Del latigazo a la nómina

En pleno debate sobre reformas laborales, parece oportuno poner sobre la mesa una breve guía para entender el trasvase y la sofisticación del trabajo esclavo y servil hacia el modelo asalariado actual. Desde las subastas de esclavos a Infojobs, súbase a este ameno viaje por la cultura de la explotación, la violencia y la paga extra.

No cabe duda de que en materia laboral hemos avanzado en un par de siglos de conquistas de derechos laborales en un entorno de prosperidad. De esclavos y siervos a asalariados. De amo y señor a empresario de éxito. Desde el punto de vista del trabajador parece más agradable cumplir con un horario y cobrar un salario al mes que estar a merced de tu amo o señor expuesto siempre a sus caprichos. También para el empleador es más apetecible, en lugar de comprar a una persona y hacerse cargo de su manutención, comprar su tiempo y sus servicios, pagarle una cantidad determinada y que se mantenga por su cuenta. Se pierde un esclavo, pero se gana un consumidor. En el mercado laboral, difícil y competitivo, hay que saber venderse bien. ¿Somos acaso productos de una subasta?

Hay un sketch de Key and Peele, este último director de joyitas como Get Out o Nosotros, en el que la pareja de cómicos afroamericanos interpreta el papel de un par de esclavos a punto de ser vendidos en una subasta de la Georgia de 1848. A medida que los dueños de las plantaciones van pujando, comienzan a preguntarse por qué ninguno los escoge a ellos. La subasta termina, los amos se dispersan y los dos esclavos se quedan allí clavados tratando de convencerles de su valía: «¡Soy muy fuerte y puedo dormir en una cubeta!»; «tengo energía y sé de magia»; «mi peor cualidad es que soy perfeccionista»; «señores, ¿lo he mencionado?, ¡soy dócil!». Con un espíritu humillante similar nos ofrecemos cuando rellenamos un currículum o asistimos a una entrevista de trabajo. ¿No es así, entusiastas y productivos, como nos tenemos que comportar para ser el empleado del mes?

La prensa, hasta finales del siglo XIX, desde Kentucky hasta Cádiz, publicaba con naturalidad anuncios de venta de esclavos que incluían las características de la mercancía: «macho, 20 años, fuerte, capacitado»; «negra, recién parida, abundante leche, excelente lavandera y planchadora, con principios de cocina»; «negra criolla, joven sana y sin tacha, humilde y fiel, buena cocinera con alguna inteligencia en lavado y plancha». Son sutiles las diferencias con los anuncios de hoy: «Se ofrece conductor profesional, 35 años, con experiencia, disponibilidad total; chica para trabajar de dependienta, responsable, muy trabajadora.»

En la Grecia antigua, los filósofos criticaban que estos asalariados equiparables a esclavos gozaran de derechos y que se «comportaban en la asamblea como una masa indisciplinada». El trabajo asalariado se define como ‘esclavitud mercancía’, según cuenta el historiador Domingo Plácido. El ciudadano pobre es considerado esclavo potencial y, por tanto, roza los límites de la ciudadanía. ¿Nos suena? También en la vecina Esparta, una, grande y libre, idealizada por los neonazis, tenían a los ilotas, que eran dependientes (empleados) poseídos colectivamente por el Estado. La posesión individual de esclavos era ilegal. No sabemos qué pensará la derecha liberal de todo este despilfarro público y esta obstaculización del emprendedor. Tampoco qué pensará la intelectualidad comunista sobre esta colectivización del mal. ¡Qué poco sabemos, pardiez!

Para entender el trasvase y la sofisticación del trabajo esclavo hacia el asalariado, hay que subrayar el cambio conceptual del Imperio británico, que se convirtió, de pronto, en adalid de la abolición de la esclavitud al considerarla onerosa e improductiva frente a las relaciones salariales emergentes de la revolución industrial. Pensaron: el amo goza de la propiedad del esclavo, dispone de su vida y su libertad; pero, al mismo tiempo, tiene la obligación de vestirlo, alimentarlo y mantenerlo apto para las labores físicas, así como vigilarlo para que no escape. Querido amo: ¿preferirías tener a un preso a tu cargo o a un empleado libre? Adivina qué sale más rentable.

El antiguo esclavo Thomas Hall lo explicó así: «Lincoln se llevó las alabanzas por liberarnos, pero ¿lo hizo? Nos dio libertad sin darnos ninguna oportunidad de vivir por nuestros medios y todavía teníamos que depender del blanco sureño para nuestro trabajo, nuestra comida y nuestra ropa, y nos mantuvo según su necesidad y deseo en un estado de servilismo que apenas era mejor que la esclavitud». Al dueño de la plantación se les escapaban sus trabajadores. Sin embargo, el patrón capitalista tiene a las puertas de su empresa una fila de trabajadores de los que disponer.

Cabe pensar que la única diferencia entre aquella forma y la actual es la violencia física, el castigo a latigazos, las cadenas, la hambruna y la sed. Quizás, pero, sin llegar a la demagogia (o sí) nos preguntamos: ¿madrugar supone violencia simbólica ejercida desde el poder? Y el síndrome del burnout, la ansiedad, la depresión, el estrés laboral: ¿qué es?, ¿no es violencia? Salarios de risa, jornadas interminables, contratos de mentira… Chomsky explicó que los esclavistas de antaño no eran, per se, malvados carentes de empatía. De hecho, muchos de ellos serían padres atentos, buenos vecinos, ciudadanos, incluso buenos amos. El caso es que percibían la esclavitud como una práctica socialmente legítima y no veían ningún problema ético o legal en ello. Y ahora bendecimos al jefe o jefa cuando, oh, qué bien, nos regala una cesta por navidad o nos concede un día libre.

El trabajo asalariado es una deriva, transformación y sofisticación del trabajo esclavo o servil. Solo había que disfrazar lo feo bajo términos como libertad, oportunidad y éxito. Desde un punto de vista práctico y económico, el trabajo asalariado parece más rentable y provechoso que el trabajo esclavo. Quitarse las cadenas es solo para poder gastarte el dinero en lo que te digan y cuando te digan.

Entre la tecnofobia y el hipercontrol

La aplicación de los algoritmos e inteligencia artificial al consumo y al control social vienen a consagrar las matemáticas al servicio del poder. O, quizás, llegó la hora de reivindicar un utopismo tecnológico que promueva una aplicación social de todas esas máquinas que tanto miedo nos dan.

A nadie se le escapa su influencia en nuestras vidas: música que escuchamos, gente que conocemos, información que recibimos… Pero ¿qué es el algoritmo? Un algoritmo es, básicamente, un conjunto ordenado de operaciones que permite hacer un cálculo para hallar la solución a un problema u ordenar resultados que faciliten la toma de decisiones. Esto se ha convertido en la base de la inteligencia artificial (IA), que no nos ha traído aún a HAL 9000 y su angustia humana ni las lágrimas en la lluvia de Blade Runner, pero está omnipresente para mostrarnos publicidad presuntamente personalizada.

Hoy día se aplican algoritmos que marcan nuestra vida hasta la médula. Es como mil burócratas y un ejército de videntes y psicomagos tomando nota y decidiendo acciones, comerciales mayormente, pero también administrativas, judiciales o de vigilancia. Además, están las consabidas aplicaciones de citas que te hacen 400 preguntas para crear tu perfil, de manera que te facilite los mejores emparejamientos para una cópula matemáticamente organizada. Así, miles de aplicaciones de toda índole, acumulando datos anónimos y no tan anónimos de distintas fuentes: compras con la tarjeta, búsquedas en internet, perfiles en redes, etc…

Aunque en el fondo el algoritmo no es bueno ni malo, nos ponemos un poco tensitxs al hacer una mínima reflexión ética sobre la influencia algorítmica en las cosas de la vida. Como la cucharilla, lo mismo puede usarse para remover el té que para fumar heroína o sacarle el globo ocular a alguien. Su diseño no está desprovisto de los prejuicios y sesgos propios de quienes los diseñan y utilizan, conscientes o inconscientes; como el racismo, el machismo, la clase, la etnia, la edad, la condición física, etc. Ya lo demostró Microsoft con su bot Tay, una IA que aprendía, sin filtros, de los comportamientos de otros usuarios de Twitter. En 16 horas hubo que desconectarlo por sus aberrantes expresiones de estos sentimientos de odio.

El algoritmo se diseña según una perspectiva e intereses concretos. Igual que se diseñan para crear mercados, opiniones o ahorrar gastos de producción, también se pueden idear para que faciliten la equidad, la inclusión y la buena vibra. Mientras estén solamente en manos de los poderosos, serán tan peligrosos como un mono con dos pistolas.

Pese a ello, quizás haya un equilibrio entre la tecnofobia y el hipercontrol. Como dijo Bertrand Russell —el de Gladiator no, el otro—, «una máquina es como un djin de Las mil y una noches, hermosa y beneficiosa para su amo, espantosa y terrible para sus enemigos». En sus Ensayos escépticos replica a los filósofos naturalistas que se oponían al uso de máquinas en los inicios de la era industrial «de una manera puramente sentimental y esencialmente reaccionaria».

Como no queremos pecar de ambas cosas, merece la pena hacer una reflexión. En este mundo en venta, esdrújulo y algorítmico de hoy, la mayoría de los cacharritos buscan modificar la conducta para orientar el consumo o el voto. A partir de datos como el código postal, los horarios de uso, los favs y likes en tus redes sociales o los votos emitidos a La Isla de las Tentaciones, el algoritmo hace que dejes de ser usuarix para pasar a ser mercancía al margen de la publicidad. Por ejemplo, en Tennessee, ahí al lao, el proveedor de seguro médico Blue Cross y la firma tecnológica Fuzzy Logix crearon un algoritmo que analizaba hasta 742 variables para evaluar el riesgo de abuso e identificar posibles adictos.

Los algoritmos pueden condicionarnos, pero también pueden servirnos para tomar decisiones inteligentes basadas en pasos verificados. Autores como Adam Greenfield advierten del peligro de caer en el «utopismo tecnológico» según el cual las tecnologías digitales incrementarán nuestra libertad personal y nos liberarán de las élites burocráticas. Otros, como Iain Banks —autor de cabecera de Elon Musk, a nuestro pesar—, imaginan sin embargo una sociedad libertaria donde las tecnologías tienen un papel fundamental, casi simbiótico, para los humanos o humanoides. En su serie La Cultura el autor escocés —recientemente fallecido— describe una sociedad post-escasez anarquista donde la mayoría de la planificación y la administración corre a cargo de inteligencias artificiales, haciendo innecesario el trabajo y asegurando la abundancia de recursos. Zerzan debe estar encantado. Pero incluso en la utópicamente ambigua Anarres, la sociedad anarquista descrita por Ursula K. Leguin —también fallecida, se nos van las mejores—, sometida a duras condiciones ambientales y pobre en recursos, son las computadoras las que eligen, de forma aleatoria y sin distinción de sexos, el nombre de sus habitantes.

Hasta aquí el análisis profundo. Ya que no tenemos competencias para sacar conclusiones, es oportuno reivindicar algo tangencialmente más loco. Un diseño de algoritmos, que tenga en cuenta otros parámetros y que no sirvan para nada, ni para tomar decisiones inteligentes, ni éticas ni leches. Mejor, que funcionen como nuestras cabecitas, a lo loco, mezclando raciocinio e instinto, irracionalidad y conocimiento. Que no guarden datos ni administren nada, sino que se dediquen a coleccionar estupideces o no, las mezclen y las agiten como un cóctel, para ver si así promovemos la imaginación y la creatividad, algo que mejore nuestro mundo de verdad. O quizás lo mejor sea aceptarlo. Te acompaña todo el día, te conoce, sabe más de ti que cualquiera de tus familiares, incluso que tú mismx. Te pone música, te sugiere pelis, te propone recetas, te presenta a gente, te instruye, te influye, te provoca. Acéptalo. Acógelo, convíalo, dale datos, aunque sean reguleros, y que él ya vea. O también puedes trolearlo. Busca todoterrenos de segunda mano en Forocoches, mira el vídeo homenaje a Paco Gento en Youtube, lee la biografía de Stalin y ojea entradas para Morante de la Puebla… Puedes empacharlo un poco y también explorar su creatividad.

En definitiva, sería deseable que los amos del machine learning ayuden a administrar y gestionar eficientemente los recursos, que pongan la vida —y no los beneficios o el control— en el centro, que ayuden a dialogar, a convivir, a crear redes, a trabajar menos… Amén.

Muñecas de carne

No es una banda de glam de la calle Feria. Muñecas de carne, aparte de un podcast, son las protagonistas de esa práctica común llamada parto, a secas, pero que en realidad define una parafilia cruel, creada por señoros y para señoros, llamada violencia obstétrica.

Aparte de la mano de cualquier divinidad suprema que crea personas manipulando barro y costillas, el ser humano nace de una mujer biológica (trans incluida, que en esto del lenguaje queer nos podemos hacer las tropas de Falopio un lío). Pese a ser uno de los actos de superpoder que nos ha concedido la biología, el hombre omnímodo muchomacho ha terminado convirtiendo el parto en una condena. Una cruel parafilia. ¡Qué destino!

Que el parto es sangre, llanto, tripas, desborde de emoción y a veces de caca, lo sabe cualquiera. Que el parto duele, haya placer añadido o no, también. Que en las películas se representa con mujeres gritando mucho y que da origen a la humanidad, por supuesto. Pero ahondar un poquito más en este universo, como proceso perteneciente al universo exclusivamente femenino, supone para mucha gente enfrentarse a algo así como una leyenda urbana. Pues ahondemos. Se nos ha metido en el coño hablar del parto y esto es lo que hay.

El parto patriarcal, el que está tan extendido y asumido en nuestro mundo, ha sido imaginado, pensado y construido por señoros para señores, donde las mujeres no pintan nada. No importan las opiniones de la parturienta. Sus deseos y sentimientos tampoco. Se trata de controlar una de las funciones naturales de la mujer, despojándola de poder, infantilizando y ultramedicalizando el proceso, tal y como haríamos con la tranquila Mrs. Potato un día de rabia. Un objeto que reparar. Una cosa sin voz, que no recibe cariño, ni comprensión; solo órdenes, medicamentos y cláusulas que firmar, y, si acaso, un pack de regalo con productos mamíferos de marca registrada: cremitas por aquí, lechecita por acá. Además, también hay violencia física: ¿os suenan los tactos vaginales? ¿Y la maniobra de Kristeller? No, no es una cerveza. ¿Y las cesáreas al tuntún, a lo loco, sin miramiento, para que el obstetra llegue antes a su cita en el discopub? Estos son solo algunos ejemplos básicos del manual clínico del santo obstetra de nuestro tiempo. La estructura patriarcal asumiendo el control total de la puesta en marcha del producto humano. ¡A rentabilizar!

Para dinamizar y colorear la historia, entra en escena el héroe épico, con capa-bata blanca o verde y sus comodísimos zuecos de goma. Irrumpe en la sala de paritorio y el personal sanitario, cual corifeo, clama: «¡Ya está aquí el salvador!» El Clint Eastwood obstetra da instrucciones firmes y gestiona la situación, que para eso ha estudiado
una carrera y ha asistido a infinidad de charlas y congresos. ¡Oh my god! La figura de acción reluce mientras la parturienta sufre. Pero él no escucha, está concentrado en la trascendental labor de traer vida al mundo. El origen del mundo no es el cuadro de Courbet, sino un clínico con bigote enfundado en guantes de látex. Él es importante. La parturienta quiere ponerse a cuatro patas, qué pesada, pero él necesita mejores perspectivas y su artrosis —o su pereza o su hombría— le impide adoptar otra posición. La muñeca solo tiene que tumbarse y abrir piernas. Es fácil. ¿Cómo se llama esa mujer? Su nombre es Vagina 167. De apellido: episiotomía de siete puntos de sutura con anestesia epidural y oxitocina nada más ingresar (es un apellido compuesto, sí). Por fin, una cabecita aparece a través de ese hueco estrechísimo pero infinitamente elástico, y él la saca al exterior, con el sudor de su frente y sus cuasi divinas manos. En cuestión de segundos, sale de la sala en pos de otro útero que manufacturar. (Nota: también existen ginecólogas obstetras con gesto a lo Eastwood, pero su actitud proviene meramente del pensamiento androcéntrico).

Las mujeres aprendemos a ser muñecas desde temprana edad. Esas visitas al gine tras la ansiada, temida y muy oculta menarquia, nuestra primera menstruación. Aprendemos a ser cortejadas y a quedar preñadas. Somos mocitas, ya nos han advertido como a caperucitas rojas. Con la regla ya no podemos hacer mayonesa, regar las plantas, ni mirar con descaro porque lanzamos señales equivocadas y, claro, después hay bebés no pedidos. E interrumpir el embarazo es pecado, por si no lo sabías.

