nº66 · Feb 2025 | se dice, se comenta

Menos floclore…

…y más guerrilla de la comunicación. Aunque podría escribir esto en Semana Santa, en feria o en otras tantas festividades, aprovecho la maldita Navidad para reflexionar, que no juzgar, sobre cómo se convierten en tradición, en perverso folclore o incluso en una mal llamada cultura, las prácticas y estéticas impuestas por algún imperio, por el invasor, por el invasor del invasor, por el statu quo o el paradigma que somete a la población en un momento de la historia, en un lugar del mundo, a veces en todos, y se inmortaliza con el paso del tiempo, como un hábito aparentemente intrínseco, que se vuelve susceptible de ser monetizado, exportado como producto o convertido en city branding.

Es curioso cómo muchas de estas costumbres y prácticas, aparentemente inofensivas, suelen estar relacionadas, en su origen, con eventos sangrientos, bélicos o abusivos en algún sentido o con el consumo feroz de recursos a gran escala y grandes beneficios económicos, o con «pegarse la fiesta», es decir, con más consumo y small talks (comunicación fática), y con una forma de existir envolvente y arrolladora donde lo disidente se interpreta poco menos como un insulto a las buenas costumbres, a tu tierra, como si fuera nuestra, y como si la única forma de divertirse y ser parte de esta sociedad fuera hacer lo mismo que los demás, cuando los demás y, por supuesto, de la misma manera.

La presión social llega a tal nivel, que hasta quienes piensan diferente o las sufren (las festividades), reproducen estas costumbres y sus códigos, en una suerte de reapropiación cultural, que en muchos casos esconde la comprensible pero cierta evidencia de que, en última instancia, si quieres contar con la gente y no quedarte sola, tienes que hablar el lenguaje del poder que nos somete. Quizás ese sea el inicio de lo diferente, reconocer aquello que nos somete y subvertir sus códigos, su gramática cultural, socavar la pretendida naturalidad del orden imperante. Todas las personas nacemos diferentes, pero es la última vez que lo somos, no porque nos volvamos iguales, sino por homogéneos.

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