a la protección de flora y fauna. No en vano la plaga afecta al Parque Natural del Estrecho, reserva de la biosfera por la UNESCO y cinco especies incluidas en el Catá­logo Nacional de Especies Amenazadas (CNAE) habitan en él. Una de ellas es la Patella ferruginea, una lapa cataloga­da en peligro de extinción, el mismo rango de protección que ostenta ac­tualmente el lince ibérico. La denun­cia fue archivada en septiembre por la fiscal de Medio Ambiente bajo el argumento de que «los hechos denun­ciados no revisten indicios suficien­tes de criminalidad». Y en mitad del extractivismo marroquí, los negocios coreanos y la inacción andaluza, el vi­rus continúa extendiéndose.

Más allá de la COP25: los pueblos por el clima

Es triste que el lema de la pasada COP25 fuera: «Es tiempo de actuar» y, sin embargo, durante las dos semanas se hayan estado eludiendo responsabilidades, dilatando discusiones y frenando avances. Los compromisos actuales presentados por los países no solo son insuficientes para mantener el aumento global de temperaturas por debajo del 1,5 ºC recomendado por la comunidad científica internacional, sino que además carecen de mecanismos de seguimiento e implementación que aseguren que sean vinculantes. Así pues, la farsa sigue, ignorando por completo las voces del Sur Global que más están sufriendo las consecuencias nefastas de la crisis climática, pese a ser las que menos responsabilidad tienen en esta situación.

Afortunadamente, la COP25 no ha sido solo fracasos y pérdidas gracias al trabajo de las organizaciones y colectivos sociales encuadrados en 2020: Rebelión por el Clima, Alianza por el Clima, Alianza por la Emergencia Climática y la Minga Indígena, quienes organizaron la Cumbre Social por el Clima. Esta Cumbre, la cual se llevó a cabo en paralelo a la Cumbre de los Pueblos y la Cumbre Social por la Acción Climática en Chile, se dio en la Universidad Complutense de Madrid desde el día 7 hasta el 13 de diciembre, viéndose inaugurada con la gran Marcha por el Clima del 6 de diciembre, que reunió a medio millón de personas en las calles de Madrid.

Esta Cumbre Social surge con el objetivo de crear un espacio donde estas voces de los pueblos originarios del sur global puedan ser las verdaderas protagonistas, y donde sí se permita una participación de la sociedad civil real, que pueda expresarse y tejer redes con las distintas organizaciones y colectivos. Asimismo, es un espacio de contestación social y de denuncia por parte de la ciudadanía, donde se han llevado a cabo charlas, asambleas, espacios de artivismo, de ciberactivismo, de encuentro, de recogimiento, de divertimento, de descanso… En la Cumbre se ha denunciado a través de la Minga Indígena el papel explotador de las regiones enriquecidas del mundo y su protagonismo en la generación de «zonas de sacrificio» en países empobrecidos a través del extractivismo energético, material y cultural, que destruye comunidades y bienes comunes.

¿Y qué es este extractivismo del que hablamos? Una de las mujeres del pueblo Mapuche de Chile nos dijo lo siguiente: «a mi no me gustaría que alguien metiera una mano en mis entrañas, me sacara los órganos y los pusiera en otro cuerpo». Con tanta sencillez se explicaba el fenómeno neocolonial del extractivismo y de la destrucción de la Madre Tierra, nuestro planeta. Planeta y naturaleza que los pueblos originarios llevan defendiendo como guardianes desde hace más de 500 años, así como advirtiéndonos de que este sistema no funciona. Las multinacionales del Norte Global toman los recursos, minerales, combustibles fósiles de los países del Sur Global para beneficio propio, y las mismas prácticas que la presión social trata de prohibir y condenar aquí (como el fracking), se fomentan allí para poder importar ese gas, sin que importe el terrible impacto socioambiental que sufren esos territorios en nombre del venerado «Estado del bienestar». En el Norte Global necesitamos un cambio de valores para poner al fin la vida en el centro y poder entendernos como parte de la naturaleza que debemos proteger. Es por ello que debemos seguir escuchando a los pueblos originarios, condenando el fenómeno extractivista y reivindicando justicia climática.

El otro gran aliado del capitalismo extractivista, aparte del neocolonialismo, es el patriarcado. Durante la Cumbre Social distintas voces ecofeministas destacaron la relación entre desigualdad de género y explotación del planeta. Vivimos en un sistema que les quita el valor a los trabajos de cuidados de la tierra y de los seres vivos, habitualmente realizados por mujeres, mientras pone en un pedestal justo aquellas actividades que fomentan la destrucción, la injusticia y la muerte: la especulación, la extracción de recursos e incluso la guerra. La economía feminista propone revertir esta jerarquía de tareas de tal manera que los quehaceres humanos favorezcan el sustento de la vida por encima de la acumulación de beneficios económicos. Como el capitalismo, con su ideal del crecimiento ilimitado, ya ha provocado un colapso ecológico, esta forma de repensar la economía generó mucho interés en la cumbre social.

Las ecofeministas también resaltaron la interdependencia de los seres vivos entre ellos. Aunque la cultura occidental quiera idealizar la autonomía del individuo, la realidad es otra: ni podemos vivir sin los cuidados y el afecto de otras personas, ni es posible prescindir de los alimentos, el oxígeno y el hábitat que nos proporciona la naturaleza. La prueba son los territorios que ya están sufriendo las consecuencias de la emergencia climática: ante sequías, inundaciones, incendios y contaminación, a las personas que habitan estas zonas solo les queda elegir entre convertirse en refugiadas climáticas, idear formas de adaptarse a las nuevas circunstancias con toda su dureza o rebelarse contra las entidades responsables en una lucha que con frecuencia significa jugarse la vida. Una vez más, suelen ser las mujeres quienes se encuentran en primera línea, ya sea como campesinas resilientes o como defensoras de las selvas y las comunidades que las habitan.

Pero no podemos hablar de relaciones de género sin cuestionar el binarismo. En este sentido, da esperanza la creación de la plataforma Queers por el Clima que se dio a conocer en la misma semana de la cumbre social. Su objetivo es señalar a la LGTBIQfobia y las violencias que resultan de ella como una de las bases del capitalismo y promover una deconstrucción del binarismo de género tanto dentro como fuera del movimiento por la justicia climática.

Reivindicar la justicia climática va más allá de salvar el planeta: también trata de alcanzar una convivencia libre y digna entre todas las personas como iguales. Por lo tanto, es imprescindible hacer frente al cisheteropatriarcado, al racismo, al colonialismo, a la xenofobia, al capacitismo, al especismo, y a todas las opresiones que mantienen al sistema. La Cumbre Social por el Clima dio lugar a una multitud de encuentros entre personas provenientes de todas esas luchas en todos los continentes. Al compartir nuestras historias, una vez más nos dimos cuenta de que queda mucho por hacer, pero también del gran valor de los conocimientos y la fuerza que nos aportamos entre nosotres.

Antiespecismo y agroecología a debate entre ecofeminismos

Alguna buena noticia hay de vez en cuando. La preocupación por el bienestar animal, la conservación de la naturaleza y la alimentación saludable, cada vez son mayores. Que el capitalismo nos ofrezca productos «eco» en los supermercados, que reportajes televisivos de denuncia de macrogranjas ocupen horas de máxima audiencia, que aparezcan restaurantes veganos como champiñones o que Brad Pitt, Natalie Portman o Bill Clinton sean iconos del veganismo, son algunos indicadores. Pero el auge del feminismo es aún mayor: la frecuencia de búsqueda de la palabra «feminismo» en Google ha alcanzado sus dos máximos históricos en el último año y medio, llegando a quintuplicar el número de búsquedas en un día. Pero ¿qué tienen que ver el ecologismo, el animalismo, el antiespecismo y el veganismo con los feminismos? Veamos.

El ecologismo vela por la conservación de la naturaleza, no solo de las especies, sino de los procesos ecológicos que hacen posible la vida en el planeta. El ecologismo social en concreto plantea que la sostenibilidad ambiental no es posible sin justicia social, y denuncia las relaciones entre el expolio de los ecosistemas y el de muchos pueblos. Por eso el ecologismo social es inherentemente decolonial y ecofeminista: defiende que las relaciones sociales deben dejar de girar entorno a los mercados, para poner la vida y las relaciones y procesos que la hacen posible, en el centro. Desde el ecofeminismo denunciamos que la misma violencia que se ejerce contra la naturaleza, se ejerce contra las mujeres y las personas más vulnerables por razón de edad, racialización, clase, tipo de cuerpo, capacidades, etc., y que ambas están estrechamente relacionadas.

Del mismo modo, desde el ecologismo social defendemos la soberanía alimentaria, es decir, el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas sustentables de producción, distribución y consumo de alimentos, garantizando el derecho a la alimentación para toda la población, con base en la pequeña y mediana producción; respetando sus propias culturas y la diversidad de modos campesinos, pesqueros e indígenas de producción y comercialización agropecuaria, y de gestión de los espacios rurales, en los que la mujer desempeña un papel fundamental (Foro  Mundial sobre  Soberanía Alimentaria. La Habana, 2001).

Dentro del paradigma político de la soberanía alimentaria, la agroecología mira a restablecer el modelo agrario vinculando la producción con la biodiversidad y la ecología. En este contexto se defiende la ganadería extensiva, es decir, aquella basada en el pastoreo, estrechamente ligada al territorio y los recursos locales, especialmente aquella pequeña o familiar y con base agroecológica, que respeta los ritmos y ciclos de la naturaleza y se inserta en sistemas agroalimentarios locales y justos. En esta defensa, trabajamos en red entre el ecologismo social, la agroecología, el ecofeminismo y los movimientos de mujeres campesinas y ganaderas extensivas, como Ganaderas en Red y Ramaderas.cat.

Por otro lado, el animalismo, o movimiento de liberación animal, se preocupa por la calidad de vida de todos los animales, con especial hincapié en los no humanos, y a menudo se relaciona con la dieta vegetariana (aunque no todas las personas vegetarianas lo son por motivos políticos). Dentro de este, el antiespecismo se opone a todo uso de animales para alimentación, investigación, entretenimiento o textiles, considerándolo formas de opresión. Por eso el anarquismo, opuesto a cualquier forma de autoritarismo y opresión, ha ido tradicionalmente de la mano del antiespecismo (en ámbito urbano, no así en contextos rurales). El anarcofeminismo y una parte del ecofeminismo tienen en común con el antiespecismo la denuncia de la violencia y la opresión que el sistema ejerce, no solo sobre las mujeres y otras personas vulnerables, sino también sobre los cuerpos y vidas de las hembras de otras especies, condenando todo uso de los animales, incluida la ganadería, y promoviendo el veganismo.

Y aquí es donde nos preguntamos ¿cómo tejemos redes entre estas luchas que tienen tanto en común? En torno a este debate nos escuchamos y reflexionamos en las III Jornadas Ecofeministas, coorganizadas entre el área de Ecofeminismo de Ecologistas en Acción y Somos Garaldea. Tras meses de tensión acumulada y acusaciones cruzadas entre feministas en redes sociales y medios de comunicación, conseguimos generar y sostener un espacio respetuoso con voces tan diversas como las de PACMA, la Red Ecofeminista, el movimiento por la soberanía alimentaria y la ganadería extensiva. En el debate se entrelazaron argumentos éticos, políticos, ecológicos y relacionados con la salud. Nos centramos fundamente en los tres primeros ya que en torno a las cuestiones nutricionales ni la ciencia muestra consenso.

Reflexionamos sobre el caso de las especies invasoras planteándonos si consideramos ético o no matar a estos animales y cómo gestionaríamos los daños que ejercen sobre otras especies por depredación y desplazamiento de hábitat. También debatimos en torno a los distintos discursos y sensibilidades sociales según las especies de las que hablemos: la oposición al sacrificio del perro Excalibur, potencialmente infectado de ébola, logró más de 400 mil firmas en pocos días, mientras que la demanda a la UE de prohibición de los insecticidas con neonicotinoides para proteger las abejas y otros insectos, imprescindibles para la vida como polinizadores, consiguió 360 mil en una campaña de meses.

Hilando con esto, intercambiamos puntos de vista desde la inter- y ecodependencia y el antiautoritaritarismo, planteando conceptos como la lucha contra la domesticación de la vida animal o el concebirnos como parte de las relaciones de mutualismo o simbiosis que existen en la naturaleza entre cientos de especies. Debatimos sobre el papel de la ganadería extensiva, en nuestro contexto mediterráneo, para el cierre de los ciclos de nutrientes en la producción de alimentos de origen vegetal, que permite evitar emisiones de gases de efecto invernadero y contaminación, y su posible (o no) sustitución a gran escala por prácticas de permacultura. Y también se destacó su papel en la conservación de la biodiversidad y la defensa del territorio y los pueblos vivos así como en la denuncia del productivismo. Cuestionamos incluso si existe una cierta esencialización de la vida y un tabú sobre la muerte a la hora de hablar del significado de los seres y de sus vidas.

El debate completo no se agotó allí, pero una de las conclusiones fue la necesidad de recordar que, igual que no que hay un solo feminismo, podemos reconocer las discrepancias como diversidad dentro de los ecofeminismos. Por ello, nos llamamos a practicar, desde el ecofeminismo, la empatía, en sus múltiples formas y maneras de ser entendida y practicada. Y recordamos que, desde la decolonialidad, es necesario situar los argumentos en cada experiencia personal o colectiva y cada contexto ecológico, sociocultural y político.

Stay Grounded-Quédate en Tierra

Cambios sistémicos ante el mito del crecimiento verde

Stay Grounded es una red global para construir un sistema de transporte socialmente justo y ecológicamente racional y por el decrecimiento de la aviación. Cuenta con el apoyo de casi 200 grupos y organizaciones y más de 130 de ellos son miembros activos.

La industria de la aviación crece a pasos agigantados, convirtiéndose en el sector económico de la UE con mayor crecimiento. Es impactante visitar páginas como flightaware.com donde muestran cómo en este preciso momento al menos medio millón de personas están en el aire. El futuro no es alentador, se prevé que la cantidad de aeronaves y kilómetros volados por pasajerx se duplique en los próximos veinte años. Según el Centre for Aviation (CAPA) hay proyectados o en construcción más de 400 aeropuertos y más de 100 nuevas pistas de aterrizaje

Tan en auge está la industria de la aviación y tanto está contaminando, que una aerolínea de bajo coste ha entrado por primera vez la lista de las diez empresas más contaminantes de la UE. Lista en la que solo había empresas eléctricas de carbón. Según el informe publicado por la red de Stay Grounded (Quédate en Tierra), El espejismo de volar verde, este crecimiento ha sido posible a costa de gozar de privilegios fiscales, la precarización laboral, la desregulación del sector y la promoción de la industria a través de discursos basados en el mito del crecimiento verde. El queroseno (combustible de los aviones), no está sujeto a impuestos; en muchos países no hay impuestos a la propiedad de los aeropuertos ni a los billetes agregados. Los fabricantes de aviones y las aerolíneas se benefician de importantes subvenciones. El discurso del crecimiento verde pretende hacernos creer que el bioqueroseno (combustible derivado de biomasa como la palma de aceite), nuevas flotas de aviones más «eficientes» o medidas compensatorias por contaminar recogidas en el actual plan Corsia reducirán los daños a la naturaleza y a nuestras vidas.

¿Cuáles son algunas de las verdaderas consecuencias de vivir en la fantasía del crecimiento «verde»?

La aviación es el modo de transporte con mayor impacto climático: por cada 1000 kilómetros recorridos por pasajerx, un vuelo genera de promedio 18 veces más CO2 que un viaje en tren. El cambio climático, no es solo que suba la temperatura de la Tierra, significa mayores desastres ecológicos, crisis humanitarias, subidas del nivel del mar y desplazamientos forzados de población como migrantes climáticos.

Han sido registrados más de 300 conflictos socioambientales en los últimos diez años relacionados con la expansión o creación de nuevos aeropuertos o aerotrópolis (aeropuertos rodeados de zonas industriales y comerciales). Sesenta de ellos han sido analizados y mapeados en https://stay-grounded.org/map/ por el proyecto EnvJustice (http://www.envjustice.org) del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) y la red de Stay Grounded. Más del 50% de los casos están ubicados en Asia y casi un 20% en Europa. La mayoría de las causas son nuevos aeropuertos o la expansión de otros ya existentes, orientados a la defensa militar, pasajerxs o al comercio; e infraestructuras para el transporte y almacenamiento de queroseno, junto con proyectos de aerotrópolis. En estos conflictos la población local sufre desalojos forzosos y expropiación de tierras, y graves daños a la salud y la vida causados por la contaminación química y acústica, y por la destrucción de ecosistemas de alta biodiversidad como manglares, humedales o densos bosques, y zonas sagradas y de alto valor cultural. Además, no solo se dan conflictos por la propia construcción del aeropuerto; sino también por la extracción de grandes cantidades de tierra, transporte y almacenamiento de los materiales necesarios para que la aviación funcione y la masiva entrada de pasajerxs que ha acelerado los procesos de turistificación. Este proceso incrementa las malas condiciones de trabajo en el sector servicios, la expulsión de vecinxs de sus barrios; redes de movilidad colapsadas; altos niveles de ruido y contaminación del aire; y generación de residuos y abuso de los recursos naturales que comprometen la salud de las personas y el medio ambiente.

Cambio sistémico: decrecimiento de la aviación

Desde la red internacional de Quédate en Tierra, formada por más de 200 organizaciones de académicxs, activistas y sociedad civil, ponemos de manifiesto que la única alternativa que nos queda es el decrecimiento de la aviación. Este decrecimiento solo será posible con cambios en el sistema del transporte, económico, energético y comercial y un nuevo ordenamiento territorial en el que la vida se ponga en el centro de las decisiones.

Para discutir todo ello, se realizó en Can Batlló, Barcelona, el pasado 12 de julio, el encuentro sobre decrecimiento de la aviación sin un solo vuelo. Las jornadas reunieron a más de 150 personas de movimientos sociales, plataformas vecinales de Barcelona afectadas por la turistificación y la contaminación de los aviones, ​​científicxs, activistas del clima, organizaciones feministas, ONG, sindicatos y personas que luchan por diferentes alternativas.

En esta conferencia se han explorado y debatido siete propuestas para reducir la aviación de una manera socialmente justa. Además de acabar con la injusta ausencia de impuestos del queroseno, ha quedado patente que se necesitan medidas adicionales para garantizar que volar no se convierta en un privilegio aún mayor de la gente rica. Una propuesta innovadora sería un impuesto a lxs viajerxs frecuentes, lo que significa que cuanto más vuela una persona, más impuestos paga. También la reducción o poner límites a los vuelos de corta distancia y vuelos nacionales innecesarios. Fomentar las alternativas a la aviación, como los trenes nocturnos y las videoconferencias. Moratorias a la ampliación de los aeropuertos y poner límites al turismo masivo. Estas propuestas se discutieron para ser implantadas a nivel de políticas públicas, instituciones como universidades, municipios, escuelas y ONG.

Stay Grounded comenzará la campaña Let’s Stay Grounded! (quedémonos en tierra), este año. Se hace un llamado para actuar activamente contra la aviación y por la justicia climática. Junto con diferentes iniciativas en Europa, queremos construir un movimiento fuerte y conectado para mantenernos firmes.

Como dice Mira Kapfinger, de Stay Grounded, «Para lograr el cambio necesario, necesitamos movimientos sociales que exijan esto en las calles, necesitamos acciones directas en los aeropuertos, necesitamos ciencia, instituciones, compañías e individuos que muestren las ventajas de quedarse en tierra y viajar lentamente, y necesitamos que la sociedad civil presione a los Gobiernos».

Transporte Aéreo

Privilegios y desigualdad frente a la crisis climática

Si la aviación fuera un país, sería el sexto mayor emisor de gases de efecto invernadero. Aunque su papel es clave para limitar el aumento de la temperatura global, es, junto al transporte marítimo, uno de los dos sectores económicos mundiales que no cuenta con objetivos de reducción de emisiones en el marco del Acuerdo de París de 2015. Sus previsiones de crecimiento exponencial han obligado a la Organización de Aviación Civil Internacional a lanzar CORSIA, un plan de compensación y reducción de emisiones.

¿Cuánto CO2 emite la aviación?

En 2018 los vuelos nacionales e internacionales emitieron alrededor de 895 millones de toneladas de CO2 (MtCO2), que es el 2,4% de las emisiones mundiales de CO2 relacionadas con la energía. Así dicho y utilizando los datos de la propia IATA (asociación internacional del transporte aéreo) no parece excesivo respecto a otras actividades económicas. Sin embargo, algo de trampa hay. Según la ONG europea Finance and Trade Watch, si tuviéramos en cuenta todas las emisiones de gases de efecto invernadero, y no solamente el CO2, se llegaría al 5%. En particular, las emisiones de óxidos de nitrógeno (NOx) y las estelas de condensación (mezcla de hollín y vapor de agua) que se forman en ciertas condiciones, provocan también calentamiento global. A esto habría que añadir todos los impactos medioambientales debidos a la extracción del carburante, la fabricación de maquinaria y la construcción de aeropuertos. Para visualizar lo que esto significa: por cada tonelada de CO2 emitida, 3 metros cuadrados de hielo se derriten en el Ártico. Si una persona hace un vuelo ida y vuelta de Viena a las Islas Canarias, esto provocará la fusión de unos 4,5 metros cuadrados de hielo ártico.

La cosa se pone aún más interesante cuando tenemos en cuenta el rápido crecimiento del sector —cuyas emisiones han aumentado un 26% solo en 2013— y consideramos que solo vuela entre un 3% y un 7% de la población mundial. La industria de la aviación prevé que el número de pasajeros llegue a 8200 millones en 2037, el doble que en 2017. La aviación podría consumir una cuarta parte del presupuesto global de carbono hasta 2050 para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C en 2100, según un análisis publicado por Carbon Brief. Esto quiere decir que de todo el carbono que el planeta puede emitir hasta 2050 para cumplir París la aviación emitiría el 25% con estas tasas de crecimiento.

Estamos trabajando en ello

En esta situación la industria nos tranquiliza: las mejoras pronosticadas en la eficiencia de las aeronaves y su consumo de combustible serán de alrededor del 1 o 2% por año. Pero, aun siendo cierto, no es suficiente para compensar el crecimiento del tráfico esperado de alrededor del 5% por año, lo que significa que las emisiones de CO2 podrían aumentar entre 2,4 y 3,6 veces para 2050 respecto a 2018.

¿Qué se esconde detrás de las mejoras de eficiencia? Es cierto que los motores actuales consumen menos combustible que hace décadas y se han optimizado las prestaciones de las aeronaves, pero esta realidad no ha llevado a una reducción de emisiones del sector. Las mejoras en eficiencia han permitido rebajar el consumo de combustible por kilómetro y, teniendo en cuenta que el combustible puede llegar a representar hasta el 50% de los costes de operación de las aerolíneas, han permitido a las aerolíneas bajar los precios de los vuelos, produciendo un aumento exponencial del número de vuelos y por tanto de emisiones. Pero además, detrás de los vuelos baratos también se esconden subvenciones públicas a compañías aéreas. Las líneas aéreas que operan en España tienen acuerdos en vigor por valor de al menos 91,5 millones de euros, según un estudio elaborado por Expansión en 2011.

Dado lo abultado de las emisiones ligadas al transporte aéreo internacional y siendo la emergencia climática una realidad difícil de esconder ya a la opinión pública, la industria auspiciada por la OACI acordó en 2016 un plan denominado CORSIA.

¿Qué propone CORSIA?

CORSIA es la abreviatura de «esquema de reducción y compensación de carbono para la aviación internacional»; un acuerdo diseñado para ayudar a esta industria a alcanzar su objetivo de hacer que todo crecimiento en vuelos internacionales después de 2020 sea «neutro en emisiones de carbono». ¿Qué quiere decir esto? Pues que una vez se conozcan las emisiones netas asociadas a vuelos internacionales en 2020 éstas se fijarán como referencia para los años sucesivos, y todo aumento de emisiones respecto a esa referencia tendrá que ser compensado. ¿Y cómo se compensará? Mediante un mecanismo basado en el mercado donde las aerolíneas tendrán que comprar compensaciones de reducción de emisiones de otros sectores para compensar cualquier aumento en sus propias emisiones o, lo que es lo mismo, escurrir el bulto. Este acuerdo será obligatorio solo a partir de 2027, lo que se antoja un poco tarde para tomar medidas ante una emergencia climática ya evidente que requiere emisiones netas globales nulas en 2050 para limitar a 1,5 ºC el aumento de temperatura global. Pero además, 181 de los 197 países firmantes de CORSIA están exentos, ya sea porque se les considera «en vías de desarrollo» o porque no tienen salida al mar. Lo que significa que cualquier vuelo que aterrice o despegue de uno de estos 181 países no se verá afectado por CORSIA.

La propuesta es, cuanto menos, flojita. Limitar las emisiones a valores de 2020, año en el que llegarán a sus máximos históricos no se antoja muy exigente. Y, menos aún, si lo que se propone es la compensación mediante mercados de emisiones que han demostrado no conducir a una reducción, sino simplemente al traslado de emisiones de un sector a otro y, en el mejor de los casos, a que el resultado no suponga un aumento neto[1].

Esta vez la tecnología tampoco nos salvará

La industria aérea se aferra al green-washing. Se prometen mejoras técnicas aún inmaduras para los aviones y sus operaciones en el futuro. Pero, como hemos visto, estas serán insuficientes para compensar el aumento de emisiones. Las mejoras previstas en la eficiencia del uso de combustible son superadas por las tasas de crecimiento históricas, actuales y planificadas. La certificación para el vuelo de cambios significativos en la tecnología aeronáutica, como el avión eléctrico, necesita de tiempos incompatibles con la urgencia de la reducción de emisiones. Incluso los aviones del futuro propulsados por electrocombustible serán perjudiciales si no se establecen criterios sólidos de sostenibilidad en su fabricación y una reducción drástica del tráfico aéreo. Por todo ello, en las próximas décadas el tráfico aéreo descarbonizado o el «crecimiento neutro en carbono» seguirá siendo una quimera.


[1]Véase, por ejemplo, Movimiento mundial por los bosques tropicales (2015): REDD: una colección de conflictos, contradicciones y mentiras https://wrm.org.uy/es/files/2014/12/REDD-Coleccion_de_conflictos_contradicciones_y_mentiras_expandido.pdf

Aportaciones desde la teoría queer al ecologismo en tiempos de extinción

«No es suficiente señalar a les “uno de diez” ecologistas, como si la mera presencia de cuerpos homosexuales en los bloqueos de las carreteras de tala fuera una forma significativa de inclusión o conversación. No es suficiente simplemente agregar “heterosexismo” a la larga lista de dominaciones que dan forma a nuestras relaciones con la naturaleza, pretender que podamos simplemente “agregar queers y agitar” en nuestras construcciones de lo que significa “opresión” y “explotación”. No es suficiente con ponerse iconos con triángulos rosados junto a los que dicen “Salvemos a las ballenas” y “Detengamos la lluvia ácida”. No es suficiente, incluso, imaginar que el árbol que estás abrazando es del mismo sexo que tú. O tal vez eso es un inicio. Tal vez incluso esté coqueteando contigo.» (Sandilands, 1994)

Desde que Catriona Sandilands escribiera estas palabras en 1994 se ha desarrollado, al menos en el mundo anglosajón, un debate partiendo de la idea de «queerear al ecofeminismo» (Greta Gaard, 1997) hasta la propuesta de una «ecología queer». En este artículo me gustaría explorar algunos aspectos de este debate.

¿«Crimen contra la naturaleza»? o ¿una naturaleza inherentemente queer?

