ZEMOS98, organización dedicada a la mediación cultural, lleva trabajando los últimos años en una línea de proyectos entre cultura y salud, materializados en el proyecto, en la UCI pediátrica del hospital Nuestra Señora de Candelaria, de Tenerife, y en el proyecto Quásares, ambos realizados en el marco de Concomitentes. Hablamos con Felipe G. Gil, mediador en ambos proyectos.
¿Cómo os encontráis en ZEMOS98 realizando una mediación en una institución sanitaria tras años siendo reconocidos por la producción de un festival de cultura audiovisual y trabajos vinculados con ese ámbito?
Se nos plantea la posibilidad de hacer un proceso de mediación, como parte de Concomitentes, en una UCI pediátrica entre 2017 y 2023. La conexión con esa UCI pediátrica es tan aleatoria como que uno de mis mejores amigos de la infancia lleva veinte años en la UCI pediátrica y yo llevo escuchando historias suyas de todo tipo. Antes incluso de empezar ese proceso, él me había dicho que una compañera suya y él tenían la idea de hacer un cuento para las niñas y los niños y ayudarles a entender mejor el proceso de hospitalización en ese contexto. Porque el imaginario infantil asociado al hospital muchas veces se entiende a través de lo que es la visita al centro de salud o a la pediatra, etcétera. Pero, claro, una UCI pediátrica es mucho más violenta, tiene muchos más aparatos, hay muchas cosas, hay mucha tecnificación. Además, cuando se entra en una UCI pediátrica normalmente suele ser porque la vida está en peligro, por lo que suele llevar asociado un trauma.
Y en el caso de este hospital concreto no había un servicio de psicología pediátrica. El propio personal de enfermería es el que durante años, a través de saberes y conocimientos adquiridos a través de la experiencia, pero no certificados académicamente, es quien sostiene emocionalmente a esas niñas, a esos niños y a los y las familiares. Nosotras en teoría teníamos que hacer un proyecto en Andalucía, pero propuse hacerlo en Canarias, que es un territorio que muchas veces se queda fuera de ciertas lógicas. Se aceptó por parte de la Fundación Daniel y Nina Carasso y se ha hecho este viaje.
Aunque ahora estáis haciendo desde ZEMOS98 proyectos más concretos relacionados con el campo de la salud, creo que no deja de ser una consecuencia de lo que abordabais cuando os preguntabais sobre cuerpos o vulnerabilidades. ¿Lo consideras como una proyección de esas intuiciones?
El vínculo cultura y salud se sostiene, como dices, a partir del giro feminista de la organización, que sucede antes y durante el 15M primero y que luego se consolida con el trabajo más vinculado a Copylove, que fue una investigación colectiva para analizar las economías que no son monetarias en las comunidades, hablar de la vulnerabilidad desde un punto de vista social, no solo individual, etcétera. Pero, para ser muy honesto, no ha sido un paso consciente y voluntario. De lo que sí nos hemos dado cuenta es de que la conexión directa que hay con todo aquello son los cuidados. En estos procesos estamos más centrados en el cuidado emocional y, por tanto, en la salud mental. Pero el marco general que conecta todo aquello con estos proyectos son los cuidados.
Habéis conocido bastante de cerca a las instituciones culturales en la escala nacional y europea. ¿Cómo habéis vivido el cambio al pasar a enfrentaros a las instituciones sociosanitarias?
Lo primero que noté fue que, así como en determinados contextos culturales hay, a veces, una cierta inflación intelectual y usamos una determinada terminología o fagocitamos una serie de conceptos, cuando entras en un hospital no puedes ser tan especulativo y te obliga a ser más humilde de partida. Evidentemente, esa especulación tiene su utilidad en determinados contextos como herramienta imaginativa o teórica. Pero la sensación es la urgencia de ponernos al servicio de la salud. Y eso, creo que te sitúa en un lugar muy concreto. En mi experiencia mediando he visto que también le pasa a quien viene con un rol artístico. Todavía no he conocido a nadie que venga del mundo del arte y que imponga su visión. Más bien es «¿cómo puedo ayudar yo aquí?». Por el otro lado, creo que la sensación es parecida. Creo que sienten que viene gente a ayudar de otras formas, con otras herramientas que no son las que tienen en el hospital.
