De herejes y blasfemas a mamarrachas

Cuando en el año 2014 participé en la manifestación del 1º de mayo y en la performance del Coño Insumiso, nunca podía imaginar que acabara acusada de un delito que ponía en duda un derecho fundamental reconocido por esa Constitución, esa que tan vehementemente se defiende estos días.

Se nos acusaba de un delito de herejía ‘poner en cuestión un dogma religioso’ y blasfemia ‘insulto a una religión y a lo que esta considera sagrado’ y que, sorprendentemente, está recogido en el artículo 525.1 del Código Penal. Cuesta asimilar que en pleno siglo xxi una asociación (de abogados cristianos) ultracatólica, fascista y creada expresamente para perseguir y denunciar a quienes no comulguen con sus ideas, pueda usar recursos públicos en su propio beneficio; que la Audiencia Provincial de Sevilla rechace el archivo de instrucción y ordene la apertura de juicio oral argumentando que

la conducta descrita parece que colmaría las exigencias del tipo, pues la acción se realiza de palabra y con publicidad y, además, constituye un escarnio al dogma de la santidad y virginidad de la virgen María (…); una mofa del rito religioso de las procesiones de Semana Santa; así como una vejación a quienes profesan la religión católica (…);

 y que la fiscalía le ría la gracia ejerciendo la acusación pública. Es importante dejar claro lo que tan crudamente estamos viviendo estos días; que la justicia está altamente politizada, que el Estado a través de la fiscalía usa la justicia para reprimir y castigar la protesta y la disidencia, y que la Iglesia católica sigue teniendo unos privilegios y prebendas impropios de un Estado aconfesional.

Ilustra Pedro Delgado

Verte en una situación de represión judicial es frustrante. Si además es por un delito tan anacrónico y sectario, genera una rabia e impotencia difíciles de gestionar y, pese a plantearme la insumisión judicial, llevar la protesta a sus últimas consecuencias hubiera tenido unos costes para mi vida familiar y personal demasiado elevados, así que apretando los dientes y aguantando ese me da corahe tan nuestro, decidí asumir los cargos y comparecer.

El pasado 3 de octubre, en la sala n.º 10 del juzgado de lo penal, lo que vivimos mis compañeras y yo se parecía más a un Auto de Fe de la Inquisición que a otra cosa. Nos vimos asaltadas, acosadas e insultadas de forma violenta y furibunda por un grupo de fervientes católicos, entre los que se encontraban diputades y concejala de VOX, que en su afán por impedir el acceso de nuestras familias y amigues a la sala, llegaron a empujar violentamente a una de nuestras abogadas y a mí misma, por lo que tuvimos que solicitar la protección de la policía y la guardia civil.

El esperpento continuó en la sala: un sacerdote cabreado porque el juez lo rechazó como perito de la fe nos exorcizó durante las declaraciones crucifijo en mano; la abogada cristiana colocó una imagen de la Virgen mirando hacia nosotras, mientras exponía su alegato-clase de catequesis, sin fundamento jurídico alguno; la testiga de la acusación cuando la fiscal le pide que explique que vio el día de autos, describe entre sollozos la pena, el malestar y el sufrimiento que el Coño Insumiso le había causado, pero admite sin despeinarse que en realidad quien presenció la performance fue su prima y no ella. Si no fuera por la advertencia previa del juez de desalojar la sala en caso de interrupción, la carcajada se habría oído hasta en el Palacio Arzobispal; la fiscal, que previamente había informado en sala que pediría la absolución; que hace un alegato en el que deja entrever que nuestra causa está protegida por la libertad de expresión, se pone a jugar al despiste, y pide una sentencia condenatoria, en una actitud cobarde y de sumisión a «órdenes de arriba» que fue la disculpa que dio después a la defensa.

Nuestras abogadas estuvieron sublimes en su defensa, nuestras declaraciones fueron contundentes,  la jurisprudencia a favor era incuestionable, y nos podíamos haber ahorrado este circo, cinco años de intranquilidad, y el dinero de todas, porque la sentencia no podía ser otra que la absolución.

El 11 de octubre, como ha ocurrido a lo largo de todo este proceso judicial, nos enteramos por la prensa de la sentencia. El juez expone los argumentos legales y de jurisprudencia que avalan el fallo, reconoce que pese a que la performance del Coño Insumiso pudiera haber ofendido los sentimientos religiosos de algunes creyentes, ejercíamos nuestro derecho a la libertad de expresión y de manifestación. También deja claro que no correspondía a los abogados cristianos interponer la denuncia por no ser los titulares del bien protegido, y que nuestra intención de forma clara e inequívoca no era el escarnio de los dogmas cristianos, sino la protesta: «las acusadas participaron en una actividad de protesta (…) incardinada en el contexto social propio de aquellas fechas (…) que era el intenso debate social sobre el contenido del proyecto sobre la reforma de la regulación del aborto (…)».

Pero su señoría, para rematar el sainete, se permite darnos su docta opinión de juzgador y señoro al llamar mamarrachada y considerar totalmente prescindible la acción del Coño Insumiso, aunque sea  para visibilizar a la mujer y darle el sitio que reconoce le corresponde; no le parece glamuroso ni oportuno la exhibición de una vagina de plástico (vulva señoría, es una vulva), y mucho menos en la ciudad de Sevilla. Y pa rematá tiene un arranque castizo y cuñao con la intención de ridiculizar a una de nuestras compañeras, criticando el «poco arte» que tiene bailando sevillanas. Su señoría nos absuelve, sí, pero parece que no nos perdona, ni falta que hace.

Entendemos así que el juicio y la llamada de atención es a todas las mujeres, pero no hemos llegado hasta aquí para ahora aguantarle la chulería a nadie. Nuestro Coño Insumiso, mamarracho y poco glamuroso, reafirma su razón de ser y tiene motivos de sobra para seguir saliendo a la calle, y por muy juez que sea no le vamos a permitir ni a él, ni a nadie, que nos diga a las mujeres como debemos protestar. Queremos dejar clarito a su señoría que estamos hasta el mismo toto de que hombres como él sigan dictándonos como debemos comportarnos, estamos hasta el jigo de machirulos que consideran que nuestros cuerpos y nuestros coños no se pueden exhibir o que hacerlo es una vulgaridad. Y, sobre todo, que nos importa muy poco su opinión, que somos nosotras quienes decidimos y que no vamos a pedir ni permiso, ni perdón.

Rocío Ballesta Meichsner

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