Lo que es supuestamente «natural» se ha usado desde hace mucho tiempo en nuestras culturas occidentales en contra de las sexualidades e identidades no heteronormativas. No obstante, la mirada de los (!) científicos-biólogos heterosexuales ha sido bastante sesgada, como dice Bruce Bagemihl en su libro Biological Exuberance. En la «naturaleza» podemos observar abundancia de actos sexuales no heteronormativos, animales «transgénero» o «transexuales»: es decir, la naturaleza es abundantemente queer. Es más, los investigadores sistemáticamente han hecho encajar sus observaciones no heteronormativas en su marco moral cristiano; ocultaron lo que observaron para construir una naturaleza heteronormativa.

Con esto no quiero usar el mismo argumento: como ahora sabemos que lo queer es natural, entonces es bueno (como lo intentan hacer algunes cientifiques con la búsqueda de un gen de la homosexualidad). Más bien, como explica Greta Gaard en Toward a queer ecofeminism,

el problema de la opresión basada en la sexualidad no es limitada al dualismo heterosexual/queer. (…) El problema mayor es la erotofobia de la cultura occidental, un miedo tan fuerte que solamente una forma de sexualidad es abiertamente permitida; solamente en una posición; y solamente en el contexto de ciertas sanciones legales, religiosas y sociales.

¿Ecología sin naturaleza?

En los movimientos ecologistas encontramos a veces una glorificación de la naturaleza, construida como algo distinto a nuestra cultura humana, a nuestra civilización. Desde el ecofeminismo hablamos de nuestra ecodependencia como seres humanos. Pero, ¿podemos realmente diferenciar entre cuerpos humanos (con cultura) y cuerpos no humanos? ¿Podemos mantener el dualismo cultura-naturaleza y simplemente deconstruir la jerarquía?

En su articulo Naturally Queer, Myra J. Hird señala que difícilmente podemos ver nuestros cuerpos «como seres discretos», que nuestros cuerpos «están construidos con mayor precisión a partir de una masa de seres que interactúan… Nuestras células también proporcionan asilo para una variedad de bacterias, virus e innumerables fragmentos genéticos.» Cuando decimos ser humano, necesariamente hablamos también, en el ámbito físico, de bacterias y de otras materias (virus, gusanos de hilo, etc.). Es decir, «en la biología no lineal, la penúltima realización de lo queer pueden ser los cuerpos en sí mismos» (Hird).

Desde el feminismo queer se señala que el sexo (supuestamente biológico, natural) es tan culturalmente construido de forma binaria como el género. La investigadora queer Joan Roughgarden identifica en su libro Evolution’s Rainbow varios géneros en animales, y dice que «muchas especies tienen tres o cuatro géneros». Si definimos cultura por la existencia de estructuras sociales, lengua, aprendizajes, afectos, es cierto que podemos observar bastante cultura en animales, una abundancia de relaciones afectivos y sexuales que se escapan de la heteronormatividad.

Para el filosofo queer Timothy Morton «la Naturaleza es una especie de concepto planteado desde un prisma antropocéntrico. […] De hecho […] emplearlo puede llegar a ser desastroso. En primer lugar porque separa el mundo humano y el no humano mediante una pantalla estética más bien arbitraria.» Según Morton, el «fantasma de la “naturaleza”» es un producto de la modernidad que «paralizó el crecimiento del pensamiento ecológico.»

Una ecología queer en tiempos de extinción

Un ambientalismo que pretende mantener áreas silvestres o unas especies especialmente lindas (ballenas, etc.) hace poco más que mercantilizar lo que pretende proteger. Vivimos en tiempos de extinción, incluso el riesgo de nuestra propia extinción se ha acercado al 5%, como muestran Yangyang Xu y Veerabhadran Ramanathan, en un artículo en PNAS de 2017. Mientras seguimos disfrutando de nuestros «privilegios de carbono», ¿qué nos puede ofrecer una perspectiva queer?

En su contribución en Queer Ecologies, Catriona Mortimer-Sandilands pregunta: «¿Qué tal si nos tomamos en serio el hecho de que la naturaleza actualmente no puede ser llorada y que las naturalezas melancólicas de las que estamos rodeades son un intento desesperado de aferrarnos a algo sobre lo que ni siquiera sabemos cómo hablar sobre el duelo?»

Aquí hay paralelismos con las experiencias queer. En un contexto homofóbico, el afecto homosexual y la pérdida de vidas queer no son valorados como merecedoras de ser lloradas, impidiendo pasar por el dolor y aceptar la pérdida. Para Judith Butler, el luto es un proceso de aceptación de que la pérdida que vivimos nos transforma, posiblemente para siempre.

Quizás en tiempos de extinción, con una pérdida diaria de más que 200 especies, deberíamos aceptar nuestro luto por las especies, hábitats y ecosistemas perdidos que en nuestra cultura occidental no merecen ser llorados, y reconocer ese luto para transformar nuestro dolor y rabia en militancia.

El movimiento Act UP creó el lema «silencio = muerte», que permitió convertir el luto y el dolor por la pérdida de seres queridos en rabia. Quizás en tiempos de nuestra propia extinción el lema «rebelión o extinción» expresa algo similar, y nos permite transformar nuestro dolor en rabia, en energía para la revolución.

Costes ambientales de una industria extractivista:

el turismo

El turismo se ha convertido en una de las principales industrias del capitalismo neoliberal y, también, en una de las más rentables y devastadoras, con un ritmo de crecimiento imparable. Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), de los 7.500 millones de personas que habitamos el planeta 1326 viajamos durante 2017, generando unos ingresos para la industria turística de 1,34 billones de dólares. Esta expansión global está creando graves conflictos y tensiones derivadas de los impactos ambientales, sociales y económicos del complejo entramado de actividades asociadas a dicha industria, desarrolladas principalmente por grandes corporaciones transnacionales y fondos de inversión.

En este proceso de turistización global destaca el caso del Estado español, que fue el segundo más visitado del planeta, con 82,6 millones de visitantes en 2018, por detrás de Francia, y el segundo en ingresos turísticos en 2017, 89 678 millones de euros, superado solamente por EE UU. Estas cifras de turistas, que la OMT pretende como objetivo elevar a 100 millones, vienen a poner de relieve una expansión sin precedentes del capitalismo turístico en el Estado. Modelo que trasciende al de sol y playa, sustentado en la construcción masiva y la especulación urbanística de determinadas zonas costeras, y comienza a colonizar nuevos espacios, nuevos territorios y a desarrollar nuevas actividades, generando un auténtico monocultivo turístico en lugares como los archipiélagos de Baleares y Canarias.

Así, lejos de limitarse a esos espacios tradicionales de sol y playa, el capitalismo financiero extiende la turistización intensiva a las ciudades, a los barrios, a los pueblos, a los hogares, a las zonas rurales, a los espacios naturales, a las montañas, y diversifica sus tentáculos transformando todo en mercancía turística. Al mismo tiempo, como explica Rodrigo Fernández Miranda en Políticas públicas, beneficios privados, a través de la publicidad, se construye un modelo de turista que persigue su hedonismo radical, la satisfacción de todo deseo y necesidad durante su viaje. Lo que Alba Rico denomina una «inflación de egos estereotipados».

La orientación de la industria es aumentar la llegada de turistas y colonizar el territorio y las personas para maximizar los beneficios a costa de generar graves impactos ambientales, sociales y económicos que afloran a lo largo y ancho del Estado: destrucción de zonas costeras y de interior, infraestructuras sobredimensionadas, encarecimiento del precio de las vivienda, aumento de la precariedad laboral y de la pobreza, violencia sexual, explotación y trata de personas, desplazamiento de la población de sus lugares de residencia, especulación, sobreexplotación de recursos hídricos, consumo desorbitado de combustibles fósiles, generación de residuos, contaminación, emisiones de gases, abandono de actividades agrícolas, urbanización del campo, degradación de espacios naturales o banalización y destrucción del patrimonio cultural.

Asimismo, desde las instituciones públicas se vende como un triunfo el incremento cada año del número de turistas y la aportación al PIB de este crecimiento turístico, sin que se visibilicen las «externalidades económicas negativas» tal y como las denomina Rafael Borràs en su artículo Estadísticas turísticas: Un espacio también en disputa.

Entre esas externalidades, enumeramos brevemente algunas que ponen de manifiesto el deterioro ambiental, sin entrar a valorar sus graves consecuencias socioeconómicas, inducido generalmente por un proceso autoritario en la toma de decisiones públicas que está generando un profundo deterioro de la democracia.

Aunque no abordaremos este último aspecto, que nos parece clave y que ha sido tratado de manera muy acertada por Federico Aguilera en su trabajo El deterioro ambiental en Canarias como resultado del deterioro de la calidad de la democracia, sí nos parece interesante apuntar, siguiendo sus palabras, el hecho de que «los problemas ambientales siguen siendo erróneamente identificados con los impactos o repercusiones finales y no con sus causas originales».

Así, los impactos ambientales directos o indirectos, derivados del monocultivo turísticos, son múltiples y complejos y sería pretencioso, aquí, ni siquiera un  esbozo desde un punto mínimamente riguroso. Pero si nos gustaría exponer algunos datos relevantes que evidencian el comportamiento de una industria de prestación de servicios, supuestamente «blanda», que se comporta en realidad como una industria extractivista, minera, que acumula capital mediante desposesión. Sirva como ejemplo que casi un 37% de la línea de playa está urbanizada en el Estado español y que más de un tercio de los ecosistemas asociados han sido destruidos, especialmente en áreas turísticas. El turismo multiplica por cuatro el consumo de agua, cuestión agravada por el hecho de que el 85% de la población turística elige zonas caracterizadas por la escasez de este recurso y que su consumo compite con el sector agrícola, con el consiguiente impacto sobre la producción alimentaria y el patrimonio rural. El transporte aéreo ha aumentado la emisión de gases efecto invernadero en un 25% y en un 22% en el transporte marítimo; en ambos casos la actividad turística tiene una enorme responsabilidad, por el crecimiento de pasajeros aéreos y por el aumento imparable de grandes cruceros. Todo ello sin contar con la proliferación y sobredimensionamiento de infraestructuras públicas, en muchos casos al servicio del turismo: puertos, aeropuertos, autopistas o trenes de alta velocidad.

En resumen, las lógicas asociadas al negocio turístico han llevado, en muchos puntos del Estado, a un proceso de turistificación total de la economía, de los territorios, de las personas y de las instituciones, que es necesario frenar y revertir desde los movimientos sociales dada la escasa respuesta política. De hecho, la industria turística necesita la connivencia de los poderes públicos de los países «anfitriones» para poder ejercer una explotación eficaz y rentable de sus recursos naturales, culturales y humanos. Esta asociación público-privada se centra en promover la liberalización económica, la entrada de la inversión extranjera, la flexibilización y cambios en las legislaciones que reducen las exigencias y controles ambientales, privatizan los espacios y bienes comunes, concesionan el uso lucrativo de los recursos naturales y del territorio y minimizan la carga fiscal sobre los capitales transnacionales.

Ecologistas en Acción sopla sus veinte velas en Sevilla

Corrían los 90 cuando más de 300 grupos ecologistas, sintieron la necesidad de articularse en una estructura de coordinación del movimiento a escala estatal. Respetando la diversidad, las raíces, identidades y necesidades locales, a la vez que construyendo un discurso y un repertorio de acción e incidencia política fuertes. Alzando una voz alta y clara de denuncia contra el capitalismo y todos los procesos que afectan a la salud de los ecosistemas y a la justicia social. Dejando a un lado las siglas, pero sobre todo, con muchísimo trabajo e ilusión, nació Ecologistas en Acción. Tras dos décadas de éxitos y fracasos, acciones, manifestaciones, estudios, publicaciones, denuncias, comunicados… en 2018 hemos mirado hacia atrás para aprender y celebrar, y hacia delante para mirar los retos de frente y coger fuerzas para seguir construyendo el mundo que soñamos. Y elegimos Sevilla para culminar este proceso.

Entre los días 7 y 9 de diciembre de 2018 casi 300 ecologistas compartimos reflexiones, debates, recuerdos, sueños, propuestas, dudas, nervios, emociones, risas… Comenzamos el viernes, en el Albergue de Inturjoven de Reina Mercedes, con una mesa redonda sobre «Nuevas dinámicas, nuevos retos del ecologismo social para los próximos 20 años». Frente a los «retos urbanos», Manu Calvo, consultor ambiental, lanzó propuestas de movilidad sostenible en las que bicicletas y peatonxs estén en el centro y los vehículos de motor pierdan protagonismo. Luego Ana Jiménez, compañera Topa —y de mil otros frentes—, nos invitó a reflexionar, a través de la historia de las mujeres de su familia, sobre los impactos de la turistización y la neoliberalización de la ciudad sobre las personas y los ecosistemas. De ahí pasamos a los «retos rurales» de la mano de Celsa Peiteado, responsable de agricultura de WWF, que habló de despoblación rural, de la amenaza de la ganadería industrial y de iniciativas para compaginar usos, identidades y necesidades rurales y urbanas, conservando un mundo rural vivo que defienda los valores ambientales y culturales que alimentan al mundo y conservan biodiversidad. Por último, abordamos los «retos globales» con Juan Hernández, doctor en Derecho por la Universidad del País Vasco, que trazó las relaciones entre el resurgimiento del fascismo, las nuevas reglas mundiales, el incremento del poder de las transnacionales y las migraciones y el deterioro ambiental.

Tras esta sacudida de neuronas, el sábado entramos en faena en las reuniones de las áreas temáticas: agroecología, soberanía alimentaria y medio rural; agua; antiglobalización, paz y solidaridad; conservación de la naturaleza; consumo; ecofeminismo; educación; energía; jurídica; medio marino; participación; residuos y químicos; transporte y calidad del aire; y urbanismo. Aprovechamos la ocasión para evaluar el trabajo del 2018 y ponernos metas para el 2019. De paso, observamos con perspectiva de género, mediante un sencillo protocolo, las dinámicas de participación en nuestras reuniones: ¿quién tiende a hablar con más frecuencia?, ¿quién interrumpe?, ¿quién aporta más ideas nuevas?

Gracias a esta observación y a «visitas médicas» que las Doctoras Ramona y Cajal (dúo cómico Compañía Milagros) nos hicieron con mucho humor durante la comida, pudieron por la tarde regalarnos unas risas compartiendo su diagnóstico sobre las patologías que padecen nuestros grupos: desde la «machistosis extrema» hasta la «inequidalgia latente», pasando por la «patriarcalitis moderada». Afortunadamente también nos ofrecieron el «Patriarcalitest»[1] como receta de tratamientos.

Aunque amenizada con las risas, la asamblea plenaria de la tarde fue rica en debates para tomar algunas decisiones importantes, como la de la compra de un local o la aprobación de la renovación de los «Principios Ideológicos» y del «Programa Ambiental» de la organización. También repasamos las campañas más relevantes de 2018, como la de minería, y elegimos las dos que serán prioritarias para 2019: la lucha contra las macrogranjas (para la que ya hay un grupo activo en Andalucía) y la sensibilización sobre los impactos de la turistización (entorno a la cual Ecologistas en Acción Ciudad de Sevilla participamos en el colectivo Cactus). 

De ahí pasamos a un debate en torno al pasado, presente y futuro de la organización y del ecologismo social, que ya venía de otro anterior que tuvimos en Madrid el pasado 26 de mayo. Para romper el hielo esta vez compartimos algunas de las ideas que surgieron aquel día. Theo Oberhuber, uno de los protagonistas del nacimiento de Ecologistas en Acción, nos contó cómo la generosidad y la visión de conjunto fueron imprescindibles en ese proceso. Nines Nieto, pieza clave de la lucha por la conservación de la biodiversidad y el respeto de la legislación ambiental, habló de las luces y las sombras de estos años hasta llegar al presente. Y una servidora comentó algunos retos de futuro, como el mantenimiento de los pueblos vivos que defiendan su territorio, la recuperación del arraigo de la juventud a la tierra o la lucha frente a la coaptación de nuestros mensajes por parte del sistema capitalista y el mercado, pero también algunas oportunidades como el indiscutible auge de los feminismos.

El broche perfecto de la tarde fue el son alegre y combatiente del Coro Dominguero del Pumarejo. Y, como «si no podemos bailarla, no es nuestra revolución», tras tanto pensar, pasamos a la celebración al ritmo del auténtico cartelazo que montamos para la ocasión: El Pájaro, Kiko Veneno y Los Diplomáticos y Emilia Pinzón nos deleitaron con sus temazos para luego dejar paso a dos de las DJs del momento, Guacha Sabelo y Broken Toy.

Con la resaca y las agujetas de la fiesta, el domingo más de 300 personas nos manifestamos contra la neoliberalización y la turistización de Sevilla, desde la Alameda de Hércules hasta las Setas de la Encarnación, donde desplegamos una enorme pancarta de 14 m con el lema «Ciudad [distinto] parque temático — Ecologistas en Acción — Sevilla no se vende». Y como no solo de pensar, bailar y defender el común viven las mortales, cerramos los tres días de asamblea con una rica comida agroecológica con productos de la Red Sevilla Ecoartesana preparados por Rocío, de La Cocina de Tramallol. Ser ecologista en tiempo de colapso es «mu sufrío», pero en Ecologistas en Acción tenemos claro que la compañía es muy importante para disfrutar del camino, que aún nos queda… así que ¿te unes?

[1] https://www.ecologistasenaccion.org/wp-content/uploads/2018/09/patriarcalitest.pdf

Crónica de un encuentro ecofeminista

A finales de octubre nos juntamos más de 150 mujeres en Garaldea, cerca de Titulcia, en el municipio de Chinchón. Fue en el contexto de las segundas jornadas ecofeministas organizadas por el área de ecofeminismos de Ecologistas en Acción y Garaldea.

Más de 150 mujeres que de manera autogestionaria nos organizamos durante un fin de semana para pensar y debatir sobre qué significa y cómo se hace eso de «poner la vida en el centro».

El sábado por la mañana comenzamos con la mesa de «miradas». Almudena nos fue desentrañanado cómo la identidad individual, tan característica del capitalismo patriarcal, no es más que una fantasía. Nos contó cómo la disociación razón-emoción constituye la clave del llamado orden patriarcal. Y analizó cómo las trayectorias históricas diferenciadas (en términos de identidad) de hombres y mujeres han dado como resultado distintos modos de construir la individualidad moderna en unos y en otras. Los hombres, gradualmente y a lo largo de la historia, han ido desarrollando una identidad individual dependiente, es decir, como en otras tantas cuestiones, delegando la parte relacional en las mujeres.

Y de la identidad pasamos al territorio. Ana hizo hincapié en la necesidad de pensar nuestras ciudades y pueblos desde una perspectiva ecofeminista. Planteó la necesidad de cuestionarnos la ubicación de los equipamientos públicos, la distancia entre ellos, el tamaño que le damos a las calles y las aceras, a qué funciones destinamos mayores recursos económicos o cuánta vivienda pública habrá en nuestros municipios. Los urbanistas «clásicos» toman estas decisiones sin tener en cuenta las necesidades de todxs. Piensan la ciudad para un varón joven o de mediana edad que se desplaza sobre todo del hogar al trabajo, con capacidades «normales» según el pensamiento hegemónico. La perspectiva de género, materializada en los informes de impacto de género, debería provocar que pensemos nuestros pueblos y ciudades de forma más vivible y sostenible, poniendo el foco en aquellas situaciones que generan desigualdad, aunque la realidad dista bastante de ser así.

Y terminamos estas «miradas», que pasaron de los cuerpos al territorio, para volver a los cuerpos otra vez. Maribel compartió con nosotras sus amplios saberes sobre la antropología de la salud, denunciando el hecho de que ni la salud, ni la enfermedad, se han estudiado desde el cuerpo de las mujeres. Seguimos sin saber mucho de las enfermedades que nos afectan a los cuerpos de mujer que simplemente por fisiología o concentración de grasa corporal tenemos más posibilidades de acumular los tóxicos que, derivados del sistema urbano agroindustrial, nos envenenan el cuerpo.

Tras la mesa de «miradas» pasamos al taller de agroecología que proponían Leti, Elisa y Lara. Las compañeras ya habían iniciado un trabajo en el congreso de agroecología para integrar prácticas ecofeministas en los pequeños proyectos productivos, y nos propusieron seguir pensándolo en común.

En este seguir construyendo, una de las principales conclusiones que extrajimos fue la dificultad que presenta pasar del discurso a la acción, sobre todo cuando hablamos del autocuidado; las dificultades que tenemos las mujeres para darle valor a nuestro trabajo o los tiempos, y los ritmos que nos imponen-autoimponemos. Y sobre todo, cómo darle valor a trabajos que no tienen un precio en el mercado y son imprescindibles para nuestra alimentación, como cuidar de las consumidoras informándolas o atendiéndolas, o como llevar las cuentas de los grupos de consumo.

Y así hablando de cuerpos, territorios y maneras de conseguir los recursos necesarios para cubrir las necesidades básicas, fue pasando la mañana.

Por la tarde conocimos diferentes experiencias. Mujeres que, de una u otra manera, están poniendo sus cuerpos, pensando y construyendo otras maneras de mirar, producir, sentir y resistir.

Paca y Maitane presentaron la red de Género y Energía, una red creada para denunciar los impactos diferenciados del actual modelo energético en las mujeres y en personas con diversidad sexual; para denunciar la exclusión de la que son objeto en las esferas de poder del sector energético; y para visibilizar a las mujeres que están trabajando por una transición energética justa y sostenible.

María nos habló de la realidad de las jornaleras en Andalucía, de lo masculinizado que está el trabajo en el campo y de lo invisibilizadas que están las mujeres. Compartió el horror que vivieron las compañeras marroquíes en los campos de fresas donde denunciaron a los patrones por abusos corporales y laborales.

Y las compas del 8M de Madrid que, tras el desborde vivido en el pasado 8 de marzo, están ya volviendo a re-generar y activar las redes de mujeres para que en el 2019 la calle entera en todo el territorio del Estado español se vuelva a teñir de morao dejando bien claro que si nosotras paramos, se para el mundo.

Laura, de Ganaderas en Red, compartió cómo más de cien mujeres ganaderas de todo el Estado, hartas de sentirse solas, hace dos años que se organizaron para tomar las redes sociales y los espacios públicos entorno a la ganadería y el mundo rural y de «solas e invisibles» han pasado a «juntas e invencibles».

Las compas Nicas, Jerlin y Jessi, hablaron de su situación, exiliadas y acusadas de terrorismo por el Gobierno de Ortega-Murillo al revelarse por la especulación con la tierra y por el descuido de las reservas naturales, y compartieron la historia y actualidad de la resistencia del pueblo Mapuche, también como ejemplo del trabajo de las mujeres en defensa del territorio.

Y tras la cena, risas y cantes. Muchas, muchas risas y bailes…

Ya a la mañana siguiente, las compas de Garaldea nos compartieron sus dolores, sus conflictos y las maneras comunitarias que han tenido para  resolverlos y seguir dando forma a ese increíble proyecto que albergaba las jornadas.

Y seguimos autoorganizándonos para compartir saberes en los talleres autogestionados, y reuniéndonos las mujeres del área para seguir pergeñando maneras ecofeministas de mirar y estar en el mundo. 

Cinthia, del Comité Europeo de Jineolojí, recorrió la historia de la revolución kurda y de cómo las mujeres están desarrollando una nueva ciencia y forma de pensamiento que entronca la defensa de la tierra, de la libertad como concepto colectivo. Y de cómo han encontrado en sus espacios no mixtos, sus formas de lucha y caminos también para transformar a los hombres con los que comparten esa lucha. 

Y terminamos, con Alicia, las jornadas entre cantos y risas.

Sin justicia climática naufragará nuestro barco hundido

Aunque estamos «todxs en el mismo barco», el cambio climático nos exige un análisis sobre el poder.

Aunque no me gustan las distopías, las investigaciones sobre el cambio climático y sus notables consecuencias dificultan mantener la esperanza y la confianza en la capacidad de los seres humanos para organizarse y «colapsar mejor» (Jorge Riechmann). El acuerdo de París de diciembre de 2015 sobre el clima es poco más que papel mojado. Para mantener el aumento de las temperaturas por debajo de los 1,5C, el total de las emisiones de CO2 permitido debería ser entre 5 y 10 veces las emisiones anuales actuales. Ya es «poco probable» alcanzar este objetivo y requeriría cambios fundamentales y rápidos, según el borrador filtrado de un informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).

Estoy de acuerdo con Nick Buxton cuando afirma que las distopías climáticas hacen poco más que paralizarnos y mantener el sistema capitalista y productivista intacto. No obstante, esta década será determinante para el futuro de nuestro planeta y de nuestras civilizaciones.

Es sorprendente que ante este enorme reto no exista prácticamente movilización alguna en el Estado español. Sí existen algunas iniciativas como la Red Sevilla por el Clima, pero hacen poco más que promover algunas pequeñas reformas poco profundas y apelar a cambios a nivel individual que ocultan las raíces estructurales. Sobre este tipo de actividades dice Nick Buxton: «Por muchas bombillas de bajo consumo que instalemos, no conseguiremos detener al gigante capitalista».

Planeta Tierra – un barco hundido

En un artículo publicado en la revista ROAR Magazine, el activista Kevin Buckland dice:

Nuestra respuesta a la crisis climática ha sido reorganizar las tumbonas del Titanic, pero lo que sea que estamos haciendo no está funcionando. Es hora de probar algo nuevo. En un barco que se hunde, la lógica y los marcos de referencia de cada quien deben cambiar, al igual que los marcos tradicionales de izquierda deben evolucionar en el emergente contexto de crisis. La lucha ya no es organizar las tumbonas para que podamos garantizar la igualdad de acceso para todas las personas. La pregunta crítica es: ¿cómo podemos organizarnos mejor para convertir estas tumbonas en botes salvavidas

Usando el símil del barco que se hunde, no todas las personas sufren el mismo impacto. No es lo mismo viajar de manera clandestina o en cuarta clase que quien en primera o segunda pueden seguir disfrutando de su viaje. Como tampoco es lo mismo para la tripulación que trabaja sin descanso.

Es decir «…el impacto del cambio climático no vendrá determinado, en última instancia, por los niveles de CO2, sino por las estructuras de poder. El impacto exacto de una catástrofe climática dependerá de las decisiones políticas, de la riqueza económica y de los sistemas sociales», como dice Nick Buxton.

Los efectos del cambio climático no se limitan a un aumento de las temperaturas a nivel global, sino que estamos ya «caminando sobre el abismo de los límites», como señala el reciente informe de Ecologistas en Acción y La Transicionera.

En este contexto, las estrategias para «garantizar la igualdad de acceso para todxs» a las tumbonas del Titanic sea por género, por clase, o por país de origen— ya no son suficientes; es decir, las respuestas tanto desde el ecologismo como desde el feminismo; del sindicalismo o del anarquismo, tienen que asumir el contexto del barco hundido, de la realidad de un cambio climático ya en marcha y de los límites físicos de nuestro planeta.

La justicia climática como nuevo marco

Tomar en serio el contexto requiere que nos organicemos ¡ya! Ni los Estados, ni las instituciones intergubernamentales, ni un capitalismo verde o la «cuarta revolución industrial nos van a salvar. Tanto la reducción rápida de emisiones de CO2 y metano como la adaptación justa a las consecuencias del cambio climático y de la escasez de recursos necesitan una organización social potente para hacer frente a las tendencias de exclusión social y de fascismo ya existente.

