nº62 | política andaluza

No a la Toma, sí a Mariana

Un nuevo 2 de enero, la Legión ha desfilado por las calles granadinas y las instituciones municipales han celebrado la conquista de la ciudad a manos de los Reyes Católicos. Se trata del Día de la Toma, una jornada marcada por la imposición de un relato histórico basado en la conquista, el expolio y el etnocidio de un pueblo.

El 2 de enero de 1492, Boabdil hace entrega de las llaves de Granada a los Reyes Católicos tras diez años de guerra y asedio. A cambio, se firmaron las Capitulaciones de Granada, en las que se otorgaban una serie de derechos a la población granadina, como el respeto a su fe islámica. Por lo tanto, la conquista del territorio no significó la uniformidad religiosa ni cultural de Castilla, ya que ahora integraba a miles de musulmanes, que se denominarán como mudéjares.

Con la anexión de Granada se puso punto y final a la conquista de al-Ándalus por parte de los reinos cristianos peninsulares, pero, al contrario de lo que nos ha contado la historiografía, tampoco supuso una unificación política. En concreto, la península Ibérica se dividía en los reinos de Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Por lo tanto, hablar de España en esta época es un anacronismo: ni existía, ni se la esperaba.

Entonces, si no podemos asociar el 2 de enero de 1492 a los conceptos de surgimiento de España, ni de unificación política o de uniformidad religiosa…¿qué nos queda? Nos queda una imagen menos idealizada de la historia, en la que la conquista y rendición del reino de Granada se enmarca realmente en la construcción del estado moderno de los Reyes Católicos. Un estado cuya edificación se explica por la alianza entre la nobleza y la monarquía para hacer frente al aumento de las revueltas populares y para fortalecer el aparato de control social de un estado que tomaba la forma de una monarquía autoritaria.

De hecho, no es casualidad que se asocie esta fecha con la modernidad, un concepto que inaugura siglos de colonización, expansionismo militar, etnocidio, desposesión de tierras del campesinado y uniformidad religiosa. Este programa, que fue iniciado por los Reyes Católicos con la creación de la Inquisición, la expulsión de los judíos o el inicio de la colonización de América; será continuado por la dinastía de los Austrias, que llevarán a cabo la conquista de Navarra, la represión de los movimientos populares, como los comuneros o las Germanías, o la conquista de los imperios mayas e incaico.

Tras su conquista, Granada vivirá en sus propias carnes este proyecto de edificación del estado moderno que podemos desgranar brevemente en varias etapas:

En primer lugar, con el incumplimiento de las Capitulaciones. Con el arzobispo Cisneros se dan los primeros pasos para forzar la progresiva conversión y eliminación de la población mudéjar, que se veía con recelo por el catolicismo. Además, mandó secuestrar y quemar 5.000 libros y manuscritos filosóficos, históricos, literarios, botánicos, etc., en la plaza Bib-Rambla. Fruto de estos atropellos, se desencadena el levantamiento del Albaicín, que se extendió a las Alpujarras y fue reprimido a sangre y fuego. Tras su derrota, se decretó la conversión obligatoria de las y los musulmanes al catolicismo, dando lugar al concepto de morisco. Había llegado la imposición de la unidad religiosa.

En segundo lugar, tras la conquista, la corona y la nobleza castellana iniciaron el saqueo del territorio, propiciando el expolio económico de las clases populares y la desarticulación y decadencia del reino de Granada.

En tercer lugar, tras 1567, se realizó la ofensiva definitiva sobre los moriscos, a los que ahora se les obligaba a renegar de sus costumbres, de sus modos de vida y cultura. Unido a la explotación económica a la que se les sometía, suscitó una nueva rebelión, la de las Alpujarras, un levantamiento popular armado y encabezado por Aben Humeya. Su derrota militar a manos de Felipe II conllevó la expulsión de los moriscos del reino de Granada en 1570, una medida que sería reproducida a nivel hispánico en 1609 con su expulsión de todos los reinos.

