nº72 · Ago 2026 | está pasando

Punitivismo en los movimientos sociales de Sevilla

La siguiente reflexión nace de las entrañas, del enfado político, de observar actitudes entre compañerxs de los movimientos sociales que nos alejan, cada día más, de ese mundo que soñamos y queremos, y por el que se supone seguimos luchando, o ya quizás no.

Lo que parece cierto y verdad es que los movimientos sociales en Sevilla son claramente anticarcelarixs, de “muerte al talego” vaya, y se declaran abiertamente antipunitivistas a full. Claro ejemplo son las acciones y encuentros para visibilizar, denunciar y acompañar al colectivo de las presas y los presos, sin paliativos, ahí on fire con los compromisos y los golpes de pecho, que no faltan, a partes iguales.

Sin embargo, tenemos un poder, de hecho, tenemos el poder de destruir vidas: en los últimos años nos hemos acogido al punitivismo más mainstream, que ha ido inoculando el Sistema y su establishment en la sociedad, y que hemos abrazado encantadísimxs de la vida, sin cuestionamientos, crítica y, mucho menos, autocrítica.

Quizás, en algún momento, nos lo vamos a tener que mirar. En serio, la cosa está fea, tenemos en nuestras mochilas compañeros cancelados cumpliendo cadena perpetua, algunos con años de ostracismo a las espaldas, y sin la menor posibilidad de “demostrar su rehabilitación”. Los señalamientos y exclusiones se renuevan casi a diario por las asambleas/tribunales sumarísimos, sin derecho “del rex” a replica ni defensa posible. Hemos normalizado que, ante el conflicto, el daño, el abuso o ciertos tipos de violencias recurrir inmediatamente al castigo y a la represión, como bien nos ha enseñado, con su lógica binaria y la cultura de la desechabilidad, papá Sistema capitalista, colonialista y patriarcal, en vez de sentarnos a debatir como reparar y compensar los daños a las víctimas o a los colectivos, sin que la única vía sea condenar a la damnatio memoriae in perpetuum.

Estas dinámicas nos han llevado a tratar a compañeros como si fueran presos del Sistema, abandonados, sin acompañamiento ni cuidados ni pedagogía (por lo visto estamos cansadas de la pedagogía dentro de los movimientos sociales, según se oye pregonar por los mentideros) que ayuden a reparar los daños, los cuales acaban rebotando y llevando a “los condenados” a la soledad, el aislamiento social y a una culpa que no sana cuando su situación afecta también a familia, amigxs y a compañerxs que también son cuestionadxs por haber decidido acompañar en el proceso de reparación y reaprendizaje.

Otra cuestión que debemos plantearnos es qué solucionamos o qué ganamos con estas “políticas” del punitivismo inmediato.

A veces da la impresión que es más fácil monitorizar y señalar a quienes tenemos más cerca y donde el “triunfo” es inmediato, quizás por la frustración política de no poder con el Poder que nos agrede a diario. O llevados por la cultura de la inmediatez, algo que nunca fue con nosotrxs, por aquello de despacio para llegar lejos, y ahora es imprescindible para solucionar fechorías y entuertos, como si nos hubiera poseído el espíritu del Juez Peinado.

Da la impresión que una minoría ha impuesto unas reglas del juego llenas de líneas rojas a todos los colectivos y personas que militan en ellos, cuestionando incluso compromisos sociales y políticos si no están dentro de sus cánones éticos y morales. Creo que tampoco se están midiendo las consecuencias de las acciones directas, porque se han traspasado, bajo mi entender, cualquier límite en el momento que hay compañerxs que se autodesignan la labor (que a veces dan la impresión que ralla lo personal), de difundir y advertir fuera de nuestro entorno las exclusiones que pesan sobre compañerxs, con todo lo que eso conlleva de señalamiento social, de humillación, de escarnio y de apropiación de la vida de esa persona o usar el “chantaje” de los espacios seguros a otros colectivos o espacios de ocio.

Creo firmemente que todo esto se está usando con unas varas de medir y unos estándares de “ser buenxs” y “portarse bien” muy cuestionables, porque no se están aplicando con el mismo rigor exigencias a todxs, claramente y sintiéndolo mucho, parece que las vigas de quienes observan y vigilan no pesan tanto como la paja de “lxs vigiladxs”.

Esto está trayendo consecuencias: la división política, la desconfianza, un malestar continuo, gurús de la moralidad, la ética y cómo hay que vivir los “ismos”, ha creado una paranoia colectiva de “tener cuidado” con lo que hablas, cómo lo hablas y con quién hablas.

Debemos empezar a plantearnos un debate serio, desde el antipunitivismo real, en contra de estos señalamientos que hemos convertido en práctica rutinaria e inútil, donde podamos consensuar protocolos y guías de actuación donde predomine un enfoque restaurativo, pedagógico y de acompañamiento. No podemos esperar que una persona se reeduque deshumanizándola y aislándola, imitando todo lo que odiamos del talego, vaya.

Políticamente somos la evidencia de un fracaso, de cómo nos ha fagocitado el sistema, de cómo han vencido una vez más los egos de unxs pocxs frente a quienes contraproducimos con actitudes de acompañamiento, de charlas infinitas, de compartir lecturas, reflexiones, dudas y noches de fiesta, también, ¿por qué no? nos sentimos impotentes, invisibles, paternalizadxs, cuestionadxs, y sí, también canceladxs, cuando observamos que cualquier esfuerzo es inútil, que no hay disposición a escuchar y debatir.

Como señora con una edad, y muchos años a las espaldas de trabajo y militancia, no logro entender estas líneas rojas ejerciendo un poder represivo, sobre todo en estos momentos en que los fascismos están en auge, y los movimientos sociales de capa caída, todo sea dicho. Estoy muy confundida y decepcionada, siempre pensé que nos basábamos en principios sustentados en la solidaridad, el apoyo mutuo, los cuidados y la pedagogía, si los abandonamos, ¿quiénes somos?, como en la Historia Interminable, nos está fagocitando la nada, y nada me hacéis sentir desde hace tiempo.

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Esta reflexión parte de conflictos vividos en los últimos años en determinados espacios. No pretende cuestionar las prácticas feministas de denuncia frente a las violencias machistas, sino abrir un debate sobre cómo se están gestionando algunos procesos de exclusión y reparación dentro de nuestros propios colectivos.

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