En el informe Caminando sobre el abismo de los límites se expone:

El capitalismo global es insostenible a corto plazo pues no hay base material que permita la supervivencia. Cometeríamos un grave error si nos cruzásemos de brazos mientras se desmorona, porque hay muchas formas de que esto suceda y unas son más deseables para las mayorías sociales y para los ecosistemas que otras. Además, los órdenes sociales que nazcan dependerán de las medidas que pongamos en marcha ahora.

Hacen falta nuevos relatos y visiones positivas de una sociedad más justa, sustentable y queer-feminista con menos consumo de energía y de materiales. En vez de buscar una justicia social en los países desarrollados (privilegiados) basada en acceso a más consumo, deberíamos desarrollar visiones y relatos de un decrecimiento que permita una justicia social tanto dentro de nuestros países como a nivel global. Desde la izquierda o desde los feminismos no podemos aspirar al acceso a más privilegios, sino que tenemos que desarrollar nuevas respuestas a la emergencia social ya existente. El movimiento ecologista, para salir de su gueto de clase media, debería asumir la emergencia social. El concepto de justicia climática podría proveer un nuevo marco que permitiría construir nuevos movimientos y nuevas alianzas en respuesta a la crisis ecosocial.

Nos organizamos

Aunque nos queda poco tiempo para al menos frenar el cambio climático y para suavizar sus consecuencias, no hay otra opción que trabajar con una «paciencia ardiente» (Rimbaud). Un movimiento por la justicia climática necesita procesos horizontales de organización, construir nuevas alianzas entre los movimientos queer, feministas, sindicalistas, ecologistas…; entre movimientos urbanos y rurales en los centros y las periferias globales. Al mismo tiempo, necesitamos nuevos liderazgos que surjan de las poblaciones marginadas, necesitamos visiones y prácticas que valoren la diversidad y trabajen activamente en la inclusión de todas las voces.

Además, necesitamos una multitud de estrategias, desde lo local hasta lo global, desde la resistencia noviolenta hasta la construcción de alternativas que nos permitan adaptar nuestras sociedades a las consecuencias inevitables del cambio climático y de los límites de recursos («colapsar mejor»).

Dentro de las estrategias, la desobediencia civil masiva debería tomar un papel importante: por una parte permitiría frenar las dinámicas destructivas del capitalismo productivista, extractivista y consumista (cerrar minas de carbón, prevenir la construcción de nuevos gaseoductos u otros megaproyectos destructivos), y por otra serviría como aprendizaje para afrontar tendencias (eco)fascistas y autoritarias en un futuro incierto.

La transición ecosocial y energética viene sí o sí, pero el resultado de esa transición debe ser una sociedad más justa e inclusiva. El modo en que vamos a colapsar depende de nosotrxs. ¿Nos organizamos?


[i] http://www.pbl.nl/sites/default/files/cms/publicaties/pbl-2017-limiting-global-temperature-change-to-1-5-degree-celsius_2743.pdf

[ii] http://www.comitatoscientifico.org/temi%20CG/documents/ipccspm1,50218.pdf 

[iii] https://www.lamarea.com/2018/02/12/la-marea-frente-a-un-mundo-distopico-construyamos-el-futuro-climatico-que-necesitamos/

[iv] https://es.wikipedia.org/wiki/Productivismo

[v] https://roarmag.org/magazine/organizing-culture-climate-justice-movement/

[vi] https://latransicionera.net/blog/2017/la-cuarta-revolucion-industrial-no-es-nuestra-revolucion

IFMIF-Dones:

preparando el terreno en Granada para la fusión nuclear

La perspectiva de agotamiento de los combustibles fósiles y el vínculo entre emisiones de CO² y cambio climático empujan a pensar en un cambio de modelo energético. Se perfilan para ello, a grandes rasgos, dos tendencias:

Una que entiende que tal cambio solo puede ir unido a transformaciones sociales, económicas y territoriales, reconociendo que es indispensable una reducción drástica en el consumo energético global como parte de un cambio más profundo en la manera en que hemos organizado materialmente el mundo durante este último siglo.

Otra tendencia, en cambio, busca mantener el acceso a una cantidad de energía elevada que permita sostener las demandas crecientes en el consumo. Desde este punto de vista no se pone en cuestión el modelo que hasta ahora se ha posibilitado por nuestro acceso a combustibles fósiles baratos, basado en el despilfarro, la urbanización intensiva y la movilidad acelerada.

La promesa de la fusión nuclear es quizá la máxima expresión de esta segunda tendencia. Decimos «promesa» porque hasta el momento no es más que una hipótesis, en teoría sencilla pero difícil de llevar a la práctica y aún más de convertir en una fuente de energía capaz de insertarse en las redes existentes. La idea es unir dos isótopos de hidrógeno (deuterio y tritio) de forma que se obtenga una gran cantidad de energía, de forma similar a lo que ocurre en el interior del Sol. La dificultad principal está en controlar la reacción resultante, con temperaturas de hasta 150 millones de grados, para generar electricidad. Con ese objetivo se han puesto en marcha diversos proyectos internacionales aún en construcción, cada uno dedicado a experimentar diferentes partes del proceso. El más avanzado es el reactor ITER en el sur de Francia; otro eslabón de esta cadena es el reactor IFMIF-Dones[1], cuya ubicación más probable sería Escúzar (Granada).

Sin ningún tipo de debate público ni información sobre un megaproyecto de estas características, hay ya en marcha una campaña mediática a favor de su instalación, con el apoyo de las asociaciones empresariales que ven una oportunidad para captar inversiones. Antes de pensar colectivamente la oportunidad y necesidad de una iniciativa de este tipo, se da ya por descontada su legitimidad por criterios como su capacidad de atraer capital, prestigio científico o situar en el mapa zonas periféricas.

Frente a esta acogida entusiasta, hay motivos para desconfiar del supuesto carácter inocuo que normalmente se asocia a la fusión nuclear.

El primero es la producción de residuos radioactivos, no como resultado de la reacción de fusión en sí (como sí ocurre en el caso de la fisión, utilizada en las centrales nucleares actuales), sino por la carga radioactiva que adquirirían los materiales de revestimiento. A pesar de tratarse de residuos nucleares mucho más ligeros que los actuales, una hipotética extensión de las centrales de fusión haría que su cantidad aumentara, planteando de nuevo el complejo dilema de su almacenaje y gestión.

Otra es la dependencia del litio, tanto por su utilización como uno de los elementos de la reacción (tritio), como para formar la pared sobre la que lanzar dicha reacción. Precisamente el objetivo del  IFMIF-Dones es probar un muro de litio líquido capaz de soportar las temperaturas alcanzadas. Aunque actualmente no hay una situación de escasez de este mineral, se espera que en los próximos años se convierta en un recurso estratégico y disputado por su uso en las baterías eléctricas. Todo parece indicar que su demanda se disparará llegándose inexorablemente a su pico de extracción, lo que pone en cuestión el supuesto carácter «inagotable» de esta fuente energética.

Pero más allá de estas cuestiones, que pueden ser coyunturales y también extensibles a otras fuentes energéticas, hay elementos de más profundidad que se suelen pasar por alto en la apuesta por la fusión nuclear.

La magnitud del tiempo y los recursos necesarios para comenzar a experimentar la posibilidad de la fusión, además de la complejidad de las infraestructuras implicadas, requiere de la alianza de instituciones a la escala de grandes corporaciones financieras y Estados. De hecho, ha sido necesaria la coordinación de siete de los países más poderosos del mundo para impulsar estos proyectos. Tal y como ocurre con la energía nuclear de fisión, parece difícil pensar que esta tecnología pudiera ser recuperable en condiciones políticas diferentes: descentralizadas, comunitarias y a escala reducida. Este vínculo entre megaproyectos tecnológicos y concentración de poder nos lleva de nuevo a pensar en el vínculo entre cambio de modelo energético y un cambio social más amplio.

Por otro lado, esa misma magnitud de recursos que será necesario invertir durante décadas para  desarrollar el proyecto invita a dudar seriamente de que su saldo energético sea finalmente positivo. Para defender su viabilidad se suele aludir a la baja cantidad de combustible empleado en relación a la energía liberada; pero en estas cuentas hay que considerar también toda la energía y materiales invertidos en el transporte y construcción de instalaciones extremadamente complejas y caras.

Teniendo en cuenta la rapidez con la que se manifiestan los efectos del cambio climático y la disminución de las reservas de hidrocarburos (único recurso energético capaz de mantener hasta el momento el demencial modo de vida capitalista), así como de otros recursos, parece claro que el mundo de las próximas décadas va a ser radicalmente distinto al actual. El proyecto de la fusión nuclear presupone, sin embargo, que a final de siglo XXI pueda hacerse el esfuerzo de construir centrales a partir de esta fuente para generar electricidad, sin tener en cuenta el escenario de menor disponibilidad material y degradación ecológica que probablemente atravesarán las sociedades de ese momento.

Al anunciar un reciente acuerdo internacional para impulsar el proyecto IFMIF-Dones, el ministro Pedro Duque reconoció que «…hasta que no tengamos los resultados preliminares dentro de bastantes años, no podemos decir si la humanidad, con la fusión nuclear, saldrá de este hoyo que tenemos ahora de cambio climático» (La Vanguardia, 20 de junio de 2018). Nosotros pensamos, por el contrario, que si hay salida «del hoyo» no pasa por confiar en quimeras megatecnológicas de incierto resultado, sino en crear ahora formas radicalmente distintas de habitar, vivir, pensar y desear. El problema al que se enfrenta nuestra civilización no es un problema técnico, sino político. Y hasta que no tengamos la disposición de asumirlo, no habremos dado ni tan siquiera el primer paso que pudiera conducirnos a una solución posible y deseable para todas las personas.


[1] La traducción de sus siglas puede ser «instalación internacional para la irradiación de materiales de fusión – fuente de neutrones orientada al diseño de DEMO»

Cuando la conservación es sinónimo de explotación y expropiación

Reflexiones sobre la economía verde en Senegal

En la última década se ha expandido la idea de que la conservación medioambiental debe estimular el «crecimiento económico» (es decir, el beneficio capitalista). En el sector forestal esta perspectiva se ha materializado en la expansión del turismo de la naturaleza y en la creación de programas de pagos por servicios ecosistémicos (también conocidos como PES por sus siglas en inglés) en los que se remunera a individuos, Gobiernos, compañías privadas u organizaciones por su labor en la protección de bosques.

Este tipo de economías verdes han sido criticadas por convertir la naturaleza en una fuente de beneficio económico. Por otro lado, se dice que ni el turismo de la naturaleza ni los PES atacan de raíz de los problemas medioambientales contemporáneos, ya que permiten a empresas contaminantes participar en la protección de la naturaleza en lugar de poner límites a estas. La historia que a continuación relataré sugiere una importante y sin embargo poco explorada problemática: este tipo de economías verdes existen y sobreviven gracias a las relaciones de clase. En otras palabras, los más ricos las usan para mantener y aumentar su poder, y lo hacen a través de la explotación y expropiación de la clase trabajadora.

Os llevo a Niombato, un conjunto de pueblos en el delta de Sine-Saloum en Senegal en los que realicé trabajo de campo entre 2012 y 2014 y donde el turismo de la naturaleza y los proyectos PES de reforestación de manglar se han expandido recientemente. A partir de 2003 esta zona comienza a convertirse en un lugar atractivo para turistas de la naturaleza. Este es el año en que se crea el área protegida de Bamboung que, a través de un decreto de conservación, convierte 1800 hectáreas de manglar y 4000 hectáreas de bosque en zona de uso exclusivamente turístico. En su interior se construye un pequeño hotel, cuya construcción y mantenimiento son financiados por la agencia francesa de cooperación al desarrollo, en otras palabras, por lxs trabajadorxs que pagan impuestos en Francia. El proyecto está liderado por la ONG Oceanium, codirigida entonces por Jean Goepp y Ali Haïdar, medioambientalista senegalo-libanés mundialmente conocido, nombrado ministro de medioambiente de Senegal en 2012.

Mientras Haïdar recibe un gran prestigio mediático por su labor conservacionista, el área protegida (en teoría de gestión comunitaria) no cesa de crear dificultades para los habitantes de la zona. La recogida de moluscos y la pesca artesanal (con anzuelo o redes de pequeño tamaño) son, junto a la agricultura, la base de su supervivencia. Tras la creación del decreto de conservación, los pescadores y recolectoras de moluscos locales deben trabajar en manglares mucho menos productivos. Esto les genera pérdidas económicas de más del cincuenta por ciento, con lo que para sobrevivir tienen que buscar nuevas actividades económicas y por tanto trabajar más. Algunas de las mujeres que habían conseguido independencia económica con la recogida de moluscos tras separarse de sus maridos, deciden abandonar Niombato y volver con sus excónyuges. Otrxs dejan el trabajo en los manglares y emigran a Dakar, Banjul e incluso Europa o se convierten en empleados en negocios de turismo de la naturaleza en Niombato.

Oceanium informa mal (esto es, miente) a los habitantes de la zona. Les dice que la pesca y recogida de moluscos estarán prohibidas por medio año únicamente, a pesar de que el decreto establece un año de conservación. Al cabo de seis meses varios pescadores vuelven a los manglares del área protegida. Allí varios agentes del servicio estatal de parques nacionales les maniatan y llevan a comisaría. Pero ahí no termina todo. Para hacer del área protegida un espacio privado, la ONG decide de forma unilateral la extensión indeterminada del periodo de conservación.

Mientras, el área protegida genera miles de euros cada mes que van para los dos dirigentes de la ONG, los gerentes del hotel y el representante de Oceanium en Niombato. Este último se enriquece y sus vecinos lo notan. Tiene una empleada de hogar, un frigorífico y dos televisiones; algo que casi nadie en la zona se puede permitir. Lxs empleadxs, todxs personas originarias de Niombato, no perciben más de 80 euros mensuales. En 2010 este salario se ve reducido a 57 euros después de que un gerente del hotel reduce el número de días trabajados por empleado de 20 a 15. Un día, dos trabajadorxs toman el dinero de la caja del hotel y amenazan con quedárselo si el reparto de los beneficios en esta área protegida no empieza a ser equitativo. A continuación se les lleva detenidos y se les despide de su trabajo por ocho meses. Ambos tienen familias a las que mantener.

Los otros negocios de turismo de la naturaleza en Niombato no ofrecen mejores condiciones: salarios de entre 1 y 3,8 euros por jornadas laborales que suelen extenderse más de lo acordado. Los proyectos PES no generan más que cinco días de trabajo al año y pagan 1,5 euros por día plantando manglares y cinco euros por día recogiendo propágulos de manglar. Además, ni se informa o consulta a los habitantes de la zona sobre la ocupación de terreno que estas campañas de reforestación suponen (entre 100 y 200 hectáreas por proyecto).

Pero esta economía no es solamente clasista, sino también neocolonial. Permite a lxs europexs blancos continuar usando la tierra y el trabajo africano para sus propios intereses. En 2014 aproximadamente el setenta por ciento de los negocios de turismo de naturaleza situados en esta zona del Sine-Saloum es propiedad de europeos blancos de nacionalidad belga y francesa, mientras que los trabajadorxs son todxs africanxs y de la zona. El primer proyecto PES llevado a cabo en Niombato pertenece a un programa de las Naciones Unidas llamado CASCADE a través del cual empresas contaminantes francesas compensan sus emisiones de CO2 con campañas de reforestación en antiguas colonias de Francia en África Occidental. En Niombato la beneficiada es la compañía de agua embotellada Evian, parte del grupo corporativo Danone. Los otros dos proyectos PES también son liderados por gobiernos y ONGs europeos (Francia y Países Bajos).

Como sugiere la historia de Niombato, la conservación medioambiental es siempre un proceso social y por tanto está sujeta a relaciones de opresión. Aunque el capital y el Estado se vistan de verde, su esencia es y seguirá siendo la expropiación y explotación de la clase trabajadora. Que cada cual resista como pueda.

Diálogos por un Parque Natural Sostenible

La ecoaldea del Calabacino fuerza el diálogo por la sostenibilidad

Medio Ambiente advierte que hasta el 80% del territorio español está en riesgo de desertificación. La despoblación rural es un factor importante en la pérdida de capacidad productiva del suelo (desertificación) al generar pérdida de biodiversidad, desequilibrio ecológico y alto riesgo de incendios. Andalucía emite la alarma en formato de informes técnicos pero no parece que tome conciencia…como se aprecia en el conflicto actual con las familias del Calabacino.

Según el informe del autor sobre la biodiversidad en la aldea del Calabacino, los sistemas socio-ecológicos fundamentados en el equilibrio de sustentabilidad constituyen los sistemas de conservación más exitosos y menos costosos.

El Calabacino es una aldea del municipio de Alájar en la provincia de Huelva, recuperada en los años setenta, y cuenta con 115 habitantes en la actualidad. Desde hace aproximadamente un año, a raíz de unas denuncias al consistorio por supuesta prevaricación sobre unas viviendas construidas incumpliendo la normativa del Parque Natural, existe el conflicto. Vecindario, Ayuntamiento, Junta de Andalucía y Justicia deben solventar el choque generado entre familias en un medio con alta despoblación rural y cumplimiento laxo de las normativas de suelo desde hace años y desactualizaciones en los planes de gestión del Parque.

En el panorama actual se vislumbra la obcecación de cada uno los actores en tratar «su problema» y su solución administrativa. De esta forma se abandona el objetivo social y comunitario. Es decir, se intenta resolver una realidad mediante el análisis de una realidad fragmentada que, por ser parcial, precisamente, ya no forma parte de la realidad. El diálogo entre campos del saber se ha obstaculizado y complicado con un pensamiento compartimentado (Morin, E. 1984, Toledo et al., 2005). La transición a un modo de vida más sustentable necesita un cambio significativo en la forma en que los problemas son percibidos, definidos y resueltos, basada en un perspectiva de sistemas abiertos, en la que tanto los problemas como las soluciones se manejen holisticamente. De ahí que resulte fundamental tratar el conflicto desde el enfoque multidisciplinario y, asumiendo que la sustentabilidad es el objetivo único de un parque natural, la relación de la aldea con el medio es un sistema adaptativo complejo (SAC), dado que es multidimensional, dinámico y evolutivo (Holling, C. S., 2001; Acevedo et al., 2007).

Si abandonamos la visión fragmentaria, desaparece el problema del consistorio, de la fiscalía, del vecindario y del parque natural; ya que estaremos viendo la necesidad social a través de las infracciones. Son la manifestación del desajuste coevolutivo de las leyes en materia ambiental en los espacios protegidos. Identificaremos el verdadero problema: la obsolescencia administrativa en materia de gestión ambiental carente de la visión de sustentabilidad.

Se impone por tanto una revisión de las leyes de parques naturales que cubra la necesidad social y la prioridad en materia de despoblación rural, desertificación y pérdida de productividad de suelo y conservación de la biodiversidad.

Desde un enfoque local de la teoría coevolutiva, la pluralidad cultural responde a la diversidad ambiental y viceversa. El manejo que las sociedades hacen de su ambiente y recursos depende de las actividades y valores humanos que, como elementos socioculturales merecen ser definidos y caracterizados, pues el efecto que provocan en su territorio determina la calidad de los ecosistemas y su capacidad para brindar bienes y servicios ambientales a la sociedad local. En este sentido, el valor ecológico y el bienestar humano adquieren relevancia por su propio sentido.

Las características culturales y socioeconómicas de la población local constituyen base de las medidas destinadas a promover un uso sustentable de los recursos naturales, al alivio de la pobreza, a la mejora de la calidad de vida humana y a la creación de un apoyo positivo para los espacios protegidos (McNeely, 1993).

En el informe presentado a Medioambiente, se explicita que para el 77,4% de las familias estudiadas, las características naturales del territorio fueron determinantes para decidir construir su plan de vida. Más del 50% de ellas lo hizo además porque lo consideraban óptimo para tener y criar a sus hijos e hijas (formar familia) y para el 100% de las familias, el ecosistema no pasa desapercibido y es considerado una fuente de recursos vital para los valores que rigen la comunidad y para su economía basada en autoabastecimiento. Se trata de una población dirigida por el empoderamiento a todos los niveles y la recuperación y adaptación de los sistemas tradicionales de vida local.

El SAC del Calabacino se conforma en un agroecosistema caracterizado por una combinación específica de bienes y servicios que satisfacen un conjunto de metas (productivo), sin degradar sus recursos base (estabilidad). Su nivel de sustentabilidad está caracterizado por su capacidad de enfrentar (confiable) y recuperarse rápidamente de perturbaciones (resiliente); así como encontrar nuevos estados alternativos de equilibrio estable (adaptable); sin comprometer su productividad y reproductividad. Toda actividad está basada en la organización de los involucrados (autogestivo); evitando al máximo la dependencia del exterior (autodependiente), en búsqueda de los mayores beneficios para todas las personas y con el fin de lograr equidad en sus relaciones internas y externas (equitativo), entre la población y el ecosistema para llevarlo a la sustentabilidad. Por ello, se ha solicitado que este espacio generador sea reconocido en un plan especial de interés social y ecológico.

BIBLIOGRAFÍA

Morin, E. (1984). Ciencia con conciencia. Anthropos, Barcelona.

Toledo et al., (2005). Revisualizar lo rural desde una perspectiva multidisciplinaria. Publicaciones del instituto Nacional de Ecología. México.

Holling, C. S., (2001). Understanding the complexity of economic, ecological and social system. Ecosystems (4). Pgs 390-405. Internacional Council for Science (ICSU). 

Harnessing Science, Technology and Innovation for Sustainable Development. A report from the ICSU-ISTS-TWAS Consortium ad oc Advisory Group. París.

Acevedo et al., (2007). Modelos de interacción humanoambiental: el enfoque de la Biocomplejidad. Ecosistemas 16 (3): Pgs: 56-68.

McNeely, J.A. (1993). Los espacios protegidos y la biodiversidad: un nuevo paradigma para el siglo XXI. Revista El Campo, 128.

25 años de AVE…de rapiña

Nos situamos en abril del 92. Con el comienzo de la Expo 92 —otro gran fiasco— se inaugura también el primer tramo de AVE en el Estado español, que uniría Madrid y Sevilla con el único objetivo de deslumbrar al mundo.

El pasado mes de abril el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, conmemoraba el 25 aniversario del arranque del AVE con estas palabras: «Estos 25 años de AVE son la historia de un éxito colectivo». Habría que especificar que ese colectivo al que se refiere no es la sufrida población de este Estado, sino sus élites empresariales, políticas y financieras que son las únicas que se han beneficiado de esta infraestructura.

En estos 25 años se han desarrollado 3240 km de AVE y están en construcción otros 1500 km más. Esto coloca al Estado español en el segundo lugar del mundo después de China en cuanto al número de kilómetros de Tren de Alta Velocidad (TAV) y el primero en kilómetros por persona y kilómetro cuadrado, a pesar de su escaso número de pasajeros. Eso sí, la factura ha sido cara: 51 775 millones de euros, y la hemorragia económica continúa.

¿Quién ha promovido semejante hipertrofia? La tupida red de sobornos del AVE en Castilla-León, Galicia, Comunidad Autónoma Vasca (CAV), Asturias, Cataluña y Murcia por la que hay imputadas decenas de personas, al igual que los famosos papeles de Bárcenas, nos lo explican todo.

Dos serían las causas: en primer lugar, hay que destacar que el papel del poderoso lobby de la construcción es determinante. Entre las empresas constructoras más potentes del mundo figuran varias españolas. Esto hace que el Estado español sea líder en kilómetros de autopistas y autovías de Europa (muchas de ellas sin apenas tráfico y rescatadas con dinero público) y el que más cemento exporta. Este grupo de presión es el que marca la política de infraestructuras de transportes en el Estado español y en concreto, el alocado desarrollo de más y más kilómetros de TAV.

En segundo lugar, está la corrupta clase política en el poder, habituada a las «mordidas» en las adjudicaciones de obras a sus empresas amigas. Además, estos políticos sin realizar el más mínimo estudio coste-beneficio, han continuado con el AVE basándose en fetiches como el «progreso» y la «modernidad», sabedores de que esa política les da importantes réditos electorales. En esta alocada carrera hacia el abismo, ninguna capital de provincia se quería quedar sin su flamante estación de AVE para eliminar su complejo provinciano, creando al mismo tiempo una perversa competencia entre diferentes regiones. Además, en las capitales la llegada del AVE ha ido acompañada de importantes pelotazos urbanísticos. V. g. cerca de la estación de Guadalajara (a 10 km de la capital) se construyó una urbanización de lujo para 34 000 personas (en terrenos propiedad del marido de Esperanza Aguirre). En la actualidad solo viven 2000. La estación la utilizan unas 70 personas al día.

Llegados a este punto, es interesante recordar que ningún economista de prestigio defiende hoy en día la construcción del AVE, ya que ninguna de las líneas cuenta con la más mínima rentabilidad, ni económica ni social, incluyendo el trayecto de mayor tráfico entre Madrid y Barcelona. Es decir, en ninguna línea se recuperará la inversión realizada. Este agujero económico supone una importante hipoteca para las generaciones venideras. Se da el caso de que la línea que viene a la CAV, incluida la «Y vasca», no solo no recuperará nunca la inversión realizada, sino que incluso su explotación comercial va a ser deficitaria, o lo que es lo mismo, será mantenida vía impuestos. Todo ello se refleja en la deuda de más de 18 000 millones de euros que acumulan entre ADIF y RENFE. El mismísimo Tribunal de Cuentas español nos advierte de «la importante incertidumbre sobre la viabilidad económica del AVE a largo plazo, dado su elevado endeudamiento».

El ingente gasto en AVE está suponiendo un aumento de los recortes sociales. En los últimos años se observa un claro paralelismo entre gastos de TAV y la cuantía de dichos recortes. Todo ello hace que, desmintiendo la propaganda oficial de que el TAV crea riqueza y puestos de trabajo, el Estado español es uno de los países de Europa con mayor tasa de paro, con mayor nivel de precariedad laboral, con menor gasto social y a nivel mundial uno de los Estados que más deuda pública acumula, tanto en términos absolutos como por habitante.

Las obras del AVE se están llevando a cabo básicamente por subcontratas que se valen, frecuentemente, de mano de obra migrante, extremadamente precarizada y con contratos de trabajo en base a los convenios laborales de los países de origen. Las agotadoras jornadas de trabajo están dejando un importante reguero de muertes, más de 50 en el Estado y 6 en la CAV.

Por otra parte, el AVE se está constituyendo como el mayor enemigo del tren convencional. A pesar de que solo un 6% de los usuarios del tren viajan en TAV, casi el 70% del presupuesto para el ferrocarril va al AVE. Ha quedado demostrado que cada vez que se inaugura un TAV disminuye drásticamente o se cierra definitivamente el resto de servicios de la línea. En estos últimos 25 años se han perdido unos 3000 km. de tren convencional. A esto habría que añadir que el gasto de mantenimiento del TAV es un 70% superior al del tren convencional. Hablamos de 100 000 €/km/año. De esta manera el AVE se convierte en un importante factor de desvertebración del territorio, que empuja a muchos usuarios a la carretera; además no transporta mercancías. Ante el proceso de liberalización del sector que se anuncia para el 2020, mucho nos tememos que los operadores privados se queden con el beneficio de las líneas rentables mientras el Estado se queda con la deuda que ha supuesto la construcción de la infraestructura.

En definitiva podemos calificar el AVE como un instrumento de poder clasista. Se construye por pobres, con el dinero de los pobres para beneficiar a las élites empresariales y políticas; utilizado solo por los ricos ya que el precio del billete es prohibitivo para las clases populares, que además van a ser gravadas vía impuestos para financiar su mantenimiento, mientras el tren convencional utilizado por los pobres es condenado al mayor de los abandonos.

