Herejías, iluminados y rebeldes

El equipo de Lisergia.net, extinto webzine político cultural de aspiraciones enciclopédicas, se incorpora con esta humilde sección a El Topo. Para recordar algunas corrientes que se enfrentaron al poder omnímodo de la Iglesia, os traemos en dos cómodas entregas un recorrido por aquellos rebeldes anarco-santos que de Flandes a Sevilla quemaban cruces, se reunían en asambleas o propagaban el vegetarianismo.

Tras la caidita de Roma, la Iglesia católica tomó el papel de heredera política y cultural del Imperio. «En una misma boca no caben alabanzas a Júpiter junto alabanzas a Cristo», clamaba el papa Gregorio Magno. El cristianismo pasó de ser ferozmente perseguido —desde la campaña de exterminio de cristianos iniciada por Diocleciano— a formar parte del Estado seis décadas después con la llegada de la pax de Constantino. Y de todas las sectas cristianas que pululaban en Oriente y Occidente, que eran muchas y malavenidas, el emperador Constantino eligió a la facción católica, a la que aupó en el poder y untó con generosas donaciones. Se inicia ahí la Iglesia católica tal y como la conocemos hoy.

Ya bien encarrilada y empotrada en los aparatos del Estado, la Iglesia católica coge carrerilla y por el camino va deshaciéndose del jipismo de las primeras comunidades cristianas, concentrando más y más su poder. Según cuenta Pepe Rodríguez en su libro Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, el concepto de herejía —aíresis—, que no significa más que la opinión elegida para sostener algo, en el siglo II fue pervertido y transformado en algo peyorativo por el obispo Ignacio —creador también del concepto de «católico»—, que lo hizo sinónimo de falso, sectario, sin fundamento ni credibilidad, etc. Pero en su sentido original significa, como sostenía San Isidoro de Sevilla, «elección, por la que, cada uno según su libre albedrío elige qué ideología profesar o seguir». Así pues, la Iglesia católica puso de moda la palabra «herejía» o «hereje» para calificar —y perseguir, obviously— a todo aquel o aquella que la pusiera en cuestión.

La Iglesia se deslomó por combatir las herejías. La situación se complicó más aún cuando a algunos eruditos les dio por traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas. Y todo se lio cuando la gente se puso a leer —o escuchar— las escrituras traducidas y a sacar sus propias conclusiones. Europa se llenó de iluminados y rebeldes, anarco-santos y milenaristas igualitarios: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas…

La crítica e interpretación del discurso oficial aupó teorías como las del teólogo díscolo Berengano de Tours (999-1088) o Pedro de Bruis, un sacerdote católico que fue depuesto porque sus enseñanzas no eran del gusto de Roma y que acabó sus días en el año 1131 a manos de una multitud enfurecida «harta de verle quemar cruces». Fueron acusados de practicar la violencia contra sacerdotes y monjes. A su modo de ver, como la Iglesia no consistía en muros, sino en la comunidad —ekklesía— de creyentes, los templos debían ser destruidos.

Enrique de Lausana, también conocido por Enrique de Cluny o Enrique de Tolouse, continuó la obra de Bruis. Predicó por todo el sur de Francia, hasta que en 1148 fue a parar con sus huesos en la cárcel, donde acabó espichándola. En 1173, un rico y devoto mercader de Lyon llamado Pedro Valdo (o Waldo) tras presenciar la muerte repentina de un amigo, comienza a entrarle canguelo con eso de morir en pecado y acude raudo y veloz a un cura amigo suyo. Este se marca un farol y le dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dáselo a los pobres». Cuentan que en las fiestas del pueblo Valdo se puso a repartir su dinero gritando que «ningún hombre puede servir a dos amos, a Dios y a Mammon» (que es como los antiguos, con mucho acierto, llamaban al dios del dinero). Y las biblias traducidas pusieron la «palabra de dios» en manos del pueblo. En 1179, el papa Alejandro III prohibió a Valdo y a sus seguidores predicar sin el permiso del obispo local, el cual, como era de esperar, se negó a dárselo. Pero Valdo y los suyos hicieron oídos sordos y replicaron a la jerarquía católica tomando las palabras de Hechos 5:29: «Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres».

Los valdenses estaban apasionadamente interesados por una reforma de la Iglesia según las líneas del ideal apostólico del Nuevo Testamento basado en la pobreza y la simplicidad del estilo de vida. Los valdenses fueron de los primeros insumisos declarados de la historia. Se negaron a cumplir el servicio militar, abogaron por la supresión del Estado y condenaron la pena de muerte. Además criticaron la corrupción eclesiástica y la enseñanza y práctica de la Iglesia sobre el purgatorio y las indulgencias. Rechazaron la adoración de imágenes, la transubstanciación, el bautismo de infantes, el culto a María, las oraciones a los santos, la veneración de la cruz y las reliquias, el arrepentimiento de última hora, la confesión a los sacerdotes, las oraciones a los muertos, las indulgencias papales, el celibato sacerdotal y el uso de imponentes y elegantes edificios religiosos para celebrar misa. De hecho, los valdenses celebraban la eclesia, la asamblea, de forma clandestina en establos, hogares particulares o donde quiera que encontrasen un hueco.

En 1184, el papa Lucio III los excomulgó y el obispo de Lyon los expulsó de la diócesis provocando una diáspora de valdenses que extendieron su mensaje no solo por el sur de Francia y el norte de Italia, sino también por el este y norte franceses, por España, Flandes, Alemania, Austria, Bohemia y Polonia, donde Valdo murió en 1217.

Miles de personas fueron asadas en las barbacoas organizadas por la Inquisición. La Santa Sede rabiaba de envidia e impotencia, al ver cómo el ejemplo de los valdenses prendía entre las gentes humildes como la pólvora: Los herejes valdenses se distinguen por su comportamiento y el habla. Son impasibles y sensatos. No se esfuerzan en llamar la atención con vestidos extravagantes o indecorosos. No son comerciantes con el fin de evitar mentir, jurar o engañar. Viven únicamente del trabajo artesano de sus manos (Passauer Anonymus).

La herejía albigense se mantuvo activa desde mediados del siglo XII hasta mediados del XIII. Albigense deriva del albigés, proveniente de la comarca situada al noreste de Tolosa (Toulouse) cuyo centro era Albi. Influidos por las filosofías orientales, creían en la reencarnación y muchos llegaron a hacerse vegetarianos. Fueron condenados en el concilio de Lutero por orden del papa Alejandro III.

Y aquí en Sevilla no podía faltar, por supuesto, alguien que diera la nota. En la próxima entrega de esta sección os acercaremos a las herejías de los sufistas andalusíes, que podrían considerarse como los precursores de la gran herejía del Espíritu Libre.

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La Cúpula