Ilustra José Luis Alcaparra https://instagram.com/alcaparra__

AVENTURA EN PROYECTOS DE PERMACULTURA Y BIOCONSTRUCCIÓN

Muchas de vosotras conoceréis por experiencia propia la cantidad de ofertas para voluntariado en proyectos privados de permacultura y obras de bioconstrucción que, a través de las redes sociales, se realizan hoy día. Muchas son las historias interesantes que acontecen en este fenómeno mundial de viajes y conocimiento. Sin entrar en las consideraciones que pudieran hacerse sobre qué es un voluntariado, oficial o no, en este artículo expondremos la historia de cuatro amigas que decidieron emprender un camino juntas. Experiencia que alumbra ese misterioso concepto que llamamos salud.

Esta historia es un ejemplo que nos permite aprender y valorar un proyecto donde varias personas se asociaron y emprendieron varios caminos para crear juntas un lugar donde vivir y divulgar los valores de la permacultura, la bioarquitectura y la bioconstrucción: Urraca, Filomena, Gertrudis y Bernarda, dejan la ciudad y se van al campo a disfrutar. Todas decidieron ponerse manos a la obra y encontrar un lugar donde construir un hogar; un centro de divulgación y formación; un negocio que produzca los medios necesarios para su vida, y también un ejemplo para el mundo de cómo disfrutar más y mejor de la existencia en armonía con el medio. ¡Toda una aventura! 

Todas juntas empezaron a reunirse con el propósito de compartir los mismos objetivos. Trazaron un camino y, tras crear un consenso que recogiera todas estas primeras impresiones, y con las aportaciones, consejos y experiencias de proyectos similares y de personas especialistas, decidieron dar el siguiente paso: buscar un lugar donde realizar el proyecto. 

Urraca se dedicó a visitar ayuntamientos para conocer si existían parcelas y edificaciones sin uso y cómo poder conseguir un contrato para su cesión temporal. Ciertamente se llevó un gran chasco, pues parecía que las administraciones no tenían habilitado procedimientos ni trabajadoras algunas para facilitar el uso de estos bienes públicos. Gran decepción y controversia pues a la vista saltaba la inmensa cantidad de espacios públicos que no son usados. 

Filomena tomó la tarea de visitar a personas y entidades privadas propietarias de los bienes necesarios para el proyecto de su pandilla, con el objetivo de poder explicarles el proyecto y obtener una cesión temporal o donación de por vida. Consiguió despertar el interés de varias personas, visitar decenas de fincas y tener innumerables asambleas con su equipo de proyecto, pero tras varios meses de trabajo no llegó a establecer ninguna relación formal con las personas propietarias de los terrenos, no acostumbradas a este tipo de propuestas. 

Gertrudis tuvo la misión de buscar fincas para comprar o alquilar. Surfeando por internet gastó innumerables horas buscando en portales inmobiliarios y webs de anuncios de compra-venta; creó un listado infinito y analizó las condiciones materiales, económicas y de clima y acceso de cada una de las fincas. De nuevo, ella se topó con uno de los más grandes monstruos de nuestro contexto social: el mercado y la especulación. «¡Oh, pero cuánto dinero hace falta para vivir en un lugar bonito!», decían todas.

Su equipo de proyecto había hecho cálculos de las necesidades económicas y creado métodos para financiar el proyecto. La traducción en moneda corriente superaba el medio millón de euros, pero su equipo no podía disponer ni de la décima parte de ese valor monetario. 

Bernarda se puso a la búsqueda de pueblos y fincas abandonadas pues ya había vivido y conocía otros proyectos de ocupación y recuperación de la vida autosuficiente en el campo. Su equipo sabía que esta era la opción más económica, pero también la más arriesgada por su ilegalidad, persecución, incertidumbre y riesgo. Sin embargo, ella estaba segura de la legitimidad del acto y llegó a encontrar cientos de lugares apropiados. Nadie sabe cómo encontraron el lugar, pero lo cierto es que el proyecto comenzó. 

Se trasladaron a vivir a la finca con furgonetas, yurtas y caravanas, y también improvisaron un huerto y el arreglo rápido de un pequeño chozo de pastores medio derruido que existía en la finca. Ya que para su idea de proyecto deseaban construir muchos edificios e infraestructuras, y cultivar huertas y bosques, sabían que necesitarían de la ayuda de otras muchas personas que debían ser incluidas en el proceso de creación. 

Como no disponían de los recursos económicos para pagar tan inmenso trabajo y cantidad de materiales, decidieron realizar diferentes estrategias que les permitieran conseguir sus objetivos. 

Urraca, que había recorrido como woofer o voluntaria a cambio de comida y alojamiento medio mundo formándose, captando ideas y apoyando proyectos de permacultura y bioconstrucción de carácter privado, decidió montar un voluntariado. Parecía que esta era la forma más económica y divertida para realizar y divulgar su proyecto a pesar de que conllevara mucha atención, tiempo y esfuerzo. 

Filomena, que había asistido a varias formaciones sobre el tema, vislumbró que una gran idea para financiar el proyecto y construir edificios, infraestructuras, huertas, bosques y lagos, sería la de ofrecer a profesionales y entidades expertas en estas materias el que pudieran realizar formaciones a buen precio para poder pagar a los formadores, por su trabajo y dedicación, con las matrículas del alumnado y, al mismo tiempo, tener cubiertas muchas de las necesidades del proyecto colectivo.  

Gertrudis, en su búsqueda de crear un modelo de apoyo mutuo, se afianzó en un lema: ayudar y ser ayudada. Su concepto de salud le llevó a proponer un banco del tiempo donde toda persona implicada en el proceso de desarrollo del proyecto comunal, pudiera ser también ayudada y de esta forma mejorar sus vidas. Creó una moneda corriente llamada Mano y estableció un sistema de registro para gestionar fácilmente la contabilidad. Llegó a equiparar en su sistema todos los trabajos con el mismo valor: el tiempo, la hora. Incluso Gertrudis, conocedora de que los seguros de accidentes y responsabilidad civil de voluntarios necesarios para la realización de voluntariados oficiales no iban a poder cubrir las necesidades de personas que sufrieran accidentes durante la realización de obras de construcción no declaradas, propuso un sistema interno de salud y caja de resistencia, además de poner todos los medios posibles para la prevención de accidentes. 

Bernarda, dudosa de la eficacia de las opciones que aparecían, propuso realizar acciones de expropiación, conseguir préstamos y donaciones dinerarias de personas y entidades allegadas, e incluso también propuso obtener dinero mediante trabajos externos que pudieran realizar las integrantes del proyecto para poder pagar de esta forma a las personas y empresas que les ayudaran y que necesitaban ser pagadas con dinero para sostener sus vidas.  Durante muchos años estas mujeres han disfrutado del éxito de su proyecto, estableciendo redes con iniciativas y personas afines. Un trabajo largo de autoconocimiento, paciencia y escucha. Un ejemplo que traemos hoy a El Topo y que esperamos os sirva de inspiración.

Por

Arturo Jiménez

Cantamañanas, constructor de sueños, arquitecto, enseñante, miembro de la Asociación Taph Taph