Por último, el TAV, como ha quedado fehacientemente demostrado en el reciente estudio de EKOPOL en el que han participado profesores de la Universidad del País Vasco, en absoluto se puede justificar como garantía de ahorro energético y reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, sino todo lo contrario. Ello unido a la devastación del medio, no solo por donde pasa, configura al TAV como una de las mayores agresiones al territorio que, junto a otros muchos factores, nos conduce a un viaje de no retorno y a gran velocidad hacia el colapso civilizatorio del que cada vez más voces nos advierten.

Resiliencia en el abismo de los límites

Nos encontramos a las puertas de una gran oportunidad, un momento de cambio histórico que puede llevarnos a un nuevo modelo más acorde con los ritmos humanos y de la naturaleza. Un gran reto que, más que nunca, precisa de la mayor de las articulaciones: se requieren acciones colectivas de fuerte impacto, que el tiempo apremia y la ventolera es fuerte. Escribimos desde ahí a varias manos, haciendo un collage de textos recientes, queriendo dar vida y fomentando una red de alianzas, que invocamos como antídoto contra los males que padecemos y los que están por venir.

¿Que a qué nos referimos? ¿Que qué retos se ciernen sobre nuestras vidas? ¿Que por qué urge ese frente común? Pues porque ¿habrá algo de mayor envergadura que el declive de la civilización industrial?

Mucho hemos leído y oído en los últimos meses sobre cuestiones como el cambio climático o, lo que es peor aún, lo hemos vivido en nuestras carnes, en nuestros sudorosos poros: el pasado verano, ese que en Sevilla dura desde abril a ¿noviembre? y que aún acecha cuando escribimos este texto, ese que tanto ha dado que hablar en medios y calles y que tantos riesgos y peligros vaticina.

Cambio climático, pero no solo: pico del petróleo y otros recursos fósiles y materiales, pérdida de la biodiversidad, sobrepaso de los límites planetarios… Es preciso atender a los signos que nos revelan a gritos que vivimos en la frontera de dos tiempos, entre la fantasía del progreso material ilimitado y la certeza de los límites biofísicos del planeta. Y urge interconectar estos síntomas aparentemente desconectados, para entender la magnitud del momento en el que nos encontramos.

Porque, si no conseguimos estabilizar la concentración de CO2 atmosférico y frenar las peores consecuencias del cambio climático, se nos presentarán escenarios muy duros de escasez alimentaria y agua, fenómenos meteorológicos extremos, plagas y enfermedades, desplazamientos humanos en masa, etcétera.

Y no solo hemos transformado las características meteorológicas hasta un límite altamente peligroso para la vida en el planeta, sino que estamos presenciando la sexta gran extinción, que supone, junto a la desaparición de millones de especies y hábitats, una grave amenaza para el equilibrio de la inter- y la ecodependencia que sustenta nuestras vidas.

La explotación de materiales no energéticos y recursos esenciales como la tierra y el agua también ha traspasado sus límites: vivir en un mundo de recursos finitos que han alcanzado sus techos de explotación, disponibilidad y acceso, nos conduce a un escenario de escasez. En él, la reducción del consumo y la distribución justa de los recursos se plantea como el gran reto y la mejor de las apuestas, pues mantener la espiral de producción y consumo propia del capitalismo no hará más que acelerar el colapso.

En efecto, no solo está en profunda crisis la biosfera, sino también el capitalismo global, que está tocando techo. Así, el PIB, su fetiche, crece y crece, a pesar del desempleo, el precio de la vivienda, la destrucción de la economía local, la precariedad, la desigualdad, la exclusión… Y a cuenta de la privatización y mercantilización de lo público y de lo común, de la degradación de los ecosistemas y del agotamiento de los recursos naturales. El modelo económico-financiero capitalista sobrevive para el beneficio de unos pocos, gracias a una economía extractivista, clasista, patriarcal y colonial, que se sostiene bajo una democracia de baja intensidad y mediante la corrupción, la represión, los conflictos armados, los desplazamientos forzosos, las formas de producción esclavas o el acaparamiento de tierras, agua y otros recursos.

La disyuntiva se plantea entre un decrecimiento justo y otro injusto. Ante esto, las élites se atrincheran en viejos y nuevos dogmas: mantras que sostienen que la economía puede seguir creciendo, mientras se reduce el consumo de energía y el impacto ambiental, gracias al aumento de la eficiencia y a la innovación tecnológica, como si estas no dependieran de recursos escasos y finitos. Y, más aún, se nos emplaza a una cuarta revolución industrial que nos invita a seguir depositando nuestra fe en la ciencia y la tecnología en vez de afrontar la complejidad que supone impulsar un cambio cultural.

Frente al empoderamiento de esas élites que, ante los límites ambientales, se manifiesta con carácter ecofascista, esta crisis civilizatoria también nos da la oportunidad de transitar hacia nuevas formas de organización basadas en valores alternativos que pongan en el centro el desarrollo de una vida buena para todas las personas, en equilibrio con los límites ecológicos del planeta y el bien común. Una transición que va a resultar decisiva en las décadas venideras, a medida que la producción industrial, el comercio global y los Estados nacionales, de los que dependemos, se deterioren hasta el agotamiento en su imposible negación del colapso.

Disponemos de paraguas teóricos y experienciales como el Decrecimiento, la Transición, el Buen Vivir, la Resiliencia Local o la Vía de la Simplicidad. Ahora necesitamos articular una masa crítica a partir de la diversidad de iniciativas de transformación política y económica que estamos recreando. Son muchas las experiencias y gentes que promueven otras realidades, a partir del empoderamiento económico, la soberanía alimentaria, energética y tecnológica, la autoorganización política, la defensa y cuidado del territorio, la cultura libre, el comercio justo de proximidad, la defensa de los bienes comunes, la movilidad sostenible y un largo suma y sigue, mediante las que se está construyendo ese collage colectivo de resistencias y alternativas.

Es hora de visibilizar el proceso de colapso de nuestra civilización industrial y de deslegitimar las lógicas de la modernidad capitalista por su incompatibilidad con la sostenibilidad de la vida. Construyamos un nuevo relato cultural entre las mayorías sociales que nos permita transitar hacia sociedades más democráticas, justas, solidarias, sostenibles y diversas; potenciando, fortaleciendo e impulsando en nuestros campos, barrios, pueblos y ciudades toda una diversidad de movilizaciones, iniciativas y políticas capaces de disputar, de forma no violenta, una vida buena que construya las alternativas que precisamos para lograr una ciudadanía resiliente que cuide de la Tierra y sus gentes.

* El presente texto es una mezcla del manifiesto Por una ciudadanía Resiliente, elaborado por Solidaridad Internacional Andalucía, y del informe Caminar sobre el abismo de los límites. Políticas ante la crisis ecológica, social y económica, elaborado por Ecologistas en Acción con la colaboración de La Transicionera.

Doñana.

De lo real al imaginario colectivo

Doñana también es un concepto

Cuando decimos Doñana estamos diciendo muchas cosas: Doñana es un término polisémico y en continuo cambio. En el libro Doñana en la cultura contemporánea(1), Juan Francisco Ojeda explica cómo Doñana comienza a conceptualizarse en el s. XIX, cuando cazadores naturalistas relatan sus aventuras cinegéticas en un lugar que les parecía «un pedazo de la soledad salvaje de África». Doñana se convierte en un mito romántico de la naturaleza. Comienza el proceso de invención de Doñana.

A principios del s. XX, las campañas arqueológicas de Jorge Bonsor y Adolf Schulten en busca de Tartessos amplían la mitificación. Aunque los hallazgos arqueológicos no son importantes, el concepto Doñana se enriquece.

En los pasados años 50 se inician las expediciones ornitológicas y continúa la recreación de Doñana. En 1964, gracias a un crowdfunding promovido por la recién creada Adena WWF, es adquirida una finca que se cede al Consejo Superior de Investigaciones Científicas para crear la Reserva Biológica de Doñana. Así comienza la institucionalización de Doñana como bien ecológico, que culmina en 1969 con la creación del Parque Nacional.

¿Qué es Doñana en ese momento? Doñana es un espacio real, con un alto valor ecológico y diversas amenazas acechando. Pero también durante un siglo ha ido fraguándose un concepto cargado de significados relevantes, que merecen la defensa y el compromiso social.

Proyecto Costa Doñana: movilización social.

En los años 90, el impulso turístico sobre la costa de Doñana renace con el proyecto urbanístico Costa Doñana, que pretendía construir junto a Matalascañas un complejo con capacidad para 32 000 plazas, un paseo marítimo, un campo de golf y zonas comerciales y deportivas. La oposición ciudadana fue inmediata y masiva. Frente a este proyecto se constituyó la coordinadora Salvemos Doñana que aglutinaba a 150 colectivos. En el manifiesto Salvemos Doñana se pedía una solución a los problemas que amenazaban al espacio protegido y se demandaba la paralización del proyecto urbanístico. En noviembre de 1992 la Junta de Andalucía desestimó el proyecto de urbanización y se inició el primer Plan de Desarrollo Sostenible de Doñana.

Siguiendo a Juan Francisco Ojeda, en esos años ya había emergido una Doñana polisémica: científica, popular, política, más etérea y expansiva, que se convierte en referencia universal de todo: tradición y seña de identidad local, escenario sagrado, objeto científico, literario y artístico, mercancía verde, santuario natural, reclamo turístico, baza política […], se ha ido construyendo una Doñana cada vez más compleja y más líquida y universalizable, hasta el punto de convertirla en una palabra, un texto, un concepto, una construcción volátil y metafórica. (1)

Esa construcción conceptual movilizó a gran parte de las personas que sin conocer el espacio protegido, se oponían con resistencia a la pérdida del santuario natural idealizado.

Doñana en otra cultura contemporánea.

Convertida en una palabra evocadora, en un concepto, Doñana escapa de sus ámbitos musicales tradicionales, el folclore y el mundo del Rocío, y aparece en otras expresiones contemporáneas.

El grupo sevillano, Reincidentes, en su disco Ni un paso atrás, de 1991 incluye «Aprendiendo a luchar»: Doñana es una palabra, un objetivo para la lucha social.

El grupo punk de Utrera, Los muertos de cristo, en su disco A la Barricadas (1995) propone: «Ya no hay solución, la cosa está bien clara / ¡Mata rocieros y salvarás Doñana!».

Kiko Veneno en 1995 compone «El lince Ramón», incluida en su disco Está muy bien eso del cariño. Este popular tema subraya una de las nuevas preocupaciones sociales, la pérdida de biodiversidad, a través de otro símbolo, el lince, vinculado inexorablemente a Doñana.

Los Mártires del compás en 1994 dan una vuelta al género de las sevillanas, a Doñana y al Rocío: «Por el coito Doñana con tu hermana / con tu hermana / (ta aburría ta aburría) / buscando al lince / buscando al águila / y na ma que había / arena y raya / (ta aburría ta aburría)», o «Que yo no voy al Rocío / que no / que yo no voy al Rocío / porque el polvo que levantan / los bueyes / las carretas, los tractores / de la duquesa / no me dejan ver el camino.”

En el discurso social de Doñana, con todas sus ambigüedades: el Rocío, la agricultura, el turismo, el cortijismo histórico (y su variante institucionalizada) se impone la defensa de sus valores ambientales.

La sostenibilidad de una idea.

Los últimos proyectos destructivos para Doñana, como el dragado del Guadalquivir o el almacén de gas, responden a grandes intereses comerciales y desarrollistas ajenos a este territorio. Los beneficiados de estos macro proyectos (Puerto de Sevilla y Gas Natural Fenosa) ya no esgrimen el argumentario de los promotores de Costa Doñana (la creación de puestos de trabajo en el territorio, el crecimiento y la riqueza), sino que tratan de ampararse en la consideración de proyectos de utilidad pública.

La producción de fresas y frutos rojos basada en la usurpación del monte público y el consumo descontrolado e ilegal de agua, ha generado una conflictividad social creciente. En estos momentos la Fiscalía de Medio Ambiente de Huelva está investigando a dos exalcaldes y a la actual alcaldesa de Almonte por su posible cooperación en un delito ambiental de apropiación indebida del agua por algunas de las empresas productoras de fresas.

Simultáneamente, al grito de «salvemos Doñana» y «Doñana no se toca», se ha creado un escudo protector. La ola de apoyo y el interés por participar en la restauración de Doñana a raíz del incendio de este verano solo se puede entender si consideramos que salvar Doñana es restituir el paraíso perdido, el edén, ese rincón salvaje de nuestro ideario colectivo. El incendio de Moguer ha demostrado que Doñana está en todxs nosotrxs.

Tenemos que conseguir que en el escudo protector de Doñana choquen las energías salvadoras y salgan reflectadas en todas direcciones. Así encontraremos a Doñana en cualquier lugar: en nuestra casa, en el barrio, el cole, en nuestro parque. La educación ambiental es la disciplina que debe aglutinar e impulsar esta energía colectiva y a Doñana, tradicional laboratorio de ideas, concepto evocador y movilizante, convertirla en demostración de sostenibilidad global.

1.- Ojeda Rivera, Juan F.; González Faraco, J. Carlos; y López Ontiveros, Antonio (coord). Doñana en la cultura contemporánea. Organismo Autónomo Parques Nacionales, 2006.

No me vendan eficiente por sostenible

La eficiencia es uno de esos conceptos adhesivos que logran instalarse en amplias capas del imaginario social a base de repeticiones ¿Quién no quiere ser eficiente? Eficiencia es sinónimo de productividad, de buen funcionamiento, de bajo consumo, de orden y hasta de cuidados si me apuras. Sí señora, la eficiencia ha logrado surfear la ola de la ambigüedad semántica como pocos significantes, sobreviviendo ya varios siglos a base de expandirse y abarcar cada vez más significados. Desde la medida de optimización que aplicaba Carnot a su máquina de vapor, pasó por los múltiples ingenios e ingeniosos de la revolución industrial, para acabar empapando hasta los huesos la economía y de ahí, gota a gota, a cualquier aspecto cuantificable de la vida. No es de extrañar pues que la eficiencia se haya convertido en el objetivo incuestionable de todas las políticas de innovación, desarrollo y sostenibilidad de la Unión Europea.

Pues sí, decir eficiencia es decir innovador y sostenible, y cuestionar la eficiencia en según qué foros conduce a una perplejidad generalizada. Pues yo voy a cuestionar en este artículo la elevación de la eficiencia a fin, en lugar de a medio. Lo voy a hacer a tres niveles: el de ¿Esto qué es?, el de ¿Esto para qué sirve?, y el de ¿Esto sirve para lo que dicen que sirve? Obviamente no soy la primera en plantearse estas preguntas, pero sí me parece que existe poco debate público al respecto.

Comenzamos por el primer nivel: ¿Qué es la eficiencia? Según la RAE es la propiedad de la persona o proceso ‘competente, que rinde en su actividad’. Pero entonces hay que definir qué significa competente y además cabe preguntarse ‘Quién define qué es competente’. Hace poco en una charla, el profesor Deepak Malghan[1] explicaba el proceso por el que se construye una medida de eficiencia. Paso 1: Crea una norma, es decir, define lo que se considera por ‘competente’. Paso 2: Mide lo que ocurre en la realidad. Paso 3: Mide la desviación de lo medido en el paso 2 respecto a la norma definida en el paso 1 y voilá, ahí tienes tu indicador de eficiencia. Por ejemplo, la norma es que toda la energía que se produzca en un país sea consumida, eso se puede considerar eficiencia=100%. Todo lo que esté por debajo es menos eficiente. Otro ejemplo: Lo normal es que en una determinada producción agrícola se generen 100€ por cada metro cúbico de agua. Pues todo lo que genere más beneficio es más eficiente. Este proceso, aparentemente tan inocente como profundamente normativo, ha resultado también ser tremendamente eficaz. Tanto como para permitir su aplicación a casi cualquier proceso productivo. Como resultado tenemos multitud de indicadores de eficiencia que varían dependiendo del ámbito de aplicación o de los intereses de quien la aplica. Sigamos con el ejemplo de la eficiencia energética de un país. Si te pregunto ¿Cómo la medirías? Quizás pensarías ‘pues como el porcentaje de energía que consumimos en función de la que producimos’. Fallo. Según la Directiva europea de eficiencia energética, esta debe medirse como el consumo energético dividido por el Producto Interior Bruto. Este indicador ha sido tan aclamado por los actores industriales (‘las eléctricas’), como criticado desde la ciencia porque el PIB y el consumo energético están estrechamente correlacionados. La cuestión central es que la eficiencia se puede medir de distintas maneras y que no siempre se detalla en los discursos a qué tipo de eficiencia nos estamos refiriendo.  Como es obvio, cada forma de medirla tiene consecuencias para ‘la historia que queremos contar’, y sobre todo para ‘quién cuenta esa historia’.

Vayamos al segundo nivel: ¿Para qué sirve la eficiencia? Esta ambigüedad semántica de la que hablamos lleva también a utilidades cuanto menos diversas. Uno podría decir: ‘la eficiencia sirve para reducir el consumo de recursos’ o ‘para producir lo mismo con menos’. Otro diría: ‘para ganar más por lo mismo’, el clásico ‘more cash per drop’. Pues bien, ni uno ni otro tiene razón. En 1865, el economista William Jevons[2] estudió las mejoras de eficiencia en el uso del carbón durante la revolución industrial inglesa. Y desveló una verdad incómoda: la eficiencia de las máquinas alimentadas con carbón no redundaba en una reducción de su consumo, sino en un aumento del mismo. Resulta que los ahorros en consumo energético generados por la eficiencia no se traducían en ‘dejar el carbono en la mina’ sino en ‘construyamos más máquinas’. Esto es lo que luego en economía se ha denominado efecto rebote: la expansión a largo plazo del tamaño de las actividades productivas gracias al incremento de recursos generado por las mejoras en eficiencia. Pero la llamada Paradoja de Jevons va un poco más allá del aspecto puramente cuantitativo. Cuando reinvertimos los ahorros de recursos en producir más, no producimos lo mismo, sino que transformamos las tecnologías y con ellas nuestra forma de vida. Por ejemplo: los coches se han hecho más eficientes, consumen menos gasolina por kilómetro, pero también tienen aire acondicionado, música, etc. Además, si podemos ir más rápido con menos combustible… pues nos vamos más lejos de vacaciones, o las empresas consideran que sus trabajadores pueden vivir más lejos, los lujos se convierten en necesidades, consumimos más.

En las últimas décadas, las políticas de sostenibilidad han invertido, y siguen invirtiendo, grandes cantidades de dinero público en mejoras de eficiencia en el consumo energético de agua y recientemente también en el reciclaje con la emergente “economía circular”. Sin embargo, a día de hoy, no hay demostración empírica a gran escala de que las mejoras de la eficiencia conduzcan a una reducción del consumo de recursos, ni mecanismos de evaluación oficiales, ni siquiera datos disponibles para evaluarlo nosotras mismas. La paradoja de Jevons aún no ha sido refutada, pero el discurso y las inversiones siguen justificando la eficiencia como la estrategia clave del camino hacia la sostenibilidad. Y con esto llegamos al tercer y último nivel: ¿Esto sirve para lo que dicen que sirve? La respuesta es: depende. Depende de diversos factores y de cuál sea el objetivo real de la eficiencia: ¿Queremos reducir el impacto sobre los ecosistemas? ¿O queremos aumentar los beneficios económicos? Si queremos lo primero se pueden adoptar medidas políticas que acompañen la mejora de la eficiencia con control del crecimiento y gestión democrática de los recursos generados. Pero esto, inevitablemente, afectará a la segunda concepción de eficiencia. Para mí, la pregunta clave es: ¿Podemos debatir sobre qué innovaciones tecnológicas necesitamos y qué papel juega la eficiencia en ellas?

Un debate serio sobre por qué y para qué invertimos en eficiencia debería comenzar por reducir la ambigüedad semántica, acordar objetivos claros e indicadores y medir rigurosamente los efectos reales de dichas inversiones.

Mientras tanto, por favor, no me vendan eficiente por sostenible.


[1]Deepak Malghan. Historical Political Economy of Economic Efficiency. Seminario en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental. Universidad Autónoma de Barcelona.

[2]William Stanley Jevons. 1865. The Coal Question

Diferentes formas de relacionarse con la tierra y la vida:

caso de Senegal

Senegal está situado en la región de África del Oeste. Su relieve se caracteriza por una vasta llanura que a veces sobrepasa los cien metros. El clima de tipo tropical presenta dos estaciones: seca y de lluvias, que oscila entre seis meses en la zona sur y dos meses en el norte, existiendo enormes potencialidades bioclimáticas para las explotaciones agroforestales y pastorales.

Cerca del 60% de la población total se dedica a la agricultura, en su dimensión más amplia, que engloba a la ganadería, pesca y agrosilvicultura. Ésta es considerada como un componente esencial del capital económico nacional, sobre todo, para el campesinado (cerca del 20% del PIB). Más allá de los productos de consumo que generan las explotaciones familiares, los excedentes vendidos constituyen la base de la economía de las familias rurales, determinantes en los procesos de desarrollo económico y social de las comunidades.

La agricultura tradicional: explotaciones familiares

La explotación de las tierras estuvo basada durante mucho tiempo en prácticas donde «el ser humano devolvía al suelo lo que este último le daba», a través de una asociación clara entre agricultura y ganadería, donde la fertilidad de los suelos era mantenida gracias a la aportación de fertilizantes orgánicos, y el cultivo de numerosas especies y variedades con un sistema de barbecho, de alternación de cultivos o de sus asociaciones.

La producción agrícola estaba respaldada en la visión de que «la tierra, era el bien común, que pertenece a la vez a las generaciones actuales y futuras». Su control, y su gestión, pertenecen a la colectividad bajo el liderazgo de un jefe que vela por ello. Para eso no puede ser intercambiada, y menos aún, alienar sus condiciones.

El sistema de explotación dominante se basaba en las explotaciones extensivas familiares cuya producción: mijo, sorgo, maíz, tubérculo, arroz, judía estaba principalmente destinada al autoconsumo.

La agricultura colonial: los cultivos de rentas

El período colonial favoreció la instalación y el desarrollo progresivo de los cultivos de renta (arroz, maíz, plátano) y hortícolas (tomate, cebolla). Estas nuevas prácticas responden a la lógica del mercado, tanto por la perspectiva de explotación (intensificación) como la filosofía que la sostiene (rentabilidad económica).

Introdujeron cambios notorios con nuevos paradigmas que se basan en unas «relaciones distantes entre el ser humano y la naturaleza». Las tierras cultivables sufren una progresiva intensificación en su explotación, y en general son monocultivos. Hay una disociación entre la agricultura y la ganadería, que provoca la necesidad de usar abonos químicos para la fertilización del suelo (contaminando tanto el suelo como las aguas) y un aumento de tensión social entre ganaderos y agricultores, ya que los caminos de pastoreo del ganado se reducen.

Los cultivos de renta llevan consigo también la necesidad de adquirir tierras, lo que genera diferentes problemas derivados de la gobernanza de los recursos naturales, ya que hasta la fecha, la gestión de la tierra estaba basada en los derechos consuetudinarios, es decir, los derechos que emanan de los parentescos y linajes familiares, y que se caracterizan por la ausencia de una propiedad privada e individual de la tierra y de los recursos naturales. Toda persona en la colectividad tiene acceso a los mismos, según su estatuto social y familiar.

La codicia de los agro-negocios también incrementó. Detrás de la responsabilidad social de las empresas, las multinacionales, y personas que gozan de complicidad con el poder, compran grandes superficies cultivables para convertir la agricultura en actividad rentable o para el desarrollo de biocarburantes. Estas adquisiciones o acaparamiento de tierras son una amenaza para la agricultura campesina, tanto a nivel de seguridad alimentaria como de soberanía alimentaria.

Agricultura postcolonial (a partir de 1960): ley de Dominio Nacional

En 1964 aparece la ley de Dominio Nacional 64-46, que suprime los derechos consuetudinarios e impone que las tierras que no estén registradas en el Registro Nacional pasarán a ser de titularidad nacional (por lo que el Estado pasaría a ser el titular de derecho).

En Senegal, desde los años 90, se potencian los cultivos de renta como consecuencia de los nuevos sistemas operativos agrícolas. Esta situación es fuente de tensiones sociales en el seno de las comunidades. Las cesiones, y las adquisiciones de tierras producidas por esta ley, son consideradas injustas por las comunidades, que violan sus derechos, por desposeerlas de su capital más precioso (heredado desde generaciones), en provecho de inversores que en su mayoría son extranjeros. Las comunidades se organizan, generando resistencias, pacíficas y violentas —como en Fanaye, región de San-Luis, donde se perdieron vidas humanas contra el fenómeno que califican como «acaparamiento de tierras»—.

Iniciativas orientadas hacia la agroecología, la tierra y la vida

Actualmente, los diferentes sectores de la población apuestan por diferentes respuestas:

Desde el Estado, el Plan Senegal Emergente (PSE), cuyo horizonte es 2035, quiere favorecer el desarrollo de la agricultura familiar y reactivar los sectores de producción e industrialización ganadera, apoyándose en las prácticas agroecológicas.

Desde la sociedad civil, Enda Pronat, creada en años 80, apuesta por un desarrollo controlado bajo parámetros ecosociales. Combina las experiencias de la investigación científica y tecnológica, producida en las universidades senegalesas, con las prácticas tradicionales fundadas sobre la destreza de las poblaciones locales, que minimizan la utilización de agroquímicos en los sistemas de producción. El objetivo es devolver vida a la tierra, permitiendo la regeneración del ecosistema y poniendo el énfasis en el fortalecimiento de las capacidades y la mejor comprensión del medio.

La Federación Campesina del Agropastoreo de Diender (FAPD) creó en 2004 el proceso «A producir, sin destruir», apostando por una agricultura campesina productiva, rentable y respetuosa del entorno, y respetando la salud humana y animal. Centrando su trabajo en la protección medioambiental, el fortalecimiento de organizaciones campesinas, la relocalización de los productos: autoconsumo, transformación, mercados de proximidad. Política de gobernanza local transparente. Rentabilidad económica basada en sectores equitativos y una juventud educada y formada, sensible a la gestión sostenible de los recursos naturales.

Vidas Suspendidas

El pasado 19 de enero se estrenó en Sevilla el documental Vidas suspendidas. El estreno vino acompañado de una mesa redonda donde se debatió acerca de la problemática de las dehesas y la pérdida de biodiversidad asociada. Esta, precisamente, ha sido la motivación para realizar el documental: visibilizar, crear conciencia y facilitar que hablemos de un problema que realmente nos afecta a todas.

Con el documental Vidas Suspendidas buscamos dar una pincelada a algunos de los factores que intervienen en la desertización y el deterioro de nuestras dehesas. Se hace hincapié en la existencia de prácticas efectivas para evitarlo, como las que propone el protagonista del cortometraje, Paco Volante, ejemplo del compromiso de personas particulares que están consiguiendo abrir una vía esperanzadora de solución. 

Paco, ha dedicado los últimos años de su vida a crear sus «cajas de biodiversidad» que, junto a otras buenas prácticas de suelo y de cuidados, ha logrado unas condiciones inmejorables de salud y control de plagas (en su finca, y en otras muchas).

El documental, además de rendirle un merecido homenaje, expone —mediante lenguaje cinematográfico— la sabiduría acumulada de Paco, desvelando las razones que, según su experiencia, nos ha llevado a esta situación. Paco relata secuencialmente las prácticas que habían venido demostrando su sustentabilidad y que han sido aparcadas y sustituidas por otras que están suponiendo la ruptura del equilibrio biológico que mantenía sanas nuestras dehesas. Algunas de estas prácticas son:

La poda

La dehesa es un ecosistema con un grado elevado de intervención humana. Para aumentar su productividad, se favorecen pastos herbáceos, que alimentan al ganado en un ambiente caracterizado por la presencia de arbolado disperso de encinas y/o alcornoques. Nuestro protagonista hace una referencia clara a la necesidad de realizar podas con mucha precaución: «Mi abuelo me decía que las podas había que hacerlas con la parte de atrás del hacha». La poda debe realizarse por manos expertas. Podas excesivas pueden provocar infecciones del árbol que contribuyen a su debilitamiento, pudiendo acarrearles la muerte.

