AL FILO DE LA NAVAJA

ALGUNAS CLAVES SOBRE LA ENCRUCIJADA ENERGÉTICA

En nuestro día a día, nos duchamos con agua caliente de termo de gas, vamos al curre en coche, utilizamos dispositivos electrónicos como ordenadores y teléfonos, cocinamos con gas o con vitrocerámica eléctrica, aclimatamos nuestros hogares con aire acondicionado o calefacción, vamos a diferentes comercios y encontramos lo que estábamos buscando… Quehaceres cotidianos a los que estamos tan acostumbradas que, habitualmente, ni siquiera nos damos cuenta de lo que implican a nivel económico, social y ambiental. Sin embargo, detrás de cada una de estas tareas habituales hay toda una pléyade de materiales y una compleja red de trabajos que los hacen posible. Algunos de estos elementos que juegan entre bambalinas para muchas de nosotras están quedando ahora al descubierto, como si se estuviera empezando a deshacer el decorado de un inmenso escenario en plena función.

Uno de los actores ocultos que está quedando al descubierto, últimamente, es el sistema eléctrico y todo lo que este conlleva, incluyendo a miles de trabajadores y trabajadoras. Los medios de comunicación de las clases dirigentes no paran de hablar sobre la subida del precio de la electricidad. Nos estamos empezando a enterar del sistema de cálculo del precio mayorista de la electricidad; un cálculo «marginalista», le llaman, por el que toda la energía eléctrica se paga al precio de la última en entrar en subasta (la más cara, es decir, el gas, que se quema en centrales térmicas). Un sistema de precios diseñado por las burocracias neoliberales de la Unión Europea al servicio de los grandes capitalistas. También estamos aprendiendo que estamos llegando al pico de extracción mundial de gas y que su precio mayorista en Europa ha aumentado cerca del 80% desde la primavera. También sabemos ahora que el mercado de gas está, geográficamente, mucho más localizado que el de petróleo debido a las dificultades para su transporte; hace falta construir gaseoductos y el transporte marítimo de gas (licuado) es muy costoso económica y energéticamente. Además, estamos aprendiendo política geoestratégica al identificar el papel clave de Rusia y Argelia en el suministro de gas a Europa. Para quienes ya tenemos unos años y encajamos en la categoría de boomers, estos aprendizajes se conectan con recuerdos que vamos desempolvando, poco a poco, como la privatización de la empresa pública de generación de electricidad (Endesa) por parte del PSOE y el PP. Al unir todas estas informaciones en nuestro puzle mental, podemos llegar a la conclusión de que existe un riesgo importante de que el gas se convierta en un lujo o, incluso, de quedar desabastecidas. Entonces, algunas veces, tendemos a olvidar estas malas informaciones. Nuestro cerebro pone en marcha, de manera inconsciente, la disonancia cognitiva que arrincona en nuestras neuronas aquellas informaciones que hacen tambalearse nuestra percepción actual del mundo. Sin embargo, las noticias y la factura de la electricidad se empeñan en recordarnos, una y otra vez, que algo fuera de lo habitual está pasando.

A la subida del precio del gas y la electricidad se suma el ascenso de los precios de la gasolina (el barril de Brent está por encima de ochenta dólares) y de recursos naturales claves como el magnesio, imprescindible en multitud de procesos productivos básicos como los del acero y el aluminio (necesarios para las energías solar y eólica). Por si esto fuera poco, las cadenas internacionales de producción están mal engrasadas tras la parada productiva de la pandemia. Esto, unido a la carestía de materias primas claves, dificulta la producción y el transporte de mercancías. A todo esto hay que sumarle una economía capitalista exhausta que aún no se ha recuperado de la crisis económica que comenzara en 2008. Una economía dopada con grandes inyecciones de capital por parte de los bancos centrales. Capital que se dirige, fundamentalmente, a burbujas financieras especulativas, y que deja de lado las inversiones productivas, ya que estas ofrecen cada vez menos beneficios en un contexto de caída general de la tasa de beneficios de los capitalistas en el marco de un sistema socioeconómico muy maduro. Escasas inversiones productivas que se combinan con altas tasas de explotación ambiental y laboral para aumentar los beneficios menguantes, lo que conduce a la falta de mano de obra (a la que hay que pagar y formar con tiempo, pues no aparece de la nada) y a la guinda de este pastel del despropósito: un cambio climático que se agrava cada día camino del calentamiento brusco e incontrolado en pocas décadas. Además, el dinero barato de los bancos centrales ha generado grandes deudas privadas y estatales que, ahora, con el aumento de la actividad económica tras la mejora parcial de la situación pandémica y la escasez de ciertas materias primas, está generando un aumento de precios. En este contexto, los capitalistas no tienen salida buena en la gestión de su sistema. Si siguen inyectando dinero barato acabarán explotando burbujas especulativas y la inflación frenará su sacrosanto crecimiento económico. Pero es que si suben los tipos de interés, dejarán al descubierto a multitud de empresas y estados zombis que no podrán pagar sus deudas, lo que pondría en marcha una muy posible cascada de impagos con el riesgo de que cayeran algunas empresas/bancos «demasiado grandes para caer».

Dejándonos llevar por estos análisis tan terrenales y poco agradables podrían venirnos a la cabeza escenas distópicas que hubiésemos visto en alguna película o serie de esas que tanto abundan sobre catástrofes. Podríamos imaginarnos a dos hombres peleando en una gasolinera londinense por el último litro disponible de gasolina. Las imágenes de ficción se podrían mezclar con las reales y vernos a nosotras mismas en un gran apagón, ensayando una ceguera comunitaria. Entonces, en este escenario tan complejo e inquietante, al borde del precipicio, de la navaja, podríamos darnos cuenta de que la solución suele ser siempre la más sencilla: «¡es el capitalismo, imbécil!», acabaríamos gritándonos al mismo tiempo que nos autoorganizamos desde la dignidad y por la supervivencia.

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Último Mono surge en 2012 como taller de impresión en serigrafía formado por dos estudiantes de arte en Sevilla. Nuestra actividad combina desde el principio trabajos para clientes y ediciones propias de obra gráfica y pequeñas publicaciones en colaboración con artistas afines, muchas de ellas colectivas, en el marco de la autoedición, así como algún proyecto expositivo. En 2016 incorporamos la impresión en risografía apostando por esta técnica aún muy poco generalizada, continuando con más fuerza la realización de ediciones.