Por suerte, dicen que las cosas están cambiando. Parece que se ve luz al final del canal del parto y podemos encontrarnos, de vez en cuando, obstetras con poses más simpáticas que las de John Wayne. En 2019, La ONU y la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer) empiezan a hablar al mundo sobre la violencia obstétrica. El Gobierno de España pretende introducir este concepto en la reforma de la ley del aborto. En la última década se crean redes de profesionales que defienden a las mujeres, las asesoran y les explican que ellas pueden dejar de ser muñecas de carne, con especial relevancia de colectivos históricos como el de El Parto es Nuestro. Proliferan grupos informales de papás y mamás cortando las alambradas del complejo tecno-médico, proporcionando lugares de encuentro y compartiendo otras experiencias aparte del simple cerveceo y barbacoa. E incluso, en algunos medios alternativos las mujeres toman el mando de los grupos de colaboradores y escriben artículos como este casi tan ilustrativos como Érase una vez la vida.

Muy poco a poco se establecen nuevos protocolos en los que la mujer y sus criaturas ya no son cachos de carne moldeable a ojos del sistema sanitario. Y hoy en día, gracias a Venus, hacer un plan de parto no suena tanto a sufragista enloquecida que cree que todo la oprime, sino a madre normal que quiere ejercer sus derechos de madre normal.

Así que nos toca decirlo fuerte: se acabó; el parto no es un trámite burocrático ni una humillación. Y queremos visibilizar esta realidad: mirad aquí, a nuestros coños, con sus costuras, sus aperturas extremas y casi imposibles, sus miles de formas, sangrientos, arrugados. Mirad las cabezas ciudadanas coronando, desgarrando el perineo. Observad nuestras cicatrices de cesáreas. Fijaos en las estrías, en barrigas y senos colgones, en los ombligos salientes. Mostremos toda la variedad de la belleza real. Impera cortar el cordón umbilical y alumbrar la placenta.

La culpa es de los probe

Necesitamos herramientas para responder a las fascistadas que oímos cada día en nuestro entorno. Pero no somos evangelizadorxs, ni queremos matar a base de zascas a nuestrxs vecinxs que no son racistas pero. Y ¿cómo hacemos entonces? Solución: 42

Aquí cada cual tiene su corazoncito que tiembla, enferma y se inflama cada vez que le llega un comentario nazi, fascista, machista o simplemente cuñadista. Cuando viene de lejos, a través de la tele, de las redes sociales o de la megafonía de una misa, no hay problema: agitamos los brazos, cerramos los puños, abrimos mucho los ojos, gritamos eslóganes. Podríamos hasta escupir en el suelo con desprecio y romper una botella de cristal imaginaria. Eso es fácil. Lo difícil es actuar, es decir, intervenir, cuando quien profiere algún comentario odioso —desde nuestro punto de vista— es alguien cercano: la frutera, el vecino de abajo, la presidenta de la comunidad de vecinas, la madre de tu colega, el técnico de lavadoras rotas.

Ese chiste sobre mujeres terroríficas y maridos vengadores. Esa afirmación de que menores extranjerxs se han quedado con el piso de protección oficial de la prima de tu vecino. Esa historia del rumano que robó tanto en el metro de Madrid que se compró un castillo en Transilvania. Eso de que las personas migrantes, con ayudas fantásticas, viven mejor que las nacidas en el país de las torrijas. Esa máxima de que toda la culpa es de las personas pobres, que se gastan la paguita en un plasma en vez de en cursos de inglés. Quien no trabaja es porque no quiere… Frases que nos compungen —del bello verbo compungir— y nos provocan en el estómago lo mismo que dos hamburguesas dobles con queso sintético de un Burguer MacKing cualquiera. Seguro que tenemos miles de respuestas, bien argumentadas, que podríamos soltar de carrerilla para entrar en la batalla dialéctica, dar dos de izquierdas, un gancho y un mordisco en la oreja derecha —metafóricamente hablando, pues somos gente de paz casi siempre, casi, más o menos, a veces, tú me entiendes—. Podríamos aportar bibliografía de tercero de Sociología, un artículo que leímos hace dos años, los datos del Instituto Nacional de Estadística, letras de la Polla Records o un sermón racional rojipardo sacado de Twitter o de un libro de Foucault. Y deseamos, en lo más hondo, que nuestrx contrincante en el ring verbal quede humilladx y convencidx, o, si no, por lo menos, se dé media vuelta ante nuestra gran sabiduría irrefutable. Pero.

Pero en La Cúpula andamos con mucho escrúpulo últimamente y creemos que entrar en estos combates con gente cercana, más que enmendar la situación, la empeora. Sobre todo si no lo hacemos con tacto, pensando en las relaciones sociales palpables, en el intercambio de torrijas, en el préstame una cebolla, en el te lo pago mañana que me he dejado la cartera en casa de mi tía cuando fui a llevarle una fiambrera con…

Bien podríamos apuntarnos a una asociación de consumo de gente afín, trabajar con gente afín, tener un propio autobús para gente afín, un instrumento de medición de gente afín y, finalmente, fundar Afinilandia, a imagen del Estado de Israel, en un paraje afín y lo suficientemente virgen como Nueva Zelanda. Pero preferimos habitar este mundo que tocamos y olemos, sin pasarnos de jipi, que tampoco hace falta. Sin repartir lecciones a cada hereje que se nos acerque. Y sobre todo, sin caer en la condescendencia del calla, facha, que tú, por desgracia, no has estudiado este tema y yo sí, y por eso te suelto este discurso del cual no vas a entender una mierda y que te servirá básicamente para odiarme un poco más.

A menudo, preferimos callar, a veces por vergüenza y otras, para no violentar el ambiente; no querríamos que la vecina deje de recogernos la ropa de la azotea cuando llueva. Nos disgustaría que nuestro cuñado se vaya del restaurante sin haber pagado su parte. Cuánto nos desagradaría que la tita Manuela dejara de invitarnos a las barbacoas familiares. Pero «quien calla, otorga», nos han dicho ya varias películas.

Así que, tras mucho debatir, llegamos a la conclusión de que sí, tenemos que responder y además, ser coherentes (¿superiores?, oh, no, cuidadín) con nuestra moral. Y, ¿cómo se hace eso, sin que hiervan las cabezas, sin que nos salgan sarpullidos, sin que mueran hadas del bosque? Pues como le decían a nuestro autoestopista galáctico favorito: el sentido de la vida es 42.

Es decir, ante cualquier comentario execrable, evitaremos la lógica del enfrentamiento, poniendo en el mapa los cerros de Úbeda. Que nos hablan de la paguita que se gasta la otra en una tele gigante y no en estudiar idiomas, pues le soltamos que mucha gente se compra televisores grandes, precisamente, para hacer cursillos de inglés gratis con el programa That’s English y ver el Sálvame en versión original y leer bien los subtítulos. Que nos cuentan el rollo de que al primo de alguien le quitaron su VPO para meter a tres africanxs, les decimos que bien podría haber montado un piso turístico para alemanxs librepensadorxs y amantes de los impuestos. Que nos taladran con la historia de que las personas migrantes y presas viven como monarcas, les animamos a que se saquen la nacionalidad ugandesa, que insulten al rey y que entren en el talego sin mayor dilación, que no entraña ninguna dificultad; que lo complicado es sacarse la nacionalidad española y luego salir de prisión sin insultar a nadie.

Creemos que nuestra técnica es factible, infalible y reutilizable para cualquier tipo de conversación de componente facha. Deberíamos hacer un manual, en forma de memes y vídeos cortos para llegar a un público más amplio, joven y maleable. Pero mientras nos volvemos a sentar a discutir sobre cómo llevar a cabo esta magna obra os dejamos la siguiente oración. Así vais haciendo cuerpo:

Patrón nuestro, que estás en los rascacielos, / santificado sea tu nombre / venga a nosotros tu empleo. / Hágase tu voluntad así en la empresa como en el Parlamento. / El salario nuestro de cada mes dánosle hoy / y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos tus incumplimientos / del contrato y del convenio. / Y no nos dejes caer en el paro / más líbranos de la falta de competitividad, / Amén.

Carta al Sr. Director de «El Topo tabernario»

Antes de nada, quisiera darle las gracias, en mi nombre y en el de mi marido, por publicarnos esta carta. Quizás ni siquiera la lea, pero al menos, su secretaria ha tenido a bien darle un espacio en su dinámica y heterogénea publicación.

El origen de esta misiva es que mi marido —el pobre, es que ya no puede ni escribir— no para de hablarme de cómo su periódico arrevistado podría mejorar en calidad y, cómo no, aumentar sus cuentas, que supongo estarán mustias por razones obvias. Inicialmente, he dicho secretaria, cuando, quién sabe, si es un secretario lo que tiene usted en la mesa de al lado de su despacho. Hoy día ya no se puede dar por sentado nada. Discúlpeme si peco de antigua. Como decía, somos conscientes de las dificultades económicas por las que pasa su sector. Referentes de la comunicación seria y objetiva como Vocento, Prisa y Unidad Editorial han dejado de ingresar durante el pasado año unos 130 millones de euros. Pobrecitos. Es posible que, en nuestro caso, nos considere, por nuestra edad y posición, un sector minoritario o marginal dentro de su público, pero le aseguro que tenemos pensiones dignas, tan dignas, como para poder suscribirnos al periódico e ir poco a poco reflotando los medios de comunicación que sois, como todo el mundo sabe, el alma de la democracia. Y, como nosotros, muchas personas de nuestra generación estarían encantadas de contribuir con la suscripción si tuvieran a bien apartarse de algunos discursos radicales. Compartimos su perspectiva social y su preocupación por nuestro semejantes, especialmente los desfavorecidos, pero quizás entre su elenco de redactores haya capacidad para ensalzar otros sectores más atractivos de la capital y cubrir algunas de las convocatorias del Club Antares, Los Lebreros, los desayunos del Ateneo de Sevilla y alguna entrevista a artistas locales muy desprestigiados hoy día por la corrección política reinante como José Manuel Soto o Fran Rivera.

Mi marido —el pobre, es que ya no puede— cada vez que abre sus páginas, sentado en su sofá, comienza a recordar sus tiempos mozos, cuando vestía chupa hasta las rodillas como los de Quadrophenia. Gracias a los reportajes de El Topo, mi marido rejuvenece y se toma el Cinzano con mucha alegría. No tengo palabras siquiera para describirle la angustia que le entra cuando su suscripción se retrasa dos o tres días en llegar.

Discúlpeme, que me ando por las ramas. Mi marido siempre me lo dice: «al grano, Charito, al grano.» Y así haré. Las mejoras que mi marido sugiere para la publicación que usted dirige con gran desenvoltura buscan, sobre todo, ampliar contenidos con nuevas secciones.

En primer lugar, se hace muy necesaria una sección importante como, por ejemplo, Deportes. ¿Sería poca cosa para usted incluir una breve columna con las últimas novedades
de los principales clubes o, al menos, del Real Madrid? Otros deportes, como caza o esquí, también llamarían la atención de un público esencial. O la sección de noticias taurinas, tanto que hablan y dicen defender la cultura y el medio ambiente.

Aunque la actualidad de eso que ustedes llaman movimientos sociales está muy bien, algunas «noticias del corazón», o del mundo de las socialités sevillanas, también serían muy necesarias, dado el esfuerzo que ponen ustedes en los temas de interés para el público femenino.

Igualmente, a mi marido —que ya no puede— le resulta un tanto chocante la ausencia de una sección de horóscopos o de un consultorio sentimental que nos ayude a orientarnos en el día a día, igual que un horario de misas. Se agradecería en ese caso información detallada de su correspondiente párroco, pues a mi marido no le gusta cualquier homilía, tiene preferencia por las incendiarias, y no estaría de más un apartado que destaque algún salmo, frases o consejos en el día del señor. Lo mismo ocurre con las esquelas, mucha gente de nuestra edad se suscribiría a su periódico en caso de tenerlas, aunque sea en una esquinita, junto al espacio ese tan raro llamado «Lisergia». Que, por cierto, a La Cúpula esa no hay quien la entienda. Debe usted obligar a quien se esconda bajo ese pseudónimo a escribir de un modo más llano, más del pueblo, como es mi marido. Porque bien es cierto que, si de humor se trata, gracia no tiene ninguna. ¿Han pensado ustedes en publicar alguna viñeta cómica a lo Chummy Chúmez o Mingote? Ahora todos son monólogos y memes de esos de internet con muy poco ingenio y a los que la gente responde todo el rato LOL y XD.

Y volviendo a la cosa económica, hablando de publicidad, mi esposo les aconseja reconsiderar su gestión comercial y abrir las puertas a nuevos actores empresariales alineados con los intereses de España. No va a pasar nada por incluir en sus páginas anuncios de BBVA, Movistar o Endesa. Ustedes ganarán más dinero y así podrían, incluso, organizar galas solidarias para ayudar a los pobres y desamparados de los que tanto les gusta hablar. Como gancho comercial, ¿por qué El Topo Tabernario no trata de seducir a su potencial audiencia con coleccionables? Por ejemplo, unas miniaturas de imágenes cofrades, una colección de estampas antiguas a todo color o regalar, por entregas, un reloj de carrillón.

Por otro lado, ¿por qué no tienen sección de «Contactos»? Sabemos que existe el Dinter y el Baloo y otras aplicaciones para los teléfonos portátiles, pero creemos que eso va más encaminado a la cópula y las relaciones extramatrimoniales. Quizás un apartado a lo «Consultorio de Elena Francis» tampoco vendría mal, que está el país que se cae por la tasa de natalidad y, como dice mi marido, con esto del poliamor nunca se sabe quién es el padre. Nosotros no tuvimos descendencia, bien sabe dios que quisimos; pero claro, quién se iba a poder centrar entonces en cuerpo y alma en el pobrecito de mi marido.

Bueno, aquí dejo mi carta —nuestra carta—, pues tengo que irme a la piscina. Últimamente tengo las cervicales bastante mal. Desde que la monitora de yoga se dio de baja por haber encontrado un trabajo de lo suyo, no logro ponerme en forma. Muchas gracias por su atención. Dios le bendiga; o el dios en quien crea usted. Porque como ya habrá podido comprobar, tanto mi marido como yo somos gente avanzada y tolerante, sobre todo él, lo que pasa que el pobrecito ya no puede.

Buscarse la vida en un futuro incierto

Un 68% de la chavalería que asiste actualmente a los colegios de Primaria se dedicará a trabajos que todavía no existen. Los deseos de año nuevo de mejorar tu estilo de vida no van a ninguna parte. Hay que cambiar de vida, no hacerla más larga. Surgen nuevos perfiles profesionales emergentes además de la tecnología y el big data. Te descubrimos una y mil maneras de buscarse la vida en esta décadas prodigiosa que se nos avecina.

Es posible que a estas alturas ya hayas dejado de ir al gimnasio y estés llorando porque has vuelto a caer tras es el enésimo intento de dejar de fumar. Tan pronto, tus deseos para este 2021 son agua pasada, papel mojado, mortadela de Popeye caducada, lágrimas en la lluvia más allá de la puerta de Tannhäsuer; que a la puerta de Tannhäuser, madre, le tengo celos, riapitá. Las promesas que te hiciste otra vez en la noche de las uvas, está comprobadísimo, no sirven para nada. Son inútiles porque están basadas en aspectos anecdóticos, accesorios y rancios de tu vida mundana, individualista, turbocapitalista e inmoral. Así que olvídate de perder peso, dejar el alcohol o ir más al museo. Hay cosas más importantes que cambiar.

Los gurús de la economía neoliberal que nos gobiernan dicen que un 68% del actual alumnado de Primaria se dedicarán a trabajos que todavía no existen. Analistas de datos líquidos, programación de inteligencia artificial, domadorxs de monos de la NASA, consultoría del management del apocalipsis y un largo etcétera. Eso es lo que la economía pide pero sabemos que, bajo la realidad de la España productiva, está la economía sumergida que a tantas familias mantiene. Lo que debemos empezar a pensar es en cómo ganarnos la vida. Si no te ganas la vida de alguna manera, la pierdes y luego te tienes que poner a buscártela de un modo, digamos, más posmoderno. Con nuestro afán solidario, de ayuda mutua y cariño a la humanidad, hemos reunido a un focus group de mentes brillantes y gran expertise que desdibuja las predicciones y se sincera con la realidad. De ahí estos breves apuntes sobre quehaceres y variantes para no morirte de hambre en esta década ominosa y pandémica.