La carga ganadera. La trashumancia 

 Una de las afecciones que padece la dehesa es su intensificación, para adaptarse al modelo industrial  generalizado de producción ganadera. Esto lleva a la sobreexplotación, introduciéndose más ganado del que puede soportar. Los suelos se quedan desnudos y fácilmente erosionables, lo que lleva a la desertificación. 

Tradicionalmente, estos terrenos se podían dejar descansar gracias a la trashumancia de los ganados, que se desplazaban a pastos de montaña durante los meses de verano. Este trasiego ha sido posible gracias a la red de vías pecuarias, espacios de uso comunal, que se implantaron en todo el territorio. Desafortunadamente el abandono de la trashumancia,vinculado a la estabulación del ganado con aporte de forraje externo a la finca, ha favorecido la usurpación y pérdida de miles de kilómetros de vías pecuarias.

La pérdida de biodiversidad

Uno de los problemas más graves de las dehesas es la pérdida de biodiversidad, que ha venido sufriendo desde hace 50 años, siendo la seca, y el decaimiento en general, síntomas de que el equilibrio biológico se ha roto, y «especies que criaban ahora no crían». Destacamos dos elementos, por un lado la intensificación del tratamiento de las plagas del arbolado mediante el abuso de pesticidas, y por otro, el desequilibrio de la cadena trófica, originado por la introducción de las enfermedades que han afectado al conejo.

Respecto al uso generalizado de pesticidas, apuntamos que tienen un rango de afección amplio, y no es nada específico, llegando a mermar las capacidades reproductivas de muchas especies. Se producen mortandades masivas en los casos más tóxicos como el DDT, que además presentan una pervivencia prolongada en el ecosistema y una transferencia entre especies.

«El conejo está en la base de la cadena trófica,» apunta Paco. La población de conejo ha descendido drásticamente debido a enfermedades como la mixomatosis y la neumonía hemorrágica vírica. Sin conejo, la cadena trófica se trastoca, y desaparecen las especies especialistas como el lince, que lo tenían como base de su dieta —«cuando yo era chico también había linces». El lince mantenía a raya poblaciones de depredadores generalistas, como zorros y meloncillos, que tienen una dieta más variada, y su aumento puede llegar a poner en peligro alguna de las especies que predan. La simplificación del ecosistema, también facilita la expansión de otro generalistas depredadores, como córvidos o ratas, que afectan a las poblaciones de pajarillos insectívoros, los principales aliados en el control de las plagas de la dehesa.

Mientras, la Consejería de Medio Ambiente, consciente del problema, está desarrollando un Plan Director de la Dehesa en Andalucía, con un buen trabajo de diagnóstico de la situación, pero con propuestas que entendemos no son acordes a la gravedad del problema.

Para Ecologistas en Acción, uno de los patrocinadores del documental, ese plan debe incluir la figura de «dehesa en peligro», ya que no basta con políticas de fomento de buenas prácticas, dirigidas a incrementar los ingresos de la propiedad, sino que hay que garantizar la conservación de este ecosistema de gran valor socio-ambiental. Si estas buenas prácticas de conservación no se atienden, habrá que actuar esgrimiendo como último recurso la función social, y también ambiental, que entendemos tiene la propiedad para revertir a patrimonio público este bien común.

La situación es grave, las dehesas vienen sufriendo un proceso de deterioro por diversos factores, derivados de cambios de uso, intensificación de éstos, malas prácticas y abandono de otras, que están llevando al colapso a buena parte de las dehesas andaluzas. Se estima la pérdida de más de dos millones de árboles en los últimos diez años.

Ahora bien, ni el deterioro progresivo de las dehesas al que venimos asistiendo, ni su falta de rentabilidad puede ser argumento para que se permita su paulatina transformación en cultivos agrícolas o forestales, como viene ocurriendo con la complacencia de la administración ambiental. Estas transformaciones sólo agravan el problema, amplificando el deterioro ambiental. La dehesa representa el máximo potencial productivo con criterios de sostenibilidad, no soportando mayores intensificaciones de uso sin caer en procesos de erosión y desertificación.

Si sois personas sensibilizadas con vuestro entorno cercano, os invitamos a poner vuestro granito de arena difundiendo el documental y creando debate entre amigxs y grupos afines como ya han hecho otras personas hasta el momento.

¡Muchas gracias a todas por ello! 

Comunidades en mancomún

Montenoso es una comunidad militante que visibiliza y dinamiza el mancomún, y por extensión otras formas de comunes. Mancomún es una abreviatura que hacemos de mano común: un tipo de propiedad comunal vinculada a las CMVMC (Comunidades Vecinales de Montes en Mancomún).

Los montes en mancomún son terrenos que venían siendo utilizados para diversos usos por las vecinas de los lugares donde están situados. El origen de este uso es ancestral, y es lo que otorgó el derecho de propiedad a las vecinas sobre estos terrenos. Los montes eran parte esencial en las vidas de las comunidades, suponían una fuente de recursos para muchas actividades esenciales, como la alimentación (pan de bellotas, harina de castaña, madera para el fuego), la construcción de herramientas y viviendas, así como prácticas agrícolas (la roza o broza, donde se usaban el terreno vecinal para complementar el cultivo de cereal) y ganaderas (el estrumo: cama que se le hacía a las vacas con tojos y silvas). Nosotras decimos que el monte tenía un cordón umbilical con la comunidad.

Este tipo de propiedad comunal comenzó a ser cuestionada durante la revolución liberal con el auge de la propiedad pública. Esta etapa produjo cambios en la estructura de la propiedad. Las comunidades —como forma de defensa frente a la actitud estatal— comenzaron a repartirse la propiedad comunal: el clásico «antes de que nos lo quiten, nos lo repartimos». Por eso en la actualidad encontramos montes que claramente tuvieron un origen comunal y que hoy están repartidos entre las casas de un mismo lugar.

Durante la dictadura franquista fue cuando el proceso de usurpación a las comunidades iniciado en el siglo XIX fue más sistemático y profundo. Las vecinas que querían usar su monte (como venían haciendo sus ancestros) eran multadas. A través de la Dirección General de Montes y el ICONA, la guardia civil comenzó a vigilar los montes. Comenzaron las plantaciones de Pino radiata. Planta, quema, planta, quema, fue el trabajo de muchas vecinas, bien para ganar dinero en este loop absurdo o bien para quejarse de este tipo de políticas agroforestales. De este modo, muchas propiedades vecinales pasaron a ser gestionados por el gobierno, provocando que muchos habitantes tuvieran que emigrar por la falta de terrenos donde desarrollar su ya ajustada actividad económica. Durante esos años, el cordón umbilical acabó por separarse. La vida moderna suponía tener una mayor relación con la industria que con el monte.

Durante la Transición, algunas comunidades reclamaron sus montes y fue entonces cuando se redactó la Ley de Montes Vecinales en Mano Común, vigente en la actualidad. Muchas comunidades recuperaron sus montes y algunas otras siguen intentándolo.

Se calcula que en el siglo XIX dos tercios de la superficie de monte gallego era mancomún; en la actualidad supone un tercio, es decir, 640 000 hectáreas, gestionadas por cerca de 2800 comunidades. Seas como seas, y vengas de donde vengas, si vives en Galicia, en un lugar con monte vecinal en mancomún, y tu casa «echa humo» (eres residente habitual) serás comuneira, y pasarás a gestionar el monte con las demás vecinas. Otra característica es que no puede heredarse (es de las vecinas que viven y lo usan), no puede venderse (solo puede ser expropiado para un uso de interés público) y no puede seccionarse (todo es de todas).

Nosotras decimos que cada comunidad es una telenovela. A veces arrastran trifulcas del pasado, otras veces los cargos políticos copan la Junta Rectora de la CMVMC. Los montes producen beneficios económicos, sobre todo si hay empresas explotando recursos. El caso más significativo es el de los eólicos, que suponen una entrada de capital económico importante. Esto, que en un principio une a la comunidad, ha sido causa de conflictos y desencuentros, sobre todo a la hora de gestionar este capital.

La ley y los estatutos de las CMVMC regulan los usos y el porcentaje de beneficios que deben reinvertirse en el monte y en la propia comunidad. Las comunidades pueden repartir parte de los beneficios en dinero o productos: carne de las instalaciones ganaderas del monte, miel de los apiarios, frutos, madera, etc. Parte, o el total de los beneficios, son reinvertidos en la propia comunidad: en servicios (como un repetidor wifi para la aldea), obras (como arreglar una fuente) o eventos (festivos o de formación).

La Xunta de Galicia ofreció a muchas comunidades convenios para gestionar la madera de los montes de manera eficiente, pero muchos de estos convenios han acabado en deudas, consecuencia de una gestión pésima y opaca, provocando sospechas de corrupción. Actualmente, encontrarle utilidad al monte es una aventura. El medio rural está despoblado, hay pérdida de cultura, de oficios y de servicios. Las prácticas de la agroindustria han acabado por dominar el territorio, el paisaje y el paisanaje.

Desde Montenoso apostamos por la multifuncionalidad del monte. Tratamos de visibilizar prácticas que respetan la biodiversidad, que generan vinculación con el territorio, que activan a las comunidades, que actualizan el patrimonio material e inmaterial y que protegen o mejoran los entornos vitales.

Las CMVMC regulan la biodiversidad de sus entornos, un patrimonio que va más allá de los perímetros de los montes. Muchas veces, el agua que beben en una aldea nace en un monte vecinal. Son un curioso ejemplo de código abierto en el que la gestión de un bien repercute en otras comunidades. Hemos ido visitando y conociendo algunas comunidades con las que desarrollamos eventos y procesos. Hemos realizado encuentros para compartir buenas prácticas, conocimientos, problemas y soluciones.

Seguimos publicando artículos y generando debates. Tenemos una wiki y una cartografía online que recoge «la mancha del mancomún» (los perímetros de los montes) y geolocaliza patrimonio material e inmaterial. También hemos ayudado a las vecinas de Doniños a recuperar su monte ocupándolo, desbrozando y plantando árboles autóctonos. Actualmente participamos en el PEMAN (Programa de estudios, comunes, feminismos y ruralidades). También estamos desarrollando una aplicación para dispositivos móviles.Vamos a nuestro ritmo; no es fácil que las comunidades apoyen este tipo de iniciativas que no repercuten directamente en lo económico. Aun así, ya podemos ver cómo hemos contagiado algunas prácticas y algunas semillas van creciendo. A veces tenemos pequeños apoyos económicos de algunas comunidades o instituciones para desarrollar acciones puntuales.Somos una comunidad abierta y transparente, trabajamos online y convocamos eventos diversos. Visítanos en montenoso.net, por las redes sociales o escríbenos: puedes entrar, proponer y participar.

¿Educación? ¿Ambiental?

Llevo más de media vida trabajando en Educación Ambiental (EA) y ni siquiera mis amistades más cercanas llegan a comprender del todo a qué me dedico. Sin embargo, no existe foro de pensamiento (oficial o no) o discusión sobre el estado del medio ambiente en el que la EA no se encuentre entre las propuestas más apremiantes de cara al mantenimiento de la vida (principalmente humana) sobre la Tierra.

El medio ambiente —y otras expresiones que lo nombran con mayor o menor rigor semántico: entorno, medio, ambiente, contextos, ecosistemas, etc.— ha estado desde hace siglos presente en los anhelos y demandas de los quehaceres pedagógicos.

Desde Rousseau, para quien «la naturaleza es nuestro primer maestro», hasta las actuales corrientes pedagógicas, numerosas personas dedicadas a la tarea de educar han insistido de uno u otro modo en la necesidad de acudir a la experiencia y al contacto con el medio como vía de aprendizaje, como fuente de contenidos o como contexto al que analizar para comprender su funcionamiento e interrelación con las comunidades humanas.

En la actualidad, numerosas autoras como María Novo (o yo misma, aunque suene pedantito) defendemos que ya no se trata exclusivamente de educar sobre y desde la naturaleza, sino también de educar por y para la naturaleza y el mantenimiento del equilibrio que permita el desarrollo de la vida (entre otras, la humana) en la Tierra. O incluso ir más allá, romper con la perversa lógica dicotómica que artificialmente ha hecho que las personas consideremos la naturaleza como algo ajeno a nuestro propio ser sin formar parte de nuestra esencia.

La situación socioambiental a nivel global es alarmante y aunque es un tema en el que no me voy a detener, me supone una realidad irrefutable. Por otro lado, que esta situación de crisis sistémica está directamente relacionada con la «cuestión humana» no me genera ni el más mínimo atisbo de duda. La totalidad de los indicadores de la crisis global (cambio climático, pérdida de biodiversidad, pérdida de suelos fértiles) están directamente relacionados con el sistema socioeconómico que basa su supervivencia en la depredación creciente de los recursos (vivos o no) de la Tierra. Sin embargo, si consideramos los datos que ofrece el Ecobarómetro de Andalucía, o cualquiera de los informes «oficiales» que analizan y cuantifican la percepción de la situación ambiental y aspectos relacionados por la población, vemos cómo esta relación no está ni de lejos interiorizada. Vivimos en una suerte de «ilusión» en la que los recursos necesarios para la sobreproducción de los bienes y servicios que nos invaden en nuestra sociedad vienen de la «nada» y vuelven a ella una vez no nos sirven, se estropean (antes de la cuenta y de manera programada) o simplemente pasan de moda.

Por tanto, es una necesidad urgente que comprendamos la relación entre nuestras decisiones cotidianas (como alimentarnos, vestirnos, movernos, relacionarnos) y la situación socioambiental, y que actuemos en consecuencia. Y mucho más, que interioricemos la relación que existe entre el sistema capitalista y sus apropiaciones de territorios, tiempos, cuerpos y voluntades, para agruparnos, organizarnos y provocar su transformación radical (o, más bien, su desaparición).

De esto, al menos a mi modo de entender, se tendría que ocupar y preocupar la EA. Sin embargo, y salvo honrosas excepciones, la realidad con la que nos encontramos dista mucho de facilitar o procurar procesos educativos reales en los que se aborden estos saberes. Por el contrario, nos encontramos:

  • «Programas educativos» en los que bajo el lema de «lo que se conoce se protege» se muestran áreas protegidas, burbujas «naturales» y se «transfieren conocimientos» sobre nombres de plantas, animales u otras curiosidades, saberes a los que las personas participantes dudosamente podrán darle utilidad en su vida cotidiana. Permítanme un inciso para poner en duda el lema anteriormente mencionado. De poco ha servido a zonas espectaculares en sus orígenes como, por ejemplo, el litoral andaluz, que los alcaldes y alcaldesas, generalmente autóctonxs, conocieran el territorio para tratar de protegerlo.
  • Trabajadorxs explotadxs que lo mismo «te montan» un taller de papel reciclado que uno de instrumentos musicales con botellas de «actimiel» que previamente se han tenido que beber aun a riesgo de una superpoblación vitalicia de la flora bacteriana (basado en hechos reales).
  • Millones de euros empleados en campañas destinadas a que «aprendamos» a separar bien los residuos para que la empresa de turno le saque el máximo beneficio. Que yo no digo que no… pero habrá más temas y más urgentes, ¿no?
  • Currículos oficiales que tras un intento débil de transversalizar la Educación Ambiental (sin proporcionar las herramientas metodológicas y conceptuales a maestras y maestros, todo sea dicho), han ido restándole presencia e importancia hasta hacerla casi desaparecer; si no, lean la ley Wert.
  • Instituciones que se afanan por transmitir el discurso socialdemócrata y que censuran veladamente cualquier discurso que suene a crítico, pero que se apropian de los conceptos vaciándolos de contenidos y procesos. Que defienden el desarrollo sostenible que «lejos de querer que pare el crecimiento económico, reconoce que los problemas de la pobreza y del subdesarrollo no pueden ser resueltos a menos que se instale una nueva era de crecimiento en la que los países desarrollados desempeñen un papel importante y recojan grandes beneficios[1]». Y se amparan incondicionalmente en esta propuesta tiñosa de verde aun a sabiendas de que en las décadas que llevamos bajo su «doctrina», la situación, lejos de mejorar, ha empeorado y mucho.
  • Instituciones públicas «guardianas del bien común» que evidentemente cada vez destinan menos recursos a estos menesteres y que cada vez se basan menos en la calidad y más en el mejor «im-postor» valorando solo los presupuestos más bajos, sin atender a criterios de calidad, de empleabilidad digna, etc. Espero seriamente que el tono amargamente irónico con el que uso los entrecomillados trascienda a la persona lectora.

En definitiva y desgraciadamente, una vez más, peroratas infumables que ocupan kilos de papel y millones de bits llenándolos de eufemismos camuflados de buenas intenciones que en su materialización se quedan en poco o nada mientras el Planeta, o la versión que permite la vida humana en la Tierra, se desintegra.


[1] Fragmento extraído literalmente de: Nuestro futuro común. Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Asamblea general de las Naciones Unidas. 4 de agosto de 1987.

¡Abajo las máquinas que nos roban el pan!

Ludismo, antidesarrollismo y decrecimiento. Propuestas entroncadas.

El 12 de abril de 1811, trescientas cincuenta mujeres, niñas, niños y hombres de un condado de Inglaterra arremetieron a golpe de maza y fuego contra una fábrica de hilados, expresión material del modelo deshumanizado de mecanización que se estaba imponiendo. El maquinismo les arrebataba sus tiempos, sus ritmos y sus cuerpos. Y como todo acontecimiento que supone una confrontación real y legítima al capitalismo, terminó demonizándose y transformándose en leyenda.

El fragmento anterior hace referencia al movimiento ludita que a principios del siglo XIX se reveló contra la dinámica de industrialización acelerada. Una organización sin líderes, sin organización centralizada, sin libros capitales y con un objetivo quimérico: discutir de igual a igual con los nuevos industriales1. Pero el ludismo fue fagocitado por el olvido consciente de la historia contada por los vencedores.

Décadas después, a finales del siglo XIX, comenzaba a perfilarse el anarquismo como una corriente singular dentro del movimiento obrero, que incorporaba a su pensamiento elementos que van más allá de las relaciones de explotación y la lucha de clases. Planteaban su oposición a la burocracia y al centralismo, denunciaban la insalubridad de las fábricas y las aglomeraciones urbanas. Otras cuestiones como la crítica consciente a la sociedad industrial y sus consecuencias socioecológicas se irían construyendo lentamente.


A pesar de todo, la resistencia al maquinismo —ya sea de forma intuitiva o plenamente consciente— ha sido una constante. En 1885, ante la inminente maquinización de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, las 6500 operarias se pusieron en huelga y salieron a la calle al grito de «Abajo las máquinas que nos roban el pan». Estas mujeres mantenían una buena relación de fuerzas frente a la empresa trabajando en cuadrillas de artesanas y eligiendo e instruyendo ellas a las aprendizas. Los patrones no buscaban tanto el aumento de la producción (disminuyendo la calidad) como un mayor poder de control sobre la producción y las trabajadoras. Frente a la resistencia de las cigarreras optaron por envejecer la plantilla, y no admitieron más aprendizas hasta conseguir introducir las máquinas. Tardaron veinte años en conseguirlo.


En 1898, Kropotkin abogaría por descentralizar el aparato industrial acabando con la masificación de las ciudades (Londres contaba ya con 7 millones de habitantes) y apostando por una vuelta al campo en unidades de explotación humanizadas e igualitarias. Sin embargo, su fe ciega en la neutralidad de los adelantos técnicos y científicos provocó que los considerara aliados incuestionables de lxs trabajadorxs.

Las ideas de abundancia, progreso y desarrollo tecnológico fueron abrazadas por la mayoría de los grupos revolucionarios, sin cuestionarse que en realidad estas ideas hunden sus raíces en el objetivo fundamental del capitalismo de crecer y acumular ilimitadamente.

En base a esto se ha aceptado pasivamente la tecnificación de la sociedad, de la que se critica su desmesura o su uso explotador, pero no su función de modelar la vida y ocultar la historia global de otras técnicas o saberes prácticos. Y sobre todo teniendo en cuenta que no se ha producido, ni de forma parcial, la construcción de maquinarias o dispositivos técnicos que tuvieran como fin la emancipación de la sociedad.

Y es que, desafortunadamente, gran parte de las «luchas sociales» pasadas y actuales en todo el mundo, son esencialmente por el acceso a la riqueza capitalista, sin cuestionar el carácter, los procesos y los artificios asociados a esta supuesta riqueza.

De ahí que consideremos fundamental poner en la palestra dos propuestas políticas: antidesarrollismo y decrecentismo, que si bien ostentan notables diferencias, también plantean numerosos espacios comunes sobre los que merece la pena investigar y reflexionar en la búsqueda de análisis críticos y propuestas que integren la complejidad del sistema, y que ahonden en las raíces del capitalismo para desmontarlo y construir colectivamente propuestas radicalmente diferentes que satisfagan las necesidades reales de los grupos sociales presentes y futuros.

Ambas propuestas cuestionan el crecimiento económico ilimitado, el progreso y el desarrollo tecnológico como falsas utopías que han auspiciado el esquilme de la naturaleza, y de los cuerpos y las mentes de las personas y grupos sociales que habitamos el planeta. Quizás, la diferencia principal entre ambas propuestas, asumiendo lo arriesgado de utilizar categorías absolutas, colocaría el antidesarrollismo más cerca de la confrontación con el modelo de desarrollo capitalista mientras que el decrecimiento se aproximaría a la construcción de prácticas y propuestas comunitarias que buscan respuesta a la satisfacción de las necesidades negando y evitando las prácticas capitalistas. Ambas cuestiones son indispensables. Y ambas tendencias asumen y denuncian la no neutralidad del desarrollo tecnológico y principalmente ponen en evidencia que un «capitalismo sostenible» es un oxímoron imposible, una invención infame que busca teñir de verde los procesos caníbales capitalistas para seguir haciendo lo mismo, pero con apariencia de cambio.

De manera que las luchas antidesarrollistas contra los trenes de alta velocidad que ponen a disposición de las clases privilegiadas los recursos de todas, para que se mueven a mayor velocidad consumiendo locas cantidades de energía, deberán ir de la mano de las propuestas decrecentistas de relocalización de la producción, desarrollo de otros modelos de movilidad, etc. Que los usos de transgénicos deberán ser denunciados, por cuestiones de salud, y por los efectos devastadores en la pérdida de soberanía alimentaria de los pueblos del mundo. Y deberán ir acompañados de la recuperación y generalización de prácticas agroecológicas que integren cuestiones puramente ambientales y aspectos que dignifiquen la vida (en toda su amplitud) de productoras y consumidoras.

Y habrá que problematizar radicalmente el mundo virtual (entre otras muchas cuestiones tecnológicas), desmontando el nuevo mito que atribuye a esta realidad la capacidad de «desmaterializar la economía», o de «democratizar la información», sin atender a la función de vigilancia social y configuración de relaciones mediadas por pantallas de luz y de color… Todo esto mientras nos afanamos en la re-creación y re-construcción de redes sociales carnales basadas en el apoyo mutuo, la colectivización y la autogestión.

La realidad nos muestra la necesidad urgente de enhebrar propuestas complementarias, y recuperar las luchas pasadas que se aferraban a otros modelos que buscaban desarrollar la vida que merece ser vivida.

1 Christian Ferrer, «Ned Ludd, fantasma», en Cabezas de Tormenta, 2004.

Feminismo rural en construcción

La Universidad Rural Paulo Freire Serranía de Ronda (URPF) es una organización desde la que trabajamos por la dignificación del medio rural. Las personas que la conformamos venimos del mundo de la educación, el desarrollo local y la militancia activa en movimientos feministas, ecologistas y organizaciones campesinas.

La URPF y el Feminario. La dimensión rural y la sostenibilidad
A lo largo de nuestra trayectoria hemos entendido que en cualquiera de estos ámbitos el posicionamiento feminista es una necesidad. Nuestra práctica es sencilla, responde a las necesidades que sentimos, a lo que nos afecta como mujeres con planteamientos críticos. Creemos que el feminismo tiene que estar en nuestra práctica, en las acciones que desarrollamos.

El proyecto de URPF es educativo, y entendemos la educación como clave para aprender a ver e interpretar la realidad para su transformación. Nuestra labor tiene muchas dimensiones, tratando siempre de ser un proyecto integrador de la realidad rural que vivimos, realizamos trabajos de investigación, dinamización, formación, sensibilización, etc.

La URPF contempló en su momento la necesidad de crear un Feminario como espacio de encuentro y debate desde el que trabajamos para conseguir la visibilización de las mujeres del medio rural, nuestra realidad y nuestra historia. Para nosotras, la posición feminista es una necesidad de justicia, reconocimiento y valorización de los trabajos y los saberes de las mujeres del medio rural. Desde nuestro planteamiento feminista, por supuesto reivindicamos derechos, pero además tenemos la actitud de ir construyendo un feminismo rural, con referencia a muchos de los planteamientos ecofeministas, además de compartir las propuestas feministas de los movimientos campesinos e indígenas del mundo.

Tenemos la visión y la convicción de que la vida campesina tiene mucho que aportar a los cambios necesarios para una vida de mejor calidad y mayor sostenibilidad. Y por eso trabajamos con la experiencia y el conocimiento de las mujeres campesinas y rurales que llevan consigo muchos conocimientos tradicionales y estrategias de las que tenemos que aprender, pasándolos siempre por un tamiz crítico para que no se reproduzcan esquemas injustos. Una referencia importante de esto nos la aporta lo que llamamos economía rural o economía campesina, que considera a las personas y la vida el centro, un planteamiento que forma parte del feminismo y del ecologismo. También tratamos de generar procesos de discusión entre las personas de nuestro territorio para ir construyendo el mundo rural vivo que queremos, donde todas tenemos algo importante que aportar.

Los foros feministas rurales
Y con todo esto en nuestro ser, en nuestro pensamiento… organizamos los foros feministas. Somos conscientes de los nuevos activismos y feminismos plurales que tienen mucha presencia actual en el mundo urbano. Pero el nuestro es un feminismo para mantener el mundo rural vivo, porque «trabajamos sobre los saberes de las mujeres campesinas, conocimientos en torno a la alimentación y su gestión, sobre economía feminista, oficios de mujeres que se van perdiendo pero que tiene sentido recuperarlos de cara al futuro… Eso es una manera de ir construyendo feminismo, aunque muchas de las mujeres con las que trabajamos no se consideren feministas».

La dimensión rural de nuestra experiencia tiene que ver con nuestra vida, con nuestra trayectoria, y desde nuestro sentir como feministas rurales, nos planteamos organizar cada año los Foros Feministas Rurales. Los proyectamos con una doble vertiente, por una parte es una forma de traer a nuestro territorio el discurso y la práctica feminista que se está construyendo a nivel global, generando así nuevas discusiones y visiones. Y por otra, es una forma de visibilizar ante otros movimientos feministas la realidad rural que vivimos las mujeres.

