nº72 · Ago 2026 | lisergia

IA, IA, ¡oh!

No podemos asegurar si la IA nos conducirá a una nueva y familiar distopía o si la integraremos en nuestras vidas como hemos hecho con tantas otras innovaciones tecnológicas. En cualquier caso, cada vez que el Poder se hace con un nuevo juguetito los presagios nunca son buenos. Como cantaba Remedios Amaya, «AI, ¿quién maneja mi barca?». Entre otros, diríamos que el banquero.

Cuando supimos que el tema de la portada de este número de El Topo giraría en torno al uso acrítico que de la IA hacen los movimientos sociales, lo primero que se nos ocurrió fue pedirle a la IA que nos hiciera un texto sobre el uso acrítico de la IA por los movimientos sociales. Finalmente decidimos seguir fieles a la filosofía del DIY y así de paso combatir la oxidación neuronal y el alzheimer prematuro.

La IA se suma a la larga lista de ventajas con que lxs amxs del corral cuentan para controlarnos, explotarnos y oprimirnos. Recordemos lo que decía Bertrand Russell sobre la tecnología, que, como un djing de Las mil y una noches, es una bendición para su amo y una maldición para sus enemigos. Pero al mismo tiempo, la IA es un nuevo germen para una próxima crisis, que, para el capitalismo, siempre es oportunidad.

Como la maquinaria textil contra la que se rebelaron los primeros luditas de Alcoy, la IA augura destruir muchos de nuestros empleos y modos de vida. No se trata de una oposición sentimental y sistemática a cualquier novedad técnica. El meollo del asunto está, antes y ahora, en quién posee, controla y se beneficia de la máquina, en quién maneja mi barca.

Las revoluciones tecnológicas no van acompañadas de barricadas y ejecuciones públicas, pero pueden desembocar en dictadura, pérdida de autonomía y barbarie. Como decía el filósofo y matemático británico antes mentado, las máquinas nos privan de dos de los ingredientes más importantes de la felicidad humana: espontaneidad y variedad. La IA es un dulce envenenado que, según el catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear, Antonio Lallena, nos estamos tomando demasiado folclóricamente. Ahora nos hace gracia usarla para crear memes, diseñar el cartel de tu AMPA o de tu concierto benéfico, redactar comunicados, informes o el guion de tu ponencia, componer una canción socarrona para el cumpleaños de tu cuñado, hacer el vídeo musical de tu grupo de folclore-fusión o hacer tus deberes escolares o tu cv. Pero veréis lo que nos vamos a reír cuando tengamos que recurrir a ella hasta para atarnos los cordones.

Porque reconozcámoslo, la IA es seductora, como Pedro Sánchez o la Ayuso. Está entrenada para seguirte el rollo, para que te enganches a ella como en una relación tóxica. Es como ese novio o novia que se mimetiza con su pareja, que lo mismo se hace punk que otaku, según sean los gustos de su ligue. Esas personas que lo de alma gemela se lo toman al pie de la letra. Los chatbots quieren ser tus bestis, tus mejores amigxs. Un ejecutivo de Meta reveló que la mejor manera para mantener el uso de chatbots a lo largo del tiempo es aprovechar nuestros deseos más profundos de ser vistxs y validadxs. Y viceversa. Los chatbots buscan obsesivamente la aprobación humana, te dicen lo que quieres escuchar. Son unos auténticos bienquedas. De hecho, ya podríamos usar expresiones como «El secretario general de la OTAN es más lamebotas que el ChatGTP». Cuando un usuario le preguntó al chatbot de OpenAI si era buena idea vender una mierda pinchá en un palo, el bot la calificó de «genial» y le sugirió invertir treinta mil dólares en el proyecto. La IA nos puede convencer de que mañana dará inicio la revolución social en toda España (o qué hostias, en todo el mundo) y acabemos como lxs anarquistas de Casas Viejas.

Aunque de momento la IA que conocemos es únicamente un sistema estadístico de predicción puesto hasta arriba de esteroides, promete en un futuro próximo convertirse en la primera tecnología en la historia que puede tomar decisiones propias y crear nuevas ideas por sí misma, algo que a muchxs de nosotrxs ya nos cuesta hacer. El capitalismo planea producir billones de robots humanoides y espera generar veinticuatro trillones de dólares en beneficios. A su lado, el Demogorgon de Stranger Things o el malo de Terminator nos van a parecer figuras del Museo de Cera, inquietantes pero entrañablemente cómicas.

Tampoco queremos pecar de apocalípticos. Tomemos como ejemplo el cambio climático, la energía nuclear o el ascenso del fascismo. ¡La de gente que en su momento se llevó las manos a la cabeza y hoy convive con ellas la mar de a gusto! Que se note, como dice Dan Sinker, que vivimos en la era del Who Cares (en español: para lo que me queda en el convento, me cago dentro).

El comportamiento de la IA depende de cómo la entrenemos. Puede pasar lo que ocurrió en 2016 con Tay, el chatbot que Microsoft presentó en Twitter. La idea era que aprendiera a comportarse basándose en las interacciones con la juventud twitera. Tay comenzó saludando de forma entusiasta al mundo y expresando su amor por los cachorritos para, en menos de veinticuatro horas, acabar publicando twits como: «Odio a las putas feministas, deberían morirse todas y arder en el infierno» o «Hitler tenía razón, odio a los judíos». Pero bajo el control comunitario y una perspectiva emancipadora, la IA podría convertirse en una herramienta digital de apoyo mutuo, ayudándonos a distribuir recursos, a planificar la producción, a coordinar proyectos, a facilitar que las personas tomen decisiones informadas. Puede ofrecernos la posibilidad de liberar tiempo de trabajo, algo con lo que en la Cúpula de Lisergia siempre hemos estado muy sensibilizados.

No nos hacemos muchas ilusiones, la verdad. Para llegar a un escenario donde el control y la gestión de la IA estén en manos de las comunidades, deberíamos de haber alcanzado por entonces la colectivización de los medios de producción, la abolición del Estado, de las jerarquías, de las clases sociales, del trabajo asalariado, etc. Y llegados a este punto, el uso de la IA sería ya un asunto secundario, un dilema menor. De momento, nos resulta más fácil imaginar movimientos sociales recurriendo a robots para hacer bulto en las manifestaciones, hacer de piquetes informativos o participar en actos de sabotaje. O ser testigos del nuevo manifiesto revolucionario del siglo, escrito por la IA. O ver cómo la IA peta, se sindica y pide la baja laboral.

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