nº71 · May 2026 | andaluza política

El futuro será libre

Hubo un tiempo en que la soberanía tecnológica estaba en el centro de nuestras preocupaciones. Lo pienso ahora, escribiendo desde LibreOffice, uno de los pocos vestigios de software libre que siguen resistiendo en mi ordenador, y me da hasta cosica. Teníamos N-1 como red social, guifi.net para conectarnos, Raspberry Pis para cacharrear y jugar. Teníamos hacklabs, install parties y alternativas libres para casi cualquier cosa que quisiéramos hacer. ¿En qué momento perdimos el norte y nos echamos en brazos de Google e Instagram?

Fue un desgaste lentito. Primero llegó la plataformización de Internet y las redes sociales comerciales nos comieron la tostá. Los movimientos sociales optaron (optamos) por «estar donde está la gente» y abrimos perfiles en Facebook desde la resistencia, con reparos y contradicciones, sin tener claro si nos estábamos apropiando de la tecnología o si eran las tecnológicas quienes se apropiaban de nosotras y de nuestros datos.

Cada vez costaba más convencer a la gente de usar software libre. «Es que eso sólo lo usan cuatro gatos», «ya te lo he subido a un Drive», «¿odt qué es?». Las plataformas lo hicieron todo más cómodo, más rápido y más cerrado. Hace ya unos años un compañero decía que las redes y la economía de la atención habían gentrificado el internet, como los guiris nuestros barrios. Y cuando parecía que ya habíamos entregado definitivamente nuestra alma a Google Workspace, coge Europa y se pone digna hablando de soberanía tecnológica.

Trump ha ayudado una mijita, la verdad. No por ideología, sino por geopolítica: Europa depende masivamente de grandes tecnológicas estadounidenses para infraestructuras críticas, desde el almacenamiento en la nube hasta el software cotidiano de las administraciones públicas.

En ese contexto, países como Alemania están empezando a mover ficha: fondos públicos para sostener software libre, planes de migración institucional hacia soluciones abiertas y nuevas estrategias para reducir dependencia tecnológica. La propia Unión Europea habla ya de autonomía digital y plantea instrumentos para financiar infraestructuras abiertas.

Colectivos como Xnet llevan años desarrollando alternativas concretas a la dependencia de Google y Microsoft en escuelas e instituciones públicas. En nuestra tierra han seguido dando la batalla iniciativas como OpenSouthCode, reuniendo cada año a desarrolladores, activistas y curiosas alrededor de la cultura libre o la Oficina de Software Libre de la Universidad de Granada.

Quizás el software libre ya no tenga la épica de los dosmiles, ni los pen con Ubuntu pasen de mano en mano, pero sigue habiendo gente organizándose para que Internet vuelva a parecerse más a una plazoleta y menos a un centro comercial.

Hay futuro. Y probablemente será libre.

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