1. Rompe tu hucha y cómprate un campo. Grande. Hectáreas. Con ganado, gallinas y estiércol. Mucho estiércol para que tus tomates crezcan sanos, gordos y apetitosos. Si tiene casa con paredes y techo, mejor. Si no, bien puede servirte la tienda de campaña que usaste para ir a los Caños en 2003 y al Viñarock del año siguiente, en aquellas ediciones en las que se conservaba la dignidad y se apedreaba a Ramoncín. Si no tienes hucha que romper, pídele prestado a tus vecinas. Diles que se lo devolverás con intereses cuando coseches los tomates y sepas transportar los huevos de tus gallinas con garantías. Nunca pidas prestado a un banco. Esa no es forma de ganarse la vida. Si tus seres queridos no te prestan dinero, recurre a tu mejor amigo: el chantaje y la extorsión.

2. Si eres de los que quiere un mejor futuro para ciudades habitables en lugar de huir a una ecoaldea, o simplemente no te gusta el campo (por las lombrices y las avispas), acércate al partido político que mejor sombra te cobije. Hazles carantoñas, fabrica memes en sintonía, lávales los trapos sucios y tararea sus sintonías de campaña. Ponte el pin con el logo oficial en la solapa. Haz carrera política como se ha hecho siempre en Andalucía, sacándote de una vez el carnet del PSOE, pardiez.

3. Si no quieres perder la dignidad en un partido político, ponte a propagar bulos y monetízalos. Sácale rentabilidad a tus pamplinas mientras convences al vulgo de tu supuesta gran sabiduría. En la misma línea, puedes convertirte en un bot amanuense. ¿Sabías que hay máquinas que escupen miles de tuits, cuentas falsas en redes sociales que van solas soltando likes a mansalva en función del algoritmo que les ha programado para comunicarse con otros bots hermanos. La programación, el big data y los servidores con petabytes no están al alcance de cualquiera. Pero todo es ponerse y ser constante. Con paciencia y dedos de prestidigitador tú también puedes conseguirlo en jornadas laborales de 23 horas con 15 minutos para el bocadillo

4. Evocador de tradiciones extintas o en peligro de extinción. ¿A qué huele el puchero en un mundo de productos ultraprocesadosy esferificaciones? A gloria. Serán pocos los que lo recuerden en 15 o 20 años. Llegará un momento en el que nadie rememore cómo era sentir la brisa en las marismas de un Doñana sin privatizar, bañarse en las playas de Bolonia antes de gran tsunami purificador o pasear por la ribera de los ríos sin lluvia ácida ni radiación nuclear. Allí estarás para contarlo a cambio de unas monedas.

5. Conviértete en turista fake. Ahora que la crisis planetaria amenaza con hundir el turismo, úntate de crema solar, camina por las calles con sandalias y calcetines y chapurrea expresiones altisonantes en un idioma desconocido mirando un mapa. Hazte fotos con gente autóctona a cambio de la voluntad. Cóbrale a la de la oficina de turismo por cada encuesta que rellenes. Es fácil. Se te rifarán en los bares y en las catedrales. Para que las iglesias sigan cobrando ayudas para conservación del patrimonio necesitan de turistas, aunque sean figurantes.

6. Inscríbete ya en una bolsa de conejillos de indias. Siempre hay compañías farmacéuticas, tiendas de ropa, drogas emergentes, fábricas de videojuegos, vibradores ultrasónicos o zapatófonos que necesitan de tu predisposición para probar las cosas del futuro. Suena a broma, pero «probadorx de cosas» es una profesión que ya existe.

7. Monta una asesoría para la búsqueda de subvenciones, ayudas y otros trámites burocráticos para buscarse la vida. Hazle la vida más fácil a gente como tú. Gestiona el acceso y las solicitudes, le das a enviar en formato pdf, imprimes el justificante y luego le pasas una factura o tu número de cuenta (si lo haces en negro, nunca, nunca, des tu número de cuenta). Abstente de instalar certificados digitales: no merece la pena quebrarse la cabeza y arriesgarse a invertir siete años de tu tiempo ante una pantalla que da error. Es como la web de Renfe pero peor.

8. Conviértete en milenarista postmoderno (es el fin, pero tampoco es pa tanto). Relativiza tus augurios y rentabiliza tu saber profético. Ofrece sermones sobre creencias emergentes en una esquina de la calle Sierpes con ofertas especiales para grupos reducidos. Ponte un crucifijo de seis puntas con media luna de fondo y habla de la próxima apertura de un perfil de Cristo, parido por Dios y un algoritmo sin mancillar, en las redes sociales del momento. La gente no se da cuenta de que ya hubo, hay y habrá otros fines del mundo mucho más interesantes y oscuros que el rollo este tan cansino del covid. Y aquí estás tú para ilustrarnos con tus conocimientos… Eres un portavoz cualificado del fin de los días, un gourmet del apocalipsis.

9. Existen más perfiles profesionales en cierne, que solo necesitan a alguien como tú para materializarse por primera vez. Prepárate para preparar a preparadorxs de preparacionistas. Nunca preparar fue tan preponderante e hiperimpronunciable. Abre una tienda y llámala Sgt. Prepper antes que nadie. También puede ser camello de la Silk Road 3.0, el gran supermercado de la drogaína en la deep web: papelinas fiadas con excelente corte de caliche en su propio domicilio. Para amantes del deporte de aventura, coge fuerza convertirse en cobrador de seguros de accidentes. Es un clásico. Ponte en un paso de peatones, agazápate bien y lánzate por sorpresa a estamparte contra el capó de los coches más caros. Serás unx suicida, pero tendrás todo nuestro reconocimiento por tu lucha contra el capitalismo de alta gama.

Un poquito de ‘ahe’ para el new age

En nuestra compleja, plural y metamórfica Cúpula lisérgica, y como seres de luz que somos, no tenemos derecho a ir por ahí excomulgando a la gente que afirma cosas con argumentos poco propicios. Pese a ello, en esta eclosión loca de necesidades milenaristas no resueltas, se intuye cierto peligro en la deriva que están tomando algunos discursos de la izquierda crítica con todo el lío de la pandemia pandemonium que nos azota. Cuando todo se vuelve sobredimensionado y caótico es más importante que nunca mantener la calma y la cabeza serena. Resulta preocupante que cualquier posicionamiento crítico respecto a las políticas sanitarias tomadas frente al covid sea aprovechado y apropiado por la extrema derecha y angelitos afines, tergiversando conceptos como la autogestión de la salud y llevando a mucha gente bienintencionada a territorios pantanosos y a posiciones cerriles en vez de hacia horizontes emancipadores.

En la misma línea, preocupa que cualquier cuestionamiento del estáblisment científico ante una sanidad extremadamente medicalizada y farmacológica sea tachado de terraplanista y magufo, por parte de un poder burgués con perfume progresista. Asimismo, y para animar este gazpacho, muchas de las teorías «al margen», florecidas bajo el paraguas de la new age, sirven desde hace décadas al gran capitalismo para transformarlas en objetos de consumo, mercados rentables para un target multirracial y de ideología ambivalente.

Por último, y en dirección contraria, inquieta que el cuestionamiento del método científico y el pensamiento racional abran las puertas a viejas y nuevas formas de dominación y engaño; que se menosprecie el conocimiento científico, o el conocimiento en general, y se ensalcen prácticas milagrosas e ideas alienantes para el ser humano.

Así que, por amor a la gente que critica de buena fe, vamos a centrarnos en esto de la nueva espiritualidad para entender su actual mala fama y hacer de trileros olvidándonos por un rato del asunto de lo científicamente comprobable. Popper, tápate los oídos o súmate a la reunión y ponte a pintar mandalas.

Para tratar de amortiguar el acoso y derribo hacia todo atisbo de espiritualidad y todo lo que huela a terapias alternativas, vamos a diferenciar términos. Lo primero es darle un poquito de ahe al new age y diferenciar lo que tiene ahe (gracia, simpatía) de lo que no. Lo que no tiene ahe es el new ajo, elitista, individualista y tan carne de mercado como la clientela del Ikea.

Bayer no nos va a prestar sus laboratorios. Aun así, queremos esfuerzos contundentes para corroborar la efectividad generalizada y universal de la homeopatía, el reiki, el Visnú o la astrología neodinámica. Y salir de una vez del «pues a mi me funciona» o «lo he visto en internet». Ante esta tesitura, parece oportuno dirigir un escrito a la OMS exigiendo que sometan a la comprobación científica, de forma exhaustiva y pública, a todas las corrientes y prácticas de lo que llaman new age. Y mientras esperamos sus conclusiones, sean las que sean, queremos rendir un homenaje a quienes dudan, con ojo crítico, de todo lo establecido. La duda enriquece y nos enternece. Aunque, bueno, también hay formas y discursos. Federico Jiménez Losantos en sus homilías mañaneras también presume de gran sentido crítico y desafiar al poder establecido.

Al new ahe le preocupa la dieta e intenta que sea lo más saludable y ecológica posible, pero si está comprada en el Corte Inglés y viene de monocultivos en países del tercer mundo donde se explota a les trabajadores, no interesa. Esto en apariencia se convierte en algo de difícil acceso para los bolsillos no pudientes, pero un poquito de conciencia en cada compra, el apoyo al comerciante local y el interés en lo que nuestro consumo provoca en nuestro entorno inmediato, conducen inexorablemente hacia el new ahe.

En lo espiritual, el new ahe está a favor del yoga y la meditación, tanto para aportar salud y relajación como para nutrir el espíritu. Pero si eso es para creerse mejor que quien prefiere drogarse o ver el fútbol, eso tiene poco ahe y bastante ajo de la élite del new age. El new ahe no tiene problemas con el paganismo, el panteísmo o incluso con la mística cristiana, islámica o la que sea. El new ahe no tiene problemas y acepta con respeto al prójimo, entre otras cosas porque «su intención es trascender, dándole sitio a sus propias inquietudes, en una mirada honrada hacia las verdades de su interior». A lo Kung Fu. Comerle la oreja al personal y pretender poseer la verdad iluminada no es introspección, es ser new ajo. Para el new ahe, la espiritualidad es, como dice Hakim Bey, «una dimensión que le falta a la lucha obrera histórica y no una manera que tienen las clases medias desposeídas de escaparse del aquí y ahora».

En lo colectivo, el new ahe practica la compasión en sentido budista, el sentimiento compartido, no con el sentido cristiano de penita y caridad por los pobres menesterosos. El new ahe tiene conciencia del lugar privilegiado que ocupa en el mundo y de todo lo que ello conlleva. El new ajo pisa una tierra que la mayoría de les mortales no pisamos y desprecia el bien común.

Sobre la salud y la enfermedad, al new ahe le molan cosas dispares como la bioenergía y las diversas técnicas de alteración de la conciencia, incluido el uso de algunas drogas comunes de tracción psicodélica. Su naturopatía tira más de los viejos remedios de abuela que de carísimos y exclusivísimos tratamientos muy especiales de mimimimimi. Son más, en ese sentido, de Silvia Federici que de cualquier urban white male expensive doctor. Por su parte, el new ajo sigue las corrientes marcadas por las marquesinas de publicidad. Si se pone de moda comerse un mojón y hacerse un enema con chía de las cumbres borrascosas de Ipanema, ya mismo estará el Corte Inglés incluyéndolo en su sección de Belleza y Bienestar. Aunque usen terapias no reconocidas por el sistema sanitario, la new ahe defiende la escuela y la sanidad públicas, mientras la new ajo en su vida ha pisado un ambulatorio y les importa varios cominos y pimientos (muy diuréticos y detox) la movida esa de lo común. Para eso, ya tienen sus clínicas, terapeutas y sus tours por India a visitar al Yogi deluxe. ¿Y qué leen? Pues la new ahe prefiere conformarse con la revista Integral que abrazar a Iker Jiménez; a Yayo Herrero que a Paulho Cohello ahí; a Jorge Riechmann que a Jodorowski. O directamente no lee nada, porque es un ser experiencial y no tiene que estar forzosamente relacionado con la intelectualidad. En cualquier caso, aprende o eso pretende, evoluciona, se pega carajazos, recula, se despeña y llora mucho.

Hasta que la OMS venga a dar la razón o a crucificar al new ahe, aprovechamos para mostrar nuestro cariño a esa gente que, mientras duda, grita jipimente «namasté», o «amén», o que «viva la hierbabuena», con ojo crítico pero compasivo. Así que, un respetito para los jipis del new ahe y fuego purificador para los new ajo. Ya hablaremos de la ciencia y la fe, pero otro día, ya si eso.

Risa para transformar el miedo

Ante la obligación colectiva de hacer respirable el mundo que nos ha tocado vivir, hay que reivindicar el humor como estrategia. Ayuda a relativizar, es una forma de transformar el miedo y desaira al que se enquista, pues la ridiculez y el humor son bases de la vulnerabilidad, que solo se muestra cuando no se pretende combatir. Hay un poder ancestral en la risa y cierto brillo de inteligencia en aquellas personas capaces de reírse de sí mismas.

Vivimos un tiempo bisagra. Sufrimos, algunxs más que otrxs, un cambio cultural, auspiciado hace 40 años por la globalización y el amanecer de la red. Es muy complicado encontrar las coordenadas de tu lugar en el mundo sin cimientos; funcionando en un sistema operativo nuevo que pretendemos reescribir en un código antiguo. Las referencias mutan, se descomponen, algunos símbolos permanecen, pero no resulta fácil vivir en un mundo de cuyo sentido te han desprovisto. Existe la lucha de clases y el abuso de poder, pero las viejas banderas ya no sirven para explicar la vida contemporánea. Y menos aún bajo la inexistente conversación del cacareo de las redes. Probablemente, pensar por unx mismx sea hoy una heroicidad. Y en esas, el leviatán se manifiesta en forma de pandemia, poniendo de relieve la vulnerable condición del ser humano y favoreciendo un medioambiente político, económico y social que desnuda la pobre condición de la comunidad frente a la individualidad. En un bombardeo incesante de recomendaciones, normas, reglas, prevención y control, lo común sufre el azote de la lucha de las prioridades. ¿A quiénes estamos dejando morir?, ¿qué estado del bienestar queremos sostener?, ¿en qué casilla de la declaración se declara socialdemócrata?, ¿qué mundo le vamos a dejar a los habitantes de la próxima glaciación?

Desprovisto lo visto, no vale la pena llorar por Roma, pero hay algo, tan íntimo como pensar, cuyo potencial es indestructible: el poder de la risa. Sí, en este momento bisagra oscuro y distópico, el humor es algo que hay que calibrar mucho y son tiempos complicados hasta para las débiles almas lisérgicas que habitan esta madriguera. No, no es fácil hacer humor en estos tiempos de mierda, en los que hace falta espacio (mental) para pensar. Es interesante favorecer reflexiones: ¿qué nos hace gracia?, ¿por qué es más fácil reírse entre semejantes?, ¿con qué temas no es recomendable pasarse ni una mijita? En el fondo, la peña, ¿de qué demonios se ríe?; ¿existe siempre un factor moral o ético detrás de un chiste?, ¿no hay algo esencialmente irracional en la carcajada?, ¿no es precisamente humor aquello que irrumpe en la lógica?, ¿no es absurdo y malaje hacer tantas preguntas y no responder ninguna?

El humor tiene que ser una herramienta para relativizar, un acto que no está reñido con la información, el sentido crítico, la ideología o la tendencia conspiranóica de turno. El relativizar es una forma de transformar el miedo, transustanciarlo, deconstruirlo o como se deba decir de intelectuales maneras. Es deshacer los mimbres de lo poderoso. El humor es una herramienta de transformación del miedo.

Quizás sea momento para resucitar cierto pasotismo que en otros tiempos era una posición que orbitaba con solvencia en el espectro contestatario sin que te llamaran insensible o inconsciente. Ser melasudanista no solo es legítimo, sino que puede constituir per se una teoría del humor. El humor, como arma, rebaja los posicionamientos propios y, por lo tanto, crea apertura al diálogo. No es difícil detectar el brillo de la inteligencia en quienes se ríen de sí mismos. El humor ridiculiza al que se enquista. Si el que se enquista cae en la cuenta y acoge su ridiculez con humildad, deja que desaparezcan las barreras, y puede comenzar la conversación con el otro opuesto sin que haya conflicto armado. Es más, esta aproximación parte de la conciencia de la propia fragilidad. La ridiculez y el humor son bases de la vulnerabilidad, que solo se muestra cuando no se pretende combatir.

Dicen que cuando los golpes del humor van hacia arriba, hacia los poderosos, es humor, y que cuando va hacia abajo, hacia las oprimidas y oprimidos, es discurso de odio. Quizás, lo importante es que vaya hacia una misma. Eso es clown y, sin duda, es síntoma de salud. En las inercias dicotómicas preguerracivilistas, tendemos a pensar que los fachas solo se ríen del mal ajeno, a modo de burla, nunca de ellos mismos. Para ellos, hay cosas serias, muy serias, que no deben ser motivo de risa. ¿Lo crítico e irónico es de izquierdas y lo de derechas es ranciofact y chistes de Arévalo? Esta apreciación, ¿no parte pues de un prejuicio o de supremacía moral?. Sí, totalmente. Somos superiores moralmente y nuestros prejuicios van a misa.

