BARRIOS EN LUCHA POR LA SEGURIDAD DE LA EXISTENCIA

No solo el Centro Histórico y su entorno más cercano andan en pie de guerra últimamente. Mientras en el centro se exigen ciudades para sus habitantes y no para los turistas, el resto de barrios alejados del casco histórico tampoco sienten que la ciudad se esté diseñando con ellxs en mente. Esta traslación a lo local de la dinámica centro / periferia ha movilizado a muchos barrios de la ciudad que se sienten abandonados por la Administración y las instituciones, con servicios públicos escasos y mal atendidos.

Así, el triunfo de las reivindicaciones de un sector de las vecinas del Pumarejo, exigiendo más presencia policial que acabara con lxs indigentes en la plaza, produjo el previsible efecto en cadena, al trasladarse estos a la ya saturada zona del albergue de la Macarena, despertando las protestas de las vecinas. Otros barrios comenzaban a convocar protestas también, exigiendo mayor seguridad como Pino Montano y Bellavista. Lo que en un principio se vio como un caldo de cultivo peligroso por los intentos oportunistas de introducir discursos racistas y aporofóbicos no ha llegado hasta la explosión xenófoba aunque, más que por la falta de empeño del PP y un buen sector de la ultraderecha, se ha debido a la autoorganización vecinal que ha frenado este peligroso cóctel reconduciendo las reivindicaciones hacia soluciones sociales. Al menos de momento.

Como topitas hostiles a la ultraderecha que somos y ante el pánico que ha suscitado el repunte vistalegrero de VOX (cuánto hay de realidad y cuánto de estrategia publicitaria planificada, nos preguntamos), nos interesa fundamentalmente entrever qué mecanismos se han puesto en marcha desde los barrios para frenar esa deriva reclamando seguridad que en un principio preveíamos como fácilmente inflamable y que de seguro se intentará volver a prender.

Nos llegaba la alerta de otros barrios del Estado donde el populismo punitivo estaba arrasando en el movimiento vecinal. La Barceloneta, el Raval, Puente Vallecas o Tetuán veían cómo la degradación de los barrios y de las condiciones vitales de sus habitantes llevaba a sus vecinas a morder a la que estaba inmediatamente por debajo suya en una espiral de la construcción social de un enemigo que se busca cada vez más adentro. Vecinas afectadas por el turismo que pedían mano dura contra los manteros; barrios obreros exigiendo la expulsión de yonquis; los jóvenes que crean inseguridad y los inmigrantes… ¿Cómo se ha combatido este clamor por barrios asépticos, limpios de «los otros» y llenos de control y policía? ¿Cuál es la barrera capaz de reenmarcar los rumores contra lxs inmigrantes, los datos falsos sobre la avalancha de refugiadxs, de robos, que Ciudadanos y otrxs cuñados de la derecha política intentaban colar a base de un zumbido repetitivo y constante?

La existencia de organizaciones vecinales dentro de cada barrio con una trayectoria más o menos establecida ha sido esencial para establecer los marcos del debate y, si bien desde la derecha se intentó rápidamente vincular la seguridad con el miedo al otrx, el rechazo a la inmigración o la condena de la marginalidad, desde los colectivos de estos barrios castigados de Sevilla se ha sabido reconducir el discurso recordando el olvido al que se les somete desde las instituciones (excepto en periodo electoral), vinculando el desempleo y la delincuencia a la falta de planes y talleres de empleo específicos, denunciando el gasto desorbitado en infraestructuras faraónicas mientras los barrios de la periferia sufren el abandono. Desde la Plataforma Interdistritos que une a estos «barrios populares en lucha», como se han autodenominado, se tiene claro que las principales lacras que se sufren en sus calles son la precariedad y la especulación, y se han organizado conjuntamente para establecer sus reivindicaciones y su agenda de movilizaciones.

Torreblanca, Bellavista, Casco Norte, Begoña, Tres Barrios, Su Eminencia, Palmete, Cerro – Amate, el Polígono Sur o Pino Montano son algunos de los barrios que han decidido girar el discurso y exigir seguridad (y quizás más entendida como seguridad vital ante la precariedad que nos impone el sistema excluyente) y dignidad. Lo que se reclama es policía de proximidad capaz de mediar en conflictos, trabajos dignos, vivienda, suministros básicos, servicios sociales e infraestructuras para todas. Se reclaman, al fin y al cabo, vidas que no se vean abocadas a la precariedad constante.

Parece que las asociaciones y colectivos más activos en los barrios han tenido éxito haciendo ver que el enemigo no está dentro (ni al lado, ni abajo), reconociendo el malestar existente en su entorno y politizándolo. No sirve de nada negar o ignorar los malestares reales de la gente, lo que sí necesitamos es ser conscientes de que estos pueden canalizarse de una forma reaccionaria o emancipadora, depende del relato que se construya para dar sentido y soluciones a sus problemas. Necesitamos construir discursos que enmarquen los problemas cotidianos dentro del sistema capitalista que los provoca. Ahora bien, este éxito es (como casi todos) parcial y precario. Estamos en tensión constante en la lucha por qué relato se impone, y la necesidad de estar alerta y a pie de calle es continua. La derecha y la ultraderecha se han lanzado a la batalla por imponer su cosmovisión en los barrios obreros y no se prevé que se vayan a retirar a corto plazo.

La existencia de organizaciones de base en los barrios supone un dique para la xenofobia y los discursos de la ultraderecha. El peligro que acecha a nuestros barrios es el discurso populista que quiere lanzarnos a unas contra otras en pos del rédito electoral pero también la especulación que afecta a todos los barrios (aunque no de la misma manera). Si las vecinas del Casco Norte ven cómo el turismo las expulsa de sus casas, Begoña o Pino Montano empiezan a sufrir la subida de los alquileres que esas vecinas provocan con su llegada. Es el capital ocupando como una hiedra tóxica los huecos que va encontrando a su paso.

El populismo de derechas aparece como un discurso efervescente: vacío, que sube rápido y hace mucha espuma visible, pero puede venirse abajo con gran facilidad. Eso sí, las soluciones para frenarlo nunca son instantáneas, requieren trabajo de base, en los barrios que habitamos, en los centros de trabajo, en las calles, en las puertas de los colegios. Se trata de la misma solución de siempre: construir contrapoder desde abajo. Y esto que suena tan bien en las asambleas, ¿cómo se hace? Una pista, podemos empezar por observar los problemas individuales que nos afectan y construir soluciones colectivas que atiendan a las estructuras que los provocan. Casi ná, ¿que no?

 

Maka Makarrita es miembro del equipo de El Topo Tabernario

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