Small data

Una de mis mejores amigas de la adolescencia repetía a menudo: «Yo no creo en las matemáticas». A mí se me helaba la sangre en el hemisferio racional y le decía: «será que no las entiendes», y ella insistía «que no, que no creo. Son cosas que se inventan y no tienen nada que ver con la vida real». Y yo penaba intentando, sin éxito, que abrazara la fe en la ciencia numérica.

Así que cuando últimamente me sorprendo a mí misma leyendo algún informe repleto de indicadores y pensando «yo no creo en las estadísticas» me entran ganas de abofetearme en estéreo y añado un misterio a mi rosario de contradicciones. Pero es que como dice la escritora que más te hace llorar bonito «la vida a veces, la vida casi siempre, es demasiado concreta, en especial las vidas de quienes no existen». Y a mí es que me pasa eso, que de verdad que yo entiendo la necesidad de subir de nivel para ver el bosque y no perdernos con cada árbol, pero mi cerebro funciona con los matices, con lo continuo.

Y aunque las cifras rotundas me sirven para lanzarlas durante las discusiones y las uso a menudo como muletas para argumentos e intentos de zascas, de vez en cuando entro en crisis. Y cuando leo que el 25% de las viviendas de San Luis y calle Feria se destinan a uso turístico me impresiono educadamente, pero son las historias de las vecinas las que me dan una patada en el marco mental y me atan un nudo en todo el centro del esternón.

La madre joven a la que echan junto al resto de vecinas de su bloque porque lo ha comprado una inmobiliaria que va a convertir sus hogares en viviendas temporales y neutras para otros y otras que vienen a ver cómo huele el azahar. El dueño del bar que ha tenido que cerrar por el mismo motivo, el otro al que han triplicado el alquiler y despide a su clientela de años regalándole los últimos botellines y vermús. La tienda de barrio que desaparece con tanto Carrefour Express…

Pero me reconcilio pensando que el camino de la abstracción a lo concreto siempre es necesario y de ida y vuelta. Las historias van construyendo un mosaico y recopilamos datos como armas para que no puedan borrar la realidad que vemos.

Hace poco andaba por Cádiz —de verdad que no es chovinismo caletero, pero mis chispazos de lucidez se dan siempre en mi ciudad, igual debería plantearme mudarme de vuelta— de la playita de las Mujeres a La Viña y, al pasar por el Campo del Sur, contemplé un espectáculo habitual cuando empiezan las tardes buenas. Varios vecinos y vecinas de un bloque bajaban cargados con la mesa plegable, las sillas, las neveras con cervecita y refrescos, táperes llenos de tortillas y cosas bienolientes, y empezaban a colocar los avíos del bingo. Como mi abuela hacía con sus vecinas en Chiclana, como se hacía en mi barrio antes (y ahora, pero menos). Y las miraba colocar los cartones y llamar a gritos a las que faltaban por bajar y pensaba «esto es un indicador»; de buen vivir, de comunidad, de procomunes intangibles.

Y me imaginaba que molaría tela que en el próximo censo hubiera una casilla que preguntara: ¿te sabes el nombre de tus vecinos/as? ¿Cuándo fue la última vez que organizasteis algo juntas?

Maka Makarrita, equipo de El Topo 

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