Parece ser que en Inglaterra están peleándose a cuenta de eso ahora. Ha dicho la BBC que está buscando cómicos fachas graciosos para mantener la paridad y que, resumidamente, no encuentra ninguno. La BBC no contrata comediantes de derecha para sus programas porque «no son lo suficientemente divertidos». Todo eso se basa en hacer reír a los semejantes que comparten tus códigos. En cualquier caso, se pierde la individualidad, no se trata de hacer reír a los demás, sino de la capacidad de reírse de uno mismo.

Puede ser que, especialmente con los memes, que el chiste facha y el chiste altermundista solo buscan enfrentarse. Es difícil derribar barreras. Damos fe de la existencia de talibanes de la izquierda radical que no se ríen absolutamente de nada. Es posible que haya distintos usos del humor, como posicionamiento político, como terapia, acercamiento, transgresión o humor simple y llanamente lúdico. Y entre ellos reside el humor como posicionamiento vital.

¿Qué hace reír al cerebro de un simio racional medio? Parece evidente que el humor depende del contexto y el momento en el que se produce. Una cosa no tiene gracia hasta que el consenso de los códigos utilizados para comunicarnos decide que lo es. Ergo, nada en sí mismo es descacharrante. El poder es de la gente. Es todo muy bonito hasta que ves las comedias españolas de estreno.

El humor representa la versión más pura de la inteligencia porque no solo define lo que es transubstancial al ser, sino que lo pone del revés como un calcetín. El humor transita. Su sublimación es la risa.

Por mucho que te sorprendas partiéndote la caja en la intimidad con el último meme del perro, la risa es un acto eminentemente social. La risa no es individual porque parte de una complicidad necesaria, capaz de subvertir el curso natural (compartido) de los acontecimientos y dejarse sorprender; aunque sea una complicidad imaginaria que mantiene a salvo al doble sentido, al gag, que vive agazapado entre los discursos de la lógica. Así que, aunque estés sola, confinada, debilitada y asfixiada, prueba a ponerte delante del espejo, observa fijamente a quien tienes delante y ríete en su cara. Sin miedo.

Comunismo Libertario Intergaláctico

Nuestra caótica existencia debería admitir futuros interplanetarios de índole emancipadora, capaces de propiciar utopías ecologistas y tecnológicas. Un mañana iluminado por el durruti del año 2150 que pedirá no solo tierra y libertad, sino un planeta Marte libertario sin demasiados comités.

En este devenir instantáneo de las distopías postcovid, los hijos e hijas de la ciencia ficción venían ya llorados de casa. La caótica existencia del ser humano en un minúsculo sistema solar de una galaxia muy muy lejana debería admitir futuros interplanetarios de índole emancipadora. Una perspectiva social de la conquista del espacio es necesaria.

La carrera espacial puede tener sitio, también, en los corazones del comunismo libertario. Necesitamos un Durruti del año 2150 pidiendo no solo Tierra y Libertad, sino un planeta Marte y Libertad sin demasiados comités. ¿Nunca os habíais preguntado por qué los ultramillonarios miran para otro lado ante noticias sobre el hambre en el mundo, el cambio climático o la presencia de Samantha Vallejo-Nájera en Masterchef o las guerras en países pobres? Mirar hacia otro lado no es mirar a cualquier parte. Concretamente, miran un punto en el cielo, al noroeste aproximadamente. Parece una estrella, pero no lo es. Es Marte. Es actualmente el objetivo de sus inversiones más ambiciosas.

El planeta vecino ha sido durante el siglo XX una especie de El Dorado para especuladores de la ciencia ficción. Cuánta literatura, cuánto cine, cuántos Iker y cuántas sectas nos han hablado de futuras civilizaciones en Marte a lo Marina d`Or Ciudad de Vacaciones. Colonias construidas desde la nada hasta las más altas cotas del exterminio, como la conquista del Oeste, a lo John Wayne; o de futuras guerras contra sus indígenas verdes, normalmente de ideología caótica, malvada y soviética, que le dé un poco de consistencia a eso de llamarlo el planeta «rojo». Platillo volante, cabeza ovalada, ojos rasgados negros y puño en alto. Eso es molar.

Sin embargo, las más modernas tecnologías de este siglo XXI, el exceso de riquezas y la globalización de las calamidades mundiales han convertido la fantasía de viajar a Marte en una meta real y tangible. Cada película marciana, cada reportaje en El País Semanal, cada pequeño hallazgo de la sonda Insight que manda señales desde Marte, esconde detalles hiperrealistas, análisis exhaustivos y simulaciones que no son más que experimentos para ir trabajando en el plan. Nuestros ultramillonarios iluminados no tienen tiempo para sentir lástima por un árbol talado o por otra tonelada de plástico flotante en el océano. Solo se preocupan de cómo salvar el culo antes de que llegue el colapso.

El estudioso Douglas Rushkoff, mente preclara, psiconauta y cyberpunk, nos lo explicó hace un par de años. Este tipo de gente trama la huida. Quieren poner a su servicio la tecnología para salvarse de la porquería de planeta en que se está convirtiendo nuestra santa casa. Ya que esto está hecho mierda, ¿por qué no lanzarse a Marte y darle vida? Rushkoff cuenta que un día cinco multibillonarios le pagaron una burrada por dar una conferencia y resulta que la única audiencia que se presentó la formaban estas cinco personas. Y no querían escuchar su charla sobre el futuro de la tecnología, sino que le sometieron a un interrogatorio con preguntas muy precisas. Solo querían saber cómo protegerse de lo que se nos viene encima: «El Acontecimiento» lo llamaban.

Como en la película Elisyum, la NASA ya planteó la posibilidad de colonias que orbitaran alrededor de la Tierra para cientos de miles de personas elegidas. Y abajo, con la contaminación, la radiación, la COPE, el 5G y Miguel Bosé nos quedamos los pobres.

Acuérdense de que Elon Musk, ese excéntrico villano con perfil de jugador pro de Nintendo DS, se hizo famoso por su intención de llevar la primera misión de turistas a Marte con el proyecto SpaceX. Décadas antes, en los 70, el líder de la secta Edelweiss, llamado Eduardo González Arena, convencía a sus jóvenes acólitos de que, tras el apocalipsis, el futuro estaba en el planeta Delhais, donde no habría mujeres. Una especie de Edén misógino, algo así como el planeta Forocoches. Pero claro, ese hombre, exlegionario español y futuro pederasta, no era multimillonario y no podía aspirar a llevar a sus chavales de excursión a Marte, así que tuvo que inventarse un nombre de tintes élficos para su arcadia cósmica. Aunque no venga al caso, cabe destacar que el líder de este grupo de excursionistas acabó en la cárcel y murió un año después degollado por un chaval de 17 años en Ibiza. La vida es poética y sorprendente.

Cuando nuestra bazofia de mundo parece coger impulso para el colapso definitivo, es normal que el ser humano desee abandonar el barco. Las ratas son las primeras que lo hacen y se han puesto manos a la obra. Nosotros, we, the people, la gente, somos las cucarachas. Mientras ellos elucubran sobre cómo sería el régimen jurídico de los primeros asentamientos, cómo podrían nutrirse y cómo defecar mejor en atmósfera cero, a nosotros nos asaltan otras cuestiones más mundanas y pragmáticas: si la breve presencia del ser humano en la Luna ha costado megalodones de petrodólares y solo hemos conseguido un puñado de fotos, ¿cómo pretenden llegar hasta Marte? ¿Acaso no suena todo a estafa piramidal inmobiliaria? En el caso de que efectivamente lleguen al planeta rojo y lo pongan verde, con sus tecnojardines y sus burbujas urbanas, ¿habrá entre sus habitantes colonos decrecentistas? ¿Existe ya la gentrificación intergaláctica? Si a Marte solo van a ir los más destacados megapijos de la elite mundial, ¿Quién va a recoger el fregado y limpiar las escafandras? ¿Cómo harán para la coca y el champagne? ¿Habrá narcolanchas espaciales? ¿Abre este verano el Pachá Ganímedes?

Podemos soñar. ¿Y lo bien que nos vendría ahora para la industria que pusieran aquí varias fábricas de naves espaciales, en vez de tanta terraza de bar y trabajos de recadero? La población sevillana tendría ventaja, dada su mayor adaptación a temperaturas extremas y horizontes hostiles. Y podemos seguir soñando: ¿y lo divertido que sería que las colonias de Marte acabaran como las comunas hippies en los 70 sucumbiendo al descontrol y la autodestrucción?

Yuri Gagarin, que estás en los cielos, baja, aunque sea en pijama, y échanos un cable. Arroja un poco de luz y explícanos cómo preparar nuestro vuelo para que, cuando lleguemos allí, esté ya la mesa puesta.

El juez Dredd en babuchas

En estos días de coronamiento colectivo por confinavirus florecen en los maceteros los chivatos de balcón, recreadores cotidianos de la historia de Juan Castillo, que emulan a Joaquín Gambín o a Jacobo Morcillo como peces en el agua de este Estado policial al que ya llamamos «nueva normalidad».

El huracán de la amenaza a las libertades individuales, que nos ha traído el confinavirus, propicia el florecimiento en cada comunidad de vecinos de un juez Dredd: ese agente de la ley estadounidense de un futuro distópico que aúna en un solo elemento los poderes fácticos de policía, juez, jurado y verdugo. Aquí hay peña que ha gozado del confinamiento. Tela. Gente a la que no le dolería que hubiera pandemias cada tres meses para no tener que salir nunca. Y no son los jugadores de rol fotofóbicos, los hikikomori, ni otros seres de la mitología contemporánea. Existe otro tipo de personaje más tenebroso que ha salido a la palestra en estas últimas semanas, que ha disfrutado lo que no está escrito eso de asomarse al balcón y ejercer el voyeurismo envenenado para creerse espías y jueces en defensa del sistema. Chivato, chota, soplona, acusica, snitch, bocas, buchón… diversas maneras que tiene el pueblo para referirse a quien delata, esa persona que denuncia o acusa a alguien, especialmente si lo hace de forma secreta y ante las autoridades.

Las chivatas de balcón antes se limitaban a mirar por la mirilla de la puerta e impartir ley marcial de patinillo. Ahora tienen una tarea importantísima: trabajar por el bien común, vigilar, denunciar y juzgar a todo aquel que se salta la norma del estado de alarma. Les encantaría contar con un buzón como el que había en Venecia en la Edad Media, con boca de león, para que las ciudadanas pudieran denunciar a sus vecinas. Ahora, los leones parecerían estar vomitando cartas de vecinas expertas en jurisprudencia en estado de alarma. Y puede que los wasaps de la comunidad de propietarias sean hoy día la arena del circo romano en la que queremos alcanzar el dolor y la gloria con mucha sangre de semejantes apuñalándose por compartir el yugo.

Ya querrían estas personas, entre visillos y medallas a la desconfianza, ser contratadas por el Servicio de Inteligencia o por la Policía Local. Sus ecosistemas favoritos son los Estados totalitarios y, Vox mediante, posibilidades habrá para que se reproduzcan. La Venecia de los dogos, la Alemania nazi, la Rusia zarista y la estalinista, la España de Franco o la Camboya de Pol Pot fueron terrenos fecundos para el chivaterío. Tiempos en que la ciudadanía contaba con un buzón abierto las 24 horas para poder denunciar a sus vecinas y en que menores delataban a sus papis y mamis (efectivamente, nos referimos a V, la mítica serie ochentera). Tiempos en los que incluso se convirtió en un oficio con profesionales patrios de la talla de Jacobo Morcillo, polifacético compositor, director, arreglista e intérprete de jazz y autor de La vaca lechera (sí, la del «tolón tolón»), que estuvo infiltrado en las filas de Durruti; Eliseo Melís Díaz, cenetista al servicio de la Brigada de lo Político Social; o Jacinto Guerrero Lucas el Peque, responsable de la caída de Granados y Delgado.

Toda buena chivata aspira a trabajar para el poder. Así lo hicieron históricas ratas como Joaquín Gambín Hernández, también conocido como el Grillo, el Rubio, el Legionario, el Murciano (jajaja, sí), el viejo anarquista, el instigador del incendio al Scala. Se metió hasta las cejas en el movimiento cenetista y revolucionario tras la muerte de Francisco Franco y fue denunciando a todos los que pudo, mientras la chavalería anarquista de Barcelona, inocente ella, seguía creyendo que era un ejemplo a seguir en los valores libertarios.

Nuestro chivaterío de balcón, sin embargo, se tiene que contentar con gritarle «rata inmunda» a aquella persona que sale más de la cuenta, aunque sea personal sanitario que vuelve de trabajar. O escupirle ese niño, aunque resulte ser autista. O meterle silicona en la cerradura a la vecina del tercero que no sale a aplaudir a las ocho de la tarde.

Desde la más tierna infancia, las personas intuimos que no está bonito chivarse de la compañera, que está mal ser una acusica igual que está mal ser una abusona. Una chivata nunca ha gozado de la simpatía de sus congéneres. Como mucho ha conseguido el aplauso de la policía o la palmadita en la espalda de la autoridad competente. No pocas veces lo ha pagado con su vida, aunque fuese, como en el caso de Judas, motu proprio. El problema, ahora, es que hay policía patrullando las calles mientras recibe un baño de aplausos.

En estos días se han multiplicado las llamadas a la policía de «ciudadanía preocupada» denunciando, pro bono, a sus vecinas por incumplir las normas del confinamiento. Se ha practicado a mansalva el voyerismo con veneno. No para resolver crímenes a lo James Stewart con pata escayolada, sino para meterse en la piel de un empleado de la Gestapo, la Stasi o el Club de Amigos del Comisario Villarejo. Son gente, generalmente en pijama, que desde sus balcones del linchamiento le echa la bronca por megáfono a cualquier transeúnte; que llama a la policía porque las criaturas del piso de arriba están haciendo ruido, o denuncia a infractoras que cuelgan sus vídeos en internet.

Desde la perspectiva de la justicia poética, al soplón de turno no le espera nada bueno. Las cárceles americanas popularizaron el dicho «snitches get stitches», que viene a decir que las soplonas acaban apuñaladas. La música tradicional española de finales del siglo pasado plasmó algunos de esos conflictos. Los navarros Kojón Prieto y los Huajolotes dedicaron una de sus rancheras a ese chivato al que «los días que le quedan son una cuenta atrás», y Nacho Cicatriz le llamaba «chota de mierda» asegurando que «pagaría su traición». Los Chichos cuentan en La historia de Juan Castillo como de un bucharnó (un disparo a bocajarro) le quitaron la vida por a pucabar (chivarse).

Esa persona chivata no es más que un producto de la sociedad en la que vivimos, hija de la intriga y la desconfianza. Su hábitat perfecto es el Estado policial. El chivatismo de pandemia —desinteresado y circunstancial— podría ser erradicado si hubiera mejores canales de comunicación en el vecindario. Si esas comunidades hacinadas en bloques verticales adoptasen una mentalidad más horizontal, la aterrada o la paranoica podrían expresar y resolver sus inquietudes en el seno de sus comunidades, obteniendo así el consenso de potenciales infractoras. En definitiva, poder decidir entre todas las personas, al margen de autoridades ajenas o impuestas, lo que se debe y lo que no se debe hacer, apelando a la responsabilidad individual y colectiva.

Otra generación perdida: de punkis a neopaganos

Toda una juventud politoxicómana crecida al amparo de la izquierda «radikal» busca ahora refugio y longevidad en la salud holística y la energía interior. ¿Por qué nos volvemos depresivos e hipocondríacos y ya no nos parece tan buena idea eso de vivir rápido y dejar un bonito cadáver?

Nos ha llegado la hora. La del baño. La del baño interior. Lo que viene siendo limpiar el cuerpo, lavarse por dentro. A nosotr@s, que crecimos entre España 82 y Barcelona 92 y fuimos madurando (ejem) a base de punk, marchas a Rota, litronas de casco reciclable y estupefacientes de origen incierto (que solo tomaban nuestros amigos, por supuesto), nos entra ahora la bulla y el carpe diem invertido por limpiarnos el hígado, el cerebro y otras zonas de la casquería humana. La gente más seria, racional y bienvestida de esta generación se ha tirado a la piscina. Hacen pequeñas maratones, visionan charlas TED y comparten imágenes de autoayuda neoliberal con arcoiris, besitos edulcorados y pseudofrases positivistas que parecen escritas por Paulho Coelho tras haberse practicado unas lavativas de MDMA con tazas de Mr.Wonderful.

