Andalucía tiene pluma

Los Estados nacionales y los territorios que aspiran a serlo han construido su identidad sobre la base de la heteronormatividad. Los hombres y mujeres que están más allá de las «fronteras» (también de las territoriales) son representados habitualmente como «menos» hombres o como «malas» mujeres. El mariconeo y la falta de «feminidad» no suelen encajar con los transcendentes principios patrios. Cualquier territorio que se precie presume de sus hombres viriles y de sus bellas mujeres, pero es más extraño encontrar un colectivo que reivindique a sus maricas, a sus trans y, mucho menos, a sus invisibles lesbianas. Andalucía, huérfana de madre, no ha sido una excepción, y si no que se lo pregunten a las mujeres que han participado en los movimientos jornaleros o a los homosexuales que se movían en las organizaciones sindicales. Y decimos que no ha sido porque en los últimos años asistimos, en lo que podríamos denominar discursos andalucistas alternativos, a la visibilización del papel jugado por las mujeres en Andalucía, aparte de sus cualidades para la limpieza y de su belleza. Igualmente sucede con lo marica, ahora denominado «lo queer», que queda más fino. En este caso, la reivindicación de la diversidad sexual se utiliza para construir la necesaria especificidad en la que se sustentan los discursos identitarios.

La visibilidad de lxs homosexuales en la sociedad andaluza queda patente en numerosos contextos festivos y de sociabilidad, tal como refleja el excelente documental de Jesús Pascual, Dolores Guapa, que aborda uno de los «núcleos duros» en el que algunos antropólogos han focalizado la identidad andaluza: la Semana Santa. En este excelente largometraje se deja ver el papel central de lxs homosexuales y trans en esta celebración, en la que se evidencian una buena parte de las contradicciones y paradojas de «lo andaluz». No podemos olvidar que visibilidad no implica aceptación y que lxs homosexuales han sido «tolerados» en cuanto que sabían cuál era su lugar y, por supuesto, siempre que no hicieran explícita su sexualidad.

Lo cierto es que de forma progresiva hoy parece menos complicado reconocer que Andalucía tiene pluma. La denominada tercera ola del andalucismo se viste así de morado y de lentejuelas. Las proclamas que veían en las exigencias de las mujeres el caballo de Troya que acabaría con la lucha obrera, y en los homosexuales la frivolidad opuesta al machirulismo patrio parece que progresivamente se van superando. Bienvenido sea el discurso de la inclusión, sobre todo, si se pretende incorporar al andalucismo a lxs más jóvenes y a los sectores olvidados (mujeres, grupos racializados, colectivos LGTBQ+, etc.) que cada vez se identifican menos con algunos referentes que han sido y son centrales en la conformación del discurso nacionalista. Es necesario repensar el lugar en donde estamos y las nuevas reivindicaciones. La aceptación de la diversidad, si sirve para algo, debe ser para la creación de discursos atractivos e inclusivos que puedan construir una identidad andaluza en la que quepamos todxs.

Radio Almaina. Diez años golpeando el dial granadino

El otoño de 2011 me sobrepasó. Estaba superado por los interminables turnos como cajero durante los fines de semana, la desesperación con una carrera de periodismo caricaturesca y los efectos en mi hogar de una de esas crisis tan cíclicas dentro de este sistema. Lo único que me generaba ilusión era un proyecto gestionado junto a otros compañeros de universidad. Por primera vez, podíamos escribir sin que una autoridad nos marcase sobre qué; nos sentíamos libres. Por aquel entonces, desconocía la existencia de los medios libres. Este proyecto que iniciábamos, por tanto, seguía teniendo un trasfondo mercantil, aunque con un cambio trascendental: decidíamos en colectivo. En la universidad no se hablaba —y presupongo que aún no se habla— de medios sin jerarquías. No se concebían los medios de comunicación sin un interés económico intrínseco. Muchos periodistas frustrados —o profesores, como prefieran— hablaban en las aulas sobre la necesidad de tener una ética deontológica, sobre esa tan necesaria honestidad profesional o sobre la importancia que teníamos al cumplir nuestro rol en esta sociedad. Lo hacían sin replantearse el modelo comunicativo-empresarial, así que, eran palabras vacías. Mientras todo eso ocurría, en Granada, un conjunto de personas sacábamos a la luz un proyecto que llevábamos tiempo macerando. Surgía Radio Almaina, una radio libre y autogestionada. Un proyecto que lleva golpeando las ondas desde entonces en el dial nazarí. Una década que es motivo de orgullo.

