nº70 · Feb 2026 | mi cuerpo es mío

Mi dolor no es mío

En medicina, los dolores crónicos son aquellos que duran más de tres meses. Su cronicidad también está en lo habitual que aparecen, son como ese vecino que te encuentras en la escalera, que es un pesado, que prefieres no encontrarlo porque genera una situación, como mínimo incómoda, y que, en muchos casos, no sabes cuándo te va a dejar en paz y tienes que convivir con él. Este vecino incómodo lo tenemos una de cada cinco personas.

Parece que algo tan particular como un dolor que te acompaña pueda ser parte de las condiciones individuales de quien lo sufre, pero no es así. En el caso de las mujeres, los dolores crónicos se duplican con respecto al número de hombres que los padecen. Esto se puede dar porque muchas enfermedades que padecen las mujeres (o personas con útero), como la endometriosis, tardan una media de cinco a siete años en diagnosticarse; que a veces se niega su existencia, como es el caso de la fibromialgia, por esa brecha que hay en los estudios con perspectiva de género dentro de la medicina o que simplemente se sabe que seguimos siendo percibidas como unas tremenditas, exageradas o histéricas.

También influye ser migrante y racializade. El histórico racismo justificado con cuestiones biologicistas creó mitos que llegan hasta nuestros días, por ejemplo que las personas negras tienen la piel más dura y que, por lo tanto, sienten menos dolor. Esto, unido a la expresión cultural del dolor, la barrera idiomática o que, en muchas ocasiones, las personas «sin papeles» tienen miedo a asistir al sistema sanitario, por esa situación «irregular» o por el propio racismo ya viviendo en él, hace que algo que no esta bien diagnosticado y tratado en su momento, puede llegar a cronificarse. Además, la interseccionalidad no está exenta de este fenómeno. Un estudio hecho en servicios de urgencias de Francia, Bélgica, Suiza y Mónaco demostró que se ponía en urgencia vital al 63% de hombres blancos, frente al 42% de mujeres negras.

Otro factor social es la clase. El dolor es modulable con aquellas cosas que nos han dicho siempre de buena alimentación, buenos hábitos, deporte, descansar las horas de sueño, etc., (todo esto, por supuesto, teniendo en cuenta que estamos en un país con una sanidad pública). Pero, ¿cómo voy a comer omega 3 cuando los alimentos que lo tienen son los más caros? ¿Cómo voy a pagarme las clases de pilates si casi no puedo pagar el alquiler? ¿Cómo voy a cuidarme y descansar si tengo que salir corriendo del trabajo para recoger al niño del colegio, tener la comida hecha, la casa limpia? ¿Cómo voy a prevenir los esfuerzos si no paran de subirme el alquiler y cada X años me tengo que mudar cada vez más a la periferia?

La solución a todo es, y siempre será, tomarte una pastilla. Así puedes ser productive, ayudar a la pobre industria farmacéutica a que no decaiga y no tener dolor, que es lo que todes queremos, aunque eso en muchas ocasiones signifique ir por la vida atontade, entre otros efectos secundarios de los fármacos. Y aquí va el siguiente punto del artículo, las consecuencias del dolor.

Es duro decirlo, pero te acostumbras a vivir con dolor, o por lo menos a saber que te lo vas a encontrar cada cierto tiempo. Sabemos que tenemos que vivir con él, y lo malcriamos. Cuando está, intentamos seguir con nuestras vidas, y con dolor nadie es agradable. Esto puede que nos aísle en muchos casos. La solución para no aislarse son las sustancias, legales o no. Y aquí va el siguiente punto de las consecuencias, la tendencia al abuso de sustancias que nos lo quiten, que nos hagan seguir para adelante y poder estar en un concierto, salir con tus amigues o hacer algo que no sea estar en casa esperando a que el dolor se vaya. Acabas bebiendo de más o fumando marihuana, y de ahí pa’rriba. Este ejemplo además lo vemos en muchas representaciones como Madame Bovary con el láudano, el doctor House con la codeína o personas reales como Frida Kahlo con la morfina o el alcohol y una larga lista de estrellas de la música, entre otros.

Por otro lado, también se da un trastorno de la identidad. Tú eres tu dolor, sabes que te condiciona, que te aísla, que vas a estar más cansada que el resto de la gente, que no puedes montarte en los cacharritos de la feria, que quieres ir a un concierto pero la última vez lo pasaste mal y se te quitan las ganas, o simplemente hacer una tarea habitual. Te das cuenta de que te pierdes un montón de cosas o que no las disfrutas. De repente eres una persona de ochenta y seis años en el cuerpo de una de treinta y tres, y eso frustra y te limita. Además, influye en el ánimo, te pone de mala hostia, te pone triste y, de nuevo, te aísla. La dependencia a sustancias aumenta el riesgo a la depresión que ya de por sí tienes por haber vivido las violencias sociales de ser mujer, racializada y pobre. Por último, otra consecuencia que conlleva el dolor crónico es la laboral. No puedes acceder a muchos trabajos, estos además no tienen por qué ser siempre de un esfuerzo físico muy grande, sino que conlleven posturas, exposiciones a sonidos o estímulos, que va a hacer que posiblemente tu dolor empeore y que esa sensación de tener veinticinco años más empeora cada vez más rápido. Esto, sumado a bajas intermitentes, a no «estar tan mal» como para tener una incapacidad laboral o discapacidad, hace que pueda haber también ciertos despidos encubiertos o no renovaciones de contrato. Te aboca a más precariedad y eso significa que no tendrás medios para acabar con el dolor.

Así, la violencia simbólica sí que produce dolor físico, que el sistema nos mantiene la herida. Ya nos dijo Margaret Mead que la primera prueba de humanidad era un fémur roto de alguien a quien habían ayudado, la solución para cualquier progreso pasa por el apoyo mutuo, con estrategias y luchando contra el sistema.

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