Felices años veinte

Cuando a Emma Goldman un camarada
la reprendió por bailar, contestó:
«exijo libertad para expresarme y que todos tengan derecho a cosas bellas y radiantes.
Eso es para mí el anarquismo»

Mírenlos, ¿no los ven? Ya van a venir a etiquetarnos. Seguro que alguien, mañana en la prensa, se despacha con un manojo de adjetivos (de los que matan, por aburrimiento). Dirán indecente, brutal, vertiginoso, locas, ruidoso. Dirán que chirridos estridentes nos empujan a no pensar, no pensar, no pensar. Como si ellos. Dirán que es el vestido el que nos incita, dirán infierno, frenesí, brujas, diablos. Inmoralidad ladrante, sí. Eso dirán mañana los que madruguen para insultar.
¿Y saben qué? Que nos da igual. Que tenemos pensado volver a París, que pensamos pintar, escribir, dejarnos filmar por la industria del cine que acaba de nacer en Hollywood. Que pensamos hacer deporte, cortarnos el pelo, seguir rompiendo todos los gustos burgueses. Que sí. Que volveremos a París. Habrá pintoras, escritores, escultoras, escucharemos jazz, bailaremos tango, foxtrot, charlestón. Seguiremos sin corsé.
¿Dentro de cien años, dicen? ¿La guerra? Ah, la guerra. La guerra habrá terminado. Otra vez. Sí. La guerra recién muerta. ¿De qué si no esta vida? ¿A qué vienen si no estos pasos, estas letras, estas pinturas? Tendremos que explicar a los siguientes jóvenes que hagan otra guerra. Y que la terminen. No hay otra manera más eficiente de progresar. De hacer el cambio. De aquellos vestidos incómodos a estos. De aquellos bailes pasados a este trote, este salto. Esta cosa de brujas que los viejos critican, ya verán mañana. O una crisis. Si no es una guerra que sea una crisis. No hay otra manera más eficiente de progresar. De hacer el cambio. Solo así el arte se pondrá al servicio de las causas sociales, de la protesta. ¿No lo ven? Solo así el arte abandonará a las élites ¿Es que no lo ven?
Bailemos, sí. Un paso por aquí. Un salto por allá. Ahora juntas, ahora lejos. Mézclense. Es importante. No teman. ¿Qué pasará en cien años? ¿Bailarán más lejos? ¿Pintarán los pobres? ¿Qué pobres? No quedarán. Ni una, ni uno. Todas libres. Serán felices, bailarán más rápido, más loco. Si no puedo bailar no es mi revolución.
¿Es que no lo ven?

Por

Marta Solanas

Equipo de El Topo

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