Hace más de un año, nuestros caminos se unieron. No contaré cómo llegué hasta ahí. Bastante he hablado de mí siendo parte de un proyecto colectivo, pero me parecía interesante contrastar cómo se forma a los periodistas con esta clase de proyectos alejados de lo establecido. Nunca antes había sentido, con tal magnitud, que la importancia estaba en el contenido y no en cómo monetizarlo. Nunca antes había visto, con tal claridad, que personas sin formación periodística podían informar mejor, incluso, que aquellas salidas de las facultades. Nunca antes había experimentado, con tal entusiasmo, el valor que tiene hacer funcionar un medio de comunicación de forma colectiva con el único interés de seguir discutiendo el relato, de no bajar los brazos. Nunca antes había vislumbrado, con tal nitidez, lo necesario que es que el pueblo pueda tener su altavoz sin la distorsión o completa transformación que se da en los medios con un interés mercantil o institucional —que viene a ser lo mismo—. Nunca antes había notado que las utopías son factibles cuando no se pierde el sentido de las mismas, cuando no se tergiversa su objetivo. El otro día, durante la celebración del 10.º aniversario de Radio Almaina, sentí más que nunca la importancia de lo que estamos haciendo. Sigamos tejiendo redes. Sigamos construyendo en colectivo. Sigamos peleando el discurso. Sigamos firmes en nuestras ideas, base de nuestro proyecto. Sigamos creyendo que otra realidad es posible. Por muchos años más de Radio Almaina.

NO ME TOQUE EL CARNAVAL

No me toque el carnaval, Kichi, por mi mare de mi alma, que bastante nos hemos mordío las uñas este febrero del 21 sin coplas ni callejones, sin pasacalles ni romanceros, sin cuplesitos ni coloretes; como pa que ahora venga tú a ponerme el carnaval casi en verano; por tu pare de tu alma, que lo que le falta a Cádiz con el turismo es mezclarlo con los carnavales, que cualquier año de estos vamos a tener mesetarians de abril a noviembre y esta ciudad ya no aguanta más. Este verano ha sido el terror con los guiris por la Tacita y será culpa nuestra por haber presumido tanto con nuestras letrillas por febrero; será culpa nuestra por comerle el tarro a todo quisqui, poniéndole el repertorio completo de Los Ángeles Caídos a cada lituano, irlandés o vasco en nuestros muchos exilios laborales. Cádiz no tiene trabajo de nunca y ahora resulta que tampoco tiene verano. Lo que yo no puedo tolerar, Kichi de mi vida y de mi corazón, es que ahora nos quedemos sin carnaval.

Porque un carnaval en junio ni es carnaval ni es na. Los ritos son los ritos y las tradiciones, tradiciones; y el carnaval es por febrero (que rima con «mi corasón entero» y con «Cadi como tesquiero», para gusto de comparsistas y otros poetas) y no puedes venir ahora a cambiar nuestras rutinas y hacer como si nada, o, peor, esperar que hagamos como si nada, que nos adaptemos a todo (cosa que, en verdá y por desgracia, es tela de gaditana) y que nos callemos la boca. Yo espero que la arcardía no te haya obnubilao la vista y no te hayas sorprendido ahora del golpetaso encima de la mesa que han dado romanceros, chirigotas callejeras y otros personajasos del verdadero cuarto poder gaditano. ¿De verdad pensaste en algún momento que mover un rito de fecha no iba a alterar nuestros chakras ni nuestras cosas? ¿Cómo carallo (en honor a la Sereníssima) quieres que bebamos vino dulce con 34 grados a la sombra en verano? ¿Con qué leches esperas que el poeta tipical gaditaner rime junio? Y a ver quién coño se viste de foam con la calor y to sus muertos.

Aún estás a tiempo de recular, Kichi de mis entrañas, porque con el noventaytanto por siento de la población vacunada (que rima con gaditana) y con menos contagios por covid en una semana de los que hay de la enfermedad del beso en cualquier noche de la carpa, lo suyo es recular. De la nueva política yo ya me espero poco (tú te hase a la idea): no espero ni ocho años de mandato en pos de la demos gaditanus; no espero leyes que protejan al gaditane medio del turismo atronador que le expulsa de su tierra; no espero un desplante al rey (aunque sea chiquito) ni que siga yendo a los plenos en camiseta de publicidad del LIDL o Cocacola en honor a la auténtica vestimenta real de la gaditanísima plana mayor. Tan solo espero, de un comparsista como tú, que trague orgullo y devuelva nuestro rito a donde toca, ordenao ahí con la Luna, con la Semana Santa y con to sus avíos. Y si no me va a hasé caso y lo va a dejar en junio, no lo llame carnaval. Seguro que aún puedes usar aquello de Fiestas Típicas Gaditanas de unas cuantas décadas atrás. Viva Cadi.

