Muñecas de carne

No es una banda de glam de la calle Feria. Muñecas de carne, aparte de un podcast, son las protagonistas de esa práctica común llamada parto, a secas, pero que en realidad define una parafilia cruel, creada por señoros y para señoros, llamada violencia obstétrica.

Aparte de la mano de cualquier divinidad suprema que crea personas manipulando barro y costillas, el ser humano nace de una mujer biológica (trans incluida, que en esto del lenguaje queer nos podemos hacer las tropas de Falopio un lío). Pese a ser uno de los actos de superpoder que nos ha concedido la biología, el hombre omnímodo muchomacho ha terminado convirtiendo el parto en una condena. Una cruel parafilia. ¡Qué destino!

Que el parto es sangre, llanto, tripas, desborde de emoción y a veces de caca, lo sabe cualquiera. Que el parto duele, haya placer añadido o no, también. Que en las películas se representa con mujeres gritando mucho y que da origen a la humanidad, por supuesto. Pero ahondar un poquito más en este universo, como proceso perteneciente al universo exclusivamente femenino, supone para mucha gente enfrentarse a algo así como una leyenda urbana. Pues ahondemos. Se nos ha metido en el coño hablar del parto y esto es lo que hay.

El parto patriarcal, el que está tan extendido y asumido en nuestro mundo, ha sido imaginado, pensado y construido por señoros para señores, donde las mujeres no pintan nada. No importan las opiniones de la parturienta. Sus deseos y sentimientos tampoco. Se trata de controlar una de las funciones naturales de la mujer, despojándola de poder, infantilizando y ultramedicalizando el proceso, tal y como haríamos con la tranquila Mrs. Potato un día de rabia. Un objeto que reparar. Una cosa sin voz, que no recibe cariño, ni comprensión; solo órdenes, medicamentos y cláusulas que firmar, y, si acaso, un pack de regalo con productos mamíferos de marca registrada: cremitas por aquí, lechecita por acá. Además, también hay violencia física: ¿os suenan los tactos vaginales? ¿Y la maniobra de Kristeller? No, no es una cerveza. ¿Y las cesáreas al tuntún, a lo loco, sin miramiento, para que el obstetra llegue antes a su cita en el discopub? Estos son solo algunos ejemplos básicos del manual clínico del santo obstetra de nuestro tiempo. La estructura patriarcal asumiendo el control total de la puesta en marcha del producto humano. ¡A rentabilizar!

Para dinamizar y colorear la historia, entra en escena el héroe épico, con capa-bata blanca o verde y sus comodísimos zuecos de goma. Irrumpe en la sala de paritorio y el personal sanitario, cual corifeo, clama: «¡Ya está aquí el salvador!» El Clint Eastwood obstetra da instrucciones firmes y gestiona la situación, que para eso ha estudiado
una carrera y ha asistido a infinidad de charlas y congresos. ¡Oh my god! La figura de acción reluce mientras la parturienta sufre. Pero él no escucha, está concentrado en la trascendental labor de traer vida al mundo. El origen del mundo no es el cuadro de Courbet, sino un clínico con bigote enfundado en guantes de látex. Él es importante. La parturienta quiere ponerse a cuatro patas, qué pesada, pero él necesita mejores perspectivas y su artrosis —o su pereza o su hombría— le impide adoptar otra posición. La muñeca solo tiene que tumbarse y abrir piernas. Es fácil. ¿Cómo se llama esa mujer? Su nombre es Vagina 167. De apellido: episiotomía de siete puntos de sutura con anestesia epidural y oxitocina nada más ingresar (es un apellido compuesto, sí). Por fin, una cabecita aparece a través de ese hueco estrechísimo pero infinitamente elástico, y él la saca al exterior, con el sudor de su frente y sus cuasi divinas manos. En cuestión de segundos, sale de la sala en pos de otro útero que manufacturar. (Nota: también existen ginecólogas obstetras con gesto a lo Eastwood, pero su actitud proviene meramente del pensamiento androcéntrico).

Las mujeres aprendemos a ser muñecas desde temprana edad. Esas visitas al gine tras la ansiada, temida y muy oculta menarquia, nuestra primera menstruación. Aprendemos a ser cortejadas y a quedar preñadas. Somos mocitas, ya nos han advertido como a caperucitas rojas. Con la regla ya no podemos hacer mayonesa, regar las plantas, ni mirar con descaro porque lanzamos señales equivocadas y, claro, después hay bebés no pedidos. E interrumpir el embarazo es pecado, por si no lo sabías.

Por suerte, dicen que las cosas están cambiando. Parece que se ve luz al final del canal del parto y podemos encontrarnos, de vez en cuando, obstetras con poses más simpáticas que las de John Wayne. En 2019, La ONU y la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer) empiezan a hablar al mundo sobre la violencia obstétrica. El Gobierno de España pretende introducir este concepto en la reforma de la ley del aborto. En la última década se crean redes de profesionales que defienden a las mujeres, las asesoran y les explican que ellas pueden dejar de ser muñecas de carne, con especial relevancia de colectivos históricos como el de El Parto es Nuestro. Proliferan grupos informales de papás y mamás cortando las alambradas del complejo tecno-médico, proporcionando lugares de encuentro y compartiendo otras experiencias aparte del simple cerveceo y barbacoa. E incluso, en algunos medios alternativos las mujeres toman el mando de los grupos de colaboradores y escriben artículos como este casi tan ilustrativos como Érase una vez la vida.

Muy poco a poco se establecen nuevos protocolos en los que la mujer y sus criaturas ya no son cachos de carne moldeable a ojos del sistema sanitario. Y hoy en día, gracias a Venus, hacer un plan de parto no suena tanto a sufragista enloquecida que cree que todo la oprime, sino a madre normal que quiere ejercer sus derechos de madre normal.

Así que nos toca decirlo fuerte: se acabó; el parto no es un trámite burocrático ni una humillación. Y queremos visibilizar esta realidad: mirad aquí, a nuestros coños, con sus costuras, sus aperturas extremas y casi imposibles, sus miles de formas, sangrientos, arrugados. Mirad las cabezas ciudadanas coronando, desgarrando el perineo. Observad nuestras cicatrices de cesáreas. Fijaos en las estrías, en barrigas y senos colgones, en los ombligos salientes. Mostremos toda la variedad de la belleza real. Impera cortar el cordón umbilical y alumbrar la placenta.

Por

La Cúpula