nº72 · Ago 2026 | se dice, se comenta

Scroll y fundido a negro

Llegar a casa después de una intensa jornada de trabajo —normalmente más precario de lo que debería ser, menos decente que en décadas anteriores—, pero estar tan agotada en cuerpo y alma que todo lo que quieres es evadirte de la realidad. Entonces encuentras en tu mano la solución más efectiva: tu teléfono te brinda la oportunidad de sumergirte en el scroll infinito y ese fundido a negro que aliviará la ansiedad que te produce vivir.

Pasar minutos, horas con las nucas trochadas hacia las pantallas es hoy la actividad que más tiempo ocupa en el día de la mayoría de las personas a lo largo y ancho del mundo. Una forma de evasión en la que perderse entre vídeos tutoriales, recetas, paisajes que visitar, influencers haciendo sus cosas…, que nos atrapan hasta disipar nuestra conciencia por los altos niveles de dopamina que produce en nuestras cabecitas cansadas de la rutinaria realidad. Droga alienante como nunca hubo, que está suficientemente demostrado que nos fríe el cerebro y poco a poco nos merma la capacidad de retención de información, así como la capacidad de atención a algo más elaborado que los treinta o sesenta segundos que debe tener un vídeo corto para obtener niveles de éxito en las redes sociales.

Celebre es la frase de Marx de «la religión es el opio del pueblo», o la adaptación que hizo la feminista Kate Miller aportando la perspectiva de género cuando dijo que «el amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión lo ha sido para las masas», pero ninguna fue tan absorbente, popular y fulminante como el internet actual. Pues, lejos de ser una vía de democratización del conocimiento como se decía en sus inicios, se ha convertido en un mar al que arrojar todas las ocurrencias que afloran en cada una de nosotras sin necesidad de contrastar información y sin vergüenza ninguna a que sean una completa falsedad o no muestren ningún respeto hacia las sensibilidades ajenas.

Podríamos culpabilizarnos por la pérdida de tiempo y perspectiva social, pero la realidad es que nunca pensamos que habitar la distopía sería tan agotador y tan fácil entregarnos al mal.

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