nº10 · May 2015 | ¿hay gente que piensa?

Abajo los muros

Cuando el sonido se encuentra con un obstáculo, las frecuencias bajas se propagan más fácilmente. Por eso, cuando escuchamos conversaciones a través de una pared, podemos distinguir las vocales —son frecuencias bajas— pero no las consonantes —son frecuencias altas—.

El problema es que son las consonantes las que permiten que la conversación sea inteligible. Si yo digo «odio el mundo» y tú escuchas «Ohio es chulo», nuestras posibilidades de tener un intercambio oral productivo empiezan a acercarse a menos mil. Que sí, que podemos citar a Eco y reivindicar los diálogos como una obra abierta, pero seguro que Umberto no esperaba que la gente leyera sus libros a través de una pared.

Yo, últimamente, creo que andamos rodeados de paredes, y así nos va como nos va. Bambino ya lo vio claro y esa maldita pared no solo separa tu vida y la mía, sino que hace que nos comuniquemos como si tú fueras de Los Palacios y yo de Helsinki norte.

Estás tranquilamente con tu pareja superando toda la hostia del amor romántico y, tras una discusión, una tonelada de silencio me hunde la espalda. Cojo aire y digo «me siento mejor cuando podemos hablar», pero de repente al otro le llega un eco como de «eres lo peor, ¿te puedes largar?». Y claro, ahí me quedo yo con un atasco en la garganta mientras tú te alejas todo dolido.

Este fenómeno no se limita solo al ámbito íntimo y, así, podemos afirmar que de tabiques está el mundo lleno. Es fácil comprobarlo en los espacios de discusión política o en los bares (a veces no diferencio bien entre uno y otro, cosas mías). De repente, con toda la murga del municipalismo y de asaltar los cielos, la mitad de los que antes eran amigos o compañeras (de codo-en-barra y de lo otro), ahora son, además, aspirantes a concejalas, alcaldes, presidentas y jefes de todo esto. Claro, aquí los tabiques empiezan a aflorar como si regalaran pladur en las esquinas.

Tenemos la típica situación en la que tú estás explicando por enésima vez en el fragor preelectoral que las instituciones no son neutras, que conforman haceres y que por tanto lo de cambiar el sistema desde dentro como que no. Ahí estás tú, languideciendo en vida ante tanto furor democrático, y finalmente dices con hastío «muy bien, no te desilusiones, ¡qué aburrimiento!», y el otro escucha con claridad meridiana «fetén, ¡tomad las instituciones! ¡A por el Ayuntamiento!».

Creo que estamos infravalorando los problemas que provocan las paredes. Podríamos acabar con las guerras, con el amor patriarcal, con las tediosas discusiones de barra de bar, con los desencuentros y las confluencias mal avenidas… Reivindiquémoslo. ¡No estamos todas, faltan las consonantes! ¡Abajo los muros de las orejas!

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