nº72 · Ago 2026 | desmontando mitos

Revolá rural

Cuando elegir cómo vivir también es un acto político

¿Y si el verdadero problema nunca fue la despoblación, sino la idea de que el progreso solo podía encontrarse en los grandes núcleos urbanos? Este texto no propone idealizar el mundo rural, sino preguntarse qué posibilidades aparecen cuando dejamos de entenderlo como un espacio de fracaso y empezamos a imaginarlo como un lugar desde el que practicar otras formas de habitar.

Cada vez somos más quienes decidimos volver al medio rural y abandonar los grandes núcleos urbanos. Sin embargo, durante décadas, nos hicieron creer que el progreso tenía una única dirección. Irse del pueblo era sinónimo de evolución. Nadie tuvo que expulsarnos. Bastó con instalar un imaginario tan eficaz que acabó pareciendo sentido común: el futuro siempre ocurría en otro lugar.

No fue una casualidad. Mientras el modelo económico situaba el empleo, los servicios, las universidades y las grandes oportunidades en las ciudades, estas, también concentraban el prestigio. El éxito empezó a tener acento urbano. El medio rural quedó reducido al lugar de la carencia: donde faltaba trabajo, cultura, futuro y juventud. Se convirtió en una periferia que quedó reducida a producir alimentos, paisaje y nostalgia, pero rara vez para producir pensamiento.

La mayor victoria de ese relato no fue vaciar pueblos. Fue conseguir que llamáramos elección a aquello que apenas era una posibilidad. Abandonábamos nuestros pueblos convencidos de que lo bueno estaba fuera.

Yo también seguí ese camino. Viví diez años en Barcelona. Allí estudié, trabajé, aprendí y construí una parte importante de quien soy. No escribo desde la nostalgia ni desde el resentimiento hacia la ciudad. La ciudad me dio mucho, pero también me enseñó sus limitaciones.

Nos gusta pensar que elegimos libremente nuestro modo de vida. Pero ¿cuánto hay realmente de elección cuando el empleo, la vivienda, la oferta cultural, la universidad o incluso la posibilidad de desarrollar un proyecto vital se concentra en los mismos lugares? ¿Cuánta libertad existe cuando el precio de la vivienda determina dónde puedes vivir, cuánto tiempo debes trabajar o cuánto espacio queda para crear, relacionarnos o simplemente descansar?

El capitalismo no solo organiza la economía, organiza también nuestros deseos. Nos enseña qué significa triunfar, qué ritmos debemos aceptar y qué formas de vida merecen reconocimiento. Ha conseguido que confundamos libertad con adaptación. Que asumamos como naturales jornadas interminables, alquileres desorbitados, desplazamientos diarios de horas o relaciones atravesadas por la falta de tiempo. Incluso la sostenibilidad ha terminado convertida, en una cuestión de consumo individual dentro de un modelo que hace extraordinariamente difícil vivir de forma sostenible.

No creo que el problema sea la ciudad. Tampoco que el pueblo sea la solución. Sería un análisis demasiado sencillo. Campo y ciudad forman parte de un mismo modelo de desarrollo. Como escribió Raymond Williams, ambos espacios se han construido mutuamente. Precisamente por eso me interesa dejar de preguntar cómo repoblar los pueblos y empezar a preguntarnos para qué.

Porque el futuro del medio rural no consiste en reproducir el mismo modelo urbano a menor escala, no queremos más urbanizaciones, más turismo, más consumo y más velocidad, porque esto nos haría perder una oportunidad de evolución histórica. Lo verdaderamente interesante sería preguntarnos qué puede ofrecer el medio rural precisamente porque no responde a esa lógica.

No hablo de volver para romantizar el pasado ni de convertir el pueblo en un refugio frente a un mundo hostil. Quienes vivimos aquí conocemos demasiado bien sus contradicciones: el machismo, el control social, el abandono institucional o la falta de servicios. Pero precisamente porque el medio rural conserva otra escala, todavía ofrece algo que las grandes ciudades han ido perdiendo: margen.

Margen para construir proyectos culturales que no dependan siempre de los grandes centros donde se producen los relatos dominantes. Margen para recuperar memorias colectivas que nunca entraron en los libros de historia. Margen para ensayar economías cooperativas, redes de apoyo mutuo y formas de cuidado que dejen de recaer exclusivamente sobre las mujeres. Margen para entender la sostenibilidad no como una identidad de consumo, sino como una manera concreta de organizar la vida.

Un territorio que no produce cultura termina consumiendo los relatos que otros escriben sobre él. Y quizá esa sea una de las mayores derrotas del medio rural: no solo perder población, sino perder la capacidad de imaginarse a sí mismo fuera de las categorías que otros le han impuesto.

Por eso cada vez me interesa menos hablar de retorno, porque nadie vuelve al mismo lugar del que se marchó. Los pueblos cambian. Nosotros también. Lo verdaderamente político no es regresar. Es decidir que no queremos reproducir el único modelo de éxito que nos han impuesto. Es atrevernos a pensar que la riqueza también puede medirse por el tiempo disponible, la calidad de los vínculos, la capacidad de crear colectivamente o el derecho a participar en la construcción del territorio que habitamos.

En Extremadura llamamos revolá al movimiento con el que una bandada cambia de dirección en pleno vuelo. No es un regreso al punto de partida. Es una desviación colectiva. Una decisión compartida que rompe una trayectoria que parecía inevitable. Quizá esa sea la tarea del medio rural. No convertirse en una copia imperfecta de la ciudad, sino atreverse a producir otros imaginarios, otras formas de comunidad y otros modos de habitar el mundo.

Porque la verdadera revolución no consiste en volver a los pueblos. Consiste en elegir de qué manera queremos vivir.

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