La dieta mediterránea se vende como el santo grial de la alimentación: saludable, equilibrada, casi ancestral. Un modelo impecable que, casualmente, coincide con contextos que rodean el Mediterráneo. Pero en cuanto se rasca un poco, la cosa deja de ser tan pura. Lo que se presenta como tradición es, en realidad, un ensamblaje bastante más forzado. Se cogen territorios distintos, culturas que no tienen por qué parecerse, formas de comer que responden a contextos muy concretos…, y se mete todo en el mismo paquete. Se ordena, se simplifica y se envasa. Listo para exportar.
La investigación arqueobotánica y zooarqueológica apuntan precisamente en esa dirección: no hubo una dieta mediterránea única, sino múltiples sistemas alimentarios locales, condicionados por el entorno, el clima y la organización social. En unas zonas predominaban cereales como el trigo o la cebada; en otras, las legumbres; en otras, el aceite de oliva o el pescado. No había un patrón fijo, sino combinaciones cambiantes. Por eso resulta, como mínimo, extraño que hoy se presente todo ese mosaico como un modelo coherente y reconocible. Convertir una zona tan amplia y diversa en una única forma de comer no deja de ser una simplificación bastante conveniente.
Todo empieza en el siglo XX. El término dieta mediterránea se populariza como consecuencia del trabajo del fisiólogo estadounidense Ancel Keys, entre las décadas de 1950 y 1960. En el contexto de la creciente preocupación por las enfermedades cardiovasculares en Estados Unidos, Keys observa ciertas poblaciones del sur de Europa, especialmente en Italia y Grecia, en las que detecta menores tasas de estas patologías. A partir de ahí identifica patrones alimentarios concretos y los convierte en modelo: Lo que eran prácticas situadas pasa a presentarse como referencia universal.
Si este modelo fuera una práctica real y extendida, debería ser fácil reconocerlo en la alimentación cotidiana. Pero basta mirar el presente para que empiece a fallar. España se encuentra entre los países de Europa con mayor consumo de carne, los productos procesados tienen un peso importante y los cereales integrales, tan centrales en el relato oficial, apenas ocupan espacio. Y, sin embargo, cuántas veces se invoca la dieta mediterránea como motivo de orgullo nacional, incluso cuando esa imagen no se corresponde con prácticas alimentarias reales. Porque la dieta mediterránea no es solo una descripción de hábitos alimentarios, es también una forma de ordenar el mundo; una especie de manual implícito sobre qué se considera comer bien y, de paso, sobre quién lo hace mejor.
Y no, no hay nada especialmente neutral en todo esto. Lo que se presenta como conocimiento objetivo implica decisiones: qué se incluye, qué se deja fuera, qué se convierte en representativo. Se construye así una narrativa clara, cohesionada y, sobre todo, fácil de vender. Una narrativa que funciona.
Entonces entra en juego la dimensión económica. La dieta mediterránea no se queda en el plano científico o cultural: es también un activo. Su reconocimiento por la unesco en 2010 como patrimonio cultural inmaterial refuerza su valor simbólico y la convierte en un recurso útil para el turismo, la industria alimentaria o el marketing territorial.
De hecho, un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya y la ufp muestran hasta qué punto el término mediterráneo se utiliza en publicidad alimentaria incluso cuando los productos no tienen mucho que ver con ese modelo. En más de mil anuncios analizados en España, solo una minoría correspondía a productos realmente alineados, mientras el término operaba como una etiqueta de calidad, salud y prestigio. Lo que está en juego no es solo cómo se come, sino qué valor genera esa expresión.
La construcción de la dieta mediterránea no se puede separar del eurocentrismo ni de la colonialidad en la producción de conocimiento. Aunque el Mediterráneo incluye regiones diversas, el relato dominante se formula y circula desde Europa. Es desde ahí desde donde se decide qué representa al conjunto y qué queda fuera.
Así, la dieta mediterránea encaja bastante bien dentro de las formas contemporáneas de poder blando: una manera de proyectar valores, estilos de vida y criterios de legitimidad sin necesidad de imponerlos de forma directa. Europa, otra vez, ocupando el lugar desde el que se define lo deseable.
Por qué comemos lo que comemos y quién decide cómo hacerlo bien es lo importante de este enredo. Porque en cada elección hay algo más que gusto o costumbre. No hablo de salud, hablo de poder, de todo aquello que se cuela en el plato sin pedir permiso. Para desvelarlo, quizá la forma sea entender de dónde viene lo que comemos, quién gana con ello y qué historias se dejan fuera, esas historias invisibles que rara vez entran en el cuento. Porque al final, el problema no es tanto qué comemos, sino quién tiene la autoridad para decirnos cómo deberíamos hacerlo.

