16 DESMONTANDO MITOS

…Mais haberlas, haylas

Debemos diseminar el terror entre algunas, castigando a muchas.
Jean Bodin, filósofo y jurista francés del s. XVI

Yo de pequeña tenía un libro. Manual de la bruja por Malcolm Bird. Este libro ha sido durante años el primero que entraba en la caja antes de comenzar una mudanza. Aún lo conservo. Y al parecer también lo conservan las 172 personas que están «hablando de esto en Facebook».

Ese libro me tuvo fascinada gran parte de mi infancia. Yo quería ser una bruja. Cuando me lo regalaron vivía en La Coruña y eso de las meigas era algo «cool». Todo el mundo las nombraba sin temor, como si fueran un familiar más que, de vez en cuando, viene de visita. Una vez al año, como mínimo, se entonaban conxuros y se prendían hogueras para honrarlas. A noite das meigas: ellas robaban el protagonismo al santo Juan la noche del solsticio de verano.

Así pasaba yo las horas muertas, leyendo y releyendo el «manual», intentando pegar con Pritt lentejas en mi cara a modo de verrugas, resguardada en mi cuarto de la sempiterna lluvia coruñesa, lanzando conjuros, invocando al maligno y alimentando una rara afición por los anfibios, culebras y mamíferos de sangre fría.

Dejé de creer entonces en las impertinentes señoras de los cuentos de Andersen que habían desarrollado un extraño gusto por la carne de infante y me pasé al equipo de las madrastras Disney.

Las imágenes amables de La bruja novata y esa especie de ama de casa-conejo que aparecía en Embrujada agitando nerviosa la punta de su nariz, pusieron el broche al encantamiento.

Yo de mayor tengo un libro. Bueno, realmente tengo dos. Uno es el Manual de la bruja por Malcolm Bird. Me lo regalaron de pequeña. Otro es Calibán y la bruja de Silvia Federici; ese me lo he regalado yo.

Más de 100 000 mujeres quemadas. Tres siglos de persecuciones. No hay cifras exactas. Pudieron ser menos, seguro que fueron más. Mujeres asesinadas en masa. Nadie habla de esto en la historia de Europa Occidental, ni en la mundial. Nadie habla en serio de esto. A nadie se le ocurrió ponerle una etiqueta, hacer un archivo, escribir una tesis. Exterminio, genocidio, masacre, terrorismo, feminicidio. Nadie se atrevió a pronunciar estas palabras. Todos tienen miedo de las brujas. Todos siguen teniendo miedo de sí mismos.

La caza de brujas fue un poderoso instrumento de control social impulsado por la Iglesia y promovido y desarrollado por los estados seculares. Todo un sistema organizado y también costoso. En esta carrera por propagar la misoginia no se escatimaron ni medios ni gastos. Sacerdotes, intelectuales, jueces, ministros, carceleros, verdugos, propagandistas, testigos, informantes… Muchas nóminas que pagar.

Si la persecución de la herejía hizo de antesala para la caza de brujas, la persecución de los judíos y las masacres en el Nuevo Mundo fueron los acompañantes de esta cruzada contra las mujeres. Y esta última afirmación es la que marca la diferencia con respecto de los continuos atropellos que la Iglesia y la creciente burguesía cometieron de forma constante contra una población cada vez más vulnerable y desposeída.

El 80% de las acusadas por brujería eran mujeres. Campesinas, pobres, en su mayoría, ya ancianas. Este dato no se da, según Federici, por pura casualidad.

Se trata de una iniciativa política con un objetivo claro: arrebatar el poder que la mujer había alcanzado en la vida comunitaria. Se trataba de desprestigiarla, someterla, privarle de toda libertad sobre su cuerpo y, de este modo, dejar establecidas las bases del nuevo orden de producción capitalista y de las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres.

Durante los siglos XVI y XVII, el mercantilismo capitalista se expande imparable por toda Europa. Las tierras dejan de ser comunales y pasan a ser privatizadas y controladas por la nobleza terrateniente. El precio de alimentos básicos como el pan, alcanza niveles desorbitados. Estallan entonces las «guerras campesinas» lideradas y mantenidas de manera subterránea en el tiempo por las mujeres. Las mismas mujeres que ya ancianas, dos décadas después del inicio de estas revueltas, son depositarias del saber y la memoria de los pueblos. Recuerdan aún las masacres cometidas contra el campesinado. Son perseguidas, acusadas, torturadas y asesinadas por brujería.

Son también las mismas que conocían los secretos de la medicina natural, ayudaban a otras mujeres a controlar sus cuerpos, su sexualidad y la natalidad; también practicaban abortos en una época en la que la población era azotada por epidemias y por una terrible hambruna. Brujas todas, desplazadas de la profesión de comadronas y parteras y sustituidas por los hombres.

La caza de brujas supone, además, un instrumento para regular la sexualidad femenina y convertirla definitivamente en un trabajo al servicio de los hombres y de la procreación. La imagen de la bruja como sierva fiel del Diablo y como una bestia de deseo insaciable capaz de hacer perder la razón a los hombres consolida la idea de la sexualidad femenina como algo pervertido y peligroso. De esta manera, todas las mujeres pasaban a ser potenciales brujas cuya debilidad (propia de la naturaleza de su sexo) las convertía en sujetos manipulables por las fuerzas malignas. Cualquier mujer activa sexualmente o que subvirtiera el orden social podía ser acusada de brujería.

Durante el tiempo que duró esta persecución hubo una reestructuración profunda de la vida sexual, condenándose todas las formas de sexualidad no procreativa que pusieran en peligro la generación de nueva fuerza de trabajo y la transmisión de la propiedad privada. La prostitución, el sexo entre jóvenes y viejos, el adulterio o la homosexualidad, se convirtieron en delitos muchas veces penados con la pena capital.

La caza de brujas ha sido uno de los mayores crímenes cometidos para destruir la solidaridad de clase, el poder colectivo y controlar el cuerpo de la mujer para ponerlo al servicio del nuevo sistema productivo. Y nadie habla de eso en los libros de historia. Nadie siquiera ha hablado de esto en la lucha de clases.

Yo de pequeña quería ser una bruja. Yo de mayor soy una bruja. Lo somos todas. El fuego en el que se quemaron sus carnes sigue ardiendo dentro de nosotras. Nadie cree en nuestro poder, nadie. Pero ya se sabe lo que dicen los gallegos: Eu non credo nas meigas, mais haberlas, haylas.

Raquel Campuzano Godoy
Periodista y profesora de escritura creativa

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