Pero nuestra calaña, propia de gente revolucionaria y utópica, e incluso progresista, necesita algo más espiritual, cuasi religioso, que nos limpie las vísceras y, sobre todo, el alma. A falta de una buena misa que nos ilumine, el neopaganismo nos viene bien para contrarrestar sentimientos de impotencia y derrota, o simplemente paliar la sensación de estar haciendo el idiota, tan propia de militantes acostumbrados históricamente al fracaso. Aunque, ¿hay algo más humano que el fracaso? ¿Será porque nos volvemos depresivos e hipocondríacos y ya no nos parece tan buena idea eso de vivir rápido y dejar un bonito cadáver?

Un día, navegando por tu red social favorita, te topas con una foto grupo de los participantes a un retiro de yoga con terapia «neurobiointramegaemocional». Identificas a varios rostros conocidos. Viejas amistades comunes. Todos expunks, con hábitos de consumo politox de toda la vida, pero ahora con descendencia; e incluso algunos con pareja estable, trabajo fijo e hipoteca. Al día siguiente te encuentras con otr@ colega que en su día se hartaba de cartones y micropuntos, y ahora te mantiene la mirada fija mientras recita conjeturas sobre la teoría Gaia, tu deteriorada energía interior y la Gestalt. Al otro, te ves a quien se pimplaba un paquete de tabaco y cinco cafés en una mañana, practicando ramadanes de siete días mensuales y se aplica enemas de café para tener el esfínter limpio y cristalino. Y el que nunca faltaba al Espárrago Rock y ahora se gasta 400 pavos en un retiro en Tarifa para ayunar y guardar silencio comiendo healthy food.

Así pues, para sentirnos mejor, no tenemos más remedio que justificar nuestros nuevos rituales sin traicionar aquella juventud radikal que vivimos en su día con gratitud y que ha ido construyendo nuestra identidad. Rebuscar una mijita en la historia ayuda a entender que este tipo de paganismo no es nada nuevo ni tan inusual. El misticismo fue componente fundamental de muchos proyectos emancipatorios de la Edad Media (Hermanos del Espíritu Libre y toda la pesca), y muchos movimientos de raíz cristiana, como los cuáqueros, tuvieron planteamientos con un toque anarquista muy, pero que muy, puro: purísimo. No tienen coches ni teles, aunque rezan hasta para mear. Y bueno, ahí está el anarquismo cristiano de Tolstoy, Dorothy Day o Ernesto Sábato. No hay que olvidar el taoísmo, que también tiene cositas muy libertarias.

También hubo revolucionarios anarquistas que, tras el boom de la masonería, se apuntaron a una logia. Como por ejemplo el fundador de la Escuela Libre de Enseñanza, Ferrer i Guardia, o Salvochea y Anselmo Lorenzo, mismamente). A otros les dio por las ciencias ocultas y el espiritismo, como la anarcofeminista Teresa Claramunt, íntima amiga de una famosa médium de origen sevillano; o el de reporteros obreristas Luis Ponce y Valentín Cangas, que combinaron la militancia libertaria con el interés por las movidas paranormales a lo Cuarto Milenio. Y cómo no hablar de los protohippies españoles de los años 20 y 30: nudistas, vegetarianos y pacifistas que montaban sus anarcomerendolas en un prado y se iban de excursión a la montaña para leer poemas en bolas bajo la luz de la luna. Traemos a colación una cita sacada de una entrevista a Juan Tamariz: «hubo una época en que varios magos estábamos en la onda jipi o en la CNT. Arte y anarquía están bastante relacionados, y la magia ni te digo».

Estos prohombres y promujeres, eran capaces de conjugar su militancia de alto voltaje con la espiritualidad como si fueran la misma cosa. Sin embargo, nuestra generación lo ha dividido en etapas: primero practicamos el porculerismo activista contra la guerra de Iraq y ahora nos ponemos a buscar la paz interior, la conexión con la naturaleza y a darle abracitos cariñosos a un ciprés moribundo. Algo parecido a lo que hicieron los revolucionarios de la Transición tras el trileo de Felipe. Muchos dejaron la vía política de pantalón de pana para irse a la espiritualidad sufí. Hay relatos interesantes en primera persona sobre todo esto, como los de Antonio Escohotado o las Filosofías del underground de Luis Racionero. Tiene sentido: del rollo andalucista al andalusí no hay mucho trecho. Además, ya sabemos que los sufíes son proclives a buscar estados alterados de conciencia, tanto tolerando el vino y la grifa, como por otros medios sobreoxigenadores como la danza, el canto o las letanías. Y eso, claro, ayuda. El ahora sobrexpuesto Evaristo Páramos recopila en su libro de escritos íntimos, Cuatro estaciones hacia la locura (2015), muchas de sus reflexiones originadas con el uso de las runas, el tarot, los animales indios y el I Ching. Para él, no hay futurología ni fenómenos ocultos. Son solo herramientas de auto conocimiento.
Así las cosas, y como no nos gusta el gimnasio ni nos dejan entrar en las iglesias, qué mejor que abrazar a la Pachamama y la energía astral. Nunca es tarde. Al fin y al cabo, también consideramos legítimo, para losers como nosotros, entender que para cambiar el mundo hay que empezar a cambiarnos nosotros mismos desde dentro. Quizás aquí se refuerza el principio lampedusiano de que «algo tenemos que cambiar para que todo siga igual». El único problema es que, con tanta conexión, sanación y bendición que logremos con estos métodos neopaganos, nos asalte la duda que expresara Manuel Molina magistralmente en una instalación de arte conceptual: «aquí, ¿cuándo coño se dice ole?». Namasté.

Un paseo por la antropología neoliberal

El modo de vida capitalista, de la urbanización y el centro comercial, favorece el surgimiento de una gran masa de votantes de derechas, un caldo de cultivo ideal para los fascismos venideros

El recién estrenado pacto de gobierno podría alimentar las esperanzas de la progresía y el altermundismo, pero supone un respiro de pacotilla frente al apocalipsis. Los augurios sociodemográficos plantean una creciente masa social para alimentar las ultraderechas emergentes. No hay que leer el BOE ni atender al último informe de Clander Waterhouse Cooper. Solo hay que mirar más allá, a buena parte del área metropolitana de Sevilla. Lo que se ve venir en los próximos años es un incremento sustancial en la población de ingresos medios fruto del rediseño urbano y la vida posmoderna alienante. Es decir, el horizonte augura un aumento gordo de la masa de votantes facha.

Esto no responde al cambio generacional de esa masa que aún le queda al PSOE, incluso a Unidas Podemos, que le quedan dos cafés, sino por tendencias demográficas: el cambio generacional, tío, las nuevas generaciones criadas en la antropología ultraliberal. Incluso lo que se quiere llamar izquierda muchas veces se reproduce bajo el paraguas de ese mismo modo de vida, y esos mismos valores, aunque se quiera pintar de diferencia.

Un paseíto por el área metropolitana de Sevilla-Aljarafe puede dar muchas pistas. Por ejemplo, por cualquiera de las áreas residenciales de baja densidad de población que alimentan de público a las grandes superficies comerciales. El mito de la caverna que revisitó Saramago vestido de centro comercial. Esa gente, potenciales votantes de derechas, sienten que cuantas menos plantas tengan los edificios de viviendas, mejor. El bloque es de barriada y frutería. El adosado es de confort, centro comercial Lagoh y España va bien.

Caminando por los barrios con poca densidad —donde no merece la pena poner un negocio, donde se mezclan zonas de bloques cerrados con piscina e hileras de adosados con un viario superfuncional al coche e inhóspito para el peatón, en plan América,— ya se van viendo esos zapatitos de piel de ante, esas pulseritas antihigiénicas de rifas de la cofradía o de lemas por la gloria del no nato y alguna banderita bicolor. La rojigualda también está en el cinturón de spagnolo o en la correa del perro. Es decir, mucho oyente de Carlos Herrera con pinta de tener cortijo pero que reside en un unifamiliar. Durante este paseo también nos cruzamos con mucha más policía, tanto de descanso como de servicio.

Como ya hiciera la pionera Thatcher, verás a gente que se cree clase media porque ya solo le quedan 25 años de hipoteca pero que, en realidad, es proletariado. Clase obrera sin influencia ninguna en los medios de producción. Mano de obra esclava que se cree clase media por tener un mac con el que sobrellevar su precario trabajo de autónomo. Eso sí, proletariado del turbocapitalismo que se ha ido de crucero seis días y se cree que entiende de vino porque compra botellas de Rioja de seis pavos en el súper. Antes por lo menos sabías quién te robaba. Clase media, incluso «media-alta», cercana a la elite porque tiene a sus niños en un cole privado donde los visten como a Harry Potter y pueden coincidir en clase con l@s hij@s de aquel cantante de OT tan simpático, tal torero guaperas y aquel que concursó en Masterchef Junior; cuyo reparto, por cierto, da para artículo. Incluso da para lanzallamas y barbarie.

Gente que se siente privilegiada por poder gastar en una de las provincias más castigadas de España y que muchos nos tememos saber a quiénes votan cuando ven sus «privilegios» en peligro. La ilusión de ser clase media hace que las prioridades sean antropológicamente liberales ¿Cómo creen que se construyó el «cinturón naranja» de Madrid? De hecho, ¿por qué si no los madrileños son tan fachas? Y perdonen esta generalidad que pudiera ofender a los putos madrileños.

Por tanto, no es atrevido asegurar que el neoliberalismo se defiende vinculando aspectos que creíamos manejables por la política parlamentaria y otros que forman parte de la manera de vivir que elegimos. El individualismo y el consumismo, el centro comercial frente al establecimiento del barrio, el Netflix frente a la conversación, la educación concertada, los seguros de salud, las urbanizaciones del extrarradio como lugar deseable frente a los abusos de la gentrificación y el urbanismo arrasador de la franquicia y la Europa de los vuelos baratitos y el AirBnb. Todo en la misma olla creando un caldo de cultivo ideal para los fascismos venideros de índole supuestamente democrática. Mientras, en el distrito Casco Antiguo la vivienda ha subido un 21% y se ha revalorizado un 43,5% por encima de la media municipal. El parque inmobiliario de Sevilla capital tiene un valor aproximado de 58 004 millones de euros y ese hiperinflado mercado va a seguir implosionando.

Interesa más conectar bien las zonas residenciales con los centros comerciales y construir circunvalaciones de cinco carriles que pensar en una buena red de transporte público o en la habitabilidad de la ciudad. La vecindad ni se conoce ni le hace falta. Si se deteriora el valor de lo público como conquista social, ¿qué futuro le vamos a dejar a Jordi Hurtado? Dicen que el ser humano es social por naturaleza. Pero si se difumina la convivencia, la comunidad se desvanece. Todo empuja a vivir encerrados en bellos castillos amurallados con parquin privado de dos plazas y jardín particular.

Cuando alguien vive cuidando de las criaturita en su urbanización con parque infantil privado, jardín y piscina, ¿para qué te vas a preocupar de que haya zonas verdes, plazas habitables o buenas instalaciones públicas? Tu vivienda la habrás pagado seguramente con un crédito individual. Igual que tu plaza de garaje y tu coche, o vuestros dos coches, que usáis para ir a trabajar, para llevar y traer a los peques de aquí para allá. El espíritu comunitario no te va a venir así de repente. Al revés, cada vez te resultará más cansino conducir tu 4×4 por las calles del centro entre tanto peatón malhumorado y tanta ciclista que se cree muy guay.

Coaching para la militancia tras las vacaciones

Septiembre es el mes de la vuelta a la rutina para la mayoría silenciosa. La Cúpula de Lisergia ofrece consejos inútiles para comenzar el nuevo curso con más temple y menos euforia, ayudando a equilibrar el compromiso con el individualismo.  

Se acabaron las vacaciones para aquellos que pudieron disfrutarlas. Rebrota el séptimo mes del calendario romano anticipando el otoño. La vuelta a la rueda del hámster, el pedaleo hipnótico en la ética protestante del trabajo, viene cargada de penurias postvacacionales. La efímera utopía estival de la clase trabajadora se ha esfumado. En estas fechas, además, el personal activista y simpatizante tiene su chispita: nuevos proyectos autogestionados, nuevos ciclos de lucha y resistencia, y ese cuaderno a estrenar deseando anotar gloriosas y kilométricas asambleas. Pero también sabemos que de todo lo que ahora se empieza con fuerza e ilusión, en navidad posiblemente se habrá olvidado; en marzo o abril muere de frío e inanición o, como mucho, muere en verano exhausta y heroicamente. Desde la humilde cúpula de Lisergia, os damos unos consejos para domar esa euforia septembrista y ser seres políticos más realistas.

Sevilla no es Londres, ni Berlín, ni Barcelona. Molaría, con movimientos sociales súper potentes bien relacionados con la administración local. La diáspora de nuestra tierra nos empuja a pasar una temporada en las capitales del imperio. Incluso siempre hay gente que se anima a ir a un campamento militante o matricularse en la Universidad de Podemos y, superado el Stendhal de ver a Monedero en bañador haciéndose el enrollado (ay, aquel spot), vuelven a Sevilla. Aquí tratarán de reproducir con energía algún proyecto inspirador que lo pete, como un comedor popular de comida reciclada, un cine okupa o cualquier otra cosa maravillosa, coherente, abierta, participativa y con pocos visos de mantenerse en el tiempo.

La militancia conlleva sacrificios y, como en tantos aspectos de la vida, las personas somos a veces esclavas de nosotras mismas. Se hará necesario equilibrar el compromiso con un poco de individualismo. ¿Existe la objeción de conciencia en la militancia? Esgrimir alguna razón de conciencia para dejar descansar la conciencia no parece muy defendible, pero si la sociedad considera «normal» y «con futuro» el modelo de sobreexplotación capitalista, ahora no vamos a ponernos tiquismiquis con nuestras propias contradicciones.

Para no encallar en tu meteórica carrera hacia el liderazgo social, es necesario que no lo vuelques todo ahora. Parece un consejo de retrete y medio gramo, pero vamos por otro lado. Es verdad que venimos con las pilas cargaditas y un subidón motivacional para cambiar de una vez esta mierda de sociedad. Ok, pero tranqui, dosifica, no quieras ponerte a cien o para cuando llegue tosantos habrás ya caído en una depresión maníaca que te devolverá al individualismo consumista, en ese rincón indolente donde el sistema te quiere. 

¿Hay lugar para el egoísmo sin remordimientos si quieres dejar tu activismo para el año que viene? El secreto está en ajustar la ecuación entre esfuerzo y tiempos.  Contemporiza. Usa la agenda. O sea, apúntate a algo ahora, pero déjate tiempo libre para tus cositas por si más adelante sale algo que te apetezca o porque en algunos proyectos alguien falle y tengas que ir a relevarle.

No te apuntes a todo. Delega. Te gustaría no perderte nada y asegurarte que todo se hace, pero deja que el resto asuma también responsabilidades y sé tú responsable con tus energías. ¡Eres activista, no ministra! Los límites existentes entre la motivadora reflexión y dar la brasa son cada vez más finos.

Sé un poquito egoísta, busca tus cositas individualistas que no sean de lucha y revolución: un poquito de running, una partidita a la play, vete al cine o a la sierra en fin de semana.

¿La excedencia y el año sabático son conceptos asumibles en los colectivos que lideran el tercer sector y movimientos adláteres? ¿Y las vacaciones militantes? Contempla la posibilidad de un añito sabático del activismo, sin remordimientos. No te lo creas todo. Vale que hay que apoyar y animar a la peña, pero no eres un saco de la risa. Practica un poco de objeción de conciencia antagonista.

La resilencia se ha convertido en el palabro de moda en muchos ámbitos. Hace falta adaptarse a la marea para salir adelante. Las luchas internas en grupos activistas son una fuente de estrés reconocida por la OMS. Sumar a tus compromisos laborales y a tus disfuncionales relaciones sociales más compromisos, responsabilidades y tareas, puede poner en riesgo tu salud mental. Asimismo, vivir alineadamente renegando del pensamiento crítico y la autogestión, te sumirán en la depresión del consumismo y la barbarie capitalista. En el resilente equilibrio entre la militancia y el discurrir de esta sociedad desalmada está la clave.

La química del poder

Gobernantes y drogas componen una relación estrecha, una realidad silenciosa que, de Lenin a Albert Rivera, ha tenido protagonistas dispares e inspira sugerentes relatos sobre el origen de la propia democracia o el devenir de la revolución soviética.