Es cierto que cuando ya te adentras un poco más no es todo tan bonito. En el caso, por ejemplo, del proyecto de la UCI pediátrica, sufrimos un poco de desatención por parte del hospital y falta de facilidades. Coincidió también con la pandemia. Pero más allá de las lógicas restricciones iniciales, desgraciadamente muchas instituciones públicas iniciaron un cercamiento. También lo hemos vivido en los colegios e institutos. La institución se cierra sobre sí misma para protegerse. En este caso era de un virus, pero yo creo que también se cerraron a la ciudadanía en otro sentido.
Otra cosa no tan positiva: más allá de esa generosidad inicial hay algunas personas que tienen una percepción del arte como algo ornamental. Cuando se trata de adecentar una habitación con decoración, no hay conflicto. Pero cuando se trata de cuestionar las relaciones de poder que hay en una institución sanitaria, porque ese es el origen de muchos de los problemas, ahí ya no es tan sencillo y será uno de los retos en los próximos años. Porque con quien nosotros hemos encontrado más afinidad es siempre con el personal que está en primera línea de cuidados, personal de enfermería, técnicas de radioterapia, voluntariado, etc. No estoy diciendo que en los perfiles más elevados en esa jerarquía no haya aliados, que los hay. Hay gente que se da cuenta de que tiene que haber un cambio de paradigma y que el médico no puede ser el dios de esa superestructura y que hay otras formas de acercarse al conocimiento o de gestionar la salud que no pasan solamente por su propio criterio. Pero ese cuestionamiento de la autoridad, que va a ser lo más importante, es donde se va a ver si hay proyectos que son simplemente ornamentales y que no cuestionan la estructura, o si hay proyectos que entran en una lógica de dar más poder a quien está en primera línea de cuidados, que muchas veces tienen sus propios problemas laborales, sindicales y es un sector muy feminizado, etc.
Hicisteis un mapeo plasmado en el informe La Interfaz Salud-Cultura en el Estado Español sobre iniciativas que se están dando. ¿Cómo resumirías este mapeo y qué os llamó la atención por poco intuitivo?
El informe nace porque lo encarga la Fundación Daniel y Nina Carasso, que de hecho ahora va a iniciar una línea de trabajo sobre cultura y salud, y fue liderado por Samuel Fernández-Pichel, en aquel momento como investigador y ahora compañero también de ZEMOS98. La primera conclusión que sacamos es que, a lo mejor, para el mainstream es un campo emergente, pero hay mucha gente que lleva muchísimos años trabajando en esto, como Noemí Ávila o el Centre d’Art La Panera, de Lleida. El informe se cierra con una serie de recomendaciones donde resumimos nuestra visión. Por ejemplo, trabajar codo con codo con el personal que está en primera línea de cuidado, como ya hemos apuntado. Otro consejo para quien inicie un proyecto es que la salud mental y los profesionales de la psicología también son un gran vector. Porque desgraciadamente siguen estando en una situación periférica dentro del sistema sanitario y ese sentimiento de marginalidad ayuda a servir de puerta de entrada para la actividad cultural. Por último, hace falta incluir más la voz y la agencia de las pacientes. En Quásares, donde trabajamos con personas con cáncer, las pacientes tienen muchísimo conocimiento sobre cómo abordar emocionalmente la enfermedad. Lo que pasa es que ese conocimiento muchas veces está atomizado, disperso o aislado en la propia vivencia de cada familia. Y cuando haces una reunión con seis o siete pacientes emergen muchísimas cosas. Es más, te diría que gran parte del trabajo que vamos a hacer, que en este caso lo están haciendo Adelaxdios, Andrea Morán, Rocío Mesa, Jorge Castrillo y Óscar Romero, que son las artistas con las que estamos colaborando, se sustenta en eso. O sea, en ese conocimiento, que además no tiene un lugar claro de canalización en lo social, porque hay mucho miedo y mucho tabú y solo suele desplegarse en el espacio doméstico. Ahí hay mucho conocimiento que puede ayudar a transformar muchas cuestiones del proceso oncológico.
¿Qué retos se despliegan en estos encuentros entre profesionales de la cultura y la salud?