TODO EL PODER PARA LAS RATAS

Cuando entró la rata al Parlamento andaluz y se montó el revuelo solo pude pensar: «ojalá dé un golpe de Estado y tome el poder». Total, un animalito inofensivo no puede jodernos más la vida que el Gobierno circense de Bonilla y Marín. Cuando sus señorías vieron a la rata gritaron mucho y eso es algo que no me explico. Anda que el juez Serrano y sus andares patrios no dan para más chillidos, pero con su presencia, curiosamente, casi nadie se escandalizó. Lo cierto es que la retórica parlamentaria y las buenas formas me ponen de los nervios. Las instituciones están diseñadas para apagar conflictos, alejarse mucho de la calle y fomentar la conciliación de clases. Solo así se puede justificar la desastrosa política de vivienda de IU en su Gobierno con el PSOE, cuando las Corralas y toda aquella retórica de salvación infame que pronunciaron los de Valderas y que acabó con mucha gente en la calle, promesas rotas y otro movimiento social acallado. La gente le atribuye a las ratas los siete males y unas cuantas maldiciones bíblicas más. Yo me quiero poner del lado de la rata, que tiene muy mala fama pero que no transmite más enfermedades que un perro sin vacunar o unos cuantos señores jugando a ser dios en un laboratorio. Desde luego, si por la rata fuera, se invertiría por fin en veterinarios públicos para que el cuidado de las especies animales no-humanas no costara un riñón a quienes no pueden mirar para otro lado cuando se cruzan con un ser herido por la calle. La rata no creo que esté en contra de las personas LGTBIQ o la peña trans —total, qué más le dará a la rata— y puesta a legislar dudo mucho que fomente planes de empleo peor que los que ya tenemos, básicamente porque menos que 0 es imposible. Seguro que la rata no precisa coches oficiales, no se pone púa de cubatas a cuatro pavos en la cafetería del Parlamento con un salario público y no está de acuerdo con las políticas que culpan a pequeños seres como nosotrxs (ahora me refiero a lxs humanitxs) del cambio climático que fastidia a todos los seres de la Tierra sin excepción y que tiene, entre sus muchos responsables, a unos cuantos sentados en los púlpitos parlamentarios.

Entre ser una rata y ser un fascista, prefiero bigotes largos y uñas afiladas. Entre ser una rata y un neoliberal modernito, prefiero una cresta blanca y unos dientes manchados por el agua de las alcantarillas. Entre ser una rata y ser un socialdemócrata fake, me pido alojamiento a la orilla del Guadalquivir donde conviviría feliz entre patos, latas de cocacola abandonadas a su suerte y corredores cuarentones producto de un divorcio prematuro y una custodia perdida ante un juez. La gente habla mal de las ratas, pero seguro que las ratas tienen peor opinión de nosotrxs; tampoco están las clases populares con muchas ganas de fiesta y revuelta, así que, puesto a elegir, ¡todo el poder para las ratas!

CANTARES DE NUESTRA ABUNDANCIA

Un día de esos de primavera mentirosa en los que chorrea la calor hasta los pies nos juntamos en Morón de la Frontera unas cuantas curiosas, atentas, expectantes. Sabíamos a lo que íbamos, Flamenconomía, nociones de economía y otros cantes, sin saber muy bien a lo que íbamos.

La sala del Bufón, del Centro Social Julio Vélez, brillaba en tonos negros. Todas a pie de suelo, sillas dispuestas, una grada al fondo recordando que aquella caja de resistencia y de sorpresas es un teatro.

Libros, papeles, cables, ordenadores y micros en la escena. Poesía. El pulso, el ritmo contenido a flor de piel. Clases de economía crítica, sostenible, revolucionaria y posible. Óscar García Jurado hila y da las puntás necesarias que nos remueven un poquito, que nos hacen reconocernos en nuestros ahogos y en nuestros anhelos. Si «la cultura es abundancia y la economía habla de lo escaso», si el dinero mide la escasez más que la riqueza: ¿qué mundo estamos construyendo?; o, mejor dicho, ¿qué mundo quiere el capitalismo que construyamos? Las preguntas incomprensibles encuentran respuesta en los poemas que Antonio Orihuela grita bajito, pero grita.