Desde el principio de los tiempos, el uso de sustancias tóxicas para buscar estados alterados de conciencia ha acompañado a la humanidad. Las causas están alojadas en los velados principios rectores del espíritu humano: sea por la búsqueda de la trascendencia más allá de lo terrenal, la cuestión dionisíaca, la evasión o porque, total, son diez pavos cada uno y es viernes por la noche. Desde Baudelaire (y su Spleen de Paris) a Joaquín Sabina («pon gramos, que hablo de Madrid») sólida ha sido siempre la relación entre el mundo de la droga y la cultura; pero poco se ha hablado sobre la conexión entre la droga y el poder político. Aquí unas líneas (je, sí, sí, ya, ya) a modo de repaso histórico y exopolítico.

En tiempos ancestrales y sociedades sin estado, el chamán (el dealer de la tribu) era uno de los nodos fundamentales de poder. Mediante el rito de la ayahuasca o inhalando humos, ayudaba a tomar decisiones y fortalecía los vínculos de la comunidad. Pero su poder era oculto y no cualquiera podía a acceder a él. Ya empezamos.

El opio en la antigüedad —junto con el garum y el vino— era consumido regularmente por la población. Eurípides o Dioscórides reflejaron en sus tratados el uso de plantas psicotrópicas como un elemento de sanación habitual entre los griegos más pudientes. Si bien el uso era terapéutico, es bien sabido que a todo el mundo le gusta cogerse un morazo; o ponerse methyon, como dirían ellos. Incluso el emperador romano Marco Aurelio tomaba su dosis diaria de droga –se cree que opio– para paliar sus dolencias y su posible úlcera crónica.

La bebida Vin Mariani, creada en 1860 por el químico francés Angelo Mariani a base de vino de Burdeos y cocaína, era recomendada por el mismísimo papa Leon XIII, quien apareció en algunos de sus posters publicitarios. Otros aficionados poderosos de Vin Mariani fueron el papa Pio X, Thomas Edison, la reina Victoria de Inglaterra, los presidentes de Estados Unidos Ulysses Grant y William McKinley; o el primer ministro francés Jules Méline.

El uso de drogas en las guerras se ha dado desde los bersekers vikingos, que combatían puestos de amanita muscaria, hasta los soldados americanos en Vietnam, que lo mismo fumaban marihuana, que tomaban LSD o se hinchaban a opiáceos.

Sergei Sholokhov, Lenin, durante su exilio en Siberia, consumió habitualmente amanita muscaria, lo cual alteró poderosamente su personalidad y, quien sabe, cambió el rumbo de la humanidad. Así lo afirman alguna fuente de la BBC, nada sospechosa de anti-comunismo. Fuera aparte de las comprensibles risillas y pequeñas maldades que se le ocurra al lectorado a propósito de la relación entre la supuesta extrema inteligencia de Lenin, el consumo de hongos alucinógenos y la recanalización de la revolución soviética hacia el capitalismo de Estado, esta relación entre gobernantes y drogas nos remueve una vieja tensión en nuestros corazones toxicofílicos y libertarios. Lo dejamos para otro día.

Ya en la edad moderna, las drogas pueden ser, además de una ayuda para sobrellevar el peso del poder, un magnífico recurso publicitario para con el electorado más liberal. No crean que no lo pensaron los social-liberales Obama o Rodríguez Zapatero cuando reconocieron haberse fumado algún porro en su juventud; o el mismísimo y hedonista Bill Clinton, que no se le ponía la cara roja cuando le achacaban haberse fumado sus petardos de marihuana en la facultad.

En la viva política española actual hay algunas asociaciones de ideas evidentes, pero no, aunque el cuerpo lo pida, no vamos a hacer chistes sobre Albert Rivera. Eso lo dejamos para los medios mainstream. Vale con decir que en 2005 la cadena de televisión alemana Sat-1 realizó un reportaje en el que asegura haber encontrado trazas de cocaína en 41 lavabos de la sede del Parlamento Europeo en Bruselas. Es como si Ciudadanos tuviera allí mayoría absoluta. Por cierto, ¿sabéis cuánto cuesta un gin tonic en el bar del Congreso? 4,80 €. Quizás eso ayude a explicar algunas cosas.

Por último, volviendo a David Hillman, un mensaje para que rumien sus cábalas sobre la política y el poder: la Democracia fue concebida en un ambiente de consumo lúdico de drogas. «Los antiguos filósofos griegos que inspiraron la revolución mental que influyó el nacimiento de la democracia fueron los mayores lunáticos consumidores de drogas de todos (…) Eran más como hombres de medicina que filósofos». Por lo tanto, no sólo la democracia floreció en una cultura de las drogas, sino que hunde sus raíces en un movimiento intelectual, chamánico y drogota.

Horóscopo Marxista 2019

El Horóscopo marxista predice tus relaciones de producción, de alienación y extrañamiento según el método dialéctico objetivamente desarrollado de análisis de la sociedad. Consulta qué año te depara y qué eventos de la historia marcan tu destino.

«Nacemos en un momento determinado, con un modo de producción determinado y, como las viejas añadas del vino, tenemos cualidades del año, la estación y la clase social en la que nacemos», según Carl Gustav Yung Beef, Comisario Psicopolítico del materialismo dialéctico esotérico. Así, las condiciones objetivas permitirán un período incierto para los doce signos zodiacales.

Aries: Soplan vientos favorables a las Aries, personas por lo general con tendencias nacionalsocialistas y obsesionadas con la pureza de la raza. Disfruta de estos tiempos de desinhibición fascista y ponte una rebequita antes de que te llegue tu próximo Stalingrado.

Tauro: Pese a que animalistas y antiespecistas estén pisando fuerte, las fuerzas esenciales objetivadas de La Humanidad están contigo. Aunque posiblemente de nada te sirva la frase anterior, pues es inteligible, te depara un año complejo en el que las drogas recreativas pueden ser tu aliado o tu enemigo.

Géminis: Tu dios es el Dinero, la religión mayoritaria en el estadio histórico en que nos encontramos. Nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario. Como representante de las pyme corresponde a tu devenir histórico el desarrollo de las fuerzas productivas que condenarán al capitalismo a su propia desaparición. Pon de tu parte.

Cáncer: Las criaturas nacidas bajo el signo de Cáncer tendrán un año venturoso, copando el control de los medios de producción burgueses que con su capital extraen la plusvalía de la clase trabajadora. Así será hasta que las condiciones objetivas estén alineadas con tu ascendente astral.

Leo: Vas permanentemente de persona super revolucionaria, pero en el fondo todos saben que eres antibolchevique, secesionista y agente al servicio del imperialismo. Tu infantilismo izquierdista y tus jueguecitos de conquista del poder te conducirán por malos derroteros, fruto de la precesión de los equinoccios y la nutación.

Virgo: Simbolizas el servicio y el trabajo y, por eso, Virgo se representa con la espiga y cosecha. Pese a no gozar ya del derecho de pernada, seguirás disfrutando de tus rentas, pero vigila tu modo de producción. Las casas astrológicas son divisiones que se realizan del espacio angular existente entre las líneas del meridiano local y del horizonte. La tuya está pasada de moda, fuera de onda. Háztelo mirar y que rule el capital.

Libra: Las personas nacidas bajo el signo de Libra tienen grandes posibilidades de acabar engrosando las filas del lumpemproletariado. Tus equívocos medios de vida y tu ausencia de conciencia de clase te convierten en blanco fácil para la burguesía. La distancia angular entre tu planeta ascendente y la crisis de 2008 te van a traer entereza y positivismo descafeinado para 2019. Aprovéchalo. Cero dramas. Siempre Smile.

Escorpio: Como sujeto perteneciente al proletariado industrial —preferentemente hombre, blanco y occidental— y encarnación pura de las Masas, eres la gasolina que alimenta el motor de la historia. Así que ya sabes, ¡dale más gasolina! Por ejemplo, a lo bonzo en la puerta del Parlamento Andaluz.

Sagitario: Eres un ejemplo para tus camaradas. Guía natural de las masas trabajadoras. El faro del Pueblo. Nada de trastorno delirante; las voces que escuchas son las de Marx, Lenin, Stalin y Mao. Normal sentirse a veces abrumado y confuso. Tu ego es ancho como los anillos de Plutón. Pero tú a liderar, que es lo tuyo. También puedes probar a echarle más tabaco.

Capricornio: Ya seas picoleto, policía o de cualquier otro cuerpo militarizado te aguardan días buenos. O malos, según se mire. Tantas horas de gimnasio no pueden servir solo para rematar tu fachada hípster. Seguro que en 2019 tendrás muchas oportunidades de sacar la porra a paseo. Lástima que estés al servicio del Estado burgués. Que los dioses celestiales nos protejan.

Acuario: Simbolizas la revolución y tu signo representa el jarrón de los vientos. Pero este año los nacidos bajo este signo serán tratados, sin ánimo de ofender, de idiotas representantes del barbarismo dentro de la civilización. Búscate un trabajo en una fábrica o conviértete en un pequeño propietario, pero progresa. El capitalismo no te va a estar esperando todo el día.

Piscis: Perteneces a la pequeña burguesía, asimílalo. Piscis es disolución, agua. No vas más allá de las frases generales contra la explotación, no comprendes cuáles son las causas de esta última, ni la lucha de clases como fuerza creadora para la realización del socialismo. No estás suscrito a El Topo. El futuro, para ti, mal. Muy mal. Aun así, Feliz 2019.

La contrapublicidad no tiene quien le escriba

Los genios del Culture Jamming iluminaron la creatividad de los años 90, pero su expresión última ha quedado reducida al meme. ¿Puede la ética hacker salvarnos del sometimiento publicitario?

Llegaron en la entrañable década de la apología de la horterada. Oh, los 90. Era como ver a profesionales de la comunicación haciendo fanzines en una especie de redención de las cuentas pendientes de la era de la información. Adbusters y sus afines desarrollaron el concepto más ambicioso de contrapublicidad. El Frente de Liberación de Vallas Publicitarias, nacido en Estados Unidos mucho antes, o la experiencia australiana del Buga Up y su crítica a la naturaleza desalmada de la industria tabaquera, fueron pioneros del saludable arte de tunear y alterar para subvertir mensajes. Ese era el propósito del Culture Jamming: atacar la hegemonía cultural mediante el sabotaje artístico. Al igual que en otras manifestaciones contemporáneas, alcanzó su era prodigiosa con la llegada de internet. Y donde halló su gloría halló su tumba. Consumehastamorir, la filosofía Banksy, Sindinero, Yomango, Colectivo Singular, Reverendo Billy y la Iglesia del Stop Shopping, The Bubble Project, el Día Sin Compras, El Día sin TV… Hasta en la santa casa de Lisergia se organizaron concursos. Repasar esas webs hoy día es un erial de desidia y bolas de paja rodando por el desierto.

Adbusters fue la referencia y sigue viva. Ahora hace especiales de luxe y vende zapatillas de cáñamo éticas a 145 dólares. Sí, 145. Es una gran fundación con cargos como «Visual Designer and MEME Propagator». Para no mitificar el caso hasta la náusea, cabe recordar el relato que Mark Dery y su manifiesto Culture Jamming: Hacking, Slashing and Sniping in the Empire of Signs hicieron sobre Adbusters. Él se preguntaba si, como la Fiesta de los locos medieval a la que se relaciona lejanamente, siempre fue solo una válvula de escape: «una salida táctica para resentimientos de clase y disensión acumulada por injusticias sociales e inequidades económicas que podrían haber encontrado una expresión política más profunda si no hubieran sido exorcizados inofensivamente a través de una especie de rituales de resistencia estéticamente impecables». Esto con el Carnaval de Cádiz también pasa. Martínez Ares se me va por las ramas y la disensión acumulada nos dura tres cuartetas.    

En Londres el pasado agosto muchas marquesinas de publicidad contratadas por Facebook presentaban una campaña para salvar su imagen de las fake news. El soporte más antiguo, el cartel, sale en rescate de la legitimidad de los nuevos medios. Una acción espontánea con pegatinas se reapropió del soporte para denunciar el gran negocio de tus datos personales. De ahí a las redes y al meme. Era un claro ejemplo de la contrapublicidad que conocimos, pero ¿qué ocurre cuando la base de su acción, la publicidad, muta como lo está haciendo? ¿Hay Culture Jamming en la publicidad digital? ¿Es eso posible sin hackear

Aunque los adalides del Culture Jamming no estaban propiamente adscritos al movimiento ciberpunk y su naturaleza era la información; no hay nada más hacker que reapropiarse de un código. La ética hacker es una de las mejores herramientas para entender el cambio cultural que sufrimos y la necesidad de reorientar las inercias a hackear el sistema social, igual que se hackea un sistema operativo. Del mismo modo, hackear la propia vida es ambicioso y complejo, pero así ha de ser la transición de la ética del trabajo protestante a la ética hacker en la era de la información (Peka Himanem). El sabotaje cultural necesita hackers éticos.          

Por otro lado, el gran monstruo entendió hace décadas que era más sencillo hablarnos de emociones que de propiedades materiales. Algo poéticamente paradójico en el sistema capitalista. Para promover el materialismo, hay que renunciar a evocar lo material. No necesito hablarte de caballos de potencia, frenos ABS o 4G integrado en el fistro del smartphone. Necesito hablarte de libertad, de rebeldía, de tu derecho a ese objeto de deseo que mereces tener. Eso hace que sus mensajes sean tan fácilmente manipulables. Tanto como nuestros deseos.

Por tanto, queridas criaturas de apariencia humana que habéis llegado hasta este párrafo, nuestra homilía de hoy os anima a entender la ética hacker y aplicarla a la transformación de vuestra vida como consumidorxs y personas de bien. Hackead vuestros deseos. Ese es nuestro mensaje emocional para crear una necesidad. Igualito que en los anuncios.

NOSTRADAMUS ESTABA EQUIVOCADO

Ni los cuatro jinetes ni la bomba atómica. El tsunami está ya muy visto y las abducciones se han convertido en una utopía para amantes de la ciencia ficción. Actualiza tus epifanías del fin de la humanidad y getapocalypsed con nuestros augurios coleccionables

La debacle nuclear. La reciente performance pacificadora de las dos Coreas va dejando a Estados Unidos y Rusia como los eternos custodios de un futurible apocalipsis posnuclear. Chernóbil fue una lección de humildad para la especie humana, pero seguimos siendo el animal que tropieza setenta veces con la misma piedra de uranio radiactivo. Sea por la proliferación de armas o por la crisis energética, no pierdan ustedes la esperanza de tener hijos e hijas mutantes. Al menos podrán comer coquinas fluorescentes acompañadas de doradas con tres ojos sobre lecho de plancton radioactivo. Es el milenarismo gourmet.

La infertilidad global.
Ya intuido en novelas y películas, la huella medioambiental va haciendo añicos la capacidad reproductiva. Micropartículas plásticas, gases tóxicos, hidrocarburos, antibióticos desmesurados, alimentos hormonados, sexualidades atrofiadas… Nos volvemos estériles. En detrimento de la sanidad pública, las clínicas de reproducción asistida estarán reservadas para la élite adinerada y solo serán capaces de tener más de tres hijos la gente del Opus Dei. Casi como ahora.


La isla de plástico.
Un nuevo continente. Mucha gente aún no conoce su existencia. Fruto de la brutal contaminación del mar, existe una isla de plástico del tamaño de Francia, Alemania y España juntas que vaga por el Pacífico. Durante décadas los desechos plásticos marinos se han ido acumulando, enredando y fusionando hasta formar un continente flotante. Esta pesadilla ecologista no es humor del nuestro. Es real como la muerte misma. Auguramos que será un nuevo continente que traerá otra era de «descubrimientos», genocidios y colonialismo postcapitalista, pero esta vez sin España de protagonista.

El suicidio colectivo.
En sentido poético y decrecentista ya ocurre. Pero vamos por otro lado. En serio. Esta idea no es tan descabellada y se antoja hasta amable cada vez que encendemos una televisión, escuchamos una homilía de Carlos Herrera o España gana en algún deporte.

El transhumanismo espacial. Los intelectuales de la apología tecnológica hablan de un futuro en otros planetas y una humanidad a la conquista del universo. Cargarnos solo un planeta nos sabe a poco. La destrucción de la Madre Tierra coincidirá con el desarrollo de los viajes espaciales y el turismo intergaláctico. Eso no es apocalipsis, pensarán ustedes. Es porque todavía no han inventado los chiringuitos horteras en Plutón, con madrileños escuchando Chambao y aplaudiendo a la puesta de los tres soles de Ganímedes; con masificados apartamentos adosados en primera línea de playa a las puertas de Tannhäuser, con sus peajes, su overbooking y sus hoteles con campos de golf holográficos.