Un recorrido por las temáticas de los distintos foros feministas puede reflejar las preocupaciones y los aspectos que vamos incorporando a nuestra actividad en el territorio en relación al feminismo: mujeres rurales y la economía feminista, pues trabajamos por poner la economía al servicio de las personas, con una lógica que contemple los cuidados; mujeres rurales y ecofeminismo, entendiendo que el sistema económico, igual que abusa de los bienes naturales, abusa del trabajo de las mujeres, y desde estos parámetros analizamos nuestras realidades; mujeres rurales y salud, partiendo de un concepto de salud basado en el cuidado y en la calidad de vida; mujeres rurales y educación emocional, pues nos preocupa que mujeres y hombres seamos educados emocionalmente de formas diferentes, y esto provoque posiciones de desigualdad que nos hacen afrontar la vida de forma que las mujeres tendamos a una situación de inferioridad emocional; mujeres rurales y soberanía alimentaria, es uno de nuestros signos de identidad, estas dos luchas van unidas; o mujeres rurales y movimientos sociales, pues consideramos que, al igual que lo hacemos nosotras, la mirada feminista hemos de incorporarla en los movimientos a los que pertenecemos para generar verdaderos procesos de transformación social.

En el grupo del Feminario, durante todo un año trabajamos una temática, tras haberla elegido, consensuado y argumentado. Intercambiamos materiales, lecturas, experiencias en relación al tema. Y buscamos y contactamos con personas que sean referencias estatales en el campo elegido. Cada año lo hacemos en un pueblo diferente de nuestra comarca. Y normalmente las partes o espacios que proponemos son: documentales, ponencias de referencia, mesas de experiencias, talleres sobre el tema y una representación teatral para cerrar.

Con los foros conseguimos entre todas acercar al medio rural temáticas y perspectivas que se están reflexionando en diferentes colectivos y espacios, facilitando intercambios de experiencias de mujeres de todo el territorio estatal. Sensibilizamos sobre temas fundamentales para avanzar en nuestros pueblos y acercamos el mundo rural y el mundo urbano.

Genuino clandestino

Pepe y Luisa llevan varios años produciendo mermeladas, con fruta y verduras ecológicas y locales y un proceso 100% artesano. Participan en una red de productorxs y consumidorxs donde funciona un Sistema Participativo de Garantías (SPG).

En su búsqueda de nuevas salidas a sus conservas se topan con un nuevo proyecto de grupo de consumo en Triana, contactan con la responsable y le ofrecen sus productos. La respuesta es negativa, lo lamentan pero para participar como productor es imprescindible tener papeles (alta en la Seguridad Social, IVA, Registro Sanitario…).

Lupe y Jorge estaban muy animadxs con la iniciativa de mercados campesinos que se desarrollaba en la comarca rural donde acaban de mudarse. En pocos meses se organizaron para poder ofrecer pan de espelta, conservas agridulces y jabones. Querían empezar a comprobar si era realmente posible mantenerse al margen del mercado laboral clásico. Pero al cabo de un año, se encontraron con un desenlace algo frustrante cuando, después de un periodo de reestructuración, el mercado se cayó. Habían echado bastante energía y tiempo en el proceso. Por supuesto, no se esperaban que la Universidad Plural de la Montaña de Alacena (UPMA1) y la sección local del Comité Andaluz de los Hortelanos (COAH) colaborasen con las autoridades en la desactivación de un mecanismo que apostaba firmemente por la autonomía y la autogestión.

Jazmín se dedica a la cosmética natural, utiliza materias primas de muy alta calidad y produce artesanalmente cuidando enormemente el proceso. Todavía no se ha resignado a encontrar un herbolario que acceda a exponer sus productos. Esta es la última respuesta recibida por correo electrónico: «Qué buena pinta tiene todo, quizás te pida algo para consumo personal […], lo siento mucho pero nuestros clientes son exigentes con calidades, garantías y etiquetados».

Raúl es repostero, le encanta experimentar en cocina para conseguir dulces ricos y sanos. Raúl no tiene registro sanitario, ni intención de sacárselo. En la cervecita después del reparto semanal de verduras, un amigo le pregunta cómo va el «negocio». Raúl, entre quejas y bromas, le cuenta que tiene muy pocos pedidos y que le cuesta incluso que «su gente», que conoce y aprecia sus dulces, le encargue algo. El amigo empatiza con Raúl, le invita a una Bandolera y le confiesa que para su hijo compra en el Aldi unas galletas ecológicas bastante buenas y a buen precio.

Martín, Clara y Ángela cultivan una huerta y venden cestas ecológicas cerradas. Llevan cuatro años con el proyecto, pero aún no han conseguido, muy a pesar de los esfuerzos y del trabajo de lunes a domingo, darse de alta (aunque sea por turnos). Siguen confiando en la consolidación de las relaciones con lxs consumidorxs, aunque su fragilidad es de momento indiscutible. En efecto, desde el principio han estado trabajando el compromiso de continuidad, desafortunadamente con muy poco éxito. Siempre que se acercan unas vacaciones, más o menos largas, los pedidos decaen. Además, es común que reciban peticiones del tipo «en mi casa no se come coliflor, ¿podéis ponerme espinacas?» o «¿se puede remplazar naranjas con papas?».

Estos ejemplos nos dan una idea de lo complicado que puede llegar a ser tener un proyecto productivo artesanal sin papeles. Las personas que nos dedicamos a esto, a menudo hemos elegido conscientemente salir del trabajo asalariado y de sus círculos viciosos para buscar otro ritmo productivo y sacar más tiempo para la vida. Estamos apostando por la lentitud, el cuidado en la elaboración de los productos, el disfrute por la comida y por una indefinición de los confines entre producción y reproducción, entre lo que hacemos para ganar dinero y lo que hacemos para vivir.

Sin embargo, esta apuesta es débil si no se ve enmarcada en un proyecto comunitario más amplio. Me refiero a una comunidad de muchas patas donde nos cuidemos recíprocamente; donde los Mercaos Sociales nos sigan apoyando y las monedas sociales ganen espacio; donde se materialicen colaboraciones y trueques y se potencie el concepto de prosumidora; donde se aproveche al máximo las muy puntuales subvenciones para que reviertan a nivel comunitario y la Academia aporte saber crítico y útil para las luchas; donde fluyan las relaciones ciudad-campo y el apoyo mutuo guíe nuestras acciones.

¿Cómo llamamos a esto? ¿Visión premonitora, sueño, utopía o simplemente paja mental? Ya que no tengo respuestas y todavía no sé leer el futuro en la bola de cristal, ni manejo los registros akáshicos, lo único que puedo hacer es vivir la apuesta comunitaria a pleno, aquí y ahora.

Realidad aplastante

El Estado y el capital nos están imponiendo un escenario opuesto, en el que reina el individualismo. Un presente hipotecado, gobernado por leyes y normativas ridículas, salpicado de impuestos, papeleo y sellos, en el cual te autoexplotas para sobrevivir, mientras el suelo bajo tus pies se convierte en arena movediza y sin darte cuenta estás metidx hasta el cuello. Única salida propuesta: más horas de trabajo, más inversiones, más deudas, más ventas, más controles, más agobio, más horas de trabajo. Y vuelta a empezar. Enhorabuena, te has convertido en persona adulta, ya eres libre de entrar en el libre juego del mercado.

Aluvión de preguntas

¿Qué pasaría si la energía que dedicamos a poner parches al sistema, la dedicásemos a potenciar lazos comunitarios? Si el dinero que entregamos al capital fuera a parar a proyectos locales, de amigxs y compañerxs, de manera continuada y no anecdótica, ¿se notarían cambios en nuestro tejido comunitario?

¿Legalizando tu proyecto estás más cerca de alcanzar los objetivos que te habías fijado? ¿Si tu competidor paga menos impuestos que tú, lo ves como una competencia desleal? ¿Por qué nos cuesta tanto abrir los espacios liberados a iniciativas de autoempleo? ¿Estamos madurxs para poder organizar un mercadillo periódico de productos artesanos en el próximo centro social?

Happy end

Un último recuerdo para a Pepe, Luisa, Lupe, Jorge, Raúl… En fin, a todas las personas que están en equilibrio y duda constante y avanzan con la única certeza de que el camino de la libertad y de la autosuficiencia sólo se puede recorrer bien acompañadxs.

NOTA

Los nombres de personas y organismos que aparecen en el texto son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

1 Paulo Freire, en paz descanse.

Ecocuidadanía:

resignificando la ciudadanía tradicional

Estamos inmersas en una crisis multidimensional y civilizatoria. Frente a una salida de la misma que refuerce la exclusión, la desigualdad y el deterioro ambiental, queremos hacer propuestas feministas, anticapitalistas y ecologistas que aboguen por un cambio cultural profundo y que establezcan como epicentro la sostenibilidad de la vida humana y no humana, especialmente en los contextos urbanos.

Reformular la ciudadanía hegemónica

Parece claro que las relaciones entre la administración y la ciudadanía se están transformando. El Estado «está perdiendo buena parte del protagonismo político que había alcanzado en la época de bienestar, al mismo tiempo que se refuerzan otras formas de implicación de la ciudadanía en los asuntos públicos, otras formas de participación política y de acción colectiva»1. Todos estos fenómenos que se venían gestando desde hace décadas, se han acentuado con la actual crisis, en la que se ha producido una deslegitimación profunda de los gobiernos tradicionales como representantes de la ciudadanía, y un desajuste de la acción política al marco nacional e institucional. De hecho, han emergido contestaciones y nuevas formas de ciudadanía que:

  1. Critican el sentido homogeneizador clásico y visibilizan la heterogeneidad y la diversidad sociocultural.
  2. Tienen en cuenta la existencia de condiciones distintas y desiguales de las y los sujetos.
  3. Conciben las formas diferentes de participar en la vida pública, alterando por completo la forma en que se ejerce la ciudadanía imaginada y vivida como derecho a la membresía política y territorial al Estado–nación2.

Visibilizar las preocupaciones feministas y ecologistas

Nuestra propuesta, por un lado, es anclar las siguientes reflexiones a espacios físicos concretos como son las ciudades, por el alto porcentaje de población mundial que hay ya viviendo en ellas, por el fenómeno de urbanización a escala planetaria que se ha dado durante el siglo XX y por las dinámicas migratorias y de crecimiento poblacional que, en conjunto, sitúan a los contextos urbanos como el virtual receptáculo de la sociedad del siglo XXI3.

Por otro lado, frente a concepciones dominantes, nuestra idea es visibilizar otras formas de entender, usar y participar en la ciudad, subrayando la multiplicación de sujetos urbanos que están mostrando una concepción distinta de «lo político», y en concreto, reflejando preocupaciones feministas y ecologistas que están contribuyendo a reformular la ciudadanía abstracta/individualista/patriarcal/consumista.

Existen ya numerosos actores y actoras locales que han incorporado la sostenibilidad ambiental como una de sus principales reivindicaciones para acceder a una buena vida en las ciudades. Esta ciudadanía ecológica se siente comprometida con el territorio, el agua y todos los bienes naturales que necesita para llevar a cabo su proyecto de vida, tanto individual como colectivo, es decir, se conecta con su huella ecológica, potenciando la soberanía territorial y la responsabilidad comunitaria.

Por otro lado, son cada vez más cuantiosos los movimientos sociales en las ciudades que proponen (y practican), desde una perspectiva feminista, la desgenerización y universalización de los trabajos de cuidados realizados fundamentalmente por las mujeres, para que sean asumidos por toda la sociedad y sostenidos por estructuras comunes, en gran parte desmercantilizadas. Algunas autoras4 han acuñado el término cuidadanía para referirse a este tipo de ciudadanía que asume el cuidado como elemento central para satisfacer las necesidades vitales. Según las mismas, la cuidadanía es un concepto político que pone el foco de atención en la vulnerabilidad de los cuerpos, en la interdependencia humana a lo largo del ciclo de vida y en el trabajo de cuidados para el sustento del resto de procesos sociales y económicos. Al igual que la huella ecológica, que visibiliza los territorios, bienes y servicios ambientales que necesitan las personas para desarrollar sus proyectos de vida, la cuidadanía, es una forma política de visibilizar los cuidados, tiempos y esfuerzos dedicados para reproducir y recrear la vida.

Vincular ambas preocupaciones: la ecocuidadanía

Para vincular ambas preocupaciones ciudadanas cabría decir que la responsabilidad de la que hablamos no solo debe contraerse con el territorio, sino también con el trabajo realizado por las mujeres, y especialmente por las mujeres pobres, porque son las que tienen en los diversos lugares del mundo un menor impacto sobre el territorio y una obligación ecológica mayor.

Para que la sociedad, en este caso urbana, sea sostenible, debemos asumir la deuda ecológica contraída con otros espacios y territorios, pero también la deuda de cuidados y ecológica contraída con las mujeres, que son fundamentalmente las que aumentan la cantidad de tiempo dedicado a la satisfacción de las necesidades vitales de sus familias y comunidades realizando trabajos de reproducción ambiental y social5. Una vez visibilizadas estas asimetrías e injusticias, podrían modificarse determinadas pautas de comportamiento para tender a espacios urbanos más inclusivos, radicalmente democráticos y ecológicamente viables.

La noción que proponemos para visibilizar las preocupaciones feministas y ecologistas emergentes en las ciudades, poner en valor las prácticas sostenibles locales, y tratar de promoverlas, es la de ecocuidadanía. Entendemos la ecocuidadanía como:

  1. Un concepto que integra la conciencia ecológica con la perspectiva feminista, vinculando:
  • Las reivindicaciones de soberanía y defensa de los cuerpos frente a normas heteropatriarcales, con las reivindicaciones de soberanía territorial que lleven a cada espacio urbano a ser energética y materialmente autosuficiente.
  • El metabolismo urbano ecológico y el social, al considerar las pautas de producción y consumo material, pero también las dinámicas de reproducción humana y las energías amorosas invertidas en atender necesidades relacionales y afectivas vitales.
  • Las reivindicaciones de democratización política y del espacio público, con las reivindicaciones de democratización de los hogares y la vida cotidiana.
  • Las reivindicaciones de una ciudad compacta, multifuncional, cohesionada y energéticamente viable, con las de una ciudad segura, inclusiva, accesible y que garantice el ejercicio de derechos de todos y todas.
  1. La manera de resignificar la ciudadanía tradicional que nos incomoda, y mostrar nuestra implicación en el cuidado de la vida humana y no humana en el ecosistema urbano.

1 Subirats y Parés, 2014:111-112.

2 Holston y Appardurai, 1996.

3 Delgado y Álvarez, 2013.

4 Precarias a la deriva, 2005; Pérez Orozco, 2006, 2011.

5 Mellor, 2011; Puleo, 2011.

Refugiad@s ambientales:

una crisis en las sombras del sistema

Después de que la crisis de los refugiados y refugiadas sirias saltara a los medios de comunicación de todo el planeta con la foto de Elian, un niño ahogado en las aguas del Mediterráneo, intentando llegar a la Unión Europea (UE), son muchas las voces xenófobas y clasistas que se empeñan en separar «refugiados» de «inmigrantes». Dicen estos paladines del Derecho Internacional que las personas refugiadas tienen derecho a ser acogidas en la UE, pero que las y los «inmigrantes irregulares» son otra cosa: personas sin papeles que deben ser tratadas como mercancías a merced de los mercados laborales y las políticas racistas del gobierno de turno. Los mismos que utilizan argumentos de su derecho internacional para negar el derecho de buscar una vida digna —mediante procesos migratorios— a millones de personas; los mismos que llevan décadas ignorando el drama de las migraciones ambientales.

Las refugiadas ambientales son personas que abandonan su territorio de residencia habitual debido principalmente (o de forma muy importante) a impactos ambientales, ya sean graduales o repentinos, se muevan dentro de un mismo Estado (esto es lo más frecuente) o atraviesen fronteras internacionales.­­

Aunque detrás de la mayor parte de las migraciones ambientales encontramos impactos socioambientales provocados por el ser humano, el análisis de sus causas no es simple. La degradación ambiental no sucede aislada sino que se produce en un entorno social, económico y político concreto. Por ejemplo, las mismas tierras semiáridas de Almería (que fueron fuente de migrantes ambientales en el pasado), con el desarrollo económico y tecnológico de la zona y la puesta en marcha de grandes extensiones de cultivos en invernaderos, se ha convertido en destino de muchos migrantes del Magreb y el África subsahariana. Habitualmente, los Estados en crisis son productores de migrantes, tanto políticos como económicos y ambientales, y muchas veces no es fácil distinguir claramente unas causas de otras.

Existen refugiadas ambientales que huyen (o son expulsadas violentamente) de los efectos catastróficos que las guerras provocan en el medio ambiente; de accidentes industriales (en centrales nucleares, por ejemplo); o de las consecuencias de proyectos de megainfraestructuras (como grandes presas que inundan sus tierras y pueblos). Otras, huyen de eventos naturales catastróficos: como terremotos, maremotos, huracanes y erupciones volcánicas; y millones escapan de una degradación ambiental —más o menos gradual— en forma de desertización, inundaciones recurrentes, subida del nivel del mar y otras muchas consecuencias del cambio climático: lo que se conoce como climigración. Incluso la creación de espacios naturales protegidos expulsa de sus tierras a miles de indígenas.

Las dificultades a la hora de estimar cuántos migrantes ambientales hay y habrá deriva de la complejidad de las causas que acaban provocando el éxodo. Habitualmente no hay un solo tipo de causa: actúan conjuntamente causas socioeconómicas, ambientales y políticas. Esto hace que, por ejemplo, sea sumamente difícil conocer qué porcentaje de la población rural —que migra en gran número a megápolis (principalmente en países empobrecidos)— lo hace empujada, aunque sea parcialmente, por causas ambientales.

En 1994, se estimaba que un 0,5% de los habitantes del planeta eran refugiados ambientales. En 1995, se estimaban unos 25 millones de migrantes por cuestiones ambientales, mientras los refugiados políticos eran unos 12 millones. En la situación actual, se estima que el 10% de los movimientos de población están influenciados por factores ambientales. La Cruz Roja y la Media Luna Roja estiman en cerca de 211 millones los seres humanos que cada año se ven afectados por desastres naturales —cinco veces más que los afectados por conflictos bélicos—. El informe Cambio Ambiental y Escenarios de Migración Forzada, muestra que con el cambio climático las y los refugiados ambientales pueden llegar a la increíble cifra de 200 millones en 2050. Esto significaría que el 3% de la población mundial se vería envuelta en migraciones ambientales.

La mayoría de las migraciones ambientales se dan dentro de los países empobrecidos —se atraviesen o no fronteras—, y solo una pequeña parte de estas migraciones llega a los países enriquecidos o desarrollados. Sin embargo, muchas migrantes ambientales se encuentran en sus desplazamientos con muros físicos y legales: barreras destinadas a condenar a la miseria a millones de seres humanos que frecuentemente son criminalizados, simplemente, por buscar una vida mejor. Muchos de ellos mueren en su intento por llegar a otras tierras. Este enfoque de los movimientos migratorios, en el que prima la seguridad de unos pocos frente a la calidad de vida de la mayoría, es realmente paradójico: gestionar las migraciones desde un «enfoque de seguridad», en vez de intentar mejorar las condiciones de vida de las áreas fuentes de migrantes provoca que aumente la presión migratoria, y finalmente aumenten los inmigrantes «ilegales» explotados fácilmente. En este panorama internacional, el Estado español está a la cabeza mundial en la construcción de muros, la militarización de sus fronteras y en leyes racistas y xenófobas, que son impulsadas en perfecta sintonía por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP).

Reclamamos incluir el deterioro del medio ambiente dentro de las causas del concepto jurídico de refugiado, para que se pueda proporcionar una protección legal suficiente. En la actualidad, los y las refugiadas se encuentran bajo la protección de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados que la ONU estableció en los años cincuenta. Un Estatuto que no recoge las causas ambientales.

El reconocimiento de la figura de «refugiado ambiental» sería un avance respecto a la situación actual —al menos a nivel jurídico— y de reconocimiento internacional. Sin embargo, este cambio no aseguraría un trato humanitario a quienes huyen de la degradación de sus territorios. Por ejemplo, actualmente se reconoce la figura del «refugiado político» y la mayoría de las solicitudes de asilo son rechazadas por el Estado español. La clave está en tejer solidaridad y lucha de clases desde abajo frente a los responsables de nuestra explotación y la del medio ambiente.

Decrecimiento:

el reto de seducir

Una agenda política para la ciudadanía y los movimientos sociales. Los grandes partidos políticos, los medios de comunicación, la publicidad y la inercia del «cómo funcionan las cosas» nos seducen continuamente con imágenes y eslóganes que prometen una felicidad basada en el crecimiento. Nos intentan convencer de que nos rodea la escasez y de que tenemos que esforzarnos más y más —a cambio de salarios de esclavitud— para seguir consumiendo lo que producen las grandes corporaciones, sumergiéndonos en una espiral que profundiza en un modelo cultural que esconde su patología sistémica tras el término «crisis».

Tanto los partidos tradicionales como las emergentes formaciones políticas de corte institucional obvian la crítica a dos de los mitos más importantes de la cultura occidental: el que afirma que la riqueza puede crearse y el que delega en el Mercado — cual mano invisible— la regulación de las relaciones humanas. En la misma línea, tampoco cuestionan el mantra moderno del crecimiento económico, que nos devuelve a las políticas extractivistas de los años setenta e invisibiliza la economía reproductiva sobre la que se sustenta. A modo de ejemplo, puede citarse el caso de Podemos, cuyo programa económico ignora las reflexiones y propuestas del Manifiesto Última Llamada1 —que nos alerta de que el crecimiento es ya un «genocidio a cámara lenta»— a pesar de haber sido firmado por sus dirigentes.

Claves para una transformación imprescindible

Las respuestas a los retos que afronta nuestra cultura no vienen de la mano del crecimiento económico ni del clásico debate entre planificación y liberalización, sino que han de buscarse más allá del paradigma de la modernidad.

Necesitamos transformar las bases ideológicas de nuestra cultura desde la simbiodiversidad2, reconociendo nuestra ecodependencia e interdependencia: asumiendo que nuestra vida es una danza en relación permanente con nuestro entorno y las distintas comunidades vivas, incluida toda la diversidad cultural humana; asimismo, debemos buscar la resiliencia3, entendida como la capacidad de las comunidades humanas para adaptarse de manera autogestionaria a los cambios e incertidumbres del entorno; y, además, tenemos que recrear la felicidad4, entendida como la plena participación individual y colectiva en el proceso que permita a una comunidad vivir y realizar sus «necesidades humanas fundamentales». Y aunque estas ideas están ya presentes en algunos movimientos socioecológicos y culturales, no encuentran reflejo ni en entornos progresistas ni a nivel macropolítico.

Un programa político para la transformación

Este nuevo modelo cultural al que necesitamos transitar debe contar con el respaldo de una política comprometida con la vida, que la ponga en el centro, respete su diversidad biológica y cultural y sea coherente con los límites y ritmos del planeta. Las propuestas ecofeministas, las iniciativas de transición, las prácticas de permacultura… son elementos necesarios para esta nueva política, que vendrá de la mano de la capacidad de los grupos humanos para la autogestión.

En esta línea, serían deseables programas que abordasen esta transformación imprescindible. Por ejemplo, mediante la promoción de los procesos de producción y distribución locales se mejoraría el conocimiento y el respeto de nuestro entorno y de las relaciones de interdependencia, y con ello la capacidad de resiliencia y las posibilidades de ser felices, además de disminuir la dependencia energética de los combustibles fósiles. Asimismo, el fortalecimiento de las relaciones comunitarias y la puesta en valor de los cuidados como eje central de los procesos económicos mejoraría el conjunto de la sociedad, restableciendo la posición de las mujeres en ella y aumentando la salud física, psíquica y social de las personas. Y por fin, una dotación incondicional de autonomía5 aseguraría cierta calidad de vida que facilitaría la independencia frente a los intereses del entramado corporativo capitalista e incrementaría las posibilidades de dedicación a actividades de carácter creativo y comunitario.

Afinando aún más, podríamos señalar algunas propuestas inmediatas como la democratización de todas las esferas de la vida, la creación de órganos de poder popular, la promoción de la cultura del compartir y la autogestión, el fomento de redes solidarias y el apoyo comunal, la protección y recuperación de los bienes comunes, la relocalización y reorganización de los medios de producción, la apuesta por las energías renovables, la creación de monedas complementarias y comunitarias, la gestación de cooperativas de crédito y comunidades autofinanciadas, el impulso de iniciativas no lucrativas y mercados sociales, el fomento de otra movilidad más respetuosa mediante el uso de la bicicleta y del transporte público, la ampliación y redefinición de espacios verdes en núcleos urbanos, la apuesta por la soberanía y autosuficiencia alimentarias o el ocio creativo…

Protagonistas de un nuevo paradigma

Pese a que muchas de estas prácticas son una realidad en las vidas de parte de la humanidad, también son ninguneadas constantemente por las instituciones de carácter sociopolítico, ya sea por la lógica que impone el ciclo electoral, por miedo, o por intereses corporativos.

La implementación de las medidas propuestas, que visibilizan las fallas del sistema actual y sus consecuencias —algunas tan inminentes como el fin de la era de los combustibles fósiles—, está muy alejada de las viejas pero recurrentes políticas neoliberales del actual orden internacional y puede ser impopular en sociedades poco acostumbradas a estos discursos. Pero, sobre todo, supone una pérdida de poder para los grandes conglomerados empresariales y de la legitimidad de los Estados-nación como «garantes» de los derechos de la ciudadanía. Y es que la apuesta por la felicidad de las comunidades, la resiliencia local y el reconocimiento de la simbiodiversidad es tan necesaria para sanarnos del patológico sistema estado-capital como fulminante para dichas élites.

Frente a los intereses de estas minorías privilegiadas, el camino a transitar pasa por generar mareas de gentes capaces de dejar atrás los egos e identidades excluyentes, que trabajen en común de manera permanente, superando la lógica de las citas electorales. Debemos tomar un papel activo y, desde la diversidad y la corresponsabilidad, impulsar procesos valientes y creativos que partan de la confianza y el deseo de una vida futura en común. Este punto de partida es imprescindible para impulsar estrategias de transición que dirijan nuestra sociedad hacia las direcciones que necesitamos y deseamos.

Ante este panorama, ¿puede esperarse de la lógica representativa una agenda política coherente con los retos que afrontamos como especie? ¿Cómo podríamos seducir a personas y colectivos para que apuesten por esta transición?

1 ultimallamadamanifiesto.wordpress.com

2 La simbiodiversidad abarca toda la diversidad de la vida en el tiempo y en el espacio, desde la primera bacteria hasta Gaia, en todas sus relaciones y manifestaciones, sin distinción, sean naturales, sociales o culturales (fuente: es.wikipedia.org/wiki/Simbiodiversidad).

3 El concepto de resiliencia, desarrollado significante en psicología, hace referencia aquí al aspecto comunitario y es ampliamente utilizado por el Movimiento de Transición: es.wikipedia.org/wiki/Comunidad_de_transición

4 Hemos desarrollado el concepto de felicidad a partir de las aportaciones del libro Desarrollo a Escala Humana. Conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones; Max-Neef, Manfred; 1998, Icaria Editorial. Para un primer acercamiento, consultar: es.wikipedia.org/wiki/Necesidades_humanas_fundamentales

5 La Dotación Incondicional de Autonomía (DIA) tiene como objetivo fomentar diálogos y debates sobre lo que significa «vivir conjuntamente» y sobre la forma de crear «más vínculos» sin que por ello haya que crear «más bienes». Ver Proyecto Decrecimiento. Manifiesto por una Dotación Incondicional de Autonomía (DIA); VV. AA.; 2014, Icaria Editorial.

