Este verano se celebra el mundial de fútbol masculino en América. Y, la verdad, no está la cosa para hacer pronósticos o quinielas deportivas. Más bien da para hablar del gas pimienta, las pistolas táser, las esposas y demás aparatos para hacer pupita.
Cuando paseamos por la ciudad es habitual ver a hombres de toda edad y condición enfrascados en conversaciones profundas y matizadas, no siempre exentas de vehemencia y emoción. Conversaciones que vinculan tanto a padres e hijos como a parroquianos de algún bache o a jóvenes universitarios. ¿Qué es?: el puto fútbol. Desde luego, si los hombres discutiéramos con ese mismo nivel de atención y rigor sobre asuntos como la vivienda, la crianza, la ciudad o las emociones… Pero no, la realidad es que el foco de toda esa energía intelectual honesta y profunda, implicada, es el deporte rey, que levanta temas como los números del último fichaje del Celta, los equipos anteriores del actual entrenador del Osasuna o la preocupante falta de regularidad del Lorca en 2.ª división…, sin saltarse la tasa de rentabilidad del último crack desracializado, el nuevo peinado del máximo goleador, a juego con sus tatuajes faciales, o un repaso a los mil tópicos del universo balón. Fútbol es fútbol.
Muchos hombres hemos contado nuestros primeros años al ritmo de los mundiales de fútbol. La memoria televisiva lo atestigua, el Mundial 78 en la Argentina de Videla con Mario Kempes metiendo un gol en una portería sepultada bajo papel higiénico; o el del Naranjito socialdemócrata (no confundir con Trump, por favor, ser mucho más complejo y profundo, aunque con menos simetría, que las mascotas de este año: Maple, Zayu y Clutch). El de México 86 lo recordamos con la imagen de Butragueño goleando a Dinamarca (y de las pintas de majara de Calderé), y el de Italia 90 con los antiheroicos Totó Schillaci, Higuita o el fumeta de Prosinecki.
La llegada del odioso fútbol moderno actual tuvo lugar en el mundial de, cómo no, EE.UU. en 1994. Y, sí, aquel campeonato supuso el paso (el tránsito, que diría la Siesa) del fútbol popular, asociativo, al poderoso espectáculo fascistizante que es hoy. Nos queda desear, desde un optimismo cabalístico, que el próximo mundial, a celebrar también en los States y sus hermanitos chicos, México y Canadá, suponga el final de esta etapa para dar paso a un fútbol más vinculado al territorio, participado por la afición, sin ánimo de lucro y queer-intersexual. Con su narrativa que aporte un poquito de historia, de gramática y de vocabulario. Y que será igual de emocionante. Ah, y que vuelvan a vender cerveza en los estadios, ya que el primer propósito de las hinchadas no será reventarse a hostias o cometer un genocidio, sino emborracharse juntas, entonar cánticos de aquí y allá, bailar, rozarse… Vivir.
Y es que, siendo los grandes eventos deportivos muestras riquísimas de la geopolítica global, tras el bochornoso mundial de Qatar 2022, llega, este verano, uno de los torneos con los prolegómenos más tensos de la historia. Una tensión política similar, se diría, a aquellas Olimpiadas celebradas en la Alemania nazi o alguna que otra de la Guerra Fría. Por cierto, las de Hitler fueron contraprogramadas por unas olimpiadas obreras antifascistas que iban a celebrarse en Barcelona.
La organización del mundial corre a cargo de tres países que ya se llevan regulín regulán. Últimamente EE.UU. no ha dejado de molestar a sus vecinos, especialmente a México, aunque también a Canadá. Además, seguro que manda a los garrulos del ICE a estos países para acompañar a su equipo nacional, como ya ha hecho —no sin polémica— en las pasadas Olimpiadas de invierno celebradas en la Italia de Meloni (otra que tal baila).
Y en el propio EE.UU. la cosa pinta regular, pues ¿qué harán las hinchadas de las naciones del sur global? Dado el nivel de embrutecimiento no descartamos redadas, detenciones e incluso tiroteos en la previa de los partidos. ¿Veremos venta de armas en los tenderetes junto a las bufandas y banderas?
Lo soñamos y lo reconocemos. Aun sabiendo que la suspensión del mundial sería un terremoto cuya onda expansiva quebraría la sociedad, especialmente a su parte masculina, en el fondo deseamos que el Gusiluz, el payaso Dorito, la líe y se vaya al carajo el campeonato. Sin duda sería el último empujón para que el guapetón de Perro Xanxe arrasara en las elecciones de noviembre.
Porque el mundial que ganó España hizo mucho daño. El gol de Iniesta en 2010 abrió la puerta de lo que luego se llamó la «primavera española», aderezada más tarde con las banderitas en los balcones y el procés catalá. El giro fue que, desde aquel torneo, llevar la rojigualda en el atuendo y cantar «yo soy español, español, español» dejó de ser algo hortera y vergonzoso y pasó a ser normal, trendy, omnipresente.
Una cosa bonita que tiene este mundial es que, por tercera vez consecutiva, Italia no acudirá. Siempre podrán alegar simbólicamente que no van por su enorme compromiso con los derechos humanos (no participaron ni en Qatar ni en Rusia). Y si este llega a jugarse, como siempre, los hombres de izquierdas apoyaremos a las selecciones de naciones oprimidas como las africanas (excepto Marruecos, por su ocupación del Sahara Occidental) u otras parias como Haití (¿cómo carajo puede haber llegado ese país a esta fase final? ¿Hay campos de fútbol allí? De Haití solo somos capaces de imaginarnos —topicazo al canto— a niñatos racializados en moto y con metralleta). O Curaçao (¿Es un país?… Pensábamos que era un refresco sabor tropical). También, por despecho, sería genial que la copa la ganara Irán (¿jugará finalmente?, ¿sigue existiendo Irán —esto lo escribimos en abril—?, ¿los matarán si van?, ¿harán un equipo de exiliados partidarios del Sha?). Si no gana Irán estaría guay que, al menos, derrotase al equipo yanki, en octavos o algo así. Y con arbitraje de Turquía, Egipto o Pakistán, que por lo visto les gusta eso de mediar entre países, de tan neutros que son (ya sabemos, ni machistas ni feministas y tal). Y si el torneo finalmente lo gana alguno de los de siempre, al menos que lo haga como España o Francia, con equipos repletos de moros, negros, vascos y catalanes.

