TODO EL PODER PARA LAS RATAS

Cuando entró la rata al Parlamento andaluz y se montó el revuelo solo pude pensar: «ojalá dé un golpe de Estado y tome el poder». Total, un animalito inofensivo no puede jodernos más la vida que el Gobierno circense de Bonilla y Marín. Cuando sus señorías vieron a la rata gritaron mucho y eso es algo que no me explico. Anda que el juez Serrano y sus andares patrios no dan para más chillidos, pero con su presencia, curiosamente, casi nadie se escandalizó. Lo cierto es que la retórica parlamentaria y las buenas formas me ponen de los nervios. Las instituciones están diseñadas para apagar conflictos, alejarse mucho de la calle y fomentar la conciliación de clases. Solo así se puede justificar la desastrosa política de vivienda de IU en su Gobierno con el PSOE, cuando las Corralas y toda aquella retórica de salvación infame que pronunciaron los de Valderas y que acabó con mucha gente en la calle, promesas rotas y otro movimiento social acallado. La gente le atribuye a las ratas los siete males y unas cuantas maldiciones bíblicas más. Yo me quiero poner del lado de la rata, que tiene muy mala fama pero que no transmite más enfermedades que un perro sin vacunar o unos cuantos señores jugando a ser dios en un laboratorio. Desde luego, si por la rata fuera, se invertiría por fin en veterinarios públicos para que el cuidado de las especies animales no-humanas no costara un riñón a quienes no pueden mirar para otro lado cuando se cruzan con un ser herido por la calle. La rata no creo que esté en contra de las personas LGTBIQ o la peña trans —total, qué más le dará a la rata— y puesta a legislar dudo mucho que fomente planes de empleo peor que los que ya tenemos, básicamente porque menos que 0 es imposible. Seguro que la rata no precisa coches oficiales, no se pone púa de cubatas a cuatro pavos en la cafetería del Parlamento con un salario público y no está de acuerdo con las políticas que culpan a pequeños seres como nosotrxs (ahora me refiero a lxs humanitxs) del cambio climático que fastidia a todos los seres de la Tierra sin excepción y que tiene, entre sus muchos responsables, a unos cuantos sentados en los púlpitos parlamentarios.

Entre ser una rata y ser un fascista, prefiero bigotes largos y uñas afiladas. Entre ser una rata y un neoliberal modernito, prefiero una cresta blanca y unos dientes manchados por el agua de las alcantarillas. Entre ser una rata y ser un socialdemócrata fake, me pido alojamiento a la orilla del Guadalquivir donde conviviría feliz entre patos, latas de cocacola abandonadas a su suerte y corredores cuarentones producto de un divorcio prematuro y una custodia perdida ante un juez. La gente habla mal de las ratas, pero seguro que las ratas tienen peor opinión de nosotrxs; tampoco están las clases populares con muchas ganas de fiesta y revuelta, así que, puesto a elegir, ¡todo el poder para las ratas!

Por

Nate @naterismos

Equipo de EL TOPO