Tanques de tormenta

Depósitos de despropósitos

(ver fe de errores al pie)

Es por todxs conocida la amplia tradición del Estado Español en la construcción de grandes infraestructuras. En las últimas décadas hemos alcanzado el «top ten» mundial en kilómetros de autopistas, alta velocidad o número de aeropuertos. Pero esta afición por el hormigón nos venía ya de lejos. Como dijo una vez Antonio Alcántara «con la de pantanos que ha hecho Franco, igual hasta me toca inaugurar uno, ¿te imaginas, Merche?». Y es que somos capaces, a base de ingeniería y metros cúbicos de cemento,  de hacer de una región de interior como Extremadura, la comunidad con más kilómetros de costa del país.

El problema es cuando llega un momento en que hay que hacer frente al coste de este desvarío, y nos enteramos de que nos toca pagárselo a escote a los bancos europeos a base de recortes en servicios básicos. Es entonces cuando los malos gobiernos, para seguir haciendo de las suyas, necesitan justificarse y esconderse, metiendo bajo tierra esos grandes monumentos  para que no nos los crucemos de camino a la cola del paro.

Este es el contexto en el que surge, en los últimos años, una gran afición por la construcción de tanques de tormenta. Se trata de grandes depósitos capaces de albergar decenas de miles de metros cúbicos de agua en el centro de las ciudades y bajo tierra. Su función es albergar una parte de la escorrentía del agua de lluvia cuando tenemos eventos de tormenta extremos. El agua queda almacenada por un tiempo, para posteriormente ser bombeada a la red de saneamiento poco a poco.

En los últimos años se han construido en el área metropolitana de Sevilla  algunos ejemplos de estas infraestructuras en Tomares, Dos Hermanas, Alcalá de Guadaira y la Alameda de Hércules, y está previsto, tan sólo por EMASESA, la construcción de al menos cuatro tanques más, con un coste inicial aproximado de 42 millones de euros. ¿Y esto es mucho o poco? Pues depende…

EMASESA cuenta, a diciembre de 2014, con una deuda total de 238 millones de eurosi y unos ingresos anuales de unos 155 millones. A principios de 2015, la empresa de aguas estaba ultimando con La Caixa la firma de un crédito de hasta 200 millones de euros, que servirá para refinanciar una parte de su actual deuda, y afrontar una ampliación de 58,5 millones más en su plan de obras, lo cual permitiría, entre otras cosas, acometer las obras de los tanques de tormenta previstosii.

Los planes de obras se financian con la implantación de «cánones», que son cobrados directamente a los ciudadanos a través de la factura. En la actualidad se cobran tres cánones: dos de ellos sirven para financiar a EMASESA, y el tercero pasa a la Junta para financiar solidariamente infraestructuras de depuración en la comunidad autónoma.

Uno de los problemas a los que nos enfrentamos en este sentido, es el  número de pequeñas poblaciones que no cuentan aún con sistema de depuración para aguas residuales, ni capacidad para financiarlos por sí solas, generando focos de contaminación en los ríos andaluces. EMASESA, siendo el sistema más importante de Andalucía, se deduce casi 5 millones de euros al año en este canon, lo cual repercute en la dificultad para financiar obrasque han sido declaradas de interés para la comunidad autónoma por el gobierno andaluz. Y es necesario señalar, que la falta de infraestructuras para la depuración, supone un incumplimiento de la Directiva Marco del Agua sancionable por parte de Europa.

No obstante, en el año 2012 se aprobó a nivel estatal el RD Real Decreto 1290/2012, que regula el tratamiento de aguas de tormentas, introduciendo la necesidad de regulación de las mismas para evitar desbordamientos de sistemas de saneamiento.  Y es cierto que existe la necesidad de hacer una mejor gestión de estas aguas, ya que los procesos de urbanización de las últimas décadas han provocado grandes modificaciones en la capacidad natural del suelo para retener e infiltrar las aguas pluviales, especialmente a causa de la impermeabilización de superficies y la canalización y soterramiento de las redes de drenaje natural.

Esta alteración tiene como consecuencias inmediatas un aumento importante del volumen y la velocidad de las aguas de escorrentía, que aumenta el número y gravedad de las inundaciones y sobrecarga las redes de saneamiento, convirtiéndose también en una fuente de contaminación difusa. La pregunta es, ¿son los tanques de tormenta la mejor solución a estos problemas? Desde nuestro punto de vista, no. Estas infraestructuras se diseñan con una gran capacidad para albergar la máxima lluvia en un determinado periodo, por lo que se prevé que una vez cada 10 o 25 años se le sacará el máximo rendimiento a la inversión realizada.

Pero existe otra manera de hacer frente a esta cuestión, los denominados Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). La filosofía de los SUDS consiste en reproducir, en la medida de lo posible, el ciclo hidrológico natural previo al proceso urbanizador, tratando con ello de disminuir la cantidad y mejorar la calidad de la escorrentía, maximizando la integración paisajística y el valor social y ambiental de las intervenciones realizadas.

A través de un conjunto de intervenciones como jardines de infiltración, estanques de retención o pavimentos permeables, las aguas son infiltradas para alimentar a los acuíferos cercanos, las vías fluviales próximas y la vegetación circundante, incorporando sistemas naturales de depuración que mejoran la calidad ambiental de la ciudad.

De esta manera, además de disminuirse los costes de inversión inicial y el impacto ambiental de las medidas,  los beneficios de estas inversiones repercuten en la mejora de la calidad de vida y el medio ambiente urbano, multiplicando así la relación coste-eficiencia de las inversiones realizadas.

Entendemos por tanto necesario promover modelos de planificación integrada del agua y el suelo que incorporen estos sistemas, con una visión de conjunto de los servicios y los ecosistemas de los que se toma y a los que se vierte el agua. Para ello es necesario revisar los Planes Especiales de Infraestructuras de las Sub-cuencas Urbanas del sistema, con el objetivo de dar solución a la problemática de los eventos de tormenta mediante  la priorización, frente a los tanques de tormenta,  de los  Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). Con un coste sustancialmente inferior, estos sistemas permitirán disminuir los impactos de la urbanización sobre la cantidad y calidad del agua de escorrentía, mejorar la capacidad de recarga de los acuíferos y  producir beneficios en términos paisajísticos y de biodiversidad.

Fe de errores:
En el artículo publicado en el nº 11 de El Topo titulado “Tanques de tormenta. Depósitos de despropósitos”, afirmábamos que una parte de la deuda de EMASESA proviene de préstamos concedidos en base a la venta de derechos sobre el conocido “canon de mejora”, y argumentábamos que este canon, recaudado a través de la factura del agua, era el instaurado por la Junta de Andalucía para financiar solidariamente los problemas de depuración en la comunidad autónoma.

Existe en esta afirmación una confusión entre los tres cánones que son cobrados a través de la factura de EMASESA. El “canon de mejora local” (1994) y el “canon de mejora de infraestructuras de gestión integral” (2008) son gestionado directamente por EMASESA. Sobre el primero de ellos se realizó en 2002 una venta de derechos por parte de la empresa para la adquisición de crédito, y el segundo ha permitido financiar obras por 133,9 millones de euros en el último periodo. El conocido como “canon autonómico de depuración” (2011), es el que pasaría directamente a la Junta de Andalucía para su gestión, y sobre él existe para EMASESA una deducción de 4,8 millones de euros al año hasta 2028. No obstante, no parece que la empresa haya hecho ninguna operación de crédito avalada por este último canon. (Fuente: EMASESA, Cuentas anuales a 31 de diciembre de 2014).

Esta información será corregida próximamente en la edición digital de El Topo.

i Fuente: EMASESA, cuentas anuales a 31 de diciembre de 2014 e informe de gestión del ejercicio 2014.

ii Fuente: “Nuevos tanques de tormentas”, andaluciainformacion.es, MJ Florencio, 24/02/2015.

¿Será por criminalizar?

La bicicleta en el punto de mira

La probabilidad de morir en un atropello de un coche que circula a 50 km/h es del 85%. Todos los años mueren en España alrededor de 400 personas atropelladas. En el mundo mueren al día 750 personas a causa de los atropellos. Es como si se estrellaran dos aviones de pasajeros al día.

Sin embargo, «la Cátedra Española de Seguridad Vial y Movilidad del Instituto Internacional de Ciencias Políticas ha advertido hoy de que la “permisividad” con las bicicletas genera “situaciones de riesgo” en ciudad, y ha propuesto que los ciclistas lleven matrícula y casco y que cuenten con un seguro obligatorio». Así empieza la noticia publicada recientemente en Noticias de Navarra1 y recogida por otros medios de comunicación como 20minutos o Telecinco.

El informe completo de la mencionada «cátedra» es la antítesis de lo que debe ser un informe científico, sin un solo dato objetivo y numerosos juicios de valor expuestos sin la más mínima prueba o evidencia. Para colmo, incluye recomendaciones que atentan directamente contra derechos fundamentales de las personas del tipo «la exigencia de número de ciclista, que podría portar con visibilidad suficiente en el dorsal del chaleco obligatorio, casco, etc. Hay ejemplos en el derecho comparado…» (especialmente en la Alemania nazi, cabría añadir).

La noticia no tendría mayor trascendencia si no fuera porque la presidenta de la autodenominada «cátedra» no es sino la directora de la DGT, María Seguí, máxima responsable de la redacción del próximo Reglamento General de Circulación. Y que otros «profesores» de la misma son los directores generales de tráfico de Cataluña y el País Vasco, el general jefe de la Guardia Civil de Tráfico, el inspector jefe de la Policía Municipal de Madrid, la directora del Observatorio Nacional de Seguridad Vial, el subdirector general de Gestión de Tráfico y Movilidad de la DGT y el subdirector general de Normativa y Recursos de la DGT. Además de don Jesús Gasanz, director general de Audi España, y otras personalidades, entre las que destacan los portavoces de la Comisión de Seguridad Vial del Congreso de los Diputados de todos los grupos parlamentarios (PP, PSOE, IU, PNV, CiU, Esquerra y grupo mixto), así como prestigiosos juristas, como todo un señor magistrado del Tribunal Supremo y ex Fiscal General del Estado, o todo un señor magistrado del Tribunal Constitucional.

Estamos, pues, ante un organismo que, al menos sobre el papel, representa a todas las «fuerzas vivas» de la política de seguridad vial del Gobierno, así como a los portavoces sobre este tema de todo el arco parlamentario (algunos de ellos con posiciones públicamente contrarias al casco ciclista obligatorio, lo que introduce dudas acerca de la metodología de la «cátedra» a la hora de elaborar sus comunicados) y destacados juristas.

Por otro lado, el Consejo de Estado considera que «la vida de las ciudades se verá ralentizada con la reducción del límite a 30 km/h» y alerta de que puede provocar «el colapso de las ciudades». Es lamentable que el Consejo de Estado confunda la velocidad máxima con la velocidad media, que es la que importa a la hora de saber cuánto tardamos en llegar a nuestros destinos: en los centros de las ciudades, típicamente, alrededor de 20 km/h. Reducir la velocidad máxima permitida no ralentiza la circulación ni colapsa nada, muy al contrario: mejora la gestión del tráfico, cuando este es denso, y aumenta la fluidez. La chocante y anacrónica afirmación del Consejo de Estado según la cual «ahora mismo es inviable el modelo sostenible propuesto de abandonar el automóvil y fomentar el uso de la bicicleta» nos parece muy grave proviniendo de la institución de la que viene. Si no ha llegado todavía el momento de fomentar el uso de formas saludables de desplazarse en la ciudad, entonces, ¿cuándo cabe esperar que llegue? ¿Llegará cuando las ciudades definitivamente se colapsen, víctimas del actual modelo insostenible, peligroso, antieconómico y socialmente perjudicial protagonizado por el automóvil privado? ¿Por qué la hora de la bicicleta, de la sostenibilidad y del sentido común sí ha llegado al resto de países de Europa y no al nuestro? Algunos organismos internacionales tienen las ideas mucho más claras y están proponiendo una reducción generalizada de la velocidad del tráfico rodado2.

Nos encontramos ante una serie de maniobras preocupantes, si no exactamente por su contenido (las posibilidades reales de que dichas propuestas prosperen son, a medio plazo, bastante escasas) sí por lo que podría significar. Y es que se está desarrollando desde instancias muy poderosas y con evidentes intereses económicos una campaña demencial para criminalizar a la bici en nuestras ciudades y para avivar un irrelevante conflicto entre ciclistas y peatones.

El auge de la bicicleta como medio de transporte se ve por las aseguradoras como una oportunidad de negocio para vender seguros de responsabilidad civil por un precio desorbitado, casi 100 euros al año, cuando en A Contramano tenemos un seguro de ese tipo para nuestros socios y socias cuya cuota asciende a 6 euros al año. No es una estrategia que pueda durar mucho y, en todo caso, el seguro para bicis nunca alcanzará las cifras de negocios del seguro obligatorio para coches. Para las compañías automovilísticas, el problema es más grave dada la popularidad de la bicicleta entre las generaciones más jóvenes, que significativamente están dejando de considerar al automóvil como un cacharro útil que merece ser comprado.

Además, hay otro aspecto más indirecto aunque no de menos importancia. La bici, y la filosofía que representa, es la antítesis de la economía acelerada y destructora que se nos pretende imponer. Muy al contrario, la bicicleta es la muestra más palpable de que las cosas se pueden hacer de otra manera más eficaz, ambientalmente respetuosa y generadora de felicidad, al mismo tiempo que contribuye a mejorar sensiblemente la calidad de vida en nuestras ciudades. No obstante, hay algo que la bicicleta no hace: generar flujos económicos inmensos hacia las aseguradoras, las compañías automovilísticas y las grandes empresas constructoras. Algunos ven esto con muy malos ojos.

1 http://www.noticiasdenavarra.com/2015/02/05/sociedad/estado/piden-que-los-ciclistas-en-ciudad-lleven-matricula-casco-y-tengan-seguro

2 http://8-80cities.org/images/res-walking-cycling-articles/livable-streets-30k.pdf

Debate sobre el Dragado del Guadalquivir: Castreño y del Moral

Audio de Radiópolis con un debate de excepción, y de honduras: el muy controvertido dragado del Guadalquivir; sobre el que opinan ni más ni menos que:

  • la presidenta del puerto, Carmen Castreño, máxima defensora de la actuación;
  • y uno de los expertos más visibles en la oposición a la misma, Leandro del Moral, catedrático de la Universidad de Sevilla, en la que dirige el Departamento de Geografía Humana, y reputado especialista en materia de aguas. 

En fin, que el lance fue de lo más interesante y las conclusiones lo mismo. Aquí lo teneis: https://archive.org/details/MilCabezas248130415DragadoDelGuadalquivirConCastreoYDelMoral   Y aún más habida cuenta de que, por lo que hemos podido saber, esta es la primera vez que la presidenta de la Autoridad Portuaria de Sevilla interviene en un medio de comunicación ante un opositor al dragado. Os dejamos aquí tambien la web de la emisora, #RadiopolisSeQueda. ¡Gracías compas!      

Rebelión en las cocinas y los campos

Por una recampesinización ecofeminista

Comer es un acto cotidiano imprescindible para vivir. Sin duda, una vida que merezca ser vivida necesita mucho más que comer, incluso que comer bien. Pero también es cierto que una buena vida solo es posible si ponemos cuidado, respeto, tiempo, amor, esfuerzo y sabiduría en lo que comemos, en quién y cómo elabora lo que comemos, con quién y dónde comemos...

Algo aparentemente tan simple esconde una profunda rebelión contra el (des)orden establecido… Tras la alimentación y el sistema agroalimentario globalizado de supermercados, alimentos prefabricados y campos sin gente, se esconde un profundo desprecio a la naturaleza, a lo rural-campesino y a los cuidados, entre los que se encuentran cocinar y dar de comer. Para hacerle hueco aquí y ahora a una vida que merezca ser vivida necesitamos modificar los criterios de valoración social imperantes que desprecian lo fundamental y valoran lo superfluo.

El desprecio antropocéntrico de la naturaleza

Hemos dejado de respetar los límites éticos para destruir la naturaleza al considerarla un mero recurso apropiable al servicio de la especie humana, concebida como el centro de todas las cosas. Hemos sobrepasado los límites biofísicos del planeta, imponiéndose una dinámica económica basada en el crecimiento que destruye nuestro entorno y requiere el consumo creciente de energía y materiales, generando cada vez más residuos.

La industrialización agroalimentaria, tanto en los campos como en las cocinas, ha sido promovida por esta lógica antropocéntrica del crecimiento económico. Alimentarse es, cada vez más, una actividad dependiente del mercado a costa de la destrucción de los agroecosistemas. La agricultura y la ganadería dependen de la compra de insumos industriales a empresas multinacionales e incorporan lógicas y manejos productivistas y destructivos. Para alimentarnos acudimos a supermercados a comprar alimentos exóticos, enlatados, congelados, precocinados… que han recorrido distancias de hasta miles de kilómetros y de los que se ignora quién, dónde y cómo han sido producidos. Comer es cada vez más un acto ostentoso vinculado a una dieta insostenible basada en la proteína animal.

Necesitamos una nueva ética ecológica que coloque el cuidado de la vida, de todas las vidas, en el centro. Alimentarnos respetando los ritmos de la naturaleza, dentro de los límites de nuestro entorno, es un desafío urgente para reconquistar nuestro futuro. Aproximarnos a quienes cultivan, reducir los kilómetros que recorre la comida, comer más verduras y frutas, menos carne… implica cuidarnos y cuidar nuestro planeta.

El desprecio etnocéntrico del campesinado

La mirada etnocéntrica ve otras culturas, saberes y pueblos como inferiores. El mito del desarrollo coloca en el centro de la valoración social lo urbano e industrial, despreciando lo rural y campesino que se concibe como atrasado, ignorante, sin valor. Este desprecio ha sido central para minar la resistencia campesina e impulsar la industrialización agroganadera presentada como alternativa científica superior al manejo campesino de la biodiversidad.

De esta forma, la agricultura y la ganadería, desarticuladas, se han transformado en abastecedoras de materia prima y en un mercado de insumos industriales, desempeñando un papel subordinado imprescindible para financiar el proceso de crecimiento urbano e industrial.

La retórica del desarrollo impulsa también cambios en las pautas de consumo alimentario. Se abandonan las dietas adaptadas a la temporalidad y lo local para imponer dietas basadas en la proteína animal y los alimentos industriales.

Necesitamos una estrategia de recampesinización, como propone la agroecología, para actualizar tanto la racionalidad ecológica como los valores comunitarios y cooperativos de cohesión social de las comunidades campesinas. Cultivar, trabajar la tierra, producir lo que nos alimenta son trabajos fundamentales para la sostenibilidad de la vida que deben estar en el centro de nuestra valoración social.

El desprecio androcéntrico de los cuidados y lo femenino

El sistema sexo-género patriarcal adscribe roles jerarquizados a hombres y mujeres despreciando lo femenino. El ecofeminismo desvela y critica cómo los paralelismos simbólicos femenino-naturaleza y masculino-cultura legitiman la dominación de lo socialmente construido como femenino en la medida en que es asimilado a la naturaleza.

El orden patriarcal desprecia e invisibiliza los trabajos domésticos y de cuidado en los hogares pese a ser esenciales para la sostenibilidad de la vida. Cocinar, hacer la compra, elegir las comidas cuidando la salud, dar de comer… son tareas feminizadas despreciadas. La falta de reparto del trabajo doméstico ha impulsado que las mujeres dediquen menos tiempo a alimentar, facilitando la industrialización de alimentos y cocinas.

Solo el trabajo remunerado en el mercado se concibe como «productivo» y se adscribe prioritariamente a los hombres, mientras las mujeres se hacen responsables de los trabajos invisibilizados «reproductivos». Esta cultura patriarcal dificulta el mantenimiento de la vida, sobre todo la campesina, ya que las mujeres huyen de entornos con rígido control social, como los rurales, donde el papel que les toca es el de subordinadas e invisibilizadas en vidas ajenas y no el de dueñas de sus propias vidas. Las mujeres, también en la ciudad, huimos de las cocinas cuando la totalidad del trabajo en casa es nuestro y nos tenemos que enfrentar a la doble (o triple) jornada.

Necesitamos construir nuevas masculinidades y feminidades que nos permitan a mujeres y hombres compartir todos los trabajos, en los campos, en las fábricas, en las oficinas, en las calles, en las casas… y que todxs podamos desarrollar proyectos vitales propios, decididos de forma autónoma. Necesitamos, sobre todo, compartir las cocinas y los trabajos domésticos como los trabajos esenciales para una buena vida y que así sea más fácil compartir también el empleo.

Hacia una recampesinización ecofeminista

Para el ecofeminismo, la sociedad y la economía deben orientarse a la sostenibilidad y el cuidado de la vida. Ello implica concebir lo agroalimentario como una de las actividades de mayor valía y reconocimiento sociocultural, económico y político. Para la agroecología, la agricultura y la ganadería campesina deben recuperarse como trabajos centrales de nuestras sociedades. Para ello, necesitamos la recampesinización y la feminización de la sociedad para que los cuidados —entre ellos, alimentarnos— se coloquen en el centro, compartidos por hombres y mujeres, como estrategia de cambio civilizatorio. Necesitamos una recampesinización ecofeminista, no solo de lo rural y agroganadero, sino también de las ciudades y los hogares, recolocando la sostenibilidad y el cuidado de la vida en el lugar sociocultural, económico y político que le corresponde. Necesitamos juntarnos, organizarnos y reapropiarnos de forma colectiva de nuestra alimentación creando alianzas agroecológicas y ecofeministas. No siempre es fácil, pero lo que tenemos en juego merece la pena. Muchos grupos de consumo, cooperativas, mercados sociales, redes agroecológicas ya lo están haciendo… ¡apúntate!

Si tú me dices «pan»…

¡te digo artesano, ecológico y local!

Dice la Real Academia Española de la lengua que el pan es una «porción de masa de harina, por lo común de trigo, y agua que se cuece en un horno y sirve de alimento». Lo que no dice la RAE es que el pan es también historia y tradición, alquimia, industria y tecnología y… política.

Desde el cultivo de cereales seleccionados por generaciones de campesinas, pasando por la cosecha, la molienda, la panificación, hasta que el pan llega a las bocas, se esconde todo un mundo. Para desmigajar el pan hemos viajado desde las harinas y levaduras, hasta las mesas de las consumidoras, pasando por obradores, hornos, cooperativas, grupos de mujeres… preguntado a quienes más saben de él, algunxs panaderxs artesanxs.

Pero… ¿de dónde viene el pan?

Básicamente de la harina y el agua. Los derroteros del agua los dejamos para otra ocasión, pero el origen de la harina puede depender mucho. El pan industrial se basa en harinas refinadas1 de trigo cuyas semillas han sido hibridadas para sacar el mayor rendimiento y la mayor resistencia al antojo de la agroindustria. A estas se añaden aditivos para que el pan se cueza antes, absorba más agua, crezca más… en definitiva, para que sea más rentable económicamente, aunque llegue a tener hasta tres veces más gluten. Para rematar, los costes de producción del pan industrial son enormes debido al gasto energético para su congelación y envasado.

Sin embargo, por suerte, no es este el único pan que existe. En Sevilla, por ejemplo, hay panaderxs artesanxs que nos recuerdan a qué sabe y huele el pan y cómo puede contribuir a nuestra salud y a la del planeta.

¡Otro pan es posible!

En los últimos tres años han surgido en el centro de Sevilla diversas iniciativas en torno a la fabricación de pan. Experiencias como las de Isana e infraestructuras como el horno del Huerto del Rey Moro han inspirado a personas o colectivos para hacer pan artesano y ecológico y venderlo localmente. Entre ellas, hemos hablado con Juan, Sergio y Natalia2; con María, Elia y Nacho3; y con Vivi4.

Todas compran harinas ecológicas integrales o semiintegrales de trigo, espelta y/o centeno en el Molino de San José, uno de los últimos molinos de Coín que solo compra granos nacionales, reduciendo así el impacto ambiental del proceso.

Aunque antiguamente el pan blanco era el preferido de las clases altas que se podían permitir el refinado, hoy en día los de harinas oscuras, sobre todo de espelta, al ser más sanos, son más demandados. De hecho, hay una historia curiosa tras la espelta. Por una parte, en 2013, las lluvias afectaron a las cosechas del centro de Europa mientras la demanda aumentaba gracias a los consejos de las nutricionistas. Por otra, aunque en 2014 la producción en España ha aumentado exponencialmente, las grandes harineras, viendo el negocio, se han hecho con la mayor parte de la producción, haciendo que el precio aumente cerca de un 50% en pocos meses, lo que explica que algunas panaderxs estén dejando de utilizarla.

Respecto a las levaduras, algunas las compran a otras panderas y otras fabrican su propia masa madre. Todas coinciden en que al menos la harina y el aceite de oliva han de ser ecológicos para vender el pan como tal, y el resto de los ingredientes como semillas, nueces, etc., han de ser preferiblemente locales y de producción natural (que no necesariamente certificada oficialmente). Hasta la energía utilizada, si el pan se cuece en horno de leña con restos de la poda, puede hacerlo aún más ambientalmente amable y… ¡políticamente sensible!

¿Cómo que el pan es político?

El pan también puede ser político por las motivaciones de sus productoras y consumidoras. Las de las primeras van desde el autoempleo a la satisfacción personal, la salud o como complemento a un proyecto gastronómico más amplio, pero todxs tienen cuatro cosas en común: que el pan les atrapó («el pan te elige a ti»); que consideran que es un producto básico que debe tender a la mejor calidad posible sin convertirse en algo accesible solo a las élites; que les llena y motiva el contacto directo con las personas que comen su pan y lo valoran; y que hacer pan para ellxs es una forma de «soberanía laboral». El Obrador, por ejemplo, es una cooperativa de tres socias inseparable del proyecto en el que se aloja, Tramallol, con quien se retroalimenta. La Artesa nace de la asociación de dos panaderas y un maestro hornero que sienten que, por fin, están aterrizando sus ideas para cambiar el mundo a través de una actividad sencilla. El grupo de mujeres panaderas se reúne en torno a un horno socializado por Vivi, rescatando saberes familiares y leña de poda, inicialmente para hacer su propio pan y más tarde para comercializarlo, sorprendentemente y no por voluntad propia, solo a mujeres.

Quienes consumimos este pan nos hemos dado cuenta de que, a igualdad de peso, el precio del pan industrial es casi igual que el del ecológico. El modelo de producción industrial engorda sobre todo el bolsillo de unos pocos, pero, ¿a costa de qué y de quiénes? Las intolerancias al gluten se han multiplicado, aunque hay quien había dejado de comer pan y ha descubierto que este pan no le sienta mal. Sin embargo, las consumidoras no solo valoramos el sabor y lo saludable del producto, sino también que los proyectos que sustentan su pan estén basados en principios de economía social y que el proceso de producción sea ambientalmente sostenible.

Ahora sabemos que el pan puede venir de la vuelta de la esquina, donde panaderxs cuidadosxs amasan PANcientemente y amorosamente, harinas de trigos viejitos y ecológicos que alimentan cuerpos, mentes y luchas.

Otras preguntas quedan pendientes: ¿es posible algo como una «asociación de artesanos de pan ecológico y local de Sevilla»? ¿Llegaremos a encontrarnos a nuestras madres, abuelas, vecinas, amigas y no amigas en las panaderías artesanas?

¡Nos vemos en las ta… honas!

Referencias inspiradoras

1 De las tres partes que forman un grano de trigo, en la refinación se retiran las partes más susceptibles de ponerse malas (el salvado, que aporta sabor, olor y fibra) y aquellas que entorpecen el procesamiento industrial (el germen, que contiene lípidos y proteínas con enorme valor para la industria cosmética y dietética). Lo que queda es la reserva de energía de esa semilla: básicamente, almidón y proteínas que al mezclarse con el agua se transforman en gluten.