Una vez visto lo ocurrido el 2 de enero y su verdadero significado histórico, cabe preguntarse, ¿quién y por qué se celebra esta fecha? Desde 1492, la efeméride ha tenido diversos nombres: Dedicación de Granada, Fiesta del dos de enero, Día de la reconquista, Fiesta de las tres culturas o Día de la Toma, y ha evolucionado al ritmo de los cambios políticos. Repasemos los más relevantes.

Tras una primera etapa como ceremonia religiosa, es con Carlos I cuando la Dedicación o Toma de Granada toma la forma de un acto cívico, religioso y militar, en el que se buscaba reafirmar el poder real de la monarquía hispánica y del catolicismo. Consistía en una procesión en la que se paseaban por las calles granadinas la espada de Fernando el Católico, la corona de Isabel y el pendón que se ondeó en la torre de la Vela en 1492, a lo que se añadieron posteriormente espectáculos como fuegos artificiales, corridas de toros u obras teatrales. 

Después de un periodo en el que su relevancia se reducirá a una festividad local, no será hasta el siglo XIX cuando el 2 de enero vuelve a florecer en un contexto de expansión del nacionalismo español y del surgimiento de los grandes mitos históricos —como la mal llamada «reconquista»—. De esta manera, se asume el relato ficticio de los Reyes Católicos como unificadores de España y la expulsión de los invasores «moros». El calado de este discurso se extendió incluso entre republicanos y sectores de izquierda, quienes llegaron a mantener la festividad durante la I y II República, si bien intentando darle tímidos aires más liberales o progresistas.

Pero será durante el franquismo, cuando la celebración del Día de la Toma o de la Reconquista, adquiera nueva importancia, en tanto se realiza un paralelismo entre el golpe de estado de 1936 y las campañas militares de los Reyes Católicos, legitimando en la historia el discurso nacional-católico del régimen.

Y, de esta manera, durante 40 años de dictadura se consolida una fiesta que llega hasta el día de hoy. Para ello, ha sido fundamental la colaboración de sectores de uno y otro lado del arco político en la Transición. En concreto, destaca la figura de José Miguel Castillo Higueras, quien retoma la fiesta de la Toma siendo concejal del PCE y la moderniza manteniendo la celebración de la conquista. El cierre político de la Transición, que intentaba dejar todo atado y bien atado, frente al avance de movimientos populares, obreros, independentistas, etc., vuelve a hacer necesaria una fiesta que airee los valores tradicionales que representa, y que se actualizan con la participación de sectores reaccionarios de oscuro recuerdo, como la Legión.

En resumen, en cada periodo histórico en el que se ha intentado desarrollar un proyecto político de control social, de disciplinamiento de las capas populares o de reforzamiento del poder de las clases dominantes —primero nobleza y luego burguesía—, el 2 de enero ha sido potenciado como festividad, ya sea desde el poder central de Madrid o por las oligarquías granadinas o andaluzas. Esto se debe a que la historia y los mitos en torno a los Reyes Católicos han servido para legitimar el proyecto de control sobre las clases oprimidas, y especialmente sobre las andaluzas, al celebrar su propia derrota, desposesión y etnocidio.

Frente a esta celebración y su significado, se han levantado voces desde hace décadas. Desde intelectuales y artistas, como Federico García Lorca o Carlos Cano, hasta sectores actuales de la sociedad civil granadina, como la plataforma Granada Abierta o la plataforma contra el 2 de enero, han criticado que se celebre la conquista de un pueblo. En contraposición, se defiende que la festividad local se traslade al 26 de mayo, día en que Mariana Pineda fue asesinada por el absolutista Fernando VII. Con esta iniciativa se pretende que los valores de una Andalucía libre, plural y diversa los encarne una mujer granadina que representa la lucha por la libertad y contra la monarquía absolutista.

Como historiadoras andaluzas comprometidas con la divulgación de una historia social, hemos querido analizar el significado que encarna el 2 de enero para denunciar la manipulación histórica y la legitimación de valores reaccionarios que se encuentran detrás de este acto. Y para ello, hemos aportado en estas líneas la luz que alumbre la memoria y no la desmemoria, y que aporte la comprensión de lo que supuso esta fecha para la historia andaluza y, en concreto, para las clases populares andaluzas, tanto en el siglo XV, como en el XIX. Dejemos de celebrar nuestra propia derrota.

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