El apocalipsis capitalista. La privatización del Sol, las nubes y el aire. El sometimiento de los Estados modernos a las multinacionales. La perpetuación eterna del machismo. La pérdida de la soberanía y la tecnocracia robótica. La competencia frente a la cooperación. Lo superficial y el egoísmo frente a la solidaridad. ¿Puede la Fundación Francisco Franco sobrevivir otro siglo? Esta y otras cuestiones hacen que, aunque continúe la raza humana, den muy pocas ganas de relacionarse con ella. Ergo, el capitalismo ahuyenta a los marcianos. Es nuestra nueva tesis UFO-marxista.

La crisis alimentaria. Mucho Mercadona en cada barrio pero la fruta ni sabe a fruta ni sabe a nada. La superproducción y el desastre ecológico nos conminan a sobrevivir a base de comida deshidratada de astronauta. Ya comienzan a hacernos entrever una alimentación a base de insectos y algas. Pronto estaremos acostumbrados a merendar poliuretano. Dilo otra vez. Poliuretano. Te acostumbrarás a comerlo antes de aprender a deletrearlo.

Cotidianos desastres naturales.
«¿Te vienes al tsunami de las 18:00?», «no, que me rompe la tarde». Así serán las conversaciones en el ascensor. El deshielo de los casquetes polares incrementará el nivel del mar y reducirá drásticamente la superficie terrestre. Eso traerá la escasez de cultivos, pérdida de casi todas las especies, el hacinamiento absoluto, los alquileres por las nubes, las hipotecas imposibles y Sevilla tendrá playa. ¿Qué puede ser peor?

OCHO COSAS IMPORTANTES QUE VAN A DESAPARECER

La civilización humana se descompone y usted ahí como si nada. El equipo de Lisergia predica hoy el advenimiento del fin del mundo tal y como lo conocemos. Desglosamos ocho elementos de nuestra era que van a dejar de existir en un muy breve lapso.

Los sindicatos y las huelgas generales. El que fuera el instrumento de cambio social más importante de la era industrial vive sus horas bajas. Qué locos años entre 2010 y 2012 en los que hubo cuatro convocatorias de paro nacional. O las tres huelgas que hubo en los 80. ¿Y ahora? Os dan un 15M y en vez de paros masivos queréis estar en el parlamento. Las reformas laborales y sus dinámicas de mercado dejan el ámbito laboral como una playa para la explotación, con comités de empresa raquíticos y un «espíritu de trabajo» auto esclavizador. El miedo funciona. Aunque tus condiciones sean malas, siempre puedes ir a peor. Si no a emprender, que es el axioma moderno para dejar en tus manos las responsabilidades del capitalismo.

España. No es culpa de Cataluña. Ni siquiera de Marta Sánchez. Podría ser Madrid, que es un lugar al que siempre apetece echarle la culpa de todo, pero creemos que es el devenir natural de las estructuras institucionales en sana descomposición y decadencia. Viene un mundo nuevo, libre, una república de inspiración libertaria fruto de la suma de la voluntad de los pueblos ibéricos. Por encima de patriota, España es… es consumidora… cainita… y mal votante… Y racista. Y machista. Y homófoba. Socorro. Aquí no hay nada que hacer. Esto va para largo. Siguiente punto, por favor.

Pillar en parques y plazoletas.
Dealers, móviles, clubes cannábicos con cartas de hierba, I+D aplicada al colocón, pillar «eme» por Silk Road a cambio de unos bitcoins…. Esto es un no parar. Adquirir estupefacientes en la plazoletas y jardines es un arte ancestral, extinto, marginal y peligroso. El juego de miradas; saludar con un gesto que se hace verbo; un ¿cuánto quieres?; la humilde aceptación de que te están tangando; chistar para llamar al incauto; porros cortados a dentelladas… Todo eso es leyenda urbana, antología del menudeo para contar a los millenials alrededor de la chimenea 3.0.

Los carnavales de Cádiz.
El showbussines de la televisión autonómica, la nuestra, la de Guan y medio y María del Monte Sinaí; va modelando los contenidos de las coplas para garantizar share y audiencia allende los mares. La autocensura surge abrazando el humor inofensivo. La tramoya del Falla es peor que el Sálvame. Las ilegales se multiplican, pero su público colapsa en un parque temático del folclore gaditano. Cuando algo es masivo su identidad se difumina. La Viña desalojada como un estadio cualquiera y un vecindario balconetti que arroja agua porque las coplas molestan. La gente no respeta ni que estamo en cannavá, blam, blam.

Melendi.
Bueno, en realidad está en esta lista como un deseo expreso, por si cuela, pero no existe ninguna certeza ni percentil estadístico que nos permita decir que le vamos a perder pronto de vista.

La ciencia.
Los excesos y la mercantilización de las ciencias modernas arrojan a la gente al desamparo. El resurgimiento del terraplanismo como corriente global, los misterios de la naturaleza como gasolina para religiones new age, las energías frente a la materia… Son todas señales de la fragilidad de la ciencia en el mundo hiperconectado. Aquí no hay remedio para el cambio cultural. Que cada cual se cobije donde pueda.

Internet.
El devenir deprimente de la neutralidad de la red puede llevar al traste las esperanzas que hemos puesto en internet como el ágora «open access» que traerá la revolución. Más bien nos vamos a merendar un nuevo orden mundial. ¿Y si en lugar de esta jungla electrónica solo accediéramos a una especie de internet por catálogo, con distintos niveles y servicios en función de la cuota del abonado? Hay gente que está pensando en ello. Y nosotros aquí escribiendo chorradas. Batalla perdida.
La libertad de expresión. Las condenas recientes a raperos y la censura de exposiciones y libros ponen de manifiesto la tendente desaparición de la libertad de expresión. Sus límites se estrechan a gran velocidad. En cualquier ámbito ideológico se constriñe la crítica. Ni siquiera se salva El Topo, cuyo Consejo de Redacción de caracteriza por █████ y hablan de ███ pero y . Nos consta que sus integrantes son una gente sin . De todo esto, si nos dejan, hablaremos en nuestra próxima entrega.

Consejos para afrontar las fachadas fachas de tu ciudad

El equipo de Lisergia, fiel a su voluntad original de servir de manual de supervivencia de la nueva era, trae una serie de recomendaciones homologadas para afrontar esta distopía contemporánea de exaltación patriótica. 

¿Se siente su humilde persona cada vez más soliviantada con la multitud de banderas de España que asolan la ciudad? ¿Te brota la psicoparanoia esquizoide cada vez que te cruzas con un ente musculoso con camiseta ceñida y pulserita rojigualda? ¿Y cuando compruebas que el estereotipo sociodemográfico más lumpen de tu barrio va al gimnasio y se prepara con esmero las oposiciones para policía? ¿Crees que la moda vintage se está pasando de rosca y nos empuja a la década de los 40? No somos un equipo de psicólogos ni albergamos las llaves de la revolución. Aun así, os traemos algunos consejos para no deprimirse ni implosionar en este contexto de distopía que se nos avecina.

La primera recomendación atañe a la resiliencia. No te dejes llevar por las anécdotas. Se te pueden revolver las tripas, pero neutraliza la bilis. Lo que vivimos es un proceso histórico y estamos en un pico visual. Conserva la calma, respira hondo y prepárate para lo que viene. Vale, no es un consejo muy bueno, pero brota desde lo más profundo de nuestro corazón.

En segundo lugar, será importante que busques gente afín y converses con ella. Darte cuenta de que no eres una persona sola en el mundo ayuda a sentirse mejor. También será necesario que blindes poco a poco tu conspiranoia personal para que no te engulla el espíritu de esta España democrática que es una, es grande y dicen que es libre. Queda con tus personas de confianza en sitios discretos y desactiva el localizador del móvil.

Además, es muy importante mirar a ambos lados antes de cruzar un semáforo. Y no esperéis tanto tiempo desde que termina el programa de la lavadora y tendéis la ropa, que luego se agujerea y coge olor. Estos dos últimos consejos no tienen nada que ver con el tema, pero son importantes para la vida. No lo hemos podido evitar.

Volviendo al tema, céntrate en las pequeñas cosas cotidianas que son las que aportan riqueza y belleza. Párate para oler una flor, atiende a la sinceridad de una mirada amiga, regodéate en las caricias del viento sobre tu rostro azabache. En definitiva, hazte comparsista. No, en serio, trata de imaginar qué geranios combinan mejor con el rojo y el amarillo de aquel balcón o en qué brazo te pondrás el brazalete del IV Reich de Ciudadanos.

Para no contaminarte en exceso, es muy importante que tú, que eres una persona radical y antisistema, te tapes los oídos en el bar, cuando esté la tele puesta o hablando tu cuñado. Y recuerda que cuñado no es solo la pareja de tu hermana o hermano. Un cuñado hoy día es quien te vende la fruta, conduce un autobús, presenta telediarios o preside un país como este. En cuanto oigas decir que «hay que ver los catalanes», «qué guapa es Inés Arrimadas» o que «el feminismo es igual que el machismo, pero al revés», huye. No hay salida. Corre. Puede que ya sea demasiado tarde. No mires atrás.

Antes de asumir que todo está perdido y comenzar a amar a tu país, autoengáñate: lo de las banderitas es porque ¡hay que ganar el mundial! Yupi. Es en Rusia. Será un circo millonario, una vergüenza capitalista que sostiene el patriarcado y está impulsado por una organización mafiosa y primermundista como la FIFA; pero no nos enturbiemos con perspectivas tristes y aguafiestas. ¡A por ellos, oeeee…!

En el fondo, hemos de reconocer que no tenemos muchos consejos reales y útiles para que no te deprimas en este contexto. Así que insistimos: huye. Costa Rica, Panamá, Perú, Ecuador… Son países emergentes de habla hispana y están cerrando también sus fronteras a la inmigración, pero igual aún hay un hueco para ti.

Hazte facha. Sí, asúmelo, únete al enemigo y no atiendas a razones, obedece tus impulsos primarios como reacción al miedo que inducen los grandes medios y contradice sistemáticamente los valores democráticos y cristianos que dices defender. A fin de cuentas, los márgenes se estrechan y has de ir situándote en el segmento ideológico adecuado y representativo de lo que es España. La derecha, la derecha o la derecha. Elige bien.

Mimetízate con el ecosistema que te ha tocado vivir. Aprende los códigos y asimila sus lemas. Todavía no es necesario que os tatuéis en la espalda «hablaespañolhijodeputa» junto al escudo del Real Madrid. Aún no. Pero bien podrías empezar a decir «si eres español, habla español», «Gibraltar es español», «Rusia es culpable», «España es diferente» o «somos centinelas de occidente». Estas cinco frases de actualidad —que bien podrías escuchar en cualquier mitin, en el programa de Ana Rosa o en boca de Miquel Iceta o Rafael Herrando— son en realidad las cinco reseñadas como Lemas del franquismo por la Wikipedia. Ay, cómo pasa el tiempo. Saltamos de un régimen a otro sin actualizar los eslóganes. ¿Dónde están los líderes del marketing político cuando se les necesita? Ya lo dijo Antonio de Nebrija en su primera Gramática castellana: «Siempre la lengua fue compañera del imperio». ​

Busca tu luz interior, ya que el exterior son tinieblas. Cierra los ojos, piensa «paz» muy fuerte, muy fuerte. Mira tu caca. No acabará con el problema, pero no te hace mal tampoco. Es una gran vía de autoconocimiento y una estrategia clave en materia de salud preventiva. No hay nada mejor en la salutogénesis.

Drógate. Ha sido de toda la vida la forma más divertida de escapar, refugiarse en la propia fantasía y no dar la cara. Es la llave mágica para silenciar nuestros miedos y mirar para otro lado. Eso sí, hay que drogarse con tino, mesura y conocimiento de causa. Cuidado con la 100% sativa, te puede sacar enanitos falangistas en cualquier esquina o clones de Sergio Ramos en cada Seat León que te cruces. Asimismo, adquiere conocimientos del uso y disfrute de la cocaína. Practica con talco y tarjetas de crédito dando cabezazos en los retretes. Te será muy útil para la socialización venidera en estos tiempos de apoteosis entusiasta de la hipoteca fija y de las aspiraciones de Albert Rivera.

Por último, asumiendo el desastre distópico que nos alumbra, suicídate. Al fin y al cabo, este rollazo es cuestión de subjetividades (nacionales) exaltadas. ¿Hay algo más subjetivo que la decisión consciente del devenir de la propia vida? ¿Por qué no tomar la salida de emergencia? A fin de cuentas, ya lo sabíamos: patria o muerte. ¿No querías muerte? Pues haber elegido patria. ¿Qué tiene de malo un poco de cicuta? Eso sí, para afrontar esta última recomendación subrayamos un consejo del maestro Yoda: «Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes». Sabemos que, en el fondo, fiel lector o lectora de EL TOPO, la fuerza está muy presente en ti. 

Bai, bai, curri

Durante once siglos la palabra trabajo evocaba al tormento y la tortura. El equipo de Lisergia glosa este breve repaso a la historia de la labor remunerada, el esclavismo, la revolución industrial y tu futuro laboral en la era de la robótica.

El otro día, ojeando el ABC en nuestra tasca habitual, escuchamos a una voz estentórea decir «trabajar, a nadie le gusta, pero a ver quién se puede quitar de hacerlo». Cierto es que el trabajo nunca ha contado con muy buena publicidad. Hemos escuchado cienes y cienes de veces cuál es el origen de la palabra trabajo, que deriva del latín tripalium, una máquina que tenía el doble uso de sujetar a las bestias y torturar a los esclavos. En el siglo XI, según el lingüista y lexicógrafo Alain Rey, trabajar era sinónimo de tormento psicológico o sufrimiento físico. Y es que eso del trabajo como fuente de realización personal y de éxito es una idea de anteayer. De hecho, desde comienzos de la historia, quienes han podido han dejado sus puestos de trabajo para que lo aprovechen otros. Por lo general el trabajo ha sido considerado en distintas épocas y lugares como una maldición, como un esfuerzo fatigoso y, sin embargo, difícil de sortear. Aun así, desde la antigüedad, el concepto ha sufrido campañas de lavado de imagen pues ya saben que el uso de la fuerza para que trabajen por ti supone un elevado gasto y además no garantiza nada a largo plazo. Así pues, prefiriendo que la gente trabaje por convicción a que lo haga bajo el restallar del látigo pusiéronse a resignificar. El propio romano Horacio trataba de convencer a sus esclavos con la célebre frase «el placer que acompaña el trabajo pone en olvido a la fatiga». Los esclavos en la Antigua Roma no solo ejercían los oficios típicos de la working class. Como observa Paul Veyne, «un esclavo podía ser, tanto criado o sirviente como el ministro de Economía del emperador, el profesor de griego y latín de los hijos de un legislador romano como un gladiador». Fue entonces cuando una cantidad formidable carecía de todo bien propio «y se veía lanzada a trabajar para patronos sin la responsabilidad del viejo dueño», en palabras de Antonio Escohotado.

Luego, algunos siglos más tarde, la heredera del Imperio romano llegó a santificar el trabajo (igual que los nazis con su famosa camiseta Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres), aunque pronto la costumbre de vivir con el sudor del de enfrente la adoptó la aristocracia. Y, más tarde, la burguesía emergió como clase emprendedora. En este caso su objetivo, según William Morris, no era la producción de bienes, sino «el logro de una posición social (para ellos o para sus hijos) que les permita no trabajar en nada».

Históricamente, en el mismo movimiento industrial obrero se pueden encontrar lecturas diferentes. Por un lado, las corrientes más vanguardistas o progresistas exaltaron la condición de trabajador identificándola con la utilidad social y contraponiéndola al discurrir parasitario de la burguesía. El trabajo no era visto como un derecho sino como una obligación —más o menos explícita— de todo individuo sano y capaz. Ya sea por imperativo moral o legal, todos los miembros de la comunidad tienen que arrimar el hombro. Al propio Marx le embajonaba el hecho de que «el hombre encuentra su goce en comer, en el acto de reproducirse, en vestirse, cuando puede, en suma, en su parte animal, pero no en lo que lo diferencia de estos: en el trabajo». Pero, por otro lado, desde el mismo movimiento obrero se vislumbraba que en el fondo lo chachi sería no trabajar o, como calculaba en 1902 Kropotkin, los miembros de cada comuna deberían trabajar entre cuatro y cinco horas diarias durante dos décadas para poder vivir todas cómodamente. Y lo flipaba, por ejemplo, con los novísimos lavavajillas de la señora Cockrane que por entonces comenzaban a comercializarse en los Estados Unidos y que ahorraría cienes y cienes de horas de trabajo. En sintonía, la introducción de las máquinas en las fábricas no fue precisamente bien recibida por los trabajadores del XIX. Si no que se lo pregunten al movimiento ludita inglés que se dedicó a destruir telares, trilladoras, molinos y cualquier maquinaria que les hiciera sombra. O a los campesinos que en 1821 asaltaron Alcoy y destruyeron 17 máquinas de cardar.

