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Un estudio demuestra que los alimentos ultraprocesados prolongan la vida. La competitividad y las horas extras son claves para la prevención del cáncer. Una investigación revela que la siesta (y la siesa también) puede ser un factor fundamental para la extinción de la especie. El espíritu crítico provoca embolias. La lectura causa estrabismo. Obedecer mejora el tracto intestinal. El lóbulo frontal está un 4% más desarrollado en instagramers y tiktokers. La clase dirigente es la más inteligente. 9 de cada 10 dentistas recomiendan chicles con azúcar.
Puede ser que todos estos estudios nos los hayamos sacado de la manga, pero al menos no hemos cobrado ni un céntimo por ellos y probablemente tengan la misma validez científica que muchos otros «estudios internacionales que demuestran que…».
La publicación Annals of Internal Medicine descubrió que el 100% de los estudios que no encontraban problema con las gaseosas habían sido patrocinados por la industria de las gaseosas o realizados por científicos que tenían alguna relación con ella. Según la revista de la Asociación Americana de Medicina, «hoy en día, es casi imposible contar la cantidad de empresas de alimentos que patrocinan investigaciones que suelen dar resultados favorables a sus intereses».
La industria azucarera untó a científicos (suponemos que alguna científica habría también) durante la década de los cincuenta y sesenta para culpar a la grasa de los infartos y quitarle así hierro a la relación entre el azúcar y las afecciones cardíacas.
Coca-Cola pagó ocho millones de euros a decenas de organizaciones científicas y médicas españolas entre 2010 y 2017 para la organización de congresos y la elaboración de estudios científicos que «sirven a sus intereses comerciales y, en muchos casos, no concuerdan con los esfuerzos para mejorar la salud de la población», como sostiene una investigación de la Asociación Europea de Salud Pública.
Y es que la publicidad no solo nos persuade a través de cuerpos esculturales y promesas de felicidad, también se sirve de la ciencia para avalar sus mensajes. A no todo el mundo le basta con la afirmación de su influencer favorite para creer. Los tiempos donde lo que decía el sacerdote (o el/la gurú de turno) iba a misa han expirado, como los productos caducados de cualquier supermercado. La Verdad, esa cosa escurridiza y siempre en liza, ha estallado en pedazos, y tan respetable es que alguien afirme que la Tierra es plana como cuadrada (cuando todes sabemos que vivimos en Matrix). Para gustos, las verdades.
La Ciencia al servicio del Capital es como la democracia en una sociedad de clases, que ni es democracia ni es ná. Está tan adulterada como la coca que te vende tu camelle. Más falsa que el currículum de un/a diputada/o. Tiene tanta credibilidad como el OkDiario.
La ventaja epistemológica del método científico frente a la adivinación mediante hortalizas o la rumpología (lectura del ano) reside en su demostrabilidad. Sin embargo, como han denunciado investigadores e investigadoras, cada vez se publican más estudios sin ton ni son que, financiados por grandes empresas, tienen la misma fiabilidad científica que un experimento de tu prime con el quimicefa. A esto se le ha dado en llamar «crisis de reproducibilidad». Investigaciones supuestamente científicas cuyos resultados no son comprobables, realizadas a caraperro, confeccionadas a la medida de sus mecenas, tendentes al autoengaño. «Es el mercado, amigo», que diría aquél. El Capital, como el rey Midas, todo lo que toca lo convierte en oro, o en mierda. Pasa incluso con las revistas científicas, progresivamente parasitadas por los intereses corporativos como si de pisos en barrios gentrificados se tratase.
La publiciencia llega adonde otras formas de propaganda político-comercial no alcanza. Es un recurso persuasivo más del mercado. Como el Zara vendiendo camisetas de los Clash.
Al fin y al cabo, la clave está en el gustirrinín que les da a las multinacionales soltar potentes investigaciones rimbombantes cada dos por tres. Ponen un pastizal, que da de comer a multitud de jóvenes científiques, faltes de sueldos estables y que no desean servir tapas de ensaladilla en la noche sevillana, y de paso, nos convencen de lo buenos que son sus productos y servicios —y actitudes, y valores e ideas megachachicapitalistas—, y de lo mal que pensábamos antes, de lo equivocades que hemos estado siempre, de lo erradas que están nuestras vidas. Y luego, ponen otro pastizal en los medios y redes sociales para que los publiquen como si hubieran descubierto la pólvora, el diazepam o la grifa de Marruecos. Usar el método del clickbait, igualmente, supone una buena fuente de ingresos extra para el medio, y por tanto, para el gremio de periodistas, faltos de sueldos estables y que no desean servir tapas de papas alioli en una terraza de Chipiona.
La esperanza que nos queda es, por un lado, que el exceso de publicidad encubierta a través de estos estudios de publicidad encubierta acabe siendo ruido y dejen de provocar el efecto que buscan porque nadie les eche cuenta. Por el otro, mucho más plausible, que una multinacional con corazón tierno nos encuentre y financie nuestros próximos estudios. Demostraremos entonces, con datos rigurosísimos y cientificísimos, y con una muestra representativísima de la población general, que, sin lugar a duda, quien sueña con utopías duerme mejor, y mucho más tiempo.

