nº59 | política local

Pintaoras: cuidados a pie de calle

El espacio urbano, además de los edificios, las calles, las plazas o las zonas verdes que componen su fisionomía, es expresión de una sociedad en estado puro. Partiendo de este razonamiento, es interesante preguntarse ¿qué vemos cuando salimos a la calle?, ¿hacia dónde dirigimos nuestra mirada en el entramado urbano? Del sinfín de respuestas plausibles para estas preguntas, más dentro de un entorno como el que nos ofrecen las ciudades sureñas, hay quienes nos fijamos especialmente en sus paredes y el derroche artístico que se hace de ellas a modo de lienzo a pie de calle.

Qué consideramos arte urbano sería otra cuestión interesante, pero este artículo tiene el objetivo claro de poner el foco en las pintadas callejeras espontáneas y de corte feminista que desde hace algún tiempo han ido apareciendo en nuestras ciudades, por lo que quizás sea más sugerente plantearnos qué entendemos por pintada callejera.

Frente al arte urbano, podemos decir que la finalidad de la pintada no es estética sino política y normalmente nace de la espontaneidad. Supone llamar la atención sobre una cuestión social de forma rápida a través de una frase concreta que haga reflexionar a cualquiera que se la encuentre por la calle. Por muy artísticas que terminen quedando esas creaciones, una pintada busca la controversia, generar una molestia del tipo que sea, pero, sobre todo, es esencialmente un acto vandálico. Por ello, de nuevo en comparación con el arte urbano, ningún Ayuntamiento va a financiar con dinero público a una artista para que llene de este tipo de frases la ciudad y, en caso de hacerse, terminaría por perder su naturaleza trasgresora y, por tanto, dejarían de ser pintadas para ser solo un proyecto social del gobierno «progre» de turno.

Las pintadas han sido utilizadas por los grupos políticos de todos los colores para lanzar sus proclamas y, frecuentemente, lo han hecho usando frases contundentes y con cierto toque aleccionador. Pero aquellas a las que nos referimos aquí no tiene exactamente esa finalidad. Habitualmente sus mensajes parten de la reflexión, la reivindicación que genera debate, pero la mayoría de las veces no pretenden lanzar un mensaje político al uso. Podemos considerarlas una expresión más de ese «lo personal es político» que tanto nos gusta, ya que, si bien es cierto que en ellas subyacen proclamas antirracistas, antipatriarcales, de apoyo mutuo, anticapitalistas… estas son plasmadas sin la necesidad de hacerlo de forma explícita. Así vemos cómo lo bonito es pasar del típico «vosotros fascistas sois los terroristas» a un «Juanma Moreno no es tan Moreno», porque la forma de expresar esos sentires ha evolucionado para pasar a ser reivindicaciones desde nuestras vivencias, de lo cotidiano y lo que nos interpela, de ahí que haya más peso político en un «Llama a tu abuela» que en un «ACAB».

Aquellas que hacen pintadas no buscan hacer arte urbano o grafitis, no por tener nada en contra de estos, sino porque parten de una posición distinta. Para ellas no es tan importante la parte artística o el reconocimiento como lo que sueltas cuando escribes en las calles. Su principal motivación es lanzar algo que te remueve y compartirlo con otras; que deje de ser tuyo para colectivizarlo con el fin de generar un espacio de apoyo mutuo que pueda, o bien ayudar a quien necesite leer ese mensaje, o bien molestar a quien debería revisarse según que privilegios. Se pretende sensibilizar y acompañar(nos), por ello no tiene tanto que ver con la capacidad artística como con las ganas de expresar… Si tienes los medios (pintura y una idea) ya estás capacitada para lanzar tu mensaje. No pretenden ser grafiteras, quieren ser pintaoras.

Y esto nos lleva al propio contenido de las mismas, el cual tampoco tiene por qué ser una posible cita que hará historia, sino más bien algo que dé en la clave para sensibilizarnos. A veces vale con rescatar la letra de una canción que nos suscite emociones (ya sea una letra flamenca llena de poesía o una canción de cumbia o reguetón), y otras, basta con parafrasear expresiones de toda la vida, lo importante es lo que nos provoca. ¿O acaso no nos llenó de recuerdos ese «me debes las sevillanas de las dos últimas ferias» pospandemia que apareció un día cerca de la calle San Luis en la capital hispalense?

Otra circunstancia habitual es que las que practican este fenómeno dentro de una misma ciudad se conozcan o, al menos, se identifiquen entre ellas, de nuevo, no porque se busque el reconocimiento, sino porque se sienten parte de una misma colectividad. Pintar juntas en las calles también es una forma de cuidarse entre las amigas. Por ello, podemos afirmar que, al margen de ser una moda, estas pintadas son una forma de hacernos con el espacio público desde otra perspectiva, una expresión más para reivindicar que las calles (y sus paredes) también son nuestras, pudiendo ser leídas incluso como una práctica desde y para la sororidad, debido a que en muchas ocasiones se crea una comunidad en torno a ellas y sus mensajes son una forma de manifestar un «no estás sola» para aquella que lo necesite. Y, por qué no decirlo, también son una patada simbólica a todas esas pollas que durante tanto tiempo han decorado nuestras ciudades. Señoros, nosotras también somos crew y hemos llegado para quedarnos y utilizar las fachadas a modo de lienzos en las que plasmar aquello que nos sale del coño.

Para terminar, me parece importante añadir que, queriendo mantener ese espíritu colaborativo, este artículo ha sido escrito combinando algunas de las voces que, de una u otra manera, se encuentran vinculadas al mundo de las pintadas en varias ciudades andaluzas y que, por tanto, quien firma ha actuado más como hilandera de las mismas que como constructora de un discurso.

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