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Algunas claves sobre el conflicto en Ucrania

Desde que estallaran las protestas en Ucrania, la avalancha de noticias vertidas por los voceros oficiales ha sido extensa. Aun así, se antoja difícil interpretar con cierta claridad todos los intereses geopolíticos y estratégicos que están en juego. Según versiones oficiales, todo empezó con la negación del Gobierno de Ucrania a firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea el mes de noviembre pasado. Desde entonces, se han sucedido destituciones, referéndums, combates y asaltos. Han llegado a nuestros oídos nombres de lugares inhóspitos, desconocidos hasta ahora, que han cobrado una relevancia inusitada. Abordamos la arriesgada tarea de intentar resaltar algunas de las claves escondidas detrás de este conflicto basándonos en la lectura del libro Rusia frente a Ucrania. Imperios, pueblos, energía de Carlos Taibo.

Rusia no es una potencia meramente regional. Su extensión y ubicación geográfica hace que sus movimientos —o, en su caso, la ausencia de estos—, ejerzan efectos sobre el panorama entero del planeta. Un Estado que cuenta con fronteras con la Unión Europea, Oriente Próximo y China, que mantiene contenciosos varios con Japón y que choca con Estados Unidos a través del estrecho de Bering no puede ser, por definición, una potencia regional.

Además, estamos ante un Estado que es uno de los principales productores de hidrocarburos, que posee derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y un arsenal nuclear importante. Todo esto trae como consecuencia que sea uno de los pocos Estados del planeta que guarda una cierta autonomía aun cuando la deriva del último cuarto de siglo ha perfilado una Rusia cada vez más inserta en la economía internacional y, por ello, cada vez menos independiente.

Pero no todo son potencialidades. Rusia afronta también retos geográficos importantes, entre otros: carece de una salida a mares cálidos, su clima impide el despliegue de una economía diversificada, sus ríos —que en la mayoría de los casos discurren de sur a norte— no pueden ser objeto de un uso comercial próspero y, finalmente, tiene una riqueza enorme en materias primas situadas en regiones alejadas e inhóspitas.

Mientras la UE, EE. UU. y la OTAN promueven sanciones de carácter meramente simbólico, Moscú se cuida de no interrumpir los suministros de gas hacia la Europa central

También merece la pena desmontar ciertos mitos sobre el presidente ruso Vladimir Putin. No ha conseguido reenderezar un maltrecho Estado federal, no ha cerrado convincentemente el conflicto de Chechenia, no ha plantado cara a unos oligarcas que siguen definiendo la mayoría de las reglas del juego en Rusia, no ha resuelto los problemas económicos y sociales que marcan la vida cotidiana de su pueblo y tampoco parece que haya recuperado una influencia relevante en el escenario internacional. Un hecho de extrema relevancia es que su proyecto es dramáticamente dependiente de los precios internacionales de las materias primas energéticas. Todos estos datos son claves para intentar entender los movimientos del gigante ruso.

En cuanto al conflicto que nos ocupa, los acontecimientos recientes en Ucrania y en Crimea ratifican que tendremos que acostumbrarnos a lidiar con conflictos sucios en los que resultará cada vez más difícil mostrar una franca adhesión a la posición de alguno de los contendientes. Parece razonable guardar las distancias ante la conducta de todos los agentes importantes que han operado, a finales de 2013 y principios de 2014, en Ucrania. Ahí están los movimientos de las fuerzas naranjas ucranianas que, empeñadas en la obligación de Rusia a venderles gas a precios de favor, tuvieron años atrás la oportunidad de demostrar, sin éxito, su valía cuando estaban en el gobierno en Kiev. Por su parte, Yanukóvich —apoyado por los oligarcas del oriente ucraniano— se empeñó en reproducir el modelo ruso de Putin, es decir, una combinación de magnates y represión. Ni Yanukóvich fue un dirigente empeñado en la defensa de las clases populares, ni Putin una suerte de Che Guevara del siglo XXI.