En la misma línea decía Agustín García Calvo que si el paro llegara al 50% se correría peligro de que la gente descubriera que no hace falta trabajar tanto. Se preguntaba: Por qué a ellos, a los de arriba, […] no se les ocurre pensar en la solución elemental al problema del paro […], es decir, turnos, jornadas de cuatro horas, o de menos, duplicación por tanto inmediata de los puestos de trabajo y al mismo tiempo eliminación de cosas como la semana y las vacaciones; todos los servicios que puedan ser útiles para algo podrían estar abiertos continuamente, de manera que todo el mundo trabajara, ya que se empeñan en que todo el mundo trabaje.

Y siguiendo el ciclo, con este mismo dilema nos vamos a encontrar ahora, fite tú por dónde, a causa de la robótica. Según la consultora McKinsey, el 60% de los empleos podrán ser automatizados en un futuro muy próximo. El 47% de los puestos de trabajo actuales de Estados Unidos está en riesgo de automatización, y el 54% en Europa. Y estas previsiones traen de cabeza no solo al currela que lee el diario acodado en la barra del bar, también al prohombre que dicta el periódico desde su poltrona, hasta el punto de que incluso en el Foro de Davos se habla ya de Renta Básica Universal. «¡Sí se puede!» dicen que se coreaba en la gala de clausura del año pasado.

Seguramente lo que esté aquí en cuestión sea el acceso a las riquezas y la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas. El hecho de que se automatice el trabajo (especialmente los más penosos, difíciles o aburridos), ahorrando así esfuerzo y tiempo, no tendría por qué ser una mala noticia. De momento, seguimos expuestos a esta maldición que, en tiempos de movilidad laboral y emprendimiento, nos lleva a las palabras del anarquista Severino di Giovanni: Y mientras imprecamos en contra del trabajo, lo maldecimos también porque se nos va, porque es inconstante, porque nos abandona —después de un breve tiempo: seis meses, un mes, una semana, un solo día—. Y he aquí que, transpuesta la semana, pasado el día, la búsqueda empieza de nuevo con toda la humillación que ella entraña para nuestra dignidad de hombres.

Seguramente se cumplan los tristes pronósticos de Morris, pero al mismo tiempo el trabajo asalariado quedará completamente expuesto y hará más evidente la injusticia y el nonsense del sistema capitalista. Y para no cerrar el artículo con «sistema capitalista», que queda muy panfletista, celebremos la abolición del trabajo asalariado coreando: «Bai, bai, curri! Cero dramas, siempre smile».

La Hermandad del Espíritu Libre

Herejías, iluminados y rebeldes II

En este segunda y última entrega de nuestro particular repaso a algunas herejías en la historia no podía faltar, por supuesto, alguien que diera la nota desde el sur. Concretamente, este viaje iniciático parte de los sufitas andalusíes, que podrían considerarse los precursores de la gran herejía de la Hermandad del Espíritu Libre.

Según Norman Cohn, «hacia fines del siglo XII varias ciudades españolas, especialmente Sevilla, fueron testigos de las actividades de fraternidades místicas musulmanas. Estas gentes, conocidas como sufitas, eran «mendigos santos» que vagaban en grupo por las calles y plazas, cubiertos de remendadas y descoloridas ropas. Sus novicios aprendían la humillación y abnegación personales: debían vestir andrajos, no levantar la vista del suelo, comer alimentos desagradables y obedecer ciegamente al maestro del grupo. Pero una vez terminado el noviciado, esos sufitas entraban en un mundo de absoluta libertad […]: podían rodearse de posesiones terrenas, vivir en el placer y también podían mentir, robar o fornicar sin ningún remordimiento de conciencia. Ya que el alma está íntimamente absorbida por Dios, los actos externos no tenían ninguna importancia».

La doctrina mutazil toma su forma arábigo-al-andalusí en las enseñanzas del cordobés Ibn Masarra (883-931 d.n.e.). Hijo de un padre culto y progre que frecuentaba los círculos mutazilitas y esotéricos de Oriente, Ibn Masarra empezó a impartir su magisterio siendo un adolescente hasta que, acusado de ateísmo, herejía e impiedad, decidió exiliarse. Con la muerte de Masarra, la escuela masarrí se extendió por Córdoba y Pechina (Almería) derivando «hacia el comunismo, el amor libre y la anarquía». A partir de la concepción ascética, según la cual toda propiedad es una impureza si no va dirigida a la satisfacción de las necesidades cotidianas, el masarrismo considera que ninguna propiedad es legítima cuando no está consagrada al servicio de dios. Este comunismo místico sintonizó con las clases populares de Córdoba que, tras la desintegración del Califato, la peste y el hambre, se encontraban en plena efervescencia epidemiológica y social. La escuela masarrí fue obligada a la clandestinidad, aumentando el secretismo y la jerarquización de la organización. Al frente de cada grupo había un maestro o imán, como el célebre Ismâîl ibn Abdillah al‑Roaynî, cuya hija contaba entre sus adeptos con la reputación de poseer una gran inteligencia y cultura teológica. En esta ocasión no fue la Iglesia católica, sino el integrismo islámico quien se encargó de barrer a los heterodoxos. Desafortunadamente para la ortodoxia religiosa y para los defensores del orden social, ecos de la herejía sufita se dejaron oír años más tarde con la aparición de los hermanos del Espíritu Libre, calificados por el historiador Norman Cohn como una «minoría de superhombres —y supermujeres— amorales».

La Hermandad del Espíritu Libre fue uno de los movimientos heréticos más anárquicos y revolucionarios de todos los tiempos. Su misticismo implicaba un fuerte protagonismo de la individualidad, en cuanto se trataba de reivindicar la relación directa de la persona con dios, sin intermediarios de ningún tipo. Las consecuencias últimas de esta interpretación mística de la vivencia religiosa se tradujeron en forma de una «libertad sin trabas», una suerte de anarquismo extremo en el que el individuo, siendo uno con dios, podía vivir «según sus caprichos». Los miembros del Espíritu Libre —se quejaba el obispo de Estrasburgo en 1317— creían «que todas las cosas son propiedad común, de donde deducen que el robo les está permitido». Negaban la existencia del pecado, renegaban de los sacramentos y de la divinidad y capacidad redentora de Cristo y se oponían a toda autoridad establecida. Según cuentan los cronistas de la época, practicaban el amor libre, el nudismo (inspirados en las doctrinas adamitas del siglo II en el norte de África) y la magia. Como confesó uno de sus miembros ante la Inquisición, los hermanos del Espíritu Libre —también conocidos como bons enfants, amaurinos, pauperes Christi, picardos, mineros…— preferían que el mundo fuera destruido antes de que «un hombre libre se abstuviera de un acto que le pida su naturaleza».

Aunque tuvo su centro neurálgico en las regiones de Flandes y Renania, la herejía del Espíritu Libre recorrió como un fantasma toda Europa. Sus raíces filosóficas provienen de autores como Amauri de Bene (s. XIII), para quien el infierno era la ignorancia (por lo que el infierno estaba en todos «como un diente podrido en la boca») y no había más vida que esta; u Ortlieb de Estrasburgo (s. XIII-XIV), que decía que «el hombre debe abstenerse de las cosas externas y seguir las respuestas de sí mismo». Dicen que la Hermandad del Espíritu Libre fue más un sentir popular —«una tendencia mórbida y una exageración de la piedad mística»— que un movimiento organizado, y de ahí su fácil propagación. Las ideas que surgían fruto de las discusiones teológicas en universidades como la de París se extendían entre el vulgo a través de la actividad propagandística de hombres y mujeres, la mayoría laicos. El mismo El Bosco, el pintor, podría haber formado parte del movimiento, como afirma el historiador de arte Wilhelm Fraenger. Otras figuras notorias que contribuyeron al pensamiento del spiritus libertatis —muchas veces renegando de él— fueron Johann Tauler (1300-1361), Jan van Ruysbroeck (1294-1381), Heinrich Suso (1300-1366) y Johannes Eckhart (1260-1327), quienes insistían en la aspiración hacia la perfección mediante la unión del individuo con dios. Los documentos de la época son confusos a la hora de definir y delimitar todas estas corrientes místicas y muchos testimonios fueron bajo tortura. De ahí que podamos encontrar hermanos del Espíritu Libre en todos lados y en ninguno, confundiéndose estos con valdenses, cátaros, fraticelli, apostólicos, loístas, turlupinos, anabaptistas, lolardos, begardos, beguinas… Estos últimos —y su marca masculina, los begardos—, jugaron un papel fundamental en la difusión de las ideas de perfección y libertad absoluta. Una de las más destacadas mujeres del movimiento del Espíritu Libre fue Margarita Porete, mártir revolucionaria a quien la Iglesia acabó haciendo a la brasa en 1310 por tocarles la moral con un libro titulado El espejo de las almas simples.

Como se oponían también a la familia patriarcal y al matrimonio, no fueron pocos los que abandonaron sus hogares para predicar por las ciudades o vivir en comuna. Para los hermanos del Espíritu Libre no había ninguna diferencia entre ellos, todas y todos eran iguales y tenían completa libertad. Para Jean de Brünn, torturado en Colonia en 1335, dios había creado todas las cosas en común, por lo que todas las cosas debían ser compartidas por los hermanos del Espíritu Libre. Si un hermano del Espíritu Libre necesitaba cualquier cosa solo tenía que pedirla y, si no se le daba por las buenas, tenía derecho a azotar al que se negara.

Sea como fuere, este tipo de doctrinas que atentaban contra «el buen orden de la sociedad cristiana» (Inocencio III dixit) se extendieron por campos y ciudades por boca de mendicantes, disciplinantes, flagelantes y, como hemos mencionado, beguinas y begardos. Al grito de poenitentiam agite (o penitenziagite, como farfulla un dulcinista en El nombre de la rosa), grupos de pordioseros recorrían las calles anunciando el fin de los tiempos y llamando al arrepentimiento. La sensación general desde antes del año Mil —de ahí el nombre de milenaristas— hasta el final del Bajo Medievo era que el mundo se iba al garete y no eran pocos los que como Fernando Arrabal proclamaban: «¡El milenarismo va a llegar!».

Herejías, iluminados y rebeldes

El equipo de Lisergia.net, extinto webzine político cultural de aspiraciones enciclopédicas, se incorpora con esta humilde sección a El Topo. Para recordar algunas corrientes que se enfrentaron al poder omnímodo de la Iglesia, os traemos en dos cómodas entregas un recorrido por aquellos rebeldes anarco-santos que de Flandes a Sevilla quemaban cruces, se reunían en asambleas o propagaban el vegetarianismo.

Tras la caidita de Roma, la Iglesia católica tomó el papel de heredera política y cultural del Imperio. «En una misma boca no caben alabanzas a Júpiter junto alabanzas a Cristo», clamaba el papa Gregorio Magno. El cristianismo pasó de ser ferozmente perseguido —desde la campaña de exterminio de cristianos iniciada por Diocleciano— a formar parte del Estado seis décadas después con la llegada de la pax de Constantino. Y de todas las sectas cristianas que pululaban en Oriente y Occidente, que eran muchas y malavenidas, el emperador Constantino eligió a la facción católica, a la que aupó en el poder y untó con generosas donaciones. Se inicia ahí la Iglesia católica tal y como la conocemos hoy.

Ya bien encarrilada y empotrada en los aparatos del Estado, la Iglesia católica coge carrerilla y por el camino va deshaciéndose del jipismo de las primeras comunidades cristianas, concentrando más y más su poder. Según cuenta Pepe Rodríguez en su libro Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, el concepto de herejía —aíresis—, que no significa más que la opinión elegida para sostener algo, en el siglo II fue pervertido y transformado en algo peyorativo por el obispo Ignacio —creador también del concepto de «católico»—, que lo hizo sinónimo de falso, sectario, sin fundamento ni credibilidad, etc. Pero en su sentido original significa, como sostenía San Isidoro de Sevilla, «elección, por la que, cada uno según su libre albedrío elige qué ideología profesar o seguir». Así pues, la Iglesia católica puso de moda la palabra «herejía» o «hereje» para calificar —y perseguir, obviously— a todo aquel o aquella que la pusiera en cuestión.

La Iglesia se deslomó por combatir las herejías. La situación se complicó más aún cuando a algunos eruditos les dio por traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas. Y todo se lio cuando la gente se puso a leer —o escuchar— las escrituras traducidas y a sacar sus propias conclusiones. Europa se llenó de iluminados y rebeldes, anarco-santos y milenaristas igualitarios: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas…

La crítica e interpretación del discurso oficial aupó teorías como las del teólogo díscolo Berengano de Tours (999-1088) o Pedro de Bruis, un sacerdote católico que fue depuesto porque sus enseñanzas no eran del gusto de Roma y que acabó sus días en el año 1131 a manos de una multitud enfurecida «harta de verle quemar cruces». Fueron acusados de practicar la violencia contra sacerdotes y monjes. A su modo de ver, como la Iglesia no consistía en muros, sino en la comunidad —ekklesía— de creyentes, los templos debían ser destruidos.

Enrique de Lausana, también conocido por Enrique de Cluny o Enrique de Tolouse, continuó la obra de Bruis. Predicó por todo el sur de Francia, hasta que en 1148 fue a parar con sus huesos en la cárcel, donde acabó espichándola. En 1173, un rico y devoto mercader de Lyon llamado Pedro Valdo (o Waldo) tras presenciar la muerte repentina de un amigo, comienza a entrarle canguelo con eso de morir en pecado y acude raudo y veloz a un cura amigo suyo. Este se marca un farol y le dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dáselo a los pobres». Cuentan que en las fiestas del pueblo Valdo se puso a repartir su dinero gritando que «ningún hombre puede servir a dos amos, a Dios y a Mammon» (que es como los antiguos, con mucho acierto, llamaban al dios del dinero). Y las biblias traducidas pusieron la «palabra de dios» en manos del pueblo. En 1179, el papa Alejandro III prohibió a Valdo y a sus seguidores predicar sin el permiso del obispo local, el cual, como era de esperar, se negó a dárselo. Pero Valdo y los suyos hicieron oídos sordos y replicaron a la jerarquía católica tomando las palabras de Hechos 5:29: «Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres».

Los valdenses estaban apasionadamente interesados por una reforma de la Iglesia según las líneas del ideal apostólico del Nuevo Testamento basado en la pobreza y la simplicidad del estilo de vida. Los valdenses fueron de los primeros insumisos declarados de la historia. Se negaron a cumplir el servicio militar, abogaron por la supresión del Estado y condenaron la pena de muerte. Además criticaron la corrupción eclesiástica y la enseñanza y práctica de la Iglesia sobre el purgatorio y las indulgencias. Rechazaron la adoración de imágenes, la transubstanciación, el bautismo de infantes, el culto a María, las oraciones a los santos, la veneración de la cruz y las reliquias, el arrepentimiento de última hora, la confesión a los sacerdotes, las oraciones a los muertos, las indulgencias papales, el celibato sacerdotal y el uso de imponentes y elegantes edificios religiosos para celebrar misa. De hecho, los valdenses celebraban la eclesia, la asamblea, de forma clandestina en establos, hogares particulares o donde quiera que encontrasen un hueco.

En 1184, el papa Lucio III los excomulgó y el obispo de Lyon los expulsó de la diócesis provocando una diáspora de valdenses que extendieron su mensaje no solo por el sur de Francia y el norte de Italia, sino también por el este y norte franceses, por España, Flandes, Alemania, Austria, Bohemia y Polonia, donde Valdo murió en 1217.

Miles de personas fueron asadas en las barbacoas organizadas por la Inquisición. La Santa Sede rabiaba de envidia e impotencia, al ver cómo el ejemplo de los valdenses prendía entre las gentes humildes como la pólvora: Los herejes valdenses se distinguen por su comportamiento y el habla. Son impasibles y sensatos. No se esfuerzan en llamar la atención con vestidos extravagantes o indecorosos. No son comerciantes con el fin de evitar mentir, jurar o engañar. Viven únicamente del trabajo artesano de sus manos (Passauer Anonymus).

La herejía albigense se mantuvo activa desde mediados del siglo XII hasta mediados del XIII. Albigense deriva del albigés, proveniente de la comarca situada al noreste de Tolosa (Toulouse) cuyo centro era Albi. Influidos por las filosofías orientales, creían en la reencarnación y muchos llegaron a hacerse vegetarianos. Fueron condenados en el concilio de Lutero por orden del papa Alejandro III.

Y aquí en Sevilla no podía faltar, por supuesto, alguien que diera la nota. En la próxima entrega de esta sección os acercaremos a las herejías de los sufistas andalusíes, que podrían considerarse como los precursores de la gran herejía del Espíritu Libre.