2 El Obrador: Pasaje Mallol, 22 / www.elobradordepasta.com

3 La Artesa: artesapanes@gmail.com

4 Vivi participa en un grupo de mujeres panaderas: Tfno. de contacto: 671049055.

No nos toquen la roca madre

Este es el cuarto año que Ecologistas en Acción coordina la Ecomarcha, una iniciativa que ha conseguido que cambiemos la playa y la sombrilla, los viajes mochileros o las cervecitas en el barrio —al menos durante unos días— por unas vacaciones diferentes. Unas vacaciones en colectivo, en la naturaleza, en lucha. Y en bici. Este año, un pelotón vestido con camisetas amarillas se abre paso por las provincias de Palencia, Burgos, Cantabria y Gipuzkoa al grito de «no toquéis la roca madre». El objetivo: paralizar los proyectos de fracking que están sobre la mesa.

Empezando el día: todo a punto y bien organizado

Amanecemos en el polideportivo de Lizarra, en Navarra. Más de un centenar de personas se desperezan entre sacos de dormir, esterillas, alforjas y camping gas. Las idas y vueltas al baño se mezclan con los que ya empiezan a calentar el café. Hay quien —en un exilio voluntario— ha dormido al aire libre para no perturbar con sus ronquidos el descanso del resto del pelotón.

Las bicis han pasado la noche junto a la fachada. De la puerta principal, cuelga un gran trozo de papel continuo en el que se enumeran las tareas del día: limpiar el espacio, cargar la furgoneta, participar en el equipo de bicis-escoba, contar chistes… Junto a cada una, los nombres de las personas que se han apuntado para realizarlas. En otro papel leemos las actividades y el itinerario de la jornada. Más abajo, en rojo y con líneas gruesas, está dibujado el perfil de la etapa de hoy. Es la etapa reina, al parecer, la más dura de toda la Ecomarcha. Días más tarde comprobaremos que nos esperaban otras tan reinas como esta.

Empezaremos subiendo el puerto de Urbasa, que durante unos 10 km acumula un desnivel de 500 metros. Nos preguntamos qué querrá decir eso. La respuesta la obtendremos un rato más tarde, cuando nos veamos dando veinte pedaladas para avanzar medio metro. Plato chico y piñón grande. Después descenderemos hasta Olazti, donde pasaremos la noche. Tenemos por delante 45 km y 8 millones de pedaladas.

Comenzamos

Mientras parte del pelotón comienza la marcha, otra se queda rezagada poniendo a punto las bicis. Menos mal que en el equipo hay personas expertas en mecánica que nos echan un cable y nos revisan los frenos. Quienes van en la cabecera van dejando pegatinas amarillas para indicar el camino. Las bicis-escoba cierran el pelotón, adaptándose a diferentes ritmos y apoyando a quienes pinchan o tropiezan.

Tras subir el puerto de Urbasa, hacemos una paradita para coger aire en el balcón de Pilatos y contemplar el paisaje de roca caliza. Un poco de agua, unas fotos, y continuamos la marcha bajando hasta la Fuente de los Mosquitos, donde nos espera una chistorrada y pimentada cocinada en un horno solar. Nos cuentan que el lugar en el que estamos es un ejemplo de cómo se puede gestionar el territorio y utilizar sus recursos, sin que la propiedad de la tierra sea necesariamente privada o estatal. Se trata de una tierra de tenencia y uso comunal, en la que algunos de sus vecinos y vecinas están apostando por una ganadería ecológica. En días anteriores, la Ecomarcha ha conocido otros lugares en los que, como en este, se dibujan alternativas al abandono del campo. Así nos lo explica Ana, coordinadora de esta edición, quien nos habla de la Finca Ecológica Biodinámica de Castilla Verde, en Frómista, y del proyecto integral del pueblo ecológico de Amayuelas, experiencias que apuestan por el impulso de un mundo rural vivo.

Después de una siesta en el hayedo, aprovechamos los tramos llanos para ponernos al día. Entre pedalada y pedalada, charlamos en busca de algo más de información sobre el fracking, un concepto que no alcanzamos a comprender del todo. Nos cuentan cómo activistas locales de las zonas en las que el fracking es una amenaza inminente, (Palencia, Burgos o Cantabria) les han explicado el funcionamiento de esta técnica de extracción de gases, también conocida como fractura hidráulica. A grandes rasgos, consiste en la perforación de la corteza terrestre hasta profundidades de entre 400 y 5000 metros, en donde se encuentran los gases «no convencionales ». Para que nos entendamos, gas natural y petróleo, pero que en lugar de estar concentrados en bolsas, se encuentran diseminados entre las rocas. Se utilizan explosivos para provocar pequeñas fracturas, en las que se inyectan miles de toneladas de agua a muy alta presión, mezcladas con arena y aditivos químicos. Esta técnica tan agresiva provoca graves impactos en el medio ambiente, como la contaminación de los acuíferos, movimientos sísmicos o la salida a la superficie de elementos radiactivos y metales pesados que provienen de la roca madre. Nos estamos quedando sin aire, así que hacemos un pequeño esfuerzo por subir este repecho.

Paramos en un bar y seguimos la conversación, ahora cerveza en mano. Nos cuentan que estuvieron en un patatal en Castrobarto (Burgos) con el grupo local antifracking, lugar señalado para uno de los sondeos de fracturación hidráulica. El hecho de recibir la visita de unos cien activistas en bici, les llenó de energía para seguir defendiendo su territorio. Ahora ya no se sentían tan aisladas.

Fin de la ruta y más: ¡Incineradora no!

Continuamos el camino en dirección a Olazti, municipio en el que una cementera ha obtenido el permiso para quemar residuos. La gente del pueblo lleva varios años organizándose para tumbar el proyecto. Una de las alternativas a la incineradora es la reducción de residuos, para lo que se ha implementado un controvertido pero eficaz sistema de recogida de basuras, el «puerta a puerta», que consigue pasar del 20% al 80% de residuos reciclados. Marchamos en masa por las calles del municipio vecino de Altsatsu, sumándonos al grito reivindicativo de «Ez, Ez, Ez, Errausketarik Ez» (no a la incineradora).

El día ha sido intenso, estamos agotadas y necesitamos reponer energías. En Altsatsu nos han preparado una enorme paella vegana que devoramos alrededor de un par de mesas en las que cabemos todos y todas. Seguimos aprendiendo de unas y otros, dándonos cuenta de cómo hay personas que repiten la experiencia por cuarta vez. ¿El secreto? Quizá la mezcla: conocer lugares y los colectivos que cotidianamente pelean por mejorarlos o paralizar las amenazas latentes contra el territorio y sus habitantes. Y tal vez el hecho de sentirse parte de una iniciativa que cose luchas, que acerca territorios, notar cómo cada kilómetro recorrido sobre la bici es una puntada más, que nos acerca y nos hace fuertes.

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Foto de Paula Álvarez

Redes de Semillas.

Alimentación y resistencia en tiempos de crisis

Son tiempos de cambios. De la insatisfacción con un modo de vida cada vez más alejado de la naturaleza hemos pasado en poco tiempo a la indignación generalizada debido al empeoramiento de las condiciones sociales y económicas.

El pan nuestro de cada día

Cada vez es más sofocante la presión que ejerce el capital sobre las personas, negándonos el derecho a la educación, a la salud, a un trabajo y a una vivienda dignos… De entre todas las presiones que ejerce el sistema sobre nuestra calidad de vida, hay una que es literalmente de «vital importancia» pero que se desarrolla mediante unos mecanismos tan sutiles que pasa en gran medida desapercibida en nuestra sociedad. Nos referimos al derecho a la alimentación.

Cada día aumenta el número de familias que tiene que acudir a instituciones de emergencia social para poder comer. A escala global, el acceso a la alimentación sigue siendo el primer problema de la humanidad. Un problema que no para de aumentar y que ha superado por primera vez los mil millones de personas que no alcanzan a comer al día la cantidad mínima de alimentos necesaria para sobrevivir. No es un problema de escasez, sino de distribución y acceso a los recursos: en la actualidad también se siembra y se cosecha más que nunca en la historia humana. La concentración del poder corporativo en la agricultura ha llegado a ser tan grande que tan solo un puñado de compañías controla el mercado. A esto hay que unir las enormes compras de tierras protagonizadas por fondos de inversión y determinados gobiernos.

Ante esta situación, las personas concienciadas sobre estos temas en la sociedad civil nos estamos organizando en torno al concepto de Soberanía Alimentaria, que podemos resumir como tener los recursos necesarios para seguir produciendo localmente alimentos sanos, ricos y en abundancia1, ya sea cultivándolos nosotros mismos o comprándoselos a lxs pequeñxs agricultorxs que tengamos cerca. Para esto, es importante contar, además de con tierra y agua, con buenas semillas y con los conocimientos necesarios para cultivarlas.

El acceso a las semillas y los conocimientos se vuelve cada vez más complicado: dos de cada tres semillas que se comercializan en el mundo son propiedad de tan solo diez empresas, aumentan las restricciones para poder utilizar y compartir las variedades tradicionales, el conocimiento está siendo privatizado mediante leyes de propiedad intelectual y las grandes corporaciones gastan ingentes cantidades de dinero para conseguir llenar nuestras mesas de organismos genéticamente modificados (OGM).

Plantando cara al poder

Pero no se lo vamos a poner fácil. Desde hace unos pocos años están surgiendo por todos sitios respuestas organizadas empeñadas en construir una Soberanía de las Semillas. Son pequeñas redes locales que van formando alrededor del mundo un tejido de lucha, solidaridad y apoyo mutuo para la defensa de las semillas y el conocimiento tradicional.

Nosotrxs lo estamos haciendo desde la Red Andaluza de Semillas «Cultivando Biodiversidad» (RAS). Un colectivo de personas que desde hace más de 10 años estamos empeñados en hacer frente a la pérdida de biodiversidad agrícola y en la recuperación del saber campesino tradicional. Entre nosotrxs —de manera individual o como pequeños grupos locales— hay agricultores y hortelanas, consumidores y técnicos, y tenemos en común la creencia de que es posible el desarrollo de una agricultura en armonía con nuestro entorno y nuestra salud.

Trabajamos de forma voluntaria, facilitando el acceso, el cultivo y el intercambio de las semillas entre los agricultores y concienciando a la sociedad de la necesidad de conservar la biodiversidad agrícola. Promovemos que las personas consumidoras conozcamos las variedades locales, recuperando la tradición cultural y popular ligada al patrimonio genético cultivado andaluz y apoyando la creación de empleo a través de la producción y el comercio a escala local.

La RAS defiende ante las instituciones públicas el desarrollo de políticas destinadas a devolver a los agricultores el derecho a sembrar e intercambiar sus semillas como la mejor forma de evitar que se pierdan nuestros recursos genéticos. Es algo importante, solo si contamos con variedades de cultivo adaptadas a nuestras condiciones y recursos locales será posible generalizar las prácticas agroecológicas de producción y mantener nuestros alimentos libres de transgénicos.

¿Qué hacemos?

Nuestra apuesta más fuerte es la Red de Resiembra e Intercambio (ReI) con la que facilitamos todos los años que se intercambien cientos de variedades entre muchas personas que se dedican a la agricultura, por afición o profesionalmente, por toda Andalucía.

Además, desde la RAS estamos promoviendo y participando continuamente en actividades por todos los rincones de la geografía andaluza. Una con la que disfrutamos especialmente es la Feria Andaluza de la Biodiversidad Agrícola. En esta feria, de carácter anual, damos a conocer la gran diversidad de nuestras variedades locales de cultivo y tenemos espacios reservados para el intercambio de semillas y para compartir experiencias y conocimientos. Cada año la celebramos en diferentes lugares de Andalucía y este año lo haremos en Galaroza (Huelva) en septiembre.

Investigamos y nos formamos de forma participativa. Compartimos conocimientos organizando jornadas, degustaciones, talleres y publicando manuales y estudios. Tenemos fichas descriptivas sobre las variedades locales y sobre el conocimiento tradicional que vamos conociendo mediante el trabajo con nuestras personas mayores. Defendemos que el conocimiento, al igual que las semillas, es un patrimonio al que todas las personas deben tener acceso, por eso nuestras publicaciones están libres de propiedad intelectual y se pueden descargar gratuitamente en nuestra página web.

Sabemos que nos queda mucho por hacer y que avanzaremos más si compartimos el trabajo. Por eso hemos establecido alianzas con otras organizaciones de ámbito andaluz que defienden la Soberanía Alimentaria, que trabajan por promover la producción agroecológica y el consumo responsable o que luchan contra el cultivo y uso de los OGM.

En la RAS formamos parte de la Red de Semillas «Resembrando e Intercambiando» (RdS), que es una organización descentralizada de carácter técnico, social y político que agrupa a diferentes redes del Estado español. Dentro de la RdS nos organizamos por grupos de trabajo que facilitan que todas las redes podamos beneficiarnos de las experiencias que se desarrollan en cada territorio. A través de la RdS también ampliamos nuestro espacio, manteniendo un gran número de relaciones con redes y grupos a nivel estatal, europeo e internacional, especialmente en América Latina.

Si después de leer esto te quedas con ganas de conocernos más, puedes visitar nuestras webs (www.redandaluzadesemillas.org) y (www.redsemillas.info) o ponerte en contacto con nosotros en info@redandaluzadesemilas.org.

1 Podéis ver las definiciones de Soberanía Alimentaria y Agroecología en Los movimientos campesinos, mirando desde lo local la fuerza global, El Topo 4, p. 5.

5 SOSTENIBILIQUE 1

Los movimientos campesinos, mirando desde lo local la fuerza global

Cada vez somos más las personas que buscamos en nuestro cotidiano un contacto directo con el campo, con sus olores, formas, sabores y también con sus saberes. Aquellos saberes que solo la observación de la naturaleza te transmite y te traslada en el intento de entenderte parte de algo… que eres capaz de admirar y aprender. Desde ahí llegan las voces de personas antiguas, mujeres y hombres que han lidiado día a día, generación tras generación, con la propia vida, su dureza y su belleza.

Desde hace 20 años, las asociaciones que constituyen la Universidad Rural Paulo Freire, 11 sedes actualmente repartidas a lo largo y ancho del territorio nacional, pretenden visibilizar los trabajos, las labores y el propio patrimonio de los entornos rurales. Queremos valorar, investigar, en su caso rescatar y adaptar, pero, sobre todo, compartir los saberes. Pretendemos que mujeres y hombres en los rincones de la ruralidad puedan sentirse miradas y tenidas en cuenta porque a ellas, a todas esas personas, les debemos parte de nuestra propia historia. Y es en esa historia donde queremos centrar la base de este artículo, nosotras, mujeres de las universidades rurales afincadas en diferentes territorios de Andalucía queremos alzar nuestras voces y la tinta para contaros, desde nuestras vivencias y deseos, qué defendemos:       

La soberanía alimentaria1, basada en el consumo de alimentos sanos y seguros para todos los pueblos según sus necesidades y cultura, que permita a las campesinas y campesinos poder cultivar la tierra y alimentarse de ella, sin soportar las presiones del modelo capitalista bajo el yugo de los mercados internacionales, favoreciendo los recursos naturales, priorizando la biodiversidad local y el patrimonio cultural y etnográfico. La construcción y la lucha paralelas por este relativamente nuevo marco de referencia, nos está ayudando a las organizaciones y movimientos campesinos y sociales a afianzar las bases que mantendrán viva la realidad rural en todas sus dimensiones.

La agroecología2 como sistema de relación con el entorno y el resto de seres vivos. Reflexiona e integra factores ecológicos, sociales, económicos y políticos en el cultivo de la tierra y la producción de alimentos, generando una visión holística que pone en valor la agricultura familiar, local; unida al saber hacer campesino, al rescate de saberes.        

La equidad entre los géneros, donde sean visibilizadas y valoradas todas las aportaciones, ya sean remuneradas o no económicamente desde el sistema, buscando modelos justos de relación entre las personas. Poniendo en valor cada uno de los cuidados que se realizan dentro de la sociedad que nos hace seres sociales y necesarios de los demás, fomentando la «cuidadanía». Desde la mirada hacia la equidad están aflorando muchos conocimientos y formas de saber hacer, invisibilizadas en las diferentes realidades que compartimos mujeres y hombres, en los que las mujeres han sido siempre el eje, y que ahora son claves para la construcción de las nuevas realidades, como el cuidado o la gestión de la economía poniendo la vida en el centro.

 La educación popular, que tomando como origen las aportaciones de Paulo Freire, se basa en el principio de que todas y cada una de las personas implicadas somos actrices y actores de nuestro propio aprendizaje. Favoreciendo el intercambio de saberes como fuente de conocimiento, con lo que generamos el empoderamiento de todas y todos las que participamos en estos procesos educativos. Procesos que son imprescindibles para que se produzca un relevo generacional en el entorno rural a través del aprendizaje vivencial y a partir del análisis crítico de la situación actual y de la que queremos para el futuro.

Para las personas que participamos en la construcción de estos procesos de nuevas ruralidades, la conjugación de todas estas miradas está siendo muy enriquecedora para el desarrollo de nuestras prácticas y la reivindicación del mundo que anhelamos. Desde ahí tratamos de quebrantar las dualidades jerarquizadas, desaprendiendo las enseñanzas que Descartes nos dejó como legado, reeducándonos en la necesidad de relaciones horizontales y de complementariedad, redefiniendo: mujer-hombre, campo-ciudad, Norte-Sur, sabiduría-ciencia, espíritu-mente…

Y con todo ello colocar la vida en el centro.

Basamos en estos fundamentos nuestras actividades y proyectos, aprovechando la idiosincrasia del momento actual, con sus inquietudes y necesidades, utilizando las aportaciones tecnológicas y de redes sociales; aunamos todo ello al conocimiento de la ruralidad, los cuidados y el aprovechamiento de los recursos naturales desde el respeto mutuo. Así, destacan acciones de sensibilización y dinamización social, apoyo a jóvenes neorrurales, canales alternativos de mercado basados en canales directos de comercialización de los productos locales, fomento de la cultura campesina y su adaptación a los requerimientos actuales de la sociedad rural, la defensa del territorio y el acceso a los bienes de la naturaleza (tierras, semillas, agua…), encuentros de intercambio de saberes y visibilización de conocimientos, empoderamiento de las mujeres, así como luchas contra aquellos modelos y situaciones que atacan al campesinado.

Adaptándonos a los momentos de transformación social, como hijas de nuestros tiempos, firmemente convencidas que la democracia participativa y el compromiso ético entre las personas son los modelos de relación que deseamos, trabajamos en red, a través del bien común y el apoyo mutuo favoreciendo las relaciones entre los diferentes grupos con los que compartimos valores de vida, desde lo más local a lo regional o nacional… e incluso más allá, buscando luchas similares y apoyándonos a través de organizaciones internacionales como la Vía Campesina.

En 1993, un grupo de organizaciones campesinas e indígenas de mujeres y hombres de todo el planeta fundan la Vía Campesina, fruto de las luchas por la defensa de los pequeños y medianos agricultores, campesinos/as sin tierra, pescadores/as artesanales… de todos los rincones, ante la amenaza de un mundo cada vez más neoliberal y controlado por las fuerzas de las grandes corporaciones multinacionales. Se trata de un movimiento internacional que aglutina a 200 millones de campesinas y campesinos de 70 países unidos por una visión común de agricultura sostenible inmersa en una justicia social y una dignidad de los pueblos del mundo.

Su propio nombre deja bien claro el objetivo: la defensa del modelo campesino como único capaz de frenar la destrucción del planeta, fomentar el derecho a la alimentación, restaurar la misión del campesinado como productor y proveedor de alimentos, mejorar la vida de millones de campesinos/as pobres, y ayudar a remover las bases sobre las que se sustenta el patriarcado y el neoliberalismo.

Entre las prioridades de la Vía Campesina se encuentra el empoderamiento de las mujeres dentro de las propias culturas campesinas. Según datos de la FAO, las mujeres producen el 70% de los alimentos mundiales y poseen únicamente el 2% del territorio, lo que confirma la existencia de marginación y opresión, continuas consecuencias del mundo globalizado capitalista y patriarcal en el que aún nos encontramos.

Son muchas las luchas comunes que nos unen, todas ellas enmarcadas en lo que la Vía Campesina propuso como elemento aglutinador de todas esas luchas y resistencias que miles de colectivos llevamos a cabo: la soberanía alimentaria. Quizás sea esta una de las más importantes aportaciones que ha hecho la Vía Campesina, dotarnos de conceptos que representan a millones de personas y decenas de miles de situaciones locales, de forma que nos permite unificar nuestras luchas y esperanzas sin renunciar a nuestras propias particularidades. Ya seamos hombres o mujeres, rurales o urbanos, asiáticas o africanas, del norte o del sur.

Ahora nos proponen un nuevo concepto —«el buen vivir» o «sumak-kawsay»— que, tomado de las cosmovisiones ancestrales de América Latina, puede ayudarnos a definir el nuevo paradigma que buscamos: cómo vivir en plenitud, en armonía, cuidando los recursos y sintiéndonos parte de esta morada común.

Este convencimiento nos da una fuerte ideología y una esperanza común. Desde los más recónditos rincones de la tierra intentamos apoyarnos en la defensa de nuestras creencias y nos fortalecemos en fechas señaladas como son: 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer), 17 de abril (Día Internacional de la Lucha Campesina), 10 de septiembre (Día Internacional de Lucha contra la OMC), 12 de Octubre (Día contra las Multinacionales y Conmemoración de la Resistencia de los Pueblos Indígenas), 15 de octubre (Día de la Mujer Rural).

Unidos por unos fundamentos comunes, una lucha común, una ilusión compartida… Porque todas creemos que un mundo rural vivo es necesario y que solo globalizando la lucha… globalizaremos la esperanza.

Más info: www.viacampesina.org

  1. Soberanía alimentaria: La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos sanos y culturalmente adecuados, producidos mediante métodos sostenibles, así como su derecho a definir sus propios sistemas agrícolas y alimentarios. Desarrolla un modelo de producción campesina sostenible que favorece a las comunidades y su medio ambiente. Idea lanzada por Vía Campesina en la cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996.
  2. Agroecología: «nuevo» enfoque pluridimensional del desarrollo agrario, ligado al medio ambiente, sensible socialmente, centrado no solo en la producción, sino también en la sostenibilidad ecológica del sistema de producción, implica caracteres sobre la sociedad, cultura… M. Altieri, S. Hecht (1997).

¿Coche? Eléctrico

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad, es la triste tendencia que esta tiene de buscar soluciones en el lugar equivocado. No hace falta escudriñar la realidad para darse uno cuenta de que esta descorazonadora afirmación es cierta.

Que explota la burbuja inmobiliaria, pues todo el mundo desea que la cosa vuelva a ser como antes; que los bancos arruinan nuestras vidas, pues les damos el dinero que no tenemos para que enjuguen sus pérdidas; que se produce un flujo migratorio en la frontera Sur, pues construimos una valla indecente y disparamos bolas de goma a gente que se está ahogando.

Ninguna de esas soluciones aplicadas solucionará el problema, simplemente, porque ninguna de ellas pretende solventar la razón que lo generó. Son simplemente parches.

Lo mismo ocurre con la movilidad urbana. También es característico de nuestra sociedad la necesidad que esta tiene de mover incesantemente personas y cosas de un lado para otro. Por si eso fuera poco, esa misma sociedad ha elegido moverlo todo con los medios más ineficientes que existen: el coche y el camión.

En lo concerniente al tráfico urbano, son evidentes los perjuicios que genera, más allá de la contaminación atmosférica creciente y el también elevado consumo energético que se produce. Pero el problema se agrava cuando tenemos en cuenta que ese mismo tráfico es también un devorador del espacio urbano, dado que a él se destina nada más y nada menos que el 70% de todo el espacio público disponible.

Este uso es excluyente de todos los demás usos que podrían darse en una ciudad sin tráfico. Por enumerar unos pocos, entre estos usos que el tráfico expulsa están: la convivencia ciudadana, el juego infantil, el tránsito peatonal seguro, la circulación segura de bicicletas, la contemplación tranquila del paisaje urbano, la conversación a volumen moderado, el descanso hogareño sin tener que cerrar las ventanas y un largo etcétera.

Pues bien, ante esta situación, que sería fácilmente evitable implementando medidas ya conocidas y practicadas que terminan restando espacio urbano al coche y que pueden agruparse todas bajo el concepto de la «movilidad sostenible» y/o la «ciudad habitable», se busca una solución procedente del mundo del tecnologicismo más trasnochado: el coche eléctrico.

No voy a liarme en una interminable y aburrida discusión sobre si las cifras de consumo energético de tales artefactos son realmente las que la industria dice que son —porque son realmente más elevadas de lo que se cuenta—, ni sobre las pretendidas bondades tecnológicas de vehículos no contaminantes, porque sí lo son y mucho.

Me centraré sobre una reflexión de perogrullo a la que nadie en este debate parece estar dando espacio: si la finalidad de la movilidad urbana de personas es mover a esos viajeros, ¿por qué tiene que hacerse necesariamente en coche, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los desplazamientos motorizados urbanos son de menos de dos kilómetros? ¿Por qué, si la mayoría de los desplazamientos en coche hoy en día se producen con solo una persona dentro?

Y es que desde el punto de vista del más simple raciocinio, nunca será eficiente tener que desplazar una máquina de 1500 kilogramos si la finalidad es desplazar la masa viva de una persona que puede pesar, de media, 70 kilogramos. La relación entre tara y peso vivo es de más de 20 veces —el coche, la máquina, pesa 20 veces más que la persona que va al volante—. Ya puede ser este coche diésel, gasolina, eléctrico o impulsado mediante biocombustible. Ese uso siempre será ineficiente.

¿Por qué no utilizar una bicicleta —relación peso muerto/peso vivo de 0,21— o ir simplemente andando —relación peso muerto/peso vivo de 0— para llegar a los sitios? ¿Que hay cuestas? Pues utilicemos una bicicleta de pedaleo asistido por un motor eléctrico de 250 W, donde la electricidad ayuda, pero no sustituye, al esfuerzo humano. Esta sí que es una aplicación adecuada de la tecnología. Porque lo que hace inteligente a la tecnología no es la cantidad de elementos electrónicos o eléctricos que posea, sino el contexto social en la que se aplica y las soluciones que finalmente esta hace que adoptemos.

Ya sé que siempre habrá alguien que arguya que no es tan indeseable utilizar un coche eléctrico si la energía eléctrica proviene de fuentes renovables. Y este argumento se suelta así, sin más, como si nos sobrara energía renovable por las orejas. Actualmente estas cubren, en el mejor de los casos, un 35% de la demanda eléctrica actual. Estas cifras disminuirían terriblemente si solo un porcentaje significativo del inmenso número de coches que hoy circula se hicieran eléctricos.

Si hay electricidad renovable, esta tiene que utilizarse de manera razonable, por ejemplo, para que puedan alimentarse de ella hospitales, colegios u hogares, pues son estas necesidades básicas, y no para mover una máquina de una tonelada y media para transportar a una sola persona a una distancia que normalmente no supera los dos kilómetros.

El objetivo de este artículo no es demonizar a una tecnología prometedora. En un contexto de movilidad urbana realmente razonable y sostenible, con, digamos, una reducción del tráfico de automóviles actual de un 80% —esta cifra no es arbitraria, sino que ha sido calculada—, sería posible admitir un número elevado de vehículos eléctricos, sobre todo aquellos que presten un servicio social esencial como transporte público, ambulancias, camiones de bomberos, vehículos para personas discapacitadas, etc.

En ese sentido, la tecnología aplicada sería benigna, y no por su propia naturaleza, sino porque se habrá aplicado en un contexto social muy diferente, razonable y con observancia de los problemas que realmente se pretenden solucionar.

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