«¿Y tú, por qué te metes en estas cosas, illo?» Con esa pregunta inicial empieza el documental de 39:25 minutos de Las Aguas Quietas. Los directores Javier Ros y Álvaro Saavedra responden a esta pregunta. El primero habla de la migración andaluza como única opción de futuro, el otro dice que es «por equilibrar la balanza» por estas cosas que, posiblemente también quien esté leyendo esto, pasa un domingo gritando en una manifestación en vez de estar descansando. Por esto mismo podéis encontrar el documental en abierto en YouTube y Vimeo, porque quieren que la rabia llegue a todo el mundo. También, por esto mismo, el documental ha dado la vuelta por varios lugares de Sevilla y por municipios que baña el Guadalquivir. Localidades que están desde las minas de Aznalcóllar, río abajo, porque de esto va el documental, de la mina que ya supuso un desastre climático en 1998 con la rotura de la balsa, que afectó incluso a Doñana. Veinticinco años después quieren volver a abrirla y, no contentes con ello (ya sabemos qué consecuencias tiene una mina a nivel ecológico), quieren crear un tubo que llegue de la mina a la isla de la Cartuja de Sevilla, desde donde verterán sus residuos al Guadalquivir.
A las poblaciones colindantes a un desastre medioambiental, que sabemos que supone la mina, se les convence diciéndoles que crea trabajo. Y claro que se crea trabajo, y que hace unos años, cuando la mina estaba abierta, había muchísima vida en el pueblo que le da nombre. Sin embargo, a medida que va pasando el documental, vemos a vecines, alcaldes, trabajadores, cientifiques y activistas desmintiendo esa idea. La mina da trabajo, pero también lo quita. Esas poblaciones viven de la agricultura, el turismo y la pesca. Y no solo su economía vive de ello, también sus vidas, la comida que comen, el agua que beben… Claramente, pueden afectar los vertidos en su salud. Europa habla de que es una zona sacrificable, y el documental te muestra que vamos a resistir a ello.