Pero las potencias occidentales también juegan sucio. Llevan 5 años entregadas a la tarea de explotar una mano de obra barata, acaparar el negocio de las materias primas y abrir mercados emergentes. Si la UE ha evitado cualquier compromiso de incorporación de Ucrania a la Unión, EE. UU. ha seguido con la búsqueda del control de riquezas y áreas geográficas. Rusia, por su parte, ha aplicado una lógica imperial lejos del agrado de los pueblos afectados.

Todas estas maniobras ocurren en paralelo a un enorme despliegue mediático lleno de simbolismo y espectáculo. Mientras la UE, EE. UU. y la OTAN enuncian sonoras declaraciones de solidaridad con los manifestantes ucranianos, Rusia alimenta el discurso nacionalista que sus dirigentes han esparcido entre la población. Mientras la UE, EE. UU. y la OTAN promueven sanciones de carácter meramente simbólico, Moscú se cuida de no interrumpir los suministros de gas hacia la Europa central. A Rusia no le interesa el hundimiento de las economías de la UE y de EE. UU., ya que el desmoronamiento del euro y del dólar provocaría una depreciación sensible en las reservas que atesora.

En este estado de cosas, hay quien anuncia una reaparición de la guerra fría. No parece que sea el caso debido a dos argumentos principales. A diferencia de lo que ocurrió antes de 1990, no se enfrentan aquí dos cosmovisiones o sistemas económicos diferentes. Aunque el capitalismo occidental y el ruso muestren matices distintos, comparten muchos proyectos e intereses. El segundo argumento atiende a parámetros económicos entre los que se encuentran, por ejemplo, la distancia abismal entre el gasto en defensa de las potencias occidentales y el que mantiene Rusia. Se aprecian también enormes disparidades en el tamaño de las economías: el PIB ruso, en paridad de poder adquisitivo, es un 15% del de la UE, y solo un 8% si se maneja el tipo de cambio oficial. Y hay enormes distancias, en suma, en lo que se refiere a población y peso en el comercio mundial. Mientras la UE cuenta con 500 millones de habitantes y corre a cargo del 16% de las exportaciones registradas en el planeta, y China tiene 1300 millones de habitantes y protagoniza el 8% del comercio mundial, Rusia está poblada por algo menos de 145 millones de personas y despliega un escueto 2,5% de las exportaciones.

Lejos de estos análisis, el discurso monocorde que emiten los medios de comunicación es el de una Rusia que se comporta como una potencia agresiva aun sin haber recibido agravio alguno. Antes bien, ha sido obsequiada con sucesivas ampliaciones de la OTAN, con un reguero de bases militares en el extranjero cercano, con el descarado apoyo occidental a las revoluciones de colores y con un displicente trato comercial. No es difícil, entonces, que Rusia entienda que está siendo objeto de una agresión dirigida a reducir las posibilidades de que resurja una gran potencia en el oriente europeo.

Ninguno de los contendientes parece mostrar consciencia a las secuelas de la corrosión terminal del capitalismo, a la imprevisión de la crisis ecológica y a la proximidad del colapso

El futuro no se presenta muy halagüeño para el este de Europa. Una Rusia débil, deseo de muchos grupos de poder occidentales, significará convulsiones frecuentes en un espacio donde se prevé que la rapiña gane muchos enteros. Una Rusia fuerte dará la oportunidad a muchos europeos orientales de comprobar cómo la presunta comunidad de cultura y valores del gran imperio local se traduce en imposiciones sin cuento.

Es más que probable que, dentro de poco, muchas de estas disputas nos parezcan menores. Ninguno de los contendientes parece mostrar consciencia a las secuelas de la corrosión terminal del capitalismo, a la imprevisión de la crisis ecológica y a la proximidad del colapso. Bien puede suceder que dentro de unos años, pasados los picos respectivos, nos parezcan triviales disputas sobre cómo y por quién deben extraerse el petróleo y el gas natural. Y nos resulte una broma pesada las intuiciones sobre los efectos saludables del cambio climático difundidas últimamente en Rusia. Ojalá no haya quedado atrás también la posibilidad de aplicar los frenos de emergencia de un tren que nos conduce, a marchas forzadas, hacia el abismo.

por [Equipo de El Topo]

Taibo Arias, Carlos. Rusia frente a Ucrania. Imperios, pueblos, energía. Los Libros de la Catarata, 2014.

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