El viaje de ida y vuelta de la música electrónica

En el imaginario popular se ha invisibilizado el peso de las culturas negras en la génesis y presente de las músicas electrónicas de baile. La historia del techno, o tecno, nos permite ilustrar este fenómeno y comprender la naturaleza de «ida y vuelta» de la música electrónica.

La música tecno es exactamente como Detroit, un absoluto error.

Es como si George Clinton y Kraftwerk se quedaran

encerrados en un ascensor.

— Derrick May, productor pionero de tecno

El tecno nace en los años 80 en un Detroit azotado por la deslocalización de las fábricas relacionadas con la industria del automóvil. Por ello, aunque capaz de alojar a varios millones de personas, su población no alcanza el millón. Es una ciudad llena de ruinas y solares. Y es una de las pocas urbes de Estados Unidos donde la mayoría de la población es afrodescendiente.

La juventud del Detroit de aquellos años no era ajena a los sonidos europeos gracias a la radio. Los primeros pioneros del tecno estaban fascinados con la música de los alemanes Kraftwerk o el ítalo-disco de Giorgio Moroder, por ejemplo. Esta música, maquinal pero con un ritmo reconocible, era capaz de dialogar con el lugar —ciudad de máquinas y automatización— y proyectaba una mirada futurista que escapaba de un presente en ruinas, pero de un modo gozoso influida por otras músicas con las que esta juventud había crecido y amaba, como el funk o el soul.

De hecho, la ciudad había sido una de las capitales de estos sonidos gracias a la la Motown, un legendario sello donde publicaron artistas como Diana Ross o Stevie Wonder y, a su vez, una influencia clave en otros artistas como los mismos Kraftwerk y Moroder, que eran amantes de su música. Un sello que también se había deslocalizado en los años 70, ahondando la crisis cultural y simbólica de la ciudad.

Con todas estas influencias, estos pioneros empezaron a producir música y a crear sus propios sellos que promovían un nuevo y excitante panorama musical en la ciudad y cimentaban una nueva y deseada identidad cultural.

Una de sus referencias era el sociólogo norteamericano Alvin Toffler y su concepto «tecno-rebelde», término que nombró al género gracias al título de un recopilatorio de un sello inglés que lo introdujo de manera definitiva en Europa.

Para mí todo encajaba: la situación política con el Muro

que había desaparecido y el nuevo sonido electrónico que

despuntaba. Era más definido y más brutal que lo que había anteriormente […} aquel nuevo estilo era la expresión […]

de las transformaciones de la época.

— Robert Hood, productor de la segunda generación del tecno de Detroit

Es en Europa donde el género encontró su momento contra una cierta indiferencia estadounidense. Su todavía estado embrionario y la posición periférica de Detroit en la industria americana, dominada por Nueva York, no había ayudado a su consolidación.

Europa estaba en un momento propicio para acoger estos nuevos sonidos. El movimiento rave ya desquiciaba a la policía británica y el Muro acababa de caer en Berlín.

Tras la caída del Muro, el este de Berlín se había convertido en un fantasma urbano con multitud de edificios vacíos y una regulación laxa, cuando no inexistente. Esto propició el florecimiento de la escena de okupación y la creación de un circuito de eventos y lugares donde se experimentaba con los nuevos sonidos electrónicos que eran, nuevamente, la banda sonora adecuada para, sobre una pila de escombros, imaginar el futuro deseado desde una actitud hazlo-tú-misma.

La escena de Berlín rápidamente estableció amistades y sinergias con los productores de Detroit. Especialmente con la segunda generación, como Underground Resistance, un colectivo de potente imaginario militante.

Es en esta época cuando, a la búsqueda de un sonido que reflejara la identidad propia de esta «generación de la reunificación», se empiezan a asociar al tecno una serie de rasgos estilísticos. Contundente con su bombo a negras; con mucha menos síncopa y funk, más duro; influido por otras culturas predominantemente blancas como el punk.

A mediados de los 90 se vislumbra la consolidación de los sonidos electrónicos en la industria musical; bien en el crecimiento y profesionalización de sellos y escenas marginales, bien en el interés que empiezan a mostrar por ellos las grandes discográficas. Es una época de grandes cambios para la industria musical, especialmente con la llegada de internet y la revolución que supuso para la producción, promoción y distribución musical.

Desde entonces, la riqueza de variedad y alcance de los géneros se ha acelerado. Hoy en día hay escenas influidas por el tecno en lugares tan improbables para nuestro imaginario como Kampala (Uganda) o Durban (Sudáfrica). Escenas que, pese a su juventud, ya no tienen las restricciones pasadas a su distribución, por lo que han empezado a generar nuevos y fascinantes viajes de ida y vuelta, donde se mezclan influencias africanas, sudamericanas, europeas y norteamericanas. Las nacientes escenas asiáticas —especialmente en China—, prometen nuevas alquimias y nuevos ingredientes para este viaje interminable.

Esta travesía cultural nos invita a pensar que esa imagen blanqueada de la música electrónica no está en nuestro inconsciente colectivo porque los géneros hayan evolucionado hacia una uniformidad global y «más blanca». Esto es el resultado de unas industrias culturales que, inconsciente y conscientemente, favorecen determinadas expresiones raciales y de género: bien a través de la programación de los eventos, la promoción de artistas u otros aspectos de la producción cultural. Sobre todo a medida que estas industrias se han consolidado y las consideraciones empresariales han desplazado e invisibilizado otras cuestiones.

Frente a esto comienzan a alzarse voces contra lo que se ha acuñado como «gentrificación» de la música electrónica. Por ejemplo, en Estados Unidos han surgido iniciativas seminales como los colectivos Rave Reparations o Discwoman que combaten la invisibilización y discriminación en las escenas de baile.

Son pasos pequeños en la dirección correcta, ya que estas construcciones escondidas en nuestra cultura ayudan a consolidar peligrosos discursos que lastran nuestra convivencia y perpetúan la discriminación en todo tipo de ámbitos.

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