La química del poder

 

Gobernantes y drogas componen una relación estrecha, una realidad silenciosa que, de Lenin a Albert Rivera, ha tenido protagonistas dispares e inspira sugerentes relatos sobre el origen de la propia democracia o el devenir de la revolución soviética.

 

Desde el principio de los tiempos, el uso de sustancias tóxicas para buscar estados alterados de conciencia ha acompañado a la humanidad. Las causas están alojadas en los velados principios rectores del espíritu humano: sea por la búsqueda de la trascendencia más allá de lo terrenal, la cuestión dionisíaca, la evasión o porque, total, son diez pavos cada uno y es viernes por la noche. Desde Baudelaire (y su Spleen de Paris) a Joaquín Sabina («pon gramos, que hablo de Madrid») sólida ha sido siempre la relación entre el mundo de la droga y la cultura; pero poco se ha hablado sobre la conexión entre la droga y el poder político. Aquí unas líneas (je, sí, sí, ya, ya) a modo de repaso histórico y exopolítico.

En tiempos ancestrales y sociedades sin estado, el chamán (el dealer de la tribu) era uno de los nodos fundamentales de poder. Mediante el rito de la ayahuasca o inhalando humos, ayudaba a tomar decisiones y fortalecía los vínculos de la comunidad. Pero su poder era oculto y no cualquiera podía a acceder a él. Ya empezamos.

El opio en la antigüedad —junto con el garum y el vino— era consumido regularmente por la población. Eurípides o Dioscórides reflejaron en sus tratados el uso de plantas psicotrópicas como un elemento de sanación habitual entre los griegos más pudientes. Si bien el uso era terapéutico, es bien sabido que a todo el mundo le gusta cogerse un morazo; o ponerse methyon, como dirían ellos. Incluso el emperador romano Marco Aurelio tomaba su dosis diaria de droga –se cree que opio– para paliar sus dolencias y su posible úlcera crónica.

La bebida Vin Mariani, creada en 1860 por el químico francés Angelo Mariani a base de vino de Burdeos y cocaína, era recomendada por el mismísimo papa Leon XIII, quien apareció en algunos de sus posters publicitarios. Otros aficionados poderosos de Vin Mariani fueron el papa Pio X, Thomas Edison, la reina Victoria de Inglaterra, los presidentes de Estados Unidos Ulysses Grant y William McKinley; o el primer ministro francés Jules Méline.

El uso de drogas en las guerras se ha dado desde los bersekers vikingos, que combatían puestos de amanita muscaria, hasta los soldados americanos en Vietnam, que lo mismo fumaban marihuana, que tomaban LSD o se hinchaban a opiáceos.

Sergei Sholokhov, Lenin, durante su exilio en Siberia, consumió habitualmente amanita muscaria, lo cual alteró poderosamente su personalidad y, quien sabe, cambió el rumbo de la humanidad. Así lo afirman alguna fuente de la BBC, nada sospechosa de anti-comunismo. Fuera aparte de las comprensibles risillas y pequeñas maldades que se le ocurra al lectorado a propósito de la relación entre la supuesta extrema inteligencia de Lenin, el consumo de hongos alucinógenos y la recanalización de la revolución soviética hacia el capitalismo de Estado, esta relación entre gobernantes y drogas nos remueve una vieja tensión en nuestros corazones toxicofílicos y libertarios. Lo dejamos para otro día.

Ya en la edad moderna, las drogas pueden ser, además de una ayuda para sobrellevar el peso del poder, un magnífico recurso publicitario para con el electorado más liberal. No crean que no lo pensaron los social-liberales Obama o Rodríguez Zapatero cuando reconocieron haberse fumado algún porro en su juventud; o el mismísimo y hedonista Bill Clinton, que no se le ponía la cara roja cuando le achacaban haberse fumado sus petardos de marihuana en la facultad.

En la viva política española actual hay algunas asociaciones de ideas evidentes, pero no, aunque el cuerpo lo pida, no vamos a hacer chistes sobre Albert Rivera. Eso lo dejamos para los medios mainstream. Vale con decir que en 2005 la cadena de televisión alemana Sat-1 realizó un reportaje en el que asegura haber encontrado trazas de cocaína en 41 lavabos de la sede del Parlamento Europeo en Bruselas. Es como si Ciudadanos tuviera allí mayoría absoluta. Por cierto, ¿sabéis cuánto cuesta un gin tonic en el bar del Congreso? 4,80 €. Quizás eso ayude a explicar algunas cosas.

Por último, volviendo a David Hillman, un mensaje para que rumien sus cábalas sobre la política y el poder: la Democracia fue concebida en un ambiente de consumo lúdico de drogas. «Los antiguos filósofos griegos que inspiraron la revolución mental que influyó el nacimiento de la democracia fueron los mayores lunáticos consumidores de drogas de todos (…) Eran más como hombres de medicina que filósofos». Por lo tanto, no sólo la democracia floreció en una cultura de las drogas, sino que hunde sus raíces en un movimiento intelectual, chamánico y drogota.

La Cúpula

 

 

 

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