Agonía y muerte de ‘El Correo’

El pasado 24 de septiembre salió a la calle la última edición en papel de El Correo de Andalucía. El decano de la prensa andaluza puso fin a 120 años de historia dejando en la calle a 26 personas tras sufrir un ERE que afectó prácticamente a la totalidad de la plantilla. El final de un medio de comunicación local con tanta historia es lamentable. El maltrato que ha sufrido durante años la plantilla de este periódico lo es mucho más, pero la historia de oscuros intereses económicos y políticos que hay detrás de su desaparición es un cuento de terror.

La de El Correo ha sido una muerte anunciada desde hace una década y una consecuencia más de la crisis estructural que envuelve a los medios. La mayoría de los periódicos forman parte desde hace años de opacos entramados empresariales, sin nada que ver con el periodismo que, de forma más o menos explícita, influyen en su línea editorial. El País, por ejemplo, pertenece a Prisa cuyo principal accionista es una sociedad de inversión estadounidense, Liberty Acquisition Holding. La historia de El Correo, que también perteneció a PRISA, siguió una línea similar. La diferencia es que las operaciones empresariales de las que ha formado parte han sido mucho más burdas. El Correo de Andalucía nació con la Iglesia, creció en la transición con un papel relevante como medio local «progresista» y ha tenido una década de agonía tras su compra y venta por parte del grupo Alfonso Gallardo, primero, y Morera y Vallejo después. Todo ello mientras su plantilla sufría recortes y despidos y las lectoras de prensa local convencional le daban la espalda decantándose por ABC y Diario de Sevilla

Pero detengámonos en los últimos y determinantes episodios. En 2007 Prisa vende la mayor parte de sus acciones del periódico por 19 millones de euros al grupo del empresario extremeño, Alfonso Gallardo. Un industrial que en aquel momento estaba empeñado en instalar una refinería de petróleo en Tierra de Barros con el beneplácito del entonces presidente de Extremadura, Rodríguez Ibarra. Para que la refinería pudiera ponerse en marcha requería, al estar en interior, una terminal marítima y un oleoducto de 200 km desde Huelva a Badajoz que pasaría por Doñana. El proyecto, como se recordará, se encontró de frente con ecologistas, agricultores y gran parte de la población, pero contaba con el apoyo de los Gobiernos socialistas de Extremadura y de Andalucía. La compra de El Correo, sugerida al parecer por el propio PSOE, responde a la necesidad de apoyo mediático para crear opinión favorable sobre refinería y oleoducto. En esa etapa figuró como presidente del Consejo Editorial José Rodríguez de la Borbolla. El proyecto de la refinería fue rechazado en 2013 por el Ministerio de Industria tras un largo proceso.

Durante todo este tiempo, las condiciones de trabajo y, por consiguiente, de la información, se fueron deteriorando: bajadas de sueldos o nóminas sin pagar durante meses, un ERE y un ERTE que dejaron la plantilla a la mitad en cuatro años. Con el carpetazo de la refinería, Gallardo deja de tener interés en un periódico deficitario que ya no le sirve y lo vende a Morera y Vallejo por 1 euro y una deuda de más de 1,5 millones de euros, en una operación llena de sombras y posibles acciones fraudulentas que darían para otro artículo.

La adquisición fue celebradísima en el Gobierno de Susana Díaz, que prometió apoyos al nuevo dueño. Algún tiempo después y a raíz de un conflicto por la licencia de emisión de la televisión local de El Correo, las buenas relaciones y los apoyos esperados desaparecen.

Así, resumiendo mucho, nos encontramos en 2018 con un medio en números rojos dirigido por un empresario de seguros, convertido en algo muy diferente a un periódico de actualidad; una plantilla con el ánimo por los suelos haciendo todo lo posible por sacarlo adelante; el gremio periodístico lamentando lo que estaba a punto de ocurrir, y las instituciones mostrando su apoyo simbólico a la causa (algunas con sentimiento de culpa, quizá). Pero ya era tarde: el ERE salvaje presentado por Morera y Vallejo en septiembre se hizo efectivo a pesar de las negociaciones y los apoyos más o menos impostados, dejando a 26 personas en la calle y cerrando el último capítulo de un periódico histórico víctima de la injerencia política y empresarial. Un camino por el que están transitando muchos otros medios. La prensa tal y como la conocíamos ha muerto. Viva la prensa libre.

Mar Pino. Equipo de El Topo

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