Nosotras no queremos eso, no estamos dispuestas a colaborar con este sistema económico opresivo que nos duele. Ya lo dicen las letras que canta Laura Madero al ritmo de los ritmos de José Alcántara, letras antiguas como la sabiduría de la tierra: «Yo no sé por qué / unos tienen pozo / y otros tienen sed». Las clases de economía se mezclan con los cantes, los versos, la guitarra y las palmas; una amalgama que da sentido, explica y refleja nuestra cultura, nuestro poderío y la idiosincrasia de un pueblo tan grande, de un terreno tan expoliado.

Cinco lecciones que hacen un repaso del trabajo, el mercado, la propiedad, los valores y los precios, de la cooperación y el apoyo mutuo; que dan forma a un espectáculo de riqueza, una investigación en los saberes y la historia de Andalucía a través de la música y de la letra, del flamenco, de la poesía. «Bocaos al aire, / unas veces de rabia / y otras de jambre», como pintaron Moreno Galván y Menese, los bocaos de Andalucía que son los de América Latina, los de las kelys, las putas, las jornaleras, los de las precarias.
Flamenconomía terminó pero no termina, pues es un canto a la libertad y la conciencia frente a la esclavitud de este siglo XXI; la denuncia de los jornales mermados y las jornadas expandidas, un homenaje a nuestras gentes. Antes del arró del almuerzo aquel 15 de mayo, la última clase: una mano tendida al cambio, la propuesta de otra economía posible, de la cooperación entre las que somos; una ventana abierta por la que saltar sin miedo a una playa de arena, a un río fresco en verano, a un trigal por el que asoman amapolas. I am feeling good. Orihuela entreteje con sus versos una propuesta llena de amor propio: «Tu vida no es tuya, / no te dejes engañar. / Tu vida está en venta, / ¡róbala!»

Un nublao de tiniebla y pederná

Todo el mundo asocia la palabra inmatriculación al escándalo inmobiliario perpetrado por la Iglesia católica, sin duda un éxito de las plataformas ciudadanas que defienden nuestro patrimonio histórico. Sin embargo, muy pocos sabrían explicarlo. La jerarquía católica se aprovecha de este «nublao de tiniebla y pederná» para banalizar lo ocurrido y reducirlo a una cuestión de fe. De ahí que sea tan importante que tomemos conciencia de la magnitud y de las causas del mayor expolio patrimonial sufrido en nuestra historia reciente.

La jerarquía católica ha podido apropiarse de unos 5 000 bienes en Andalucía desde 1946, muchos de ellos pertenecientes a nuestro patrimonio histórico, utilizando como prueba la sola palabra del obispo. Esto fue así gracias a un privilegio que Franco concedió a la Iglesia como pago a su apoyo durante la guerra, equiparándola con la administración pública y a sus obispos con notarios. Es evidente que esta prerrogativa devino inconstitucional en 1978, pero los obispos siguieron haciendo uso de ella hasta su derogación en 2015 como consecuencia de la presión ciudadana y de una sentencia del Tribunal de Estrasburgo.

Se han apropiado de miles de solares, locales comerciales, viviendas, plazas, calles, monumentos, castillos, cocheras, murallas, cementerios…, pero también de templos de culto, considerados bienes de dominio público hasta que Aznar permite su inscripción en 1998. Un hecho de extraordinaria gravedad porque supone la privatización del 80% de nuestro patrimonio histórico, en especial, bienes de singular naturaleza como la Mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla.

La cuestión no es de quién es la Mezquita o la Giralda, sino de qué son. Porque no hablamos de bienes privados que pueden ser de unos u otros, sino de dominio público que no es de nadie porque nos pertenece a todos y todas. ¿Se puede vender la Mezquita? ¿Se puede vender la Giralda? La respuesta es no. A nadie se la pasa por la cabeza que estos monumentos que contienen en sus entrañas la historia milenaria de nuestro pueblo puedan ser objeto de subasta o hipoteca. Y la razón es muy simple: porque son públicos y porque la mejor manera de proteger su valor social pasa por sacarlos del tráfico jurídico. La Iglesia no puede ser titular de un bien que no puede venderse, porque nadie puede ser titular privado de un bien de dominio público.

Así pues, todas las inmatriculaciones realizadas desde 1978 son nulas por inconstitucionalidad sobrevenida, no importa el bien inscrito. Como nulas son todas las inmatriculaciones de bienes que no puedan ser enajenados, no importa la fecha en que se inscribieran. ¿Y qué ha hecho el Gobierno de coalición para solucionarlo? Nada. Publicar una lista incompleta y lavarse las manos ante el mayor escándalo inmobiliario de la historia. ¿Y que nos toca hacer a la ciudadanía? Tomar conciencia de que nos han robado nuestro patrimonio histórico y exigir su reversión. No se trata de una cuestión religiosa, sino de defensa de la legalidad constitucional y del patrimonio público.