La parte, digamos, más complicada es cómo evaluar y qué se mide. Ahí va a haber otro debate fuerte. Porque por parte de la ciencia más dura hay una lógica obsesión por los datos y por parte de las humanidades hay la obsesión por el relato o por cómo documentar estos procesos a través de formatos que son más subjetivos. En un pacto entre ambas vías, y citando un proyecto de Reino Unido que es «Creative and Credible» (https://creativeandcredible.co.uk/, Creativo y Creíble), se pueden conseguir cosas, porque es evidente que ninguna de las dos tiene sentido de forma aislada y una mezcla de ambas parece más valiosa. Será de lo más difícil. Eso y destinar recursos significativos para que no sean solamente intervenciones superficiales. Hace falta dinero para levantar estructuras, iniciativas, equipos, etc.
A nivel personal, ¿cómo te has sentido valorado en estas iniciativas? ¿Ha transformado tu forma de acercarte a la mediación?
El concepto de «experto» me da bastante alergia, pero siento que estoy aprendiendo muchas cosas. Además, poder trabajar en medio de esas dos instancias me ha hecho sentirme verdaderamente útil, porque lo que se va a producir tiene un impacto directo en la salud de las personas. Y creo que ha servido en ambos proyectos para desplegar el trabajo de la mediación y hacerlo entender. Ahí sí que creo que hay algo muy valioso para los próximos años. En ZEMOS98 tenemos la intuición de que, igual que en los hospitales hay un servicio de psicología o una psicopedagoga, perfectamente puede haber a partir de ahora una persona o un área de mediación cultural que se encargue de mapear el tejido cultural alrededor de la instancia sanitaria y active procesos que sean sostenibles en el tiempo y que vayan más allá de la visita del futbolista famoso al área de pediatría. Ojo, este ejemplo que pongo tiene su función. Pero hay que ir más allá y plantear procesos complejos y profundos, que puedan sostenerse en el tiempo y que se integren como parte de la estructura sanitaria. Porque lo que está más que probado, como apunta la investigación de Daisy Fancourt para la OMS en 2019 es que la cultura mejora la salud, desde muchos puntos de vista.
Contestando más personalmente, yo sí me he sentido muy valorado en estos dos proyectos. Una vez que alguien entra desde el ámbito sanitario y entiende cuál es nuestra manera de aproximarnos al arte y la cultura, es decir, desde lo social, a mí me han otorgado mucha credibilidad y, por tanto, mucha responsabilidad. También hemos intentado en ambos proyectos ser muy rigurosos, no generar ninguna suspicacia con quien pueda tener dudas sobre la parte científica. Hemos hecho en ambos casos una revisión bibliográfica de carácter científico para tener claro cómo intervenir y qué lugar ocupa lo que hacemos en toda esa cadena vinculada a la salud.
Parte del interés de lo que comentas es que exista un salto de escala que permita integrar estas iniciativas puntuales en las prácticas diarias del ámbito sanitario. ¿En qué estado se encuentra esa posibilidad?
Se ha anunciado un acuerdo, que creo que es histórico, entre el Ministerio de Sanidad y el Ministerio de Cultura. De momento no se traduce en nada más que en la voluntad de colaborar a través del Comisionado de Salud Mental. Y ya sabemos que los acuerdos sin presupuestos son más simbólicos que otra cosa. Pero yo creo que es el principio de un camino en lo público y que abrirá espacio para que otras organizaciones se planteen trabajar en esta línea. Además, Jazmín Beirak y Javier Padilla son dos magníficos profesionales que se conocen y comparten visión con respecto a la conexión entre cultura y salud. Debería materializarse en que haya un vuelco de financiación en este entorno, y la clave va a ser, como decía Samuel, cómo distinguimos quién usa el concepto de bienestar como un lugar común donde vale todo, de un lugar donde intervenir de forma creativa y rigurosa. Probablemente haya proyectos que van a seguir siendo superficiales, que sean muy de «cojo el imaginario y la terminología», pero luego no transformen nada. Eso pasará. Pero bueno, depende de nosotras, la sociedad civil, las entidades, el activismo, etcétera, empujar para que haya cambios y que el vínculo cultura y salud, además de ser algo bonito, también cambie jerarquías, estructuras y relaciones de poder.

